jueves, 25 de julio de 2019

“El esquema”, 2019. Nicholas Christakis

  “Blueprint” es el título original de este libro del sociólogo Nicholas Christakis que se refiere al esquema o patrón evolutivo que se encontraría impreso en nuestros genes y que determina tendencias fundamentales de nuestra vida social.

Todos llevamos dentro de nosotros un patrón evolutivo para la realización de una buena sociedad

  Las costumbres y culturas cambian, sin duda, el aspecto de la vida humana en sociedad, pero  tales condicionantes se hallan limitados a su vez por unas peculiaridades inamovibles. Christakis identifica ciertas reglas innatas para lo que él considera el “juego social” –social suite- que se repite en todas las culturas

En el núcleo de todas las sociedades (...) están las reglas del juego social: 1) capacidad para tener y reconocer una identidad individual; 2) amor por los padres y descendencia; 3) amistad; 4) redes sociales; 5) cooperación; 6) preferencia por el propio grupo (el sesgo endogrupal); 7) moderada jerarquía (esto es, relativo igualitarismo); 8) aprendizaje y enseñanza sociales

No digo que las diferencias entre sociedades están basadas en nuestros genes. Más bien, estoy diciendo que las similitudes entre sociedades –hechas visibles en el juego social- están basadas en nuestros genes

  Las similitudes llegan hasta aspectos que pueden parecer contingentes pero que resultan no serlo.

Estoy centrado en universales que han sido codificados en nuestros genes más que en aquellos que han aparecido (independientemente, en múltiples lugares) simplemente como una respuesta inmediata al entorno en el que se encuentran los humanos (por ejemplo, la potencialmente universal presencia de redes de pesca en culturas que explotan ríos y mares para obtener comida)

  Para ilustrar esta diferencia, pensemos en cómo Peter Watson exploró las similitudes entre la América precolombina y el resto de la humanidad. Recordemos que la América precolombina era prácticamente otro planeta habitado por seres humanos, que en ningún momento entró en contacto cultural con el resto de la humanidad hasta 1492. Y sin embargo, se daban sorprendentes paralelismos. En muchos casos, desde luego, no se trataba meramente de responder a problemas parecidos. Las ruedas hubieran sido útiles para avanzar por las carreteras que estas civilizaciones construían y sin embargo no las utilizaron; tampoco habían llegado a acuñar moneda. En cambio, construir pirámides y hacer momias no tenía utilidad práctica, y se encontraban en América de forma parecida a como las encontramos en Egipto.

Un conjunto relativamente pequeño de rasgos universales sostiene la autoorganización de los humanos en sociedades

Podría haber incluso menos diversidad entre los humanos que viven en diversos lugares de la que esperaríamos porque, en un aspecto importante, todos los humanos experimentamos el mismo entorno (…) [Esto es porque]la mayor amenaza para los humanos, más que los predadores o cualquier exigencia del entorno natural, son los otros humanos(…) La razón para nuestra humanidad común es que siempre hemos vivido entre miembros de nuestra propia especie y hemos evolucionado para afrontar precisamente esa exigencia

   Por otra parte, si lo que tenemos en mente es mejorar la vida social (es decir, mejorar las relaciones entre miembros de nuestra propia especie) tampoco tenemos que considerar la relativamente escasa diversidad como una limitación insalvable. Incluso es viable pensar que el que no existan casos de sociedades del todo pacíficas no implica necesariamente que esto finalmente no pueda llegar a darse. Poseemos la capacidad de elaborar modificaciones culturales por las que resulta factible desarrollar esquemas particulares increíblemente complejos que, hasta cierto punto, cuestionen los instintos ancestrales

Nuestra capacidad para crear cultura es en sí misma una adaptación moldeada por la selección natural. Pocas especies tienen cultura, y aquellas que sí la tienen son las que cuentan con los genes que lo hacen posible

Una vez la transmisión cultural llegó a existir, nuestra especie enfrentó circunstancias que favorecían a los cerebros capaces de aprender y enseñar, así como a los cerebros que podían respetar normas, copiar modelos o transmitir información. A su vez, a medida que los humanos cada vez más eran capaces de confiar en el conocimiento de los demás, se hicieron incluso más amistosos y amables de modo que pudieran interactuar razonablemente en paz dentro de los grupos y así podían aprovechar mejor las instancias sociales a fin de sobrevivir. La cultura construye, y refuerza, nuestra capacidad evolucionada para hacer una buena sociedad.

