jueves, 25 de agosto de 2016

“Mindware”, 2015. Richard Nisbett

  “Mindware” es una expresion difícilmente traducible al español y tampoco muy habitual en el entorno anglosajón. Podría equivaler a “instrumentación cognitiva”, refiriéndonos a las estrategias para el uso de nuestra mente o incluso a los “estilos de pensamiento”.

Este libro trata de algunas de las más fundamentales cuestiones acerca de cómo razonar y hacer inferencias válidas. ¿Qué cuenta como una explicación para cualquier cosa, desde por qué nuestro amigo actúa de una forma tan irritante, hasta por qué fracasa el lanzamiento de un producto? ¿Cómo podemos notar la diferencia entre los sucesos que están relacionados causalmente y los sucesos que están meramente asociados unos con otros en tiempo y lugar? ¿Qué clase de conocimiento puede ser considerado cierto y cuál es conjetura? ¿Cuáles son las características de una buena teoría –en ciencia y en la vida cotidiana? ¿Cómo notar las diferencias entre teorías que pueden ser demostradas como falsas y las que no? Si tenemos una teoría acerca de los tipos de negocio o prácticas profesionales que son efectivas, ¿cómo podemos poner a prueba esa teoría de una forma convincente? (…) Y lo más importante, ¿cómo podemos incrementar la probabilidad de que las elecciones que hacemos servirán mejor a nuestros fines y mejorarán nuestras vidas y las de los otros?

  La mente humana es compleja y probablemente “modular”, es decir, integrada por unidades independientes de percepción y elaboración lógica que funcionan mejor o peor, y que cooperan después -o no- entre sí. Por ello, la elección y el adiestramiento de determinados “estilos de pensamiento” podrían darnos mejores resultados si se adaptan más exactamente a la estructura de la problemática que tenemos que afrontar.  En general, el resultado de afrontar los procesos de pensamiento tiene que ver más con la estructura que con el contenido.

La idea de este libro surgió de mi fascinación por el hecho de que las ideas científicas en un campo pueden ser extremadamente valiosas para otros campos. (…) La teoría de Darwin de la selección natural debe mucho a los filósofos escoceses del siglo XVIII acerca de los sistemas sociales, en particular a la teoría de Adam Smith de que la riqueza social es creada por actores racionales que persiguen sus propios intereses egoístas

  El psicólogo Richard Nisbett espera que podamos obtener ventajas prácticas de los diversos enfoques innovadores del uso de la cognición humana.

Mis colaboradores y yo hemos desarrollado técnicas para enseñar normas de inferencia que ayudan a razonar acerca de problemas comunes personales y profesionales. (…) La clave es aprender cómo encuadrar los sucesos de tal manera que se esclarezca la relevancia de los principios para solucionar los problemas particulares, y que se aprenda cómo codificar los sucesos de tal forma que los principios puedan ser aplicados de forma segura.(…) Comprender lo que podemos y no podemos observar acerca de nuestra vida mental nos dice cuándo confiar en la intuición al resolver un problema y cuando hemos de volver a las reglas explícitas sobre categorización, elección o afirmación de las explicaciones causales

  Ejemplos de principios y codificación:

La enseñanza acerca del concepto estadístico de la ”ley de los grandes números” afecta el razonamiento acerca de cuánta evidencia se necesita para alcanzar creencias exactas acerca de algún objeto o persona. La enseñanza sobre el principio económico de evitar los costes de oportunidad afecta a cómo se razona acerca del uso del tiempo. 

  En “la ley de los grandes números” (es más fácil confundirse al examinar unos pocos casos de un fenómeno, que si se examinan muchos) o en los “costes de oportunidad” (un principio de la microeconomía: la pérdida que afrontamos por dejar de hacer algo) tenemos estructuras lógicas muy útiles que en el comportamiento cotidiano solemos evitar, mientras que hay otras que son engañosas y, muy al contrario, se hacen habituales:

Los sucesos son juzgados como más probables si son similares al prototipo del suceso que si se parecen menos a este. (…) No comprendemos qué aspecto tienen las secuencias de azar que no parecen secuencias de azar (…) La heurística de representatividad a veces influye en los juicios sobre causalidad

    La heurística de representatividad es una estructura por la cual tendemos a señalar secuencias significativas en las sucesiones de hechos observados, cuando en realidad se trata de puro azar. Es decir, que tendemos a encontrar falsas relaciones de causa y efecto. Muchas de nuestras creencias en la magia y la sobrenaturalidad tienen este origen.

La heurística de disponibilidad (…) [supone que] cuando más fácil vengan a la mente ejemplos del suceso, más frecuentes o plausibles nos parecen ser

  Esto es como el temor a los accidentes aéreos: pese a que estadísticamente es mucho más probable morir en accidente de automóvil, la espectacularidad de los escasos accidentes aéreos nos impacta mucho más.

  Otro concepto valioso, y éste para guiar nuestros juicios y no para desconfiar de ellos, es el de “selección aleatoria”, que no ha de confundirse con el mero azar:

Mientras que un procedimiento de selección de muestras se aproxime más al estándar de la selección aleatoria –para la cual la definición es que cada individuo en la población tiene la misma probabilidad de aparecer en la muestra- más deberíamos confiar en ella.

