lunes, 5 de agosto de 2019

“Biología de los sistemas morales”, 1987. Richard Alexander

Todos los problemas importantes y preocupantes del mundo implican cuestiones morales y éticas

   Charles Darwin en vida ya se temía que su ley de selección natural (“reproducción del más apto”), añadida a la desoladora evidencia de que la especie humana desciende de los monos africanos, acabaría llevando a muchos a poner en duda toda certeza moral. Era inevitable que muchos pensaran que, si somos animales, es claro que actuamos movidos exclusivamente por impulsos egoístas y brutales. Pero no, no es así.

La moralidad como se concibe generalmente, y posiblemente tal como es incluso vista por los idealistas de la filosofía y la teología, no es contraria a la comprensión biológica de la evolución por la selección natural

  Al fin y al cabo, ¿qué es la moralidad?

Los sistemas morales son sociedades con reglas. Las reglas son acuerdos o convenciones sobre lo que se permite y lo que no, sobre qué recompensas y castigos son probables para unos actos específicos, sobre lo que es correcto y erróneo. Si bien las reglas morales son de alguna forma diferentes de las reglas legales, o leyes, las dos están relacionadas y con frecuencia coinciden. El comportamiento moral, en general, consiste en seguir las reglas- en no engañar

   Un comportamiento correcto por el bien común. Y el bien común no es lo mismo que el interés egoísta.

Los problemas y cuestiones morales y éticos existen únicamente debido a los conflictos de interés

Debido a que los grupos sociales humanos no son enormes familias nucleares, como las colonias de insectos sociales, una consecuencia es que la competición y los conflictos de intereses son también diversos y complejos hasta un enorme grado. De ahí deriva nuestra necesidad de sistemas morales

  El biólogo evolutivo Richard Alexander fue de los primeros que abordó de forma valiente y muy documentada la cuestión de la moralidad a la luz de los descubrimientos –o redescubrimientos- de la psicología evolutiva. En la década de 1960 y 1970 tuvieron lugar ciertos cambios en la ciencia social. Se teorizó la “adaptación inclusiva” (o nepotismo) y la “reciprocidad indirecta”. Todo ello en consonancia con el concepto darwiniano de “selección de grupo”.

En la reciprocidad indirecta (…) la contraprestación se espera de alguien diferente del receptor de la beneficencia

   Es decir, A obra el bien para B, con la expectativa de que esta buena acción sea observada y reconocida por C (o por D…), que a su vez hará algo bueno por A, en reciprocidad –indirecta. Porque con su buena acción A ha conquistado una reputación que merece ser premiada por cualquiera.

Los sistemas morales son sistemas de reciprocidad indirecta. Existen debido a las confluencias de interés dentro de grupos que están acostumbrados a tratar con conflictos de interés entre grupos. La reciprocidad indirecta se desarrolla debido a que las interacciones son repetidas o fluyen entre los miembros de una sociedad y porque la información sobre subsecuentes interacciones pueden ser deducidas de observar las interacciones recíprocas de otros. Establecer reglas morales es imponer recompensas y castigos (típicamente asistencia y ostracismo, respectivamente) para controlar los actos sociales que, respectivamente, ayudan o hieren a otros. Para ser considerada como moral, una regla típicamente debe representar una opinión extendida, reflejar el hecho de que debe aplicarse con un cierto grado de neutralidad. Las reglas morales son establecidas y mantenidas primariamente mediante la aplicación del concepto de correcto e incorrecto.

Los sistemas de reciprocidad indirecta, y por tanto los sistemas morales, son sistemas sociales estructurados en torno a la importancia del estatus [o reputación]. 

   La adaptación inclusiva o nepotismo (auxilio a quienes son familia, pero no nuestros parientes directos) fue un concepto que no se le ocurrió a Darwin. Por un lado,  es evidente que favorecemos a nuestros hijos porque son portadores de nuestros genes… pero nuestros hermanos, sobrinos y primos también llevan parte de nuestros genes, luego desde el punto de supervivencia de la estirpe genética (que es lo que importa en biología) también estos parientes más alejados merecen cierto favor. Esto coincide con el antiguo concepto de “nepotismo”.

