lunes, 25 de septiembre de 2017

“Yanomamö”, 1992. Napoleon Chagnon

  Como bien afirma Edward O Wilson en el prólogo del libro, este “Yanomamö” del antropólogo Napoleon Chagnon se ha convertido en un clásico (en realidad, se trata de la versión corregida y ampliada de un libro anterior, “The Fierce People”- "el pueblo feroz”).

  Es un clásico por varios motivos: por la extensión y minuciosidad del estudio de la sociedad tradicional de los yanomamö a lo largo de casi tres décadas, por lo contundente de sus conclusiones (los yanomamö serían un pueblo cuya cultura está fundamentalmente condicionada por la agresión y la guerra) y por la encendida polémica que ha dado lugar.

Elegí [estudiar] la guerra al comprender que ésta era la principal preocupación de los yanonamö y que afectaba a todo lo que hacían. Mis primeros estudios fueron de naturaleza muy distinta: qué comían y cuánto comían.(…) [Pero] en la zona de mi estudio, al menos una cuarta parte de los varones adultos ha muerto por causas violentas. 

Algunos antropólogos culturales no creen que la guerra haya tenido nunca una importancia significativa en nuestro pasado evolutivo (…) De ahí que en determinados casos se vean obligados a ofrecer todo tipo de explicaciones  para justificar la violencia o la guerra, la más común de las cuales es que allí donde hay guerra, ésta ha sido introducida por poblaciones foráneas. 

   Ya desde hace unas décadas nos encontramos con un debate público que va mucho más allá de las controversias académicas de antropólogos y psicólogos sociales, un debate que puede trasladarse a todo tipo de cuestiones humanistas: el debate entre “rousseaunianos” y “hobbesianos”. Los “rousseaunianos” –por ejemplo, los marxistas- consideran que la naturaleza humana es pacífica y armoniosa, y que en el principio existía una especie de paraíso primitivo que fue después corrompido por instituciones extrañas como la religión, la jerarquía y la propiedad privada; los “hobbesianos” –por ejemplo, Napoleon Chagnon… y Sigmund Freud- consideran que la naturaleza humana es agresiva y que precisamente la causa principal de la evolución cultural y civilizatoria es controlar esta agresividad en la medida de lo posible.

  Chagnon, desde luego, no olvida señalar al

mito del buen salvaje, esa ingenua visión del hombre primitivo tan querida por los antropólogos moralmente correctos.

 E incluso apunta que

la mayoría de los antropólogos aplicados que trabajan con los yanomamö consideran que solo deben recopilarse y publicarse los datos “políticamente correctos” (…) Me parece paternalista esa actitud que postula que las personas inteligentes no sentirán simpatía o desearán ayudar a los yanomamö porque a la postre estos tienen los mismos defectos sociales, emocionales y políticos que nosotros.

  El pueblo de los yanomamö se compone de una extensa comunidad de aldeas en las selvas del alto Orinoco, en los territorios más recónditos de las repúblicas sudamericanas de Venezuela y Brasil. Como son bastante numerosos, han sido estudiados por muchos observadores, y Chagnon los considera característicos del “hombre en estado de naturaleza”. Ciertamente, en sus costumbres y forma de vida recuerdan a otros pueblos tradicionales de Nueva Guinea o África Central. Con todo, al lector atento puede sorprenderle que, más que cazadores-recolectores estrictos, sean agricultores semi-sedentarios (trasladan sus poblados y huertos con relativa frecuencia) y que sus poblados pueden superar el “número de Dunbar” –ciento cincuenta individuos como máximo- que se considera propio de la demografía de las hordas de cazadores-recolectores. Pero en lo demás, los hábitos cinegéticos, la simplicidad de tecnología y religión, y la compenetración con la naturaleza, sí que parecen corresponder con bastante aproximación a la imagen clásica del “hombre prehistórico”.

  ¿Por qué son violentos los yanomamö?

De vez en cuando surgen rencillas entre tribus a partir de conflictos individuales. La sospecha da paso a acusaciones de brujería.

Los niños son invitados a ser fieros, y rara vez se les castiga por pegar a sus padres o a las niñas indefensas de la aldea.

Pegar a una mujer con un garrote es una demostración de poder que no entraña demasiados peligros para el hombre, a menos que la mujer tenga hermanos agresivos en la aldea que acudan en su auxilio. Parecía importante para los hombres demostrar sus dotes violentas maltratando a una mujer, pues con ello enviaban a otros hombres el mensaje de que exigían ser tratados con circunspección, cautela e incluso deferencia.

La mayor parte de las luchas entre aldeas tiene su origen en cuestiones sexuales 

  La verdad es que en estos párrafos y en otros parecidos encontramos un panorama que no es extraño que indigne a quienes luchan porque el mundo preserve el estilo de vida ancestral de los Yanomamö. Y lo más chocante es que el mismo Chagnon también opine que

los yanonamö (…) son esencialmente como cualquiera de nosotros, pues la condición humana es universal. (…) Los guerreros yanonamö (…) guerrean para proteger y defender a su pueblo. (…) Para casi todo el mundo, incluidos los yanonamö, la guerra es repugnante, y todos preferiríamos que no existiera (…) Si pudiéramos librarnos de la gente mala no habría ninguna guerra.

