lunes, 25 de marzo de 2019

“Mentes que hacen sociedades”, 2018. Pascal Boyer

   El antropólogo cognitivo Pascal Boyer comenta en este libro algunos aspectos de la sociabilidad humana partiendo de la base de que ésta se encuentra subordinada a nuestras peculiares estructuras de pensamiento. Entre estas estructuras se cuentan las tendencias instintivas que habrían dado lugar a muchas de nuestras instituciones… y a nuestra capacidad para modificarlas a lo largo del tiempo.

El popular cliché de que las nuestras son mentes de la Edad de Piedra es en su mayor parte acertado, ya que nuestras complejas disposiciones mentales requirieron un largo periodo de tiempo evolutivo para emerger como resultado de presiones de variación y selección. Pero esa mente tan antigua claramente permitía la emergencia de las instituciones de las sociedades complejas [actuales]

Los humanos son especiales en que construyen sociedades complejas y aparentemente muy diferentes. Desarrollos recientes en las ciencias están ahora convergiendo para proporcionar explicaciones para muchos aspectos de estas sociedades, para las formas particulares en las cuales los humanos, por ejemplo, crean jerarquías, familias, normas de género, sistemas económicos, conflictos grupales, normas morales y mucho, mucho más.

¿Por qué la gente quiere una sociedad justa? ¿Hay una forma natural de familia?, ¿qué hace que los hombres y las mujeres se comporten de forma diferente? ¿Por qué hay religiones? ¿Por qué la gente participa en los conflictos entre grupos?

  Ante todo, el grupalismo. El Homo Sapiens es un animal social, como muchos otros que existen, pero es el único que puede dar forma a comunidades consistentes de individuos anónimos no emparentados.

Que la vida en grupo es beneficiosa para algunas especies, no es un misterio evolutivo. Pero lo que necesitamos explicar es qué habilidades y motivaciones en particular fueron seleccionadas como una forma de conseguir que los individuos actúen eficientemente dentro de los grupos. Las dificultades aparecen cuando queremos comprender cuál es la psicología subyacente del “grupalismo”

   Desde el punto de vista humanista, que subraya el valor del individuo, el grupalismo lo vemos hoy como un gran inconveniente para el desarrollo personal.

Diferencias en agresividad entre hombres y mujeres, tanto como la fuerza en la parte superior del cuerpo que es requerida para el combate, sugieren la selección para la violencia intergrupal tanto como para la competición con otros hombres en el acceso a mujeres. También algunas diferencias sexuales sugieren que las mentes humanas han sido modeladas para la rivalidad intergrupal

   Muy malo esto: se trata de indicios de que estamos predispuestos a un tipo particular de violencia de grupo. Estos grupos de humanos en conflicto ¿cómo se forman?

Los psicólogos sociales infirieron que los humanos están (…) tan espontáneamente [predispuestos a formar] grupos o tribus que favorecerían a su grupo incluso si éste fuera por completo arbitrario o incluso si los grupos fueran construidos arbitrariamente por un experimentador (…) No es que la gente equivocadamente piense que un agrupamiento arbitrario es un auténtico grupo social. Más bien (…) el error es que los participantes asumen que están comprometidos en una estructura de intercambio social en la cual las personas se hacen favores unas a otras por reciprocidad. (…) La gente se comporta de forma que parece favorecer el intragrupo porque de forma implícita usan una heurística de intercambio social, un conjunto de asunciones sobre cómo la interacción social (…) es una forma de cooperación recíproca. Obviamente, no necesitan hacerlo de forma consciente

   Un principio de reciprocidad parece algo más bien bueno, aun a riesgo de los actuantes se vean decepcionados por los otros integrantes del grupo si estos no cumplen nuestras expectativas. Pero los problemas aumentan cuando estudiamos las relaciones entre diferentes grupos.

La naturaleza competitiva de las coaliciones subyace en el hecho de que constituyen intentos de obtener apoyo social, y el apoyo es algo que los economistas llaman un bien rival [o de suma cero]. Mientras más tiene uno, menos está disponible para los otros

La necesidad percibida de los ataques preventivos para evitar ataques preventivos, que se llama el dilema de seguridad, parecería una garantía para un estado perpetuo de guerra tribal o al menos de sospecha intergrupal

  Hoy en día vemos como terriblemente antisociales tanto el dilema de suma cero (que se opone a la “suma positiva”) como la trampa hobbesiana de los ataques preventivos. Pero están en nuestra naturaleza. Son nuestras mentes –“prehistóricas”- las que han creado esas estructuras originarias en contradicción con nuestros ideales civilizados.