   Una cultura ideal sería una basada en el mutuo altruismo, lo que permitiría la mayor cooperación posible dentro de entornos sociales de extrema confianza, donde la conflictiva coacción que se ejerce sobre los individuos por conveniencia del bien común ya sería innecesaria. Todos los elementos para hacer posible tal sociedad ya existen, dispersos, en nuestra naturaleza, pero es la elaboración cultural la que permitiría coordinarlos en una forma determinada… y expandir tal modelo cultural a toda la humanidad.

Parece que a lo largo del tiempo evolutivo, los humanos evolucionaron para amar primero a su descendencia, después a sus parejas y después pasaron a sentir afección por sus parientes biológicos, de ahí se pasó a los no biológicos (“políticos”) y después a sus amigos y grupos. Tal vez estemos en medio de una transición a gran escala para convertirnos en una especie que sienta apego por un número mayor de personas

   Por encima de todo, considerar nuestra naturaleza genética común no debe hacernos caer en la falacia naturalista: que seamos en origen una especie de animales sociales agresivos y poco evolucionados culturalmente no tiene por qué limitarnos.

La clase de extremo conflicto intergrupal letal que vemos en los humanos –propiamente, la guerra abierta- es extraordinariamente infrecuente en los animales

 Esto es cierto… como también lo es que ninguna otra sociedad de animales es capaz de obtener tanta cooperación entre individuos no emparentados como sucede con los humanos. Nuestra misma capacidad para la guerra demuestra que somos capaces de coordinar enormes masas de individuos en un fin común. De hecho, quizá los orígenes del altruismo se encuentren también en la violencia entre grupos.

El altruismo implica ayudar a los miembros del intragrupo a coste para uno mismo, y el etnocentrismo (o localismo) es hostilidad hacia los miembros del extragrupo. La escasez periódica de recursos –por ejemplo, debida a sequías o inundaciones- es un predictor clave del conflicto entre los grupos de forrajeros contemporáneos (…) Era útil tener el altruismo al servicio del conflicto extragrupal.

  También en las relaciones privadas. Las familias unidas son más poderosas que aquellas que se disgregan por disputas internas.

La supervivencia preferente de la descendencia de los padres que se sienten vinculados el uno al otro habría favorecido, a lo largo de la evolución, la práctica del apego y modelado la psicología evolucionada de nuestra especie

  Estos éxitos de la competencia entre grupos se basan, pues, en el desarrollo del altruismo: mientras más individuos se sacrifiquen por el bien común, más poderosa es la agrupación de tales individuos. El Homo sapiens cuenta con grandes recursos psicológicos para desarrollar estas agrupaciones. Llamemos “apego” -attachment- a ese recurso psicológico básico. Existe en muchos animales, sobre todo en los mamíferos. Pero es más poderoso en el Homo Sapiens, y a partir de ahí la manipulación cultural hace lo demás para poner en marcha esos grandes grupos competitivos.

El vínculo de pareja y el cuidado conjunto de los niños ponen la base para la cooperación y amistad con individuos no emparentados

De los cinco a los nueve años, los niños centran [la amistad] en actividades compartidas o recompensas superficiales (“me gusta jugar con su colección de Lego”). En torno a los nueve años, los niños hacen una transición hacia una noción más abstracta de amistad, tal como la lealtad y la confianza, y reconocen los deberes y transgresiones de los amigos. En el tercer periodo, durante la adolescencia, las expectativas se pueden hacer todavía más abstractas, centrándose en el compromiso, empatía y afección

  El altruismo tiene otros aspectos prácticos como, por ejemplo, hacer posible el aprendizaje:

Puesto que enseñar es costoso para los maestros y no los beneficia necesariamente, realmente se trata de un tipo de altruismo

   Igualmente, es posible que el origen evolutivo de muchas de otras emociones notables –aparte del apego-, incluso las trascendentes, que son consideradas de las más humanas, sea bastante prosaico