¿”Gente mala”?, ¿”defender a su pueblo”? Por lo que nos cuenta sobre los yanomamö, siendo la guerra y la agresión su estilo de vida, con rencillas y venganzas que parecen generarse más bien gratuitamente y que se prolongan durante generaciones, la impresión que producen es una dinámica social por el estilo de la teleserie de “Los Soprano”. Porque no parece existir una diferenciación clara entre la guerra y las reyertas personales. El nexo es, claramente, la solidaridad familiar: hermanos, padres e hijos, tíos, sobrinos y primos se ven constantemente implicados en luchas cuyo origen, por lo que parece relatar Chagnon, se encuentra en acciones individuales.

Varios niños murieron en la aldea de los bisaasi-teri. Los chamanes del poblado empezaron a sospechar que sus vecinos lanzaban maleficios en secreto (…) [Un visitante de la tribu vecina es asesinado en el poblado por uno de los bisaasi-teri], varias mujeres llevaron su cadáver hasta su aldea natal. Comenzó así la guerra

  Chagnon comenta que se trata de individuos en particular que comienzan la reyerta, sobre todo para ganar prestigio como “fieros”. El grupo respalda al agresor y las sucesivas venganzas ya resultan imparables.

  De hecho, no se nos aclara cómo se viven estas situaciones desde el punto de vista del juicio moral, lo que supone una sorprendente laguna en un libro que es obra de alguien que habla la lengua yanomamö a la perfección y ha llegado a intimar mucho con estos hombres. Por ejemplo, cuando enumera las tácticas de agresión entre grupos menciona

[la] traición, conocida  como (…) estrategia ruin (…) la máxima modalidad de violencia entre los yanomamö

  De hecho, la narración inicial del asesinato –no podría llamarse de otra manera- del invitado cuya tribu era acusada de brujería, es un claro caso de traición. Al visitante se le ofrece comida por hospitalidad, y mientras la consume alguien lo mata atacándolo por la espalda. Lo asombroso –de Chagnon- es que no se hace el menor comentario al respecto sobre si esta acción era merecedora o no de reprensión por parte de los otros hombres de la aldea. Aparentemente no. Entonces ¿cómo puede decirse que la guerra es vista por los yanomamö como indeseable, y causada por culpa de la “gente mala”?

  Además, aparte de lo ya mencionado sobre la educación para la ferocidad de los niños y los malos tratos a las mujeres, tenemos importantes apuntes sobre la conducta cotidiana de los hombres yanomamö –las mujeres son menos agresivas-

Me resultó de lo más difícil aprender a convivir con sus incesantes, encendidas y a veces agresivas demandas (…) Los yanonamö no aceptaban un no por respuesta a menos que mi negativa se hiciera con la misma pasión y agresividad (…) Para llevarme bien con los indios tuve que intentar ser como ellos: un poco ladino, agresivo, amenazante y avasallador. (…) Buena parte de su intimidación estaba calculada para determinar mi umbral de tolerancia o desesperación.

  Al igual que en las comunidades del hampa (o los cuerpos militares de élite…), los recién llegados parecen ser forzados a pasar por ritos de iniciación que incluyen el afrontar abusos y provocaciones a los que se ha de responder demostrando determinación y capacidad para una “amenaza creíble”; después, para evitar la autodestrucción del grupo de individuos agresivos, se establecen normas de honor, así como ciertas costumbres familiares y tradiciones funcionales de la vida económica y de alianzas de fuerza, pero

muchos yanomamö violan las normas, especialmente aquellas por las que se rigen las relaciones de parentesco y el matrimonio

[Un hombre] no dudaría en violar [las normas] si en algún momento estas se interpusieran en su camino, en el sentido de incluir en la categoría de mujer casadera a quien en realidad no le correspondiera tal lugar (…) En la cultura yanomamö un hombre puede actuar de este modo con éxito y confianza solo si está en condiciones de defender su quebrantamiento de la norma, lo que en buena parte depende de lo creíbles que resulten sus amenazas: de su fiereza.

  ¿Llevan viviendo así miles de años? Es interesante entonces observar con más detalle los límites a la violencia que existen entre ellos. Que una tercera o una cuarta parte de los varones acaben muriendo en reyertas (y que todos exhiban notorias cicatrices de sus peleas, de las que se muestran muy orgullosos) puede parecer una cifra incluso moderada dado tal estado de cosas. Pero si los yanomamö han perdurado es porque han controlado sus pérdidas hasta cierto punto. Probablemente hubo tiempos aún peores…

Los yanomamö sienten pavor ante la idea de convertirse en caníbales, como si creyeran que los seres humanos tienen una predisposición inherente que puede llevarlos a devorar a otros miembros de su especie, una acción que para ellos es repugnante, pero también una posibilidad muy real que ha de combatirse en todo momento (…) Comer animales que se han convertido en mascotas domésticas (…) equivale para los yanomamö a un acto de canibalismo (…) Nada desagradaba más a los yanomamö que mis comentarios  sobre el consumo de animales domésticos, como vacas y ovejas

