lunes, 25 de mayo de 2020

“Estímulos supernormales”, 2010. Deirdre Barrett

  La psicologa Deirdre Barret dedica en su libro un necesario espacio a la narración de cómo el Premio Nobel de Medicina Niko Tinbergen realizó la primera descripción de los “estímulos supernormales” en el comportamiento animal. De forma indirecta, se trató también de uno de los mayores descubrimientos acerca de la conducta humana. Los "estímulos supernormales" están en todo momento presentes en nuestra vida... Y precisamente en la forma de vida que más se distancia de nuestra condición animal (en el sentido de vida instintiva o "natural").

Niko Tinbergen acuñó este término tras que su investigación en los animales revelase que los experimentadores pueden crear falsos objetos de atracción instintiva más efectivos que los objetos originales para los cuales el mismo instinto ha evolucionado. Estudió que los pájaros ponían pequeños y pálidos huevos azules con puntitos grises y descubrió que preferían sentarse en unos azules grandes y gigantes con puntos grandes negros [creados a propósito por los experimentadores]. La esencia del estímulo supernormal es que la imitación exagerada puede ejercer un impulso más fuerte que el original. (p. 3)

   Pero los humanos, con su mayor capacidad cognitiva y con las posibilidades que da la cultura para organizar cambios en el entorno social, pueden utilizar este mecanismo biológico con resultados trascendentales para nuestra forma de vida -algunos de los cuales son notablemente nocivos. Muy probablemente, el mecanismo conductual de los “estímulos supernormales” es el que más nos ayudaría también en el progreso moral, en este caso manipulando los instintos para el bien común.

Este libro examina una serie de dilemas humanos desde el punto de vista de los estímulos supernormales, entretejiendo otros conceptos relevantes de las disciplinas evolutivas a fin de señalar un camino para nuestros dilemas modernos  (p. 28)

Los animales y el ser humano son dañados de hecho por lo que desean –especialmente cuando encuentran nuevos estímulos para los cuales la evolución no los ha preparado. Esa es la tesis central de este libro (p. 136)

  Lo que conocemos sobre todo de los estímulos supernormales por nuestra directa experiencia tiene más que ver con diversos abusos contra nuestros propios intereses vitales como resultado de un uso cultural poco reflexivo. El ejemplo más evidente es el de los excesos alimentarios.

Los animales encuentran los estímulos supernormales sobre todo cuando los experimentadores los construyen. Los humanos podemos producirlos por nuestra cuenta: caramelos más dulces que cualquier fruta, animales de peluche con los ojos más grandes que ningún bebé, pornografía, propaganda sobre enemigos que nos amenazan. (p. 4)

  La naturaleza nos diseñó para responder a estímulos por ciertos alimentos escasos y valiosos: la grasa, la sal, los frutos maduros –dulces. Pero ahora estos alimentos pueden ser producidos en enormes cantidades y a bajo precio. El resultado es la “junk food” y la obesidad…

Los instintos humanos fueron diseñados para cazar y recolectar en las sabanas de África hace 10.000 años. Nuestro mundo presente es incompatible con estos instintos debido a los radicales incrementos de población, las invenciones tecnológicas y la polución. La incapacidad de la evolución para ponerse al compás de tales rápidos cambios juega un papel en la mayor parte de los problemas modernos (p. 3)

El aspecto más peligroso de nuestra dieta moderna viene de nuestra habilidad para refinar la comida (p. 78)

  “Refinar” en el sentido de hacer lo dulce más dulce aún; lo grasiento, más grasiento aún; lo salado más salado aún. Con todo, este pequeño inconveniente podemos superarlo. Así como los inconvenientes más graves relacionados con la vida social.

Marx no tuvo en cuenta muchas (…) lecciones de la evolución, etología y sociobiología. Los efectos de la densidad de población, el establecimiento antinatural de la especie nómada y la estimulación supernormal de los instintos de adquisición todos ellos obraron en contra de una redistribución igualitaria de recursos (p. 116)

  Esto se refiere a la desigualdad económica. Es un error pensar que, porque partíamos de un estado original de igualdad económica, la desigualdad es antinatural.

Los humanos siempre han tenido instintos acerca de posesiones personales (p. 113)

  Algo que tanto la arqueología como la etnografía confirman.  El “hombre en estado de naturaleza” sí conocía la propiedad y la desigualdad en alguna medida, solo que el estilo de vida dentro de pequeñas bandas permitía una fiscalización mutua constante. La civilización posteriormente ha “refinado” tales tendencias, lo que permitió desarrollar la propiedad privada, la esclavitud y el lujo suntuario a gran escala.

  En realidad, la capacidad de atracción de los estímulos supernormales es lo que explica que no se pueda llevar a cabo una distinción útil entre lo “natural” y lo “antinatural”. Cualquier rasgo de conducta poco notable en el “estado de naturaleza” humano puede ser desarrollado como estímulo supernormal y dar lugar a cambios sociales enormes. Sucede con el instinto de posesión tanto como con el sesgo endogrupal y con la agresividad.

