domingo, 15 de febrero de 2026

“Convirtiéndose en persona”, 1961. Carl Rogers

   Después de la segunda guerra mundial, en la mitad del mundo ha triunfado la democracia occidental… que coincide con el éxito económico de la sociedad de consumo. Frente a la tiranía comunista, aparece un ideal de libertad y prosperidad. Pero para que todos podamos disfrutar de tal abundancia, necesitamos enriquecer también nuestras vidas, estar en la mejor condición para gozar de la experiencia vital.

Me parece que en el fondo todo el mundo se está preguntando ¿Quién soy, realmente? ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi yo real, que subyace mi comportamiento superficial? ¿Cómo puedo convertirme en mí mismo? (p. 108)

  Carl Rogers formó parte del movimiento fundacional de la psicología humanista o “positiva”. Los psicoanalistas y los grandes maestros pioneros como Adler o Jung trataban de reprimir o programar de forma autoritaria el sentido de la vida. Rogers, Maslow o Montagu quieren que seamos libres, dueños de nuestro propio destino. El terapeuta solo ayuda: no nos tiraniza con su implacable juicio condenatorio.

[Abraham] Maslow sostiene vigorosamente que la naturaleza animal del hombre señala que las emociones antisociales –hostilidad, celos, etc- resultan de la frustración de los impulsos básicos de amor, seguridad y pertenencia que son deseables en sí mismos. Y Montagu igualmente desarrolla la tesis de que la cooperación, más que la lucha, es la ley básica de la vida humana. Pero estas voces solitarias son poco escuchadas (p. 91)

  Las que Rogers ve entonces como voces solitarias poco escuchadas, hoy son, por suerte, un lugar común. Y no se trata solo de los pacientes de los terapeutas. La visión “científica” de la benevolencia terapéutica acaba alcanzándonos a todos.

Es mi sincera esperanza que muchas personas que no tienen un interés particular en el campo del apoyo psicológico y la psicoterapia encontrarán las enseñanzas en este campo fortalecedoras para sus propias vidas  (p. viii)

Hay una razón plena para suponer que las relaciones terapéuticas son solo una instancia de las relaciones interpersonales y que la misma ley gobierna todas las relaciones (p. 37)

   Así que, libertad, independencia, buen juicio, armonía social…

Gradualmente, los clientes aprenden que vivir la experiencia es un recurso favorable, no un enemigo temible (p. 173)

La teoría de la terapia centrada en el cliente mantiene la hipótesis de que los cambios que tienen lugar interiormente en la terapia causarán que el individuo tras la terapia se comportará en forma menos defensiva, más socializada, más aceptante de la realidad dentro de sí mismo y en su entorno social, lo que hará evidente un sistema de valores más socializado.  (p. 36)

La terapia juega un papel extremadamente importante en liberar y facilitar la tendencia del organismo hacia el desarrollo psicológico o madurez cuando esta tendencia ha sido bloqueada (p. 60)

Hemos establecido mediante control externo las condiciones (…) a las que seguirá el control interno del individuo en búsqueda de metas internamente elegidas (p. 397)

El cliente gradualmente aprende a simbolizar un estado total y unificado, en el cual el estado del organismo, en experiencia, sentimiento y cognición puede ser descrito de una manera unificada (p. 205)

   La capacidad de “simbolización” es clave en el avance del individuo en el autocontrol de su propia vivencia, ya que el “símbolo” equivale a una representación inteligible de una realidad compleja que hasta ese momento se nos escapaba. No es poca la ayuda que puede ofrecer el terapeuta en ese campo. La armonía alcanza incluso a una correcta coordinación de afección entre “cliente” –escribe “cliente” y no “paciente”- y terapeuta, con los descubrimientos de la ciencia del comportamiento, que por entonces estaba incluso de moda (B. F. Skinner… y sus excesos).

¿Puede la ciencia ayudarnos en el descubrimiento de formas de vivir ricamente gratificantes?, ¿de modos de relaciones interpersonales más significativas y satisfactorias? ¿Puede la ciencia informarnos de cómo la raza humana puede convertirse en un participante más inteligente de su propia evolución –su evolución social, física y psicológica? ¿Puede la ciencia informarnos de la manera de liberar la capacidad creativa de los individuos, que parece tan necesaria si hemos de sobrevivir en esta fantásticamente expansiva era atómica? (p. 348)

   Aquí se nos enumeran las posibles metas de la vida social sana. Una vida gratificante, con relaciones interpersonales significativas, que desarrolle la inteligencia, el progreso social, la creatividad… Grandes ambiciones que no van a molestar nadie (nada de búsqueda del poder, el éxito económico, el placer sexual o cualquier otra meta que solo puede alcanzarse a costa de otros). 

En mis primeros años profesionales, me preguntaba cómo podía tratar, o cuidar o cambiar a una persona. Ahora plantearía la cuestión de esta forma: ¿cómo puedo establecer una relación con esta persona para que pueda utilizarla para su propio crecimiento personal? (p. 32)

  Pero hay sospechas. Tantos regalos, tantas promesas ¿no pueden generar frustración? ¿No pueden degenerar en competitividad para ser felices, para sentirse realizados, admirados, integrados?

  En teoría se propone una forma de benevolencia garantizada por la honestidad científica.

El consejero o el médico o el administrador que es cálidamente emocional y expresivo, respetuoso de la individualidad de él mismo y del otro, y que exhibe un cuidado no posesivo, probablemente facilita la autorrealización tanto como un padre con estas actitudes. (p. 42)

La mayor barrera a la comunicación interpersonal mutua es nuestra tendencia muy natural a juzgar, a evaluar, a aprobar o desaprobar la opinión declarada de la otra persona o el otro grupo (p. 330)

Parece demasiado peligroso, demasiado potencialmente dañino, experimentar [los sentimientos] libre y plenamente. Pero en la seguridad y la libertad de la relación terapéutica, [los pacientes] pueden experimentar de forma completa y clara el límite de lo que ellos son  (p. 111)

   De esa forma, la autorrealización, el efecto de nuestras potencialidades iría hermanado a un sentimiento de bondad incompatible con la agresión y la competitividad. Observemos que eso implica una visión optimista de la naturaleza humana: liberarnos de las represiones no es dejar libre a la “bestia humana”, el temor que aparece en la famosa novela de Emile Zola:

Si un individuo fuese a convertirse en lo que es realmente, sería soltar una bestia dentro de sí mismo (p. 177)

   Quizá Rogers y los humanistas no se equivocaban mucho, pero sí está claro que han aparecido inconvenientes graves que demuestran que la libertad exige hacer elecciones extraordinarias. En cualquier caso, al descartarse la exigencia hobbesiana –e incluso freudiana- de la represión constante el camino queda más despejado para hallar la sabiduría. 

   Rogers se adhiere a un existencialismo compasivo y prosocial (Kierkegaard) y se opone al totalitarismo ideológico en la buena línea de Karl Popper.

[Mi punto de vista] implica un desarrollo paso a paso basado en una continua elección subjetiva de propósitos, que es implementado por las ciencias del comportamiento. Esto está en la dirección de la “sociedad abierta”, el término definido por Popper (p. 399)

   El liberalismo debe ser comprendido como una preparación para un fin más elevado –la benevolencia universal-. Si se pierde esto de vista, el liberalismo democrático resulta fallido.

Lectura de “On Becoming a Person” en Houghton Mifflin Company 1961; traducción de idea21

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