viernes, 25 de mayo de 2018

“La mente que corteja”, 2000. Geoffrey Miller

  Geoffrey Miller plantea en su libro –“The Mating Mind”- una variedad de la teoría evolutiva del Homo Sapiens en la que la selección natural de las peculiaridades cognitivas más característicamente humanas –la inteligencia creativa, sobre todo- no habría tenido su origen en la lucha directa por la supervivencia material, sino en los mucho más caprichosos caminos de la selección sexual, es decir, en las estrategias de seducción y cortejo del varón dirigidas a la hembra.

La visión supervivencialista ha parecido la única posibilidad científicamente respetable [acerca de la evolución humana]. Sin embargo, hoy ya no es satisfactoria. Deja demasiados acertijos sin explicar. El lenguaje humano evolucionó hasta llegar a ser mucho más elaborado de lo necesario para nuestras funciones de supervivencia básicas. Desde un punto de vista biológico pragmático, el arte y la música parecen desperdicios de energía sin sentido.

Este libro propone que nuestras mentes evolucionaron no solo como máquinas de supervivencia, sino como máquinas de cortejo. Cada uno de nuestros antepasados luchó no solo para vivir durante un tiempo, sino para convencer al menos a una pareja sexual de que mantuviera con él suficiente sexo como para producir descendencia  

  Naturalmente, la selección sexual no puede contradecir la selección por supervivencia: si las hembras eligen a machos poco capacitados para la supervivencia, al final la especie se extingue porque entonces los más capacitados no tendrían oportunidad de propagar sus genes.

Una de las principales razones por las que la elección de pareja evoluciona es para ayudar a los animales a elegir compañeros sexuales que lleven buenos genes

 El ejemplo clásico de selección sexual en el mundo animal, que viene ya de Darwin, es el de la cola del pavo real.

La cola [del pavo real] no tiene sentido como adaptación para la supervivencia, pero tiene perfecto sentido como una adaptación para el cortejo

  Aunque algunos discuten el ejemplo exacto del pavo real (la cola podría ser adaptativa como camuflaje en la selva de la que este animal es originario) el concepto es comprensible: para tener una hermosa cola el macho debe ser vigoroso y sano, tal como sucede en la vida social humana cuando los más prósperos exhiben bienes costosos para asentar su prestigio. Según la teoría de Miller, la exhibición de cualidades cognitivas propiamente humanas habría servido también de reclamo sexual en la prehistoria.

  De forma que las mujeres Homo Sapiens elegían a los varones que desplegaban habilidades que hoy consideramos propiamente humanas –capacidad verbal, sensibilidad artística, uso de razonamiento complejo- y cuyas otras características además no estaban en contradicción con la supervivencia. El resultado fue una especie que sobrevivía, al igual que otras, pero cuyo peculiar  estilo de vida fue marcado por estos caprichos del cortejo.

Si un individuo te hacía reír, encendía tu interés, contaba buenas historias y te hacía sentir bien cuidado, entonces podría haber estado más dispuesto o dispuesta a emparejarte. Tu placer en su presencia habría sido un buen indicador de su inteligencia, amabilidad, creatividad y humor

  En su largo libro, el profesor Miller no logra convencer de que el acto social del cortejo predominara a nivel selectivo sobre los otros actos sociales propios de la vida en la prehistoria (principalmente, la consecución del liderazgo dentro del grupo) y tampoco resulta convincente cuando compara la capacidad para la elección de pareja de las mujeres del Occidente actual con las de los pueblos cazadores-recolectores, pero eso no es lo más importante, lo más importante es que señala realidades como que

una vez que nuestros antepasados evolucionaron la habilidad de lanzar piedras, manejar antorchas, atacar en grupos y correr largas distancias bajo el sol del mediodía, fueron probablemente los animales más terroríficos de África. Es sorprendente que se preocuparan lo más mínimo por hacer evolucionar más su inteligencia

  Totalmente cierto, y estas habilidades no eran exclusivas de Homo Sapiens: nuestros ancestros Homo Erectus, cuyos cerebros eran de casi la mitad del tamaño de los nuestros, ya eran capaces de hacer todo eso, así que ¿cómo se llegó hasta donde estamos ahora, si la supervivencia ya estaba garantizada sin necesidad de nuestra “inteligencia superior”?

La ciencia ha pasado más de un siglo intentando explicar la evolución de la mente mediante la selección natural para beneficios de supervivencia. Ha explicado muchas habilidades humanas tales como la preferencia por comida o el miedo a las serpientes, pero ha fallado consistentemente en explicar otras habilidades para el arte decorativo, virtud moral y conversación humorística. Parece razonable preguntar si la selección sexual por beneficios de reproducción podría dar cuenta de estos restos sobrantes. 