  Algunos controles son de tipo grupal: si una aldea es atacada, entonces tienen que encontrar aliados que impidan a los enemigos destruirlos por completo

Han desarrollado modelos de alianzas destinados a limitar los conflictos (…) [Pero] la mayoría de las alianzas termina por resquebrajarse. La amistad da paso a la hostilidad

  Y a nivel individual

Las tres formas de violencia más inocuas –los puñetazos en el pecho, los golpes en el costado y los duelos con garrote- permiten a los contendientes expresar su hostilidad y quedar en términos relativamente pacíficos pasado el combate. La cultura yanomamö fomenta las conductas agresivas, pero también proporciona un marco para mantener esa agresividad bajo control.

  Además, tienen jefes, si bien la jefatura carece del autoritarismo jerárquico que a nosotros nos es familiar, lo que, por una parte, parece incluso amable, ya que el jefe

se limita a dar buen ejemplo, y los otros lo siguen si les parece oportuno, aunque también pueden no hacerle caso, pero siempre recurren a él cuando se encuentran en una situación difícil.

  Sin embargo, quizá un jefe más enérgico podría evitar los abusos de las normas, limitar la agresión traicionera del que compromete a toda la aldea en una guerra contra los vecinos o tratar de moderar la raíz agresiva del comportamiento cotidiano ¿Sólo la autoridad poderosa puede moderar la violencia de todos contra todos? Eso es lo que pensaba Hobbes…

    Un detalle interesante es que Chagnon encontró ciertas diferencias entre los yanomamö que vivían en las montañas –un medio económicamente más pobre- con respecto a los que vivían en el llano

Muy pocos hombres en las montañas son (…) individuos que han participado en la matanza de otros hombres. (…) [Por otra parte,]  la vida en estas zonas resulta mucho más dura (…) [Son] refugiados que han huido de comunidades mayores para buscar seguridad en las tierras altas y escarpadas, donde la vida es más difícil pero la estabilidad política es mayor y los conflictos menos frecuentes. Estos grupos son más reducidos, menos violentos y más amables; cuentan con menos guerreros e inferiores porcentajes de poligamia, mujeres secuestradas y muertes violentas
 
    (La mención a la poligamia es importante, pues Chagnon considera probado que el guerrero más agresivo se ve socialmente recompensado al conseguir más mujeres y por tanto más descendencia: éxito reproductivo de los violentos)

  Esto contradice la teoría de que es la pobreza la que embrutece a los individuos en la lucha por los recursos. Chagnon asegura –aunque no es del todo convincente- que los yanomamö cuentan con comida más que suficiente, y que incluso apenas dedican tres horas diarias de promedio al trabajo. ¿Cuál sería entonces el origen de la extraordinaria violencia entre los yanomamö, si no tiene que ver con la escasez de recursos?  Lo que se insinúa es que, simplemente, los yanomamö son representativos del estado de naturaleza humano y que lo excepcional no es la violencia, sino el control de ésta.

   ¿Es la vida del hombre en estado de naturaleza una especie de infierno? Tal vez no: desde un punto de vista filosófico, quizá la violencia no sea lo peor de todo. Chagnon encuentra cosas positivas entre los yanomamö desde cualquier punto de vista, como la riqueza de su vida sexual, el contacto con la naturaleza, las fiestas e incluso un rasgo que a todos nos parecerá positivo: el amor a los niños. Pone como ejemplo cierta ocasión en que un hombre iba a acompañarlo en un viaje que parecía interesarle mucho.

[Su hijo pequeño] empezó a llorar y despertó el instinto paternal (…)  Cogió en brazos a su hijo “No puedo ir contigo. [Mi hijo] me echará de menos y se pondrá triste”

  Esta fuerza del amor filial compensa en parte la ausencia del amor romántico entre hombre y mujer, cuya existencia no consta a Chagnon. Y tampoco parece saberse nada de otras invenciones culturales más modernas, como el perdón, la reconciliación y la amistad y la hospitalidad incondicionales.  Esta aparente pobreza de las cualidades que solemos calificar de propiamente “humanas” ¿implica que los yanonamö no solo son “tradicionales”, sino también “primitivos”, en el sentido absoluto del término?

viernes, 15 de septiembre de 2017

“La maldición de la autoconsciencia”, 2004. Mark R. Leary

El “yo” se refiere al aparato mental que permite a la gente (y a unas pocas especies de animales) pensar conscientemente sobre sí mismos

  Pensamos, luego existimos. Nada es más importante que nuestra propia existencia, y sin embargo, el origen de la existencia del “yo“ autoconsciente en el Homo Sapiens se encontraría en resolver algunos problemas prácticos de la vida cotidiana de nuestros lejanos antepasados cazadores-recolectores y no tanto en realzar el valor de nuestra propia existencia.

