jueves, 25 de octubre de 2018

“Por qué no existe el mundo”, 2013. Markus Gabriel

  Markus Gabriel es algo más que un divulgador de la filosofía. Aparte de reivindicar que aún en el siglo XXI tienen vigencia disciplinas como la metafísica y la ontología, la pretensión de su libro es promover para el gran público una determinada visión filosófica.

En este libro desarrollo el principio de una nueva filosofía que parte sencillamente de una idea fundamental, a saber, que el mundo no existe. (…) Esto no significa que no haya nada. (…) El principio según el cual no existe el mundo incluye que todo lo demás sí existe. (…)La segunda idea fundamental de este libro es el NUEVO REALISMO. (…) El nuevo realismo no es otra cosa sino el nombre para la era posterior a la posmodernidad. La posmodernidad fue un intento por comenzar, de modo radical, desde cero, tras las grandes promesas de salvación de la humanidad que anunciaron las religiones, la ciencia moderna y hasta las ideas políticas radicales de los totalitarismos de izquierda y derecha. La posmodernidad anhelaba consumar la ruptura con la tradición y liberarnos de la ilusión de que existe un sentido de la vida al que aspiramos. Sin embargo, para liberarnos de esa ilusión simplemente se crearon nuevas ilusiones, sobre todo la de que estamos encallados en nuestras ilusiones

No podemos saberlo todo, precisamente porque no hay ningún principio que lo cohesione y organice todo. No existe el mundo.


  No existe el mundo, pero sí existe la realidad y en ello se  equivocaría el posmodernismo-constructivismo, que ha sido la escuela filosófica más conocida desde finales del siglo XX.

La posmodernidad ha objetado que solamente existen las cosas tal como se nos presentan. Que no hay nada más detrás, ni mundo ni realidad en sí mismos. (…) Sin embargo, la posmodernidad es simplemente otra variación de la metafísica. Para ser exactos se trata de una forma bastante general del constructivismo. El CONSTRUCTIVISMO se basa en suponer que, definitivamente, no existen hechos en sí mismos, sino que más bien nosotros construimos todos los hechos mediante nuestros distintos discursos o métodos científicos. El representante más importante de esta tradición es Immanuel Kant. Él aseguró que no podemos conocer el mundo tal como es en sí mismo. Lo que conocemos siempre es algo producido, de alguna manera, por el hombre, sin importar de qué se trate.(…) El nuevo realismo presupone, más bien, que conocemos el mundo tal como es.

  El hecho es que, en los últimos tiempos, las personas que en general sienten curiosidad por la naturaleza humana y su posible destino –la discusión gira en torno a, precisamente, si la Humanidad tiene o no destino-, han solido pensar que la filosofía ya no era útil. Algunos filósofos mismos así lo han juzgado.

Habermas se muestra satisfecho al reservar para la filosofía una pequeña área del análisis del lenguaje o del discurso, y concede el resto del conocimiento de la realidad a las ciencias naturales o sociales

  No es el punto de vista del “nuevo realismo”, que no cree que debamos depender de los resultados de las ciencias (materialismo), al menos, tal como existen hoy

Cuando el materialista acepta que los estados cerebrales tratan sobre algo que no es material, en ese momento ha aceptado que existe algo que no es material, a saber, todos los objetos no materiales a los que pueden referirse los estados cerebrales.(…) El materialismo debe reconocer la existencia de cosas imaginarias para poderlas rechazar posteriormente. Pero esto es una contradicción.

¿Cómo puede saber el materialista que su idea «Solo existen estados materiales» no es una ilusión? ¿Cómo puede asegurar que los estados materiales sobre los que reflexiona no son fantasías y, por lo tanto, realmente materia? (…) ¿De dónde saca el materialista que todos los objetos son estados materiales? Si no puede explicárnoslo, no tenemos ninguna razón para afiliarnos al materialismo.

La consciencia sería un estado bajo la cubierta craneal. Habríamos caído de nuevo en el terreno del neuroconstructivismo.


