martes, 25 de septiembre de 2018

“La edad de la penumbra”, 2017. Catherine Nixey

    Catherine Nixey, historiadora y periodista, ha escrito un libro con algunas inexactitudes acerca del proceso destructivo contra la cultura clásica que puso en marcha el primer cristianismo. En cualquier caso logra ilustrar esta formidable cuestión de modo que los puntuales yerros no estorban a la comprensión general de un apasionante episodio en la historia del proceso civilizatorio.

En un arrebato de destrucción nunca visto hasta entonces —y que dejó estupefactos a los muchos no cristianos que lo contemplaron—, durante los siglos IV y V la Iglesia cristiana demolió, destrozó y fundió una cantidad de obras de arte simplemente asombrosa. (…) Lo que quedaba de la mayor biblioteca del mundo antiguo, una biblioteca que había llegado a albergar alrededor de setecientos mil volúmenes, fue también destruido. Transcurrió más de un milenio antes de que cualquier otra biblioteca pudiera siquiera acercarse a esa cifra de ejemplares (…) Solo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos. El noventa y nueve por ciento se perdió.

  Esto es lo más evidente, pero el cristianismo dio lugar a estos fenómenos por una motivación más censurable aún:

Las antiguas y permisivas costumbres romanas, con las que la devoción a un dios podía simplemente añadirse a la devoción a todos los demás, ya no eran aceptables, decían los pastores a sus congregaciones. Si adorabas a un dios distinto, explicaban, no estabas siendo distinto sin más. Eras demoníaco. Los demonios, decían los clérigos, moraban en las mentes de quienes practicaban las religiones antiguas. (…)Permitir que otra persona permaneciera fuera de la fe cristiana no era mostrar una encomiable tolerancia, era condenar a esa persona.

  Es decir, frente a la relativa tolerancia religiosa del mundo greco-romano, el cristianismo fomenta la intolerancia. Esto sin duda es algo terrible… pero hay que señalar que si tal cosa se manifestaba por primera vez en el mundo es también porque por primera vez en el mundo el compromiso religioso, la fe, se valoraba como un elemento esencial de la vida humana.

Antes del auge del cristianismo, pocas personas habrían pensado en describirse a sí mismas por su religión. Luego, el mundo se separó para siempre mediante líneas religiosas

  Por primera vez, el pensamiento ideológico (en forma religiosa) alcanzaba una conclusión, un resultado creíble que daba una respuesta completa a las inquietudes privadas de los integrantes de todo un grupo social (un grupo social que se constituía en torno a la creencia, y no al revés). Con anterioridad, los individuos solo se sometían, en tanto que miembros de un grupo (tribal o nacional, no de elección), al mensaje simbólico que les transmitía su cultura respectiva –costumbres, pensamiento mítico…- pero ahora se encontraban con una Doctrina Verdadera y universal que comprometía todo el comportamiento humano en base a una elección libre, como si cada uno de ellos pudiese ser un pequeño filósofo, profeta o iluminado. La creencia realzaba al individuo y le daba razón de ser. Semejante cambio era inevitable que tuviera tremendas consecuencias.

San Juan Crisóstomo alentó a los miembros de su congregación a espiarse mutuamente. Entrad en las casas de los demás, decía. Meteos en los asuntos ajenos. Rehuid a quienes no cumplan. Después informadme de todos los pecadores y los castigaré como merecen. (…) Fervientes cristianos iban a las casas de la gente y buscaban libros, estatuas y pinturas consideradas demoníacas.

  Aunque pudieran creer que vencer al pecador era valioso sobre todo porque se lo salvaba, en realidad, lo que los primeros creyentes buscaban eran salvarse a sí mismos. Nada debilita más la fe que coexistir con los descreídos. Crear un entorno totalmente centrado en la sugestión colectiva de la fe es lo que permite retener una construcción tan frágil y a la vez tan valiosa como es una religión que aporta cohesión social, orientación moral e incluso la vida eterna.

  El cristianismo aparece en pleno apogeo del Imperio Romano. Es a finales del siglo II cuando los cristianos se hacen notar, y es entonces cuando Celso escribe su hoy famoso Discurso Verdadero contra los cristianos. En este momento, y desde el punto de vista ilustrado actual, la Antigüedad precristiana aparece como una época prometedora en la que se abre paso el racionalismo.