Algunos científicos creen (si bien es difícil de probar) que el sobrecogimiento [awe] es una emoción evolucionada a fin de producir un cambio cognitivo que reduce el egocentrismo y hace a la gente sentirse más conectada con los otros. Responder a fenómenos naturales poderosos –como tormentas o terremotos o vastas expansiones de hielo o desierto – con una pérdida de egoísmo y un incremento en vinculación del grupo podría haber sido valioso para la supervivencia de los antiguos humanos

  Nicholas Christakis dedica bastante atención a un caso notable de manipulación cultural, las extrañas costumbres familiares del pueblo Mosuo (o "Na"), al sur de la actual República China, que contradicen aparentemente el principio de unidad familiar universal: entre los Mosuo no existen relaciones padre-hijo… solo hay madres, tíos y primos…

Para alcanzar esta extraña forma cultural, los Mosuo explotan uno de los rasgos de nuestra especie, la capacidad para cooperar y compartir, aplicándolo aquí a la búsqueda de pareja. Y se aprovechan de la capacidad humana para inventar formas de vivir y encontrar significado en ellas. Esto es, la capacidad para el aprendizaje social y la transmisión cultural -la cual es parte de las reglas de juego social- es un aspecto crucial de nuestra adaptación como especie y de nuestra capacidad para manifestar muchos patrones maritales que subyacen a un impulso del vínculo de pareja

Muchos han argumentado que la extremadamente inusual práctica sexual de los Mosuo desmiente la ubicuidad del matrimonio, sugiriendo que la monogamia no puede tener base biológica. Pero la existencia de la variación no quiere decir que no haya una tendencia central en nuestra especie.

  Por lo tanto, la tendencia central no nos limita de forma irremediable, pero sí que nos da buenas pistas acerca de cómo podemos manipular esos instintos. Las mujeres y hombres Mosuo podían vivir sin matrimonio, igual que muchos jóvenes educados de Europa Occidental hoy también pueden.

  Pensemos entonces en otras afirmaciones acerca de la vida familiar:

Un examen de datos etnográficos de 69 culturas poligínicas no sororales no logra registrar una sola sociedad donde las relaciones entre coesposas pueda describirse como armoniosa

  De no haberse conocido el caso de los Mosuo, algo parecido se hubiera podido afirmar de que sistemáticamente se críen hijos sin padres. Igualmente, conocemos casos de incesto institucionalizado, que puede sostenerse, sea o no armonioso. Y de no haberse dado el extraño caso de la civilización mexica, probablemente se hubiera dicho que ninguna civilización avanzada puede practicar el canibalismo.

  El incesto entre la aristocracia del antiguo Egipto, el canibalismo mexica y las extrañas familias matrilineales de los Mosuo demuestran que en la complejidad de las funciones sociales innatas del Homo Sapiens pueden darse excepciones. Y, por tanto, también demuestran que si civilizaciones primitivas pudieron llegar tan lejos en sus manipulaciones culturales, tanto más puede conseguir el sofisticado Homo Sapiens socialmente organizado a partir de los cambios de la Ilustración.

  Por ejemplo: la igualdad entre el hombre y la mujer no existe en civilización ancestral alguna (desde luego, no se da entre los Mosuo), pero parece que es ya irreversible en la civilización occidental del siglo XXI. Por ejemplo: no hay precedentes de sociedades sin religión, y sin embargo todo indica que las sociedades más avanzadas de este siglo van camino de erradicar las creencias religiosas.

  No podemos descartar nada. Que exista un “esquema” de reglas de juego social innatas puede más bien orientarnos para manipular tales reglas según nuestra elección más que negar nuestra libertad. En lo más importante, el control de la agresividad y el desarrollo del altruismo, no podemos desechar la posibilidad de que futuras manipulaciones y estrategias culturales den fruto en ese sentido en las generaciones por venir.

lunes, 15 de julio de 2019

“Vivir con los dioses”, 2018. Neil MacGregor

  El libro del historiador Neil MacGregor –con abundantes ilustraciones- a veces parece un hermoso reportaje acerca de las manifestaciones plásticas de las religiones. Intencionadamente busca fijarse en los aspectos más positivos de la religión en el desarrollo de la civilización.

Una sociedad con una creencia en algo situado más allá de sí misma, un relato que vaya más allá de lo inmediato y más allá del yo, parece estar mejor equipada para afrontar las amenazas que pueda sufrir su existencia, para sobrevivir y para prosperar. (…) El sociólogo francés Émile Durkheim afirmaba que, sin ese tipo de historias de carácter integral, lo que él denominaba «una idea que se construye a partir de sí misma», en la práctica no puede haber sociedad.

