miércoles, 25 de septiembre de 2019

“Ideas”, 2005. Peter Watson

[Este] libro trata de las ideas abstractas y las invenciones que, pienso, son o fueron importantes. (Introducción)

   Hacer una larga relación de las “ideas” –y sus consecuentes invenciones- se puede decir que equivale a una historia de la civilización, pero incluso un libro extenso como éste de Peter Watson resultaría demasiado breve para tal fin. Con todo, sí resulta ser valiosa la búsqueda de lo que podríamos llamar el “factor clave” del proceso civilizatorio. Hay muchos elementos a destacar dentro del comportamiento social humano, pero se hace imprescindible definir algunos de ellos que, por encima de otros, pueden ayudarnos a orientar la mejora de nuestras vidas y las de nuestros semejantes.

[Se distinguen] tres «ámbitos» de actividad intelectual (…) En primera instancia tenemos el ámbito de la verdad: el esfuerzo por indagar la verdad es la principal preocupación de la religión, la ciencia y la filosofía, que en un mundo ideal coincidirán totalmente y de forma involuntaria, esto es, el acuerdo entre las tres sería inevitable, en un sentido lógico, matemático y silogístico. A continuación, tenemos la búsqueda de lo que es correcto y justo: éste es el interés del derecho, la ética y la política, un ámbito en el que los acuerdos son en buena medida voluntarios, pero no necesitan ser totales (si bien para funcionar es necesario que estén generalizados). Y por último, tenemos el ámbito del gusto, que por lo general es el campo de las artes, un territorio en que el acuerdo no es una necesidad en ningún sentido y en el que, de hecho, las discrepancias pueden ser fructíferas. (Introducción)

  Eso, en cuanto a saber por saber, pero lo más importante es lo que nos señala el posible destino de la humanidad

Immanuel Kant fue sólo uno de los que interpretó la historia como un relato sobre el progreso moral del hombre.  (Introducción)

   Ciertamente, el fenómeno civilizatorio capital siempre será la evolución moral, la capacidad de la sociedad humana para estimular la cooperación eficiente por el bien común, algo solo posible si determinamos lo que es correcto e incorrecto para ese mismo bien común a la hora de la actuación de cada individuo.

  Para que se dé el cambio moral, ha de producirse un cambio psicológico previo, porque no es lo mismo saber lo que es bueno y es malo –lo cual, desde luego, no es poco saber-  que obrar de forma no forzada acorde con estas convicciones. El cambio psicológico implica “interiorizar” las pautas de lo justo y lo injusto de modo que reaccionemos automáticamente –emocionalmente- ante las infracciones morales. Éste es básicamente el mecanismo de “lo sagrado”: el rechazo automático a los actos sacrílegos y la correspondiente afirmación devota en cuanto a las cosas santas. Por supuesto, los derechos humanos hoy han alcanzado en buena parte del mundo un estatus semejante a “lo sagrado” y buena parte de antiguas instituciones sociales –la esclavitud, por ejemplo- son rechazadas con una repugnancia equivalente a la del sacrilegio de otras épocas.

  Estos cambios –también pueden llegar a llamarse “revoluciones morales”- solo pueden tener lugar después de largos y tortuosos procesos que se operan de forma en buena parte inconsciente a lo largo del tiempo en una civilización dada (o sucesión de civilizaciones). En el caso de la civilización ilustrada actual, es vital detectar cuándo comienza a producirse ese cambio inconsciente que permite interiorizar pautas morales innovadoras.

En algún momento entre los años 1050 y 1200 tuvo lugar en Europa un cambio psicológico básico con el surgimiento de cierta forma de individualidad, y (…) es éste el que explica en buena medida la mentalidad occidental (…). Si la individualidad es en verdad lo que cuenta, entonces todos los demás avances —en las ciencias, en los estudios académicos, en la exactitud, en la vida secular, etc.— quizá fueran síntomas y no ya causas.(capítulo 15)

   Ésta es una de las mejores aportaciones de este libro: el que se señale a ese concreto periodo de tiempo en Europa. Aparentemente, en esos años no sucede nada especialmente notable. Nada que los estudiosos clásicos de la Historia resaltaran de forma especial –cambios políticos, religiosos, descubrimientos. Pero sí se da una suma de fenómenos reveladores.