  Estos son ejemplos de estructuras cognitivas falibles o menos falibles. Pero también existen factores ambientales y sociales que limitan la eficacia de nuestro pensamiento:

La gente actúa con más energía no solo cuando están en competición con otros, sino incluso cuando otra gente está meramente observando. El efecto de facilitación social se ha encontrado incluso en perros, armadillos, ranas y peces

    A este respecto está el famoso experimento de psicología social en el que, simplemente, el que tengamos delante un dibujo de unos ojos que nos miran ya limita nuestra capacidad para tomar decisiones.

  Otro ejemplo más de limitación cognitiva por el entorno:

Deberíamos elegir cuidadosamente a nuestros conocidos porque vamos a ser altamente influidos por ellos (…) Los estudiantes que han sido asignados a un compañero de habitación que llega a la Universidad con un historial de bebedor notorio sacan un veinticinco por ciento de peores notas que los estudiantes a los que se asigna un abstemio (…) No había efecto en las chicas por tener una compañera de habitación que bebe

  Uno de los enfoques más fascinantes es el de las diferencias culturales. Nisbett nos las describe, pero no puede aventurar cómo se producen y transmiten. El caso más notable es la diferencia entre las estructuras cognitivas tradicionales de la gran civilización de Asia Oriental (China y Japón) y la de los pueblos europeos.

La atención diferencial al contexto resulta en que los orientales tienen una preferencia mayor por las explicaciones situacionales del comportamiento, mientras que los occidentales tienden más a explicarlo en términos disposicionales

  Esta diferencia implica que, en general, el oriental juzga los hechos más en base al contexto y las relaciones entre elementos individuales, y el occidental tiende a atribuir características propias al elemento que determinan su trayectoria con independencia del contexto y la interacción con otros elementos (explicación disposicional). Aparentemente, el punto de vista oriental es mucho más avanzado y tiende a una mayor precisión. Sin embargo, esta atención al conjunto tiene también sus inconvenientes.

  Básicamente…

Aristóteles puso en el fundamento del pensamiento lógico las siguientes tres proposiciones: 
1-Identidad. Lo que sea, es. “A” es algo y no cualquier otra cosa.
2- No contradicción. A y no A no pueden ser lo mismo. Nada puede ser y no ser. Una proposición y su opuesto no pueden ser verdaderos.
3- Se excluye el término medio: todo debe ser o no ser. A o no A pueden ser ciertos, pero no hay nada entre los dos.

Los occidentales modernos aceptan estas proposiciones. Pero no la gente que se ha educado en la tradición intelectual de China –al menos, no en toda clase de problema. En lugar de eso, el fundamento del pensamiento oriental es la dialéctica.

Tres principios subyacen al dialectismo oriental. Nótese que no se dice “proposiciones” (…)
1- Principio de cambio: la realidad es un proceso de cambio. Lo que ahora es verdadero en poco tiempo será falso. 
2- Principio de contradicción: la contradicción es la dinámica que subyace al cambio. Porque el cambio es constante, la contradicción es constante.
3- Principio de relación (o holismo). El todo es más que la suma de sus partes. Las partes tienen significado solo en relación con el todo

Mientras que los chinos comprendieron bien muchas cosas que los occidentales comprendieron mal, no pudieron nunca probar que sus teorías eran correctas porque eso habría requerido el criterio científico, que los occidentales conocen desde hace veintiséis siglos. La ciencia, básicamente, es categorización más reglas empíricas y un compromiso a los principios lógicos. Los chinos comprendieron el concepto de acción a distancia cuando los occidentales no [al comprender las mareas, el magnetismo y la gravedad], pero fue la ciencia occidental la que probó que el concepto era correcto.

  Podemos concluir que el libro de Nisbett busca informarnos y advertirnos, en una época en la cual tenemos todas nuestras esperanzas de progreso puestas en la racionalidad y la ciencia, de lo relativas que son las reglas lógicas de nuestro pensamiento que todos consideramos tan universales.

  No se confunda esto con lo que Nisbett considera casi una moda frívola, como son las escuelas del postmodernismo y el deconstruccionismo, que pretenden que el conocimiento es inalcanzable.

Postmodernistas y deconstruccionistas enfatizan en el sentido de que no hay hechos, sino solo interpretaciones de la realidad socialmente acordadas. [Pero] ellos claramente no viven sus vidas como si creyeran eso, aunque han gastado una cantidad colosal de enseñanza universitaria y esfuerzo de “investigación” promulgando estos puntos de vistas nihilistas

  De lo que se trata en cambio es de tener en cuenta esa falibilidad y esa relatividad de nuestra capacidad cognitiva, y obrar en consecuencia.

No nos damos cuenta de que firmamos la petición de Bob pero no la de Bill en parte debido a que la letra de la petición es más clara. No nos damos cuenta de que encontramos que Marian es una persona más cálida porque compartimos con ella café y con Martha té helado.  Si bien parece como si tuviéramos acceso al trabajo de nuestra mente, en la mayor parte de las ocasiones no es así.

  Esto no es otra cosa que “psicología” en general: ser conscientes de nuestros límites racionales. Y adquirir esa consciencia puede darnos mucha seguridad, pese a las protestas de humildad de los conocedores, tal como Nisbett afirma al final de su libro.