  Todas las especies se las arreglan para sobrevivir (si no, no existirían…), lo interesante es cómo evolucionan en el entorno las peculiaridades de sus diversas estrategias de supervivencia… más allá de lo que las hace adecuadas para la supervivencia, porque es de este juego de peculiaridades un tanto aleatorias de donde resultan las estrategias que al cabo permiten que una especie se imponga a otras en la constante competencia ecológica.

   Hace entre cincuenta y cien mil años que el género Homo Sapiens, con sus extravagancias, adquirió los medios de dominio del planeta. Entre otras cosas, eliminó a todos sus competidores del género “Homo” y ya antes de la invención de la agricultura había descubierto nuevas armas y medios de organización económica, logrando aumentar su población. Pero la cuestión es que antes de este éxito planetario, Homo Sapiens había dado lugar a las sorprendentes creaciones del arte rupestre y las solemnidades funerarias: tales cosas no eran útiles para la supervivencia, de modo que el desarrollo económico habría sido una especie de efecto colateral, subsidiario de los hábitos en apariencia superfluos que fueron heredados y gradualmente transformados por la cultura.

La innovación tecnológica estuvo detenida durante la mayor parte de la evolución de nuestro cerebro. Solo mucho después de que nuestro cerebro dejara de crecer se desarrolló una tradición de progreso tecnológico acumulativo (…) ¿Cómo pudo la evolución favorecer la expansión de un órgano tan costoso como el cerebro sin que se hiciera aparente ningún beneficio importante para la supervivencia hasta mucho después de que el órgano dejara de expandirse?

  La explicación de Miller, como ya hemos visto, es el comportamiento de cortejo. Igual que el pajarito macho luce hermosas plumas y canta hermosas canciones para atraer a la hembra, el Homo Erectus y el Homo Sapiens habrían desarrollado el lenguaje hablado, el arte y la moralidad para atraer a su pareja.

[Los logros  artísticos y humanistas] no son efectos secundarios de tener grandes cerebros que pueden aprenderlo todo, sino de tener mentes llenas de adaptaciones de cortejo que pueden ser reentrenadas y redirigidas para inventar nuevas ideas cuando no estamos enamorados.

  Sin embargo, hay un hecho incuestionable: requisito imprescindible para que un “hombre primitivo” tenga éxito con el sexo opuesto es que también tenga éxito social, es decir, que lo tenga dentro del numeroso grupo social dentro del cual vive el Homo Sapiens prehistórico – cazador-recolector-… y es interesante remarcar que el grupo humano siempre ha sido relativamente grande, de entre cien y ciento cincuenta individuos –el número de Dunbar-. Los chimpancés nunca han reunido grupos tan grandes… y sabemos que tampoco se daban entre los Neandertales, así que tiene sentido considerar que las cualidades cognitivas propiamente humanas sirvan sobre todo para el desarrollo de las relaciones sociales dentro del grupo –desmesuradamente grande- y que secundariamente se relacionen con el éxito en el cortejo: es la norma que a la mujer no le atrae el fracasado y que al varón, siempre en búsqueda del éxito social, no le gusta fracasar. Por otra parte, la subordinación de la mujer al hombre es un hecho en el mundo primitivo y aunque esto varía de cultura a cultura, en general está claro que la mujer no tiene en esta situación tantas opciones para elegir  varón como sucede en la cultura occidental moderna.

  Lo importante de todo esto es que el concepto de “humanismo” podría estar acertado en el sentido de que cultivar las cualidades más propiamente humanas, que bien pueden parecer de poco valor práctico, a la larga siempre nos beneficia también a nivel práctico. Leer libros de ficción, en apariencia no sirve para nada… pero las sociedades donde la gente es más aficionada a leerlos resultan también ser las más prósperas económicamente.

Quizás es mejor considerar la mente humana como un sistema de entretenimiento que evolucionó para estimular los cerebros de otros –cerebros que sucedía que tenían ciertos sesgos sensoriales y sistemas de placer. A nivel psicológico, podríamos ver que la mente humana ha evolucionado para encarnar el conjunto de preferencias psicológicas que tenían nuestros antepasados (…) Las preferencias pueden haber sido sociales, intelectuales y morales, no solo sensoriales.

  La creatividad es un buen indicador de inteligencia general

  Finalmente, en lo que se refiere a lo que escribe el profesor Geoffrey Miller en particular, algunas afirmaciones parecen discutibles.

Una mujer ancestral habría estado mucho más segura en un grupo de una docena de hermanas, tías y amigas que con un solo varón en una familia nuclear. Las hembras humanas estaban entre los primates más grandes que han evolucionado y entre los más fuertes omnívoros de África. No necesitaban necesariamente ninguna ayuda de unos novios que solo eran un 10% más altos que ellas mismas

  Con esto se pretende argumentar que la mujer prehistórica elegía libremente a su pareja (igual que una mujer profesional en la Norteamérica de hoy) pero resulta poco creíble… sobre todo si se afirma que no había superioridad física notable del varón sobre la mujer, ya que, si bien es cierto que los varones Homo Sapiens solo son un 10% más altos que las mujeres, también es cierto que son un 100% más fuertes en los brazos, y en una constitución bípeda éste es el dato fundamental que permite la dominación física. Además, también sabemos que las mujeres son menos agresivas, de modo que en el Homo Sapiens se dan suficientes características de dimorfismo (aunque no tantas como en el caso de los inmensos gorilas con sus harenes de hembras más pequeñas) para hacer pensar que en “estado de naturaleza” eran bastante poligínicos y que las mujeres estaban expuestas a violencias como rapto, violación y otras condiciones que son aún tristemente frecuentes. Por otra parte, eso no niega que existiera un cierto nivel de cortejo.