  La familia y las relaciones de pareja son también elementos diferenciados de la vida en grupo. Y tampoco son habituales en muchos animales.

Entre los grandes simios, los “parientes”  más próximos de la humanidad, las hembras son dejadas a que se arreglen solas

   En cambio…

La evolución humana inventó no solo parejas, sino también parentela política

   La formación de parejas (varón-mujer) más o menos duraderas es algo constante en los seres humanos, también en las sociedades más tradicionales. Sin embargo, en la prehistoria las parejas se hallaban insertas dentro de sistemas familiares más complejos (primos, tíos, cuñados…) mientras que se considera mucho más civilizado el modelo de “familia nuclear” a partir de un especial vínculo entre un solo varón y una sola mujer para toda la vida.

   En cuanto a nuestra capacidad intelectual, diríamos que es nuestro principal aliado para alcanzar una vida comunitaria armoniosa… pero tampoco nuestra dotación intelectual innata es la más conveniente. No obedece tanto a la lógica como sería de desear.

La mente humana no es siempre filosóficamente correcta o científicamente exacta. 

   Y no lo es precisamente en lo que más concierne al desarrollo de una vida social eficiente, generadora del mayor bien común.

Establecer que el comportamiento de alguien es moralmente repugnante crea consenso más fácilmente que afirmar que el comportamiento en cuestión lo causa la incompetencia. Lo último podría invitar a discusiones de evidencia y desempeño [¿era o no incompetente?], lo que diluiría el consenso más que fortalecerlo

  El sesgo de negatividad y nuestra tendencia a razonar de forma ilógica son también, por tanto, inconvenientes a ser corregidos, y entre estas formas ilógicas se encuentran las creencias en lo sobrenatural. Creencias que, por cierto, parecen bastante estructuradas y son poco espontáneas.

Puede parecer paradójico que el dominio de la fantasía y la imaginación sobrenatural resulten ser en gran medida repetitivos. Pero esto es porque la imaginación no se crea de la nada, simplemente recombina material conceptual preexistente

   Para Boyer, la imaginación sobrenatural originaria no corresponde exactamente a nuestro concepto civilizado de religión

Las sociedades a pequeña escala (…) acostumbran a hablar sobre antepasados, almas y espíritus. Pero estas manifestaciones suelen ser vagas, idiosincráticas o incluso inconsistentes. Sea lo que sea lo que estas personas tengan, no parece encajar con la imagen esperada de una religión

   Nosotros estamos más habituados a las religiones doctrinales, en las cuales se desarrollan actividades que asociamos con prácticas morales elevadas.

La práctica doctrinal de las religiones es una forma de adiestramiento intelectual que acumula un gran número de proposiciones relevantes y explícitamente conectadas. 

Las religiones y los cultos informales disparan diferentes clases de respuestas cognitivas. Las religiones proporcionan coherencia y explicación, los cultos experiencias memorables

    La importancia de las religiones se encuentra en su relación con la evolución moral, que es clave en el desarrollo de las civilizaciones. Y esto se aplica sobre todo a las de tipo doctrinal.

¿Por qué la prosperidad entre las clases más altas de nobles y ricos mercaderes favorecieron tales ideologías [de moderación y renuncia propias de la Era Axial]? (…) Una posible explicación es una forma de esnobismo, en la cual la gente señala su gran riqueza y estatus por renunciar ostentosamente (algunos de ellos) a su riqueza y estatus, haciendo ver con ello que pueden  permitirse tales pérdidas (…) [O bien] los individuos que habían alcanzado una afluencia podían interesarse en doctrinas que prescribían moderación y autocontrol, y sentir los beneficios de poner estas recomendaciones en práctica. 

   Con las religiones, llegamos a la parte más positiva de esta visión de la mente social. Con las religiones llega cierta etapa de progreso, y algo parecido sucede también con el comercio.

En todo el mundo, los seres humanos pueden con confianza afirmar que ciertos individuos poseen ciertas cosas. Todas las lenguas naturales pueden expresar la especial conexión entre agentes y cosas. También en las culturas humanas uno halla una distinción entre propiedad y mera posesión (…) Fuertes motivaciones y emociones están en todas partes asociadas con representaciones de la propiedad (…) Incluso en niños muy jóvenes (…) la distinción entre posesión y propiedad legítima es crucial

  Ahora bien, una cosa es la posesión y otra cosa el intercambio de bienes propios por interés comercial, es decir, con la expectativa de obtener un beneficio.