  Esta visión “durkheimiana” no es aceptada universalmente hoy, pero tampoco resulta un anacronismo desde el punto de vista científico. Y tampoco cierra las posibilidades de un examen atento y lúcido del fenómeno religioso.

Uno de los hechos cruciales de la existencia humana: toda sociedad conocida comparte un conjunto de creencias y de supuestos —una fe, una ideología, una religión— que van mucho más allá de la vida del individuo y forman parte esencial de su identidad común. (…)A veces son de carácter laico: el nacionalismo es el ejemplo más claro; pero a lo largo de la historia han sido sobre todo religiosos, en el sentido más amplio del término. Este libro no es en absoluto una historia de las religiones, ni un alegato a favor de la fe, y aún menos una justificación de cualquier sistema de creencias concreto. Antes bien, se propone investigar, a lo largo de la historia y en toda la extensión del globo, una serie de objetos, lugares y actividades humanas para tratar de entender el posible significado de las creencias religiosas compartidas en la vida pública de una comunidad o nación, cómo estas configuran la relación entre el individuo y el Estado y cómo se han convertido en un factor decisivo a la hora de definir quiénes somos. Y ello porque, al elegir cómo convivimos con nuestros dioses, también elegimos cómo convivimos entre nosotros.

  Hoy sabemos que “sin Dioses” se vive mejor. Pero incluso las sociedades más escépticas y racionalistas tienen problemas a resolver y probablemente, si bien los Dioses no nos aportarán mucho en lo sucesivo, sí seguiremos necesitando de creencias comunes.

Las creencias comunes habrían permitido a las personas relacionarse mediante universos sociales mucho mayores que el grupo local. Compartirían con otras una determinada interpretación del mundo y los símbolos o los rituales que podían utilizarse para articularla. Y eso les proporcionaría una especie de parentesco —un tipo de comunidad— en un área mucho mayor de lo que era posible hasta entonces.

 Algo se puede aprender, por tanto, de cómo se resolvieron algunos problemas en el pasado cuando se desarrollaron creencias específicas capaces de influir emocionalmente a toda una sociedad en su conjunto. Y si la religión fue la más trascendente base de tales creencias, quizá el más importante recurso del progreso civilizatorio, bien vale fijarnos en lo que supusieron entonces para unos seres humanos que, al fin y al cabo, eran iguales a nosotros.

Vivir adecuadamente con otros, convivir con el prójimo, es lo más cerca que podemos estar del cielo.

  De todas formas, MacGregor no parece entusiasmado con las sociedades sin religión.

Creo que el papel cada vez menor de la religión institucional se ha traducido en una grave pérdida de sentimiento comunitario, ya que el practicante religioso ha dado paso a un consumidor cada vez más atomizado. Todas las tradiciones (…) afirman que la vida del individuo se puede vivir mejor en comunidad y todas ellas ofrecen formas de hacer realidad esa afirmación

  Sentimiento comunitario. Tal vez el error esté ahí. Supongamos que sustituimos el sentimiento comunitario, grupal, casi de manada de animal social, por un sentimiento de afección individualista universal (una comunidad que es una suma de afecciones de proximidad). ¿No sería eso más productivo y acorde con los ideales humanistas de la Ilustración? Al fin y al cabo, el comunismo de tipo soviético -¿una religión política?- obtuvo algunos resultados y sentó un precedente de una nueva formulación –no teísta- de las creencias comunitarias, demostrando la riqueza de los cambios que pueden producirse en ese ámbito.

  Incluso en la recopilación de Mac Gregor encontramos algunos indicios al respecto: las creencias religiosas van en un sentido cada vez más individualizador y, por lo tanto, en cierto sentido también menos comunitario (en el sentido de comunidad como cuerpo colectivo que deja al individuo en un segundo plano). Hubo cambios y seguirá habiéndolos.

El hecho de pensar en la existencia de un solo Dios todopoderoso presenta un gran atractivo intelectual y emocional. Si existe una sola voluntad, un solo intelecto que creó y mantiene el universo, en última instancia todo debe estar organizado basándose en principios coherentes y comprensibles.