 Y

Si los homínidos varones han preferido bajas proporciones de cadera-cintura durante muchas generaciones, esto puede explicar porqué las hembras humanas tienen cinturas tan estrechas, tales amplias caderas y tales nalgas carnosas.

  Con esto se está dando por sentado que es el varón el que elige a la mujer y no al revés. Las características físicas del varón preferidas por las hembras, por lo demás, son las mismas que permiten la superioridad física: los hombres buscan mujeres hermosas… y las mujeres buscan hombres fuertes y dominantes (o “de carácter fuerte”… como algunos gustan de decir).

  ¿Qué conclusiones podemos sacar de esto, mirando al futuro?

  Ante todo, que lo más inteligente sería preocuparnos menos directamente por el progreso económico. Hemos visto que el origen de éste probablemente se encontraba en el cultivo de las peculiaridades cognitivas humanas que al principio no tuvieron relación directa con la obtención de recursos materiales de supervivencia. Lo mismo sucede en la evolución de la cultura: fueron los cambios intelectuales los que llevaron al progreso económico, tanto en la Edad Media, cuando los reyes prefirieron cobrar impuestos a las ciudades libres más que explotar el sistema feudal, como cuando la Ilustración acabó por desembocar en la Revolución Industrial: el progreso económico es un subproducto del progreso humanista.

martes, 15 de mayo de 2018

“Altruismo y amor altruista”, 2002. Post, Underwood, Schloss y Hurlbut (Editores)

  Este libro es una recopilación de artículos acerca del altruismo escritos por autores de prestigio de diversas disciplinas, en su mayor parte científicos sociales. Aparte de a los editores – el médico y divulgador Stephen Post, la biomédica Lynn Underwood, el filósofo Jeffrey Schloss y el médico experto en bioética William Hurlbut-  tenemos a Eliot Sober, Jerome Kagan, Daniel Batson, Michael Ruse, Melvin Konner, David Sloan Wilson, Antonio Damasio, Frans de Waal y doce más, todos ellos reunidos por la Fundación John Templeton, lo que explica que, entre algunos científicos muy materialistas, también se encuentren teólogos, pero no debemos equivocarnos al respecto, porque el sentido general de lo que aquí podemos leer es acorde con una perspectiva racional del altruismo.

  El altruismo es una realidad científicamente comprobada en el comportamiento de los seres vivos… y no solo en los humanos: implica el sacrificio de un ser vivo por el bienestar de otro sin que se reciba beneficio directo apreciable como contraprestación. Esto lo hacen las hormigas y lo hacen muchos otros animales más desarrollados -especialmente los mamíferos hembra al cuidado de sus crías. Pero los humanos lo hacemos de una forma peculiar, una forma que es en buena medida dependiente de las transformaciones de la cultura, y es de esta experiencia cultural que surge el concepto de amor altruista, que es algo más que el altruismo de las hormigas sacrificándose por su reina y el de mamá pájaro alimentando a sus pajaritos en el nido…

El altruismo es consideración a los demás, tanto con respecto a las acciones como a las motivaciones; el amor altruista añade el rasgo de un profundo afecto afirmativo al altruismo

  Porque los animales altruistas no saben que son altruistas. Pueden tener emociones, pero no sentimientos (que suponen la consciencia y conceptualización de las emociones). Por eso no sienten amor.

Lo que llamamos comportamiento altruista, e incluso más, amor altruista, realmente representa un conjunto altamente variado de capacidades afectivas y de comportamiento que son el resultado de caminos causales multifactoriales, de diversas capas, quizá incluso ambivalentes y conflictivos. Comprenderlos requerirá cooperación entre las disciplinas humanísticas, biológicas y sociopsicológicas.

  Y nunca hemos de perder de vista que la realidad del altruismo coexiste, dentro del ser humano, con todo lo más siniestramente opuesto a la benevolencia…

En contra del optimismo sociológico, el infanticidio, la violencia sexual y la guerra están profundamente arraigados en la biología humana.

  En cualquier caso, ya el viejo Darwin se dio cuenta de que el comportamiento altruista determinado por la moralidad (el juicio con respecto al comportamiento ajeno “bueno” o “malo”, siendo el altruismo el comportamiento más benévolo de todos) era algo notoriamente propio del ser humano y que tenía claras consecuencia para el bienestar de la especie.

