viernes, 25 de septiembre de 2026

“Sin competición”, 1986. Alfie Kohn

   "No Contest", el libro del científico social Alfie Kohn, planteó una cuestión capital: ¿es la competitividad un obstáculo al desarrollo humano, al desarrollo civilizatorio?

El sistema cooperativo de distribuir bienes, en comparación con el competitivo, tiene efectos más favorables en la productividad individual y de grupo, en el aprendizaje individual, en las relaciones sociales, autoestima, actitudes emprendedoras y en un sentido de responsabilidad para los otros miembros del grupo (p. 182)

La competición es un tipo de agresión (p. 143)

   Partimos de la idea de que la competitividad existe en todos los seres vivos, y desde luego en los mamíferos superiores –competencia por los recursos, por la supremacía y por las hembras-. Ahora bien, el ser humano civilizado se caracteriza por el logro de modificaciones culturales en su comportamiento social que en muchas ocasiones contradicen las inclinaciones naturales. Y la motivación para ello, en muchos casos, es que, con la extraordinaria capacidad para incrementar la productividad del trabajo que nos da la tecnología… ya no vivimos en el estado de escasez propio del reino animal.

  Kohn considera probado que la cooperación humana es más productiva económicamente que la competición. Todavía más. Sin embargo, todo lo que puede aportarnos para demostrarlo es un resumen de algunos estudios sobre pedagogía.

65 estudios demostraron que la cooperación promueve más altos logros que la competición, 8 encontraron lo opuesto y 36 no hallaron diferencia estadística significativa (p. 48)

  E incluso en este importante campo –sistema educativo, especialmente en la primera infancia- sorprende que en este libro no hay la menor mención a las experiencias pedagógicas alternativas no competitivas, como Summerhill.

  Éste y otros detalles hacen dudar de que esté tan demostrado que las fórmulas actuales de cooperación sean más eficientes que las estrategias de cooperación. Y, desde luego, parece muy dudoso que no existan impulsos innatos competitivos en los mamíferos sociales.

La competición es un fenómeno aprendido  (p. 18)  

  Si la competición es agresión, entonces es dudoso que la competición sea algo aprendido, porque la agresión es innata. Y todos los animales agreden y compiten, tanto o más que también muestran inclinaciones afectivas y cooperativas.

Las sociedades humanas primitivas difieren en gran medida de otros primates por la gran cantidad de cooperación que se logra (p. 34)

   Al menos, el autor no pretende que las sociedades humanas primitivas no sean competitivas ni agresivas. Claro que lo son, pero se supone que estamos en el camino de la civilización y es aquí donde el rechazo a la competitividad debe fundamentarse, y lo que justifica que explotemos al máximo nuestra capacidad para la cooperación.

Una orientación no competitiva –si no la práctica deliberada de la cooperación- es una seria posibilidad, una alternativa realista para nuestras vidas (p. 44)

Un desempeño superior no solo no requiere competición; normalmente parece requerir su ausencia (p. 47)

Los niños generalmente prefieren los juegos no competitivos cuando son expuestos a ellos [versiones cooperativas de juegos como el ajedrez, el backgammon, el scrabble y el Monopoly] (p. 95) 

[En un experimento de psicología social con niños, se les hace jugar, competitivamente o no, y después se les da la oportunidad de hacer donaciones altruistas, con el resultado de que] aquellos a quienes [habiendo jugado de forma competitiva] se les dijo que habían ganado donaron más que los que habían perdido o empatado. Pero aquellos que jugaron de forma no competitiva contribuyeron más que nadie (p. 140)

  Parece, ciertamente, probable que la cooperación sea más eficiente que la competición. Desde luego, está demostrado que un sistema diferente al de la competitividad capitalista también puede sacar adelante grandes avances tecnológicos (sucedió así en las grandes dictaduras comunistas, como la soviética y la china… aunque parezca ejemplos poco ilusionantes).

Competir simplemente quiere decir que uno está trabajando hacia una meta de tal forma que impide a los otros  alcanzar sus propias metas  (p. 46)

  Por una parte, tenemos la ambición de alcanzar grandes logros –de tipo egoísta o no-, por otra, tenemos el deseo competitivo –agresivo- de derrotar a otros. 

Intentar hacerlo bien e intentar vencer a otros son dos cosas diferentes (p. 55)

   ¿Y la codicia? ¿Todo codicioso es competitivo y agresivo? Sí, si consideramos que lo codiciado suele ser todo aquello cuya posesión incrementa nuestro estatus.

   En todo caso, un mundo cooperativo, no competitivo –no agresivo- es deseable… pero exigirá grandes cambios de tipo cultural… porque hoy por hoy no tenemos evidencia alguna de que exista o haya existido jamás una sociedad no competitiva –no agresiva-. Lo que sí tenemos es una razonable suposición de que un mundo no agresivo y no competitivo es posible.