  Y después…

Tras la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 e. c. (…) el centro de la devoción y la práctica religiosa judías se alejó del ritual y el sacrificio para fijarse en las Escrituras y en una tradición rabínica basada en leer y escuchar, en reflexionar e interpretar el significado de la ley judía

Puede parecer extraño, en un libro que trata de las creencias como un asunto comunitario, que nos centremos aquí en una actividad tan personal como la oración privada, la búsqueda individual y compleja por parte de cada alma (…) La oración puede parecer —al menos desde fuera— una forma de retraimiento social. 

  Y después…

En la Europa de los siglos XIII y XIV se da un nuevo tipo de interioridad espiritual, no solo en la religión, sino también en la poesía amorosa. Las personas se interesan más en lo que ahora llamaríamos «psicología humana». Esto implica hacer un especial hincapié en el elemento emocional de la religión, cultivado en particular por la orden franciscana, pero inspirado también en personas como san Anselmo y los cistercienses. Este enfoque de la fe se traslada asimismo al mundo seglar, donde las personas exploran una gama más amplia de emociones en su experiencia religiosa. 

   Y después…

En los primeros siglos del cristianismo, la oración era algo completamente físico, como ocurre en los rituales de oración del islam actual. La gente se ponía de pie, se inclinaba, se postraba, se arrodillaba, tal como hacen todavía los musulmanes. Sin embargo, parece que en el siglo XVI la oración se hizo más mental, más abstracta. Los puritanos prohibieron bailar y cantar y perdimos buena parte de ese dinamismo corporal de nuestra oración, que los musulmanes —creo que sabiamente— han conservado

  Y después…

La imagen que cambia la vida es un arma de doble filo. Fue en parte por ello por lo que la mayoría de los reformadores protestantes se mostraron profundamente hostiles hacia ellas. Como muchos otros movimientos religiosos, creían que la única forma fiable de transmitir las verdades de la religión era mediante la palabra: la imagen resultaba un peligro para la verdadera fe y era mejor destruirla.(…) Ha habido muchas personas que creen que las imágenes constituyen, en la práctica, idolatría y que solo la palabra puede conducir a Dios

   Aunque a MacGregor le guste la idea de la oración ritualizada en común de, por ejemplo, los musulmanes, tiene que reconocer que desaparecieron los panteones de Dioses, que aparecieron las doctrinas formadas en abstracciones lógicas –La Palabra-, que vino la oración en soledad, interiorizada, despojada de iconos… ¿No sería la desaparición del mismo Dios como concepto e idea la conclusión final de esta evolución de las creencias hacia la individualización? En cualquier caso, todo observador del fenómeno religioso –o de las creencias- percibe el cambio

Las religiones parecen ser sustanciales y perdurables solo porque cambian constantemente de manera invisible

  Y otra precisión: el rol político de las religiones. Siempre ha existido, lo cual confirma la visión durheimiana.

Casi toda la teología tiene un cariz político y en el mundo antiguo casi toda la política tiene un cariz religioso; es solo nuestra visión occidental posterior a la Ilustración la que nos hace querer distinguir claramente entre ambas

  ¿Pero no sería más deseable una religión –o sistema de creencias comunes- no político?  Esto excluiría, por supuesto, el experimento –fracasado- de las religiones políticas de los estados totalitarios del siglo XX, pero también la implicación política de las teologías… y las mismas teologías.

  ¿No fue el “Al César lo que es del César” quizá uno de los elementos esenciales del triunfo del cristianismo (y del Budismo)?

  Por supuesto, podría ser que las nuevas creencias comunes no se expresen en el futuro de la forma cohesionada que hoy conocemos, y que las creencias “de sentido común” de la sociedad liberal occidental actual sean todo lo que necesitamos, pero si han de producirse cambios importantes para superar nuestro aparentemente estancamiento civilizatorio –persistencia de la precariedad, la desigualdad, la insatisfacción- es probable que necesitemos nuevas creencias.