Usted ya sabía que era falible antes de leer este libro. Usted sabe ahora mucho más acerca de lo que produce sus errores y cómo compensarlos. Este conocimiento le ayudará a percibir el mundo con más exactitud y a comportarse de forma más sensata. Lo que usted ha leído también sirve como un arma para defenderse contra las aserciones erradas de otros –amigos y conocidos, tanto como la gente que aparece en los medios de comunicación

Yo he violado la mayor parte de los principios de este libro con frecuencia y muchos de ellos constantemente. Algunas de nuestras tendencias psicológicas están, simplemente, demasiado profundamente arraigadas, y no van a ser extirpadas solo por aprender algunos nuevos principios destinados a reducir sus efectos. Pero yo sé que estas tendencias pueden ser modificadas y su daño limitado por virtud de conocer acerca de ellas y de cómo combatirlas.

lunes, 15 de agosto de 2016

“Manual de Psicología Moral”, 2010. John M. Doris (Editor)

   John M . Doris encabeza un equipo de hasta veintidós estudiosos más (entre ellos Joshua Greene) denominado "Grupo de Investigación de Psicología Moral". En el volumen que Doris edita se recopilan algunos de los trabajos más innovadores en este apartado de las ciencias sociales.
 
La disciplina de la psicología moral es, como el nombre hace pensar, una investigación híbrida, informada tanto por la teoría ética como por el hecho psicológico

Las cuestiones centrales en el campo [de la psicología moral son:] ¿cuál es la naturaleza del juicio moral?, ¿por qué la gente se comporta bien o mal?

Los comportamientos prosociales son adaptativos porque ayudan a los individuos a cosechar los beneficios de las interacciones cooperativas para evitar sanciones y para promover la prosocialidad entre los socios


   Un punto de vista bastante asumido es que las relaciones sociales de moralidad son un hecho diferencial propio de la especie humana con respecto a todos los demás seres vivos.

Siguiendo los pasos de Darwin, numerosos filósofos, psicólogos, antropólogos y biólogos (…) coinciden en la provocativa afirmación de que la moralidad es una parte evolucionada de la naturaleza humana, como la tendencia a tejer redes es una parte evolucionada de la naturaleza de las arañas

La evidencia sugiere que la gente está dotada con una capacidad de raciocinio que es específica al ámbito de las normas. Mientras que las personas razonan pobremente acerca de asuntos no normativos, están predispuestas al razonamiento sobre asuntos normativos (…) La existencia de un sistema cognitivo que parece dedicado específicamente a producir buen razonamiento sobre normas desde una edad temprana proporciona alguna evidencia sugestiva de que la cognición normativa es una adaptación
 
  Esto se considera probado cuando se llevan a cabo algunos experimentos psicológicos. En estos, a la hora de resolver problemas lógicos (del tipo de la "Tarea de selección de Wason") determinadas estructuras de pensamiento nos resultan difíciles en comparación a lo fácil que son afrontadas por los computadores, y sin embargo, cuando las mismas estructuras lógicas aparecen en problemas de tipo moral o de normas sociales, las dificultades disminuyen asombrosamente.

  Así pues, somos “animales morales”. Eso significa que tenemos una tendencia inconsciente a juzgar los actos de nuestros semejantes en cuanto a que sean o no beneficiosos para el bien común, y a posicionarnos públicamente con respecto a ello (asignando reputaciones a los individuos en base a su comportamiento). No nos bastamos con seguir nuestros intereses en la medida en que no choquen con los intereses ajenos, sino que nos vemos afectados emocionalmente ante cualquier actitud (propia y ajena) que vaya en contra de las normas. Nos interesa informarnos con respecto a la reputación de los demás así como crearnos una reputación con respecto a si somos o no cumplidores de las normas que garantizan los intereses comunes. 

  Lógicamente, el comportamiento altruista, el del individuo que es capaz de obrar, en ocasiones, no en provecho propio, sino en el provecho ajeno, es el que goza de mejor reputación y el que genera una mayor confianza en las relaciones sociales. La forma más sencilla de altruismo es el altruismo recíproco, en el que yo obro en tu beneficio a cambio de que tú, en un momento y situación dados, obres también en el mío.

El altruismo recíproco puede explicar la selección del comportamiento altruista solo si nuestros antepasados eran capaces de discriminar entre aquellos individuos que no actuaban de forma recíproca (los que engañaban) y aquellos que sí actuaban de forma recíproca. Esto es, solo si eran capaces de recordar quién hizo qué.

  Esta capacidad de discriminar entre los que obran justamente (recíprocamente) solo puede ser consecuencia de un gran desarrollo de la memoria e inteligencia. No es fácil detectar los engaños y ser exactos a la hora de asignar una reputación. Al fin y al cabo, los que engañan también son inteligentes y racionales, y en tanto que individuos es explicable que quieran beneficiarse del bien común al menor costo posible (egoísmo) por lo cual también tratarán de engañar de la forma más eficaz posible. Además, en su origen, los seres humanos vivían en grupos pequeños, donde todo el mundo conocía a todo el mundo y se veían unos a otros casi todos los días, mientras que hoy, en nuestras grandes concentraciones de población, identificar al que merece la peor o la mejor reputación es mucho más difícil. 