  Ahora bien, los estímulos supernormales nocivos no son invencibles. No pueden serlo precisamente porque pueden llegar a manifestarse o no dependiendo de circunstancias del entorno muy variadas, y porque podemos también “refinar” instintos contrarios a los que culturalmente designemos como nocivos.

Si hemos sido arrastrados por los estímulos supernormales [con la junk food] necesitamos cambiar nuestros hábitos para evitarlo. La primera etapa a cambiar es comprometer el neocortex prefrontal [racionalidad y elección] y ponderar opciones más sanas. Nos da posibilidades para superar los instintos y costumbres, algo que los otros animales no pueden hacer (p. 93)

    La guerra y el nacionalismo también son distorsiones supernormales de instintos de agresividad intragrupal pero el razonamiento puede salvarnos de este abuso y un elemento importante del razonamiento es considerar, precisamente, el carácter irracional del estímulo.

La tecnología para la guerra nunca va a desaparecer. Una vez la pólvora, la fusión atómica o el ántrax como arma han sido inventados, no pueden ser desinventados. Pero la tecnología de la propaganda –la comunicación de masas que puede alentar la violencia reforzando los límites entre las seudoespecies y creando las versiones supernormales de amenazantes enemigos – tiene el mismo potencial para comunicar similaridades entre grupos, para mostrarnos señales de rendición y la proximidad del sufrimiento de nuestros enemigos  (p. 128)

   La ayuda mutua, la empatía, la compasión o el deseo de paz y fraternidad son también instintos, tanto como la agresividad, la codicia, la competitividad y el sesgo endogrupal. Lo prosocial puede por tanto también “refinarse” haciendo de tales tendencias la base para el desarrollo de nuevos “estímulos supernormales”.

  Una forma ya conocida de hacerlo es exaltar la sociabilidad y la empatía mediante los espectáculos dramáticos.

Un gran novelista construye personajes que actúan en un drama que nos conmueve, nos enseña y nos deja en mejor situación para interactuar [positivamente]  que si hubiésemos pasado el mismo tiempo interactuando con la gente que nos rodea. (p. 139)

  Los personajes dramáticos nos muestran situaciones aisladas –negro sobre blanco- que mueven a la empatía de forma inescapable, diferente a como sucede en la vida real, donde las vicisitudes humanas se muestran de forma más confusa, menos definida. Los arquetipos mitológicos eran una primera formulación de este fenómeno, pero los cambios sociales y políticos de la Ilustración estuvieron sin duda relacionados con una profundización sutil en la introspección empática de la narrativa moderna

  Utilizar los estímulos supernormales para alcanzar fines prosociales deliberadamente razonados es un recurso que hasta ahora se ha llevado a cabo solo irregularmente a lo largo de la azarosa trayectoria de los cambios culturales. Pero podemos actuar de forma aún más efectiva en el futuro simplemente si sabemos con más precisión en qué consiste este mecanismo.

Individualmente, debemos primero identificar los estímulos supernormales. No hemos simplemente de “escuchar a nuestros instintos”, podemos ejercer el libre albedrío –casi una palabra sucia en estos días, pero una habilidad a desarrollar con el fin de ayudarnos en nuestros problemas habituales. Es para eso para lo que fueron diseñados nuestros gigantescos cerebros – superar a nuestros instintos reflejos cuando comienzan a llevarnos por el mal camino (p. 177)

  La admiración que dentro de una pequeña banda de cazadores-recolectores pueda despertar un guerrero hábil es un fenómeno que nace directamente del instinto social, no muy diferente al proceso por el cual, entre mamíferos sociales como los ciervos o los lobos, un macho alfa gana el reconocimiento de los otros machos. Pero sanguinarios tiranos como Gengis Khan y Hitler son, sin duda, estímulos supernormales a partir del mismo fenómeno instintivo. Igualmente, nuestros instintos nos llevan a reconocer y promover comportamientos de benevolencia, empatía y asistencia mutua. Y de forma parecida a como se puede pasar del reconocimiento público al macho alfa a la sumisión al tirano carismático, también se puede pasar del reconocimiento de las seguridades empáticas que nos asegura nuestro pariente o vecino, a las relaciones de total confianza, benevolencia y entrega mutua que nos despierta un santo, un líder espiritual o incluso una concepción social abstracta de absoluta fraternidad.

   Convertir de forma deliberada las pautas de los comportamientos prosociales instintivos en “estímulos supernormales” es algo perfectamente a nuestro alcance como cultura y sociedad organizadas. Como civilización.

Lectura de “Supernormal Stimuli” en W W Norton & Company Inc, 2010; traducción de idea21

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