La clara separación de intercambio económico de otros aspectos de la interacción social es un reciente subproducto de las condiciones de mercado

  Muchos pueblos desconocen las reglas que permiten un lucro legítimo y desprecian especialmente la desigualdad y la avaricia. Sin embargo…

El comercio y las innovaciones que éste hizo posibles proporcionan la única conocida ruta de escape de la pobreza

Los sistemas cognitivos que guían la justicia en el intercambio o que gobiernan la propiedad o que monitorizan la distribución de bienes a partir de la acción colectiva están precisamente diseñados para disparar la emoción y motivar el comportamiento –de lo contrario no habrían sido evolutivamente ventajosos

    En una naturaleza humana que, al igual que sucede en la de otros mamíferos, existe una predisposición a la búsqueda de la supremacía, el lucro económico a partir de la propiedad privada sometida a unas reglas de intercambio lógicas y acordes con principios de justicia supuso, como mínimo, una forma benigna de competitividad en comparación con la guerra a mayor o menor escala. Por otra parte, en las sociedades complejas (incluso en las formadas por unos pocos cientos de individuos) siempre han existido jerarquías, pero las derivadas de la economía de mercado obedecen a criterios más racionales y menos brutales que la habitual del dominio del más fuerte. Y son más conducentes al bien común.

El punto de partida de las jerarquías de producción es el hecho de que diferentes agentes pueden no tener la misma información o habilidades

   Pascal Boyer no hace en su libro un diseño unificador de las estructuras innatas de la “mente social” del individuo, pero nos ofrece valiosos apuntes al respecto: grupalismo, familia, religión, posesión…  El desarrollo de algunas de estas estructuras hasta alcanzar formas innovadoras es lo que ha permitido el avance civilizatorio. Así, los grupos sociales se han hecho más amplios, más abstractos y flexibles; la familia extendida prehistórica ha dado paso a poderosos vínculos afectivos entre individuos; las religiones doctrinales han permitido el progreso ético; la posesión y la propiedad han acabado haciendo posibles el intercambio comercial y el consecuente desarrollo tecnológico (para aumentar el número y valor de los artículos de comercio). Las mentes hacen las sociedades, y la naturaleza de tales mentes dan lugar a su cambio y su progreso.

  Contando con una visión lúcida de los inconvenientes de la forma de vida humana en estado de naturaleza es como mejor podemos encontrar las claves del progreso de la civilización.

viernes, 15 de marzo de 2019

“Cómo las tradiciones viven y mueren”, 2011. Olivier Morin

    El filósofo y psicólogo cognitivista Olivier Morin aborda una cuestión de importancia capital en el desarrollo humano, quizá la más importante de todas: qué mecanismos de la mente permiten los cambios de costumbres. Sin duda, el tipo de costumbres más influyentes en el desarrollo humano son las de tipo moral, pues éstas moldean los sistemas sociales, pero costumbres son también todos los rasgos culturales humanos: desde la tecnología a las artes pasando por el ocio más trivial. A primera vista, no podemos concebir al ser humano sin que participe en creaciones culturales.

Las nuevas consideraciones [sobre la cultura la ven] (…) como un conjunto de ideas y prácticas, cada una de las cuales puede expandirse independientemente de las otras. Esta idea es opuesta a la visión que prevaleció en muchos círculos antropológicos contemporáneos, donde las culturas eran descritas como estructuras coherentes, bloques bien integrados de significación, donde todo dependía de todo lo demás en conjunto

  Elementos independientes que pasan de unas generaciones a otras, o que se expanden, como epidemias, a partir de no se sabe qué fenómenos aislados.

Las tradiciones lo suficientemente populares para sobrevivir el paso de generaciones son una minoría, su aparición es un suceso raro.  Por ello no nacen todas al mismo tiempo. Una vez nacidas, sin embargo, duran lo bastante para ver el nacimiento de más tradiciones insistentes como ellas. Juntas, estas tradiciones “extremas” impulsarían un lento (y difícil de revertir) proceso de acumulación. Si esta especulación es correcta, da alguna plausibilidad a una extraña visión: podría haber habido poblaciones humanas, sociedades como las conocemos, con los humanos cooperando y comunicándose entre ellos tal como sucede hoy entre nosotros, pero cuyo repertorio cultural parecería el de los modernos chimpancés. Solo yendo a lo largo de una larga historia habrían alcanzado el nivel de la riqueza cultural que es común a los humanos de hoy. Podemos imaginar una humanidad sin cultura.