  Por eso determinar la reputación no es hoy un proceso meramente racional. Sería prácticamente imposible encontrar criterios precisos de buen o mal comportamiento cívico.

Los datos que hemos estado revisando sugieren fuertemente que las emociones están activas con regularidad y con seguridad durante los episodios de cognición moral

  Toda psicología moral se basa tanto en factores emocionales como racionales. Un aparcamiento incorrecto y una estafa son infracciones contrarias al bien común, pero generan reacciones emocionales totalmente diferentes. 

  La expresión más convencional de los juicios morales toma la forma cognitiva de la heurística

La heurística incluye cualquier atajo mental (…) que generalmente funciona bien en circunstancias comunes pero que también puede llevar a errores sistemáticos en situaciones inusuales. Esta definición incluye reglas tales como (…) “cree lo que los científicos te cuentan sobre el mundo natural más que a los sacerdotes” (…) En lugar de investigar directamente si el objeto tiene el atributo buscado, el creyente usa información sobre un atributo diferente, el atributo heurístico, el cual es más fácil de detectar (…) La heurística normalmente opera inconscientemente (…) La clave de la heurística es que sea lo suficientemente rápida y concisa para que sea útil en la vida real

  Los criterios de moralidad suelen agruparse en dos visiones teóricas principales, el utilitarismo y la deontología. El utilitarismo es esencialmente práctico, y determina los criterios morales en base a sus consecuencias probables a fin de conseguir el mayor bien para el mayor número.

Lo que un utilitario ve como una heurística moral (¡no mentir nunca!) puede ser considerado como un principio moral autónomo por un deontologista

  El sueño de la deontología es hallar principios morales universales que puedan aplicarse a todo entorno y situación. Para eso sería preciso hallar principios lógicos respaldados emocionalmente en función del interés moral (conducta individual adaptada al interés común). Esto, de momento, no parece posible, como demuestra la evolución de las culturas que determina diferentes criterios morales en una sociedad a lo largo del tiempo.

La variación que se observa entre diversas culturas en los juegos económicos [tipo "dictador" o “"ultimátum"] sugiere que la cultura puede contribuir a cómo la gente construye su concepción de la justicia 

  Se menciona el ejemplo de pueblos que están adaptados a una forma estricta de reciprocidad y que han interiorizado este mecanismo lógico inconscientemente. Por ejemplo, el caso de la cultura en la que tú no puedes hacer un regalo a alguien sin esperar que te sea devuelto equitativamente; en una cultura así se puede considerar ofensivo tanto que no te devuelvan el regalo como que tú hagas un regalo a otro sabiendo que el receptor no está en condiciones de devolvértelo… 

Las reglas morales son un factor crucial en los procesos psicológicos que llevan a los juicios morales (…) Las reglas morales pueden jugar un papel causal importante en las inferencias sin que este proceso sea accessible conscientemente   

  Uno de los pocos principios morales que podrían ser considerados universales sería el de la intención del que actúa moral o inmoralmente… Sin embargo, incluso el Código Penal considera de forma muy diferente los actos según las consecuencias, con relativa indiferencia en cuanto a la intención. Y esto se basa en principios emocionales:

La gente le atribuye casi tanta culpa a las malas intenciones como a las malas acciones, pero casi nunca se alaba las buenas intenciones en comparación con las buenas acciones 

La gente está dispuesta a decir que un agente es responsable por un daño severo incluso cuando el comportamiento de ese agente es solo muy ligeramente negligente, mientras que se niegan a decir que el agente es responsable de daños ligeros a menos que el agente sea muy negligente


  La explicación puede estar en la conveniencia de que se exija más atención a la hora de efectuar actos con consecuencias graves para el bien ajeno, por mucho que se tenga buena intención. En nuestra cultura actual, un acto mal intencionado que daña levemente a uno no puede valorarse peor que una negligencia que mata a cien por el motivo práctico de la utilidad preventiva del reproche.

  Otra cuestión es el situacionismo: el factor emocional causado por el entorno que interfiere en el juicio moral

Se ha descubierto que los sujetos que acaban de encontrar una moneda son veintidós veces más propensos a ayudar a una mujer a la que se le han caído unos papeles que los sujetos que no han encontrado la moneda (…) Es cinco veces más probable que se ayude a un hombre aparentemente minusválido al que se le han caído unos libros cuando el ruido ambiente está a niveles normales que cuando hay cerca una ruidosa segadora de césped.

   La conclusión positiva que podemos alcanzar a este respecto es que, conociendo los factores que influyen en el comportamiento moral, podemos influir en ellos. 

Existe un importante papel a jugar por la razón práctica. Por ejemplo, la formulación proactiva de metas y actitudes personales que apunta explícitamente a factores situacionales pre-identificados como problemáticos podría en ocasiones disminuir la influencia de las tendencias automáticas indeseables

     Tal como muestran los experimentos en psicología social, podemos ejercer algún control sobre los factores situacionales ya que no ser inmunes a ellos. Si sabemos que ponernos de buen humor por haber encontrado una moneda nos predispone a ayudar a otros, entonces sería una buena idea –práctica- el tratar de darnos los unos a los otros momentos agradables que favorecerían en general una actitud positiva y altruista. No se trataría tanto de tirar monedas al suelo, sino de intencionadamente ejecutar comportamientos amables y otros detalles que estimulen actitudes positivas en los demás.