[La] teoría (…) epicúrea (…) afirmaba que en el mundo todo fue hecho no por un ser divino sino por la colisión y la combinación de átomos. Según esta escuela de pensamiento, dichas partículas eran invisibles a simple vista pero tenían su propia estructura y no podían dividirse (…) Los humanos, como resumió un autor (hostil), no habían sido creados por Dios, sino que no eran más que un «agregado espontáneo de elementos» (…) «No hay cosa que se engendre a partir de nada por obra divina», escribió Lucrecio

En el Renacimiento, Lucrecio y sus teorías atómicas fueron revolucionarias. En la época de Celso eran completamente ordinarias. A Celso no solo le irritaba el hecho de que los cristianos fueran unos ignorantes en materia filosófica, sino también que los cristianos, de hecho, disfrutasen de su ignorancia.


  Ignorancia imprescindible para asentar la fe. Y sin embargo,  una ignorancia a la que los cristianos más intelectualmente distinguidos, como Agustín, no eran en absoluto indiferentes.

Para los cristianos educados, era dolorosamente obvio que los logros intelectuales de los «locos» paganos eran inmensamente superiores a los suyos. Pese a todas las declaraciones sobre la perversidad del conocimiento pagano, pocos cristianos cultos se decidían a desdeñarlo por completo. (…)En todas partes, los intelectuales cristianos se esforzaban por fusionar lo clásico y lo cristiano.

  Ello explica que no toda la cultura clásica fuera destruida en contra de la lógica de quienes primaban por encima de todo la salvación. Al igual que sucedería más de mil años después con el marxismo soviético, la Doctrina Verdadera se encontraba en la terrible contradicción de que, por una parte, para hacerse realidad exigía que ningún pensamiento rival sobreviviese, pero, al mismo tiempo, era preciso que tal doctrina contara con el prestigio propio del razonamiento intelectual. ¿Y cómo razonar y hallar la verdad sin que ésta nunca entre en contradicción con una doctrina revelada inamovible?

Quizá se pudiera engañar a los viejos dioses romanos con una mera pose de obediencia a sus ritos —solo «toca» el incienso, como imploraban los gobernadores romanos a los cristianos—, pero este dios [cristiano] no se dejaba timar tan fácilmente. Él no quería que se cumplieran los ritos, no deseaba templos ni piedras. Quería almas. Quería —exigía— los corazones y las mentes de todas y cada una de las personas del imperio.

  Las innovaciones del cristianismo en términos de psicología social fueron, pues, tremendas. Una de ellas, desde luego, fue la intolerancia intelectual que ya hemos visto, pero hubo otras, como la figura del mártir.

El martirio (…), en una era social y sexualmente desigual, era una manera a través de la cual las mujeres e incluso los esclavos podían destacar. A diferencia de la mayoría de las posiciones de poder en el muy socialmente estratificado Imperio romano tardío, esta era una gloria abierta a todos, independientemente del rango, la educación, la riqueza o el sexo.

  Y el martirio (que la Antigüedad pagana ya se reconocía vagamente en algunas historias míticas relacionadas con mujeres, como Antígona e Ifigenia) añadía una gran innovación añadida: el héroe es inocuo, pacífico y contribuye al avance moral.

  Otro cambio fue la aparición del monasticismo. Aunque no fue inventado por los cristianos (los budistas, otros fervientes perfeccionistas morales, los precedieron), su carácter de subcultura psicológicamente influyente y socialmente activa sí fue algo único de la era cristiana.

En los siglos IV y V, la ahora antigua tradición del monacato estaba iniciándose y sus hábitos se estaban formando. En esta existencia rara y aún sin codificar, los monjes acudían a la sabiduría de sus famosos predecesores para saber cómo vivir. Proliferaban las colecciones de dichos de monjes. (…)El ascetismo había existido antes, pero en estos casos iba más lejos.

  Y también fue invención cristiana –con algunos precedentes en el budismo y el estoicismo- la utilización del lenguaje escrito para facilitar el control mental: el acomodamiento del alma a la única fe que da sentido a la vida. Los autores religiosos imitaban en cierto modo a los filósofos y se dirigían a las masas.

[El] libro [escrito por los frailes para luchar contra el demonio] ofrecía frases útiles, todas ellas de la Biblia, que se podían utilizar en caso de ataque demoníaco. Si uno se encontraba atormentado por un pensamiento que sugería que un vaso de vino podía sentarle bien, podía responder píamente: «Quien se deleita y entretiene con el vino dejará deshonra en sus fortalezas», y, con suerte, la tentación desaparecería. El libro es conciso y ofrece 498 pasajes que se pueden utilizar como y cuando la necesidad lo dictamine.

  Toda esta revolución no surgió de la nada, y en eso Nixey se queda muy corta en su relato porque el cristianismo no aparece como mera contradicción al libre pensamiento de los epicúreos y otros escépticos. No, el cristianismo surge en el siglo I y II en el contexto de la búsqueda de una verdad universal que exige la sociedad romana. Una sociedad en la cual epicúreos y escépticos ocupan solo un lugar de mediana importancia comparado con planteamientos más austeros.