En sus esfuerzos en analizar el autointerés y el altruismo, los filósofos morales han omitido normalmente el nepotismo, y nunca incluyeron más que los aspectos más obvios (asistencia a la familia inmediata de uno). La incapacidad para tratar el nepotismo ha sido una importante fuente de confusión en los esfuerzos para generalizar acerca del altruismo y la moralidad

   La idea equivocada sería que el altruismo consiste en hacer el bien de forma universal, también a los extraños (¡y a los enemigos!), llegando incluso al propio sacrificio. Según Alexander esto no es así: en realidad se trata de nepotismo.

Parece no haber evidencia de que los humanos o cualquier otro organismo haya alguna vez alcanzado el altruismo indiscriminado hacia toda la especie representado en los modelos morales idealizados de la filosofía y la religión

  Para Alexander, el altruismo consiste en auxiliar a otros con el fin de ganarse una reputación de prosocialidad (reciprocidad indirecta) o auxiliar a nuestros parientes más o menos directos por el bien común de nuestro grupo más próximo (nepotismo).

La actividad vital [de los agentes biológicos] es divisible en esfuerzo somático y reproductivo, y después el esfuerzo reproductivo puede ser subdividido, al menos en los humanos, en esfuerzo por aparearse (por la conveniencia de los gametos), esfuerzo parental (por la conveniencia de la descendencia), y esfuerzo nepotista extraparental (por la conveniencia de los parientes no descendientes y de los descendientes que no son hijos)

   Lo que sucede es que a veces Alexander parece ignorar que estos impulsos naturales de búsqueda del estatus y de auxilio a nuestros parientes (incluso los menos directos) pueden verse sometidos –cuando menos en el Homo Sapiens- a una impresionante manipulación cultural a lo largo del avance de las civilizaciones.

La reciprocidad indirecta es más compleja de lo que parece, en parte debido a los beneficios a largo plazo que resultan de los efectos de ser considerado un altruista, y en parte porque uno debe tener en cuenta los beneficios al individuo que se acrecientan por el éxito de su grupo en competición con otros grupos.

   Para que el grupo triunfe sobre los demás grupos podemos necesitar de héroes, santos y líderes carismáticos. Podemos necesitar religiones que nos enseñen el autosacrificio y el civismo. Y lo que Alexander no menciona: pueden sernos muy convenientes sistemas éticos tan psicológicamente complejos que hagan que los individuos interioricen sus impulsos altruistas (nepotistas o de reciprocidad indirecta) hasta el punto del autosacrificio real, no tanto por las recompensas que reciban (materiales o no, directa o indirectamente) sino simplemente porque ya no podemos evitar actuar de esa manera.

Los individuos que se ven motivados altruistamente se convertirán en socios más fiables que los motivados por el interés propio. Por esta misma razón, un conocido donante de sangre puede recibir su “pago” de los miembros de la sociedad que lo aceptan en las interacciones sociales o lo tratan deferentemente comparado con otros conocidos por no ser donantes de sangre.

   Pero un donante de sangre que obra exclusivamente para obtener un trato deferente –es decir, que obra “por cálculo”- siempre será menos generoso que uno que obra altruistamente de forma “instintiva”. Desde el punto de vista del interés social, el donante que se preocupa menos del estatus es mucho más valioso… y por tanto la sociedad haría bien en promover tal tipo de conductas. Se logra esto, sobre todo, con la difusión de sistemas éticos capaces de inculcar ideales morales y hacer reaccionar automáticamente al individuo –como si de un instinto se tratase. Las religiones son el sistema más conocido de lograr esto. Aunque puede no ser el único.

No dudo de que algunos individuos ocasionales llevan vidas que son verdaderamente altruistas y de autosacrificio. Si bien admirables y deseables desde el punto de vista de otros, ello representa un error evolutivo para el individuo que lo muestra. Esto solo quiere decir que yo no veo probable que tal comportamiento sea inducido generalmente

   Sin embargo, este altruismo “de autosacrificio” es consecuencia de la complejidad cultural de los sistemas éticos y, si bien puede ser un “error evolutivo para el individuo”, se trata de un extraordinario éxito social para la comunidad dentro de la cual el individuo ha sido educado –o condicionado.