Hay programas escolares para explicar a los niños el abuso de las drogas, incluyendo el tabaco y el alcohol. ¿Por qué no hacer lo mismo con respecto a alcanzar metas mutuamente exclusivas? (p. 186)

  El autor muestra agudeza al señalar que los prejuicios sobre la competitividad afectan incluso al juicio evaluativo de un estudioso del comportamiento humano tan brillante como Jean Piaget:

Jean Piaget en su clásica obra “El juicio moral del niño”, pregunta al niño de seis años [después de haber atestiguado un juego entre niños]:” ¿quién ha ganado?”;” ambos hemos ganado”, responde el niño; “pero ¿quién ha ganado más?”. Piaget no solo está aprendiendo de su joven informante, también le está enseñando (p. 27)

   La competitividad es “antisocial”, tanto como cualquier forma de agresión, y sin duda la codicia ha de serlo en la medida en que, hoy por hoy, no puede más que suponer el olvido del bien común.

La psicoanalista Karen Horney describió a un neurótico como alguien que constantemente se mide contra otros (p. 5)

   Una formulación posible es que todo lo que buscan las personas inmersas en una sociedad competitiva-agresiva-codiciosa es… “autoestima”.

La competición intencional puede ser comprendida en términos de necesidades de autoestima: tratamos de vencer a otros en un intento de probar nuestro valor.( …)  Mientras más competimos, más necesitamos competir (p. 183)

  ¿Cómo podemos librarnos de la competitividad? ¿Librándonos de la autoestima? Quizá la única forma de poder prescindir de la autoestima que lleva a la competitividad sea vernos rodeados por un entorno social de extrema confianza, tanto en la proximidad como a nivel de organización social a gran escala.

   Ante todo, habría que crear alternativas no competitivas –no agresivas- que sean viables, cuando menos en ámbitos restringidos que supongan una evidencia inequívoca. Sobre eso, el autor no da soluciones, se limita a señalar el problema –lo cual no es poco- y recuerda que todo depende de desafiar prejuicios. Como siempre, la cuestión tiene que ver con la evaluación racional de los hechos. Y con lo que la autoestima pueda en realidad suponer para el individuo en un contexto social dado.

Los cuatro mitos centrales de la competición – que es inevitable, más productiva, más apasionante y que construye carácter (p. 10)

  Esta visión individualista puede relacionarse con cierta incompatibilidad con una visión más social de la naturaleza humana.

Preferimos mantener que los individuos son responsables de lo que sucede o, a lo más, encontrar una causa próxima suficiente. Raramente son comprendidos los sucesos en su contexto social o histórico (p. 161)

  Es decir, en la competitividad encontramos algo más que agresividad: se trata de una concepción de la existencia que comparte la superstición de los pueblos no civilizados acerca de que no existe el azar y de que todo suceso está motivado por una valoración social. Uno enferma porque carece de fe, o porque es débil de voluntad, porque otros lo han embrujado o porque no ha elegido al curandero adecuado. De forma parecida…si uno no ha vencido a otro para conseguirlo, no puede ser entonces que uno haya logrado algo realmente valioso. Todo parece encajar para conectar la competitividad con un estadío civilizatorio menos avanzado.

El círculo vicioso puede describirse así: lucha individual competitiva lleva a hostilidad intrasocial que lleva a aislamiento que lleva a ansiedad que lleva a un incremento de la lucha competitiva (p. 123)

Mientras más competitivo es un individuo, menos espontáneo es, menos receptivo a la sorpresa, menos flexible en su proceso cognitivo (p. 126)

El ganar no ofrece un confort genuino porque no hay actividad competitiva para la cual la victoria sea permanente (p. 111)

  Y la cooperación nos ofrece posibilidades mucho más valiosas.

Un número de psicólogos han incluido la autoevaluación autónoma en su definición de salud psicológica. (p. 42)

La gente se siente valorada cuando su éxito está positivamente asociado al de otros (más que negativamente relacionado, tal como sucede en la competición) (p. 108)

   Y nunca debemos olvidar cuál es la motivación real de los actos y cuáles son los fines que realmente necesitamos.

La fuerza impulsora del capitalismo es la búsqueda de beneficios; su supuesto éxito para satisfacer las necesidades humanas es meramente un subproducto fortuito (p. 74)

   Lo mismo puede decirse de un sistema económico basado en el altruismo: su fuerza impulsora sería el estado de benevolencia, mientras que la economía altruista –potencialmente eficacísima- supondría su mero subproducto. Y recordemos las críticas más lúcidas a la aún relativamente exitosa concepción de la lucha de clases: su fuerza impulsora es el deseo de justicia retributiva, y la economía marxista –muy poco eficiente- su subproducto.

Lectura de “No Contest” en Hoghton Mifflin Company 1986; traducción de idea21

No hay comentarios:

Publicar un comentario