viernes, 15 de septiembre de 2017

“La maldición de la autoconsciencia”, 2004. Mark R. Leary

El “yo” se refiere al aparato mental que permite a la gente (y a unas pocas especies de animales) pensar conscientemente sobre sí mismos

  Pensamos, luego existimos. Nada es más importante que nuestra propia existencia, y sin embargo, el origen de la existencia del “yo“ autoconsciente en el Homo Sapiens se encontraría en resolver algunos problemas prácticos de la vida cotidiana de nuestros lejanos antepasados cazadores-recolectores

Un animal con un “yo” puede crear representaciones mentales de sí mismo, lo que le permite pensar sobre sus propias características y comportamientos

Es posible que la principal función del “yo” sea proporcionar una forma de que la gente supere sus inclinaciones automáticas

  Si nuestra existencia consciente es la que da valor a nuestras vidas (porque nosotros mismos somos los que la valoramos), ¿cómo se puede llegar a decir que la autoconsciencia es una “maldición”? ¿No equivale eso a decir que es una maldición el haber nacido? Pero el psicólogo y neurocientífico Mark R Leary se refiere a otra cosa…

Comparados con las metas a corto plazo de nuestros antepasados prehistóricos, muchos de los resultados por los cuales luchamos hoy están situados muy lejos en el futuro (…) Debido a que las condiciones bajo las cuales vive la gente hoy son muy diferentes de aquellas bajo las cuales evolucionó la autoconsciencia, el beneficio que ésta proporciona se encuentra ahora acompañado por numerosos inconvenientes. (…) El “yo” es como los sistemas corporales que controlan la alimentación humana. La inclinación natural por el azúcar y las grasas que facilitaron la supervivencia de los humanos prehistóricos se ha convertido en un detrimento de la salud de las personas que viven en una sociedad que puede fácilmente obtener grandes cantidades de dulces y grasas en el supermercado o en un restaurante barato (…) Este libro es sobre el lado negativo –la maldición- de tener un “yo” autoconsciente en la vida moderna

Los humanos prehistóricos que vivían en un entorno limitado y conocido estaban probablemente menos perturbados por la autorreflexión que la gente de hoy. Con poca razón para mirar más allá de un par de días por delante, nuestros antepasados prehistóricos no se preocupaban mucho por su futuro. (…) Quizá los “yo” autoconscientes de la gente de la prehistoria eran más una bendición y menos una maldición de lo que lo son los de la gente de hoy.

Comprender cómo el “yo” crea muchos de nuestros problemas puede proporcionarnos importantes perspectivas acerca de la naturaleza de la condición humana y ofrecernos soluciones acerca de cómo podemos contraactuar muchos de los efectos negativos de la condición autoconsciente

    Uno de los peores efectos sería el de la “charla interior” cuando alcanza el estado de “rumiación”, cuando gira de forma insistente acerca de hechos lamentables pasados e irremediables… Para algunas personas, esto supone una tortura.

La mayor parte de la charla interior de la gente no le ayuda a anticipar problemas, afrontar dificultades o mejorar la cualidad de sus vidas. Ciertamente, la charla trata sobre todo con problemas del pasado y futuro, pero raramente esta clase de rumiación realmente ayuda a la gente a mejorar sus vidas

  La presencia constante de esta voz interna que nos retrotrae al pasado y especula, a veces muy fantasiosamente, acerca de nuestro futuro, es un fenómeno tan característico de nuestra existencia autoconsciente que cierto estudioso ha presentado una atrevida especulación al respecto:

Según [Julian] Jaynes, la gente de antes de 1000 ac [Era Axial] estaba de hecho “hablándose a sí misma” en sus mentes de la misma forma que se hace hoy; pero simplemente no lo sabían. No teniendo la capacidad de darse cuenta de que eran la fuente de las voces que oían en sus cabezas, llegaron a la conclusión razonable de que las instrucciones, ideas y avisos que recibían llegaban de fuentes externas

  De esa forma se explicaría en parte las creencias en seres sobrenaturales y su acción en la vida de los individuos, y cómo una percepción diferente habría llevado a innovadoras concepciones introspectivas de la religión (ya no se trataría de aplacar a las voces extrañas en nuestra propia cabeza, sino de comprendernos a nosotros mismos, que es algo muy diferente).

  Por todo ello, no ha de sorprendernos que la filosofía oriental haya tratado, por encima de todo, de acallar esta angustiosa inquietud…

Los sabios taoístas y budistas se dieron cuenta de que mucho del sufrimiento humano podía estar originado directamente en el “yo” autoconsciente

Las principales religiones orientales –hinduísmo, budismo  y taoísmo- así como muchas religiones indígenas, adoptan un punto de vista diferente [al de las religiones occidentales] para resolver el problema del “yo” autoconsciente. Más que intentar cambiar o controlar el “yo” como hacen las religiones occidentales, estas visiones del mundo intentan reducir los problemas creados por el “yo” al aquietarlo o incluso anularlo.

  No vendría mal considerar, en lo que se refiere a estas disciplinas en cierto modo de autoaniquilación, el que también

el masoquismo es, en el fondo, una forma de escapar del “yo” autoconsciente

  Sin embargo, la civilización que ha incrementado la capacidad del ser humano para controlar su entorno no ha ido por ese camino. Más bien parece que nos hemos adentrado cada vez más en la introspección: hemos desarrollado la literatura narrativa (novela), la psicología y el humanismo en general. Ciertamente, los males de la autoconsciencia, del “yo”, parecen evidentes –el estado de “flujo”, que tanta satisfacción proporciona, ¿no es una evasión de la autoconsciencia?- pero, al mismo tiempo, renunciar a la existencia autoconsciente nos resulta poco deseable… porque es precisamente lo que nos hace existir.

Si no podemos volver a una época anterior al “yo”, la única salida es hacia delante, a un estado de la mente en el cual usaremos nuestro “yo” cuando lo necesitemos, pero que no nos hará esclavos de cada capricho egocéntrico y egoísta. Podemos ser capaces de ir hacia un estado no egocéntrico al combinar con éxito (…) aquietar el “yo”, promover el ego-escepticismo, reducir el egoísmo y la actitud egodefensiva, y desarrollar un autocontrol óptimo.

Los cambios en cómo la gente intenta tratar el uno al otro [para mejor] reflejan la habilidad del ”yo” para juzgarse a sí mismo, imaginar un futuro mejor y controlar los impulsos más básicos de la gente. Irónicamente, el “yo” puede ser una de nuestras mejores armas contra el “yo”

  Entre los problemas que genera el “yo” autoconsciente y que el mismo “yo” autoconsciente podría ayudarnos a resolver tenemos unos cuantos que vale la pena enumerar:

La capacidad para autorreflexionar distorsiona nuestras percepciones del mundo, nos lleva a extraer conclusiones inexactas sobre nosotros mismos y otras personas, y así nos hace tomar malas decisiones basadas en información defectuosa

  La solución podría estar en intercambiar perspectivas con otros observadores en un marco de confianza… (Al fin y al cabo, existe también la teoría de que la autoconsciencia surge para lidiar con los problemas entre individuos dentro de una comunidad: aprender a tomar la perspectiva de los otros).

La ansiedad anticipatoria ante la muerte parece ser una característica únicamente humana

  Aquí una sugerencia va en el sentido de tratar este problema desde un punto de vista meramente práctico, como una fobia muy generalizada…

Uno debería reconocer lo absurdo de alimentar la propia infelicidad al reflexionar sobre el hecho de que uno no desea estar en un lugar determinado o que estar en otra parte sería mucho mejor

   La insatisfacción, al fin y al cabo, es el incentivo que nos permite superar los problemas y el conformismo no es tampoco lo solución. ¿Debemos conformarnos con hallar “el justo medio”? Quizá la solución sería buscar compensaciones a la infelicidad, de entre la gran riqueza de recursos en una sociedad bien organizada.

Visto desde la perspectiva de la teoría de la identidad social, mucho del prejuicio, discriminación y conflicto está basado en procesos por los cuales las personas piensan de ellas mismas como entidades sociales. A medida que la gente desarrolla su concepto de quiénes son, parte de su autodefinición incluye el grupo social y las categorías a las cuales ellos pertenecen. (…) Lo que la gente no llega a apreciar es el grado en el cual las categorías que acostumbran a usar para distinguirse ellos mismos de otras personas son en general irrelevantes y arbitrarias (…) El “yo” autoconsciente convierte diferencias objetivamente triviales en gigantescos abismos de separación

  El sesgo endogrupal es, junto con la agresividad y el miedo a la muerte, uno de los grandes problemas de la existencia humana. Pero en cierto modo es una renuncia al “yo”, pues éste debería ser individual y no grupal.

La gente trata a los otros a los que incorporan como parte de sí mismos de forma diferente a aquellos que no ven como parte de su propio “yo”

  Lo mismo se puede decir de esta cuestión: desplazar el propio “yo” a la existencia de extraños, vivir "por delegación" en otros, implica, en cierto modo, desdibujar el bien definido “yo” individual…

Las relaciones de la gente se ven afectadas por la preocupación de evaluarse a sí mismos favorablemente. Nuestra elección de amigos y parejas, y cómo reaccionamos al éxito de estos amigos y parejas, se ven afectados por nuestro propio deseo de sentirnos bien con nosotros mismos

  Y todo esto forma parte de otro grave problema, muy relacionado con el “yo”, pero no necesariamente con lo esencial de la autoconsciencia, que es el amor propio, y que Leary no aborda en su libro directamente, aunque sí que hace referencia al ego de las personas con “alta autoestima”.

La gente con alta –no baja- autoestima es más probable que se muestre violenta cuando su ego se siente amenazado (…) La agresión es una reacción a una discrepancia entre la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros

    Hay algo original e incluso políticamente incorrecto en destacar que los egos violentos proceden de quienes tienen alta autoestima. Quizá no estuvieran entonces tan equivocados los mandatos cristianos acerca de la humildad. ¿Obra el humilde en contra de su existencia como “yo” autoconsciente? Pero el santo cristiano, a diferencia del santo budista o taoísta, no utiliza la humildad para evadirse de su autoconsciencia. Muy al contrario, el santo cristiano, al ser humilde, se centra en la propia percepción de una virtud autosuficiente que se construye a partir de la propia aceptación de su conciencia individual que busca ser objetiva, sin ocultar sus defectos y debilidades. Lo que combate la humildad no es el propio “yo”, sino la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros, es decir, uno de los efectos negativos de la autoconsciencia. Quizá una conclusión que se podría sacar de esto es que el error de la autoconsciencia se encuentra en tratar de exportarla al mundo social. Propiamente, la existencia autoconsciente es un asunto privado, el más privado de todos, y la autoconsciencia solo debería compartirse en un entorno extraordinariamente limitado y controlado que fuese propio de la extrema confianza. Por ejemplo, el entorno que propone el “amor cristiano”… que es accesible solo a los humildes (para los cuales el ego no es socialmente conflictivo). Este tipo de entorno es una propuesta especialmente innovadora para la existencia humana, sobre todo si tenemos en cuenta que el hombre primitivo –el “hombre en estado de naturaleza”- apenas conoce la privacidad, mientras que para el humilde que cultiva su propia virtud prosocial la privacidad lo es todo: en el cristianismo, incluso el esclavo es el único dueño de su propia alma que solo responde ante Dios (una abstracción de la virtud suprema).          