  Para muchos, será difícil entender que no son evidentes los hallazgos de la neurociencia, según la cual cualquier concepción humana tiene su origen en algún tipo de función bioquímica (sinapsis) que se da dentro del cerebro humano, pero quizá el sentido de la filosofía no deba verse en oposición a nuestra condición material.

  Exista o no el mundo, sea verdadero o no el constructivismo o el realismo o el materialismo, la aparición de la filosofía está ligada al desarrollo de las civilizaciones.

Con absoluto derecho, los seres humanos deseamos saber qué sucede con la totalidad y en dónde nos encontramos. No se debe minusvalorar este impulso metafísico, ya que ello constituye al hombre. El ser humano es un animal metafísico, un animal al que le importa determinar su «posición en el cosmos», tal como lo llamó Max Scheler (…) ¿De dónde venimos? ¿En dónde nos encontramos? ¿Cuál es el verdadero sentido de todo?

  El “ser humano” se posiciona ante el mundo en actitud filosófica.

La comprensión de una decisión personal, o incluso política, o de una obra de arte no es descriptible en simples términos biológicos o matemáticos, ni es absolutamente absurda o una cuestión de simple gusto. La imagen científica del mundo se equivoca al afirmar que puede ignorarse el sentido de la existencia humana, pues debe haber una estructura fáctica privilegiada que es esencialmente idéntica al universo, al ámbito de objetos de las ciencias naturales.

  ¿Qué es eso del “sentido”?

Puede entenderse un sentido como una aproximación a la realidad susceptible de ser verdadera y, con ello, también errónea.

Todo lo que percibimos, lo percibimos mediante un sentido. El sentido no se encuentra en el interior de nuestro cuerpo sino, precisamente, «allá afuera», «en la realidad» (…) Un experimento mental, como los famosos de Einstein, no consiste en simples representaciones mentales. Los experimentos mentales funcionan de verdad.

Si se ignora el espíritu y tan solo se contempla el universo, por supuesto que desaparece todo el sentido humano. (…)  El nihilismo moderno radica en un error acientífico, a saber, el error de confundir las cosas en sí mismas con las cosas en el universo, y de sostener que todo lo demás es una alucinación bioquímicamente inducida. No puede claudicarse ante esta ilusión.


  Antes de la filosofía existía la religión. Pero mientras la filosofía parte de la ignorancia que lleva a la búsqueda de sentido, la religión parte de la convicción acerca de lo verdadero.

La religión es la impresión de que formamos parte de un sentido, a pesar de que se extienda por encima de todo lo que entendemos

  Sin embargo, en otro pasaje, el profesor Gabriel escribe que

 La religión es una forma de la búsqueda de sentido.

  Lo que lleva a pensar que “religión”-propiamente, aquella religión que ha evolucionado más en el periodo histórico- sería algo como filosofía para las masas, o con implicaciones sociales y morales que la filosofía, digamos, “pura” (metafísica, ontología, gnoseología, epistemología…) no contiene necesariamente. Porque de lo que se trata aquí –sobre si existe o no el mundo, por ejemplo- es un tipo de búsqueda de conocimiento que parece, a primera vista, extrañamente alejada de las preocupaciones universales de la Humanidad acerca de la vida en sociedad.

  Lo que de forma coloquial se suele llamar “filosofía”, en realidad equivaldría más bien a lo que los antiguos llamaban “sabiduría” o ”espiritualidad”. La filosofía es otra cosa.

Nuestra relación con nosotros mismos no consiste simplemente en que reflexionemos sobre nuestros pensamientos. Eso es tarea de la filosofía. El espíritu es algo más que reflexionar sobre lo que sea. El espíritu es la circunstancia de que nos comportemos respecto de nosotros mismos como si se tratara de otro, de una persona a la que conocemos y a la que, en ocasiones, transformamos.

  El “espíritu” sería algo así como la potencialidad filosófica del individuo (¿subjetividad reflexiva y empática?). No todos somos filósofos, si bien toda persona, en mayor o menor medida, cuenta con un espíritu en tanto que participa de una vida social y que empatiza con sus semejantes dentro de un marco material. Las “grandes preguntas” acerca de nuestro papel en el universo nos las hacemos en tanto que formamos parte de una vida social como individuos. Eso no es la filosofía académica, pero tampoco es el mero interés del que busca una solución al problema humano en sociedad.

