Este es un libro de historia acerca de la “Cristiandad” con bastantes puntos de vista originales.
Se cubre el periodo que va desde la aceptación del cristianismo por el emperador Constantino hasta finales de la Edad Media, cuando el Papado romano logra la supremacía religiosa sobre el poder de los reyes de Europa Occidental. Aproximadamente, vamos del siglo IV al XIII.
La primera originalidad del punto de vista del historiador Peter Heather es que el triunfo cristiano parece más bien consecuencia de una decisión casi caprichosa de Constantino.
La idea de que el cristianismo llevara ya camino de dominar la esfera religiosa del mundo romano en torno al año 300 d. C. no resulta convincente, dado que no hay forma de situar el número total de cristianos por encima del 1 o el 2 % de la población en el momento de la conversión de Constantino (Capítulo 2)
El número de adeptos de la Iglesia cristiana del año 300, poco más o menos, no era lo bastante grande, ni su cohesión suficiente, para pensar siquiera en convertirla en un socio eficaz en la gobernación del mayor imperio que jamás se haya conocido en la Eurasia occidental (Capítulo 1)
La Iglesia preconstantiniana del año 300, poco más o menos, seguía siendo una corriente relativamente reducida de creyentes de una sinceridad rigurosa, marcados por unas normas conductuales y unos rituales draconianos, que además de ser de obligado cumplimiento requerían largos períodos de tiempo y podían resultar potencialmente humillantes (en el caso de las faltas graves).(…) En el transcurso de los siglos IV y V, en los que el cristianismo fue evolucionando hasta convertirse —sin prisa pero sin pausa— en un movimiento religioso de masas, se hizo imprescindible modificar muchas de las antiguas pautas de creencia y disciplina. (Capítulo 1)
Y en cambio, hubiera podido ser una buena idea la restauración del paganismo por Juliano.
Lo que hizo Juliano fue adoptar algunas de las estructuras típicas del cristianismo emergente y utilizarlas como fundamento de la reorganización de la tradicional religión pagana (…)Juliano creía —y de hecho, tenía que creerlo necesariamente así— que si el cristianismo había revelado ser una religión triunfante era debido a su cohesión estructural, a la impresionante apariencia de santidad de sus sacerdotes, y a sus generosas obras de caridad. (Capítulo 3)
Tan solo una generación antes de que Juliano accediera al trono, las dos terceras partes de las urbes imperiales (es decir, unas mil doscientas) carecían incluso de obispo.(…) Está claro que el emperador tuvo que hacer frente a un amplio abanico de dificultades importantes al intentar unificar los numerosos y muy distintos cultos paganos de su imperio, pero eso no impide que hubiera un gran número de respuestas positivas a las políticas de Juliano (…) A fin de cuentas, llegaría un momento en que otros mecanismos de padrinazgo y coacción notablemente similares se encargarían de transformar a las élites cristianas en clases musulmanas (Capítulo 3)
Es decir, Constantino se implicó en una apuesta personal que, gracias a su autoridad política habría tenido éxito, pero Juliano pudo haberle dado la vuelta. ¿No supuso entonces el cristianismo “progreso” alguno? El autor parece a veces caer en contradicciones al valorar esto.
La capacidad del cristianismo medieval para generar un sentimiento de unidad en la cultura religiosa de la inmensa mayoría de la población europea (…) es un fenómeno histórico extraordinario (Introducción)
El caso es que, caído el imperio de los césares, la cristiandad hace pervivir las estructuras autoritarias y la superioridad intelectual de Roma, tratando de proporcionar seguridad y certeza ante el vacío creado.
Tras la conversión de Constantino, la fe cristiana reclutó para su causa los servicios de la filosofía clásica y los mecanismos de coerción cultural del estado imperial para convertirse en un fenómeno teológicamente coherente e institucionalmente eficaz (Introducción)
La caída del imperio romano obligó al cristianismo a evolucionar por vías inéditas (Capítulo 8)
La salida lógica es que, a la caída del César de Roma, los reyes locales habían de reemplazar su autoridad, pero, inevitablemente, esto se reveló insuficiente. Por otra parte, durante un tiempo, con Carlomagno (y con Justiniano, en el Imperio de Oriente), se intentó recrear un Imperio cristiano.
Por primera vez desde el siglo V, [encontramos] un gobernante occidental [Carlomagno] investido de un grado de autoridad política muy superior al de un soberano común y corriente (Capítulo 9)
Pero ni Carlomagno ni Justiniano logran crear imperios duraderos. El mundo cristiano sigue inmerso en la fragmentación política y en el empobrecimiento espiritual. Hasta la simbología cristiana se identifica con el mundo guerrero característico del caos político de la Alta Edad Media.
Habrá que esperar hasta el siglo X para que los autores anglosajones dejen de pintar a Jesús con los rasgos de un hombre de armas (Capítulo 6)
Sin embargo, parece que un proceso evolutivo dará lugar a que la Iglesia de Roma cree su propia autoridad espiritual que en ocasiones llega hasta a doblegar la autoridad política de los reyes. Éste es, en buena medida, el punto culminante de este libro (y ya estamos en el siglo XIII).
Los decretos del IV Concilio de Letrán no solo nos ofrecen la imagen de un papado que se había apoderado de facto de las riendas de la suprema autoridad religiosa, arrebatándosela a los emperadores en todo el Occidente latino, sino también una amplia definición de los deberes religiosos, tanto del clero local como de sus feligreses laicos (Capítulo 13)
Este gran éxito del Papado también el autor lo considera en parte fruto del éxito casual. Si Constantino eligió el cristianismo y pudo no haberlo hecho, y si Juliano fracasó y pudo haber tenido éxito, también el éxito del Papado debe mucho al éxito militar un poco casual de la Primera Cruzada.