  Por otra parte, en tanto que nos desarrollamos como individuos en sociedad, nuestra existencia se correlaciona con un rol que se atiene a reglas funcionales dentro de un grupo. Ahí no habría cabida para la autoconsciencia. Es solo en el plano íntimo en el que, desarrollando una idea de virtud simbólicamente expresada, el individuo puede y debe cultivar su existencia autoconsciente y, bajo especiales condiciones culturalmente construidas, darle gradualmente forma dentro de un entorno comunitario que permita la más alta cooperación a todos los niveles. Un ejemplo de ello actual serían las relaciones familiares vinculadas por fuertes lazos afectivos. Quizá el futuro nos permita descubrir formas más extensas y adaptables a la vida social. Conocer los efectos contraproducentes de una autoconsciencia mal expresada puede ayudarnos a ello.  

martes, 5 de septiembre de 2017

“Nacidos para ser buenos”, 2009. Dacher Keltner

  Dacher Keltner es un psicólogo tan documentado como bien intencionado  que defiende las posibilidades del perfeccionamiento moral en el sentido de mejorar la convivencia, siempre teniendo en cuenta los descubrimientos científicos recientes.

“Nacidos para ser buenos” ofrece una nueva respuesta a la pregunta de cómo podemos ser felices. (…) La idea es que ha evolucionado en nosotros un conjunto de emociones que nos capacitan para llevar una vida significativa: emociones tales como gratitud, regocijo, admiración y compasión (la tesis del Romanticismo). La llave a la felicidad es dejar que las emociones surjan, verlas de forma completa en uno mismo y en otros, y entrenar nuestro ojo y nuestra mente en esa práctica.

   Se parte de que para mejorar la convivencia humana no hay como extender el comportamiento bondadoso y/o compasivo, y a eso se refieren las emociones mencionadas.

La compasión es una emoción biológicamente constituida que está arraigada en el cerebro de los mamíferos, y está moldeada por quizá las más potentes presiones selectivas para las cuales los humanos se han adaptado por evolución- la necesidad de cuidar de los vulnerables. La compasión no es ciega, está exactamente afinada a la vulnerabilidad. No es débil; promueve la acción valerosa altruista, con frecuencia a gran coste para el individuo.

   El problema es que

ser bueno para los otros tiene muchos costes, y nos expone a ser explotados por otros que son menos generosos. Dados los costes y riesgos de la cooperación, estamos a la caza de sutiles y tácitos signos de integridad, honestidad, bondad y confianza

  Casi todo este libro gira en torno a esta simple y contundente verdad: nuestras posibilidades de mantener relaciones humanas bondadosas aumentan a medida que somos capaces de reconocer con acierto la predisposición ajena a la bondad.  “Confiar en la bondad de los desconocidos” siempre ha sido arriesgado… pero la naturaleza humana nos ha dado ciertas capacidades para detectar indicios de bondad incluso en los desconocidos o en los poco conocidos. Hay que profundizar en estas capacidades: la predisposición a la bondad o maldad se evidencia sobre todo por las reacciones emocionales.

Las emociones son signos de nuestro compromiso con los otros; las emociones están codificadas en nuestros cuerpos y cerebros; las emociones son nuestra víscera moral, la fuente de nuestras más importantes intuiciones morales.

Para que la cooperación se expanda en grupos, la hipótesis de la bondad contagiosa sugeriría que la simpatía y la gratitud deberían poseer señales evocadoras y fiables, permitiendo a los miembros del grupo discernir de forma pronta la intención cooperativa de otros y que cuando se sientan inclinados a actuar de forma altruista, evoquen las tendencias cooperativas en otros

  Detectar la bondad permitiría entonces crear comunidades más o menos eficientes de personas con comportamiento bondadoso. Semejante principio plantea grandes posibilidades, sobre todo si consideramos que la bondad –y también la maldad- son pautas de comportamiento humano contagiosas (en realidad, todas las pautas de comportamiento humano son contagiosas: el pánico, el juego, el trabajo… todo). Pero “recolectar” la bondad existente es solo parte de la tarea. ¿Cómo podemos producir “bondad”?

Estudios científicos recientes están identificando las clases de entorno que cultivan la compasión. Esta emoción moral es cultivada en entornos donde los padres son atentos y juegan y tocan a sus hijos. También sucede así cuando se da un estilo empático que hace que el niño razone acerca del daño. O hacer las tareas, tanto como la presencia de los abuelos. Hacer de la compasión un motivo de las conversaciones a la hora de la cena y de las historias a la hora de ir a dormir cultiva asimismo esta importante emoción. 

  Por lo tanto, expandir la bondad entra en lo que llamaríamos “trabajo cultural”, crear un determinado estilo cultural.

Este libro ofrece una lente darwiniana acerca de la nueva ciencia de la emoción positiva. Llamaremos a esta nueva ciencia la ciencia “jen”, en honor del concepto confucionado del jen. Jen es la idea central en la enseñanza de Confucio, y se refiere a una compleja mezcla de bondad, humanidad y respeto que transpira entre la gente

  Podemos considerar que jen sería algo así como “virtud moral”, como concepto y como práctica gratificante de vida.

  El comportamiento virtuoso (o jen, según este autor) tiene un origen emocional y, por tanto, es viable rastrear los indicios de la predisposición a la virtud en el comportamiento relacionado con las emociones. Ése sería el truco. No muy diferente a lo que argumentaba el luteranismo de que las buenas obras del cristiano solo son posibles si el cristiano tiene fe (porque la “fe” sería la fuente psicológica de la caridad cristiana). Probablemente ése es el origen del triunfo humanista de las naciones protestantes: el empeño en profundizar psicológicamente en quiénes son portadores o no de la “fe”, y cómo aprender a cultivarla. Los hombres protestantes de “fe” se convirtieron, con el paso del tiempo, en cuidadosos examinadores del comportamiento mutuo acorde con los ideales de la virtud cristiana, desarrollaron la introspección y el “pensamiento de alto nivel”. A la larga no perderían la virtud cristiana… aunque desarrollarían el pensamiento científico más que la teología y acabarían dando lugar a sociedades predominantemente ateas.

    ¿Cómo detectaban los protestantes rigurosos que una persona tenía fe? Con su devoción religiosa, naturalmente, pero también con su comportamiento cívico (ser un buen padre de familia, trabajador eficiente y ciudadano comprometido) y, sobre todo, con las manifestaciones virtuosas más reveladoras de su esencia psicológica: honestidad, humildad, modestia, afabilidad, generosidad… En la misma línea, lo que Keltner propone hace referencia sobre todo a las manifestaciones más sutiles que forman los elementos esenciales de la virtud prosocial: las actuaciones emocionales reflejas del lenguaje no verbal.

Espero que ustedes vean el comportamiento humano bajo una nueva luz, las claves sutiles de la turbación, vocalizaciones acordes que dan juego, sentimientos viscerales de compasión, el sentido de gratitud en el toque de otro a tu hombro, que se han formado durante siete millones de años de evolución homínida y que lleva a realizar el bien a los otros. En nuestra búsqueda de la felicidad hemos perdido de vista estas emociones esenciales. Nuestras conversaciones de cada día sobre la felicidad están llenas de referencias al placer sensorial –deliciosos vinos, confortables camas de hotel, buen nivel físico debido a hacer deporte. Lo que falta es el lenguaje y la práctica de emociones como compasión, gratitud, diversión y admiración.

Cooperación, bondad y virtud están encarnados en actos observables –movimientos de músculos faciales, breves vocalizaciones, formas de mover las manos o posicionar el cuerpo, patrones de actividad en la mirada- [que] son señales detectables al ojo ordinario. Estas señales externas de virtud, tal como aparece a la razón, tienen elementos involuntarios que no pueden ser falseados, y es probable que se pongan en uso a medida que las personas forman intuiciones acerca de en quién deben confiar, a quién deben amar y por quién sacrificarse. Esta premisa central – que para que emerjan la cooperación y la bondad debe haber signos externos de confianza y cooperación- da lugar al mismo diseño de los gestos no verbales de compasión, gratitud y amor.  A medida que la ciencia ha comenzado a crear un mapa de las emociones prosociales en el cuerpo, nuevas demostraciones faciales de turbación, vergüenza, compasión, admiración, amor y deseo han sido descubiertos. Estudios de las nuevas modalidades de comunicación, tales como el tocamiento mutuo, han revelado que podemos comunicar gratitud, compasión y amor con un breve toque en el antebrazo. Estamos programados para detectar intenciones benevolentes en otros en el flujo, momento a momento, de las microacciones de nuestra vida diaria.

  Es interesante señalar que este tipo de comportamientos están muy lejos de lo que consideramos más valioso en el ser humano, la elaborada racionalidad del lenguaje verbal.

Las palabras son fáciles de manipular. No tanto las demostraciones emotivas. Las demostraciones emotivas proporcionan claves fiables con respecto al compromiso de otros porque son involuntarias, costosas y difíciles de falsear. (…) Las emociones son mecanismos involuntarios para [facilitar] el compromiso que nos vinculan unos a otros en relaciones mutuamente benéficas a largo plazo

    Hasta qué punto las estrategias basadas en nuestras pautas de comportamiento emocional innato pueden ser adaptadas a nuestra forma de vida actual, solo se podría llegar a saber mediante prueba y error.  Keltner señala, por ejemplo, el valor de las emociones de turbación

Los elementos de la turbación son fugaces manifestaciones que hace el individuo acerca de su respeto por el juicio de otros. La turbación revela cuánto se preocupa el individuo acerca de las reglas que nos ligan los unos a los otros. (…) Las manifestaciones de turbación son signos evanescentes de compromiso moral

La turbación nos avisa de los actos inmorales y nos previene de errores que desarreglan la armonía social. Señala nuestro juicio de obrar mal y nuestro respeto por el juicio de los otros. Provoca actos ordinarios de perdón y reconciliación.

  Sin embargo, algunos podemos poner en duda que los tocamientos mutuos, muy efectivos entre los simios, tengan tanta efectividad en nuestro mundo actual.

El viejo lenguaje del tocarse es la columna vertebral de la cooperación, es una fuente de altos porcentajes de “jen” [virtud prosocial]

  Pero resulta que, como todos sabemos, hay una gran variedad cultural en lo que se refiere a tocamientos mutuos. Los británicos y los japoneses apenas se tocan, mientras que los africanos y latinos lo hacen mucho más. Y el caso es que las sociedades de los primeros están más desarrolladas moralmente…

  Y lo mismo podría suceder con lo que en inglés se llama “tease” (burla, provocación), una actitud agresiva pero a la vez afectiva que Keltner ve muy relacionada con las buenas relaciones humanas.