El hombre es el ser que desea saber qué o quién es. Esta situación es desconcertante pero, al menos, detonó la historia espiritual del hombre. (…) El espíritu es algo diferente a la cultura. El espíritu es el sentido por el sentido, el sentido irresuelto y abierto

  “Sentido por el sentido” no es muy diferente a la moral autónoma: la virtud por la virtud.

   ¿Qué es, finalmente, la filosofía? ¿Por qué es importante el elegir entre “ser” realista o “ser” constructivista, por ejemplo?

  Quizá podamos verlo mejor si reflexionamos sobre cierto paralelismo con el arte  -y el arte no implica necesariamente el recrearnos en la belleza.

Las obras de arte son campos de sentido reflexivos, en el que no solo aparecen objetos (al igual que en todos los demás campos de sentido), sino que allí aparecen objetos en tanto objetos dentro de un campo de sentido. Los objetos del arte aparecen en el arte junto con su sentido, y esto sucede en un número infinito de variaciones.

  Si consideramos la existencia humana como un mero hecho social (porque Homo Sapiens es un animal de vida intensamente social, el más social de todos los animales sociales) podemos ver la filosofía como un valioso subproducto del humanismo, espiritualidad o búsqueda de la sabiduría.  La filosofía, como el arte más evolucionado, no nos ofrece soluciones directas a los problemas sociales. Existencialista era el nazi Heidegger y existencialista era el comunista Sartre, pero lo importante es que si no hay filosofía, entonces no hay inquietud espiritual. Una sociedad sin filósofos es una sociedad en la que faltan personas que se sometan a las inquietudes inevitables ante el mundo (que existe o que no existe, que tiene o no sentido).

  Los filósofos no son, ciertamente, poetas, pero que, hoy por hoy, los filósofos se equivoquen o acierten en sus académicas disputas tampoco es lo más importante. A la larga, una escuela filosófica se impondrá libre y razonadamente sobre todas las demás y en esta aceptación veremos un síntoma fundamental de la armonía social. Qué escuela filosófica resulte finalmente ganadora tampoco será indiferente, porque la concepción que el ser humano tenga de su propio pensamiento estará inevitablemente relacionada con la aceptación de unas determinadas capacidades cognitivas que serán las que den lugar a una determinada forma de afrontar la sociedad. Es muy difícil saberlo hoy, pero el nacimiento del Dios único, la posterior muerte de Dios en la Ilustración y el escepticismo del fin de las ideologías pueden ser vistos como sucesivas fórmulas a la vez racionales y emotivas que sirven de modelos abstractos al comportamiento social. Tal vez nos espere algo más allá de la polémica entre el constructivismo y el realismo. La visión de la filosofía puede anticipar la de la sabiduría aunque, a diferencia de lo que sucede en esta última, el buscador puede no ser consciente del significado social de sus hallazgos.

    Y es muy interesante -en especial para quienes tratan de averiguar cosas sobre la condición humana a partir del estudio antropológico del “hombre en estado de naturaleza”- esta observación sobre la ontología, o psicología ontológica…

Muchas de las comunidades indígenas que se encuentran hoy en el Brasil están ontológicamente mucho más avanzadas que la imagen científica del mundo, pues no presuponen que se encuentran en un universo sin espectadores, sino que se han planteado la pregunta acerca de por qué son ellos espectadores y qué pueda significar esto.