  De los cambios que tal vez nos esperan, a la desaparición de los Dioses -las tradiciones de la hoy inadmisible sobrenaturalidad- tal vez se añada la desaparición de las ideologías políticas, en tanto que implican la subordinación de los destinos individuales a duras disciplinas por interés del grupo (grupos que siempre están estratificados, con un visible liderazgo). Una autonomía del individuo dentro de una sociedad en armonía requerirá también de creencias comunes y estas creencias comunes también deberán desarrollarse –no basta, evidentemente, con enunciarlas- en base a estrategias psicológicas que, no siendo ya iguales a los antiguos mitos, rituales o manifestaciones de arte plástico, deberán abarcar todos sus efectos positivos excluyendo los negativos. Parece ese el sentido de los cambios en el pasado y por lo tanto habría de serlo también para los cambios futuros.

viernes, 5 de julio de 2019

“Buenas razones para malas sensaciones”, 2019. Randolph Nesse

La meta de este libro es mostrar que preguntarse por qué la selección natural nos ha dejado tan vulnerables puede ayudarnos a encontrar sentido al desorden mental y hacer el tratamiento [psicológico] más efectivo. Las posibles respuestas sugeridas aquí son ejemplos, no conclusiones; algunas resultarán estar equivocadas

   La enfermedad o el trastorno es algo constante en el ser humano… tanto como lo es en todos los seres vivos. Y sin embargo, las deficiencias son algo que tendría que quedar superado en el proceso evolutivo. La reproducción de los más aptos implica que son los más aptos los que dejan su herencia ¿por qué entonces persisten, por ejemplo, los trastornos o desórdenes mentales?

   El psiquiatra evolutivo Randolph Nesse nos recuerda que, como siempre, hemos de tener en cuenta que la selección natural no se ocupa de la felicidad humana. Solo se ocupa de asegurar la propagación de una estirpe genética. Recordemos, por ejemplo, que los seres humanos querríamos vivir tan prolongadamente como fuera posible, mientras que, desde un punto de vista meramente evolutivo, cuarenta años es suficiente para asegurar la reproducción de la especie: veinte años para engendrar un hijo que, a su vez, al cabo de otros veinte, podrá engendrar otro hijo, con lo que se asegura la continuidad…

El ojo estaría mejor sin un punto ciego. El canal de parto es demasiado estrecho. La protección contra el cáncer es insuficiente como lo es la protección contra la infección.

   Y sabemos también que, desde que se descubre la agricultura, los Homo Sapiens somos menos robustos, e incluso con mayores deficiencias nutricionales. Desde luego, no hay muchos motivos para estar agradecidos a la Naturaleza por habernos creado: no lo ha hecho en nuestro interés. Pero nosotros podemos buscar nuestro interés incluso en tales circunstancias

Una variación genética que causa la calcificación de las arterias coronarias que mata a mucha gente a los noventa años puede sin embargo convertirse en universal si también hace que los huesos rotos se curen más rápidamente en la infancia.

  Lo importante es que no es imposible encontrar tratamiento para los problemas coronarios de los ancianos con independencia de que el proceso de calcificación siga siendo útil para los niños.

  Teniendo esto claro, examinemos algunos asuntos desde una perspectiva realista y con la esperanza de que ello pueda ayudarnos a resolver o aliviar algunos problemas. Problemas de las personas, no de la especie… En el caso que ocupa el libro de Nesse, problemas mentales o más propiamente problemas emocionales: depresión, ansiedad, pánico…

En lugar de asumir que la emoción positiva es buena y la negativa es mala, los expertos con una perspectiva evolutiva pueden analizar lo apropiado de una emoción para una situación

  Por ejemplo, nadie quiere pasar por el mal trago de una depresión. Pero la selección natural tiene sus razones para ello…

El estado de ánimo recoloca las inversiones de tiempo, esfuerzo, recursos y toma de riesgos para maximizar la adaptación darwiniana en situaciones de variadas posibilidades. Estados de ánimo alto y bajo ajustan la cognición y el comportamiento para afrontar situaciones propicias o no propicias

  Pongamos por caso –como el autor suele señalar- que estamos deprimidos porque somos objeto de inferioridad social –porque somos esclavos en la Antigüedad, o simplemente porque nos han despedido del trabajo…

Luchar por el estatus social con frecuencia crea metas inalcanzables, pero un estado de ánimo bajo crónico puede también ser útil para aquellos que se encuentran constreñidos a una posición subordinada

  Es útil porque impide que la lucha por una meta inalcanzable nos destruya…

   O el hambre: Homo sapiens en estado de naturaleza (prehistoria…) tenía que estar preparado para situaciones de hambruna

La deprivación calórica [hambre] sucedía en ocasiones en la época de nuestros antepasados, y continúa en muchas partes del mundo. En tales situaciones es sabio evitar las actividades vigorosamente competitivas

  El hambre nos mantiene deprimidos: nos hace ahorrar calorías con nuestra inactividad. Humillados y hambrientos, sufrimos depresión, pero la depresión nos ayuda a mantenernos con vida.