Un alto estándar de moralidad no da sino una ligera ventaja o ninguna en absoluto a cada hombre individual y a sus hijos sobre los otros hombres de la misma tribu, y sin embargo un incremento en el número de hombres de buena calidad y avanzados en los estándares de moralidad ciertamente darán una inmensa ventaja a una tribu sobre otra [en “El origen del hombre”]

  Con esto, Darwin, hace más de un siglo, descubrió el concepto de “selección de grupo” –en contraste con la mucho más conocida “selección individual” correspondiente a la “supervivencia del más apto”. En la “selección de grupo”, un comportamiento altamente moral puede ser incluso perjudicial para el individuo honesto que se expone a ser decepcionado o directamente engañado por la falta de acción recíproca de sus semejantes… pero un grupo de individuos donde sean muchos quienes actúen de esta forma, incluso a riesgo de verse decepcionados, será siempre más capaz de afrontar los retos de un entorno difícil. El individuo puede verse perjudicado por su propia acción altruista, pero el grupo será siempre beneficiado…

  La aparición del moralismo y de la elaboración moral del altruismo (el establecimiento de reglas sociales a favor del comportamiento cooperativo y en contra del comportamiento egoísta) solo pudo tener lugar cuando surgieron previamente determinadas capacidades psicológicas.

Fueron añadidas cinco nuevas habilidades [cognitivas] cuando Homo Sapiens apareció en África hace 150.000 años: habilidad y tendencia habitual a inferir los pensamientos y sentimientos de otros; autoconsciencia; aplicación de las categorías de “bueno” y ”malo” a los objetos, sucesos y propio yo; reflexión sobre las acciones pasadas; habilidad para decidir qué acción particular podría haber sido suprimida.

  Y si el altruismo es una conducta, el amor es algo así como un sentimiento altruista…

El amor implica benevolencia, cuidado, compasión y acción

  El que sea un sentimiento, es decir, que sea experimentado emocionalmente y conceptualizado racionalmente, le da un extraordinario poder prosocial.

El amor es definido como “afección afirmativa” (…) Todos sabemos cómo se siente uno al ser valorado de esta forma, y recordamos a personas encantadoras que aportan esta afirmación afectiva mediante tono de voz, expresión facial, o una mano en el hombro en un momento del pesar y un deseo de estar con nosotros. Esta afección es afirmativa, lo que viene a decir que el agente de afirmación ve lo preciado en nosotros tal como somos. El amor altruista (…) es una afirmación intencional de nuestro mismo ser sustentada por capacidades emocionales de naturaleza biológica que son elevadas por una visión del mundo (incluyendo principios, símbolos y mito) y por imitación dentro de la esfera de una consistencia y lealtad duraderas. El amor altruista es la expresión más compleja e interesante del altruismo humano.

  Ahora bien, ¿cuáles son los límites del amor altruista? ¿Hasta qué punto este sentimiento de benevolencia puede favorecer la convivencia y progreso humanos? Recordemos que coexiste en nuestra psique –variando de individuo a individuo- con emociones agresivas, egoístas y manipuladoras…

La mayor parte de nosotros tiene relaciones de amor con solo un pequeño círculo de individuos; e incluso dentro de ese círculo, nuestro amor por algunos individuos es más intenso que el amor por otros. Reconocemos la posibilidad de que este círculo podría expandirse y que el amor que sentimos por aquellos dentro del círculo podría ser más intenso

¿Qué factores psicológicos, sociales y culturales influencian el altruismo y el cuidado de los demás? ¿Las experiencias, creencias, y prácticas religiosas influencian el altruismo?

  En este libro se plantean preguntas, se desechan concepciones equivocadas y se definen conceptos, pero no se determina exactamente cómo podemos sacar el máximo provecho de la predisposición humana al amor altruista. No se propone ninguna fórmula novedosa.

Los estudios sobre los rasgos redentores del altruismo y el amor de ágape deben ser alentados. Necesitamos comprender cómo tales causas de amor cambian en el receptor, cuánto tiempo debe ser sostenido el amor, cómo de duradero es este cambio y qué beneficios de salud psicológica de esta transformación existen con respecto al sentido de valor y autoestima. Deberíamos alentar estudios acerca de cómo el recibir ese tipo de amor desencadena la capacidad de amar y de ese modo se dé lugar a un cambio del egoísmo al altruismo; y acerca de cómo el odio, el miedo, la ira y el resentimiento se ven reducidos.

  Partiendo del hecho clave de que el altruismo y la agresión coexisten en la psique humana y que no son incompatibles, ¿podríamos redirigir ambos impulsos en un solo sentido en particular?

¿Pueden los seres humanos volver su odio y agresión contra la enfermedad, el hambre, la pobreza y otros ataques al bienestar humano? Si el inevitable correlato del altruismo es la agresión, ¿es la capacidad para la empatía lo suficientemente potente para superar la barrera ingrupo/extragrupo, inhibiendo las tendencias agresivas? ¿Pueden los símbolos que viven en nosotros, y en los cuales vivimos, contribuir a la extensión del amor?

