viernes, 5 de julio de 2019

“Buenas razones para malas sensaciones”, 2019. Randolph Nesse

La meta de este libro es mostrar que preguntarse por qué la selección natural nos ha dejado tan vulnerables puede ayudarnos a encontrar sentido al desorden mental y hacer el tratamiento [psicológico] más efectivo. Las posibles respuestas sugeridas aquí son ejemplos, no conclusiones; algunas resultarán estar equivocadas

   La enfermedad o el trastorno es algo constante en el ser humano… tanto como lo es en todos los seres vivos. Y sin embargo, las deficiencias son algo que tendría que quedar superado en el proceso evolutivo. La reproducción de los más aptos implica que son los más aptos los que dejan su herencia ¿por qué entonces persisten, por ejemplo, los trastornos o desórdenes mentales?

   El psiquiatra evolutivo Randolph Nesse nos recuerda que, como siempre, hemos de tener en cuenta que la selección natural no se ocupa de la felicidad humana. Solo se ocupa de asegurar la propagación de una estirpe genética. Recordemos, por ejemplo, que los seres humanos querríamos vivir tan prolongadamente como fuera posible, mientras que, desde un punto de vista meramente evolutivo, cuarenta años es suficiente para asegurar la reproducción de la especie: veinte años para engendrar un hijo que, a su vez, al cabo de otros veinte, podrá engendrar otro hijo, con lo que se asegura la continuidad…

El ojo estaría mejor sin un punto ciego. El canal de parto es demasiado estrecho. La protección contra el cáncer es insuficiente como lo es la protección contra la infección.

   Y sabemos también que, desde que se descubre la agricultura, los Homo Sapiens somos menos robustos, e incluso con mayores deficiencias nutricionales. Desde luego, no hay muchos motivos para estar agradecidos a la Naturaleza por habernos creado: no lo ha hecho en nuestro interés. Pero nosotros podemos buscar nuestro interés incluso en tales circunstancias

Una variación genética que causa la calcificación de las arterias coronarias que mata a mucha gente a los noventa años puede sin embargo convertirse en universal si también hace que los huesos rotos se curen más rápidamente en la infancia.

  Lo importante es que no es imposible encontrar tratamiento para los problemas coronarios de los ancianos con independencia de que el proceso de calcificación siga siendo útil para los niños.

  Teniendo esto claro, examinemos algunos asuntos desde una perspectiva realista y con la esperanza de que ello pueda ayudarnos a resolver o aliviar algunos problemas. Problemas de las personas, no de la especie… En el caso que ocupa el libro de Nesse, problemas mentales o más propiamente problemas emocionales: depresión, ansiedad, pánico…

En lugar de asumir que la emoción positiva es buena y la negativa es mala, los expertos con una perspectiva evolutiva pueden analizar lo apropiado de una emoción para una situación

  Por ejemplo, nadie quiere pasar por el mal trago de una depresión. Pero la selección natural tiene sus razones para ello…

El estado de ánimo recoloca las inversiones de tiempo, esfuerzo, recursos y toma de riesgos para maximizar la adaptación darwiniana en situaciones de variadas posibilidades. Estados de ánimo alto y bajo ajustan la cognición y el comportamiento para afrontar situaciones propicias o no propicias

  Pongamos por caso –como el autor suele señalar- que estamos deprimidos porque somos objeto de inferioridad social –porque somos esclavos en la Antigüedad, o simplemente porque nos han despedido del trabajo…

Luchar por el estatus social con frecuencia crea metas inalcanzables, pero un estado de ánimo bajo crónico puede también ser útil para aquellos que se encuentran constreñidos a una posición subordinada

  Es útil porque impide que la lucha por una meta inalcanzable nos destruya…

   O el hambre: Homo sapiens en estado de naturaleza (prehistoria…) tenía que estar preparado para situaciones de hambruna

La deprivación calórica [hambre] sucedía en ocasiones en la época de nuestros antepasados, y continúa en muchas partes del mundo. En tales situaciones es sabio evitar las actividades vigorosamente competitivas

  El hambre nos mantiene deprimidos: nos hace ahorrar calorías con nuestra inactividad. Humillados y hambrientos, sufrimos depresión, pero la depresión nos ayuda a mantenernos con vida.