Hay todavía un importante papel para la aplicación estratégica de los poderes individuales de deliberación, automonitorización y autocontrol, [pero] debe ser suplementado con atención sistemática a la manera en que los procesos cognitivos internos interactúan con factores del entorno tales como las relaciones interpersonales, marcos sociales y organización, y estructuras institucionales

  Este comentario se hace en este libro, precisamente, con razón de los terribles experimentos de psicología social del tipo “Milgram" (dañar a otros por obediencia). Si queda demostrado que los factores del entorno pueden llegar a ser decisivos –por ejemplo, que estemos habituados a obedecer las jerarquías y las exigencias que son manifestadas en actitud autoritaria-, una buena prevención será siempre eludir ese tipo de relaciones personales en la vida cotidiana, incluso aunque nos parezcan necesarias, y buscarles alternativas.

  Creer sobre todo en la fuerza de la voluntad y en el carácter inamovible de las convicciones morales (deontología) podría ser un grave error a la hora de enfrentarnos a situaciones inesperadas del mundo real. La alternativa informada por las ciencias sociales tiene que ver con que participemos en el control del propio entorno y en que predispongamos a los individuos (sobre todo a nosotros mismos) a actuar en su propia mejora moral conociendo los obstáculos a los que han de enfrentarse. Este conjunto de acciones sociales con efectos generales a favor del comportamiento moral (emocionalmente interiorizado) es lo que llamamos “moralización”.
 
La moralización, que crucialmente implica elementos emocionales, ha tenido efectos en la promulgación del vegetarianismo y en el descenso de la aceptabilidad de fumar. 
 
  El proceso de moralización es el fenómeno esencial del desarrollo civilizatorio y se refiere, desde luego, a cuestiones mucho más graves que el vegetarianismo o dejar de fumar, tales como los derechos humanos o la justicia social. Hoy por hoy el proceso de moralización no es objeto de una acción social específica, sino que se desarrolla de forma evolutiva a partir de múltiples acciones sociales inconexas (religión, educación, reformas legales, cambios económicos…). Queda para el futuro una organización coherente y racional del proceso de moralización, que sería a su vez la primera elaboración intencionada racional y a gran escala del proceso de civilización.

viernes, 5 de agosto de 2016

“Por qué Europa conquistó el mundo”, 2015. Philip T. Hoffman

    Philip T. Hoffman, historiador y economista, aborda una cuestión muy debatida en los últimos tiempos: ¿qué había de especial en los pueblos de Europa que acabó llevándolos, no solo al dominio político, sino también a imponer su cultura y su pensamiento a los demás pueblos del mundo? Esta cuestión nadie se la hubiera planteado hace un siglo, pues se suponía que era una consecuencia natural de la superioridad de la civilización sobre la barbarie, pero hoy, aparte de que somos menos racistas, también sabemos que, en Asia sobre todo, existían brillantes y muy avanzadas civilizaciones que solo en los últimos siglos quedaron a merced del poder político de Europa Occidental.

¿Por qué los europeos fueron los únicos que acabaron subyugando el mundo? ¿Por qué no los chinos, los japoneses, los otomanos de Oriente Medio o los asiáticos del sur? En algún momento, uno u otro pudieron presumir de poderosas civilizaciones y, a diferencia de los africanos, los aborígenes americanos y los habitantes de Australia y de las islas del Pacífico, todos ellos tuvieron un temprano acceso a las mismas armas que empleaban los europeos. Y si nos remitimos al pasado, todos parecían candidatos más fuertes que los europeos. Entonces, ¿por qué no acabaron tomando el control?

  Existe una teoría clásica: el cristianismo. No tanto el cristianismo en el sentido devoto de una filosofía de vida pacifista y conciliadora que surge ex novo con su asombroso profeta crucificado, sino el cristianismo que sería la formulación definitiva de una búsqueda de acción social ética que habría comenzado con el pensamiento griego y sería después reconducida por el judaísmo helenizado, encontrando en el grandioso Imperio Romano el marco político propicio para su consumación.

  Esta teoría no es la de Hoffman, desde luego, ni la de otros pensadores y eruditos que menciona (tal como aparece en los libros, por ejemplo, de Jared Diamond y Acemoglu y Robinson). Philip T. Hoffman comienza en cambio señalando algo tan materialista como “el dominio de la pólvora”: el armamento superior que dio a Europa la capacidad para conquistar militarmente a las otras civilizaciones.

Con el dominio de la tecnología de la pólvora, los europeos hicieron que el imperio otomano perdiese la categoría de gran potencia y asimismo iniciaron la conquista de la India, todo ello en el siglo XVIII. (…) A finales del siglo XVII, si no antes, la tecnología y la táctica de chinos, japoneses y otomanos habían quedado muy por detrás de las que se empleaban en Europa occidental. También pudieron adoptar las últimas innovaciones militares y a veces mejorar la tecnología de la pólvora por sí mismos, pero no pudieron mantener el ritmo implacable de la innovación militar marcado por los europeos. ¿Por qué estos otros poderosos estados quedaron rezagados, antes incluso de que empezase la revolución industrial?