Hacia el siglo XIII, Europa contaba con grandes ciudades, una agricultura y comercio prósperos y sistemas gubernamentales y jurídicos complejos. Había muchas universidades y catedrales por todo el continente (capítulo 10)

El gran triunfo de la historia de las ideas ha sido principalmente realizar el legado de Aristóteles, no el de Platón. (…)  El período comprendido entre 1050 y 1250, el redescubrimiento de Aristóteles, fue la transformación más grande y más importante de la historia humana y es ella, no el Renacimiento (platónico) de dos siglos después, la que conduce a la modernidad. (Conclusión)

En 1215, en el Cuarto Concilio de Letrán se decidió que todos los miembros de la Iglesia debían por lo menos confesarse una vez al año de tal forma que los fieles pudieran escuchar la «voz del alma». (Capítulo 15)

El siglo XI fue testigo de una explosión de literatura amorosa no menos lograda (y acaso superior) a la de los grandes poetas romanos. (Capítulo 15)

En Inglaterra, país del que se conocen cifras bastante exactas, el número de monasterios masculinos aumentó desde algo menos de cincuenta en 1066 a cerca de quinientos en 1154  (Capítulo 15)

  El cambio se manifestaría por el reconocimiento de la “individualidad”. El ser humano “se individualiza”. Obsérvese que, aparentemente, la individualización iría en detrimento del interés común (los intereses del individuo suelen ser opuestos a los del grupo). Ahí está lo notable: la individualización de la que tratamos aquí se opone al egoísmo, y esto parece casi un milagro. Solo es posible acentuar la individualidad sin que implique un aumento del egoísmo gracias a un simultáneo control de la agresión. El mismo fenómeno que ya destacó Norbert Elías y que también localizaba en este mismo periodo de tiempo histórico.

   Solo parece haber una explicación para tal suma de fenómenos durante este llamado “prerrenacimiento” (sobre el cual, por cierto, no todos los estudiosos coinciden en las fechas), y sería que se trata del fruto de la asimilación gradual de las doctrinas rupturistas en el pensamiento que surgieron durante el apogeo del Imperio Romano: las doctrinas helenísticas sobre el buen vivir, las filosofías –y religiones- de prosocialidad y gradual humanitarismo, como el neoplatonismo, el estoicismo, el judaísmo moderno y, finalmente, el cristianismo, la gran religión espiritual de masas, con su fuerte contenido social, que deriva directamente del judaísmo pero que añade elementos psicológicos innovadores –pacifistas, benevolentes, apaciguadores-  fuertemente emocionales.

  Primero, la moralizadora religión israelí:

Lo que da a la profecía israelita su tono moral característico casi desde el principio, sino desde el principio mismo, es el carácter moral que distingue su religión.  (…) La religión es por naturaleza moral sólo cuando los dioses son considerados morales, y esto difícilmente era la regla entre las creencias antiguas. La diferencia la puso Israel gracias a la naturaleza moral del Dios que se había revelado por sí mismo (capítulo 5)

   Después, el pacifismo como ideal…

Isaías, sin discusión el mayor artífice de la palabra y el escritor más hábil y conmovedor de todos los profetas (y, de hecho, de todo el canon hebreo) (…) [predicó] una religión de la conciencia, en la que la única forma de alcanzar la justicia social es que los hombres se vuelvan sobre sí mismos (…) Aunque en su religión el sacrificio no es suficiente, el arrepentimiento, en cambio, siempre es posible. El Señor es indulgente y, si la gente se arrepiente, Isaías prevé una época de paz, en la que los hombres y las mujeres «forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra». Como muchos estudiosos han señalado, ésta es la primera vez que se da a la historia una condición lineal. Dios da a la historia una dirección (capítulo 5)

  Así, por diversos caminos, en las sociedades originadas por la guerra, surge un sueño de paz y benevolencia. Pero no existían aún suficientes formas prácticas de llevar a cabo este ideal en la vida social. Obsérvese que el ideal de paz y humanitarismo –respeto por la sensibilidad individual- tiene un lejano origen, pero solo Israel crea una religión moralizadora (es verdad que en el Antiguo Egipto se castigaba a los malvados en el Más Allá, pero eso apenas formaba parte de los contenidos de la doctrina religiosa que se centraba más en las ofrendas a los dioses a cambio de favores temporales).