Las viejas costumbres obscenas comenzaron a desvanecerse de las páginas de poesía. El sermón y la homilía —severos, sentenciosos y con frecuencia agresivos— florecieron en su lugar. Esta literatura alternativamente amenazaba e instruía a los lectores con minucioso detalle sobre cómo comportarse en casi todos los aspectos de la vida. El cristianismo no era la única causa de esto, puesto que ya se podía detectar en la literatura un tono cada vez más moralizante. De hecho, el auge del cristianismo pudo incluso haber sido en parte un síntoma de ese moralismo. Pero el cristianismo, en todo caso, abrazó, amplificó y promulgó ese hostigamiento en una medida nunca vista.

   El moralismo de los estoicos, sobre todo, exigía una fórmula popular. Recordemos que los pensadores estoicos en su mayoría pertenecían a las clases altas y a las clases altas se dirigía su mensaje mientras que para los pobres tal mensaje sería más accesible a través de fórmulas religiosas y moralizadoras apegadas a alguna tradición mítica. A cualquier tradición mítica. Isis y Mitra compitieron contra Jesús, pero, al final, la herejía judaica de los cristianos acabó siendo la elegida.

  Los cristianos descubrieron el alma. Ya hicieron algo extraordinario al descubrir ese espacio privado de vida consciente y centro de la percepción moral que se realza socialmente en los sacramentos, se percibe durante la oración (o en obras introspectivas como las “Confesiones” de San Agustín), se enaltece, vivifica y goza por el Espíritu Santo, e incluso puede existir eternamente. Al dejar expuesto este tesoro, lo hicieron objeto de todo tipo de ambiciones y agresiones. Si la verdad está en el alma y la verdad es poder, la caza del alma se convierte en el principal objetivo, lo que exige una férrea defensa.

 Todo esto parece incompatible con nuestra idea actual de individualidad que solo puede realizarse en libertad. Pero hemos de recordar que para tener libertad primero tenemos que cobrar existencia como individuos con libre albedrío. Ese primer paso lo dio el cristianismo, mientras que liberar el alma es un paso terriblemente arriesgado que no pudo llegar hasta la Ilustración, que estableció espacios comunes de coexistencia privada y moral, a la vez diversos y comunicables, en un entorno de mayor riqueza intelectual y de mayor prosperidad económica.

sábado, 15 de septiembre de 2018

“La ecuación del altruismo”, 2006. Lee Dugatkin

  El libro del biólogo Lee Dugatkin está construido como una mirada a la implicación de la biología en la historia de la ciencia social. Tras el cataclismo filosófico que supuso en Occidente el cuestionamiento del cristianismo por la nueva racionalidad ilustrada y, sobre todo, por el descubrimiento de Darwin de que el ser humano es un animal más que ha evolucionado a partir de los simios, se hacía necesario justificar biológicamente la virtud ética, el humanismo, defenderlo de las interpretaciones más pesimistas del principio de “selección del más apto”. Filósofos y comentaristas como Herbert Spencer y Friedrich Nietzsche trataron de mostrar una humanidad regida por implacables deseos egoístas propios de la concepción cotidiana del comportamiento animal. La “ecuación del altruismo” había de ser entonces algún tipo de algoritmo que demostrase que la cooperación y el altruismo eran posibles en el “Homo sapiens”… de forma no muy diferente al ideal de la virtud cristiana ahora en cuestión. Pero con la salvedad de que la virtud altruista no había de justificarse a partir de la revelación divina, sino que tenía que ser coherente con el comportamiento de los seres vivos en general según la ciencia.

  Primero, había de determinarse qué es el altruismo

El altruismo es acerca de incurrir en un coste personal a fin de ayudar a otros, y esto es próximo a lo que la mayor parte de nosotros queremos decir cuando hablamos de hacer el bien. Así que, en esencia, una teoría sobre el altruismo es una teoría sobre la bondad

  Y después, había que demostrar que en el mundo natural no todo era la supervivencia del más fuerte y la aniquilación del más débil.

  El primer científico y pensador que se destacó por enfrentarse a la visión más “amoral” del darwinismo (según, sobre todo, la interpretación de Thomas Huxley- el “bulldog de Darwin”) fue el escritor anarquista Piotr Kropotkin. En su libro “El apoyo mutuo” partía de sus observaciones directas del comportamiento animal y pretendía demostrar que los animales muchas veces se sacrifican  por instinto a fin de ayudar a sus congéneres necesitados, con independencia de que sean o no parientes, lo que equivale a considerar que siempre ha existido, al menos en algunas especies animales, el equivalente a una “sociedad civil originaria”.