[Debemos] incidir en la socialización que enfatiza una identidad basada en una membresía común de una humanidad compartida más que en una identidad que alaba nuestras propias diferencias de grupo

Denominamos a la orientación de cuidar de todas las cosas vivas “extensividad”

  Algunos han sospechado siempre que la religión, en especial las llamadas “religiones compasivas” (el budismo y el cristianismo sobre todo), han permitido la mejora de las relaciones humanas en el sentido de expandir el amor altruista. En un principio se diría que las religiones servían para cohesionar el grupo frente a las amenazas externas… siendo habitualmente la amenaza de otros grupos la mayor de todas ellas. Sin embargo, las religiones compasivas son diferentes…

Si la función de la religión es proporcionar lealtad ferviente para un grupo tribal, urgir la religión de uno a los extranjeros es exactamente el comportamiento equivocado

  Las religiones compasivas son universales, tratan de crear una comunidad mundial de creyentes, lo que se opone a la base de la solidaridad intragrupal, que sería el origen mismo del amor mutuo (es decir: algo así como que nos amamos los unos a los otros para estar más unidos a la hora de odiar a los de fuera).

La propensión humana para ayudar y cooperar con otros evolucionó en el contexto del conflicto intragrupal, y así el complemento de las capacidades prosociales es la tendencia a formar alianzas exclusivas

  Por tanto, que una religión que originalmente habría servido para cohesionar al grupo frente a los otros grupos, pase ahora a extenderse potencialmente a todo el mundo supone un cambio tremendo. De hecho, las “grandes religiones” no solo tratan de expandirse a los extranjeros… es que incluso los pueblos conquistadores con frecuencia han tomado la religión de los conquistados, como sucedió con los bárbaros que acabaron con el Imperio Romano.

  ¿Este poder de las religiones compasivas les viene de su capacidad para expandir el amor altruista?, ¿es ése el poder que en la Antigüedad fue reconocido, de una u otra forma, por las autoridades políticas y que movió a estas a apoyar las nuevas religiones con preferencia a sus antiguas religiones nacionales?

¿Qué específicas prácticas espirituales (por ejemplo, tipos de oración, meditación, silencio, adoración) podrían ayudar a alentar el amor altruista? ¿Cómo interactúan estas prácticas con el sustrato biológico, social y cultural de la persona?

  A pesar de todo, hemos de reconocer que ni siquiera está todavía confirmado que sea la “educación de las emociones” propia de la religión compasiva la que ha permitido promover la expansión de los comportamientos prosociales en los últimos siglos. Tampoco este libro es capaz de llegar a semejante conclusión.

Una cuestión práctica y crucial que la ciencia podría ayudarnos a responder es en qué medida las prácticas y las estructuras religiosas, intelectuales y sociales alientan la expresión del amor altruista o amor compasivo (…) Esto sería una investigación digna de recursos humanos y financieros que realmente podría marcar una diferencia en el estado de nuestras comunidades y nuestro mundo

  De momento, es muy poco lo que se ha hecho sobre esa cuestión. Hay una Organización Mundial de la Salud, otra de la Infancia, otra de la Educación y otra de la Alimentación, pero no hay ninguna sobre las religiones, una que se dedicara, entre otras cosas, a promover la investigación de las estrategias psicológicas de tipo simbólico y de masas que aumenten la prosocialidad dentro de la comunidad planetaria mediante la transformación de las pautas de conductas prosociales de individuo a individuo (interiorización de pautas morales). Si, como parece muy probable, son las religiones las que fueron, cuando menos en un principio, las principales promotoras de las mejoras morales en el sentido de la prosocialidad (una "evolución ética", también podríamos decir), no estaría mal trabajar de firme en el diseño de una religión -o su equivalente racional- “mejor”…

  En este libro, al menos, sí se señalan algunos descubrimientos probables. Por ejemplo, que cultivar la empatía genera la actitud que lleva a la compasión y al altruismo…

Sentir empatía por una persona necesitada evoca motivación altruista para aliviar esa necesidad. [Ello es la] hipótesis altruismo-empatía (…) La emoción empática, parece, evoca motivación altruista en los humanos

  Pero hay más, mucho más que explicar… Centrándonos en un caso relativamente bien documentado (los relatos de personas que arriesgaron sus vidas para salvar a judíos perseguidos durante la Shoah) se barajan diversas posibilidades centradas en el comportamiento individual.