El poeta latino Ovidio fue sólo uno de los muchos autores de la antigüedad que estaban convencidos de que antes había existido una era dorada primigenia, en la que no se daba el conflicto y el rencor: «Sin nadie que impusiera el castigo, sin leyes de cualquier tipo, los hombres tenían fe y hacían lo que era correcto… La gente vivía sus vidas segura y en paz, sin necesidad de ejércitos» (capítulo 4)

Un código anterior escrito en sumerio (…) incluye una poderosa declaración de principios para impedir que los económicamente fuertes exploten a los débiles: «El huérfano no fue entregado al rico; la viuda no fue entregada al poderoso; el que posee un siclo no fue entregado al que posee una mina» (capítulo 4)

   Para que los ideales morales pudieran realizarse en el mundo real fue preciso que la mente humana ganara instrumentos discursivos, capacidad racional para conocer y juzgar. Herramientas mentales –ideas- que permitieran conciliar la privacidad con el interés común. Cosas como “alma”, “conciencia”, “virtud”… Y tales “cosas” son, para empezar, abstracciones… Concepciones generales que pueden transmitirse mediante el lenguaje. Lo inequívoco. Los filósofos las construyeron, pero los filósofos no eran profetas religiosos.

Lo que nos han dejado los griegos supera con creces la herencia de cualquier grupo humano comparable (…) Entendieron que el mundo era cognoscible, que era posible conocer mediante la observación sistemática y sin la ayuda de los dioses, que el mundo y el universo poseen un orden ajeno por completo al de los mitos de nuestros ancestros (capítulo 6)

   Requirió etapas, largos períodos de adaptación, vencer resistencias y procesos de desarrollo para liberarse de las contradicciones.

    El cristianismo surge en el mundo helenístico (es una adaptación helenística del judaísmo) y da forma a una mitología hasta cierto punto filosófica, profundamente emocional y comprensible universalmente, hasta por las clases sociales más humildes. Ahora, el ideal moral tiene su religión, con sus mitos fuertemente dramáticos –¡Dios se sacrifica a sí mismo para despertar la piedad de los hombres!- y una doctrina que puede articularse filosóficamente –demostraciones, abstracciones, causas y efectos, parábolas, teologías…

Muchas de las ideas más básicas del cristianismo eran anatema en Roma. Por ejemplo, la idea del valor espiritual de los pobres era revolucionaria. De igual forma, la noción de herejía les resultaba ajena a los romanos. (capítulo 10)

 Si en el siglo XII se dispara el monasticismo, no hemos de olvidar que el monasticismo cristiano ya había surgido en el siglo VI. A partir de entonces siguen siglos de aclimatación, maduración y destilación de la “religión de la humanidad”, como la llamó  Ernest Renan, hasta llegar a ese periodo de “prerrenacimiento”. Y no puede ser casualidad que también durante esta época  se produjeran otros importantes cambios –no de tipo moral- que son inevitablemente reflejo de la activación de recursos cognitivos nuevos, capaces de desafiar a la tradición.