   Aquí aparecen dos ideas notables: la de que existen “tradiciones extremas” que cuentan con preponderancia sobre las que son más triviales y volubles, y la posibilidad de que la vida cultural humana, en cierta época, no hubiera sido diferente a la de los chimpancés. Porque los chimpancés (y los pájaros, y otros animales…) también tienen “algo” de tradiciones y cultura… Si bien las tradiciones de los animales no se difunden (se transmiten, pero no se difunden), no se mantienen fácilmente, ni se expanden, ni se acumulan.

La proximidad tolerante [no hostil] escasea entre los grandes simios, bien por falta de proximidad (en orangutanes) o bien por falta de tolerancia (en los chimpancés). Pero ésta es una condición crucial de la transmisión cultural: las innovaciones necesitan ser hechas públicas, preferiblemente con no parientes, si han de ser enseñadas (…) La simple observación de un congénere usando una herramienta puede no ser tan fácil entre los grandes simios. Las relaciones sociales necesitan ser restablecidas, negociadas o enmendadas continuamente, en formas más o menos pacíficas que van desde el grooming a la pelea. Esto convierte la vida social de los chimpancés en una continua inversión mental (…) Esta atmósfera de contienda no se restringe simplemente al ámbito de las interacciones pacíficas que podrían ser usadas para el aprendizaje social: también se lleva recursos mentales que podrían ir a la cultura.

   “Inversión mental” se refiere, en este apartado, a una continua improvisación de recursos en lo que a habilidades sociales se refiere: no existen entonces pautas instituidas que permitan una convivencia favorable a la transmisión cultural; las relaciones entre individuos han de ser negociadas en todo momento. Ello implica que, en lo que se refiere a la transmisión de innovaciones culturales, al carecer de mecanismos naturales de transmisión (tipo “enseñanza”, digamos), este flujo sea lento, torpe y acabe en numerosos callejones sin salida. Por eso cabe precisar que este tipo de transmisión no es “difusión”.

Se suele decir que el ser humano es el “animal cultural”, en la medida en que ha obtenido grandes mejoras en su vida social gracias al empleo de tradiciones de gran valor práctico, sin embargo, el que el ser humano parezca más capacitado para la vida cultural no quiere decir que ésta le sea más imprescindible de lo que lo es para el chimpancé.

El cambio acumulativo [en la cultura humana según la arqueología] es solo un rasgo de la prehistoria más reciente, la de a partir de hace 50.000 años

  Homo Sapiens lleva existiendo en el mundo mucho más de 50.000 años. Y sin cultura acumulativa se las arreglaba bastante bien… aunque es cierto que tenía que competir con otras especies parecidas a él, como el Homo Neandertalensis o el Homo Denisoviano. Gracias a la cultura acumulativa no tardó en convertirse en el único homínido inteligente en el planeta (gracias a la invención de lanzas, hachas, y arcos y flechas, por ejemplo). Sin embargo, parece ser que, antes del cambio cultural, era el mismo tipo de ser vivo... al menos morfológicamente.

Podemos estar seguros de que los repertorios tecnológicos humanos han sido comparables a los de los chimpancés al menos desde el Homo Erectus. La selección entonces estabilizaría las nuevas adaptaciones, dando lugar a poblaciones donde las tradiciones serían más fácilmente mantenidas que en otras poblaciones en otras partes.

Mediante la cultura, el aprendizaje cooperativo podría haber creado algunas de las condiciones de su propia evolución. Podríamos, entonces, considerar la sociabilidad humana como una adaptación a la cultura, entre otras cosas.

[Se habría dado] un proceso coevolutivo: la selección natural de algunas capacidades cognitivas humanas estabilizaría las tradiciones, y la disponibilidad de tradiciones fortalecería las presiones selectivas favoreciendo las mentes capaces de aprenderlas

  Es decir, de alguna forma, se ha seleccionado genéticamente la capacidad para adaptarse a las tradiciones. Se habría producido un cambio genético que llevaría al Homo Sapiens “no-cultural” al Homo Sapiens de cultura acumulativa… el mismo que comenzó a pintar las paredes de las cuevas y a enterrar a sus muertos (y que nunca ha dejado de hacerlo). Este cambio –que algunos atrevidos creen ya haber detectado en el genoma humano- habría sido posible por la selección de determinadas capacidades cognitivas.