  La teoría de Hoffman alude a una “historia política” que permitió a naciones como Portugal, Francia, Inglaterra o Holanda el desarrollo de este formidable nuevo armamento. Para empezar, Europa estaba dividida en reinos “medianos” (ni demasiado pequeños, ni del tamaño de imperios) que luchaban constantemente entre sí. La guerra era la principal actividad de los reyes y sus caballeros…

Los incentivos sesgados de los príncipes europeos y la indivisibilidad de los botines en sus guerras explican al menos por qué la temprana Europa moderna se veía asolada por hostilidades prácticamente constantes

En Europa, la situación política permitió movilizar enormes sumas de dinero para ejércitos y barcos, y la situación militar favoreció la tecnología de la pólvora, la cual, por ser una novedad, tenía un gran potencial de mejora mediante el aprendizaje por la práctica que se produjo en Europa antes de 1800. En otros lugares, y pese a que las guerras eran frecuentes, los incentivos políticos y militares no favorecían este resultado, y esta es la razón por la cual los europeos fueron quienes más hicieron avanzar la tecnología de la pólvora. (…) Pese a las ventas de armas y de servicios militares, el resto del mundo siguió rezagándose. Demasiados obstáculos políticos y militares bloquearon la transferencia al por mayor de la tecnología de la pólvora y la movilización de recursos a la misma escala que en Europa

  Al otro lado de la inmensa masa terrestre euroasiática está la civilización que tuvo sin duda más posibilidades de competir con los europeos para alcanzar la supremacía: China. Los chinos lograron su unificación como imperio más o menos en la misma época que los romanos. Hay incluso cierto paralelismo entre el imperio chino de la dinastía Han y el imperio romano de la dinastía Antonina. Incluso desarrollaron filosofías de vida que se parecían, como fueron el confucionismo y el estoicismo.

  Pero el imperio romano se fragmentó y jamás volvió a unirse…

La historia política comprende desde la temprana formación de un imperio chino en Asia oriental hasta los siglos que siguieron a la caída del imperio romano cuando Europa no tenía estados altamente desarrollados. La historia política desencadenó y mantuvo la competición, y actuó en contra de un resultado similar en cualquier otra parte de Eurasia. (…) La historia política es la causa principal, pero esto no significa que el resultado estuviera predeterminado en modo alguno. Un curso diferente de los acontecimientos, en algunos momentos cruciales, fácilmente hubiera podido hacer que otra potencia llegase a ser el amo del mundo. Si los descendientes de Carlomagno no hubieran empezado a luchar unos contra otros y los mongoles no hubieran sometido al imperio chino, entonces nos preguntaríamos por qué China conquistó el globo.

  A resultas de la fragmentación política, Europa habría desarrollado una cultura guerrera, de reyes pendencieros constantemente enfrentados con sus vecinos, mientras que China desarrollaría un imperio unido, burocrático, donde el servicio público en el funcionariado por parte de la clase alta habría reemplazado el afán de gloria militar de los caballeros.

Hoy en día se supone que los dirigentes políticos tienen que proporcionar prosperidad, seguridad, ayuda después de las catástrofes y paz. Pero las expectativas eran absolutamente diferentes para los monarcas que ejercían el poder en la temprana Europa moderna. Estos «no debían tener otro objetivo, pensamiento o profesión más que la guerra». Este era el principal consejo que el estadista y filósofo político Nicolás Maquiavelo ofreció (…) Excepcionalmente, algún pensador —entre los que destacan los humanistas Erasmo de Róterdam y Tomás Moro como ejemplos aislados— podía arremeter contra todos los príncipes implicados en las guerras, pero sus críticas aisladas no hacían más que recalcar la cruda realidad política. En cambio, los soberanos del otro lado del mundo parecían bastante menos belicosos. Esta es la conclusión a la que llegó el jesuita italiano Matteo Ricci [que se estableció en China a finales del siglo XVI]

  Y es de este constante enfrentamiento entre monarcas europeos que surgiría el perfeccionamiento del armamento y las tácticas guerreras.


El modelo de la competición puede decirnos por qué [Europa se convirtió en la gran fuerza militar del mundo] y también puede proporcionarnos más información. Puede explicar no sólo por qué los chinos, japoneses, indios, rusos y otomanos quedaron rezagados, sino por qué innovaron cuando lo hicieron. (…) El modelo de la competición impone cuatro condiciones para impulsar la tecnología de la pólvora: las guerras frecuentes, un gasto militar masivo, el uso preferente de la tecnología de la pólvora en vez de otras tecnologías más antiguas y pocos obstáculos a la hora de adoptar innovaciones militares, incluidas las de los oponentes.

  Pero esta teoría presenta algunos problemas… Para empezar no parece correcto equiparar la sátira de denuncia política de Maquiavelo a una visión realista de la filosofía política europea: ya desde César Augusto la paz era un objetivo político, con independencia de que existiera el ideal de gloria militar –también existía en China-. Y en general resulta poco creíble el planteamiento “contrafactual” de que

si Ludovico no hubiera desbaratado sus planes hereditarios, el imperio de Carlomagno hubiera podido permanecer intacto durante varias generaciones. (…) Europa occidental habría podido permanecer unificada durante largo tiempo, como lo estuvo China bajo las dinastías Qin y Han. Entonces, el emperador occidental se habría convertido en un líder hegemónico europeo, al igual que los emperadores chinos. Con el tiempo, también hubiera tenido que vérselas con los nómadas del este y combatir en guerras de galeras en el Mediterráneo. Sus sucesores no hubieran tomado el liderazgo en el desarrollo de la tecnología de la pólvora, y Europa no habría conquistado el mundo.

