viernes, 25 de enero de 2019

“Obediencia a la autoridad”, 1973. Stanley Milgram

  El “experimento Milgram” es justamente uno de los más célebres que se han realizado en el campo de la psicología social. Acerca de tal experimento y las polémicas implicadas en él se ha escrito en libros científicos, y el mismo experimento también se ha comentado en multitud de ensayos de opinión y novelas  (y hasta hay una película). Diez años después de llevarse a cabo, el psicólogo Stanley Milgram dio una versión de las conclusiones en su propio libro.

  El origen del experimento lo encontramos sobre todo en el juicio al homicida nazi Eichmann. Éste aseguró ante los jueces que él se había limitado a obrar por mera obediencia a la autoridad.

Es viejo, viejo como la historia de Abraham, el dilema que se encierra en la obediencia a la autoridad. Este estudio no pretende otra cosa que presentar este dilema de una forma moderna, en cuanto que queda tratado como objeto de una investigación experimental, y pretende únicamente comprender dicho dilema, sin hacer juicio alguno del mismo desde un punto de vista moral.(…) El problema moral de si se ha de obedecer cuando se da un conflicto entre el precepto y la conciencia fue discutido ya por Platón, llevado a las tablas en Antígona y analizado filosóficamente en toda época de la historia

   En ningún momento Stanley Milgram pretendió cerrar la polémica al respecto, limitándose a hacer una aportación experimental a la gravísima cuestión

Es preciso ir elaborando cuidadosamente una situación [experimental] que capte lo esencial de la obediencia, es decir, una situación en la que la persona se entrega plenamente a la autoridad y no se considera ya a sí misma causa eficaz de sus propias acciones.

   Y, por supuesto, tras volver a examinar los resultados de su experimento, no puede evitar emitir su propio juicio…

Me es preciso concluir que la concepción de Arendt sobre la banalidad del mal se halla mucho más cerca de la verdad de lo que pudiera uno atreverse a imaginar (…) La adaptación de pensamiento más corriente en el sujeto obediente es, por lo que a él se refiere, el considerarse como no responsable de sus acciones.

Un 65% de los sujetos obedecieron hasta el final (…) En determinadas variaciones desobedeció un 90% de los sujetos

   Y en otras variaciones quizá hubiera desobedecido apenas un 10%...

El esfuerzo final por establecer un límite lo constituyó la condición de proximidad de tacto

   El contacto físico con la víctima desinhibe la obediencia. La lejanía (como la del piloto del bombardero que solo aprieta un botón) inhibe la desobediencia. Todo es banal, y algunos optimistas lo relacionan con la ética situacionista. Se confirma terriblemente con estudios pormenorizados sobre los grupos de ejecución de masas nazis. Y Milgram no olvida referirse a la matanza de My Lai, todavía reciente cuando escribe el libro.

   Obediencia. Milgram ve, por supuesto, el lado oscuro de la obediencia. El sujeto en estado de obediencia sufre una especie de “mutación agéntica”

No responde con un sentimiento moral a las acciones que lleva a cabo. Su preocupación moral se desplaza ahora, más bien a la consideración de lo bueno que es vivir conforme a las expectativas que la autoridad se ha forjado respecto de uno mismo. 

La consecuencia de mayor alcance de esta mutación agéntica es la de que un hombre se siente responsable frente a la autoridad que le dirige, pero no siente responsabilidad alguna respecto del contenido de las acciones que le son prescritas por la autoridad.

   Por otra parte, Jonathan Haidt es un psicólogo que ha reivindicado recientemente el lado positivo de la obediencia, incluso como una intuición moral innata (“obediencia” como “lealtad”). Al fin y al cabo, se da por sentado que los seres humanos no podrían desempeñar acciones cooperativas complejas sin una organización jerárquica.

  Y he aquí el dilema en el que Stanley Milgram, dentro de su evaluación lúcida de los resultados de “su” experimento, no se atreve a entrar: que el ideal humanista es, en esta cuestión, tan “antinatural” como en lo que se refiere a la agresividad, la pulsión sexual o la propiedad privada. ¿Es lo que hemos averiguado acerca de la “obediencia” una demostración más de que la civilización supone una lucha constante contra aspectos esenciales e innatos de la propia naturaleza humana?

    Milgram solo se atreve a sospechar que algunos condicionamientos previos de los sujetos les permiten una mayor autonomía moral frente a la presión de la autoridad.

Los católicos eran más obedientes que los judíos o protestantes. Quienes habían gozado de una buena educación eran más desobedientes que los menos bien educados. Los miembros de profesiones liberales, como derecho, medicina y enseñanza, daban muestras de una mayor desobediencia que quienes se hallaban en profesiones técnicas, como por ejemplo, ingeniería o ciencias físicas. Cuanto más prolongado era el servicio militar por uno realizado, mayor era su obediencia, excepción hecha de antiguos oficiales que eran menos obedientes que quienes habían hecho su servicio militar tan sólo como alistados, y ello sin tener en cuenta la extensión del servicio.

   Lo que falta es una iniciativa sistemática de diseño, aunque sea aproximado, de requerimientos previos a una mayor prosocialidad capaz de afrentar el peligro que supone la tendencia a ser “obediente” (y, lógicamente, también sería necesaria una clarificación acerca de si la organización jerárquica es imprescindible o no para alcanzar una cooperación eficiente). La naturaleza humana no puede cambiarse, pero sí podemos preparar a los individuos, bajo determinados condicionantes, a afrontar los dilemas morales en los que pueden verse implicados dentro de una sociedad compleja.

