viernes, 25 de septiembre de 2026

“Sin competición”, 1986. Alfie Kohn

   "No Contest", el libro del científico social Alfie Kohn, planteó una cuestión capital: ¿es la competitividad un obstáculo al desarrollo humano, al desarrollo civilizatorio?

El sistema cooperativo de distribuir bienes, en comparación con el competitivo, tiene efectos más favorables en la productividad individual y de grupo, en el aprendizaje individual, en las relaciones sociales, autoestima, actitudes emprendedoras y en un sentido de responsabilidad para los otros miembros del grupo (p. 182)

La competición es un tipo de agresión (p. 143)

   Partimos de la idea de que la competitividad existe en todos los seres vivos, y desde luego en los mamíferos superiores –competencia por los recursos, por la supremacía y por las hembras-. Ahora bien, el ser humano civilizado se caracteriza por el logro de modificaciones culturales en su comportamiento social que en muchas ocasiones contradicen las inclinaciones naturales. Y la motivación para ello, en muchos casos, es que, con la extraordinaria capacidad para incrementar la productividad del trabajo que nos da la tecnología… ya no vivimos en el estado de escasez propio del reino animal.

  Kohn considera probado que la cooperación humana es más productiva económicamente que la competición. Todavía más. Sin embargo, todo lo que puede aportarnos para demostrarlo es un resumen de algunos estudios sobre pedagogía.

65 estudios demostraron que la cooperación promueve más altos logros que la competición, 8 encontraron lo opuesto y 36 no hallaron diferencia estadística significativa (p. 48)

  E incluso en este importante campo –sistema educativo, especialmente en la primera infancia- sorprende que en este libro no hay la menor mención a las experiencias pedagógicas alternativas no competitivas, como Summerhill.

  Éste y otros detalles hacen dudar de que esté tan demostrado que las fórmulas actuales de cooperación sean más eficientes que las estrategias de cooperación. Y, desde luego, parece muy dudoso que no existan impulsos innatos competitivos en los mamíferos sociales.

La competición es un fenómeno aprendido  (p. 18)  

  Si la competición es agresión, entonces es dudoso que la competición sea algo aprendido, porque la agresión es innata. Y todos los animales agreden y compiten, tanto o más que también muestran inclinaciones afectivas y cooperativas.

Las sociedades humanas primitivas difieren en gran medida de otros primates por la gran cantidad de cooperación que se logra (p. 34)

   Al menos, el autor no pretende que las sociedades humanas primitivas no sean competitivas ni agresivas. Claro que lo son, pero se supone que estamos en el camino de la civilización y es aquí donde el rechazo a la competitividad debe fundamentarse, y lo que justifica que explotemos al máximo nuestra capacidad para la cooperación.

Una orientación no competitiva –si no la práctica deliberada de la cooperación- es una seria posibilidad, una alternativa realista para nuestras vidas (p. 44)

Un desempeño superior no solo no requiere competición; normalmente parece requerir su ausencia (p. 47)

Los niños generalmente prefieren los juegos no competitivos cuando son expuestos a ellos [versiones cooperativas de juegos como el ajedrez, el backgammon, el scrabble y el Monopoly] (p. 95) 

[En un experimento de psicología social con niños, se les hace jugar, competitivamente o no, y después se les da la oportunidad de hacer donaciones altruistas, con el resultado de que] aquellos a quienes [habiendo jugado de forma competitiva] se les dijo que habían ganado donaron más que los que habían perdido o empatado. Pero aquellos que jugaron de forma no competitiva contribuyeron más que nadie (p. 140)

  Parece, ciertamente, probable que la cooperación sea más eficiente que la competición. Desde luego, está demostrado que un sistema diferente al de la competitividad capitalista también puede sacar adelante grandes avances tecnológicos (sucedió así en las grandes dictaduras comunistas, como la soviética y la china… aunque parezca ejemplos poco ilusionantes).

Competir simplemente quiere decir que uno está trabajando hacia una meta de tal forma que impide a los otros  alcanzar sus propias metas  (p. 46)

  Por una parte, tenemos la ambición de alcanzar grandes logros –de tipo egoísta o no-, por otra, tenemos el deseo competitivo –agresivo- de derrotar a otros. 

