sábado, 5 de enero de 2019

“La verdad sobre la confianza”, 2014. David DeSteno

  Para asegurar la propia supervivencia (y asegurar su reproducción) los seres vivos necesitan bienes y servicios. Los animales sociales –como Homo Sapiens- los obtienen en buena parte de la cooperación, es decir, del trabajo común para beneficio de todos y de cada uno: trabajamos juntos y luego nos lo repartimos, lo cual es mucho más eficiente que si cada uno intenta hacerlo todo por su cuenta. Pero, a pesar de que el reparto implica una determinada objetividad en las proporciones ¿no va en el interés propio el engañar a los demás para quedarnos con todo lo que podamos en lugar de solo una pequeña parte? Por lo tanto, si a todos nos guía el interés particular, es de esperar que todos seremos cooperadores renuentes y poco fiables.

  Pero si no hay confianza, no tiene sentido la cooperación.

La confianza implica  (…) un delicado problema centrado en el equilibrio entre dos deseos dinámicos y con frecuencia opuestos- un deseo porque algún otro satisfaga nuestras necesidades y el deseo de éste de satisfacer las suyas (…) [La confianza] es acerca de intentar predecir lo que hará alguien basado en intereses y capacidades en conflicto. En resumen, es acerca de jugar con tu habilidad para leer la mente de alguien, incluso si ese alguien es tu yo futuro.

El dilema [del prisionero] (…) captura la esencia de los intercambios inherentes a muchas decisiones para cooperar cuando muestra cómo la lealtad puede llevar a mejores resultados que el simple interés propio

  Si la desconfianza entorpece la cooperación, y la honesta cooperación resulta tan beneficiosa ¿por qué la naturaleza no nos ha dotado de mayor capacidad para averiguar en quién confiar y para ser, a la vez, dignos de confianza?

  Una posible explicación es que, por una parte, la desconfianza ya es habitual en muchos animales sociales por el mero hecho de que el egoísmo y la correspondiente capacidad para el engaño también son habituales; pero, por otra parte, en el caso del ser humano civilizado el problema empeora porque, siendo Homo Sapiens un ser que, en estado de naturaleza, vivía en pequeños grupos (de poco más de cien integrantes de promedio), el engaño no era fácil en un principio, coexistiendo en tan pequeñas comunidades en las que todo el mundo se conoce, una especie de familia extensa. Ha sido después, cuando hemos formado enormes comunidades de personas anónimas, cuando nos hemos encontrado con los mayores problemas al contarse con más posibilidades de llevar a cabo engaños con éxito.

   La evolución social ha tratado por encima de todo de extender la confianza…

Si realmente quisieras evitar los riesgos inherentes a confiar en otra gente beneficiándote de la cooperación, hay un solo camino: transparencia. Si pudieras de forma efectiva verificar las acciones de otro, los riesgos, por definición, se hacen más bajos
   
   Y confiar no solo consiste en confiar en la honestidad de otros, porque tal vez los otros sean honestos, pero incompetentes… o tal vez nosotros mismos cambiemos y no estemos en el futuro a la altura de nuestros compromisos de cooperación actuales.

  Necesitamos encontrar un medio para averiguar cuándo podemos confiar en otras personas y en nosotros mismos. La primera tentación es la de establecer criterios de confianza a simple vista.

Los científicos han estado décadas buscando marcadores de confianza en el cuerpo, rostro, voz, escritura y demás, todo con poco resultado

   Esto no quiere decir que tales marcadores no existan en alguna medida y que no tengan utilidad. Lo que sucede es que son mucho menos fiables de lo que creemos.

   Históricamente, el mayor control de confianza que hemos podido utilizar ha sido el de la reputación. Confiamos más en aquellos de quienes tenemos constancia que han tenido una conducta más cooperativa en el pasado.

  [Dentro del “dilema del prisionero iterativo” la estrategia] ”toma y daca” quiere decir exactamente eso: comienza portándote bien pero después adecúa tu conducta a la de tu asociado. Si se porta bien, pórtate bien en el siguiente turno. Si no lo hace, entonces no lo hagas tú en el siguiente turno (…) A diferencia de una estrategia que asume que la confianza rota debería siempre llevar a la represalia, “toma y daca” permite que un socio sea redimido por su voluntad de cooperar de nuevo

  Ésta es considerada la mejor estrategia en teoría de juegos, pero la vida real es algo más complicada.

Alguien ha de prestarse a tomar el riesgo en ser el primero en invertir dinero, tiempo u otros recursos, esperando que en el futuro su socio mantendrá el trato hasta el fin (…) Resolver este problema de compromiso es uno de los dilemas centrales de la vida humana

Los cooperadores intentan encontrar códigos secretos para identificarse unos a otros, y los tramposos intentarán quebrar el sistema obteniendo las contraseñas

  La transmisión cultural ha permitido que algunas pautas de conducta que despiertan mayor confianza se vayan extendiendo de forma que valga la pena seguirlas, lo que permite que nos expongamos menos a las decepciones habituales cuando nuestra elección del primer movimiento es errónea. No hay duda de que algunas sociedades nacionales son más fiables que otras. Por otra parte, la subcultura del mundo de la delincuencia –en cualquier lugar del mundo- muestra unos niveles mucho más bajos de confianza, lo que les lleva a numerosas reyertas. Por lo tanto, algunos resultados se van consiguiendo en la evolución social, averiguaciones acerca de lo que es eficaz a la hora de crear sistemas sociales de confianza.

  Algunas estrategias son muy antiguas y siguen teniendo validez.