El consenso es que tease es “agresión en broma” (…) Implica un acto que se pretende que provoque emoción para discernir las intenciones y compromisos de otros (…) El tease (…) es como una vacuna social

Bromas y tomaduras de pelo son una representación dramática claramente preferible a la alternativa obvia –confrontaciones violentas sobre el rango y el honor

¿Qué diferencia el tease productivo del dañino? (…) El arte del tease es capacitor la reciprocidad y el intercambio. Un teaser efectivo invita a ser objeto de tease él mismo

  Muchas de las conclusiones de Keltner sobre el lenguaje emocional no verbal proceden de su trabajo previo con Paul Ekman. Y cabe preguntarse si no sería un avance social importante el que parte de sus conocimientos pasasen a la cultura cotidiana. Recordemos que Freud hizo sus descubrimientos no para el gran público, sino para sus colegas terapeutas, pero que la generalización del lenguaje  y conceptos del psicoanálisis (“frustración”, “catarsis”, “represión”…) han sido de gran ayuda para mejorar la convivencia dentro de nuestra sociedad.

  Imaginémonos una cultura en la que, desde el colegio, se nos enseña no solo a identificar los rasgos de emocionalidad más prosocial, sino que se nos alienta a desarrollarlos, familiarizándonos con el “sistema de codificación de acción facial”

[El] sistema de codificación de acción facial [es] un método anatómicamente basado para identificar cada músculo facial visible en el análisis cuadro a cuadro de la expresión facial tal como ocurre en el continuo flujo de interacción social (…) El trabajo de Ekman sobre la expresión facial catalizó un nuevo campo –la ciencia afectiva- y llevó a una comprensión más precisa del lugar de la emoción en el cerebro, el papel de la emoción en la vida social.

  Por ejemplo, imaginemos que, igual que hoy estamos familiarizados con conceptos como “frustración”,  “autorrealización” o “depresión”, lo estuviéramos con la “sonrisa Duchenne”, que es

un tipo de sonrisa [que] implica el músculo orbicularis oculi, y acompaña a la elevación espiritual y la buena voluntad (…) La firma física de la felicidad humana es la sonrisa D [Duchenne]

   Un gran avance civilizatorio fue cuando, a partir de cierto momento en la sociedad europea de la baja edad media previa al renacimiento las clases altas se habituaron a cultivar comportamientos de civismo y caballerosidad (surgieron, por ejemplo, los “manuales de urbanidad”). La gente aprendió a no ser grosera e insensible con sus semejantes, a desarrollar fórmulas de cortesía y amabilidad en el lenguaje y los gestos. ¿Y si, para expandir la virtud y permitir su contagio, desarrolláramos ahora hábitos aún más avanzados, esforzándonos en controlar nuestras sonrisas, contracciones pupilares, la prosodia en nuestro lenguaje y mil y un detalles… a la manera de cómo hacen los que estudian en las escuelas de actuación? Tengamos en cuenta que la “sonrisa Duchenne”, en la que interviene el músculo “orbicularis oculi”, se considera técnicamente uno de esos elementos involuntarios que no pueden ser falseados.

 Esta atención a nuestra expresión emocional podría convertirse en un elemento importante de algún nuevo sistema cultural humanista en busca de un cambio permanente para mejor…

viernes, 25 de agosto de 2017

“Cazadores, campesinos y carbón”, 2015. Ian Morris

  Ian Morris es un historiador y arqueólogo que, como algunos otros autores, se ha atrevido a formular una especie de “teoría general de la civilización”.

Mi tesis esencial sostiene que (…) los modos de captura de energía determinan el tamaño y la densidad poblacional, que en gran medida determinan a su vez los sistemas de organización social que mejor funcionan. Eso implica que algunos conjuntos de valores tengan más éxito y resulten más atractivos para la sociedad que otros.

  Cuando hablamos de “valores” nos estamos refiriendo a criterios morales generalmente aceptados en una cultura determinada.

Si analizamos la historia del planeta durante los últimos veinte mil años, detectaremos tres grandes sistemas de valores humanos sucesivos. Cada uno está asociado con una forma particular de organización social, y cada una de estas formas viene determinada por una manera concreta de capturar la energía del mundo que nos rodea. (…) Al primero lo denomino “valores de cazadores-recolectores” (…) Los cazadores tienden a valorar la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y toleran la violencia.  El segundo sistema es el de “valores agrícolas o campesinos” (…) Los campesinos y granjeros tienden a valorar la jerarquía por encima de la igualdad y no toleran bien la violencia. El tercer sistema [lo] llamo “valores de combustibles fósiles” (…) Los usuarios de combustibles fósiles suelen valorar de manera general la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y no toleran nada bien la violencia. 

Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizá se deduzca que (1) los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, están perdiendo el tiempo, y que (2) los valores que nosotros (…) hoy defendemos algún día probablemente –quizá bastante pronto- perderán su utilidad. 

  Determinismo económico. Hasta cierto punto, como el viejo Don Carlos Marx. Aunque con aplicaciones filosóficas y políticas muy diferentes. Véase cómo se justifica (“necesidad funcional”) la esclavitud en las primeras civilizaciones agrarias que suceden al mundo de los cazadores-recolectores.

El problema básico es que el bajo rendimiento de la mano de obra premoderna significaba que el producto marginal del valor, es decir, el beneficio para el empleador de contratar a un trabajador adicional, a menudo era demasiado reducido como para que el salario fuera atractivo para los trabajadores que tenían otros medios para mantenerse. De ahí el interés por la segunda gran alternativa al parentesco como método de movilización de obreros más allá de la unidad familiar: el trabajo forzado.  (…) El trabajo forzado, al igual que el patriarcado, fue una necesidad funcional de las sociedades agrarias que generaban más de 10.000 kilocalorías por persona y día.

El trabajo forzoso fue indispensable para las sociedades agrarias durante miles de años, pero los combustibles fósiles eliminaron esta necesidad en menos de un siglo

   Es decir, que para Marx la división en clases (oprimidos y opresores) era una consecuencia de la inmadurez política de las masas (porque los oprimidos se dejaban embaucar por las tradiciones y mitos religiosos que justificaban la explotación por la clase propietaria), mientras que para Morris la división en clases era la única fórmula viable para el progreso económico dada la tecnología de captura de energía de entonces.

  Sin embargo, ambos aceptan que los oprimidos se sentían descontentos. Las rebeliones se producían con cierta periodicidad… aunque no implicaban el cuestionamiento del sistema.

A menudo, la rebelión en las sociedades agrarias adopta la forma de los “buenos viejos tiempos” e insiste en que su objetivo solo es restaurar el Viejo Contrato

  Es decir, que los desposeídos añoraban –a veces, con ira- los “buenos viejos tiempos” en los que, supuestamente, había buenos amos –el “Viejo Contrato”. Si existieron tales “buenos viejos tiempos” quizá eso explique por qué abandonaron la caza y recolección… y quizá eso quiera decir que no siempre las primeras civilizaciones agrícolas se basaron en la explotación de unos por otros…

  Sin embargo, ya hemos visto que el libro que nos ocupa afirma que solo la explotación garantizaba el progreso económico. Porque, según afirma Ian Morris,

cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita

  No resulta convincente. Suena panglossiano… No parece cierto que solo fuese rentable el trabajo forzado. Se cuenten como se cuenten las kilocalorías, el hecho es que un agricultor romano podía alimentar con su trabajo a cinco personas, y un agricultor de la Europa Medieval, al doble. Con eso se puede vivir más o menos bien sin necesidad de que un Gran Señor te obligue a trabajar en régimen de esclavitud o servidumbre.

Entre el 4000 ac y el 1 ac (…) la captura de energía se triplicó, pero la desigualdad política y económica quedó fuertemente arraigada

  Pues claro. Y así se está reconociendo que el autoritarismo de las sociedades agrarias tradicionaless (algunos lo llaman también “violencia sistémica”) no existía tanto en función del rendimiento del trabajo, sino en base a otros factores, igualmente presentes si se duplicaba, triplicaba o cuadruplicaba el rendimiento del trabajo. Por su parte, Marx enseñó que lo que estaba detrás de la aceptación social de la explotación era el poder de la religión/ superstición al servicio de los astutos opresores; lo cual tampoco es cierto, tal como demuestra la volubilidad de las creencias religiosas en todas las épocas: cualquier nuevo profeta hubiera podido presentar creencias más conformes a los intereses de los oprimidos.

  La solución es más simple y más clara… aunque no es la que prefiere Morris que creamos.

Cada vez más antropólogos reconocen que en el siglo XX el cazador-recolector medio se enfrentaba a una probabilidad del 10%, como mínimo, de sufrir una muerte violenta. (…) Estos niveles de violencia eran también normales en la prehistoria (…) mientras que según mis cálculos, dichas tasas en las sociedades agrarias giran en torno a un 5%

  Exacto: para eso servía tener un amo, un rey, un señor feudal. No tanto porque solo pudiera trabajarse a golpe de látigo, sino porque el amo y señor era quien protegía a los siervos de la violencia innata del Homo Sapiens. El monopolio de la fuerza ayudaba a la pacificación. La limitada “violencia sistémica” de la cultura agraria era mejor que la violencia constante e ilimitada del cazador-recolector.

    Por otra parte, Ian Morris se enfrenta a otros muchos teóricos imaginativos -como él mismo- que afirmaban que no había justificación lógica para que los cazadores-recolectores abandonasen su forma de vida por una miserable existencia agrícola…

Los esqueletos excavados sugieren que los campesinos de la prehistoria sufrían de lesiones que forzaban sus articulaciones de forma repetida con más frecuencia que los cazadores-recolectores; tenían una pobrísima salud dental, debido a que sus dietas eran muy altas en carbohidratos azucarados; y en cuanto a la estatura (…) descendió ligeramente con los inicios de la agricultura

    Sí, estaban subalimentados y trabajaban mucho, pero habían ganado dos cosas. Primero, vivían sometidos a menos violencia que las bandas de cazadores-recolectores, enzarzados en constantes rencillas con otras bandas en busca de territorios de caza o de mujeres, y, segundo, vivían juntos, en poblados, en comarcas agrícolas densamente habitadas y finalmente en ciudades; esta abundancia en relaciones sociales no implicaba solo un medio para “capturar más energía” gracias a la cooperación económica, también satisfacía una demanda natural del “Homo Sapiens”, cuyo desarrollo cognitivo se relaciona directamente con la sociabilidad, que es para nosotros un fin en si mismo. Construir un santuario religioso para dar rienda suelta a las inquietudes espirituales, por ejemplo, era una motivación para el sedentarismo.

  Otra posible explicación del origen de la agricultura quizá estuviera en el mero aumento de la población: las mejores condiciones meteorológicas y el desarrollo de mejores armas de caza hizo inevitable este aumento. La caza empezaría a escasear y se habrían buscado otros recursos. Las necesidades de la agricultura habrían exigido medidas pacificadoras, como el monopolio de la fuerza por la clase superior.

  Ian Morris tiene la buena idea de incluir textos de algunos de sus críticos en su libro. Varios de ellos plantean la cuestión fundamental:  "¿Podemos admitir la idea de un progreso moral, distinguible del material?" 