Intentar hacerlo bien e intentar vencer a otros son dos cosas diferentes (p. 55)

   ¿Y la codicia? ¿Todo codicioso es competitivo y agresivo? Sí, si consideramos que lo codiciado suele ser todo aquello cuya posesión incrementa nuestro estatus.

   En todo caso, un mundo cooperativo, no competitivo –no agresivo- es deseable… pero exigirá grandes cambios de tipo cultural… porque hoy por hoy no tenemos evidencia alguna de que exista o haya existido jamás una sociedad no competitiva –no agresiva-. Lo que sí tenemos es una razonable suposición de que un mundo no agresivo y no competitivo es posible.

Hay programas escolares para explicar a los niños el abuso de las drogas, incluyendo el tabaco y el alcohol. ¿Por qué no hacer lo mismo con respecto a alcanzar metas mutuamente exclusivas? (p. 186)

  El autor muestra agudeza al señalar que los prejuicios sobre la competitividad afectan incluso al juicio evaluativo de un estudioso del comportamiento humano tan brillante como Jean Piaget:

Jean Piaget en su clásica obra “El juicio moral del niño”, pregunta al niño de seis años [después de haber atestiguado un juego entre niños]:” ¿quién ha ganado?”;” ambos hemos ganado”, responde el niño; “pero ¿quién ha ganado más?”. Piaget no solo está aprendiendo de su joven informante, también le está enseñando (p. 27)

   La competitividad es “antisocial”, tanto como cualquier forma de agresión, y sin duda la codicia ha de serlo en la medida en que, hoy por hoy, no puede más que suponer el olvido del bien común.

La psicoanalista Karen Horney describió a un neurótico como alguien que constantemente se mide contra otros (p. 5)

   Una formulación posible es que todo lo que buscan las personas inmersas en una sociedad competitiva-agresiva-codiciosa es… “autoestima”.

La competición intencional puede ser comprendida en términos de necesidades de autoestima: tratamos de vencer a otros en un intento de probar nuestro valor.( …)  Mientras más competimos, más necesitamos competir (p. 183)

  ¿Cómo podemos librarnos de la competitividad? ¿Librándonos de la autoestima? Quizá la única forma de poder prescindir de la autoestima que lleva a la competitividad sea vernos rodeados por un entorno social de extrema confianza, tanto en la proximidad como a nivel de organización social a gran escala.

   Ante todo, habría que crear alternativas no competitivas –no agresivas- que sean viables, cuando menos en ámbitos restringidos que supongan una evidencia inequívoca. Sobre eso, el autor no da soluciones, se limita a señalar el problema –lo cual no es poco- y recuerda que todo depende de desafiar prejuicios. Como siempre, la cuestión tiene que ver con la evaluación racional de los hechos. Y con lo que la autoestima pueda en realidad suponer para el individuo en un contexto social dado.

Los cuatro mitos centrales de la competición – que es inevitable, más productiva, más apasionante y que construye carácter (p. 10)

  Esta visión individualista puede relacionarse con cierta incompatibilidad con una visión más social de la naturaleza humana.

Preferimos mantener que los individuos son responsables de lo que sucede o, a lo más, encontrar una causa próxima suficiente. Raramente son comprendidos los sucesos en su contexto social o histórico (p. 161)

  Es decir, en la competitividad encontramos algo más que agresividad: se trata de una concepción de la existencia que comparte la superstición de los pueblos no civilizados acerca de que no existe el azar y de que todo suceso está motivado por una valoración social. Uno enferma porque carece de fe, o porque es débil de voluntad, porque otros lo han embrujado o porque no ha elegido al curandero adecuado. De forma parecida…si uno no ha vencido a otro para conseguir algo, no puede ser entonces que uno haya logrado un bien realmente valioso. Esto parece encajar con que la competitividad sea una pauta cultural propia de un estadío civilizatorio menos avanzado.