Estábamos interesados en los mecanismos disparadores que movían a estos individuos a ayudar (…) Los valores que aprendieron los rescatadores [de inocentes perseguidos] de sus padres –y de otras personas significativas en sus vidas- difirieron significativamente de los que fueron aprendidos por las personas no rescatadoras [grupo de control](…) Como niños, los rescatadores era más probable que hubieran sido disciplinados mediante el razonamiento y la explicación de las consecuencias de su mala conducta que mediante castigo verbal o físico, tal como era común en los no rescatadores (…) Arriesgaron sus vidas porque habían aprendido compasión, normas de cuidado por los demás y los medios [psicológicos] eficaces para que pudieron asumir responsabilidad por otros diferentes a ellos. Esta extensividad incrementada se demuestra por una aceptación más alta de diversos grupos [inicialmente extraños] y una incrementada consciencia de su conexión con toda la humanidad. También adquirieron un código moral de justicia de sus padres, otras personas significativas e instituciones, las cuales les adoctrinaron acerca de que el inocente no debe ser perseguido. Los factores religiosos son evidentes; y si bien la religiosidad per se no determinó la acción, aquellos que aprendieron principios religiosos de amor y responsabilidad en un hogar afectuoso estaban entre los rescatadores

  ¿Educación, ejemplos, un entorno familiar determinado?

La vida moral no es algo que emerge repentinamente en el contexto de traumas. Más bien aparece poco a poco en la ocupación rutinaria de vivir. Comienza con los padres que enfatizan valores éticos ampliamente inclusivos, abarcando el cuidado de otros y la responsabilidad social, los cuales son enseñados en el contexto de relaciones familiares de amor. (…) Hasta que las instituciones sociales acepten la responsabilidad de fomentar el compromiso ético inclusivo en un contexto de entornos de cuidado por los demás, es probable que no más que una parte de la población pueda contarse entre la que se compromete en un altruismo heroico y convencional. (…) Esta responsabilidad social y de cuidado puede ser fomentada en los individuos y grupos; y esta amabilidad y ayuda son gratificantes y vigorizan no solo a los que son ayudados sino también a los que ayudan

Si el círculo del altruismo ha de expandirse, debe hacerlo en base a recursos emocionales, psicológicos y morales desarrollados dentro de la esfera íntima de la vida interpersonal

  Este tipo de recomendaciones parece comprenderse hoy en el sentido de la educación: adoctrinamiento en las escuelas a favor de la prosocialidad. Esto ya se hace y está comprobado que da algún resultado. Pero ¿no puede hacerse más?, ¿algo en cierto sentido equivalente a lo que hacía la tradición de las religiones compasivas, pero sin la contradicción del irracionalismo religioso y con la ventaja de añadir todo lo relativo a la comprensión psicológica del comportamiento social que hemos aprendido en el desarrollo cultural y científico de la civilización? ¿Cuál es el ámbito comunitario apropiado para la aplicación de los recursos emocionales, psicológicos y morales desarrollados dentro de la esfera íntima de la vida interpersonal? Es sin duda la familia, en tanto que comunidad de individuos entre los que se da una extrema confianza. Los creadores de las religiones compasivas, los budistas primero y los cristianos después, inventaron un sistema “artificial” de familia a fin de desarrollar intelectual y emocionalmente los altos valores éticos que propugnaban, y esto era el monasticismo. Quizá una reforma de la estructura monástica adaptada a los conocimientos actuales pudiera ser una solución.

sábado, 5 de mayo de 2018

“El sentido de la vida”, 1935. Alfred Adler

  Al psicólogo Alfred Adler hoy se le recuerda sobre todo por ser uno de los más célebres disidentes del creador del psicoanálisis, Sigmund Freud. Y en este libro, que supone un resumen de sus teorías para el gran público, no olvida esa cuestión.

Al creador del psicoanálisis y a sus discípulos parece producirles gran satisfacción el poder designarme como discípulo de Freud, cosa que hacen con delectación ostensible, por el mero hecho de haber discutido yo mucho con éste en un círculo de psicólogos, pero sin haber asistido jamás ni a una de sus clases. Cuando se trató de hacer jurar a todos los miembros de este círculo de psicólogos la infalibilidad de Freud y de las teorías por él propugnadas, fui el primero en abandonarlo, y no se me podrá negar que he procurado siempre delimitar las fronteras entre el Psicoanálisis y la Psicología individual con más afán que el propio Freud, ni podrá acusárseme tampoco de haberme jamás vanagloriado de mis discusiones de antaño con él.

  Más allá de las rencillas habituales entre eruditos que abordan cuestiones de extraordinario calado, lo importante es que, al plantearse las diferencias, también se definen los conceptos básicos de la entonces naciente psicología. La concepción de Alfred Adler, que alcanzó un gran éxito, es denominada por éste “Psicología individual”

La técnica del Psicoanálisis estaba encaminada a poner de relieve, con paciente energía, la íntima relación de la libido sexual con los movimientos expresivos y los síntomas, y a hacer derivar los actos humanos de un impulso sádico inherente al hombre. Es mérito exclusivo de la Psicología individual el haber puesto en claro que este último fenómeno no es más que el producto artificialmente cultivado del resentimiento de unos niños mimados.