Se introdujo en Europa un nuevo sistema de agricultura, a saber, el cambio del sistema de dos cultivos por el de tres. (…)Esto condujo a un incremento del 50 por 100 en la productividad (…)  [Se produjo el] cambio de los bueyes como bestias de tiro por los caballos, que eran entre un 50 y un 90 por 100 más eficientes en términos biológicos (…)  [Se produjo el] incremento en el uso de molinos de agua (…) [Se dio un] desarrollo tecnológico constante: el molino de agua desde el siglo VI; el arado desde el VII; la rotación de cultivos desde el VIII; la herradura y los arneses desde el IX. (capítulo 15)

El reloj mecánico fue inventado probablemente en la década de 1270 (el mismo decenio en que fueron inventados los anteojos) (capítulo 17)

La banca fue una revolución en sí misma. Los siglos XIIIy XIV fueron testigo del ascenso de las grandes familias de banqueros  (capítulo 18)

   Estas innovaciones surgen de mentes que se han adaptado al inconformismo y al juego evolutivo de las abstracciones y el racionalismo, que permiten la creatividad y el constante desafío a lo convencional: la herencia del materialismo de Aristóteles.

   Pero los cambios morales y sociales son siempre más importantes. El largo periodo de aclimatación de las doctrinas compasivas de la “Era Axial” tomaría entonces su camino irreversible a partir de las creaciones económicas, culturales y sociales del “prerrenacimiento”.

La tradición cristiana no se sentía cómoda imaginando a Cristo como un hombre que sufría, y prefería verlo como manifestación del poder divino. En el siglo XI, en cambio, encontramos de repente a Jesús sumido en la agonía, o muerto, y vestido sólo con un pobre taparrabos, demasiado humano en su degradación. El interés se había desplazado hacia el dolor de Jesús, su sufrimiento interior. (capítulo 15)

[En] 1144  (…) [se desarrolla] el primer estilo arquitectónico completamente nuevo en mil setecientos años, un avance estético e intelectual de primer orden (…)  La iglesia estaba ahora completamente abierta (…) y el interior estaba todo bañado en una misma luz, como si la estructura entera fuera una única entidad mística.[Este primer templo es la Abadía de Saint-Denis] (capítulo 17)

Aunque la idea de una fe interior resulte bastante coherente en términos teológicos, y aunque probablemente se adecue mejor a las enseñanzas de Jesucristo tal y como éstas se manifiestan en las Escrituras, desde el punto de vista de la Iglesia como organización constituía en realidad una fuerza corrosiva que debilitaba su poder. Una fe privada estaba fuera del alcance de sacerdotes y obispos; peor aún, una fe privada podía escapar de la ortodoxia e incluso incurrir en la herejía.(capítulo 16)

El cristianismo siempre había defendido la idea de una religión interior por encima de la mera celebración de ritos, y fue esta reverencia por la conciencia individual la que al final (…) resultaría fatal, al debilitar el deseo de la pura conformidad. La conciencia cristiana fue [por tanto] la fuerza que empezó la “secularización” de Europa (capítulo 35)

  Peter Watson se olvida de otra importante innovación: las obras de manipulación psicológica por el estilo de la “Imitación de Cristo” en  los que se basarían más tarde los “ejercicios espirituales” de los jesuitas, una extraordinaria inmersión en la capacidad de autocontrol de la mente humana para alcanzar fines morales, con precedentes también en la época helenística. Asimismo, es la época de las herejías valdense y cátara, y de la respuesta monástica del catolicismo, los franciscanos.

   Esta acumulación de descubrimientos acerca de la naturaleza humana íntima es accesible a todos y comunicable mediante símbolos –ideas- a toda la sociedad. Esto acaba por hacer irreversible la tremenda sacudida del cristianismo reformado en el siglo XVI. Los cambios han tenido lugar a lo largo de decenios, de siglos…

  Entre este “prerrenacimiento” y la “Reforma”, naturalmente, tenemos el “Renacimiento” propiamente dicho, tan famoso por sus obras de arte, pero que no es solo eso.

