martes, 15 de octubre de 2019

“Los hombres malos hacen lo que los hombres buenos sueñan”, 2008. Robert Simon

Hombres malos como los asesinos sexuales en serie tienen elaboradas, compulsivas e intensas fantasías sádicas que pocos hombres buenos tienen, pero todos albergamos en alguna medida esa hostilidad, agresión y sadismo. Cualquiera puede convertirse en violento, incluso asesino, bajo ciertas circunstancias (p. 3)

  Fantasías diferentes, desarrollos diferentes de los mismos impulsos

¿Ha usted manipulado a otros para obtener una ventaja personal?, ¿cuando usted desacelera el coche para curiosear un accidente, qué estaba usted intentando ver?, ¿estaba su lado oscuro buscando sangre y muerte? No debemos permitirnos dudar de que los “hombres malos” hacen los que los “hombres buenos” sueñan (p. 26)

   Robert Simon hace un estudio basado en su experiencia psiquiátrica para llegar a unas conclusiones discutibles, sobre todo, por lo imprecisas.

Es altamente improbable que las “buenas” personas que albergan fantasías e impulsos conscientes sexualmente sádicas muy variadas se deslizarán alguna vez por la pendiente resbaladiza hasta convertirse en asesinos en serie (…) La mayor parte de la gente no puede derivar una intensa excitación sexual al herir a otra persona. Tampoco son psicópatas, desprovistos de conciencia o empatía por los demás. Las fantasías sexuales del asesino en serie comienzan donde las fantasías conscientes de la mayor parte de la gente terminan (p. 291)

  Por lo tanto no es exacto decir que las personas buenas “sueñen” con cometer las mismas maldades que los temibles psicópatas violentos. Y también es dudoso que sea acertado considerar que

los hombres buenos canalizan las fuerzas psíquicas potencialmente destructivas en acción constructiva (p. 26)

  No tenemos garantía de que esto sea así, y podría resultar problemático que estas “fuerzas psíquicas”, mal identificadas, resultaran beneficiadas indebidamente por el intento de sacarles provecho, una vez bien “canalizadas”.

  ¿Practicar deportes competitivos de equipo, por ejemplo, sirve para canalizar esas energías destructivas en quienes tienden a hacer mal uso de ellas, o más bien promueven tales fuerzas incluso a quienes hasta entonces no corrían riesgo de ejercerlas? En realidad, mientras mantengamos que existe una “acción constructiva” que puede beneficiarse de las “fuerzas psíquicas potencialmente destructivas” estaremos corriendo el riesgo de alentar actitudes de conflicto. ¿Qué es una “acción constructiva”, al fin y al cabo? Se trata de algo muy indeterminado: ¿hacer “grandes cosas”?, ¿desarrollar nuestra inteligencia?, ¿fomentar nuestra capacidad cooperativa?

  Lo que está claro es el peligro que supone lo destructivo.

Mi propósito es aislar y centrarme en los mecanismos psicológicos internos que juegan roles esenciales cuando los humanos se dañan unos a otros (p. 21)

   Sin embargo, no es mucho lo que puede averiguarse en concreto de esto. Y en este libro no se aborda la cuestión de la agresividad interiorizada en una sociedad en la que todos los individuos luchan por el estatus. Esta lucha, por otra parte, no es una novedad: todos los mamíferos sociales compiten entre sí, entre grupos y dentro del propio grupo.

  Otra cuestión es la de la psicopatía. ¿Es una excepción o es la manifestación más destacable de las tendencias agresivas de la mayoría?

La sociedad está comenzando a reconocer que los psicópatas, más que la gente con cualquier otro desorden mental, amenazan la seguridad y la serenidad de nuestro mundo. La historia de la humanidad abunda en la increíble destrucción infligida por las naciones, unas a otras, [pero] lo que es menos visible es el daño hecho a los individuos, a las familias y a la sociedad por el comportamiento antisocial. Y es importante comprender que las tendencias antisociales que emergen en los psicópatas son albergadas por todos los seres humanos (p. 42)

El 5.8 % de los varones y el 1.2% de las mujeres mostraron evidencia de riesgo de psicopatía a lo largo de la trayectoria vital (p. 43)

Aproximadamente el 20% de los presos son psicópatas y son responsables del 50% de los crímenes violentos (p. 43)

  Obsérvese que el cálculo sobre el número de psicópatas implica que estos son muchos (¡todos hemos de conocer a más de uno!) y que la mayoría vive entre nosotros sin ser, en apariencia, antisociales. Esto debería implicar que se establecieran controles para detectarlos a fin de tomar las medidas preventivas adecuadas. Una sociedad mejor tal vez lo haría. Pero es probable que esta sociedad no sea mucho mejor hasta que alguien comience a cuestionarse si realmente necesitamos “canalizar” los impulsos agresivos. Muy al contrario, los comportamientos psicopáticos son exacerbados en una sociedad competitiva donde se promueven la asertividad, el “carácter fuerte” y el amor propio.

   Esa misma mejor sociedad que detectara pronto los casos de psicopatía probablemente pondría también mucho mayor interés en promover los mecanismos sociales inofensivos y cooperativos que en reprimir los comportamientos antisociales. Si hiciéramos lo primero probablemente nos ahorraríamos lo segundo. Podemos definir a la prosocialidad de muchas maneras, como control de la agresión y fomento de la cooperación, pero su raíz es psicológica, emotiva, y tiene que ver con el fomento de la benevolencia y la empatía, experiencias emotivas tan naturales como la agresión y el egoísmo.

Para derrotar a la envidia, por ejemplo, podemos trabajar en identificarnos y empatizar con la buena fortuna de los demás (p. 25)

  Esto tiene mucho que ver con “educar las emociones”. Algo que algunos consideran la característica fundamental del fenómeno de psicología social llamado “religión”.