Un animal con un “yo” puede crear representaciones mentales de sí mismo, lo que le permite pensar sobre sus propias características y comportamientos

Es posible que la principal función del “yo” sea proporcionar una forma de que la gente supere sus inclinaciones automáticas

  Si nuestra existencia consciente es la que da valor a nuestras vidas (porque nosotros mismos somos los que la valoramos), ¿cómo se puede llegar a decir que la autoconsciencia es una “maldición”? ¿No equivale eso a decir que es una maldición el haber nacido? Pero el psicólogo y neurocientífico Mark R Leary se refiere a otra cosa…

Comparados con las metas a corto plazo de nuestros antepasados prehistóricos, muchos de los resultados por los cuales luchamos hoy están situados muy lejos en el futuro (…) Debido a que las condiciones bajo las cuales vive la gente hoy son muy diferentes de aquellas bajo las cuales evolucionó la autoconsciencia, el beneficio que ésta proporciona se encuentra ahora acompañado por numerosos inconvenientes. (…) El “yo” es como los sistemas corporales que controlan la alimentación humana. La inclinación natural por el azúcar y las grasas que facilitaron la supervivencia de los humanos prehistóricos se ha convertido en un detrimento de la salud de las personas que viven en una sociedad que puede fácilmente obtener grandes cantidades de dulces y grasas en el supermercado o en un restaurante barato (…) Este libro es sobre el lado negativo –la maldición- de tener un “yo” autoconsciente en la vida moderna

Los humanos prehistóricos que vivían en un entorno limitado y conocido estaban probablemente menos perturbados por la autorreflexión que la gente de hoy. Con poca razón para mirar más allá de un par de días por delante, nuestros antepasados prehistóricos no se preocupaban mucho por su futuro. (…) Quizá los “yo” autoconscientes de la gente de la prehistoria eran más una bendición y menos una maldición de lo que lo son los de la gente de hoy.

Comprender cómo el “yo” crea muchos de nuestros problemas puede proporcionarnos importantes perspectivas acerca de la naturaleza de la condición humana y ofrecernos soluciones acerca de cómo podemos contraactuar muchos de los efectos negativos de la condición autoconsciente

    Uno de los peores efectos sería el de la “charla interior” cuando alcanza el estado de “rumiación”, cuando gira de forma insistente acerca de hechos lamentables pasados e irremediables… Para algunas personas, esto supone una tortura.

La mayor parte de la charla interior de la gente no le ayuda a anticipar problemas, afrontar dificultades o mejorar la cualidad de sus vidas. Ciertamente, la charla trata sobre todo con problemas del pasado y futuro, pero raramente esta clase de rumiación realmente ayuda a la gente a mejorar sus vidas

  La presencia constante de esta voz interna que nos retrotrae al pasado y especula, a veces muy fantasiosamente, acerca de nuestro futuro, es un fenómeno tan característico de nuestra existencia autoconsciente que cierto estudioso ha presentado una atrevida especulación al respecto:

Según [Julian] Jaynes, la gente de antes de 1000 ac [Era Axial] estaba de hecho “hablándose a sí misma” en sus mentes de la misma forma que se hace hoy; pero simplemente no lo sabían. No teniendo la capacidad de darse cuenta de que eran la fuente de las voces que oían en sus cabezas, llegaron a la conclusión razonable de que las instrucciones, ideas y avisos que recibían llegaban de fuentes externas

  De esa forma se explicaría en parte las creencias en seres sobrenaturales y su acción en la vida de los individuos, y cómo una percepción diferente habría llevado a innovadoras concepciones introspectivas de la religión (ya no se trataría de aplacar a las voces extrañas en nuestra propia cabeza, sino de comprendernos a nosotros mismos, que es algo muy diferente).

  Por todo ello, no ha de sorprendernos que la filosofía oriental haya tratado, por encima de todo, de acallar esta angustiosa inquietud…

Los sabios taoístas y budistas se dieron cuenta de que mucho del sufrimiento humano podía estar originado directamente en el “yo” autoconsciente

Las principales religiones orientales –hinduísmo, budismo  y taoísmo- así como muchas religiones indígenas, adoptan un punto de vista diferente [al de las religiones occidentales] para resolver el problema del “yo” autoconsciente. Más que intentar cambiar o controlar el “yo” como hacen las religiones occidentales, estas visiones del mundo intentan reducir los problemas creados por el “yo” al aquietarlo o incluso anularlo.

  No vendría mal considerar, en lo que se refiere a estas disciplinas en cierto modo de autoaniquilación, el que también

el masoquismo es, en el fondo, una forma de escapar del “yo” autoconsciente

  Sin embargo, la civilización que ha incrementado la capacidad del ser humano para controlar su entorno no ha ido por ese camino. Más bien parece que nos hemos adentrado cada vez más en la introspección: hemos desarrollado la literatura narrativa (novela), la psicología y el humanismo en general. Ciertamente, los males de la autoconsciencia, del “yo”, parecen evidentes –el estado de “flujo”, que tanta satisfacción proporciona, ¿no es una evasión de la autoconsciencia?- pero, al mismo tiempo, renunciar a la existencia autoconsciente nos resulta poco deseable… porque es precisamente lo que nos hace existir.