El círculo vicioso puede describirse así: lucha individual competitiva lleva a hostilidad intrasocial que lleva a aislamiento que lleva a ansiedad que lleva a un incremento de la lucha competitiva (p. 123)

Mientras más competitivo es un individuo, menos espontáneo es, menos receptivo a la sorpresa, menos flexible en su proceso cognitivo (p. 126)

El ganar no ofrece un confort genuino porque no hay actividad competitiva para la cual la victoria sea permanente (p. 111)

  Y la cooperación nos ofrece posibilidades mucho más valiosas.

Un número de psicólogos han incluido la autoevaluación autónoma en su definición de salud psicológica. (p. 42)

La gente se siente valorada cuando su éxito está positivamente asociado al de otros (más que negativamente relacionado, tal como sucede en la competición) (p. 108)

   Y nunca debemos olvidar cuál es la motivación real de los actos y cuáles son los fines que realmente necesitamos.

La fuerza impulsora del capitalismo es la búsqueda de beneficios; su supuesto éxito para satisfacer las necesidades humanas es meramente un subproducto fortuito (p. 74)

   Lo mismo puede decirse de un sistema económico basado en el altruismo: su fuerza impulsora sería el estado de benevolencia, mientras que la economía altruista –potencialmente eficacísima- supondría su mero subproducto. Y recordemos las críticas más lúcidas a la aún relativamente exitosa concepción de la lucha de clases: su fuerza impulsora es el deseo de justicia retributiva, y la economía marxista –muy poco eficiente- su subproducto.

Lectura de “No Contest” en Hoghton Mifflin Company 1986; traducción de idea21

martes, 15 de septiembre de 2026

“La psicología social del comportamiento prosocial”, 2006. John F. Dovidio et al.

Nuestra meta era escribir un libro que proporcionase una revisión comprensiva de la literatura acerca del comportamiento prosocial, que señale los desarrollos recientes en este área, que refleje el creciente ámbito de estudio en este área y que estimule a la gente, tanto en la vida cotidiana como en la erudición formal, a trabajar en este área (p. xii)

   Se trata de un libro en el que participan diversos autores expertos y prestigiosos en psicología social (Dovidio, Piliavin, Schroeder y Penner) y en los que se hacen numerosas referencias a trabajos muy conocidos relacionados con el comportamiento prosocial, el altruismo o la benevolencia… es decir, el conjunto de rasgos de la personalidad que son capaces de generar una mayor confianza en la vida social y que con ello garantizan una cooperación más eficiente.

  Partimos de la base de que, en contra de lo que puede parecer a primera vista en un universo de individuos que buscan el propio interés, el altruismo, al menos en alguna medida, sí existe como condición natural.

Debemos concluir que hay una base biológica para las acciones prosociales en los humanos. (p. 64)

  Pero no es nada fácil averiguar cuál es el mecanismo que permite incentivar la acción altruista en términos absolutos, porque impulsos prosociales y antisociales coexisten en un entorno cultural cambiante.

La única evidencia directa sobre las emociones que siguen al acto de ayudar viene de los estudios de los donantes de sangre (p. 241)

  En ese caso en concreto, sabemos que existe una emoción positiva que lleva al donante a dar a cambio de nada. Esa emoción positiva –gratuita en lo económico- debería ser nuestro principal objetivo en todos los ámbitos.

Hay algunos teóricos que argumentan que bajo ciertas circunstancias especiales la gente puede estar motivada por la meta primaria de hacer que otra persona se sienta mejor, esto es, por verdadero altruismo (p. 108)

   La tarea principal a llevar a cabo por los estudiosos es averiguar qué podemos hacer culturalmente para explotar esta base biológica y obtener una sociedad lo más prosocial posible, que sería, lógicamente, la sociedad que más garantizaría la mutua prosperidad. La psicología social ha encontrado algunas pistas valiosas.

  Una de ellas tiene que ver con el estímulo intencional de la empatía.

Instrucciones explícitas para imaginar la perspectiva de otro (o el no hacerlo) llevan a cambios predecibles en pensamiento, sentimiento y comportamiento. Pero ¿cómo actuamos típicamente en la vida diaria, sin tales instigaciones explícitas? (p. 335)

La reacción afectiva de preocupación empática puede dar lugar a una auténtica motivación altruista en la cual la meta primaria de la ayuda dada es mejorar el bienestar de otra persona (p. 108)

  El “sermoneo” tiene siempre un nivel de efectividad, pero las instigaciones al comportamiento prosocial –promoción de la empatía y principios humanistas, por ejemplo- no encuentran un fácil encaje en la vida diaria.