   El asunto no parece demasiado difícil de comprender: para facilitar la cooperación dentro del grupo se establecen reglas por el interés común que superan el enfrentamiento entre los intereses particulares. Ahora bien, en un principio el “grupo” no tiene una existencia institucional tal como la conocemos hoy: básicamente se trata de una familia extendida dentro de la cual se protege a los hijos, hermanos… y también a los primos y sobrinos, el “nepotismo extraparental”.  Al aumentar el grupo humano hasta las complejas sociedades propias del estado civilizatorio, el “nepotismo extraparental” –primos, sobrinos y cuñados- también puede llegar a convertirse en “nepotismo desplazado” en el que se da consideración de parientes incluso a meros aliados o vecinos, “amigos”. Todo eso puede hacerse mediante manipulación cultural –todos los hombres son hermanos…- y tiene sentido desde el punto de vista biológico puesto que favorece a grupos cada vez mayores, por tanto, cada vez más eficientes a la hora de imponerse a grupos menores y menos complejos.

   Tendremos más donantes de sangre si muchos de ellos ni siquiera se preocupan por el prestigio que ser donantes pueda reportarles. Podemos contar con donantes de las dos clases: de los que se preocupan por el prestigio y de los que no.

  Así, con esta extensión del nepotismo, tenemos una vía incluso para evitar el enfrentamiento entre grupos y para conseguir el altruismo genuino a escala universal.

  El fenómeno psicológico de la interiorización de los valores morales, que Alexander no menciona, es lo que está detrás de que uno dé una buena propina en un restaurante al que sabe que no va a volver nunca, caso en el que no hay opción de “reciprocidad indirecta”, donde no se generan beneficios para el estatus. Digamos que, como consecuencia del hábito adquirido en una sociedad de reciprocidad indirecta, el individuo acaba por realizar cierto número de actos de nepotismo “extraparental” –y desplazado- a modo de “costumbre”. Esto sí es ya altruismo genuino.

Parece existir un sentimiento general de que el comportamiento moral no requiere recompensas y castigos tal como es proporcionado por la ley 

  Esto es por un motivo claro: porque el grupo que cuente con los agentes prosociales más activos (más altruistas) es el que obtendrá una cooperación más eficiente y, por tanto, se impondrá a los demás grupos. Todos lo conocemos de la historia de las civilizaciones: las coaliciones de bandidos podrán ser muy temibles durante un breve periodo de tiempo, pero las inevitables disputas internas siempre acaban debilitándolas.  Y los bandidos no se sacrifican unos por otros. Por eso, a la larga, los “buenos” siempre ganan.

  Por otra parte, Alexander, de pasada, menciona otra de las estrategias más valiosas para desarrollar una moralidad altruista extendida al sistema social

Hay muchas formas no costosas de dar beneficios que sin embargo son de gran valor para otros

   Disponer de beneficios no costosos supone una poderosa estrategia para estimular el comportamiento altruista. Una cultura puede desarrollar el gusto por beneficios no costosos de manera que se disponga de tales recursos como intercambio para los que son más costosos. La forma más simple es conceder una condecoración, al estilo soviético. Pero hay formas a la vez más complejas y más sencillas que conocemos de la vida familiar: un acto afectivo inequívoco, como un abrazo, una palmada en el hombro, una sonrisa o una frase alentadora. Para muchos, cosas que justifican una vida… y que son estímulos emocionales perfectamente explicables para la ciencia.

  Igualmente:

Una larga historia de tales recompensas a la benevolencia ha dado lugar a que evolucionen poderosos sentimientos de bienestar cuando llevamos a cabo actos benevolentes que tienden a que nuestros amigos y asociados se conviertan en nuestros deudores

  Los sentimientos de bienestar no son un mero anticipo de las prestaciones que esperamos de nuestros deudores. Ya suponen de por sí un importante estímulo. El hacer lo correcto, el recibir el afecto y agradecimiento ya son recompensas. No costosas desde el punto de vista material, pero muy valoradas. Por lo menos en nuestra cultura actual.