Hoy, los biólogos evolutivos casi en su totalidad acuerdan en que Kropotkin estaba equivocado y que, casi con seguridad, fue la familia la que sirvió como origen de las agrupaciones humanas subsecuentes (…) [Kropotkin era] un anarquista –un hombre que creía que el estado impide que las personas mejoren sus vidas por sí mismos: propiamente, que vivan en pequeños grupos y se ayuden los unos a los otros con independencia de los vínculos de sangre

  Otros naturalistas, como Warder Allee, trataron, en cierto modo, de continuar por este camino, pero de forma cada vez más tortuosa, habida cuenta de los inconvenientes que presentaba la experimentación. Warder Allee, no casualmente, era un devoto cuáquero…

Warder Allee, como Kropotkin, creía que la cooperación sin parentesco podía probarse existente en los no humanos, y que entonces los humanos, con sus capacidades morales, deberían ser capaces de alcanzar lo que parece ser un estado hoy por hoy elusivo [el pacifismo]

   Por otra parte, autores más modernos, como JSB Haldane, aunque rechazaban el “altruismo civil”, aceptaban que el altruismo propio del parentesco podía relacionarse con la especulación del mismo Darwin acerca de la “selección de grupo”:

Incluso si algunos organismos pueden pagar un precio por su comportamiento cooperativo o altruista, este tipo de comportamiento puede todavía evolucionar si los grupos con más cooperadores (no emparentados) triunfan en competición  con los grupos que cuentan con menos cooperadores (no emparentados)

   De esa manera el altruismo sí podría ser seleccionado como rasgo adaptativo. Pensemos en que, dentro del concierto político de naciones, las más poderosas suelen ser también aquellas con regímenes políticamente más benignos. El Imperio Británico, con su metrópoli de ideología liberal, fue sin duda el gran ejemplo de ello en la historia reciente.

  La conclusión final alcanzada hoy desarrolla la teoría de la “adaptación inclusiva” descubierta por Hamilton: cooperación entre parientes… aunque no necesariamente entre parientes directos…

Existe un rasgo que parece alcanzar el resultado deseado solo después de la muerte del individuo en el cual reside (…) Fue adaptada (…) esta hipótesis al problema del heroísmo humano, y se argumentó que tal rasgo podría evolucionar por la ventaja que confiere por reputación y prestigio sobre la estirpe del héroe

  El héroe no se beneficia directamente. Darwin ya observó el problema de la abeja que muere para defender la colmena y de ahí obtuvo la teoría de la “selección de grupo”. El dato importante, sin embargo, es que todas las abejas están emparentadas. Si de lo que se trata es de que la estirpe genética perviva, Hamilton definió la constante “r” como referente al grado de parentesco de los genéticamente relacionados. Si el hermano se sacrifica por el hermano entonces “r” es 0.5, y en el caso del tío que se sacrifica por el sobrino “r” es solo 0.25 Por lo tanto, sacrificarse para salvar a cuatro sobrinos equivale a hacerlo por dos hermanos.

  Sin embargo, el altruismo referido a humanos se plantea en términos un poco mejores, ya que, al fin y al cabo, la vida humana es más compleja

Si nos fijamos en los individuos atrapados en el dilema del prisionero según Axelrod y Hamilton, ellos no están emparentados –no son consanguíneos en el sentido cotidiano de ser hermanos o primos. Pero (…) el disparadero de la estrategia  de “toma y daca” instruye al individuo a cooperar solo con otros que son cooperadores ellos mismos. Desde la perspectiva genética, el “toma y daca” solo da lugar a cooperación con otros que posean el gen para el “toma y daca” –es decir con los hermanos y primos “toma y daca” (…) El “toma y daca” se favorece en el dilema del prisionero exactamente por la misma razón que el altruismo se favorece por la regla de Hamilton

  En términos generales, al cabo del paseo a lo largo de la sucesión de biólogos implicados en la busca de la justificación (o no justificación) natural del altruismo (Darwin, Kropotkin, Thomas Huxley, Warder Allee, Haldane, Hamilton y George Price) podemos tranquilizarnos considerando que existe una base moderada de conocimientos científicos que permiten considerar el altruismo como natural en los seres vivos, y particularmente en los humanos. Pero se trataría siempre de un altruismo originado por la selección entre individuos emparentados.