El hecho de que [las] prescripciones específicas para el comportamiento prosocial sean necesarias [la regla de oro de “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”] refuerza la noción de que hay una tendencia natural para que la gente se comporte egoístamente (p. 12)

  Esta observación es de lo más oportuna: la prosocialidad extendida es “antinatural”, y por ello su logro en el futuro supone la gran empresa del proceso civilizatorio que no acaba, desde luego, de definirse hoy por hoy. Si un sabio como Confucio o Sócrates predica la “regla de oro”, esto sin duda jugará cierto papel instigador… a la vez que hará una vez más evidente la resistencia a la que nos enfrentamos.

La razón primaria para que la gente ayude a otros es beneficiarse a sí mismos. La teoría del aprendizaje sugiere que la gente está motivada para obtener recompensas de otros (como alabanza) o para uno mismo (orgullo) o evitar castigos (reproche o culpa). Este principio se aplica a las teorías del estímulo y la afección. (p. 131)

  De todas las teorías sobre el origen y motivación de la prosocialidad, sin duda la que genera más coincidencia, tal como ya hemos visto, es la del altruismo-empatía:

La hipótesis de que la preocupación empática genera una motivación altruista para ayudar (p. 134)

  Sin embargo, la empatía no puede explicar la prosocialidad general como principio social psicológicamente interiorizado. La empatía depende de demasiados condicionantes arbitrarios (como la proximidad física, el efecto de desasosiego, el parentesco, marcadores identitarios…). Podemos ser fácilmente manipulados en el campo del altruismo-empatía (por ejemplo, por los mendigos profesionales o por estafadores a gran escala).

  Ese problema no lo tenemos con la ética prosocial basada en principios (los “derechos humanos”, por ejemplo). Pero el problema con los principios es que pueden estar incorrectamente formulados -por ejemplo, el marxismo y su “el fin justifica los medios”.

   En cualquier caso, incluso si contamos con una organización cognitiva de empatía y principios prosociales medianamente razonable, queda la otra cuestión, la de facilitar condiciones que permitan la “interiorización” de los principios éticos y la racionalización de la empatía. Un principio moral interiorizado que apele a nuestra capacidad empática surge como impulso emocional reflejo y puede neutralizar un instinto egoísta -¡eso no puede hacerse!: ¡es indigno!, ¡es pecado!

  Hay diversas estrategias aplicables… que también pueden aplicarse a principios éticos no altruistas…

El acto de hacer un compromiso público para cooperar lleva a una mayor cooperación subsecuente (p. 281)

  Y esto se debe en general a la llamada teoría de la atribución.

La teoría de la atribución sugiere que si creemos que hemos tomado una acción por nuestra propia cuenta, sin coerción externa ni expectación de recompensa, es probable que demos una explicación personal o interna de nuestro comportamiento. Atribuiremos nuestro comportamiento a una característica duradera o disposición que poseemos (por ejemplo: soy la clase de persona que ayuda a otros que lo necesitan) (p. 208)

Donar sangre de forma repetida a lo largo del tiempo influencia la identidad de rol de la gente como donante de sangre, lo que promueve donar sangre en el futuro (p. 332)

Si una persona repetidamente se compromete en un comportamiento, esto puede cambiar la propia imagen de la persona y sus percepciones sobre si está comprometido en esa actividad (p. 212)

  Este mecanismo era bastante efectivo precisamente en las ideologías de tipo comunista, donde la identidad con el partido y la ideología creaban fuertes vínculos  -¡no podemos actuar contra el Partido, ni contra la moral comunista!

   Más: la emulación

[En un experimento de psicología social, a unos] estudiantes que caminan junto a un “confederado” [de los experimentadores] se les pide donar sangre tras observar la respuesta positiva del confederado al respecto. Cuando al estudiante se le pregunta primero, solo el 25% acepta, y ninguno aparece después en la cita para la donación. En el modelo “expuesto” de aceptación, el 67% acepta y el 33 finalmente lo hace (p. 211)

  Este ejemplo coincide con lo que sabemos de la “influencia de las minorías”.