   “Niños mimados” resentidos como causa capital de los problemas psicológicos es un punto de partida que hoy resulta chocante y que se repite a lo largo de todo este libro. Sin embargo, también se podría decir que la concepción básica de la “Psicología individual” es, más bien, la contraposición entre el “sentimiento de comunidad” y el “sentimiento de inferioridad” (y su complemento neurótico, el “complejo de superioridad”).

El sentimiento de inferioridad, la tendencia hacia la superación y el sentimiento de comunidad son los pilares básicos de la investigación psicológico-individual.

  El origen, como siempre, está en la infancia…

Los caminos que más viablemente conducen al conocimiento de la personalidad según las experiencias que hasta hoy me ha sido dado recoger son: una amplia comprensión de los primeros recuerdos de la infancia, la posición que en orden a la edad le corresponde al niño entre sus hermanos, los sueños, las fantasías diurnas, eventuales faltas infantiles, y las características del factor exógeno causante del trastorno.

Las desviaciones de conducta son solamente síntomas que proceden de un complejo de superioridad, derivado a su vez de un especial sentimiento de inferioridad que hay que buscar, y ello en presencia de un factor exógeno que exige más sentimiento de comunidad del que el individuo hizo acopio desde su niñez.

  ¿Por qué este problema con la “superioridad” y la “inferioridad”?

El movimiento histórico de la Humanidad debe ser interpretado como la historia del sentimiento de inferioridad y de los intentos realizados para liberarse de él. Desde que se puso en movimiento, la materia viva siempre se ha esforzado por pasar de una situación de minus a una situación de plus. Este movimiento (…) es el mismo que comprendemos bajo el concepto de evolución

  Así pues, todos nacemos “inferiores” dentro de un entorno hostil y naturalmente poderoso. ¿Y la “superioridad”?

El complejo de inferioridad (…) es (…) el fenómeno permanente de las consecuencias del sentimiento de inferioridad, y la fijación de éste, se explica por una exagerada carencia del sentimiento de comunidad.(…) El incansable afán de superioridad trata de disimular este complejo [de inferioridad] mediante el complejo de superioridad, que aspira a una superioridad personal aparente, siempre prescindiendo del sentimiento de comunidad

   De modo que el “sentimiento de comunidad” sería la actitud positiva que permite la cooperación eficiente. La inferioridad es, por su parte, una consecuencia lógica del reconocimiento de la situación real en el entorno. Lo malo es cuando el sentimiento de inferioridad se convierte en un “complejo”, una construcción neurótica. Y del complejo de inferioridad se pasa al de superioridad: no hay “sentimiento de superioridad”, toda experiencia de superioridad supone un complejo derivado del otro sentimiento que sí existe, el de inferioridad. Así que tenemos que la superioridad siempre es buscada, la insatisfacción siempre está garantizada y el “sentimiento de comunidad” es el paliativo. Hay que evitar que la natural insatisfacción lleve a la neurosis porque no resulte viable el paliativo del sentimiento de comunidad en un individuo en concreto.

Para ser breves, podemos decir que la neurosis es la utilización de las vivencias de shock en defensa del prestigio amenazado. o, para ser más breves todavía, la tonalidad afectiva del neurótico se condensa en el sí... pero. El sí contiene el reconocimiento del sentimiento de comunidad, el pero, la retirada con todos sus mecanismos de aseguramiento.

  Por todo esto, se hace evidente que la descripción que Alfred Adler hace del “sentido de la vida” es bastante convencional

Vida social, trabajo y amor. (…). Nuestra conducta ante estos tres problemas es la respuesta que les damos según nuestro estilo de vida.

 Aunque hay un punto que deja cierto margen a la imaginación: el cultivo del “sentimiento de comunidad”, que es en buena parte dependiente de la evolución cultural.

Tenemos derecho a esperar que en una etapa posterior, cuando la humanidad haya recorrido otro período de su evolución, la fuerza del sentimiento de comunidad llegue a vencer todos los obstáculos que actualmente le cierran el paso. Entonces, el hombre exteriorizará su sentimiento de comunidad con la misma naturalidad con que respiramos. Mientras esto no ocurra, solamente nos queda el recurso de intentar comprender y aclarar este ineludible curso de las cosas.

La Psicología individual no exige la represión de los deseos justificados ni de los injustificados, hace ver, sin embargo, que los deseos injustificados deben ser reconocidos como contrarios al sentimiento de comunidad y suprimidos, pero no reprimidos, mediante la producción de un máximo de intereses sociales.

   El convencionalismo de Adler tampoco permite que se dé un papel preeminente al psicólogo, como sí parece que era en el caso de Freud, en el que el psicólogo se erigía en intérprete de la cultura. Para Adler, la sociedad en su conjunto ya está dotada para evitar los males mayores.