Cuando los hombres malos hacen lo que los hombres buenos sueñan, los psiquiatras son llamados a explicar por qué (…) La ley (…) castiga los actos criminales, no los pensamientos antisociales. Si los pensamientos y sueños asesinos fueran un crimen capital, todos estaríamos en el corredor de la muerte (p. 27)

   Si el planteamiento no se basara tanto en el castigo de los actos antisociales, sino en la prevención de los comportamientos antisociales previos que dan lugar a los actos criminales, es probable que una mejor sociedad se desarrollara de forma paralela a cómo los pensamientos y sueños asesinos irían haciéndose menos frecuentes.  Es perfectamente posible enseñar a pensar (e incluso a soñar) al promover nuevos esquemas culturales que abarquen la educación infantil, el conocimiento de las habilidades sociales y una cosmovisión coherente con la prosocialidad. Esta es una realidad que los estudiosos aceptan, pero a partir de la cual no surgen aún iniciativas eficaces. O muy pocas. O parciales. E insuficientes.

Es críticamente importante que se trate de eliminar la violación mediante el desafío de las creencias y valores culturales de la sociedad que promueven y condonan la violencia sexual. (p. 81)

   Todavía hoy se pretende negar que buena parte de las agresiones sexuales a mujeres forman parte de una cultura de dominio masculino. Sin embargo, los avances en el control de la agresión sexual no pueden desvincularse de los cambios culturales en este sentido. Lo mismo debe decirse de todo tipo de agresión, ya que ésta se nutre de impulsos que también son cultivados en la cultura convencional.

  En cualquier caso, una vez creado el marco cultural adecuado para la prosocialidad y la erradicación de la tolerancia a la agresión, el principal objetivo será desarrollar las pautas de comportamiento de “salud mental”.  En ese sentido, ha de considerarse que la “salud mental” debe ser objetivamente determinada de acuerdo con las potencialidades de la naturaleza social del hombre, y no tanto del seguimiento de la cultura convencional.

Las personas psicológicamente sanas se gustan y se aceptan a sí mismas. No dependen en exceso de la aprobación de otros, ni tampoco se sienten severamente heridas por el criticismo de otros (…) Además, un sentido del yo sólido e integrado existe con recuerdos del pasado relativamente continuos y relativamente agradables (…) Una persona saludable no tiene que disminuir a otras personas para mantener una visión de sí misma positiva. Esta persona reconoce y acepta las limitaciones personales y busca ayuda de los demás cuando lo necesita. La persona psicológicamente sana sabe que uno no tiene que ser perfecto para encontrar autoaceptación. La persona sana ha interiorizado figuras parentales amantes y cuidadoras que proporcionan apoyo durante tiempos de crisis y momentos negativos. (p. 301)

La habilidad para posponer la gratificación y tolerar la frustración, cuando es apropiada, es un paso crítico en el desarrollo que lleva a cabo la persona psicológicamente sana (…) Es fundamental para la salud la capacidad para pensar antes de actuar y modular los impulsos de la misma forma en que uno ajusta el control del volumen de un televisor (p. 304)

La prevención efectiva [del comportamiento antisocial] sucederá solo cuando la sociedad emprenda el proporcionar y proteger aquellos elementos que promueven el desarrollo y continuidad de familias estables y que proporcionan cuidados (p. 310)

  Todo esto sigue siendo tan valioso hoy como siempre lo ha sido: la “base segura” en la infancia (fundamentos del apego), el desarrollo del autocontrol emocional y la autonomía moral a partir de la racionalidad. Pero recordemos que estas condiciones para la salud mental no dependen únicamente de nosotros mismos. Ni siquiera dependen solo de la educación que hemos recibido. El individuo no puede, por ejemplo, aceptar las limitaciones personales y [buscar] ayuda de los demás cuando lo necesita sin tener una descripción comprensible de cuáles son esas limitaciones (dependen de las exigencias sociales) y, desde luego, no vale la pena buscar ayuda si sabemos que no nos la van a dar.

  En el libro del profesor Simon nos encontramos con descripciones de casos atroces de agresión (en buena parte a cargo de enfermos mentales), y es cierto que tales siniestras revelaciones de nuestro “lado oscuro” no debemos verlas como excepciones. Al fin y al cabo, si bien hay una línea que diferencia entre asistir a tales atrocidades en espectáculos (hoy, en filmes recreativos, en otros tiempos había ejecuciones públicas) y participar personalmente en actos violentos, ambos fenómenos humanos parten de la misma base, y las enormes diferencias entre hombres y mujeres tanto en actos violentos como en preferencia por espectáculos violentos nos muestran esta conexión.

  Ni debemos resignarnos a coexistir con nuestra violencia ni debemos tranquilizarnos porque ese mundo siniestro queda muy alejado de nuestra vida cotidiana. Se trata de una evidencia de lo serios que son estos impulsos agresivos. Afrontarlos exige asumir nuestra propia naturaleza y la necesidad de más cambios e incluso “revoluciones” culturales.

   Por una parte, casi todos los agresores más brutales proceden de determinados entornos excepcionales (malas experiencias infantiles, sub-culturas depredadoras, como el hampa) y los otros pocos son enfermos mentales… que desgraciadamente, por indiferencia, no han sido detectados a tiempo por sus semejantes. Y por otra parte, nosotros nos integramos en una sociedad que sustenta tales entornos excepcionales y que fracasa en la detección y desactivación de esos casos.

Lectura de “Bad Men Do What Good Men Dream” en American Psychiatric Publishing, Inc. 2008; traducción de idea21 

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