  Más: trabajo inductivo en la infancia

Los niños en el grupo de los que eran alabados eran los más generosos y los niños en el grupo en que eran criticados eran los menos generosos (…) Las recompensas sociales, como las alabanzas, parecen reforzadores más efectivos que las recompensas materiales, como el dinero (p. 200)

Exponer a los niños a programas de televisión prosociales durante media hora al día durante cinco días producía incrementos en la voluntad cooperativa y en ayudar a otros (p. 204)

   Más: mejora del estado de ánimo.

[En un experimento de psicología social] estudiantes que experimentaban mal humor (…) ayudaban a una mujer solo si ella activamente intentaba atraer su atención (p. 70)

 Más: utilizar los sentimientos de culpa y de tristeza.

El 55% de los participantes [en un experimento de psicología social]  a los que se había hecho sentir culpables ayudaban, mientras solo el 15% lo hacían de entre el grupo de control (p. 122)

  (En este caso se les había hecho creer que por una torpeza habían dañado una valiosa cámara fotográfica ajena, lo que generaba un momentáneo sentido de culpa)

La culpa no es el único estado negativo que motiva ayudar (…) La gente que experimenta tristeza también se motiva para ayudar (p. 123)

Hacer a la gente consciente de su propia mortalidad hace que más fuertemente se endorse una visión del mundo cultural que anima a ayudar a otros, y este endorse es lo que incrementa la voluntad de ayudar a otros (p.150)

  Estos últimos casos (culpa, tristeza, melancolía existencial…) parecen relacionados con la tradición cristiana. Sabemos, por ejemplo, que los “amish”, que han alcanzado el sorprendente logro de crear una sociedad no solo casi sin agresión, sino que se organiza sin coerción legal (sin gobiernos, ni jueces, ni multas…), promueven este tipo de estados de ánimo en sus prédicas religiosas (en las que abundan historias tristes sobre mártires). Todo el relato de la pasión de Jesús parece conducente a este tipo de estados de ánimo un tanto depresivos.

 Tenemos así indicios de que crear un entorno con cierta paz y ausencia de dolor, pero con una conciencia activa de la tristeza de las condiciones del mundo, e influenciado por próximos que actúan prosocialmente, todo ello puede inducir a la aceptación de los comportamientos prosociales.

    Sin contradecir nada de esto, la conclusión de que la mejor estrategia para promover la prosocialidad es el cultivo de la benevolencia nos lleva un poco a la aristotélica “teoría de la virtud”… aunque no a los contenidos de virtud en los que creía Aristóteles (los propios de su época). Prosocialidad ha de ser la interiorización emocional de pautas de benevolencia mediante estrategias racionales culturalmente transmitidas.

  Contamos con modestas evidencias al respecto, tal como hemos visto en el caso de los donantes de sangre. Pero hemos de recordar que, hasta hoy, jamás ha existido un empeño sistémico e intencional de mejorar el comportamiento hacia la plena prosocialidad (no existen aún las “ideologías del comportamiento”). En cualquier caso, lo que vale para los casos bien estudiados de voluntariado genuino podría aplicarse a iniciativas de prosocialidad a mucha mayor escala.

Se ha encontrado una significativa relación positiva entre el valor de “benevolencia” (medido por la importancia asignada a conceptos como verdadera amistad, honestidad, perdón, voluntad de ayudar) y la identificación con el voluntariado. También se ha hallado una significante relación negativa entre valores asociados con un deseo de poder y logro personal, y una identificación con el voluntariado (p. 239)

  No olvidemos, finalmente, las etapas “supremas” del sistema de Kohlberg de desarrollo moral, las dos etapas de la ética posconvencional.

En la etapa 5 [del sistema de Kohlberg] el individuo trabajará dentro del sistema social para tratar de cambiar la ley. En el estado 6 las decisiones se toman sobre la base de los propios principios éticos o consciencia (p. 189)

    Cambiar las normas sucede porque tú eres tu propio legislador, has alcanzado la autonomía moral, y ésta, de forma lógica y necesaria, ha de llevar a la prosocialidad.

