jueves, 25 de julio de 2019

“El esquema”, 2019. Nicholas Christakis

  “Blueprint” es el título original de este libro del sociólogo Nicholas Christakis que se refiere al esquema o patrón evolutivo que se encontraría impreso en nuestros genes y que determina tendencias fundamentales de nuestra vida social.

Todos llevamos dentro de nosotros un patrón evolutivo que contribuya al funcionamiento de una buena sociedad

  Las costumbres y culturas cambian, sin duda, el aspecto de la vida humana en sociedad, pero  tales condicionantes se hallan limitados a su vez por unas peculiaridades inamovibles. Christakis identifica ciertas reglas innatas para lo que él considera el “juego social” –social suite- que se repite en todas las culturas

En el núcleo de todas las sociedades (...) están las reglas del juego social: 1) capacidad para tener y reconocer una identidad individual; 2) amor por los padres y descendencia; 3) amistad; 4) redes sociales; 5) cooperación; 6) preferencia por el propio grupo (el sesgo endogrupal); 7) moderada jerarquía (esto es, relativo igualitarismo); 8) aprendizaje y enseñanza sociales

No digo que las diferencias entre sociedades están basadas en nuestros genes. Más bien, estoy diciendo que las similitudes entre sociedades –hechas visibles en el juego social- están basadas en nuestros genes

  Las similitudes llegan hasta aspectos que pueden parecer contingentes pero que resultan no serlo.

Estoy centrado en universales que han sido codificados en nuestros genes más que en aquellos que han aparecido (independientemente, en múltiples lugares) simplemente como una respuesta inmediata al entorno en el que se encuentran los humanos (por ejemplo, la potencialmente universal presencia de redes de pesca en culturas que explotan ríos y mares para obtener comida)

  Para ilustrar esta diferencia, pensemos en cómo Peter Watson exploró las similitudes entre la América precolombina y el resto de la humanidad. Recordemos que la América precolombina era prácticamente otro planeta habitado por seres humanos, que en ningún momento entró en contacto cultural con el resto de la humanidad hasta 1492. Y sin embargo, se daban sorprendentes paralelismos. En muchos casos, desde luego, no se trataba meramente de responder a problemas parecidos. Las ruedas hubieran sido útiles para avanzar por las carreteras que estas civilizaciones construían y sin embargo no las utilizaron; tampoco habían llegado a acuñar moneda. En cambio, construir pirámides y hacer momias no tenía utilidad práctica, y se encontraban en América de forma parecida a como las encontramos en Egipto.

Un conjunto relativamente pequeño de rasgos universales sostiene la autoorganización de los humanos en sociedades

Podría haber incluso menos diversidad entre los humanos que viven en diversos lugares de la que esperaríamos porque, en un aspecto importante, todos los humanos experimentamos el mismo entorno (…) [Esto es porque]la mayor amenaza para los humanos, más que los predadores o cualquier exigencia del entorno natural, son los otros humanos(…) La razón para nuestra humanidad común es que siempre hemos vivido entre miembros de nuestra propia especie y hemos evolucionado para afrontar precisamente esa exigencia

   Por otra parte, si lo que tenemos en mente es mejorar la vida social (es decir, mejorar las relaciones entre miembros de nuestra propia especie) tampoco tenemos que considerar la relativamente escasa diversidad como una limitación insalvable. Incluso es viable pensar que el que no existan casos de sociedades del todo pacíficas no implica necesariamente que esto finalmente no pueda llegar a darse. Poseemos la capacidad de elaborar modificaciones culturales por las que resulta factible desarrollar esquemas particulares increíblemente complejos que, hasta cierto punto, cuestionen los instintos ancestrales

Nuestra capacidad para crear cultura es en sí misma una adaptación moldeada por la selección natural. Pocas especies tienen cultura, y aquellas que sí la tienen son las que cuentan con los genes que lo hacen posible

Una vez la transmisión cultural llegó a existir, nuestra especie enfrentó circunstancias que favorecían a los cerebros capaces de aprender y enseñar, así como a los cerebros que podían respetar normas, copiar modelos o transmitir información. A su vez, a medida que los humanos cada vez más eran capaces de confiar en el conocimiento de los demás, se hicieron incluso más amistosos y amables de modo que pudieran interactuar razonablemente en paz dentro de los grupos y así podían aprovechar mejor las instancias sociales a fin de sobrevivir. La cultura construye, y refuerza, nuestra capacidad evolucionada para hacer una buena sociedad.

   Una cultura ideal sería una basada en el mutuo altruismo, lo que permitiría la mayor cooperación posible dentro de entornos sociales de extrema confianza, donde la conflictiva coacción que se ejerce sobre los individuos por conveniencia del bien común ya sería innecesaria. Todos los elementos para hacer posible tal sociedad ya existen, dispersos, en nuestra naturaleza, pero es la elaboración cultural la que permitiría coordinarlos en una forma determinada… y expandir tal modelo cultural a toda la humanidad.