Las emociones no fueron diseñadas; evolucionaron. En lugar de una función, cada emoción tiene muchas (…) Las emociones tienen más sentido cuando las vemos como modos especiales de operación que incrementan la capacidad para afrontar ciertas situaciones

   La ansiedad…

Los individuos con capacidad para la ansiedad es más probable que escapen de situaciones peligrosas en el presente y que las eviten en el futuro

  La represión (también la freudiana, por supuesto)

La represión [del inconsciente] podría simplemente ser una limitación inevitable del sistema cognitivo. (…) Mucho contenido inconsciente no es que no esté disponible; está activamente bloqueado del consciente por mecanismos especializados llamados defensas del ego

  La disonancia cognitiva y el autoengaño…

Disonancia. Una vez se toma una solución, la gente ve todas las razones por las cuales su decisión fue inteligente y por qué las otras elecciones no fueron tan buenas

Robert Trivers (…) argumenta que el autoengaño evolucionó para hacer más fácil engañar a otros (…) Una gran parte del psicoanálisis puede describirse como una teoría del autoengaño

   Nesse hace una larga relación de estas “malas emociones”. Aparecen aquí todo tipo de problemas que dan lugar a desórdenes mentales. También muchas “enfermedades”, aparte de la depresión, como la esquizofrenia, la bipolaridad o el trastorno obsesivo compulsivo. Todo tiene su origen, esclarecido con mayor o menor acierto por el estudioso. En conjunto, la naturaleza nos da elementos de sobra para hacer de nuestras vidas un infierno.

  Sin embargo…

Aquellos que estudian la evolución pueden comprender mejor las motivaciones y las emociones que aparecen en respuesta a las dificultades en perseguir metas. Su comprensión de las relaciones los ayuda a comprender por qué los conflictos son inevitables y cómo reducirlos

El tratamiento de desorden de pánico se mejora si los clínicos reconocen que los ataques de pánico son falsas alarmas en el sistema de lucha-o-huye y (…) explica por qué las falsas alarmas son comunes. El tratamiento de desórdenes de alimentación se mejora por el reconocimiento de que las dietas duras producen mecanismos de protección ante la hambruna que son proclives a iniciar una espiral de feedback [lo que impulsa a comer más]. El tratamiento de la adicción se mejora al reconocer que la adicción es el resultado cuando los mecanismos de aprendizaje encuentran sustancias y rutas de entrega que nuestros antepasados nunca imaginaron

  Como siempre, tan solo el sentirnos conocedores de qué nos lleva por el mal camino ya es una gran ayuda, y no debemos dejarnos llevar por un fatalismo absurdo como si estuviéramos “programados” para la infelicidad al servicio de las tendencias genéticas

La creencia de que hemos sido seleccionados para el egoísmo es socialmente corrosiva. Su expansión haría la vida más solitaria y brutal de lo que ya lo es.

   Los conocimientos también proporcionan métodos prácticos para afrontar nuestros problemas. Aquí se hace inevitable recordar al doctor Freud, que hace ya tanto tiempo, con el psicoanálisis, ofreció una explicación a la que podíamos atenernos. Incluso si esa explicación no siempre era exacta nos aportaba certezas que nos ayudaban a buscar soluciones en general.

Freud estaba convencido de que el miedo a salir a la calle era el resultado de impulsos sexuales inconscientes para convertirnos en un buscador [de oportunidades sexuales] (…) Pero hay una explicación más fácil para la asociación de la agorafobia con los ataques de pánico. Imagínese que usted es un cazador-recolector que ayer por poco escapó al ataque de un león. ¿Qué sería lo más inteligente de hacer hoy? Quedarse en el campamento si es posible. Si hay que salir, no ir lejos y no ir solo. Evitar espacios abiertos y espacios sin salida, donde se sería especialmente vulnerable al predador.

  Habrá quien opine que pensar en términos del cerebro del hombre prehistórico no nos ayuda mucho. Pero si la consideración de los traumas sexuales a los que Freud atribuía tantos problemas ayudó a algunos, también considerar sensatamente nuestras tendencias antisociales desde el punto de vista de la evolución del Homo Sapiens "en estado de naturaleza" puede hacerlo.