   Tampoco resulta muy  convincente lo de la “guerra contra los nómadas” que es mencionado con bastante frecuencia, relacionado con el uso de un armamento más primitivo:

Hasta mediados del siglo XVII, los principales enemigos por tierra de los rusos eran los nómadas tártaros. Las armas de fuego les ayudaron a luchar contra ellos, especialmente si las desplegaban tras las líneas fortificadas, pero la caballería armada con arcos y sables eran armas más efectivas, como en China. Los otomanos también confiaban en la caballería, porque gran parte de sus conflictos (contra los tártaros o contra los persas) conllevaban escaramuzas e incursiones fronterizas

  Supuestamente, un imperio unificado, como el chino, el persa y el ruso (¿y también el romano?), solo tiene que defenderse de los nómadas de las praderas, y contra los jinetes nómadas los avances armamentísticos no tienen gran importancia. No se profundiza en este tema, y uno se pregunta por qué los rusos y otros pueblos del Este de Europa dejaron de preocuparse por la amenaza de los nómadas después del siglo XV, con la liquidación del imperio del último gran caudillo nómada, Tamerlán. ¿La derrota posterior de los nómadas (se menciona el siglo XVII) entonces no estuvo relacionada con el desarrollo de las armas de fuego?

  En cualquier caso, según este planteamiento, China ya no tenía enemigos contra los que desarrollar la tecnología militar. China descuidó la milicia y así llegó su ruina al ser fácilmente vencida por los europeos en las infames guerras del Opio.

  Pero la principal objeción es que el autor se contradice cuando señala que, aparte de que las naciones nunca crearan imperios unificados, además…

La innovación militar (al menos la que se produce con el aprendizaje por la práctica), requiere que haya guerra, pero la guerra sola no basta. También tiene que haber unas grandes inversiones para librarla, lo que exige un premio valioso y un bajo coste total de la movilización de recursos.(…) Los monarcas de Europa occidental que consiguieron reunir recursos a un coste político bajo lo hicieron al final de la Edad Media o en los inicios de la propia época moderna, cuando se ganaron el derecho de recaudar sumas considerables de impuestos permanentes

La cristiandad (…) posiblemente facilitó el comercio, proporcionando una base común para la moralidad y el derecho (incluyendo una manera de crear organizaciones con una personalidad legal independiente), en la era anterior a los estados fuertes. 

[La] disminución de los índices de muerte violenta de los reyes europeos [cayó] desde unas astronómicas 23 a 25 muertes de gobernante en mil años en el siglo VII (unas cuatro veces la tasa de mortalidad actual de los soldados en plena batalla), hasta menos de tres muertes de gobernante en mil años en el siglo XVI.  (…) Desde la época carolingia en adelante sus consejeros del clero pusieron aún más énfasis en la virtud cristiana de la misericordia que supuestamente reyes y príncipes debían mostrar

  Esta tendencia a una violencia política menor contrasta con lo que sucedía en otras naciones, como Turquía o la India.
 
[El] valor [del premio para los gobernantes guerreros] se vio reducido por el conflicto en el seno de las familias indias poderosas por la sucesión a un trono o por los derechos a gobernar.  Los conflictos de este tipo, que se habían convertido en algo raro en Europa en la Baja Edad Media, en la India redujeron el valor del premio para los vencedores al aumentar las probabilidades de que un príncipe u otro gobernante no pudiera disfrutar los frutos de su victoria

  Todo esto parece estar haciendo referencia a explicaciones de otro tipo, más en el sentido “cristiano” de lo que el autor en un principio quiere reconocer. La riqueza de Inglaterra y su consecuente poder imperial en el umbral de la revolución industrial tendrían también un origen civilizatorio y ético

Los reyes de Francia hubieran podido querer que su armada imitase a los ingleses, pero ciertamente no estaban dispuestos a crear una asamblea política nacional para después otorgarle todos los poderes para pedir créditos, gastar y decretar impuestos que el Parlamento tenía en la Inglaterra del siglo XVIII.

  Recordemos el origen inmediato de Revolución Francesa: la guerra por la independencia de los Estados Unidos -que supuso precisamente una de las pocas derrotas militares británicas del siglo XVIII- le costó mucho dinero al rey francés, y por eso después del conflicto hubo de convocar al parlamento de los “Estados generales” a fin de obtener más ingresos que pagaran sus deudas. La burguesía –el "Tercer Estado”- exigió, sin embargo, al igual que en el caso británico, más poder político y más reconocimiento de derechos a cambio. Las resistencias del Rey, la aristocracia y el clero llevaron a una crisis política con consecuencias inesperadas.