   Morris tiene una respuesta tajante:

[La] distinción entre valores morales reales y valores positivos no tiene sentido.  (…) Los humanos no pueden tener valores a menos que capturen energía de sus entornos (…) Los valores humanos (…) son por definición valores positivos

  Pero el factor esencial de cambio social no es la tecnología (o "sistemas de captura de energía"). Entre otras cosas porque la tecnología depende a su vez de otros factores. Morris reconoce –qué remedio- que la tecnología básica de la Revolución Industrial, del siglo XVIII y XIX, ya la conocían los romanos (fuerza del vapor, engranajes, mecánica de fluidos…). Los romanos eran capaces de construir maravillas como el mecanismo de Anticítera y los juguetes de Herón de Alejandría, así que el factor esencial del desarrollo económico no es la tecnología de “captura de energía”, sino la tecnología de la mente, los “valores”, conceptos simbólicos de aplicación a la vida social –por ejemplo: justicia, honor, libertad, dignidad, caridad…- que evolucionan muy muy lentamente a lo largo de siglos.

  Véase el caso griego, el “milagro” ateniense:

Atenas (…) carecía de la reducida élite altamente estratificada (…) , separada de una gran masa de campesinos (…) Algunos atenienses eran muy ricos, incluso para los estándares griegos, pero el salario real medio era también inusualmente elevado [Sócrates era albañil] (…) [Sin embargo, ] Atenas contaba con uno de los sistemas de esclavitud más estrictos del que tenemos constancia, con muy bajas tasas de manumisión. (…) Ninguna mujer obtuvo jamás la condición de ciudadana en una ciudad de la Grecia clásica. (…) El milagro de las ciudades-estado consistió en una ampliación de las élites. En la Atenas clásica (…) alrededor de un tercio de la población residente (los varones libres y sus hijos) pertenecía a esta clase dirigente.

   Los atenienses se habían hecho ricos gracias al comercio, lo cual permitió aumentar el número de integrantes de la "clase opresora". No fueron los primeros ciudadanos de la Antigüedad que gozaron de esa suerte (pensemos en Troya), pero una serie de circunstancias históricas llevaron a que los atenienses emplearan buena parte de esa riqueza en realizar asombrosos descubrimientos cognitivos en el ámbito de la sociabilidad –la filosofía, la ética, la historia, el razonamiento lógico, el Dios ideal de Platón y la ciencia de Aristóteles. Y ésta fue la tecnología importante que a la larga llevó al cambio definitivo. Con la llegada del cristianismo, mil años más tarde, las ciudades libres del fin de la Edad Media están ya a punto de igualar y superar a Atenas. Estas nuevas “Atenas” cristianas –Florencia, Rotterdam, Ginebra- ya serán imparables. La libertad de las ciudades acabará también generando medios de enriquecimiento ya no tan violentos, ya no tan opresivos.

  Así que sí existen “valores morales reales”, ellos son el motor del desarrollo civilizatorio, y permiten, entre otras cosas, que el artesano se convierta en industrial, el comerciante en empresario y el usurero en banquero.
 
    Cabe concluir que el determinismo económico de Morris es casi tan peligroso como el de Marx, y hace bien uno de sus críticos en subrayar que  "Supongamos que fuera cierto que, como algunos dicen, el autoritarismo unipartidista de China produzca un mayor crecimiento económico que una democracia liberal (…) La cuestión es que pueden existir buenas razones para defender la idea de que la valoración moral debería aspirar a una mayor independencia de las circunstancias particulares  de lo que Morris puede querer permitir".
                         
  Marx enseñaba que para conseguir el progreso definitivo del ser humano había que destruir las supersticiones, sobre todo la superstición económica de la propiedad privada de los medios de producción. Los marxistas llevaron a cabo auténticas locuras en su tarea de destrucción a fin de liberar al ser humano “rousseauniano”, “bueno” por naturaleza, de las supersticiones instigadas por la clase opresora. Pero los marxistas no liberaron nada… más que la sempiterna tendencia humana a la violencia que, pese al sueño rousseauniano, persiste en nuestra naturaleza innata, sea quien sea el propietario de los medios de producción...

  Morris, con su principio panglossiano de que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita dice a todo que sí, justifica más allá del mero conformismo. Asegura que la democracia funciona porque los países más ricos son democracias. ¿Y China, entonces?

El mayor reto de China para mantener su crecimiento económico en la década de 2010 probablemente radique en cómo hacer frente a su propia liberalización. Es muy posible que la sociedad más democrática de India derive en la obtención de una mayor ventaja frente a China en las próximas décadas.

  Eso es, en el mejor de los casos, optimismo injustificado. De momento, la India no lleva camino de alcanzar a China. Y el régimen chino no parece desear una liberalización que les acabe llevando a lo que pasó con la Unión Soviética a partir de 1991. Si no tenemos “valores”, si solo nos preocupamos por el rendimiento económico, los tecnócratas chinos pueden durar mucho tiempo aún…

  Además, Morris no solo especula gratuitamente sin base alguna –¡y eso que defiende mucho lo que llama “el sentido común”!-, sino que también falsea el pasado

Cuando Stalin revirtió la Nueva Política Económica de Lenin unos años después [de la muerte del primer líder soviético]  en nombre del verdadero socialismo, los resultados fueron catastróficos

  Desde un punto de vista de valores éticos, las atrocidades de Stalin sin duda fueron una catástrofe, pero desde un punto de vista meramente económico, la desaparición de la “Nueva Política Económica” de Lenin –un episodio breve en el tiempo- sí que fue un éxito. Stalin logró poner en marcha una infraestructura de industria pesada impresionante que fue capaz de derrotar a Hitler en la segunda guerra mundial, y que más adelante pondría al primer hombre en el espacio. Sin libertades, sin libre empresa, sin incentivos económicos, sin libre mercado y sin nada más que el viejo principio autoritario de las civilizaciones de la Antigüedad: pura violencia sistémica.

  Decir que la democracia es buena porque los países ricos –hoy- son democracias es arriesgarnos a que cualquier tiranía tecnocrática pueda un día decir: “mi sistema es bueno porque gracias a él somos ricos”. Hitler pudo ganar la segunda guerra mundial y apoderarse de medio mundo, construyendo un imperio tecnocrático riquísimo con racismo, genocidios y esclavitud, ¿no hubiera eso llevado a muchos intelectuales influyentes a escribir entonces que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita?  

lunes, 14 de agosto de 2017

“Psicoterapia espiritualmente integrada”, 2007. Kenneth I. Pargament

  El psicoterapeuta Kenneth Pargament ha escrito un libro no acerca de la relevancia psicológica de la espiritualidad en el comportamiento humano, sino más bien acerca de cómo abordar la cuestión espiritual en la práctica de la psicoterapia.

La psicoterapia espiritualmente integrada es una visión del tratamiento que reconoce y se refiere a la espiritualidad del cliente, la espiritualidad del terapeuta y el proceso de cambio (…) Descansa en la asunción de que la espiritualidad es una dimensión vital para muchos clientes.

  Pero la visión práctica de este terapeuta tiene un interés mayor, dado que, si bien la mayoría de los pacientes “espirituales” que acuden al terapeuta desarrollan vivencias de “espiritualidad convencional” (la que es de esperar en los fieles de iglesias cristianas), cuando el psicólogo aborda la cuestión, muchas más características propias de la “existencia espiritual” salen a la luz.

Podemos encontrar lo espiritual en una pieza de música, la sonrisa de un extraño que pasa, el color del cielo al oscurecer, o una oración diaria de gratitud al despertar  (…) Somos más que seres psicológicos, sociales y físicos, somos también seres espirituales (…) ¿Cómo el terapeuta comprende la espiritualidad? ¿Cómo se dirige el terapeuta a la dimensión espiritual en la psicoterapia? Estas cuestiones son el centro de este libro.

  También es cierto que la dimensión espiritual abarca demasiadas cosas como para limitarla a una serie de estrategias prácticas en el desempeño de la psicoterapia, pero el autor sabe que escribir sobre la naturaleza de la espiritualidad y su futuro sería una tarea de una amplitud colosal.

Durante buena parte de mi carrera, he estado buscando el equivalente de una teoría del campo unificado en la psicología de la religión, una perspectiva que pudiera proporcionar unidad a la teoría, investigación y práctica clínica

  Baste con saber que existe esta pretensión.

La espiritualidad habla a lo mejor de la naturaleza humana (…) Gran número de estudios empíricos e informes clínicos señalan la misma conclusión: la espiritualidad juega un papel positivo en las vidas de mucha gente (…) Las expresiones de espiritualidad reflejan un deseo natural humano: el deseo de conocer algo trascendente, algo ilimitado, y algo de valor y verdad definitivos.

La espiritualidad habla de las asunciones más fundamentales de la vida, las creencias más profundas y los asuntos más sagrados.

Las cualidades de trascendencia, de carencia de límites y de lo definitivo son normalmente asignadas a lo divino, pero pueden también ser vistos dentro de otros aspectos de la vida.

  Decir que la espiritualidad se refiere a las “asunciones más fundamentales” quiere decir que

los símbolos de fe no pueden ser reemplazados por otros símbolos, tales como los artísticos, y no pueden ser desplazados por el criticismo científico. Tienen una posición propia en la mente humana, de la misma forma que la tienen la ciencia y el arte

    Aquí aparece una cuestión que interesa especialmente al terapeuta que se enfrenta a los problemas de conducta humanos. Si lo espiritual es lo definitivo, la razón última, ¿implica la solución a toda la problemática humana?

  Por una parte:

La espiritualidad con más frecuencia está implicada en resolver problemas psicológicos que en producirlos.

  Pero también:

“Espiritualidad” no es un sinónimo por “bondad”. A lo largo de la historia, la gente ha justificado las conversiones forzadas, los suicidios, tortura y genocidio en el nombre de cualquier cosa que se mantuviera como sagrada

La investigación muestra que la espiritualidad es generalmente beneficiosa, pero no invariablemente

La espiritualidad puede ser una fuente de problemas tanto como de soluciones; no es inherentemente positiva

  Pero ¿debería seguir siendo así? Pargament cree que hay “espiritualidades erróneas”, la espiritualidad “no integrada”. Por ejemplo, cuando menciona los “dioses pequeños”

Los dioses más pequeños representan un problema porque no logran aportar luz a los más profundos dilemas de la vida

  Entendemos por “dioses pequeños”, por ejemplo, a aquellos que se limitan a imponer mandatos y prohibiciones a cambio de favores materiales, pero Pargament podría también haber mencionado las imperfectas ideologías que pretenden crear alternativas a la religión, como el marxismo, también “un pequeño Dios”.

Diría que la espiritualidad más efectiva es una espiritualidad bien integrada, una cuyas partes componentes funcionan juntas en sincronía las unas con las otras.

  Estas partes componentes en sincronía suponen que los beneficios de hallar la razón última, la guía moral y el refuerzo emocional correspondiente no implicarían, como en muchos casos sucede, sacrificios terribles en la vida social.