Si no podemos volver a una época anterior al “yo”, la única salida es hacia delante, a un estado de la mente en el cual usaremos nuestro “yo” cuando lo necesitemos, pero que no nos hará esclavos de cada capricho egocéntrico y egoísta. Podemos ser capaces de ir hacia un estado no egocéntrico al combinar con éxito (…) aquietar el “yo”, promover el ego-escepticismo, reducir el egoísmo y la actitud egodefensiva, y desarrollar un autocontrol óptimo.

Los cambios en cómo la gente intenta tratar el uno al otro [para mejor] reflejan la habilidad del ”yo” para juzgarse a sí mismo, imaginar un futuro mejor y controlar los impulsos más básicos de la gente. Irónicamente, el “yo” puede ser una de nuestras mejores armas contra el “yo”

  Entre los problemas que genera el “yo” autoconsciente y que el mismo “yo” autoconsciente podría ayudarnos a resolver tenemos unos cuantos que vale la pena enumerar:

La capacidad para autorreflexionar distorsiona nuestras percepciones del mundo, nos lleva a extraer conclusiones inexactas sobre nosotros mismos y otras personas, y así nos hace tomar malas decisiones basadas en información defectuosa

  La solución podría estar en intercambiar perspectivas con otros observadores en un marco de confianza… (Al fin y al cabo, existe también la teoría de que la autoconsciencia surge para lidiar con los problemas entre individuos dentro de una comunidad: aprender a tomar la perspectiva de los otros).

La ansiedad anticipatoria ante la muerte parece ser una característica únicamente humana

  Aquí una sugerencia va en el sentido de tratar este problema desde un punto de vista meramente práctico, como una fobia muy generalizada…

Uno debería reconocer lo absurdo de alimentar la propia infelicidad al reflexionar sobre el hecho de que uno no desea estar en un lugar determinado o que estar en otra parte sería mucho mejor

   La insatisfacción, al fin y al cabo, es el incentivo que nos permite superar los problemas y el conformismo no es tampoco lo solución. ¿Debemos conformarnos con hallar “el justo medio”? Quizá la solución sería buscar compensaciones a la infelicidad, de entre la gran riqueza de recursos en una sociedad bien organizada.

Visto desde la perspectiva de la teoría de la identidad social, mucho del prejuicio, discriminación y conflicto está basado en procesos por los cuales las personas piensan de ellas mismas como entidades sociales. A medida que la gente desarrolla su concepto de quiénes son, parte de su autodefinición incluye el grupo social y las categorías a las cuales ellos pertenecen. (…) Lo que la gente no llega a apreciar es el grado en el cual las categorías que acostumbran a usar para distinguirse ellos mismos de otras personas son en general irrelevantes y arbitrarias (…) El “yo” autoconsciente convierte diferencias objetivamente triviales en gigantescos abismos de separación

  El sesgo endogrupal es, junto con la agresividad y el miedo a la muerte, uno de los grandes problemas de la existencia humana. Pero en cierto modo es una renuncia al “yo”, pues éste debería ser individual y no grupal.

La gente trata a los otros a los que incorporan como parte de sí mismos de forma diferente a aquellos que no ven como parte de su propio “yo”

  Lo mismo se puede decir de esta cuestión: desplazar el propio “yo” a la existencia de extraños, vivir "por delegación" en otros, implica, en cierto modo, desdibujar el bien definido “yo” individual…

Las relaciones de la gente se ven afectadas por la preocupación de evaluarse a sí mismos favorablemente. Nuestra elección de amigos y parejas, y cómo reaccionamos al éxito de estos amigos y parejas, se ven afectados por nuestro propio deseo de sentirnos bien con nosotros mismos

  Y todo esto forma parte de otro grave problema, muy relacionado con el “yo”, pero no necesariamente con lo esencial de la autoconsciencia, que es el amor propio, y que Leary no aborda en su libro directamente, aunque sí que hace referencia al ego de las personas con “alta autoestima”.

La gente con alta –no baja- autoestima es más probable que se muestre violenta cuando su ego se siente amenazado (…) La agresión es una reacción a una discrepancia entre la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros

    Hay algo original e incluso políticamente incorrecto en destacar que los egos violentos proceden de quienes tienen alta autoestima. Quizá no estuvieran entonces tan equivocados los mandatos cristianos acerca de la humildad. ¿Obra el humilde en contra de su existencia como “yo” autoconsciente? Pero el santo cristiano, a diferencia del santo budista o taoísta, no utiliza la humildad para evadirse de su autoconsciencia. Muy al contrario, el santo cristiano, al ser humilde, se centra en la propia percepción de una virtud autosuficiente que se construye a partir de la propia aceptación de su conciencia individual que busca ser objetiva, sin ocultar sus defectos y debilidades. Lo que combate la humildad no es el propio “yo”, sino la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros, es decir, uno de los efectos negativos de la autoconsciencia. Quizá una conclusión que se podría sacar de esto es que el error de la autoconsciencia se encuentra en tratar de exportarla al mundo social. Propiamente, la existencia autoconsciente es un asunto privado, el más privado de todos, y la autoconsciencia solo debería compartirse en un entorno extraordinariamente limitado y controlado que fuese propio de la extrema confianza. Por ejemplo, el entorno que propone el “amor cristiano”… que es accesible solo a los humildes (para los cuales el ego no es socialmente conflictivo). Este tipo de entorno es una propuesta especialmente innovadora para la existencia humana, sobre todo si tenemos en cuenta que el hombre primitivo –el “hombre en estado de naturaleza”- apenas conoce la privacidad, mientras que para el humilde que cultiva su propia virtud prosocial la privacidad lo es todo: en el cristianismo, incluso el esclavo es el único dueño de su propia alma que solo responde ante Dios (una abstracción de la virtud suprema).          

  Por otra parte, en tanto que nos desarrollamos como individuos en sociedad, nuestra existencia se correlaciona con un rol que se atiene a reglas funcionales dentro de un grupo. Ahí no habría cabida para la autoconsciencia. Es solo en el plano íntimo en el que, desarrollando una idea de virtud simbólicamente expresada, el individuo puede y debe cultivar su existencia autoconsciente y, bajo especiales condiciones culturalmente construidas, darle gradualmente forma dentro de un entorno comunitario que permita la más alta cooperación a todos los niveles. Un ejemplo de ello actual serían las relaciones familiares vinculadas por fuertes lazos afectivos. Quizá el futuro nos permita descubrir formas más extensas y adaptables a la vida social. Conocer los efectos contraproducentes de una autoconsciencia mal expresada puede ayudarnos a ello.  

martes, 5 de septiembre de 2017

“Nacidos para ser buenos”, 2009. Dacher Keltner

  Dacher Keltner es un psicólogo tan documentado como bien intencionado  que defiende las posibilidades del perfeccionamiento moral en el sentido de mejorar la convivencia, siempre teniendo en cuenta los descubrimientos científicos recientes.

Nacidos para ser buenos” ofrece una nueva respuesta a la pregunta de cómo podemos ser felices. (…) La idea es que ha evolucionado en nosotros un conjunto de emociones que nos capacitan para llevar una vida significativa: emociones tales como gratitud, regocijo, admiración y compasión (la tesis del Romanticismo). La llave a la felicidad es dejar que las emociones surjan, verlas de forma completa en uno mismo y en otros, y entrenar nuestro ojo y nuestra mente en esa práctica.

   Se parte de que para mejorar la convivencia humana no hay como extender el comportamiento bondadoso y/o compasivo, y a eso se refieren las emociones mencionadas.

La compasión es una emoción biológicamente constituida que está arraigada en el cerebro de los mamíferos, y está moldeada por quizá las más potentes presiones selectivas para las cuales los humanos se han adaptado por evolución- la necesidad de cuidar de los vulnerables. La compasión no es ciega, está exactamente afinada a la vulnerabilidad. No es débil; promueve la acción valerosa altruista, con frecuencia a gran coste para el individuo.

   El problema es que

ser bueno para los otros tiene muchos costes, y nos expone a ser explotados por otros que son menos generosos. Dados los costes y riesgos de la cooperación, estamos a la caza de sutiles y tácitos signos de integridad, honestidad, bondad y confianza

  Casi todo este libro gira en torno a esta simple y contundente verdad: nuestras posibilidades de mantener relaciones humanas bondadosas aumentan a medida que somos capaces de reconocer con acierto la predisposición ajena a la bondad.  “Confiar en la bondad de los desconocidos” siempre ha sido arriesgado… pero la naturaleza humana nos ha dado ciertas capacidades para detectar indicios de bondad incluso en los desconocidos o en los poco conocidos. Hay que profundizar en estas capacidades: la predisposición a la bondad o maldad se evidencia sobre todo por las reacciones emocionales.

Las emociones son signos de nuestro compromiso con los otros; las emociones están codificadas en nuestros cuerpos y cerebros; las emociones son nuestra víscera moral, la fuente de nuestras más importantes intuiciones morales.

Para que la cooperación se expanda en grupos, la hipótesis de la bondad contagiosa sugeriría que la simpatía y la gratitud deberían poseer señales evocadoras y fiables, permitiendo a los miembros del grupo discernir de forma pronta la intención cooperativa de otros y que cuando se sientan inclinados a actuar de forma altruista, evoquen las tendencias cooperativas en otros

  Detectar la bondad permitiría entonces crear comunidades más o menos eficientes de personas con comportamiento bondadoso. Semejante principio plantea grandes posibilidades, sobre todo si consideramos que la bondad –y también la maldad- son pautas de comportamiento humano contagiosas (en realidad, todas las pautas de comportamiento humano son contagiosas: el pánico, el juego, el trabajo… todo). Pero “recolectar” la bondad existente es solo parte de la tarea. ¿Cómo podemos producir “bondad”?