   Todo lo demás dependería de las condiciones sociales. Es importante tener en cuenta que para que funcione la cooperación de acuerdo con las condiciones sociales (el “dilema del prisionero” continuado) tenemos que partir de cierta base instintual. Un sistema de cooperación basado en una desconfianza constante entre individuos egoístas no tiene mucho sentido porque la fiabilidad del comportamiento recíproco tiene que basarse en algo. El altruismo recíproco implica que se creen estructuras de confianza a partir de una reputación y tal reputación, si consiste en la exhibición por parte del individuo de que éste obra en base a sus particulares instintos altruistas, justificaría la existencia del altruismo y su estima por toda la comunidad de seres.

   Digamos que lo que el dilema del prisionero continuado hace es mostrar de forma convincente algunos casos de comportamiento altruista fiable que son los que facilitan la cooperación sistemática.

Las ideas de Hamilton ayudan a explicar algunas pero no todas las categorías del comportamiento humano, y trabajos futuros necesitarán examinar mejor la interacción de la evolución cultural y la evolución genética (mediante la regla de Hamilton) al modelar el altruismo humano.

  Si los instintos altruistas solo son activos entre parientes, ¿qué valor tendrían entre los no parientes? La única explicación posible es que Homo Sapiens, gracias a su capacidad para la inteligencia abstracta, los conceptos simbólicos y la construcción de estructuras sociales imaginarias puede de alguna forma utilizar los instintos innatos de altruismo entre parientes y extenderlos a las relaciones de no parientes, por ejemplo, cuando se popularizan concepciones como que “todos los hombres son hermanos”.  La práctica social, el “dilema del prisionero continuado”, determinará si se extrae o no el máximo rendimiento de los instintos altruistas innatos.

  Lo que este tipo de investigaciones no aborda tan en profundidad es la capacidad para utilizar criterios de reputación innovadores. Está claro que el “dilema del prisionero” muestra un método costoso de asignación de reputaciones: tienes que arruinarte para averiguar que tu socio no es de fiar. La civilización ha tratado de elaborar marcadores mucho más prácticos y que compitan con la base mucho más firme del altruismo entre parientes (es mucho más fácil identificar a tu hermano o a tu primo como tales que la confianza que te merece un desconocido).  De todos modos, no podemos ampliar el horizonte de las relaciones de confianza entre los seres humanos si no partimos primero de un conocimiento exacto de la base biológica e incluso matemática de este tipo de comportamientos entre seres vivos.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

“En defensa de la Ilustración”, 2018. Steven Pinker

  Steven Pinker es un renombrado científico social y también un escritor de éxito. En la línea de sus obras anteriores nos presenta un libro en el que hace alarde de racionalidad y ecuanimidad para convencernos de que existe una ideología, una concepción del mundo, que protagoniza el progreso y que está teniendo éxito, pero que nos pasa inadvertida y que requiere una defensa.

Presentaré en este libro una concepción (…) del mundo, basada en los hechos e inspirada por los ideales de la Ilustración; esto es: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Espero demostrar que los ideales ilustrados son eternos, pero jamás han sido más relevantes de lo que lo son en la actualidad. (…) Más que nunca, los ideales de la ciencia, la razón, el humanismo y el progreso necesitan una defensa incondicional.

  A diferencia de otras ideologías o concepciones culturales, como el cristianismo o el marxismo, la Ilustración no tiene fundadores carismáticos ni textos reverenciados. Se trata de la gradual convicción de que los seres humanos hemos de afrontar nuestros conflictos sociales y de convivencia haciendo uso de criterios de racionalidad para hallar el bien común.

Apliquemos enérgicamente el estándar de la razón a la comprensión de nuestro mundo y no recurramos a generadores de engaño como la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas o el análisis hermenéutico de los textos sagrados.

La aplicación deliberada de la razón era necesaria precisamente porque nuestros hábitos de pensamiento comunes no son sobre todo razonables.

  La parte “no razonable” de nuestro pensamiento (el prejuicio, las tradiciones, la superstición, las “primeras impresiones”…) es la que exige la crítica contrastada constante. De esa forma, el ideal del razonamiento es la ciencia. La ciencia que, a su vez, es la misma que permite la mejora de la tecnología que tantos beneficios materiales nos aporta.

    Este racionalismo sería la base también de lo que se suele llamar “humanismo”.

Los pensadores de la Era de la Razón y la Ilustración veían una necesidad apremiante de dotar a la moral de una fundamentación secular (…)  [que] privilegia el bienestar de hombres, mujeres y niños individuales por encima de la gloria de la tribu, la raza, la nación o la religión

   Si lo pensamos bien, esta visión del mundo ha sido ya gradualmente aceptada en el mundo entero hasta el punto de que poderosos sistemas culturales con otro origen –la China comunista, la Iglesia Católica- sucumben tácitamente ante él e incorporan sus concepciones de tolerancia y benevolencia cívicas.