  En conjunto, visto desde la perspectiva del “desarrollo civilizatorio”, se diría que la espiritualidad ha impulsado el progreso moral (y por tanto social) de la humanidad, pero que no todas las manifestaciones espirituales han sido siempre efectivas. Por otra parte, Pargament no plantea la cuestión de si puede hacerse una buena vida sin componente espiritual. Aparentemente, sí: uno puede llevar buenas relaciones privadas y públicas sin preocuparse mucho por las respuestas últimas, por las asunciones más fundamentales de la vida, las creencias más profundas y los asuntos más sagrados. Pero no parece que esto pueda ser la norma general. Hasta el momento no parece haberlo sido.

La espiritualidad ayuda a la gente a afrontar las limitaciones humanas. Ofrece soluciones a los problemas que no son meramente sustitutos de las soluciones seculares

     Aparentemente, un enfoque espiritual de la problemática humana, en tanto que se refiere a las “causas últimas”, a aquello que no puede ser sustituido por nada, a lo “sagrado” (aquello que instintivamente nos dirige hacia el bien o nos lleva a evitar el mal), tendría la ventaja de lo inequívoco. E incluso otra probable ventaja: el razonamiento de las “causas últimas” ("pensamiento de alto nivel") parece estar relacionado con la mejora de las habilidades cognitivas en general.

Recurriendo a la dimensión espiritual en el proceso de ayuda, los psicoterapeutas podrían aumentar su capacidad para la esperanza y las soluciones a los problemas más profundos de la vida

“Lenguaje psicoespiritual” [se refiere a] conceptos psicológicamente significativos que portan connotaciones ricas, emocionalmente poderosas, que invitan a la exploración espiritual  (…) Palabras que contienen cualidades sagradas tales como “paz”, “valor”, “solaz”, “sostenimiento”, “devoción”, “fe”, “esperanza”, “amor”, “dejarse ir”, “perdón”, “lamentación”, “desesperación” y “sufrimiento”. Incluso si bien ninguno de estos términos es explícitamente religioso, algunos especialistas clínicos pueden encontrar esta clase de indagaciones acientíficas y meramente sentimentales.

    Ahora bien, Pargament, como terapeuta, solo atiende las cuestiones espirituales si sus clientes así lo solicitan. El terapeuta no debe afrontar toda cuestión desde el punto de vista espiritual (eso sí lo hace el sacerdote), sino que debe estar dispuesto a ser receptivo al enfoque espiritual que le plantea la persona necesitada.

Una psicoterapia espiritualmente integrada assume que los clientes con frecuencia traerán cuestiones espirituales a la consulta, y anima a los clientes a dar voz a lo que puede ser difícil de expresar

  Otra cosa sería si existiera una visión de la espiritualidad propia de la psicoterapia misma, un recurso de ayuda puramente psicológico y expresado desde la característica honestidad de la ciencia. Pero ese tipo de espiritualidad basada en la racionalidad altruista no existe hoy aún. La espiritualidad de la que disponemos hoy tiene orígenes tradicionales, heterogéneos… y reveladores.

El afrontamiento espiritual de la problemática vital parece ayudar particulamente a la gente con menos recursos personales y sociales. Los mayores beneficios del afrontamiento espiritual han sido descubiertos en los miembros de los grupos minoritarios, los ancianos, la gente menos educada y más pobre

    Los más humildes y los que más sufren son los más necesitados de “consuelo espiritual” (también son los que más difícilmente pueden pagarse un psicoterapeuta). ¿Eso quiere decir que los más inteligentes, afortunados y capacitados pueden llevar una vida superficial y materialista con más comodidad?

  Sin embargo, resulta curioso que las sociedades más prósperas, donde más abundan las personas ateas y aparentemente sin preocupaciones espirituales, sean también las sociedades donde se da una mayor preocupación moral en beneficio de los desfavorecidos. Esto podría quedar explicado si nos fijamos en que en todas estas naciones coincide el mismo origen histórico de ser sociedades donde hace un par de siglos prosperó una determinada tradición espiritual (el cristianismo reformado). Así, resulta que las sociedades parecen alcanzar la riqueza, y con ella el distanciamiento de las tradiciones espirituales, a partir de su propia evolución espiritual. Y que es el consuelo a los desfavorecidos la marca característica determinante.

   Sea por el consuelo psicológico alcanzado gracias a las tradiciones a las que recurren los que carecen de bienes materiales, sea por el consuelo que las sociedades que han absorbido la pasada tradición espiritual proporcionan materialmente a los más desfavorecidos, la cuestión es que en el progreso moral (y material) se ve implicada la naturaleza espiritual del ser humano.  Todos los desposeídos suelen recurrir al consuelo de la espiritualidad, pero solo ciertos tipos de espiritualidad (¿”integrada”?) llevan a la mejora moral (y material)… y con ella a un claro distanciamiento de las tradiciones espirituales más antiguas.

  Y la estrategia general de la psicoterapia coincide con la de la espiritualidad “compasiva”, de las religiones moralistas aparecidas desde hace tres mil años en adelante

La narrativa religiosa da forma al significado y, para muchos, es la influencia cognitivo-afectiva predominante que organiza la experiencia, influencia la emoción, construye el significado y gobierna el comportamiento

Cambiar las imágenes y significados de los sucesos traumáticos al reexperimentarlos en un contexto más benevolente es una parte central de la terapia cognitivo-conductual

  Quedémonos al final con la evocación de una curiosa experiencia en la psicoterapia: un cliente acude preocupado porque su esposa no comprende la dimensión espiritual de una afición tan sencilla como el gusto de un hombre adulto por entrenar a niños a jugar al fútbol.

El fútbol era parte de la belleza, no solo un juego sino una forma de poesía que lo conmovía al nivel más profundo. Recordaba jugar como un niño y los momentos que entonces experimentaba de pura alegría, como si hubiera dejado que sus pies lo transportaran al cielo. El podía a veces volver a experimentar estos sentimientos cuando su equipo del colegio [que el sujeto analizado entrenaba] jugaba bien conjuntado. Al enseñar a jugar a otros niños, él creía que estaba pasando un don que se le había dado. Resultaba que tanto [el entrenador como su esposa] estaban hablando el lenguaje de lo sagrado, si bien no mencionaban a Dios (…) Era un conflicto espiritual, una lucha sobre diferencias con respecto a sus sueños sagrados. Este reconocimiento fue un punto crucial en la terapia. Su conflicto de pareja [esposa y marido, acerca de la pasión de él por el futbol] había crecido como un problema espiritual, y eso llevaba a una solución espiritualmente sensible.

viernes, 4 de agosto de 2017

“La vida que florece”, 2011. Martin E. P. Seligman

   Martin Seligman  es uno de los psicólogos más prestigiosos que se ha dedicado a profundizar en la “psicología positiva”, visión de la psicoterapia y de la misma vida cotidiana que ha recibido muchas críticas por sus supuestas exageraciones.

La psicología positiva hace más felices a las personas. (…) Los elementos de la misma –felicidad, fluir, sentido, amor gratitud, logros, crecimiento, mejora de las relaciones- constituyen la base del crecimiento personal. 

  En el momento de escribir este libro para el gran público, Seligman quería corregirse un poco a sí mismo, pues antes propugnaba la teoría de la “auténtica felicidad” y ahora sostiene la del “bienestar” o “crecimiento personal”. El error en la búsqueda de la felicidad (“auténtica” o no) estaría en la habitual complicación de la ética utilitarista (“el mayor bien para el mayor número”).

La visión de la felicidad basada en el estado de ánimo relega al 50 % de la población mundial que tiene “afectividad con baja positividad” al infierno de la infelicidad (…) La decisión de construir un circo en vez de una biblioteca basándose  en la felicidad que puede proporcionar tiene más en cuenta a quienes son capaces de disfrutar de un estado de ánimo alegre que a quienes no lo son tanto.

  La “afectividad con baja positividad” no es una enfermedad, y lo que se mantiene en toda visión de la “psicología positiva” es la intención de utilizar los conocimientos de la ya más que centenaria psicología académica para ayudar a todas las personas.

Este libro le ayudará a crecer a nivel personal. Ya está, por fin lo he dicho. En el ejercicio de mi profesión me he pasado la vida evitando hacer promesas imprudentes como ésta. 

   Nada que objetar a tan magnífica intención viniendo además de alguien que ha llegado a ser presidente de la asociación americana de psicología. E igual que el buen médico nos recomienda alimentarnos bien, hacernos nuestras revisiones y practicar un poco de deporte, lo que propone Seligman es que, a fin de alcanzar el crecimiento personal y el bienestar, tengamos en cuenta

los cinco elementos [que] son la emoción positiva, la entrega [flujo], el sentido, las relaciones positivas y los logros 

  Estos elementos pueden agruparse en el acrónimo inglés “P-E-R-M-A” (Positivethinking-Engagement-Relationship-Meaning-Accomplishment):

Cada elemento del bienestar [PERMA] debe componerse de tres propiedades para contar como elemento: [contribuye]  al bienestar [obviamente]; muchas personas lo buscan por su valor intrínseco, no únicamente para conseguir alguno de los otros elementos; se define y mide de forma independiente del resto de los elementos (exclusividad)

  A esto se suman las veinticuatro “fortalezas” (algo así como “virtudes”) que apuntalan los cinco elementos.

Una fortaleza personal presenta las siguientes características: -la sensación de que se trata de algo propio y auténtico; -la sensación de emoción al mostrarla (…); -una curva de aprendizaje rápida cuando la fortaleza se practica por primera vez; -el anhelo de encontrar nuevas formas de utilizarla; -la sensación de inevitabilidad para emplear esa fortaleza(…); -al utilizar la fortaleza se siente más enérgico en vez de agotado; -la creación y búsqueda de proyectos personales que giran a su alrededor; -alegría, emoción, entusiasmo, incluso éxtasis al utilizarla

  La relación de las “veinticuatro fortalezas”:

Curiosidad/ Amor por el conocimiento/Pensamiento crítico/Originalidad/Inteligencia emocional/ Perspectiva/ Valor y valentía/ Laboriosidad/ Honestidad/Bondad y generosidad/ Amar y dejarse amar /Lealtad/ Imparcialidad y equidad/ Liderazgo/ Autocontrol/ Prudencia/ Humildad y modestia/ Disfrute de la belleza y la excelencia/ Gratitud /Optimismo/ Espiritualidad/ Perdón y clemencia/ Sentido del humor /Entusiasmo

  Todo esto parece complicado a primera vista (y recuerda un poco a las clasificaciones de las virtudes aristotélicas), pero se complica mucho más a la hora de emprender una tarea concienzuda de ejercitación psicológica en busca del bienestar.

Escriba tres cosas que salieron bien durante ese día [en el que se realiza un ejercicio para mejorar el bienestar] y por qué fue así.(…) Al lado de cada acontecimiento positivo,  responda a la pregunta “¿por qué se ha producido?” (…) Lo más probable es que se deprima menos, esté más contento y acabe siendo adicto al ejercicio en el plazo de seis meses.