  Lo cual equivale, más o menos, a la concepción de que el “hombre primitivo” vive sumergido en un entorno de energías espirituales… Tal vez no muy diferente a algunas interpretaciones modernas del paganismo

lunes, 15 de octubre de 2018

“¿Qué es la emoción?”, 2007. Jerome Kagan

Las emociones han atraído la atención de muchos estudiosos porque sirven a muchas funciones. Algunos estados [emocionales] son agitadas puntuaciones que marcan la toma de control de la consciencia y la fuerzan a poner atención a un suceso o un estado corporal que requiere acción inmediata. Otras ayudan a que el individuo controle comportamientos que son violaciones del código ético de la comunidad o de la consciencia privada de la persona. Aún hay otras que garantizan la perseverancia en intentos continuados de ganar metas deseadas, ayudar al registro de experiencias en la memoria a largo plazo, facilitar aprendizajes sobre sucesos a evitar, motivar la reproducción sexual y permitir el vínculo íntimo entre personas necesario para la cría exitosa de la siguiente generación. Algunas emociones, sin embargo, son menos obviamente adaptativas. Los estados emocionales creados por el encuentro de un hermoso paisaje, una reflexión sobre pasados placeres, una hora de gimnasia o un vaso de vino poseen muchos de los rasgos de las emociones más urgentes pero parecen menos necesarios para la supervivencia.

  La misma existencia humana, en tanto que el ser humano es social, se basa en la experimentación e intercambio de emociones. Aunque la emoción se da en todos los animales superiores, el ser humano vive, en cierto modo por y para ellas: nada tiene valor si no puede traducirse y ser compartido a nivel emocional en las relaciones privadas, y muchos de los estados emocionales más valorados suelen ser precisamente aquellos que no parecen necesarios para la supervivencia.

  Jerome Kagan ha estudiado las emociones y llegado a algunas conclusiones diferentes a otras en exceso simplistas.

Se sugirió que los mecanismos neurológicos innatos que se localizan en los centros subcorticales y que son responsables de particulares incentivos generaban expresiones faciales representando ocho emociones primarias llamadas interés, alegría, sorpresa, desasosiego, miedo, vergüenza, asco e ira. El problema con esta afirmación es que cada una [de estas representaciones] es una familia de estados y no una emoción unitaria (…) [A pesar de ello,] si bien la cara no es ni el origen de todas las emociones ni un signo fiable de un estado emocional, sin embargo, puede en ocasiones revelar un sentimiento o un sesgo de temperamento

  Sabemos que, en alguna medida, la personalidad o temperamento es un rasgo innato y hereditario que también resulta influido por el entorno. Si supiéramos más de la disposición emocional de los individuos podríamos mejorar sus relaciones sociales y en consecuencia dar lugar a condiciones de vida más gratificantes para todos. La historia de la civilización es en buena parte una cuidadosa catalogación de las emociones y de los mecanismos de comportamiento social que las desencadenan.

Los griegos y romanos seleccionaban el valor [físico] como especialmente loable debido a que la amenaza de un ataque físico era común y ambas sociedades requerían tal estado de ánimo en sus soldados. La cultura de los esquimales Utku requería la emoción de naklik (preocupación por el bienestar físico y psicológico de otros) como un estado frecuente. La cultura europea medieval seleccionaba el miedo a la ira de Dios como una interpretación prevalente de los sentimientos de inseguridad

  La previsibilidad de la reacción emocional equivale a la correspondencia entre ésta y el estado cerebral que la provoca. Pero entre ambas manifestaciones evidentes –el estado cerebral puede ser detectado con la tecnología actual- existen numerosos condicionamientos que dificultan la identificación de las emociones en juego. Más difícil aún es predecir una pauta de comportamientos emocionales en base a marcadores genéticos.

La probabilidad de que una emoción o apreciación seguirá a un estado cerebral en particular es baja, tanto si nos referimos a mil personas o a una misma persona mil veces (…) La meta que buscamos es descubrir estimaciones de probabilidad que se aproximen al 0.7 o 0.8. Puesto que esta victoria no ha sido alcanzada, los científicos se ven forzados a estar satisfechos con mezquinas diferencias entre condiciones o personas que son estadísticamente significativas en probabilidades de 0.05 o 0.01 (…) Cuando un científico es lo suficientemente afortunado para descubrir una correlación entre un marcador genético y un estado emocional, la relación usualmente cuenta para menos de un 10% de la [concordancia predictiva del comportamiento]

La biología de una persona no puede determinar un tipo de personalidad particular, pero puede limitar cómo de fácilmente ciertas emociones y estados de humor pueden ser adquiridos y sostenidos

La reacción del cerebro es siempre una función de la disposición mental de la persona, expectativas e interpretación privadas de un suceso, y estos procesos reúnen actividad en conjuntos neuronales que no son los mismos en todos los individuos


  Queda, pues, mucho por hacer. Pero hay una serie de conocimientos que son importantes y de los que disponemos ya. Uno de ellos es que, como hemos visto en la referencia a las civilizaciones antiguas, las emociones pueden ser orientadas culturalmente.

