El tema de este libro del filósofo Robert E. Goodin desarrolla la dramática cuestión de la “violencia sistémica”: el mantenimiento mediante la fuerza de estructuras sociales desiguales y opresivas para beneficio de las minorías privilegiadas.
El discurso habitual es que el proceso civilizatorio trató de evitar la guerra de todos contra todos de la caótica prehistoria mediante la organización de jerarquías capaces de garantizar un mínimo de estabilidad social que permitiera el avance económico. En los últimos milenios, la supuesta armonía prehistórica –si alguna vez existió- ya había dejado de ser viable, tanto por los problemas económicos del constante aumento de población (con o sin agricultura), como por la conflictividad intergrupal acrecentada que también era consecuencia de este aumento de población. El aumento de la población se reflejó en la extensión del Homo sapiens por todo el territorio planetario (incluidas islas lejanas y desiertos) y en la extinción de las otras variedades “Homo” y de buena parte de la megafauna: era imposible la vuelta atrás.
Pero las civilizaciones jerárquicas capaces de producir grandes cantidades de alimento casi siempre conllevaban desigualdad de la que se aprovechaban las minorías privilegiadas.
Este libro surge de la preocupación por la injusticia y la desesperación sociales, y por la forma en la cual las estructuras pueden servir para implicarnos en nuestras relaciones sociales (p. xi)
Este libro se centra (…) en cómo la injusticia se perpetúa en el tiempo (p.1)
La cuestión trata de eso de que “los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres” (p. 151)
[Según] John Stuart Mill (…) “allí donde hay una clase ascendente, una gran proporción de la moralidad del país emana de sus intereses de clase y de sus sentimientos de superioridad” (p. 105)
La necesidad de una administración eficiente e incluso de una organización jerárquica no requieren de forma inevitable ni desigualdad ni explotación. Y sin embargo, nos hacen creer que esto no puede cambiarse.
Sabemos que es difícil superar la injusticia estructural. Lo que necesitamos es saber por qué es así. Mirar de cerca los mecanismos específicos por los cuales se perpetúa la ventaja y los impulsos fundamentales que lo subyacen, nos ayuda a comprender las fuentes de estas dificultades (p. 198)
Ya hemos visto que estructuras y sistemas tienen un origen racional, pues favorecen la eficiencia económica (de la prehistoria al neolítico permitieron solucionar el problema de alimentar a una población siempre creciente); lo que no es tan racional es que el egoísmo de las clases privilegiadas aproveche tales estructuras en su provecho.
Las ventajas que inicialmente no eran injustas pueden convertirse en injustas si se perpetúan (p. 11)
Una ventaja injusta se perpetúa por una estructura más que por agentes. Esto anima a dejar de buscar a la “gente mala” a la que culpar y buscar en lugar de ello una estructura social que lleva a la gente buena a hacer el mal (p. 6)
Aparte de por la violencia simple (siempre arriesgada cuando es una minoría la que somete a la mayoría), las clases opresoras mantienen su injustificado dominio mediante una serie de estrategias de engaño que hasta ahora han funcionado. Este libro nos ilustra sobre unas cuantas de ellas.
La primera de ellas es la tendencia natural a mantener todo statu quo:
En tanto que tus expectativas sobre lo que suceda en el futuro estén basadas en lo que sucedió en el pasado, este proceso servirá para perpetuar las ventajas y desventajas que la gente ha experimentado en el pasado (p. 97)
Todo conservadurismo lleva a afirmar la ventaja posicional. Pero eso no es suficiente.
Lo que hace las normas legales instrumentos efectivos para perpetuar la ventaja social injusta es la forma en que modelan las expectativas prescriptivas (y por ello descriptivas) de la gente (p. 110)
El ejemplo de la “normalización de la heterosexualidad” [nos muestra que] la normalización implica una mezcla completa de lo descriptivo y lo prescriptivo (p.112)
Lo descriptivo equivale a lo que siempre ha sido (y que conocemos, por tanto), y lo prescriptivo es lo que siempre debe ser.
Esto tiene que ver también con la falacia naturalista: lo que ha sido debe seguir siendo. Y lo que está impuesto, por alguna razón poderosa debe haberlo sido.
Las normas segregacionistas persistieron y continuaron modelando la vida pública en el sur [de Estados Unidos hasta la conclusión de la lucha por los derechos civiles] menos por la auténtica preferencia de la gente que por la errónea percepción de hasta qué punto los otros apoyaban esas normas (p. 138)
Lo que muchos asumen debe ser asumido por los que son menos, y si los más lo asumen, debe ser porque los más también lo sostienen.
Otros importantes criterios a tener en cuenta: nuestra tendencia a asociarnos a grupos influyentes, a adherirnos a sesgos vigentes o el temor a la pérdida.
Al asociarse con una entidad mayor, de una forma u otra, la gente deriva ventaja competitiva sobre la gente asociada con entidades menores o con ninguna de ellas (p. 151)
Organización es, según celebradamente escribió [el científico social Elmer] Schattschneider, la movilización del sesgo. Esta observación implica dos afirmaciones: la primera, que hay un sesgo o ventaja preexistente de algún tipo; y segundo, que organizar en torno a ese sesgo o ventaja lo evoca o amplía (p. 146)
Aversión a la pérdida [es la] tendencia de la gente a dar una importancia desproporcionada a no perder algo que uno ya tiene (p. 24)
En ese mismo sentido debemos considerar la importancia de las redes sociales, incluyendo las concepciones más contemporáneas de éstas: aquellos situados en una posición social ventajosa cuentan con mayores capacidades para expresarse y recabar apoyos.
Los negros norteamericanos tienen redes significativamente menos extensas que los blancos. El número medio de personas con los cuales los negros informan que discute asuntos importantes es 2.25, comparado con los blancos de 3.10 [es probable que la situación sea diferente con otras minorías mejor organizadas, como los judíos o asiáticos] (p. 62)
Y esto se agrava con la sobreabundancia actual de información, que en especial favorece a los mejor situados socialmente.
Una riqueza de información crea una pobreza de atención (p. 168)
Finalmente, puesto que, por fortuna, contamos con la evidencia de que el cambio social existe, una buena forma de facilitarlo es examinar los casos ambiguos de iniciativas contra la persistencia de la desigualdad opresiva. Un caso ambiguo muy conocido es la evolución social de pequeños reinos o jefaturas, a poderosas monarquías e imperios (más jerarquía… pero una opresión más garantista y moralmente estructurada). Otro es el de las “leyes suntuarias”:
Las leyes suntuarias, como las de la antigua Esparta o las de la Europa medieval, prohíben la exhibición pública –y por ello la continua acumulación- de estatus y riqueza (p. 52)
Por una parte, se busca preservar el privilegio al tratar de evitar un conflicto revolucionario causado por la ostentación, pero, por el otro, se trata de evitar asimismo la consolidación de la desigualdad: si la desigualdad deja de ser visible, pierde su capacidad de regularizarse como algo cotidiano y se revela más fácilmente la inadecuación de ésta.
Recordemos que el mantenimiento de la desigualdad es un fenómeno sistémico, no tanto intencional. Toda idea cultural de conservadurismo supone un freno sistémico al avance social, mientras que iniciativas públicas de control ético (rechazo de la arrogancia, reyes severos pero justos) aunque momentáneamente favorecen el statu quo al reducir el conflicto, a la larga siembran una insatisfacción social no menos sistémica que la opresión que la ha generado.
Lectura de “Perpetuating Advantage” en Oxford University Press 2023; traducción de idea21
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