Dedique un momento concreto para ejercitar una o más de sus fortalezas personales de una forma nueva, ya sea en el trabajo, en casa o en su tiempo libre (…) Por ejemplo: -si su fortaleza personal [más asequible] es la creatividad, una noche podría dedicar dos horas para empezar a trabajar en un guión; (…) –si considera que el autocontrol es una de sus fortalezas, podría ejercitarse en el gimnasio algún día por la tarde en vez de ver la tele

    Esto son solo ejemplos. Uno puede emprender, con la ayuda del terapeuta, toda una organización personal de actividades centrada en el desarrollo de sus “fortalezas” y los elementos del bienestar.

  Y no hay porqué dudar de que se obtengan buenos resultados…

[En] el estudio de “Consumer Reports” (1995) sobre la eficacia de la psicoterapia (…) empleando herramientas estadísticas complejas en un estudio multitudinario, [se] llegó a la conclusión de que la psicoterapia daba buenos resultados en general pero que, sorprendentemente, los beneficios no eran específicos de un tipo de terapia concreto ni de un tipo de trastorno especial.

  Así que casi todo vale, lo cual explica por qué coexisten tantos sistemas diferentes de terapia e incluso por qué funcionan tan bien muchos sistemas de ayuda psicológica no profesionales (por ejemplo, Alcohólicos Anónimos… o las congregaciones religiosas). Y a lo mejor Seligman es el mejor, pero desde luego no es el único que puede ayudarnos a buscar el bienestar.

  Sin embargo, Seligman ha sido atacado por fomentar en exceso el optimismo del “pensamiento positivo”, al que se atribuirían demasiados beneficios, por ejemplo, sobre la salud y el éxito social.

¿Hasta qué punto (…) el optimismo predice la mortalidad general, las enfermedades cardiovasculares, la función inmune y el cáncer? (…) Las personas más optimistas tienen mejores resultados, con un nivel de contraste sólido. (…) El pesimismo y la hostilidad cínica fueron indicadores importantes de cáncer. 

  Esto ha sido muy criticado, por ejemplo, por Barbara Ehrenreich. El peligro sería que se atribuyesen demasiados beneficios al optimismo y muchas personas descuidaran otros controles de su salud más efectivos.

  Y no podría tampoco quedar sin crítica la opinión de Seligman sobre la inesperada crisis económica del 2008, que se atribuyó a un exceso de optimismo ante el imparable crecimiento económico (la burbuja que luego habría estallado).

La afirmación de que el optimismo ha causado la crisis es una sandez. Lo que ha ocurrido es todo lo contrario (…) El pesimismo vírico provocó la crisis económica

  En cualquier caso, el éxito comercial de autores como Seligman (y otros de muchísimo menor prestigio profesional) se hace inevitable porque todos queremos ser felices o, cuando menos, mejorar nuestro “bienestar”. En su libro, se nos ofrecen algunas visiones del comportamiento humano en sociedad que parecen útiles para mejorar nuestra vida. Sobre todo lo parecen porque se relacionan con tendencias ya conocidas en otros tiempos.

Hay cuatro formas básicas de reacción, y solo una fortalece las relaciones (…) Activa y constructiva (…) Pasiva y constructiva (…) Activa y destructiva (…) Pasiva y destructiva

  La buena es, claro, la “activa y constructiva

Reaccionar de forma activa y constructiva (…) [consiste en que, por ejemplo,] escuche con atención cada vez que una persona que le importe le cuente algo bueno que le haya sucedido. Desvíese de su camino para reaccionar de forma activa y constructiva. Pida a la persona que reviva el acontecimiento con usted (…) Dedique mucho tiempo a reaccionar (ser lacónico es malo) (…) Si descubre que no se le da demasiado bien, planifíquelo con antelación

Las empresas con una ratio superior a 2,9:1 entre las frases positivas y negativas experimentan crecimiento económico. (…) [Por ejemplo,] los abogados [se pasan] el día peleando. Seguro que [sus] ratios son muy negativos, quizá de 1:3. Forma parte intrínseca de los litigios. (…) La abogacía es la profesión con los índices más elevados de depresión, suicidio y divorcio. (…) Las mismas estadísticas escuchando conversaciones de parejas durante fines de semana entero [dan los resultados de que ] un 2,9: 1 significa que están abocadas al divorcio. Se necesita una ratio de 5:1  para predecir un matrimonio sólido

    Ya existían manuales de urbanidad de hace varios siglos (de inspiración cristiana, impensables, por ejemplo, en el pensamiento grecolatino) que se referían a actuar de forma receptiva a las emociones ajenas (desarrollando el “ama a tu semejante como a ti mismo”). Quizá sea difícil controlar conscientemente la “ratio” que se refiere a las frases positivas y negativas (llamada “ratio de Losada”, y que ha sido objeto de fuertes críticas por otros especialistas), pero cualquiera puede observar estos fenómenos como síntomas evidentes de prosocialidad o antisocialidad (los vemos, por ejemplo, en el lenguaje agresivo de los delincuentes y en cómo contrasta con el lenguaje más propio de las personas de amplia cultura y alto cociente intelectual). Y algo que nos descubre la psicología es que el cambiar los “síntomas” afecta al origen de estos. Sonreír, aunque sea forzadamente, ayuda al optimismo. Otra cosa es que sea suficiente para obtener cambios decisivos…

  Otra aportación valiosa de este libro es lo que se nos explica sobre la “indefensión aprendida”

Averiguamos que los animales (perros, ratas, ratones e incluso cucarachas) que se han visto indefensos en circunstancias perjudiciales luego se vuelven pasivos y se dan por vencidos en situaciones adversas. (…) Los animales humanos hacen lo mismo (…) En el experimento humano más paradigmático (…) los sujetos se dividen de forma aleatoria en tres grupos (…) Un grupo  (el evitable)  es víctima en una situación perjudicial pero no dañina, como por ejemplo un ruido ensordecedor. Cuando aprietan un botón que tienen delante el ruido desaparece, con lo cual su propio acto evita el ruido.  Un segundo grupo (el inevitable)  es impotente [para actuar y evitar el ruido] (…) La indiferencia aprendida se define por el hecho de que nuestros actos no cambian la situación. (…) El tercer grupo (el de control) no experimenta esa situación.  (…) En la segunda parte [del experimento] los tres grupos se encuentran con una “caja lanzadera”. Cuando una de las personas toca un lado de la caja, el ruido ensordecedor se activa. Si la persona desplaza la mano hasta el otro lado, el ruido se apaga. (…) Las personas del grupo inevitable tienden a permanecer inmóviles. Se quedan quietos y soportan el ruido hasta que se apaga solo.  En la primera parte habían aprendido que sus actos no cambiaban la situación así que en la segunda parte, creyendo que sus actos tampoco cambiarían nada, no intentan apagar el ruido.

  Este tipo de experimentos los podemos relacionar con la teoría del apego, e incluso con el surgimiento de muchos ritos religiosos, en los cuales el emprender cualquier acto deliberado e intencionado (una oración, un sacrificio, una liturgia) ya proporciona bienestar en el sentido de que se está convencido de que se ejerce control sobre lo que antes parecía incontrolable.

  Como anécdota, Seligman menciona que algunas de sus aportaciones sobre este tipo de comportamientos inducidos parece que fueron de aprovechamiento para los psicólogos que asesoraban a los torturadores de Guantánamo. Esto no debe sorprendernos mucho: la psicología es una técnica como otra cualquiera, a pesar de que Seligman parece un poco preocupado por no parecer demasiado conformista.

Impartir cursos de ética a los estudiantes de [economía y finanzas] (…) a quienes lo único que les importa es hacerse ricos rápidamente, no servirá de nada (…) Si se enseñara un curso nuevo (…) sería (…) sobre psicología positiva (…) Si buscamos el bienestar no lo conseguiremos si solo nos interesan los logros 

  Lo cual no resulta convincente. El ambicioso puede decir que sí que le interesan los valores de crecimiento personal, pero también los logros…

martes, 25 de julio de 2017

“La sociedad explicada”, 2014. Nathan Rousseau

  El sociólogo Nathan Rousseau nos da una introducción actualizada a los conceptos básicos de la que es la más característica de las ciencias sociales, la que se llama precisamente “sociología” (invención de Auguste Comte) ya desde mediados del siglo XIX, la visión del individuo en función de sus relaciones sociales.

Weber acuñó el término “acción social” para explicar cómo la gente ajusta sus comportamientos los unos a los otros. Por ejemplo, por la mañana, cuando usted se prepara para comenzar el día, es muy probable que tome en consideración lo que implica su horario y lo que usted va a ver (…) Orientamos nuestro comportamiento individual de forma diferente a fin de cubrir nuestras expectativas sociales

  Podemos tener muchas concepciones diferentes acerca del ser humano y su destino, y toda concepción incluirá las relaciones entre individuos, parte esencial de la personalidad humana, pero, dentro de las relaciones entre individuos, lo que la sociología contempla sobre todo es una serie de mecanismos específicos que señalan la interdependencia entre el individuo y el grupo en el que se inserta.

El asunto que ocupa la sociología [es la] interdependencia, o más específicamente, las relaciones entre individuos e instituciones

  ¿Qué son las instituciones?

El comportamiento social organizado que se repite una y otra vez en su momento da lugar a las instituciones sociales, que representan los pilares de la sociedad. Las instituciones crean la estructura social mediante la cual los individuos viven sus vidas (…) Una vez establecido como una institución social, un patrón social de actuar, sentir y pensar llega a percibirse como socialmente obligatorio. La gente tiende a experimentar las instituciones como inalterables fuerzas de influencia, si bien intangibles.

Las instituciones sociales incluyen economía, sistema político, educación, religión y [la organización] militar
  
Las instituciones sociales son perpetuadas por su organización en sociedad o más específicamente, por los roles que los individuos juegan dentro de esta organización

La presencia o ausencia de instituciones particulares, tanto como el dominio de una institución sobre otra, afecta la estructura o forma tanto como la cultura o personalidad de una sociedad

Las interacciones sociales repetidas a lo largo del tiempo crean redes de intercambio que contribuyen al ascenso y mantenimiento (tanto como al declive) de las instituciones. Cómo los individuos interpretan sus roles mientras interactúan en las redes determina el estado de una institución. Las diversas redes que dan vida a las instituciones forman la sociedad

  Está claro que vivimos dentro de las instituciones y que cumplimos roles en función de éstas. ¿Es esto algo deseable o un mal inevitable? Un inconveniente del enfoque sociológico es que semejantes preguntas no nos las vamos a encontrar en un libro como el de Nathan Rousseau

En este libro, abro el debate acerca de la sociedad a fin de educar a los lectores acerca de la utilidad de la sociología

  La sociología estudia la situación actual de la sociedad y, a diferencia de la filosofía o la ética (o incluso la antropología), no se plantea el sentido de los cambios ni lo que podemos hacer para mejorar la vida humana. Limitémonos entonces a observar que el cazador-recolector originario, el hombre en estado de naturaleza, no contaba con instituciones (fuera, quizá, de la familia), solo con costumbres, con cultura.