La cultura explica gran parte de la diversidad entre las sociedades humanas, y sobre todo las diferencias en las normas de conducta en los experimentos relacionados con el bien público

Los menores costes políticos permiten a las grandes potencias recaudar impuestos, estas pueden emplear los ingresos para aumentar su burocracia fiscal o para construir un ejército o una flota naval mayor.

  De modo que resultan menos creíbles las otras explicaciones: que los europeos eran más guerreros, que la guerra contra los nómadas no exige desarrollar las armas de fuego o que hubiera bastado un Emperador poderoso para que Europa siguiera un curso histórico parecido al del imperio chino.

  Señalemos, por cierto, que el autor considera que algo que caracterizaba a los estados europeos era, aparte de estar en guerra constante por la búsqueda de gloria de sus reyes, el que recaudaban una enormidad de impuestos, lo cual, obviamente, solo podía hacerse imponiendo más penurias a los súbditos… Por lo tanto, de ser esto cierto, los europeos no habrían conseguido el dominio de la fuerza por ser más civilizados que los otros pueblos de Eurasia…

Los impuestos en Europa occidental eran realmente abrumadores para los estándares euroasiáticos. La prueba más evidente de ello procede de la comparación de los ingresos fiscales entre los países de Europa occidental y los del imperio otomano

[Con] bajos impuestos per cápita, a largo plazo no fue suficiente para que los emperadores [chinos] igualasen las enormes sumas de ingresos fiscales amasadas y después pródigamente empleadas en la guerra por los gobernantes de Europa occidental. (…) Ello no significa que fuesen más pobres, puesto que probablemente sus poblaciones estaban mejor.(…) En gran parte de Europa occidental, incluso en 1800, los salarios no eran superiores a los de las zonas más ricas de Asia. 

  Quedaría quizá para otra discusión el saber si, realmente, chinos, indios y turcos eran más humanitarios que sus contemporáneos europeos al oprimir menos con sus impuestos. La crueldad de muchos rasgos de la civilización china (la atroz represión de las rebeliones de los campesinos), de Turquía (castigos penales terribles) y de la India (sistema de castas) han sido considerados usualmente signos de atraso civilizatorio. Pero, por lo visto, esto es discutible, y merece ser examinado de cerca… Aparentemente, Philip T Hoffman no considera que los no-europeos y no-cristianos fuesen más brutales.

  Finalmente, aparte de China, y en lo que se refiere meramente al aspecto político y militar, es de interés fijarse en el caso del poderosísimo imperio otomano, una especie de “Unión Soviética” o nueva Esparta gigantesca que incluso era admirada por muchos intelectuales europeos entre el Renacimiento y la Ilustración.

Al confiar en esclavos militares, un gobernante militar tenía menos razones para negociar con las élites que los gobernantes del Occidente medieval, más débiles. Lo que Maquiavelo consideró una fuente de fortaleza —que los emperadores otomanos no tuviesen que negociar con las élites locales sobre sus derechos— al final supuso una demoledora debilidad, ya que debido a ello los sultanes musulmanes nunca recibieron las recaudaciones de impuestos permanentes que las negociaciones finalmente concedieron a sus homólogos occidentales

  Así que el gran imperio unificado otomano no fue capaz de vencer a los estados divididos europeos, a pesar de que en lo que a desarrollo militar se refiere, los otomanos tenían pocos rivales, por lo menos hasta el siglo XVIII (cuando Austria y Rusia comienzan a derrotarlos sistemáticamente). Así que cabe preguntarse si lo que les faltaba era una cultura ética que permitiera sustentar un sistema político eficiente… Sistema político que, a la vez, da lugar a un sistema económico, porque aunque hoy solemos ver al capitalismo como una fuerza maligna de desigualdad y opresión, su origen es relativamente “bondadoso”

En Europa occidental, los emprendedores privados fácilmente podían aprovecharse de la generalizada familiaridad con la tecnología de la pólvora y emplearla para expediciones privadas de tipo comercial, de exploración y conquista. Pocos eran los obstáculos que se interponían en su camino, y no era difícil reunir dinero ni organizar sociedades colectivas o iniciativas corporativas para financiar sus empresas, que desempeñaron un papel esencial en la conquista europea del mundo. (…) La historia política (…) hizo que los gobernantes europeos fueran más proclives a confiar en las iniciativas militares privadas

  Los emprendedores privados eran gente de clase inferior, mercaderes, prestamistas, pequeños industriales… Un poder político fuerte y absoluto los hubiera aplastado fácilmente. Que los reyes europeos les permitieran desarrollarse a cambio de más impuestos fue un caso de clara tolerancia y no de cálculo (nadie podía prever cómo iban a desarrollarse en el futuro estas pequeñas iniciativas del poblador urbano libre). Ni en China ni en Turquía se les dio esas oportunidades.

  Tolerando la industriosidad de los negociantes y artesanos, los reyes europeos se enriquecieron. A cambio de los impuestos que pagaban, estos “protoburgueses” (los habitantes de las ciudades de la Baja Edad Media y el Renacimiento) recibieron ciertas concesiones políticas (los primeros parlamentos) y un estatus social gradualmente más elevado. La industriosidad repercutió también, naturalmente, en el desarrollo de las armas basadas en la pólvora. Más dinero, más armas, más ímpetu comercial, más vida urbana, más viajes y exploraciones…