Las emociones no fueron diseñadas; evolucionaron. En lugar de una función, cada emoción tiene muchas (…) Las emociones tienen más sentido cuando las vemos como modos especiales de operación que incrementan la capacidad para afrontar ciertas situaciones

   La ansiedad…

Los individuos con capacidad para la ansiedad es más probable que escapen de situaciones peligrosas en el presente y que las eviten en el futuro

  La represión (también la freudiana, por supuesto)

La represión [del inconsciente] podría simplemente ser una limitación inevitable del sistema cognitivo. (…) Mucho contenido inconsciente no es que no esté disponible; está activamente bloqueado del consciente por mecanismos especializados llamados defensas del ego

  La disonancia cognitiva y el autoengaño…

Disonancia. Una vez se toma una solución, la gente ve todas las razones por las cuales su decisión fue inteligente y por qué las otras elecciones no fueron tan buenas

Robert Trivers (…) argumenta que el autoengaño evolucionó para hacer más fácil engañar a otros (…) Una gran parte del psicoanálisis puede describirse como una teoría del autoengaño

   Nesse hace una larga relación de estas “malas emociones”. Aparecen aquí todo tipo de problemas que dan lugar a desórdenes mentales. También muchas “enfermedades”, aparte de la depresión, como la esquizofrenia, la bipolaridad o el trastorno obsesivo compulsivo. Todo tiene su origen, esclarecido con mayor o menor acierto por el estudioso. En conjunto, la naturaleza nos da elementos de sobra para hacer de nuestras vidas un infierno.

  Sin embargo…

Aquellos que estudian la evolución pueden comprender mejor las motivaciones y las emociones que aparecen en respuesta a las dificultades en perseguir metas. Su comprensión de las relaciones los ayuda a comprender por qué los conflictos son inevitables y cómo reducirlos

El tratamiento de desorden de pánico se mejora si los clínicos reconocen que los ataques de pánico son falsas alarmas en el sistema de lucha-o-huye y (…) explica por qué las falsas alarmas son comunes. El tratamiento de desórdenes de alimentación se mejora por el reconocimiento de que las dietas duras producen mecanismos de protección ante la hambruna que son proclives a iniciar una espiral de feedback [lo que impulsa a comer más]. El tratamiento de la adicción se mejora al reconocer que la adicción es el resultado cuando los mecanismos de aprendizaje encuentran sustancias y rutas de entrega que nuestros antepasados nunca imaginaron

  Como siempre, tan solo el sentirnos conocedores de qué nos lleva por el mal camino ya es una gran ayuda, y no debemos dejarnos llevar por un fatalismo absurdo como si estuviéramos “programados” para la infelicidad al servicio de las tendencias genéticas

La creencia de que hemos sido seleccionados para el egoísmo es socialmente corrosiva. Su expansión haría la vida más solitaria y brutal de lo que ya lo es.

   Los conocimientos también proporcionan métodos prácticos para afrontar nuestros problemas. Aquí se hace inevitable recordar al doctor Freud, que hace ya tanto tiempo, con el psicoanálisis, ofreció una explicación a la que podíamos atenernos. Incluso si esa explicación no siempre era exacta nos aportaba certezas que nos ayudaban a buscar soluciones en general.

Freud estaba convencido de que el miedo a salir a la calle era el resultado de impulsos sexuales inconscientes para convertirnos en un buscador [de oportunidades sexuales] (…) Pero hay una explicación más fácil para la asociación de la agorafobia con los ataques de pánico. Imagínese que usted es un cazador-recolector que ayer por poco escapó al ataque de un león. ¿Qué sería lo más inteligente de hacer hoy? Quedarse en el campamento si es posible. Si hay que salir, no ir lejos y no ir solo. Evitar espacios abiertos y espacios sin salida, donde se sería especialmente vulnerable al predador.