Miembros de unas categorías definidas como socialmente variadas varían en sus apreciaciones de las emociones. Sugiero que las categorías más influyentes son el género, etnicidad, clase, religión y cultura, y siempre dentro de una era histórica.

  La selección de estados emocionales y su reorientación cultural se convierte entonces en un instrumento único de cambio social.

Un estudio de las actitudes mantenidas por residentes de cuatro países con respecto a ocho emociones, deseables y no deseables, reveló que americanos y australianos consideraban el orgullo como deseable y la culpa como una emoción indeseable, mientras que los informantes chinos ofrecieron clasificaciones opuestas. Esta diferencia cultural está de acuerdo con la creencia popular de que las sociedades individualistas valoran las emociones que acompañan el logro personal y la libertad para hacer lo que uno desea. Las culturas que celebran la armonía social y la lealtad de grupo urgen alguna restricción al deseo para perfeccionar el yo cuando esta motivación iguala el coste de no honrar estas normas éticas.

El prototipo para el término griego filia es una mutualidad de afección entre dos personas, mientras que el prototipo para el término inglés que se refiere a un sentimiento afectivo por un amigo no incluye una emoción recíproca por parte del otro

Séneca, el filósofo y dramaturgo romano que escribió cuando comenzaba la era moderna, consideraba el estado deseable de serena tranquilidad como el prototipo para el concepto latino de apatía, mientras que el prototipo de apatía entre los escritores modernos es un estado indeseable de depresión (…) Si, como es probable, algunas emociones se restringen a escenarios culturales particulares, será imposible hacer un mapa de todas las emociones experimentadas por los miembros de una sociedad para aquellos de otra cultura


  Son tan grandes las diferencias a la hora de afrontar las circunstancias adversas de la vida, todas ellas derivadas de la interpretación de las emociones, que hay pocas dudas de que una determinada influencia en el entorno cultural, o una determinada enseñanza aplicada sistemáticamente, podrían cambiar casi por completo nuestra forma de vivir y permitirnos mejorar la civilización hasta límites hoy impensables.

  Por otra parte, resulta curioso -y revelador, tal vez, de la amplitud de los estudios de la ciencia social- que Jerome Kagan, con ser escéptico acerca de la previsibilidad de la emoción humana en base a los conocimientos actualmente disponibles, a la vez no descarta una cierta predeterminación de las muy variables emociones según estirpes seleccionadas en ciertos entornos a lo largo de generaciones...

Poblaciones humanas que han estado reproductivamente aisladas durante miles de años a lo largo de grandes distancias y en consecuencia durante muchos cientos de generaciones, es probable que posean genomas únicos con implicaciones en los temperamentos que influencian las emociones (…) Por ejemplo, los bebés y niños pequeños caucasianos sonríen más que los niños nacidos de padres chinos (…) Es posible que las diferencias temperamentales entre asiáticos y caucasianos hagan una pequeña contribución a las preferencias culturales (…) Los perros y los lobos, que han estado separados durante aproximadamente el mismo número de generaciones [que humanos caucasianos y asiáticos] difieren en alelos que afectan a estados cerebrales relacionados con las emociones (…) [Esta posibilidad sobre diferencias entre caucasianos y asiáticos] halla apoyo en estudios de la molécula transportadora de la serotonina durante el desarrollo del embrión

viernes, 5 de octubre de 2018

“Mundos evolutivos sin fin”, 2009. Henry Plotkin

La diversidad y la complejidad son los elementos más distintivos de las formas de vida. Y sin embargo la ciencia busca explicaciones causales generales de sus observaciones. ¿Cómo pueden reconciliarse tales elementos [de diversidad y de explicación general]? ¿Es posible que la ciencia de la vida se adapte a los requerimientos de una teoría general?