   Parece cierto que determinadas sociedades del mundo “ilustradas” han alcanzado los mayores niveles de bienestar conocidos hasta hoy. Dinamarca o Nueva Zelanda son naciones no solo prósperas económicamente, sino también más “felices” en el sentido de tener menos criminalidad, más bienestar material y más satisfacción personal, pero lo que no queda tan claro es cómo han llegado a desarrollarse hasta ese punto. Por qué los criterios racionales, ilustrados, humanistas y científicos han sido allí mejor aceptados que en otras partes del mundo…

  Para muchos, lo que sucede es que en estas sociedades se ha dado una evolución ética previa… y que en ésta algo ha tenido que ver un determinado cambio religioso que tuvo lugar en su pasado inmediato (se trataría del cristianismo reformado). Pinker, por su parte, nos pretende vender el lote completo, de prosperidad económica y desarrollo ético, pero resulta más útil centrarnos en lo segundo, pues lo primero parece más bien haber sido su consecuencia.

La evolución selecciona en pro de los sentimientos morales: compasión, confianza, gratitud, culpabilidad, vergüenza, perdón e ira justificada. Una vez instalada en nuestra constitución psicológica, la compasión puede expandirse mediante la razón y la experiencia para abarcar a todos los seres sintientes

    Es probable que, sin esta evolución moral previa, los sabios ilustrados del siglo XVIII hubieran sido igual de arrogantes que los sabios inspirados por Pitágoras y Platón dos mil años atrás, y en consecuencia tampoco en nuestra época se habrían dado el humanitarismo, el desarrollo científico y el liberalismo político que en la Antigüedad no aparecieron. Si la ciencia moderna pudo evolucionar de Arquímedes a Galileo, si los reyes medievales toleraron la creciente independencia de las ciudades libres, si inventar la imprenta acabó valiendo la pena, todo esto fue fruto de una evolución moral muy lenta que, muy probablemente, en mil años de Edad Media (de monasterios, de Cruzadas, de escolasticismo, de herejías…) acabó llevando al Renacimiento y la Reforma.

Estamos dotados del sentimiento de compasión (sympathy), que también llamaban benevolencia, piedad y conmiseración. Dado que estamos equipados con la capacidad de compadecernos de otros y empatizar con ellos, nada puede impedir que el círculo de la compasión se expanda desde la familia y la tribu para abrazar a toda la especie humana, especialmente a medida que la razón nos incita a percatarnos de que no hay nada exclusivamente meritorio en nosotros mismos ni en los grupos a los que pertenecemos 

   Pensemos, por ejemplo, en cómo los legisladores ilustrados (siglo XVIII) comenzaron a moderar gradualmente la justicia penal.

El castigo a los criminales, sostenían, no es un mandato para implementar la justicia cósmica, sino parte de una estructura de incentivos que disuade de cometer actos antisociales sin causar más sufrimiento del que impide. (…) Los castigos crueles, con independencia de que sean o no «merecidos» en algún sentido, no resultan más efectivos para impedir el daño que los castigos moderados pero más certeros, e insensibilizan a los espectadores y embrutecen a la sociedad que los implementa.

  Es absurdo considerar que, en el siglo XVIII, Beccaria supiese que su sistema era más efectivo. Hoy pretendemos saber que lo es, pero eso era imposible de demostrar entonces. Lo que resulta más eficiente en todos los ámbitos de la convivencia humana es la cultura compasiva de las sociedades que, por ser compasivas (y solidarias, asistenciales para los desafortunados), son gradualmente más humanitarias también en la justicia penal… Lo que Beccaria y otros promovían no era tanto la eficiencia de la justicia penal, sino una justicia penal acorde con una sociedad comparativamente más compasiva que la anterior y que demandaba una permanente rebaja de las manifestaciones públicas de crueldad. Y, siendo incapaces de demostrar que su nueva concepción iba a ser más eficaz en reprimir el delito, está claro que estaban dispuestos a afrontar los posibles inconvenientes de que, en alguna medida, la ley penal menos cruenta resultara menos disuasoria.

  Y en la economía…

Cuando la Revolución Industrial liberó un surtidor de energía utilizable a partir del carbón, el petróleo y la fuerza del agua, posibilitó el Gran Escape de la pobreza, la enfermedad, el hambre, el analfabetismo y la muerte prematura, primero en Occidente y progresivamente en el resto del mundo

  No, los principios básicos de la tecnología industrial ya eran conocidos en época del Imperio Romano y sin embargo no surgió entonces la Revolución Industrial porque los romanos ya tenían un sistema económico que funcionaba y no encontraban una motivación para mejorarlo. Tampoco entonces surgieron las ciudades libres, con sus gremios y sus concejos municipales.