  Habrá quien opine que pensar en términos del cerebro del hombre prehistórico no nos ayuda mucho. Pero si la consideración de los traumas sexuales a los que Freud atribuía tantos problemas ayudó a algunos, también considerar sensatamente nuestras tendencias antisociales desde el punto de vista de la evolución del Homo Sapiens "en estado de naturaleza" puede hacerlo.

Los hombres que carecen de celos tienden a tener menos hijos que los hombres cuyos celos –por muy detestable, peligroso y repelente que esto sea para todos y para la sociedad- hacen los embarazos más probables

   De modo que es normal tener celos. Eso no quiere decir que tener celos sea algo bueno –eso sería la “falacia naturalista”-, pero sí que no debemos inquietarnos excesivamente por ello. Y podemos también estar molestos porque, a pesar de nuestras convicciones ecológicas e incluso vegetarianas, nos sintamos constantemente tentados por alimentarnos de carne asada: no es tan grave, porque Homo Sapiens es un cazador-recolector carnívoro y al consumo de carne asada le debemos muy probablemente incluso el desarrollo de nuestros cerebros, de modo que tal inclinación ha de estar forzosamente arraigada en nuestros genes –como siempre, en menor o mayor medida dependiendo del individuo. Si sabemos a qué nos enfrentamos podemos combatirlo mejor.

  Finalmente, una visión evolutiva del comportamiento humano también nos da indicaciones optimistas acerca de cómo desarrollar una vida más prosocial, de mutua ayuda. Por ejemplo, en el caso de asociación por selección.

Los humanos tienen tendencias extremadamente prosociales que necesitan explicaciones adicionales. Proporcionarlas es un importante desafío académico que está haciendo progresos. La clave para una solución general viene de reconocer que los altruistas que se asocian selectivamente con otros altruistas obtienen ventajas en comparación con los que meramente intercambian favores con otros encontrados al azar. La simple proximidad geográfica es el mecanismo más simple; la descendencia de los altruistas presumiblemente vivirá en la proximidad de otros altruistas.

  Es difícil difundir la prosocialidad, ya que el altruismo y la benevolencia son muy costosos para el individuo, lo cual explica que tales tendencias tan beneficiosas para la vida en sociedad se extiendan tan lentamente, pero la asociación por selección nos da una buena pista: los altruistas que se asocian selectivamente con otros altruistas obtienen ventajas en comparación con los que meramente intercambian favores con otros encontrados al azar. Parece obvio, pero no lo es. Muy al contrario, la tendencia suele ser que la sociedad alienta a los altruistas a distribuir su influencia benéfica equitativamente entre el conjunto de individuos de la sociedad: no alienta la asociación entre altruistas, sino todo lo contrario. Pero eso va en detrimento de la promoción del altruismo: si dejamos que se desarrolle la tendencia de asociación por selección (de afinidad) lo que estamos es potenciando enormemente el altruismo, pues éste es fácilmente promovido, difundido y potenciado en un entorno donde los altruistas cada vez se ven menos decepcionados. Este desarrollo y expansión del altruismo tendría lugar solo dentro de entornos localizados –donde sucede la asociación entre altruistas- pero en un mundo globalizado, como el nuestro, la sociedad convencional –donde el altruismo es excepcional y no mayoritario- no puede ser indiferente a los fenómenos sociales que tendrían lugar dentro del entorno en concreto donde tiene lugar la asociación de altruistas. Al producirse fenómenos de altruismo a gran escala se daría lugar a nuevas formas culturales, logros económicos y enunciados ideológicos todos ellos derivados de la interacción entre altruistas: el altruismo aportaría innovaciones sociales para el conjunto de la sociedad que no podría mostrarse indiferente a su existencia.

   Es decir, en lugar de desperdiciar a nuestros altruistas haciéndolos participar, por ejemplo, en ONGs u otros proyectos convencionales que está comprobado que producen beneficios prosociales limitados y muy escasos cambios culturales en el sentido prosocial, lo inteligente sería  agruparlos por afinidad (asociación por selección) a la manera de las órdenes monásticas. Esto, a medio plazo, produciría enormes beneficios prosociales y grandes expectativas de cambios culturales también para la sociedad convencional en tanto que introduciría nuevas pautas en las relaciones humanas, todas ellas derivadas del desarrollo de las tendencias prosociales.