   Tengamos en cuenta que los “malos”, ya son hábiles en el sentido de estimular las tendencias antisociales cuando esto supone una ventaja para un determinado acto social, tenga éste que ver con el poder del Estado, el interés de una facción política, la acometividad militar o el mundo del crimen organizado. Todas las ideologías que propagan el odio étnico, por ejemplo, predisponen al desarrollo de pautas de la conducta en un sentido de deshumanización. No basta con ser “obediente” en general, has de estar predispuesto, en alguna medida, a serlo en el sentido que conviene a cada jerarquía en particular. Y a ello contribuyen muchas y bien conocidas estrategias.

Atribuir una cualidad impersonal a fuerzas que son, tanto en su origen como en su ulterior subsistencia, esencialmente humanas. 

El lenguaje comienza a verse dominado por eufemismos, no por razones frívolas, sino como un medio de proteger a la persona contra las implicaciones morales totales de sus actos.

Una devaluación sistemática de la víctima nos otorga una medida de justificación sicológica del tratamiento brutal de la víctima

  La ideología, por su parte, crea la base del planteamiento de que “el fin justifica los medios”. Las autoridades son reconocidas como tales en buena parte porque representan el mensaje ideológico predominante en una sociedad.

La ideología, un intento de interpretar la condición del hombre

    Milgram  subraya el papel destructivo de la autoridad mientras que no le ve el papel positivo y se muestra escéptico en tanto al poder de la ideología en un sentido opuesto al de la autoridad (es decir, una ideología contraria a la obediencia y que promueva la autonomía moral). Teme, por ejemplo, que la misma ciencia pueda convertirse en una fuente de malignidad dentro de estructuras de autoridad. Al fin y al cabo, así plantearon el experimento en el contexto de una sociedad en particular (la norteamericana de 1961) que era muy respetuosa y aún admirativa con todo lo que tuviese que ver con la ciencia, la educación y el progreso.

La idea de ciencia, así como su aceptación como una empresa social legítima, nos procura la justificación ideológica (…) El experimento queda presentado ante nuestros sujetos de una manera que acentúa sus valores humanos positivos: aumento del conocimiento acerca de procesos de aprendizaje y memoria.(…) En contraste con ello, los objetivos que perseguía la Alemania nazi eran en si moralmente rechazables, y como tales fueron reconocidos por muchos alemanes

   Aquí el autor se equivoca, pues tanto el nazismo como el marxismo soviético partían también de planteamientos supuestamente científicos. Muerto Dios, la ciencia suponía ya a primeros del siglo XX el suelo firme ideológico que garantizaba una moralidad superior (la honestidad de la ciencia, basada en evidencias comprobables). El darwinismo racial de los nazis y el cientificismo social y económico de Marx suponían un fuerte apoyo ideológico para la autoridad.

  ¿Siempre estaremos en manos de la manipulación ideológica?, ¿no hay una salida al maligno “el fin justifica los medios”?

  Quizá pueda construirse una ideología benevolente que se asentara en la conducta ética. Ésta no podría ser manipulada con tanta facilidad. La opinión de Milgram al respecto es que

La cultura ha fracasado, casi de lleno, en inculcar controles internos sobre las acciones que tienen su origen en la autoridad.

   Sin embargo, pueden hacerse progresos si determinamos una serie de metas de prosocialidad coherentes. La obediencia a la autoridad hemos de considerarla como un hándicap más contra la prosocialidad, a sumar a otros como la agresividad, la pulsión endogrupal, la pulsión sexual, el egoísmo o los casos de psicopatía.

  Para empezar, no hemos de tener en cuenta los efectos positivos de la autoridad: son prescindibles si desarrollamos más la alternativa de la autonomía del individuo, ya que la autonomía moral ha de ser la misma que puede permitir también una organización social eficiente sin autoridad, dado que las tendencias sociales del mundo de hoy ya muestran que ambicionamos alcanzar una mayor capacidad para tomar nuestras propias decisiones en armonía con las de nuestros semejantes. Y no basta con no tener autoridad en el sentido emocional del término: ha de evitarse el mero planteamiento de “el fin justifica los medios”. La prosocialidad puede ser también una forma de vida y, por tanto, medio y fin al mismo tiempo, de manera que cualquier proceso de acción humana en cooperación se hallaría supeditado a los fines humanistas y no podría ser manipulado por “el fin justifica los medios”. No si las metas sociales son coherentes con los medios.

   Nuestra forma de vida actual está plagada de planteamientos autoritarios, jerárquicos, agresivos y competitivos. Una cultura de autonomía moral habría de ser también una cultura de empatía y benevolencia. Los dilemas éticos que pudiesen surgir no hallarían respaldo en ideología alguna, y ninguna acción tiene por qué quedar fuera del control de la autoridad moral.

   Una vez establecida la meta podemos esbozar los medios por los que llegar a ella. Después, solo quedará el largo y complejo proceso de “prueba y error”, siempre asentado, a nivel de la psicología individual, en una simbología ética con efecto emocional que a su vez esté informada por la ciencia.

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