La cultura constituye un cuerpo de definiciones, premisas, principios, postulados, presunciones, proposiciones y percepciones sobre la naturaleza del universo y el lugar del hombre y la mujer en él. Donde las normas dicen al actor cómo interpretar la escena, la cultura dice al actor cómo se organiza la escena y qué quiere decir todo

  En la cultura de las civilizaciones más complejas, donde aparecen las instituciones, la vida humana crea roles cada vez más sofisticados y estructuras casi inaprensibles de poder y coacción.

La burocracia es el medio de transformar la acción social en acción racionalmente organizada

  Y ese es nuestro punto de partida: una sociedad compleja, con organizaciones de poder político burocratizadas, donde los individuos no solo tienen que cumplir roles institucionales por el bien común, sino que además

los sentimientos que son internalizados via socialización son típicamente transformados por las personas en metas individuales. Las expectativas que nos forman durante la infancia se convierten en los valores y metas que buscamos vivir en la adultez

  Así que no solo vivimos en las instituciones, sino que éstas nos forman como personas. Eso igual no nos parece muy bueno. Siempre ha existido la sospecha de que el individuo puede liberarse de esta tutela, que el individuo puede racionalizar su propia naturaleza y sus propias necesidades íntimas. Para que este deseo quedase alguna vez satisfecho no solo habría que enfrentarse al obstáculo de las instituciones, también habría que contar –para bien o para mal- con otros mecanismos cognitivos, como la ideología o la religión.

Una ideología se puede decir que es un conjunto de ideas interrelacionadas que pretenden tanto explicar cómo funciona el mundo social y político, como prescribir cómo este mundo debe ser operado (…) Una ideología incluye tres elementos: un conjunto sistemático más o menos complejo de principios normativos con respecto a valores sociales y políticos; principios descriptivos y analíticos que buscan elaborar estos valores políticos y proporcionar una guía para explicar y evaluar los sucesos políticos; y prescripciones que describen unas condiciones políticas, económicas y sociales deseables. El propósito de una ideología puede ser proporcionar una guía para la acción, para persuadir a otros, para dar legitimación a un conjunto de estructuras sociales, para engendrar aceptación pasiva de un conjunto de acuerdos socio-políticos o una mezcla de estos fines

La gente valora la religión porque se refiere a preocupaciones clave y porque instruye a la gente acerca de cómo vivir. La religión capacita a la gente a sentir que sus vidas tienen dirección y propósito (incluso si son incapaces de expresarse o verlo con claridad), y esto crea un sentido de seguridad y poder (particularmente durante tiempos difíciles o confusos)

  Ideología y religión (a diferencia de la ideología, la religión supuestamente no habría de tener contenido político), más la socialización institucional (internalización de roles), se amontonan en nuestras mentes para permitirnos habitar nuestra cultura del momento

Durante la socialización secundaria un niño puede ser expuesto a diferentes visiones de los roles de género, patriotismo y Dios. (…) La socialización primaria y secundaria instigan en cada generación las historias que preservan las familias, culturas y civilizaciones (…)  Tales historias o narrativas constituyen el esquema conceptual de la sociedad (…) La argumentación es el proceso de usar líneas de historias para sacar sentido de los sucesos que ocurren en nuestras vidas (…) La argumentación proporciona una trayectoria, enlazando el pasado, presente y futuro en una narrativa consistente

  La primera socialización es la de los bebés, cuando comienzan a interactuar con otros semejantes creando las primeras relaciones mutuas, pero es la socialización secundaria la que propiamente nos inserta como actores personalmente comprometidos en una sociedad dada con su cultura e instituciones en particular, ya caracterizada con sus costumbres, ideologías y religiones.

  Naturalmente, nos interesa el cambio social para mejorar y, como ya hemos visto, el libro del profesor Rousseau no contiene mucho acerca del cambio social, en buena parte porque la sociología suele estudiar las relaciones sociales tal como se dan en un momento dado, pero sí se nos proporcionan algunas claves

  Para empezar, lo que es una subcultura

Una subcultura puede ser descrita como un grupo o núcleo de personas que comparten una identidad común debida a experiencias reconocidas como únicas para ese grupo.

  Las subculturas (una minoría étnica, un gremio profesional, una clase social, el hampa, un monasterio…) son esenciales para el cambio social: una experiencia única en un grupo da lugar a nuevas pautas que gradualmente podrían expandirse a la cultura mayoritaria.

  Por otra parte, la “ignorancia pluralista” es un concepto importante a la hora de señalar las resistencias al cambio social

Incluso cuando la gente ya ha repudiado previamente una norma pública que antes sostenían, pueden continuar actuando en público como siempre lo han hecho. La ignorancia pluralista sirve como un freno al cambio social (…)Los individuos pueden suponer que son únicos [en su visión de las cosas] y que solo ellos lo perciben así

  Un ejemplo de “ignorancia pluralista” es el creciente escepticismo en materia religiosa. Aunque a finales del siglo XVIII había en Francia un gran escepticismo sobre las verdades de la religión cristiana, miles y miles de personas disimulaban esta actitud por no entrar en conflicto con quienes suponían que eran una mayoría de creyentes sinceros.  Precavidos o hipócritas, estos escépticos “discretos” repudiaban a los ilustrados más audaces… hasta que se produce la revolución, que más que cambiar el pensamiento de las personas, les permite a muchos darse cuenta de que no estaban solos en su actitud escéptica y rupturista.

  Se nos señala asimismo cómo pueden introducirse valores de un ámbito a otro. Por ejemplo, en el caso del trabajo…

Los valores del trabajo se expanden espontáneamente en la familia más que los valores de la familia pasando al trabajo

  Pero también puede tratarse de los valores de la religión o de la ciencia. Y esto enlaza con las religiones, el transmisor más poderoso de ideologías y estilo de vida…

La gente usa los esquemas religiosos como filtros cognitivos para interpretar e internalizar información discordante de una forma tolerable (…) La gente se rodea de amigos y grupos de parecer semejantes a fin de crear un sistema de filtrado mutuo

   Aunque la sociología se dedique a examinar la realidad de la interactuación ciudadana actual, sobre todo a través de las instituciones, el examen de los mecanismos sociales también nos proporciona claves para un cambio futuro. La alteración de las ideologías, sobre todo las de más impacto, que son las religiosas, pueden dar lugar a cambios de fondo en la actitud individual a la hora de asumir los roles sociales, cambios transmisibles que pueden incluso dar lugar a subculturas efectivas que luego se enfrentarían a las inevitables resistencias de la sociedad convencional. Las sociedades cambian, pero no cambian tanto las estructuras de cambio social. Y si contemplamos, por ejemplo, la “religión”, como concepto de transmisión de valores, puede resultar que su función estructural dentro de la sociedad aún resultaría útil en el futuro, con independencia de que hayan caducado ya las tradiciones acerca del mundo de lo sobrenatural.

sábado, 15 de julio de 2017

“La mente compasiva”, 2009. Paul Gilbert

   El psicólogo Paul Gilbert propugna un estilo de vida basado en la compasión.  Normalmente entendemos la compasión como “piedad” (emoción de dolor empático ante el sufrimiento ajeno), pero el concepto que maneja Gilbert es más amplio y ambicioso.

La compasión puede definirse de muchas formas, pero su esencia es una amabilidad básica con una profunda consciencia del sufrimiento de uno mismo y del resto de los seres vivos, unida al deseo y el esfuerzo de aliviarlo
 
Nuestra capacidad para la compasión evolucionó de la capacidad para el altruismo y el comportamiento de cuidado por otros [entre parientes]. La compasión puede ser definida como comportamiento que busca cuidar, atender, enseñar, guiar, tutelar, apaciguar, proteger, ofrecer sentimientos de aceptación y pertenencia – a fin de beneficiar a otra persona [cualquiera]

  Lo que permitiría otras denominaciones, como benevolencia, amor o incluso "caridad" en el sentido paulino.

El desafío aquí es reconocer la importancia de la bondad y la afección y situarlas en el centro de nuestras relaciones con nosotros mismos, con los otros y con el mundo

La compasión procede del reconocimiento de que la vida es una tragedia, un reconocimiento que forma la base de mucho del adiestramiento de una mente compasiva

Desarrollar una mente compasiva es una forma de intentar crear ciertos patrones en nuestros cerebros que organicen nuestros motivos, emociones y pensamientos de forma que sean conducentes a nuestro propio bienestar y al bienestar ajeno

  Por lo tanto, una vida compasiva equivale a una vida razonablemente bondadosa, también para nosotros mismos, una concepción general de la vida en comunidad. Un ideal que existe en Occidente desde antes del cristianismo, y aún anteriormente en Oriente (budismo). Algunos antropólogos e historiadores han sostenido que este tipo de filosofías evolucionaron por conveniencia de los gobernantes, que deseaban súbditos dóciles, pero Gilbert argumenta que la vida compasiva ya de por sí aumenta la calidad de vida de todos.

La evidencia es ahora abrumadora: sentir amor y compasión para nosotros mismos y los demás es profundamente reparador y terapéutico, y nos ayuda a afrontar los muchos desafíos que nos encontramos en la vida.

Centrarse en la amabilidad, tanto a nosotros mismos como a los demás, estimula áreas del cerebro y el cuerpo de forma tal que son conducentes a la salud y al bienestar

Cuando nos lanzamos a desarrollar la compasión, adoptamos la idea básica de que, si aprendemos a concentrar nuestra atención, pensamientos y comportamientos en torno a la compasión, nos imaginamos a nosotros mismos como compasivos y pensamos sobre ser compasivos con otros, estimularemos ciertos sistemas particulares en nuestro cerebro (…) Resulta que si haces trabajar a estos sistemas compasivos dentro de tu cerebro crearás sentimientos de paz, calma y conexión, por no mencionar la introspección en la naturaleza del yo y en el propio papel en el flujo de la vida.


Podemos estimular patrones en nuestro cerebro que sean auto-satisfactorios, de apoyo, aliento y consuelo, de modo que en cualquier cosa que hagamos para ayudarnos a nosotros mismos (digamos, cambiar la forma en que pensamos sobre nosotros mismos, o encarar y afrontar las cosas a las que nos enfrentamos) practiquemos creando en nuestras mentes una experiencia (patrón cerebral) de calidez, amabilidad y apoyo como nuestra posición de arranque primaria

  Bien podría ser. Además, si desarrollamos una cultura universal de la bondad y la compasión sería difícil que, dados sus inevitables beneficios prácticos, los efectos psicológicos pudieran ser eludidos por una clase dominadora cínica.  

  Planteadas así las ventajas de un estilo de vida compasivo, quedaría trabajar para llevarlo a la realidad.

No vamos a ir muy lejos en el camino de la compasión a menos que prestemos atención a nuestros estilos de pensamiento y razonamiento
 
   La compasión parece concretarse en rasgos concretos del comportamiento cotidiano, lo que sería propiamente el “estilo de pensamiento”, o de conducta.

Crea una expresión facial amable (pero no la conviertas en una sonrisa enfermiza porque entonces no la sentirás como genuina) (…) La calidez es una cualidad difícil de definir con exactitud, pero implica ser no amenazante a la vez que se muestra una orientación de ayuda y cuidado. De forma habitual, las experiencias de calidez son notables por la comunicación no verbal y el trato interpersonal.
 