Señalar algo con tu dedo índice, hacer un gesto con la mano -estos signos quieren decir algo porque se basan en el reconocimiento de una intención. El fin comprende la intención comunicativa de la fuente, y la fuente usa este reconocimiento para llevar su mensaje más allá. A pesar de su aparente simplicidad, este modo de transmisión parece raro o inexistente fuera de nuestra especie

  A esto se le llama la “comunicación ostensiva”.

La comunicación voluntaria y abierta [es] también conocida como comunicación ostensiva. Comunicarse con alguien en una forma abierta es intentar cambiar su vida mental (instruirles, despertar sentimientos, orientar la atención etc) al hacer manifiesta una intención comunicativa (…) [En cambio] la transmisión del comportamiento en los animales no humanos es usualmente involuntaria

  Si esta capacidad para la comunicación ostensiva dio lugar a la superioridad material del Homo Sapiens, es lógico que se seleccionara de forma darwiniana.

Aprender de otros en una forma inteligente es una tarea exigente, hambrienta de información; las claves de las que obtenemos nuestros modelos necesitan ser interpretados, integrados y usados de forma flexible, junto con otras piezas de información. El proceso resultante es tan diferente a una conformidad y deferencia compulsivas que el nombre “imitación” realmente no es adecuado (…) Imitación, definida como o bien una capacidad para reproducir comportamientos de una forma fiel (…) o como una compulsión para seguir la influencia social (…) no es el motor de la transmisión cultural

La transmisión necesita ser plena  (…) lo bastante abundante para crear cadenas de difusión redundantes, robustas y reparables

   Entre otras cosas, parece requerir la capacidad para reconocer el valor de lo que es transmitido. Aquí es donde entra la cuestión de las “tradiciones extremas”.

La acumulación extrema (…) quiere decir que la evolución cultural es transformada por las tradiciones que aparecen raramente pero que duran mucho

Las “tradiciones extremas” [son] los artículos culturales que duran mucho y se difunden ampliamente porque son atractivos para todos. Para conseguir que aparezcan estas tradiciones la imitación o la fidelidad son inútiles, pero la invención es clave

   Un ejemplo serían las habilidades para la navegación o realizar tallas en hueso. Se suele mencionar este ejemplo por el sorprendente caso de los tasmanianos: un pueblo al sur de Australia que perdió estas habilidades al quedar aislado. Pero estas habilidades fueron perdidas muy lentamente, con gran resistencia

Separados del continente por el aumento del nivel del mar y reducidos a menor número, los tasmanianos parecieron dejar de reemplazar las innovaciones perdidas con unas nuevas. Sin embargo, les llevó muchos siglos perder las técnicas que habían inventado antes de eso, y las cuales habían sido aparentemente incapaces de desarrollar.

  Eran tradiciones que no les resultaban especialmente útiles y que, con su aislamiento tendrían que haber desaparecido en poco tiempo, pero la resistencia quizá se originara en el reconocimiento por parte de los individuos del valor de lo que se estaba perdiendo. La propuesta de Olivier Morin, entonces, enfatiza una cierta autonomía del pensamiento individual para elegir las innovaciones que pueden convertirse rápidamente en tradiciones, no dependiendo tanto de la mera repetición a lo largo del tiempo.

La teoría de las cadenas de difusión [de la cultura] dice que las tradiciones que consiguen acumularse a largo plazo triunfan porque apelan al tipo de atracción más genérico, del tipo universal de la especie

   Es casi como decir que los criterios de sentido común humanos obran con tanta sabiduría como la selección darwiniana, pero mucho más rápido… Se ha observado en algunos animales. Ciertos pájaros son hábiles en abrir las botellas de leche que el lechero deja en la puerta de las casas. Este hábito se llega a extender y con eso se convierte en cultural, pero en el proceso de transmisión no se dan las condiciones acumulativas habituales de la difusión de costumbres humanas.

La transmisión cultural en algunos pájaros [que aprenden a abrir botellas de leche] tiene poco que ver con la imitación, y todo que ver con la reconstrucción a partir de ciertas claves (…) Están simplemente improvisando, sobre la base de claves comportamentales y ambientales, acciones que cumplen su propósito

  El ser humano hace lo mismo. La diferencia es que el conocimiento se difunde, se conserva, permanece y solo con mucha dificultad acaba desapareciendo, como en el caso de los nativos tasmanos.