Parece que a lo largo del tiempo evolutivo, los humanos evolucionaron para amar primero a su descendencia, después a sus parejas y después pasaron a sentir afección por sus parientes biológicos, de ahí se pasó a los no biológicos (“políticos”) y después a sus amigos y grupos. Tal vez estemos en medio de una transición a gran escala para convertirnos en una especie que sienta apego por un número mayor de personas

   Por encima de todo, considerar nuestra naturaleza genética común no debe hacernos caer en la falacia naturalista: que seamos en origen una especie de animales sociales agresivos y poco evolucionados culturalmente no tiene por qué limitarnos.

La clase de extremo conflicto intergrupal letal que vemos en los humanos –propiamente, la guerra abierta- es extraordinariamente infrecuente en los animales

 Esto es cierto… como también lo es que ninguna otra sociedad de animales es capaz de obtener tanta cooperación entre individuos no emparentados como sucede con los humanos. Nuestra misma capacidad para la guerra demuestra que somos capaces de coordinar enormes masas de individuos en un fin común. De hecho, quizá los orígenes del altruismo se encuentren también en la violencia entre grupos.

El altruismo implica ayudar a los miembros del intragrupo a coste para uno mismo, y el etnocentrismo (o localismo) es hostilidad hacia los miembros del extragrupo. La escasez periódica de recursos –por ejemplo, debida a sequías o inundaciones- es un predictor clave del conflicto entre los grupos de forrajeros contemporáneos (…) Era útil tener el altruismo al servicio del conflicto extragrupal.

  También en las relaciones privadas. Las familias unidas son más poderosas que aquellas que se disgregan por disputas internas.

La supervivencia preferente de la descendencia de los padres que se sienten vinculados el uno al otro habría favorecido, a lo largo de la evolución, la práctica del apego y modelado la psicología evolucionada de nuestra especie

  Estos éxitos de la competencia entre grupos se basan, pues, en el desarrollo del altruismo: mientras más individuos se sacrifiquen por el bien común, más poderosa es la agrupación de tales individuos. El Homo sapiens cuenta con grandes recursos psicológicos para desarrollar estas agrupaciones. Llamemos “apego” -attachment- a ese recurso psicológico básico. Existe en muchos animales, sobre todo en los mamíferos. Pero es más poderoso en el Homo Sapiens, y a partir de ahí la manipulación cultural hace lo demás para poner en marcha esos grandes grupos competitivos.

El vínculo de pareja y el cuidado conjunto de los niños ponen la base para la cooperación y amistad con individuos no emparentados

De los cinco a los nueve años, los niños centran [la amistad] en actividades compartidas o recompensas superficiales (“me gusta jugar con su colección de Lego”). En torno a los nueve años, los niños hacen una transición hacia una noción más abstracta de amistad, tal como la lealtad y la confianza, y reconocen los deberes y transgresiones de los amigos. En el tercer periodo, durante la adolescencia, las expectativas se pueden hacer todavía más abstractas, centrándose en el compromiso, empatía y afección

  El altruismo tiene otros aspectos prácticos como, por ejemplo, hacer posible el aprendizaje:

Puesto que enseñar es costoso para los maestros y no los beneficia necesariamente, realmente se trata de un tipo de altruismo

   Igualmente, es posible que el origen evolutivo de muchas de otras emociones notables –aparte del apego-, incluso las trascendentes, que son consideradas de las más humanas, sea bastante prosaico

Algunos científicos creen (si bien es difícil de probar) que el sobrecogimiento [awe] es una emoción evolucionada a fin de producir un cambio cognitivo que reduce el egocentrismo y hace a la gente sentirse más conectada con los otros. Responder a fenómenos naturales poderosos –como tormentas o terremotos o vastas expansiones de hielo o desierto – con una pérdida de egoísmo y un incremento en vinculación del grupo podría haber sido valioso para la supervivencia de los antiguos humanos

  Nicholas Christakis dedica bastante atención a un caso notable de manipulación cultural, las extrañas costumbres familiares del pueblo Mosuo (o "Na"), al sur de la actual República China, que contradicen aparentemente el principio de unidad familiar universal: entre los Mosuo no existen relaciones padre-hijo… solo hay madres, tíos y primos…

Para alcanzar esta extraña forma cultural, los Mosuo explotan uno de los rasgos de nuestra especie, la capacidad para cooperar y compartir, aplicándolo aquí a la búsqueda de pareja. Y se aprovechan de la capacidad humana para inventar formas de vivir y encontrar significado en ellas. Esto es, la capacidad para el aprendizaje social y la transmisión cultural -la cual es parte de las reglas de juego social- es un aspecto crucial de nuestra adaptación como especie y de nuestra capacidad para manifestar muchos patrones maritales que subyacen a un impulso del vínculo de pareja

Muchos han argumentado que la extremadamente inusual práctica sexual de los Mosuo desmiente la ubicuidad del matrimonio, sugiriendo que la monogamia no puede tener base biológica. Pero la existencia de la variación no quiere decir que no haya una tendencia central en nuestra especie.