El mayor cambio psicológico del Renacimiento fue el desarrollo del individualismo (…) Este proceso se funda en tres aspectos: un incremento de la conciencia de la propia identidad, un aumento de la competitividad (¿vinculado acaso al capitalismo?) y un creciente interés por la unicidad de las personas. La multiplicación de los autorretratos, las biografías y los diarios (que proliferan aún más que en el período entre 1050 y 1200) es una característica de la época (capítulo 18)

Originalmente el luteranismo afirmaba que, para ser libre, el hombre no debía nunca actuar (o ser obligado a actuar) en contra de su propia conciencia. Este ideal de honestidad total era la columna vertebral del la intelectualidad de la época, algo que el protestantismo compartía con el humanismo y la revolución científica, que entonces empezaba a ponerse en marcha. (capítulo 22)

La guerra de los campesinos [1525] inauguró la era de las revoluciones sociales. (capítulo 22)

   Y llega la Ilustración

La Royal Society, que se fundó formalmente en 1660 (…) de los sesenta y ocho primeros miembros, no menos de cuarenta y dos eran puritanos (capítulo 23)

En Gran Bretaña, por ejemplo, el número de libros publicados anualmente pasó de cuatrocientos a principios del siglo XVII a seis mil en 1630, veintiún mil en 1710 y así hasta llegar a un total de cincuenta y seis mil hacia la década de 1790 (capítulo 24)

Entre 1753 y 1775 las ventas diarias de periódicos [en Gran Bretaña] prácticamente se doblaron. (capítulo 26)

La investigación sobre la naturaleza humana, sobre la relación del hombre con la sociedad, es quizá uno de los aspectos que define a la Ilustración. (capítulo 26)

El siglo XVIII, la Ilustración, se caracterizó por los primeros intentos de aplicar los métodos y el enfoque de las ciencias naturales al estudio del hombre mismo. Tales tentativas no tuvieron un éxito completo, pero tampoco fueron un fracaso total. Se trata de un problema que, en gran medida, continúa estando vigente en nuestros días (capítulo 26)

  En teoría, hoy seguimos en la Ilustración (que prescinde de las tradiciones religiosas y ya no pretende reformarlas), pero en el relato sobre las “ideas” no podemos olvidarnos de una fuerte resistencia que aún hoy experimentamos: el “embrutecimiento” propio del irracionalismo romántico (Nietzsche, nacionalismo, fascismos…) y la falacia marxista.

El capital aborda en realidad el problema de la «naturaleza humana», como lo habrían hecho los filósofos o los teólogos, pero eso es lo clave. (…) no había una esencia abstracta del hombre: en lugar de ello, el ser del hombre surge de su situación material, de sus relaciones con otros seres significativos para su vida y de las fuerzas económicas, sociales y políticas que lo determinan. Lo que cuenta aquí, y lo que perturba a mucha gente, es que el argumento de Marx implica que el hombre puede cambiar su naturaleza cambiando sus circunstancias. La revolución era una cuestión psicológica a la par que económica. (capítulo 27)

Fue el modelo darwinista de cambio social el que llevó a Marx a creer que la revolución era inevitable; fue la biología propuesta por Darwin la que sugirió a Freud la idea de una naturaleza «prehumana» de actividad mental subconsciente. (capítulo 31)

Para Marx, la economía y no la psicología era la ciencia humana fundamental (capítulo 32)

   El libro de Peter Watson acaba en el siglo XX… ya que, hasta el momento, lo que llevamos de siglo XXI no ha aportado nada a la evolución de las ideas. Seguimos en la Ilustración. Seguimos buscando la verdad lógica y ecuánime, y aplicar ésta a resolver los graves problemas de la convivencia humana.

  Una sugerencia: si Para Marx, la economía y no la psicología era la ciencia humana fundamental  entonces la respuesta correcta quizá sea lo opuesto: la psicología y no la economía (o política). Pero ¿es la psicología lo que enseñan los profesionales de la psicología? Para Marx, la economía no era lo que se enseñaba en las escuelas de economía. La doctrina marxista suponía más bien una racional comprensión popular –una idea- informada por la ciencia económica. Entonces, la siguiente idea podría ser una racional comprensión popular –una nueva idea- informada por la ciencia psicológica.

Lectura de “Ideas” en Editorial Crítica, 2006; traducción de Luis Noriega

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. No entiendo bien, Unknown

      ¿Quieres que te lo mande completo? Es posible, pero me tienes que escribir un email

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