  Este planteamiento del biólogo Henry Plotkin se asemeja a una disquisición filosófica, y casi inmediatamente pasa a cuestionar el concepto simplista de la ciencia que han propagado algunos físicos clásicos, como Rutherford, según los cuales es una necesidad científica alcanzar una total determinación de los fenómenos a partir de unas causas físicas elementales.

Ernest Rutherford aseguró, de forma celebrada, que “toda la ciencia es o bien física o bien coleccionismo de sellos de correos”

  Pero el mundo de los biólogos siempre será más complejo que una concepción newtoniana de la naturaleza y no por eso se convierte en una disciplina caprichosa por el estilo de la filatelia. Y por esa misma razón, el biólogo tampoco debe caer en la trampa de aceptar que el hecho humano pueda quedar subsumido, a su vez, en la determinación biológica general simplemente por el hecho de que Homo Sapiens es un mamífero entre muchos…

Este libro (…) trata de la biología y las ciencias sociales que están incluidas en ella

  Igual que la biología queda dentro del estudio general de la naturaleza (física), también la ciencia social queda dentro de la biología. E igual que los principios generales de la física no siempre pueden servirnos en la biología, tampoco las leyes generales de la biología han de condicionar nuestra concepción de las relaciones humanas. No se trata tanto de una incompatibilidad necesaria entre física-biología-ciencias sociales sino de una necesaria flexibilidad, porque las “reglas generales” incluyen excepciones y salvedades (no necesariamente contradictorias), y precisamente los principios generales de la biología o las ciencias sociales pueden basarse en tales salvedades. Esta precisión es fundamental para comprender el fenómeno humano desde la perspectiva de la evolución.

Una teoría general de las ciencias biológicas y sociales debe ser capaz de suministrar una explicación causal para los infinitos mundos evolutivos que englobe todas las formas de realidad social tanto como la emergencia de las formas de vida en la tierra firme o la aparición de la forma de andar bípeda.

  La visión de Henry Plotkin, al abarcar, con legítima ambición, la totalidad de las realidades física, biológica y social, nos permite llegar, si leemos su libro con atención, a una importante conclusión práctica que nos puede ayudar mucho a abordar la “cuestión humana”.

La hipótesis del “gran error” (…) es la idea de que, desde el punto de vista de los genes, mucho del actual comportamiento humano es una terrible equivocación que actúa contra la única cosa que importa a los genes, que es su perpetuación

  Quedémonos con este “gran error”. No se contradice con la biología, porque en la inagotable red de tendencias evolutivas de los seres vivos abundan los caminos sin salida. En realidad, son mayoría: extinciones masivas, formas de vida absurdas, unas muy breves, otras que se prolongan, con muy pequeñas modificaciones, durante cientos de millones de años…

  Por lo tanto, que “Homo Sapiens” acabe convirtiéndose en una especie que, a medida que prospera contradice la premisa de que una estirpe exitosa goza del éxito reproductivo, no se contradice con lo que sabemos de la evolución biológica en la práctica. Y aquí el ejemplo que más evidentemente está a la vista de todos.

 La gente más rica tiene, en proporción, menos hijos

  No se descarte tampoco la posibilidad de una autoextinción voluntaria de la especie humana (a pesar de su gran éxito en la Tierra). Ni que la humanidad acabe por extinguir toda la vida del planeta, ya que la mayor parte de los astros (en realidad, todos los que conocemos salvo la Tierra) están desprovistos de vida. Y es que la evolución, pese a que la conocemos como una forma narrativa, no resulta ser obra de autor alguno ni ha de llevar a una conclusión. Es solo un fenómeno natural, desprovisto de intención o significado.