    Morin desdeña algunas impresiones de otros estudiosos, como que la transmisión cultural se basa en la mera imitación, en la abundancia de conductas a imitar o en el predominio de las clases sociales o personajes influyentes que propagan los nuevos hábitos. Todas estas cosas pueden darse y tener su importancia relativa, pero no son lo fundamental.

Las teorías imitativas de la cultura predicen la difusión cultural como una consecuencia inevitable de la inercia de la transmisión

   Algo que el éxito de tradiciones transmitidas con poca frecuencia pone en cuestión. Pueden transmitirse muchos modelos de conducta, unos con más frecuencia que otros, pero no es la inercia de esta transmisión lo que decide si este modelo es o no adoptado por la cultura, difundiéndose de forma efectiva. Tampoco parece decisiva la influencia de las clases superiores o los individuos notables dentro de un grupo social.

No hay perfecta coincidencia entre escalas de estatus y escalas de influencia: la gente no siempre mira a la parte superior de la escala social para pedir consejo

[En humanos] la preservación de la tradición no puede garantizarse bajo ciertos umbrales de población, incluso para las técnicas más útiles

  En su lugar, la teoría de Morin (de la “difusión”, concepto que se opone al de la mera “transmisión”) da a la capacidad creativa promovida por las condiciones del entorno (como en el caso de los pájaros que abren las botellas de leche) un papel fundamental. Podemos reconocer el valor de los avances, crearlos y re-crearlos por nosotros mismos y difícilmente olvidarlos.

   ¿En qué nos ayuda este conocimiento a poner en marcha los cambios que nos faltan para tener una sociedad mejor? En cierto modo es esperanzador porque nos proporciona una autonomía de juicio: las ideas innovadoras no requieren, más que relativamente, una acumulación de transmisiones determinada o que provengan de personalidades notables determinadas; son reconocidas a partir de su propia funcionalidad y preservadas de acuerdo con criterios cognitivos autónomos. Quizá eso explica por qué en muchas civilizaciones muy alejadas se han repetido parecidos cambios y avances. Por qué son “avances”… y no solo cambios.

martes, 5 de marzo de 2019

“Cómo se hacen las razas”, 1996. Lawrence Hirschfeld

  ¿Cómo se hace uno racista? ¿Es instintivo el racismo? En general, pensamos que uno se hace racista porque a algunos malévolos les interesa que se popularice tal doctrina supremacista sobre las diferencias interétnicas. Pero ¿por qué es tan fácil que tengan éxito? ¿No estaremos predispuestos a ello? El psicólogo y antropologo Lawrence Hirschfeld dedicó estudios experimentales a tan grave asunto, en buena parte trabajando con niños. En principio, partió de la actitud convencional:

Para mí, y para muchos otros con mis afiliaciones políticas y académicas, la raza y la política racial eran culturalmente contingentes y construidas históricamente (…) La raza daba lugar a interesantes cuestiones políticas y culturales, pero no psicológicas

     Pero después abordó la parte experimental, el punto de vista científico.

Pensé examinar, como un asunto de ciencia, por qué creemos tan firmemente que la raza es real. Acabé haciendo esto no tanto por un interés intelectual en la raza sino porque me preocupaba cómo los humanos conceptualizan los grupos con los que se afilian. Me chocaba un espacio vacío psicológico en nuestra comprensión antropológica y un espacio vacío en nuestra comprensión psicológica

   Como definición…

La teoría racial es la creencia popular aparecida recurrentemente de que los humanos pueden ser divididos en distintos tipos sobre la base de su constitución observable, concreta

  Y la conclusión de los estudios experimentales fue…

La raza no es simplemente una mala idea; es una mala idea profundamente arraigada (…) Los niños (…) creen que la raza es un aspecto intrínseco, inmutable y esencial de la identidad de una persona. Además, parecen llegar a esta conclusión por sí mismos

La [idea de] raza no está biológicamente determinada (…) pero los principios abstractos que dan lugar a la idea probablemente están tanto determinados biológicamente como son productos de una adaptación evolutiva. (…) Virtualmente todos los humanos hemos nacido con susceptibilidades para contraer viruela y tuberculosis. Las enfermedades mismas no son innatas; las susceptibilidades para contraerlas sí

  Esto son malas noticias… que se suman a muchas otras por el estilo: como que somos agresivos, insinceros, machistas o supersticiosos de forma innata. El negacionismo no ayuda. Somos así. Por eso tenemos tantos problemas de convivencia y la civilización progresa tan despacio (aunque en los últimos siglos parece que se ha acelerado por fin la mejora social). Por tanto, mientras más sepamos sobre nuestros problemas para la convivencia civilizada, más podremos emprender la búsqueda de soluciones factibles.