Los hombres que carecen de celos tienden a tener menos hijos que los hombres cuyos celos –por muy detestable, peligroso y repelente que esto sea para todos y para la sociedad- hacen los embarazos más probables

   De modo que es normal tener celos. Eso no quiere decir que tener celos sea algo bueno –eso sería la “falacia naturalista”-, pero sí que no debemos inquietarnos excesivamente por ello. Y podemos también estar molestos porque, a pesar de nuestras convicciones ecológicas e incluso vegetarianas, nos sintamos constantemente tentados por alimentarnos de carne asada: no es tan grave, porque Homo Sapiens es un cazador-recolector carnívoro y al consumo de carne asada le debemos muy probablemente incluso el desarrollo de nuestros cerebros, de modo que tal inclinación ha de estar forzosamente arraigada en nuestros genes –como siempre, en menor o mayor medida dependiendo del individuo. Si sabemos a qué nos enfrentamos podemos combatirlo mejor.

  Finalmente, una visión evolutiva del comportamiento humano también nos da indicaciones optimistas acerca de cómo desarrollar una vida más prosocial, de mutua ayuda. Por ejemplo, en el caso de asociación por selección.

Los humanos tienen tendencias extremadamente prosociales que necesitan explicaciones adicionales. Proporcionarlas es un importante desafío académico que está haciendo progresos. La clave para una solución general viene de reconocer que los altruistas que se asocian selectivamente con otros altruistas obtienen ventajas en comparación con los que meramente intercambian favores con otros encontrados al azar. La simple proximidad geográfica es el mecanismo más simple; la descendencia de los altruistas presumiblemente vivirá en la proximidad de otros altruistas.

  Es difícil difundir la prosocialidad, ya que el altruismo y la benevolencia son muy costosos para el individuo, lo cual explica que tales tendencias tan beneficiosas para la vida en sociedad se extiendan tan lentamente, pero la asociación por selección nos da una buena pista: los altruistas que se asocian selectivamente con otros altruistas obtienen ventajas en comparación con los que meramente intercambian favores con otros encontrados al azar. Parece obvio, pero no lo es. Muy al contrario, la tendencia suele ser que la sociedad alienta a los altruistas a distribuir su influencia benéfica equitativamente entre el conjunto de individuos de la sociedad: no alienta la asociación entre altruistas, sino todo lo contrario. Pero eso va en detrimento de la promoción del altruismo: si dejamos que se desarrolle la tendencia de asociación por selección (de afinidad) lo que estamos es potenciando enormemente el altruismo, pues éste es fácilmente promovido, difundido y potenciado en un entorno donde los altruistas cada vez se ven menos decepcionados. Este desarrollo y expansión del altruismo tendría lugar solo dentro de entornos localizados –donde sucede la asociación entre altruistas- pero en un mundo globalizado, como el nuestro, la sociedad convencional –donde el altruismo es excepcional y no mayoritario- no puede ser indiferente a los fenómenos sociales que tendrían lugar dentro del entorno en concreto donde tiene lugar la asociación de altruistas. Al producirse fenómenos de altruismo a gran escala se daría lugar a nuevas formas culturales, logros económicos y enunciados ideológicos todos ellos derivados de la interacción entre altruistas: el altruismo aportaría innovaciones sociales para el conjunto de la sociedad que no podría mostrarse indiferente a su existencia.

   Es decir, en lugar de desperdiciar a nuestros altruistas haciéndolos participar, por ejemplo, en ONGs u otros proyectos convencionales que está comprobado que producen beneficios prosociales limitados y muy escasos cambios culturales en el sentido prosocial, lo inteligente sería  agruparlos por afinidad (asociación por selección) a la manera de las órdenes monásticas. Esto, a medio plazo, produciría enormes beneficios prosociales y grandes expectativas de cambios culturales también para la sociedad convencional en tanto que introduciría nuevas pautas en las relaciones humanas, todas ellas derivadas del desarrollo de las tendencias prosociales.

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