   Y  la pobreza pudo haber sido erradicada mucho tiempo atrás, ya que la agricultura siempre ha permitido crear excedentes de alimentos y de fuerza de trabajo suficientes (fue, por cierto, durante la “oscura” Edad Media cuando se logró duplicar la productividad del trabajo agrario con respecto al floreciente Imperio Romano). Sin embargo, fue como consecuencia de las posibilidades de cooperación de una sociedad más compasiva que tales creaciones se volvieron inevitables. Y fue una sociedad más compasiva la que toleró que el ingenio de los artesanos y la iniciativa de los mercaderes fuera gradualmente llevando a la sociedad industrial.

  La evolución moral impuso cambios. Estos cambios exigieron reajustes en el sistema económico y político. Y, a la hora de afrontar estos reajustes, las peculiaridades de la sociedad moralmente evolucionada resultaron también ser más provechosas a nivel práctico.

  La revolución humanitaria es anterior a la Ilustración, pero la Ilustración la haría mucho más evidente porque por primera vez la ética humanitaria se desvinculó de las tradiciones religiosas (y sus correspondientes e inevitables herejías…)

La asistencia a los necesitados tranquiliza la conciencia moderna, incapaz de soportar la idea de que la pequeña vendedora de cerillas muera congelada, que Jean Valjean sea encarcelado por robar pan para salvar a su hermana que se está muriendo de hambre o que la familia Joad de Las uvas de la ira entierre al abuelo al lado de la Ruta 66. (…) Aunque me asusta cualquier idea de inevitabilidad histórica, fuerzas cósmicas o arcos místicos de justicia, ciertas clases de cambios sociales realmente parecen impulsadas por una fuerza tectónica inexorable.

    El relato compasivo es anterior a Jean Valjean. El relato compasivo de mayor impacto sin duda fue el relato evangélico, que no tiene precedentes en la mitología de la Antigüedad (aunque un poco sí en la literatura, por ejemplo, en las tragedias griegas). Ni siquiera la condena a Sócrates contiene esos matices sangrantes de humillación de la virtud y de exaltación de la benevolencia en un relato referido a un líder moral de rango sagrado.

  Esta evolución moral continúa todavía hoy.

¿Los chistes intolerantes siguen siendo un vicio privado o han cambiado tanto las actitudes que resultan ofensivos, sucios o aburridos? (…) Las curvas [de los gráficos estadísticos] sugieren que los estadounidenses no solo se sienten más avergonzados que antes a la hora de confesar sus prejuicios; tampoco los encuentran tan divertidos en privado

   A la vista de estos cambios, lo más valioso sería aprender qué condiciones han impulsado la evolución moral.

Conforme las sociedades pasan de agrarias a industriales hasta convertirse en sociedades de la información, sus ciudadanos sienten menos ansias de defenderse de sus enemigos y de otras amenazas existenciales y están más ansiosos por expresar sus ideales y buscar oportunidades en la vida, lo cual provoca un cambio de valores hacia la búsqueda de una mayor libertad tanto para ellos mismos como para los demás. (…)La gente empieza a priorizar la libertad sobre la seguridad, la diversidad sobre la uniformidad, la autonomía sobre la autoridad, la creatividad sobre la disciplina y la individualidad sobre la conformidad. 

    En tal caso, la evolución moral sería un producto inevitable de la interacción humana a lo largo de generaciones, igual que lo fue el desarrollo de las artes y la tecnología. El grave obstáculo para tal evolución lo encontramos entonces en el embrutecimiento que es propio de la vida en precariedad.

La riqueza no solo proporciona las cosas obvias que el dinero puede comprar, como la nutrición, la salud, la educación y la seguridad (…) Los estudios de los efectos de la educación confirman que las personas educadas son realmente más ilustradas. Son menos racistas, sexistas, xenófobas, homófobas y autoritarias. Confieren un valor superior a la imaginación, la independencia y la libertad de expresión.

    Esto es coherente con el planteamiento de que solo con la sociedad agraria pudieron aparecer clases sociales privilegiadas que, en alguna medida libres del embrutecimiento de la precariedad económica, fueron poco a poco capaces de alcanzar mayores cotas de desarrollo ético. Tales clases superiores habrían ido influyendo a las clases inferiores. La clase superior es, desde luego, opresora (lo cual, desde el punto de vista actual, no suena mucho a “compasivo”), pero, por una parte, la violencia de su opresión (“violencia sistémica”) es preferible a la violencia del caos de la lucha de todos contra todos (igualdad sin autoridad), y, por otra parte, para justificar su opresión, a la clase superior le conviene obtener prestigio de su esperado mayor nivel ético.