  Veamos el asunto desde el principio. El Homo Sapiens originario, el mamífero prehistórico cuya carga genética portamos, no tenía este tipo de problemas culturales sobre el progreso de la civilización. No existía para él tal idea de progreso, contaba con su forma de vida y no pensaba que pudiera cambiarse. Sus pautas discriminatorias con los individuos según su origen, de acuerdo con su constitución observable, se manifestaban de una manera natural, independientemente de los cambios culturales que pudieran darse.     

El pensamiento racial puede ser parasitario de una competencia de ámbito específico para percibir y razonar sobre categorías humanas. Una especie de categoría humana, la que se basa en que supuestamente se comparten propiedades no vistas e intrínsecas, es especialmente importante para las concepciones de raza. Pero esa misma clase de categoría humana es probablemente también la base para las nociones de parentesco.

  Es decir, el “Homo Sapiens” originario –el “hombre natural”- contaba con una tendencia innata a dividir a los seres humanos que le rodeaban –“semejantes”- en categorías. Es probable que en estas categorías no existiesen las “razas”, entre otras cosas porque aquella gente viajaba poco y conocía pocos extranjeros procedentes de tierras lejanas, pero su “competencia de ámbito específico” distinguía entre (por ejemplo): parientes y no parientes, hombres y mujeres, niños y adultos, cazadores y recolectores, propios y extraños…

  Estas diferenciaciones eran muy útiles… desde el punto de vista de que parece ser que en la prehistoria el sesgo endogrupal era básico para permitir la supervivencia de los pequeños grupos sociales que competían incesantemente por los recursos de supervivencia. “Nosotros” se opone a “ellos”, los extraños, y esto nos permite actuar de forma organizada en defensa de los intereses comunes.

Simplemente decirles a los individuos que han sido asignados a ciertos grupos es suficiente para disparar el favoritismo intragrupal (…) La dotación psicológica humana proporcionaría un sesgo cognitivo para favorecer a los miembros de cualquier intragrupo, mientras las políticas de relaciones de grupo dirigirían los juicios intragrupo/extragrupo a la raza

El pensamiento racial es útil porque nos ahorra tiempo de procesamiento: considerar a cada miembro de un grupo como dotado con los mismos rasgos nos ahorra los esfuerzos de tratarlos como individuos

  También dentro del grupo social, la necesaria división de tareas se favorece por la asignación de los individuos a diversos grupos. Finalmente, las relaciones de parentesco son vitales para la transmisión de las características genéticas objeto de selección: favorecer al propio grupo de parientes es lo que permite que propaguemos nuestra estirpe.

  Podemos incluso considerar hoy que el “humanismo” se basa precisamente en la diferenciación entre individuos de acuerdo con sus características propias, oponiéndose a la trayectoria ancestral de dividir a los individuos según su asignación a grupos. En cualquier caso, nuestra herencia genética es, obviamente, la ancestral, mientras que el humanismo es un fenómeno cultural muy reciente y, como muchos fenómenos culturales, especialmente los relacionados con la evolución de la civilización, se enfrenta constantemente a tendencias instintivas opuestas.

  Hirschfeld hizo numerosos experimentos con niños. Descubrió que, por ejemplo, en la sociedad norteamericana es muy fácil que los niños, muy pronto, descubran las diferenciaciones raciales. Están predispuestos a dividir a los individuos por su pertenencia a categorías, y la categoría racial está entre las más firmes.

[Los niños] diferencian las razas porque están siguiendo un impulso para categorizar las clases de cosas que existen en el mundo social

    ¿Qué implica psicológicamente la pertenencia a una raza?