Cualquier tipo de sutil marcador de similaridad que enlace a dos personas sirve para incrementar dramáticamente su voluntad de ayudarse unos a otros 

   Está el famoso experimento de modificar fotografías para que se parezcan a nosotros mismos: automáticamente sentimos más confianza por quienes guardan ese parecido con nosotros. Similitud equiparable a la que suele darse entre parientes, que guardan cierto parecido de rasgos faciales. Pero no se trata solo de los rasgos faciales: la ropa, los adornos, todo tipo de similitudes externas tienen esa capacidad estadística de influir en la confianza.

  Más complejo es lo que sucede con las congregaciones religiosas, que aumentan los niveles de confianza recurriendo a elaborar todo tipo de marcadores externos, pero que también van más allá y ponen controles onerosos que afectan intelectual y emocionalmente: compartir una fe, unos rituales exigentes e impactantes, así como el conocimiento complejo de unas escrituras sagradas son características identitarias complejas que permiten pautar algunas variedades de conducta ética y a la vez son exigentes de un cierto esfuerzo. Valen la pena porque se hace mucho más difícil el fingimiento. Hasta los servicios secretos norteamericanos suelen preferir a creyentes mormones como agentes estadísticamente más fiables.

  Por otra parte, da la impresión de que DeSteno se equivoca en dar por sentada la persistencia de la incertidumbre: nos asegura que nadie es de fiar, que todo depende de las circunstancias o que la confianza que se crea se ve forzada por condicionantes accesorios (la similaridad aparente entre individuos, por ejemplo).

El mejor posicionamiento sobre la confianza (…) descansa en los intentos de inferir las motivaciones de una persona en cada momento, no en la presencia o ausencia de una etiqueta fija

   Lógicamente, inferir las motivaciones de cada persona en cada momento y circunstancia no es tarea fácil. Ni práctica…

De la misma forma que los supuestos santos pueden convertirse en pecadores, los supuestos pecadores pueden convertirse en santos. En otras palabras, la redención del engaño habitual es posible si uno comprende las fuerzas internas y externas que habitan la confianza

    Ahora bien, esto puede interpretarse como que implica que no se trata tan solo de la confianza que nos despierta un sujeto en particular (y sus circunstancias). La actitud del actuante puede ser modificada (las fuerzas internas y externas que habitan la confianza) hasta el punto de que dé por resultado un comportamiento más o menos digno de confianza bajo cualquier circunstancia. Era lo que veíamos con las religiones y más probablemente aún con la combinación de condicionantes culturales complejos. Si los suizos son más fiables no se debe al clima de montaña (los afganos no tienen fama de fiables) sino a una suma de condicionantes religiosos, legislativos, históricos y económicos.

  Naturalmente uno no puede elegir ser suizo o afgano. Ni tampoco es tan fácil elegir ser calvinista o hinduista. Más bien la fiabilidad de los suizos, los calvinistas o los doctores en Medicina es un subproducto cultural. ¿Cómo podríamos construir deliberadamente un sistema de condicionantes culturales que afecte las fuerzas internas y externas que habitan la confianza?

  DeSteno da un ejemplo que puede parecernos frívolo, pero que también es muy indicativo.

La razón por la que [los swingers] normalmente no están celosos es porque continuamente trabajan en construir la confianza y la fiabilidad con su pareja a largo plazo mediante el reforzamiento de la idea de que el sexo fuera de su relación primaria es solo una forma diferente de recreación

  Por supuesto, el swinging sigue siendo una práctica arriesgada que exige una gran preparación psicológica (o quizá una peculiar constitución psicológica), pero no es más difícil que la castidad de un sacerdote católico o la incorruptibilidad de un juez. Es algo que ha de trabajarse porque, ciertamente, es tan antinatural como lo son también la mayor parte de las exigencias de la cooperación y la prosocialidad. Ahora bien, los swingers  cuentan con una ventaja: el incentivo es el placer sexual. Nunca ha de perderse de vista que todo individuo ha de obrar no tanto en función de su pensamiento lógico o de la conveniencia social, sino en función de sus motivaciones individuales. Coordinar tales motivaciones personales con un interés común es un elemento fundamental a la hora de encontrar estrategias de cooperación.

Armado con una mejor comprensión de las claves no verbales que realmente son significativas y los factores situacionales que realmente importan, la exactitud al decidir en quién confiar sería mejorada de forma decisiva

   El libro de DeSteno no nos da ningún truco infalible para aprender a confiar en las personas, pero nos procura advertencias sensatas a fin de que se desarrollen estrategias completamente racionales al respecto. Como siempre, en lo que a deducir estrategias psicológicas se refiere, el voluntarismo nunca es la solución. No basta con proponerte ser fiable a la hora de que los otros confíen en ti, o proponerte ser más racional a la hora de juzgar a los que quieren ser considerados algo tan conveniente como individuos de gran fiabilidad.

  En cambio, podemos tomar el camino de evaluar las circunstancias que harían posible la fiabilidad y podemos asimismo hacer un seguimiento lo más atento e innovador posible de los viejos  marcadores de fiabilidad conocidos de siempre pero en los que siempre puede profundizarse (palabras, gestos…). Por otra parte, podemos emprender estrategias a largo plazo que nos permitan evitar los inconvenientes que nos harían menos fiables, como un aprendizaje de nuestros propios defectos en la vida social o, mejor aún, comprometernos en una estrategia ambiciosa de mejora del comportamiento en ese sentido. Y nunca hemos de perder de vista la necesidad de definir nuestras motivaciones personales.

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