Lectura de “The Social Psychology of Prosocial Behavior” en Lawrence Erlbaum Asociates Publishers  2006;  traducción de idea21    

sábado, 5 de septiembre de 2026

“Agresión de bajo nivel”, 1999. Arnold P. Goldstein

     La agresión de bajo nivel (insultos, acoso, conducta incívica…) es la agresión con la que coexistimos cada día en un mundo desigual y competitivo, y cuyo rechazo social es muy variable dependiendo del contexto. Los matices son muy importantes porque la agresión de bajo nivel en ocasiones entra en el ámbito de la subversión –criminalidad- y gradualmente es denunciada cada vez más. Ejemplos de ello son las burlas a las minorías, los azotes a los niños, las novatadas o el acoso a las mujeres... ejemplos que evidencian que, en muchas ocasiones, la agresión de bajo nivel se queda en el ámbito de la cotidianeidad más o menos cuestionable, dependiendo de la evolución de las costumbres

  Ahora bien, si partimos de la conducta antisocial tradicional, encontramos un principio básico que puede aplicarse a todo tipo de conductas agresivas. 

Se halló que delitos graves a cargo de adultos de veintisiete años eran previsibles por el comportamiento agresivo (verbal y físico) y el comportamiento de ruptura de normas (desobediencia, engaño) a los ocho años. Muchos investigadores han demostrado que la agresión es notoriamente un comportamiento estable a lo largo de la vida. (p. 25)

Tanto si toma la forma de maltrato mínimo, verbal, físico o delictivo, es claro que la agresión de bajo nivel es frecuente, diversa y con frecuencia un paso hacia niveles más altos en la escala de la violencia (p. 187)

  Al psicólogo Arnold P. Goldstein le preocupaba sobre todo la agresión como delincuencia… de ahí que el comportamiento agresivo de un niño de ocho años –que, por definición, no puede ser un delincuente- lo vea relacionado con los actos delictivos de un adulto.

 La actitud de Goldstein es, en general, de tipo conservador:

[Es] el espíritu de alcanzar la meta de “detenlo en el curso bajo para impedir que suba” (p. 36)

Este libro trata mucho sobre la escalada. Mi creencia central, una creencia que cada vez encuentra más apoyo empírico, es que como sociedad hemos con demasiada frecuencia ignorado las manifestaciones de la agresión de bajo nivel que, cuando son recompensadas por el entorno, crecen (con frecuencia con rapidez) en aquellas variadas formas de agresión de alto nivel con frecuencia intratable que acaban recibiendo una gran atención social  (p. 2)  

  Algunos pensarán que la “violencia sistémica” de un mundo desigual establece la agresión –delincuencial o no- como base de las relaciones sociales y que sería ese sistema cultural el que habría que reemplazar; sin embargo, el autor considera que no es tanto que la delincuencia derive de una agresión sistémica, sino que deberíamos extender la consideración delincuencial a actos agresivos de bajo nivel ya abiertamente reconocidos pero a los que hasta ahora hemos dado demasiada poca importancia, y que con ello lograremos evitar la “escalada”.

Recomiendo encarecidamente y en los más enérgicos términos que tanto el espíritu como el hecho concreto de las tácticas de la tolerancia cero se extiendan hacia abajo en la escala de las variadas infracciones de agresión de bajo nivel (p. 189)

Una mala gestión de la agresión en sus niveles más bajos facilita la expresión del alto nivel  (p. 12)

   Tolerancia cero a la agresión de bajo nivel “hacia abajo en la escala” implicaría llevar a la penalización de comportamientos que muchos consideran simples excesos de la inmadurez –en el caso de la juventud, que interesa mucho a Goldstein- o también simples infracciones administrativas  -en un ámbito más general, no limitado a los jóvenes.  El autor pone como ejemplo incluso el colarse en el metro.

  Parece discutible que la penalización agravada a todos los ámbitos sea la solución para evitar la “escalada” de agresividad, desde la agresión de bajo nivel a la de mayor gravedad, pero, en cualquier caso, resulta mucho más importante la consideración de cómo se sostiene una cultura agresiva por causa de la tolerancia de la agresión de bajo nivel, con independencia de la forma en que consideremos ponerle remedio.