El pensamiento racial es sobre la creación de diferencias ante la similitud

    Si somos similares, ¿por qué buscar diferencias? Pues precisamente porque no se pueden crear categorías sin pautas diferenciadoras. De alguna forma, nuestro instinto no se conforma con la apariencia similar y busca las diferencias... y estas diferencias son significativas simplemente en tanto que favorecen nuestra necesidad de crear categorías. Digamos que en lugar de buscar las similitudes tendemos a buscar las diferencias (un cierto sesgo de diferenciación). ¿En base a qué criterios?... pues parece que estos pueden ser bastante arbitrarios. Da igual que lo sean. En esto, la tendencia instintiva a la categorización no es diferente que la tendencia instintiva a cualquier otra superstición…

Las categorías raciales son solo una clase de entre la gran variedad de categorías sociales intrínsecas (…) Hay muchas clases de categorías humanas que la gente reconoce, categorías basadas en el físico, la personalidad, ocupación, género, nacionalidad etc

La raza no fue un descubrimiento de novo sino una sutil modulación de creencias preexistentes  

   Ahora bien, tan importante es localizar un criterio de diferenciación, que “supersticiosamente” tendemos a diferenciar a partir de abstracciones poco o nada evidentes. Buscamos la esencia. Usamos la determinación de la esencia como criterio.

Esencia se considera como una sustancia no obvia aunque material que causa que algo sea la clase de cosa que es

   En ocasiones, una esencia va más allá de la apariencia. Antes de Platón, los humanos ya inconscientemente tendían a encontrar categorías ideales. Poco importa la similar apariencia si tenemos un criterio para detectar la diferente esencia (un criterio que muy bien puede carecer de base lógica alguna…).

La raza siempre se piensa que incluye proclividades de comportamiento. En contraste, la raza no siempre se asocia con diferencias en anatomía externa (…) A primeros del siglo XX la mayor parte de los americanos negaban que los italianos fueran blancos

     De ahí que fuera tan fácil hacer evolucionar ideas racistas acerca de “una gota de sangre negra” que servía para desviar nuestra inferencia lógica de la constitución aparente del mulato de piel clara hasta la inferencia esencialista que lo asigna a la raza estigmatizada por muy pequeña que fuese la supuesta evidencia. Para sorpresa de algunos, en países mayoritariamente negros como Haití, se tendía de forma opuesta: los haitianos mulatos eran considerados “blancos” por muy pequeña que fuese su relación con ancestros europeos.

Entremezclados en los tres aspectos del pensamiento racial (diferenciación, inmutabilidad durante el crecimiento y heredabilidad) está la noción de una esencia material y no obvia. (…) La noción de esencia es un intento conceptual de capturar categorías más que propiedades o atributos (…) [Esta] conceptualización enlaza las diferencias de grupos a una clase de diferencias físicas. Pero también explica casos en los cuales estas diferencias físicas no son evidentes: de la misma forma que un tigre albino de tres patas es un tigre en virtud de su naturaleza, un negro de piel clara que “pasa” por blanco es un negro (al menos en Estados Unidos) debido a su naturaleza intrínseca

  El racismo “científico” de los nazis no fue sino la derivación natural de este proceso de categorización. Permitió la unidad del pueblo alemán por encima de las diferenciaciones de clase y urgió a la solidaridad grupal contra los enemigos exteriores. Puesto que las diferencias raciales son irreductibles, abocó a una radicalidad que favorecía la unidad patriótica. Y los criterios eran absurdos: la “ciencia racial” nazi era un cúmulo de despropósitos y en ocasiones se llegaba a asignar a algunos individuos de origen polaco (eslavo) a la “raza superior” simplemente porque su familia era de tradición protestante. El mariscal Goering llegó a decir con franco cinismo: “yo decido quién es judío”.

   Lo que el profesor Hirschfeld intenta es, precisamente, alertarnos de la gravedad del problema. El racismo o cualquier otra forma de supremacismo endogrupal no se “borra” con un cambio cultural, con la educación o la pedagogía cívica: está profundamente arraigado en nuestra naturaleza innata.

   Finalmente, observemos otro hecho notable asociado a esta génesis del racismo por predominio de las tendencias a la categorización.

En el sur de Asia [subcontinente indio], la ocupación es parte de la naturaleza intrínseca de la persona, vinculada a la propia identidad en un sentido profundo e invariable, y enmarcado dentro de un sistema de creencias que motivan un amplio conjunto de comportamientos y relaciones muy alejados del suministro e intercambio de servicios (…) [Y también] para niños de Estados Unidos de tres años la ocupación es una categoría intrínseca

Las castas coexisten en una red de dependencia mutua, como lo hacen las clases.

  Es posible que la categorización por ocupaciones tenga también un origen evolutivo: el cazador hijo del cazador, el curandero hijo del curandero… Lo que está claro es que se trata de prejuicios fuertemente arraigados en nuestra naturaleza.

Puede haber formaciones culturales en las cuales las categorías raciales estén ausentes. (…)[pero] no hay formaciones culturales que carezcan de categorizaciones humanas intrínsecas en absoluto