Pensar que los humanos existan sin conflictos de intereses es asumir situaciones que impliquen o imiten lo que los biólogos han llegado a llamar selección de grupo, en una forma que se opone explícitamente a la noción de los individuos que luchan para maximizar su éxito reproductivo por separado

  Sin duda es antinatural que el éxito reproductivo deje de ser valorado, pero también es antinatural que el éxito sexual no implique hoy éxito reproductivo: hoy en día, las personas fracasadas de la clase social más baja suelen tener más hijos que las personas de éxito de la clase social más alta.

Mi visión de los sistemas morales en el mundo real (…) es que son sistemas en los cuales los costes y beneficios de acciones específicas son manipulados a fin de producir asociaciones razonablemente armoniosas en las cuales todo el mundo, sin embargo, persigue sus propios intereses (en términos evolutivos). No espero que los argumentos morales y éticos puedan alguna vez ser resueltos debido a que los conflictos de intereses no pueden ser resueltos de forma definitiva. Los contratos y compromisos son entonces (al menos actualmente) las únicas soluciones reales para los actuales conflictos de intereses. Es por esto que las decisiones morales y éticas deben tomarse a partir de las decisiones del colectivo de individuos afectados; no hay una sola fuente del bien y del mal

   Afortunadamente, el mundo real en el sentido biológico estricto ya apenas existe entre los seres humanos. La cultura y la civilización han alcanzado tal complejidad que el mundo biológico ya no es el principal interés. Eso no quiere decir que no sea útil conocer el origen biológico de nuestras formas de vida social civilizada. Todo lo contrario. Mientras más sepamos de la vida instintiva, con más precisión podremos manipularla.

Que la gente simplemente se ame o respete los unos a los otros y no compita con riesgo, requeriría alteraciones del comportamiento humano tan profundas que implicaría que no existiera naturaleza humana en absoluto

   Afirmación tendenciosa aunque con su parte de verdad: si la naturaleza humana se basa en el enfrentamiento entre grupos a fin de que el grupo más eficiente alcance el éxito reproductivo, el mundo actual no obedece a la naturaleza humana: las naciones más prósperas se reproducen menos que las más desdichadas. Ni siquiera podemos descartar  hoy que los grupos más eficientes tiendan a su autodestrucción precisamente por el carácter ético de su forma de vida. Hoy por hoy, muchas naciones europeas están viendo amenazada la base de su prosperidad por la tolerancia a la inmigración.

   Estadísticamente, los núcleos de población de origen inmigrante en Francia o Gran Bretaña son mucho más antisociales que los de origen nativo. Y se reproducen mucho más: esto supone una pérdida económica para la sociedad que va en contra de los intereses particulares de la población nativa. Pero es irremediable porque los imperativos éticos de Francia o Gran Bretaña hacen imposible, por ejemplo, crear campos de concentración o deportar en masa –o exterminar, como se hacía en otras épocas- a todos los inmigrantes. En suma: el comportamiento ético ha ayudado al desarrollo de las sociedades desde el punto de vista civilizatorio, pero al mismo tiempo las ha puesto en peligro desde el punto de vista biológico; la solución la encontraremos en nuevas fórmulas de convivencia siempre en el mismo sentido de desarrollo ético.

   El mismo Richard Alexander se contradice

Incluso la benevolencia indiscriminada puede ser compatible con que los humanos hayan evolucionado mediante el éxito diferencial en la reproducción

   Por supuesto que sí. La benevolencia indiscriminada puede ser una consecuencia necesaria de la evolución de la ética biológicamente determinada. De individuos egoístas en conflicto que solo admiten la reciprocidad directa pasamos a individuos astutos que procuran obtener ventajas mediante la reciprocidad indirecta y el nepotismo extraparental; de ahí pasamos a buenos ciudadanos que practican el “nepotismo desplazado” –consideran “hermanos” a todos sus conciudadanos- e interiorizan el comportamiento cívico, sensibilizándose a compensaciones no materiales a cambio de su buen comportamiento; el paso evolutivo final sería una comunidad planetaria de santos que practicaran la benevolencia indiscriminada. Es esta una visión perfectamente racional.

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