De la misma forma que un buen actor estudia el individuo al que va a interpretar e intenta recrear el rol dentro de él, tú vas a hacer lo mismo- vas a convertirte en la persona perfecta, ideal, compasiva.

Aprendiendo compasión, aprendemos cómo activar un estado particular de los patrones de la mente y el cerebro asociados con el cuidado y la crianza que tienen cualidades apaciguadoras. Podemos aprender ciertos ejercicios que estimularán este sistema, una especie de fisioterapia de la mente.


  Los elementos antisociales y los elementos prosociales que coexisten en una sociedad compleja desarrollan diferentes estilos de comportamiento individual (calidez, rasgos faciales, prosodia, gestualidad…). Nadie duda de que tales minucias conductuales están relacionadas con los comportamientos sociales a gran escala.  Y la comparación con las técnicas de actuación es oportuna - un buen actor estudia el individuo al que va a interpretar e intenta recrear el rol dentro de él- porque nos hace más evidente cómo los cambios en el comportamiento nos afectan. Por supuesto, un buen mentiroso y un buen actor pueden coincidir en medios y fines… pero ¿es de verdad posible “engañar a todo el mundo todo el tiempo”?

Dado que tú te sientes mucho mejor si la gente es amable y positiva contigo, de forma que te sientes seguro y sabes que te ayudarán si los necesitas, y dado que tu también sabes que otra gente tiene exactamente la misma necesidad que tú, entonces tiene sentido que la compasión y la amabilidad deberían ser el centro de nuestra relación y conexión con el mundo. De esta forma, podemos coordinar las mentes y los estados mentales de los unos y de los otros. Para ponerlo de otra forma: las experiencias en la consciencia son co-construidas por nuestras relaciones con los demás.
  
    En apariencia, nada podría impedirnos crear una forma de vida enteramente basada en este tipo de interacciones compasivas.  Hoy en día los comportamientos benevolentes y afables coexisten con otros que no lo son en un reparto de roles bastante caótico. Una entidad comunitaria (de tipo monástico) que determinase totalmente el estilo de vida  en el sentido compasivo podría alcanzar, mediante prueba y error, resultados notables que no dejarían de tener impacto en el resto de la sociedad, de forma parecida a como parece que sucedió en los siglos anteriores al Renacimiento y la Reforma (y, por tanto, a la Ilustración). Al menos, podría intentarse, y de su éxito o su fracaso se podrían aprender unas cuantas lecciones.

   Pero, curiosamente, Paul Gilbert no aborda esta posibilidad,  prefiriendo centrarse en cómo utilizar este tipo de iniciativas en la vida convencional.  Y en ese sentido no va más lejos que Dale Carnegie

Aprender a usar frases afectivas y que den juego (…) voz y expresiones faciales cálidos, poner atención a los deseos y necesidades de quienes te rodean (…) estas son maneras de construir amistad y otras cualidades positivas que necesita que se practiquen y usen regularmente. En muchas formas, regresamos al libro de Dale Carnegie de 1937 Cómo ganar amigos e influir sobre las personas (…) Carnegie estaba absolutamente en lo cierto: cultivar relaciones de cuidado mutuo es un elemento clave de sentirse feliz y es beneficioso para nuestro bienestar

  Y sin embargo, admite graves limitaciones para el pensamiento compasivo dentro de la sociedad convencional. Esto se ve con claridad en el plano de las relaciones personales, donde el juicio compasivo no encaja con las directrices competitivas e incluso agresivas que recibimos en la sociedad convencional.

[Han de desecharse] todas esas tontas ideas que dicen que puedes hacer o ser lo que quieras simplemente si lo deseas lo bastante. ¿Con qué frecuencia padres y maestros han dicho esto a los niños, dejándoles el sentimiento de que debe haber algo malo en ellos si no pueden conseguirlo? (…) Es el reconocimiento de estas variaciones entre nosotros [en talento innato] lo que supone un paso clave hacia la compasión, para nosotros mismos y para los demás. No vivimos en un mundo de igualdad, nuestros genes y nuestras experiencia de la vida nos tratarán de forma desigual
 
Intenta no permanecer en entornos que te son tóxicos; eso no es compasivo. Puedes elegir abandonar una situación- consigue un traslado o encuentra otro empleo. Si esta solución te funciona, entonces todo bien. No lo veas como algo cobarde al huir, sino como algo sensato

Todos los estudios psicológicos acerca de incrementar el éxito actualmente dicen que, si quieres ayudar a niños y adultos a tener éxito y confianza, entonces debes centrarte en sus esfuerzos y no en los resultados. Sin embargo, el capitalismo no tiene interés en el esfuerzo, solo en los resultados


  Negar el voluntarismo de que se pueden alcanzar todos los logros, aceptar la huida y el valor de los esfuerzos fracasados son planteamientos no convencionales coherentes con un estilo de vida compasivo. Son un ejemplo de los efectos sociales divergentes que un cambio de paradigma podrían tener en una comunidad humana que desarrollase principios de vida alternativos.  Y tampoco en el plano de las relaciones sociales a gran escala el mundo convencional parece compatible con una visión coherente de la vida compasiva
 
Cambiar a un foco de compasión no es fácil porque quiere decir que ya no podemos justificar disparidades y desventajas
  
  La desigualdad social y los problemas políticos son solo parte del problema, y aquí es un poco de lamentar que Gilbert (y otros) presenten una “terapia compasiva” simplemente como una oferta más dentro del amplio espectro de posibilidades de la ayuda psicológica en las sociedades más desarrolladas. Si se reconoce la implicación del “estilo de vida” en el modelo de sociedad y se señala la importancia extrema del trabajo individual (y grupal) en el cambio de comportamiento, la conclusión debería ser que la “vida compasiva” puede suponer un cambio de paradigma radical en nuestras relaciones sociales… un auténtico cambio social no-político, así como tampoco dependiente de los cambios tecnológicos o económicos. Un tipo de cambio que en el pasado tenía más que ver con las revoluciones religiosas… y para el cual aún no se ha creado una alternativa secular.

  Si de lo que se trata meramente es de sentirse bien, habrá entonces muchas otras opciones satisfactorias y la experiencia nos dice que casi cualquier estilo de vida puede juzgarse subjetivamente como satisfactorio. Pero ¿es correcto que quien promueve, desde la prestigiosa experiencia de la psicología, la compasión como forma de vida se confiese como conformista en aspectos cruciales de la vida social… cuando al mismo tiempo reconoce la incompatibilidad con la compasión de nuestra forma de vida convencional?
   
Podemos cambiar nuestros cerebros. Incluso si utilizas solo unos pocos minutos, digamos, en el baño o antes de salir de la cama o durante el desayuno o tu pausa de la comida – para sonreír compasivamente, centrarte en tu respiración en intentar “concentrarte” y generar sentimientos compasivos en ti mismo –eso es estupendo. Haciendo poco pero con frecuencia puede funcionar

  No se trata tanto de la efectividad de estas sencillas técnicas, ni tampoco de cuestionar el bien que puedan hacer (por poco que sea), de lo que se trata es de la trivialización de lo que supone la cuestión capital del desarrollo civilizatorio: el control de la agresividad y el fomento de la cooperación mutua. 

  En el principio, los recursos psicológicos del Homo Sapiens eran escasos, su enorme cerebro, con su memoria capaz de viajar al pasado y al futuro, de imaginar cosas que no existen o crear símbolos y abstracciones, se ponía al servicio de la vida del género “Homo” de siempre: hacer frente a las amenazas dentro de la competición por unos recursos económicos escasos

El cerebro da más prioridad a ocuparse de las amenazas que de las cosas placenteras

Los evolucionistas nos cuentan que la amabilidad y el cuidado son recursos caros y por eso nos los reservamos mayormente (con alguna excepción) para nuestros parientes, amantes y amigos


  Pero la cultura comenzó a evolucionar acumulando conocimientos acerca de cómo manipular nuestras propias emociones, cómo construir una moralidad y cómo interpretar un “estilo de vida”. La religión, en un principio una especie de subproducto de la vida gregaria dentro de las bandas de cazadores-recolectores, dio lugar a portentosas formas de autocontrol del comportamiento humano.

  Y ahora que tenemos la ciencia, ¿todo se va a quedar en recomendarnos trucos para sentirnos bien solo unos pocos minutos, digamos, en el baño o antes de salir de la cama o durante el desayuno? Esta moderación no parece consecuente con la importancia que tiene el desarrollar nuestra capacidad para controlar el comportamiento antisocial.

  Y aparecen los prejuicios…

La compasión no es acerca de alguna forma “blanda” de bondad –si bien es sobre bondad. No es tampoco sobre comportamiento sumiso, debilidad o simplemente poner la otra mejilla. Es acerca de abordar importantes dilemas sociales y personales y dificultades enfocar desde un foco mental en particular

Por supuesto, necesitamos castigos, disuasión y prisiones –la compasión no es ingenua acerca de esto


  Encontramos entonces que se pretende combatir la “blandura”… ¿en nombre de las antiguas tradiciones viriles de la lucha por la vida?, ¿qué sentido tiene empeñarnos en defender esto cuando tenemos abierta la posibilidad de crear una sociedad completamente compasiva? 

  Y por supuesto que NO necesitamos castigos y prisiones por siempre, ¿por qué la pena de muerte y la tortura no, y los castigos y prisiones sí? El señor Gilbert no nos da argumento racional alguno al respecto (lo que demuestra que estamos en el ámbito del prejuicio). En realidad, él es el ingenuo, en la medida en que infravalora la capacidad para el cambio cultural que se ha dado en el pasado y que forzosamente también habrá de darse en el futuro.

  Si afrontamos esta cuestión racionalmente y sin prejuicios, resulta que las implicaciones psicológicas de la “vida compasiva” son de tal magnitud que podrían fundamentar por sí solas un cambio cultural. Bastaría con que, en un principio, se desarrollase una subcultura socialmente eficiente a partir de criterios exclusivamente compasivos como para que el significado y la simbología del cambio social tomaran una nueva forma, porque el abandono de las viejas tradiciones ha sido siempre el requisito previo del cambio social.     
 
De la misma forma que podemos imaginarnos comidas ideales o compañeros sexuales ideales que pueden estimular nuestros cuerpos en forma específica, así podemos crear imágenes internas que pueden estimular el sistema apaciguador.

    Podemos no solo imaginar una sociedad coherente basada en la vida compasiva (que para algunos podría ser tan difícil de imaginar como una sociedad igualitaria y democrática como la actual era difícil de imaginar a los contemporáneos de Voltaire y Rousseau), sino que incluso podemos crear tales ideales en forma de subculturas, de forma estructuralmente parecida a cómo las subculturas del monasticismo sirvieron para impulsar los cambios morales y de “estilo de vida” en el pasado.

  La psicología y las ciencias sociales nos proporcionan hoy una perspectiva correcta del fenómeno humano. Lo que falta tan solo es el valor moral para impulsar iniciativas inequívocas de cambio de paradigma.