Estudios científicos recientes están identificando las clases de entorno que cultivan la compasión. Esta emoción moral es cultivada en entornos donde los padres son atentos y juegan y tocan a sus hijos. También sucede así cuando se da un estilo empático que hace que el niño razone acerca del daño. O hacer las tareas, tanto como la presencia de los abuelos. Hacer de la compasión un motivo de las conversaciones a la hora de la cena y de las historias a la hora de ir a dormir cultiva asimismo esta importante emoción. 

  Por lo tanto, expandir la bondad entra en lo que llamaríamos “trabajo cultural”, crear un determinado estilo cultural.

Este libro ofrece una lente darwiniana acerca de la nueva ciencia de la emoción positiva. Llamaremos a esta nueva ciencia la ciencia “jen”, en honor del concepto confucionado del jen. Jen es la idea central en la enseñanza de Confucio, y se refiere a una compleja mezcla de bondad, humanidad y respeto que transpira entre la gente

  Podemos considerar que jen sería algo así como “virtud moral”, como concepto y como práctica gratificante de vida.

  El comportamiento virtuoso (o jen, según este autor) tiene un origen emocional y, por tanto, es viable rastrear los indicios de la predisposición a la virtud en el comportamiento relacionado con las emociones. Ése sería el truco. No muy diferente a lo que argumentaba el luteranismo de que las buenas obras del cristiano solo son posibles si el cristiano tiene fe (porque la “fe” sería la fuente psicológica de la caridad cristiana). Probablemente ése es el origen del triunfo humanista de las naciones protestantes: el empeño en profundizar psicológicamente en quiénes son portadores o no de la “fe”, y cómo aprender a cultivarla. Los hombres protestantes de “fe” se convirtieron, con el paso del tiempo, en cuidadosos examinadores del comportamiento mutuo acorde con los ideales de la virtud cristiana, desarrollaron la introspección y el “pensamiento de alto nivel”. A la larga no perderían la virtud cristiana… aunque desarrollarían el pensamiento científico más que la teología y acabarían dando lugar a sociedades predominantemente ateas.

    ¿Cómo detectaban los protestantes rigurosos que una persona tenía fe? Con su devoción religiosa, naturalmente, pero también con su comportamiento cívico (ser un buen padre de familia, trabajador eficiente y ciudadano comprometido) y, sobre todo, con las manifestaciones virtuosas más reveladoras de su esencia psicológica: honestidad, humildad, modestia, afabilidad, generosidad… En la misma línea, lo que Keltner propone hace referencia sobre todo a las manifestaciones más sutiles que forman los elementos esenciales de la virtud prosocial: las actuaciones emocionales reflejas del lenguaje no verbal.

Espero que ustedes vean el comportamiento humano bajo una nueva luz, las claves sutiles de la turbación, vocalizaciones acordes que dan juego, sentimientos viscerales de compasión, el sentido de gratitud en el toque de otro a tu hombro, que se han formado durante siete millones de años de evolución homínida y que lleva a realizar el bien a los otros. En nuestra búsqueda de la felicidad hemos perdido de vista estas emociones esenciales. Nuestras conversaciones de cada día sobre la felicidad están llenas de referencias al placer sensorial –deliciosos vinos, confortables camas de hotel, buen nivel físico debido a hacer deporte. Lo que falta es el lenguaje y la práctica de emociones como compasión, gratitud, diversión y admiración.

Cooperación, bondad y virtud están encarnados en actos observables –movimientos de músculos faciales, breves vocalizaciones, formas de mover las manos o posicionar el cuerpo, patrones de actividad en la mirada- [que] son señales detectables al ojo ordinario. Estas señales externas de virtud, tal como aparece a la razón, tienen elementos involuntarios que no pueden ser falseados, y es probable que se pongan en uso a medida que las personas forman intuiciones acerca de en quién deben confiar, a quién deben amar y por quién sacrificarse. Esta premisa central – que para que emerjan la cooperación y la bondad debe haber signos externos de confianza y cooperación- da lugar al mismo diseño de los gestos no verbales de compasión, gratitud y amor.  A medida que la ciencia ha comenzado a crear un mapa de las emociones prosociales en el cuerpo, nuevas demostraciones faciales de turbación, vergüenza, compasión, admiración, amor y deseo han sido descubiertos. Estudios de las nuevas modalidades de comunicación, tales como el tocamiento mutuo, han revelado que podemos comunicar gratitud, compasión y amor con un breve toque en el antebrazo. Estamos programados para detectar intenciones benevolentes en otros en el flujo, momento a momento, de las microacciones de nuestra vida diaria.

  Es interesante señalar que este tipo de comportamientos están muy lejos de lo que consideramos más valioso en el ser humano, la elaborada racionalidad del lenguaje verbal.