La tarea del educador, del maestro, del médico y del sacerdote está aquí rigurosamente indicada: fortalecer el sentimiento de comunidad y levantar así el estado de ánimo, mediante la demostración de las verdaderas causas del error, el descubrimiento de la opinión equivocada y del sentido erróneo que el individuo llegó a dar a la vida, acercándole, en cambio, a aquel otro sentido que la vida misma le señala al hombre.

  A nivel práctico, el mecanismo de la neurosis, según esta visión particular, suele encontrarse en una infancia mal llevada:

Todo el arte de la comprensión de la particularidad humana consiste en descubrir el estilo de vida que cada individuo se crea durante su infancia

Cada individuo tiene su opinión acerca de sí mismo y acerca de las tareas de la vida; de que obedece a un plan de vida y a una determinada ley de movimiento, sin que él mismo se dé cuenta de ello. Esta ley de movimiento se origina en el ámbito limitadísimo de la niñez

  Y quizá lo que más destaca es el empeño que pone Adler, tal como hemos visto ya, en el exceso de mimo en la infancia. Semejante énfasis hoy en día puede parecer peligroso. Veamos cómo se plantea el “mimo” según esta “Psicología individual”:

Si la madre se excede visiblemente en su cariño, imbuyendo en el niño la idea de que es superflua su colaboración tanto en su conducta como en su pensar, tanto de obra como de palabra, ese niño mostrará más propensión a desarrollarse en un sentido de parasitismo (explotación), para esperarlo todo del prójimo. Tratará siempre de constituirse en el centro del interés de los demás y deseará poner a todo el mundo a su servicio. Desarrollará tendencias egoístas y considerará como un legítimo derecho oprimir a los que le rodean, verse constantemente mimado por ellos y recibir siempre sin dar nunca nada. Uno o dos años de entrenamiento en tal sentido bastan para poner fin al desarrollo del sentido de comunidad y para anular toda inclinación a colaborar.

No hay peor mal que el de mimar a nuestros hijos

   Quizá eso tenga algo que ver con los pacientes que hubo de tratar Adler en particular, pero conviene pensar en que el mismo autor reconoce que, en entornos de dureza en la infancia, las consecuencias son aún más terribles

El hecho de que al investigar las causas de la criminalidad en los individuos topemos a menudo con el pésimo ambiente que rodeaba al niño y de que la mayoría de los crímenes se cometan en cada ciudad en determinados distritos, no nos autoriza a sacar la conclusión de que la causa de la criminalidad es la miseria. En cambio, es fácil comprender que sería extraño que en tales condiciones se desarrollase normalmente el sentimiento de comunidad. No debe olvidarse tampoco cuán insuficiente suele ser la preparación del niño para su madurez, si desde muy temprano crece en medio de necesidades y escaseces, en una actitud, por así decirlo, de protesta contra la existencia, viendo a diario la buena vida que se dan no pocos de los que le rodean, y sin que nadie intente estimular su sentimiento de comunidad.

  La realidad es que para los padres siempre ha sido mucho más cómodo tratar a los niños con dureza que con “mimo”. Y si, encima, aparece un sabio doctor que nos advierte gravemente de que lo peor de todo es mimar a los niños… la salida fácil es, evidentemente, tratarlos con severidad y desapego, ya que hallar el término medio siempre resultará más difícil.

  Algunos años después de que Adler publicara este libro, John Bowlby comenzaría una campaña en sentido contrario de la que todavía hoy estamos extrayendo resultados positivos. En cambio, quienes, como Adler, prevenían contra el exceso contrario, nos han legado bastantes apreciaciones hoy del todo descartadas:

Las perversiones sexuales son un producto artificial infiltrado a través de la educación sin que el interesado se dé cuenta de ello (…) La homosexualidad no depende de las hormonas para nada. (…) Los invertidos sexuales suelen ser niños mimados, con frecuencia mantenidos en la incertidumbre sobre su verdadero papel sexual, y siempre he descubierto en ellos un anhelo exagerado de reconocimiento social, de éxito inmediato y un ansia voraz de superioridad personal

  Sin duda era necesaria una reacción al más bien siniestro mundo freudiano de los impulsos inconfesables, pero el doctor Freud, pese al convencionalismo en su visión de las cuestiones sociales, era coherentemente subversivo en muchos aspectos y su mitología propia entroncaba con la mitología ancestral. El convencionalismo del doctor Adler es más decepcionante. Aquí, la psicología no parece revelar contradicción alguna en la existencia humana

Tres problemas se le plantean a todo ser humano: la actitud frente al prójimo, la profesión y el amor.

  Y entonces, ¿cómo explicar que, con nuestra enorme riqueza tecnológica y económica sea tan grande también nuestra insatisfacción? Reducir la problemática humana a una insuficiente corrección de errores individuales en el desarrollo infantil del “sentimiento de comunidad” no nos ayuda nada a afrontar una naturaleza humana que es demostradamente mucho más compleja que eso.

El alma humana aspira a la superación, a la perfección, a la seguridad y a la superioridad.

  Superación, superioridad, seguridad y perfección… ¿con respecto a qué?