   Se trata, pues, de un desarrollo muy gradual y complejo de las actitudes individuales ante el entorno humano cambiante, en el que influyen también el comercio, el pensamiento religioso, los cambios económicos y los cambios políticos. Pero los factores imprescindibles son la interacción humana dentro de un entorno de cada vez menor precariedad económica y las fórmulas simbólicas y estructuras éticas prosociales (que fomenten la benevolencia y por ello la confianza y por ello la cooperación) que se transmiten a toda la población para ser gradualmente interiorizadas (¿religión?).

    El progreso futuro quizá no se trate tan solo de un mero aumento cuantitativo de las instituciones y sistemas de gobierno democrático que hoy tenemos. Quizá la presión por la evolución moral conlleve cambios revolucionarios. Recordemos que los pensadores ilustrados del siglo XVIII no previeron una sociedad democrática con instituciones parlamentarias y con una economía industrial tal como resultó después ser la del siglo XIX. En el fondo, todo lo que esperaban era que –como los platónicos-, los ilustrados se convirtieran en consejeros de unos reyes más tolerantes y generosos. Y que tal vez la religión cristiana fuera sustituida por una espiritualidad más pura y vinculada con los valores ilustrados, por el estilo de la masonería… Es casi seguro que ni el sufragio universal, ni la igualdad absoluta entre los individuos ni el ateísmo entraron en sus planes.

  No debemos, por tanto, caer en el error de ellos de imaginar un futuro previsible, convencional pero “mejor”…

La visión del mundo que guía los valores morales y espirituales de una persona culta en la actualidad es la visión del mundo que nos ofrece la ciencia. Aunque los hechos científicos no dictan valores por sí mismos, ciertamente constriñen sus posibilidades.

    La ciencia social también puede desafiar los convencionalismos, algo que Pinker no valora. En su libro es muy crítico, por ejemplo, con el teísmo y el nacionalismo, pero ¿una civilización que rechace a Dios y a la patria seguirá siendo convencional en todo lo demás?, ¿se mantendrían, a pesar de todo, el sistema económico capitalista, la sociedad de consumo, la desigualdad, la familia nuclear y la meritocracia competitiva?, ¿seguiría existiendo la justicia penal?, ¿se enseñaría a los niños idiomas que dificultan sus relaciones humanas con quienes no los hablan?, ¿seguiría habiendo espectáculos violentos, deportes que simulan ser pequeñas guerras entre equipos o una sexualidad ambiguamente estigmatizada?

  Veamos, a modo de ejemplo de las limitaciones del planteamiento convencional de Pinker, cómo dibuja el conflicto ético aún existente entre utilitarismo y deontologísmo.

¿Podemos dotar a la moral humanista de un fundamento más profundo, capaz de excluir a los sociópatas racionales y de justificar las necesidades humanas que estamos obligados a respetar? Creo que sí que podemos. 

  Sí se puede, pero no a partir de la idea convencional de las necesidades humanas que estamos obligados a respetar. No se trata de obligaciones en función de necesidades, sino de continuar el proceso de condicionamientos sociales –ya no meramente educativos en el sentido pedagógico- que permiten la interiorización de un estilo de vida más benévolo. La auténtica necesidad humana es el desarrollo de la benevolencia mutua, y esta, una vez arraigada (“instalada en nuestra constitución psicológica”), ya no requiere el establecimiento de obligaciones.

  Como psicólogo, Steven Pinker sabe que la mayoría de los comportamientos prosociales no son resultado de obligaciones legales (hacer el bien por temor al castigo), sino de interiorización de pautas de conducta, y sin embargo no es capaz de concebir una civilización enteramente construida en base a este principio. Se sigue concibiendo el futuro como que esté constituido, al igual que nuestro mundo convencional actual, a partir de un sistema dual de coacción legal –normas penales- y proceso de interiorización moral.

  Todo ello, de forma parecida a como, en el siglo XVIII, incapaces de salir de su convencionalismo, Voltaire o Montesquieu promovieron el “despotismo ilustrado”, cuando lo acertado, lo racional, lo ilustrado, sería seguir explorando el mejor camino en la evolución moral. Hoy se trataría del desarrollo integral de estrategias psicológicas de interiorización de pautas de conducta prosociales… pautas de conducta que a su vez serían determinadas por criterios racionales, estuviesen tales pautas de acuerdo o no con nuestros prejuicios y tradiciones del momento.