¿Una dieta constante de hirientes insultos por parte de un progenitor constituye un nivel de agresión más alto que unas ocasionales bofetadas? (p. 3)

Hay una fuerte evidencia de que el crimen percibido, el temor al crimen y el nivel real de victimización por delitos son todos función del incivismo físico y social de los barrios [Teoría de las “ventanas rotas”](p. 28)

   La agresión psicológica –“crueldad mental”, por ejemplo- y el “efecto primado” negativo del entorno –incluyendo las ventanas rotas en un barrio desfavorecido- encajan exactamente en la “agresión de bajo nivel” y son muy sospechosos de ser elementos que disparen la “escalada”. Pero ¿qué origen tienen? Simplemente ¿se dan porque las autoridades no se atreven a instaurar medidas draconianas para su control?

  Observemos que la agresión no se da en todos los temperamentos por igual, ni en todas las circunstancias. La persona predispuesta a la agresión sufre deficiencias en la percepción de la realidad… de forma no muy diferente –aunque no tan extrema- al caso del paranoico.

Las personas que son frecuentemente agresivas con frecuencia ven a los otros como que son hostiles con ellos incluso cuando no es así. Malinterpretan el comportamiento neutral de otros, viendo en ello una agresión contra ellos. (p. 206)

   Por lo tanto, es muy probable que la agresión se desarrolle a partir de la predisposición personal a integrarse dentro de un esquema vital agresivo –de competitividad, de desconfianza, de sospecha, de malevolencia- y que lo que realmente la controle –sobre todo en el “bajo nivel”- sea la evolución moral… que consiste esencialmente en cambiar el marco perceptivo de los individuos que  “Malinterpretan el comportamiento neutral de otros, viendo en ello una agresión contra ellos”  dando inicio a la dinámica retroalimentada de la agresión, las recompensas al agresor, el resentimiento del agredido…  

    Según cierto estudio, y mucho antes de que se llegue a las ventanas rotas, al bullying o el colarse en el metro, existen

Diez tipos de mensajes verbalmente abusivos: ataques al carácter, a la competencia, al entorno (“eres un desgraciado, como tu padre”), a la apariencia física, maldiciones (“nunca llegarás a nada”), acoso, ridículo, amenazas, insultos y expresiones no verbales (rostros derogatorios, gestos derogatorios) (p. 38)

  El autor podría haber aprovechado para diseñar un modelo de comportamiento antiagresivo, algo que solo hace parcialmente cuando, por ejemplo, señala la peligrosidad del “teasing” (comportamiento humorístico provocativo), que muchos consideran una manifestación afectiva.

Teasing (…) puede enmascarar criticismo e insulto y así realmente ser agresivo, o puede ser amable y contener poca agresión (p. 38)

  Como sucede con buena parte del humor, es evidente que tanto el teasing como un énfasis en la competitividad pueden disparar la agresión. Una cultura antiagresiva debería evitarlos.

   Finalmente, es importante observar que en este libro también se ofrecen estrategias no represivas.

[Resulta de valor el] refuerzo positivo de recompensar al joven con alabanza, aprobación o algo tangible si se refrena de maldecir en una situación en la cual antes lo habría hecho (p. 57)

Para comenzar a reducir tu propio nivel de ira (…) intenta los siguientes métodos: respirar profundamente; (…) contar hacia atrás (…)[; evocar] imágenes pacificas (imagínate relajado en la playa, junto a un lago o un lugar similar, un día cálido y balsámico). (p. 65)

  El control de la agresión debe incluir también prestar atención a la violencia contra los animales. Nos enteramos de que el “Estatuto de Maine” (Maine statute) ya en 1821 imponía sanciones a quienes golpearan cruelmente a un caballo o al ganado.

  En suma, al reconocerse la importancia de las estrategias antiagresivas en la conducta, se hace evidente la necesidad de buscar estrategias sistémicas contra la agresión. La atención que se presta a la “agresión de bajo nivel” no puede ser más oportuna, pero la extensión de las medidas represivas no parece el camino correcto.   

La agresión es (…) un comportamiento nada fácil de cambiar  (p. 203)

Lectura de “Low-Level Aggression” en Research Press 1999; traducción de idea21