  Ahora bien, la aceptación del “gran error” nos puede favorecer enormemente como proyecto social global, porque, dentro del "gran error" general, hay un “gran error” particular que supone la base de nuestras esperanzas de un mundo (humano) mejor: el hecho de que podemos manipular culturalmente nuestros instintos prosociales (en un principio, favorecedores de la reproducción de la especie y perpetuación evolutiva de nuestros genes) para crear una sociedad sin agresión, con abundantes gratificaciones afectivas y con altísimos niveles de cooperación tecnológica y económica. Porque de la misma forma que el objetivo de favorecer la reproducción del más apto es ilusorio, también puede ser errónea la perpetuación de los instintos agresivos y competitivos. Lo que es válido para todas las demás especies de seres vivos podría no serlo para Homo Sapiens. Esto supondría un gran error de la “Madre Naturaleza” y ésa es nuestra esperanza…

  ¿Cómo puede producirse un error tan grande, en contradicción con la regla básica evolutiva de que el individuo con más éxito transmite su carga genética a un mayor número de descendientes que el individuo menos exitoso?

La unidad de información que se transmite no es el comportamiento, como se transmite una canción o el uso de una herramienta, ni tampoco las consecuencias del comportamiento, como en una preferencia específica de dieta, sino más bien es el asombrosamente flexible sistema de símbolos, fundado en el lenguaje, sobre el cual se construye la cultura humana. (…) El poder de los símbolos, entidades que se constituyen para cada aspecto de la experiencia humana, permite no solo una comprensión del pasado y el planeamiento del futuro, o múltiples posibles futuros, sino la construcción de mundos sociales de una variedad virtualmente infinita

  La estrategia simbólica es la clave. El libro de Plotkin, al abordar la cuestión evolutiva en buena parte actúa desmitificándola. Evolucionismo no es determinismo ni mucho menos teleología. No hay un sentido de la evolución y el fenómeno del pensamiento simbólico no es más que un accidente probablemente originado porque Homo Sapiens es una especie cuya característica más peculiar, si se la compara con otras especies de mamíferos superiores, es su complicada vida social. Los mecanismos cognitivos de tipo simbólico que pueden transmitirse culturalmente son un rasgo único de nuestra especie, como pueda serlo el cuello tan largo para las girafas, y esta peculiaridad puede acabar por convertirse –aun no siendo ése su origen- en una herramienta imparable para la cooperación mutua (por supuesto, también económica), infinitamente superior a cualquier sistema de cooperación que la evolución haya producido para las hormigas o abejas.

Cultura es la capacidad para compartir creencias y valores, una especie de pegamento social que mantiene a los individuos humanos juntos como grupo.

  Se nos recuerda que, propiamente, las culturas ya existen en otros animales sociales, como los pájaros, con sus cantos que varían de grupo a grupo, y lo mismo sucede con los simios, con sus ingeniosos recursos para alimentarse más y mejor que se transmiten de unos a otros. Pero solo los seres humanos contamos con una cultura basada en mecanismos simbólicos, que nos permite transmitir de unas a otras generaciones concepciones únicas y cambiantes de fórmulas de cooperación social: ética, religiones, sistemas políticos, económicos, avances tecnológicos…

Hay una falta de analogía entre la evolución biológica y el cambio cultural, como la existencia de la transmisión horizontal [no solo de padres a hijos, también entre iguales] y la fragilidad que implica para la cultura la necesidad de una creencia común, los cuales son el resultado de mecanismos enteramente diferentes en los que se basan los procesos de selección

  Henry Plotkin no centra su libro en estas peculiaridades únicas de Homo Sapiens, ya que más bien traza un panorama general del fenómeno evolutivo dentro del cual nos encontramos nosotros como especie, pero es precisamente esa visión general la que nos aporta la perspectiva correcta del hecho humano, como “fruto” de la evolución que, como “accidente”, contradice algunos de sus principios básicos. Y es la visión correcta también porque nos desmitifica cualquier superstición cultural acerca de la “Madre naturaleza” (determinismo naturalista: lo que siempre así ha sido siempre ha de seguir siendo) y nos señala lo ventajoso que es para nuestras aspiraciones de un “mundo (humano) mejor” el formar parte de una gran anormalidad, de un “gran error” en la evolución.