Las palabras son fáciles de manipular. No tanto las demostraciones emotivas. Las demostraciones emotivas proporcionan claves fiables con respecto al compromiso de otros porque son involuntarias, costosas y difíciles de falsear. (…) Las emociones son mecanismos involuntarios para [facilitar] el compromiso que nos vinculan unos a otros en relaciones mutuamente benéficas a largo plazo

    Hasta qué punto las estrategias basadas en nuestras pautas de comportamiento emocional innato pueden ser adaptadas a nuestra forma de vida actual, solo se podría llegar a saber mediante prueba y error.  Keltner señala, por ejemplo, el valor de las emociones de turbación

Los elementos de la turbación son fugaces manifestaciones que hace el individuo acerca de su respeto por el juicio de otros. La turbación revela cuánto se preocupa el individuo acerca de las reglas que nos ligan los unos a los otros. (…) Las manifestaciones de turbación son signos evanescentes de compromiso moral

La turbación nos avisa de los actos inmorales y nos previene de errores que desarreglan la armonía social. Señala nuestro juicio de obrar mal y nuestro respeto por el juicio de los otros. Provoca actos ordinarios de perdón y reconciliación.

  Sin embargo, algunos podemos poner en duda que los tocamientos mutuos, muy efectivos entre los simios, tengan tanta efectividad en nuestro mundo actual.

El viejo lenguaje del tocarse es la columna vertebral de la cooperación, es una fuente de altos porcentajes de “jen” [virtud prosocial]

  Como todos sabemos, hay una gran variedad cultural en lo que se refiere a tocamientos mutuos. Los británicos y los japoneses apenas se tocan, mientras que los africanos y latinos lo hacen mucho más. Y el caso es que las sociedades de los primeros están más desarrolladas moralmente…

  Y lo mismo podría suceder con lo que en inglés se llama “tease” (burla, provocación), una actitud agresiva pero a la vez afectiva que Keltner ve muy relacionada con las buenas relaciones humanas.

El consenso es que tease es “agresión en broma” (…) Implica un acto que se pretende que provoque emoción para discernir las intenciones y compromisos de otros (…) El tease (…) es como una vacuna social

Bromas y tomaduras de pelo son una representación dramática claramente preferible a la alternativa obvia –confrontaciones violentas sobre el rango y el honor

¿Qué diferencia el tease productivo del dañino? (…) El arte del tease es capacitor la reciprocidad y el intercambio. Un teaser efectivo invita a ser objeto de tease él mismo

  Muchas de las conclusiones de Keltner sobre el lenguaje emocional no verbal proceden de su trabajo previo con Paul Ekman. Y cabe preguntarse si no sería un avance social importante el que parte de sus conocimientos pasasen a la cultura cotidiana. Recordemos que Freud hizo sus descubrimientos no para el gran público, sino para sus colegas terapeutas, pero que la generalización del lenguaje y conceptos del psicoanálisis (“frustración”, “catarsis”, “represión”…) han sido de gran ayuda para mejorar la convivencia dentro de nuestra sociedad.

  Imaginémonos una cultura en la que, desde el colegio, se nos enseña no solo a identificar los rasgos de emocionalidad más prosocial, sino que se nos alienta a desarrollarlos, familiarizándonos con el “sistema de codificación de acción facial”

[El] sistema de codificación de acción facial [es] un método anatómicamente basado para identificar cada músculo facial visible en el análisis cuadro a cuadro de la expresión facial tal como ocurre en el continuo flujo de interacción social (…) El trabajo de Ekman sobre la expresión facial catalizó un nuevo campo –la ciencia afectiva- y llevó a una comprensión más precisa del lugar de la emoción en el cerebro, el papel de la emoción en la vida social.

  Por ejemplo, imaginemos que, igual que hoy estamos familiarizados con conceptos como “frustración”,  “autorrealización” o “depresión”, lo estuviéramos con la “sonrisa Duchenne”, que es

un tipo de sonrisa [que] implica el músculo orbicularis oculi, y acompaña a la elevación espiritual y la buena voluntad (…) La firma física de la felicidad humana es la sonrisa D [Duchenne]

   Un gran avance civilizatorio fue cuando, a partir de cierto momento en la sociedad europea de la baja edad media previa al renacimiento las clases altas se habituaron a cultivar comportamientos de civismo y caballerosidad (surgieron, por ejemplo, los “manuales de urbanidad”). La gente aprendió a no ser grosera e insensible con sus semejantes, a desarrollar fórmulas de cortesía y amabilidad en el lenguaje y los gestos. ¿Y si, para expandir la virtud y permitir su contagio, desarrolláramos ahora hábitos aún más avanzados, esforzándonos en controlar nuestras sonrisas, contracciones pupilares, la prosodia en nuestro lenguaje y mil y un detalles… a la manera de cómo hacen los que estudian en las escuelas de actuación? Tengamos en cuenta que la “sonrisa Duchenne”, en la que interviene el músculo “orbicularis oculi”, se considera técnicamente uno de esos elementos involuntarios que no pueden ser falseados.

 Esta atención a nuestra expresión emocional podría convertirse en un elemento importante de algún nuevo sistema cultural humanista en busca de un cambio permanente para mejor…