  Por lo tanto, la tendencia central no nos limita de forma irremediable, pero sí que nos da buenas pistas acerca de cómo podemos manipular esos instintos. Las mujeres y hombres Mosuo podían vivir sin matrimonio, igual que muchos jóvenes educados de Europa Occidental hoy también pueden.

  Pensemos entonces en otras afirmaciones acerca de la vida familiar:

Un examen de datos etnográficos de 69 culturas poligínicas no sororales no logra registrar una sola sociedad donde las relaciones entre coesposas pueda describirse como armoniosa

  De no haberse conocido el caso de los Mosuo, algo parecido se hubiera podido afirmar de que sistemáticamente se críen hijos sin padres. Igualmente, conocemos casos de incesto institucionalizado, que puede sostenerse, sea o no armonioso. Y de no haberse dado el extraño caso de la civilización mexica, probablemente se hubiera dicho que ninguna civilización avanzada puede practicar el canibalismo.

  El incesto entre la aristocracia del antiguo Egipto, el canibalismo mexica y las extrañas familias matrilineales de los Mosuo demuestran que en la complejidad de las funciones sociales innatas del Homo Sapiens pueden darse excepciones. Y, por tanto, también demuestran que si civilizaciones primitivas pudieron llegar tan lejos en sus manipulaciones culturales, tanto más puede conseguir el sofisticado Homo Sapiens socialmente organizado a partir de los cambios de la Ilustración.

  Por ejemplo: la igualdad entre el hombre y la mujer no existe en civilización ancestral alguna (desde luego, no se da entre los Mosuo), pero parece que es ya irreversible en la civilización occidental del siglo XXI. Por ejemplo: no hay precedentes de sociedades sin religión, y sin embargo todo indica que las sociedades más avanzadas de este siglo van camino de erradicar las creencias religiosas.

  No podemos descartar nada. Que exista un “esquema” de reglas de juego social innatas puede más bien orientarnos para manipular tales reglas según nuestra elección más que negar nuestra libertad. En lo más importante, el control de la agresividad y el desarrollo del altruismo, no podemos desechar la posibilidad de que futuras manipulaciones y estrategias culturales den fruto en ese sentido en las generaciones por venir.

2 comentarios:

  1. Hola, gracias por esta recensión! Es interesante que incluso en las favelas de Brasil, Venezuela, Colombia, en medio de la violencia, y agresividad en que esas personas conviven se da una forma de cooperación y altruismo; reglas, normas de juego social, jerarquías. Son un ejemplo de cómo las sociedades se adaptan y crean “sociedad” en medio del caos.

    Un aspecto que me llama la atención es nuestra excesiva tendencia a pensar en la familia como madre, padre, hijos, mientras que en el caso de los Mosuo, el parentesco está en función del bien común de un mayor grupo de individuos.

    Para ti es importante el control de la agresividad, y el desarrollo de la cooperación y el altruismo. Para mí también, y además está el hecho de poder ver el fenómeno en sí de lo que el ser humano globalizado está ideando en su interpretación de la cultura: es un objeto de estudio interesante y a la vez un motivo para relativizar nuestras infranqueables convenciones acerca de lo humano.

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  2. Gracias a ti por tu atención, Leandro.
    El libro del señor Christakis, pese a ser tan reciente, me aportó pocas novedades (véase la reseña que acabo de poner sobre Richard Alexander, que escribió treinta años atrás), sobre todo porque al tiempo que se señala que contamos con ciertas reglas instintivas que permiten el desarrollo de las culturas, también se admite que la complejidad de nuestra civilización permite prácticamente subvertirlas a todas.

    Soy un activo creyente en la capacidad humana para ser "antinatural". Hemos hecho una elección a favor del humanismo, entendiendo esto como una concepción de la vida en base a lo que beneficia los deseos humanos compatibles con la armonía de la comunidad (armonía de intereses particulares). Así que me parece viable un mundo futuro sin agresividad, sin irracionalidad, sin tradiciones y en constante desafío a las crueles limitaciones que impone la naturaleza al bienestar del individuo. Pero eso solo podrá hacerse si se observa con lucidez cuál es la realidad de la que partimos.

    Cuando menos, un planteamiento así incentiva el conocimiento. El conocimiento por el conocimiento es la ciencia. El conocimiento con una meta humanista es sabiduría.

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