Sin embargo, también se reconoce que el éxito de la Cruzada vino precedido por un gradual incremento del prestigio del Papado. Y esto sucede porque la Iglesia va constituyéndose en una original estructura de sabiduría y poder moral y espiritual, sometiendo la religión cristiana de tiempos de Constantino a grandes transformaciones.
Las características que permitieron que la Cristiandad impusiera su superioridad fueron, por una parte, las relacionadas con el racionalismo de lo sagrado y espiritual: la elaboración de la doctrina, la difusión de ésta por sus sacerdotes –ya no meros ejecutores de ritos- y la elaboración de sacramentos y otras invenciones institucionales y espirituales.
El hecho mismo de convocar un concilio revolucionó la toma de decisiones en las más altas estructuras institucionales de la Iglesia. Aunque en el siglo III ya hubieran celebrado sínodos con cierta regularidad algunas congregaciones de la Iglesia (Capítulo 1)
Ahora que el Purgatorio, la penitencia y la piedad sacramental —de acuerdo con las definiciones efectuadas por los teólogos de París— habían formado ya un sistema plenamente desarrollado, no existía ya necesidad alguna de intentar revolucionar las falibles conductas humanas y las prácticas operativas deficientes que pudieran darse entre los miembros del clero. (Capítulo 13)
Al idear la inquisición, las altas esferas oficiales de la Iglesia acababan de desarrollar un mecanismo jurídico cuya eficacia, brutalidad y alcance no tenían precedente (Capítulo 14)
Antes del siglo XII, no existía ninguna definición precisa de lo que era un sacramento, salvo por la indicación de que se trataba de una especie de símbolo de la gracia o el poder de Dios (…) Para Lombardo (…) un sacramento no era ya un simple símbolo de la gracia del Creador, sino un acto que la confería de manera positiva, es decir, una realidad inherentemente portadora de un cierto potencial de energía divina. (Capítulo 13)
A lo largo del siglo X, irían ganando fuerza tanto las peticiones de un celibato total y cuasi monástico como la voluntad de incrementar el control de la sexualidad del clero en general (Capítulo 11)
Una decisión revolucionaria tomada en el concilio de Vaison en 529, Cesáreo convenció a sus colegas de que era preciso dar a los sacerdotes permiso para predicar [algo que antes solo llevaban a cabo los obispos] (Capítulo 7)
En la Pascua de Resurrección del año 1059, el papa Nicolás II congregó a ciento trece obispos en un concilio celebrado en Roma (…) En lo sucesivo, las elecciones debían realizarse únicamente a través de las decisiones de un cuerpo especial formado por un conjunto de clérigos a los que se dio en llamar «cardenales».(Capítulo 11)
El libro acaba, pues, con el triunfo de la autoridad papal, con una religión capaz de influir en la moral, en la legislación, en el orden político. No se adentra en lo que vendrá después: el estallido del cristianismo reformado –protestantismo- y la consecuencia a medio plazo de la racionalización definitiva de la espiritualidad, que sería la Ilustración y con ella, el mismo fin del cristianismo… que parece que, en el fondo, y a diferencia, por ejemplo, del Islam, es a lo que parece tender esta religión un tanto autodestructiva.
El movimiento religioso mahometano no desarrolló en ningún momento nada que se pareciera al género literario que el cristianismo dio en centrar en la experiencia de la conversión, es decir, en la consciente, paulatina y en ocasiones torturada evolución de las creencias íntimas de la persona, que finalmente desemboca en una epifanía religiosa — según un proceso que en la tradición cristiana encuentra su expresión canónica en las Confesiones de Agustín—. (Capítulo 5)
Esta tendencia cristiana a la experiencia íntima de la vida religiosa había de llevar más tarde o más temprano al cuestionamiento de la divinidad misma a partir de la razón centrada en esa misma privacidad solitaria. La Vita Apostólica –el cristianismo supuestamente puro en lo moral y espiritual- ya amenaza en este sentido. Al hacerse mundana la espiritualidad institucionalizada por el cristiano del Imperio romano, se produce una reacción dentro de ámbitos más selectos.
¿Dónde encontrar ya esa clase de devoción martirial al Señor en un mundo marcado por un florecimiento del cristianismo efectuado al precio de su simultánea transformación en una religión mucho menos exigente? Para algunos, la respuesta estaba en Antonio y sus ascetas del desierto. (Capítulo 1)
Pero el florecimiento espiritual de la Edad Media lleva a una Vita Apostólica menos automarginada de la cotidianidad, con consecuencias duraderas en la espiritualidad de masas: son los precedentes directos de lo que más adelante serán el pietismo o puritanismo protestante.
Valdo fundó una orden religiosa, autodenominada de predicadores, centrada en la pobreza y la evangelización: sus propios miembros le dieron el nombre de «Pobres de Lyon». Aproximadamente por esa misma época, un movimiento similar estaba empezando [los “Humilitati”] a adquirir también impulso entre los trabajadores del gremio textil de los pueblecitos del norte de Italia, sobre todo en Milán. (Capítulo 13)
El cristianismo muere –o evoluciona hacia otra creencia- pero el islamismo sobrevive. ¿Puede sobrevivir la religión si triunfa la sabiduría? ¿Puede en nuestros tiempos sobrevivir una religión que no se oponga a la sabiduría?
Lectura de “Cristiandad” en Editorial Planeta 2024; traducción de Tomás Fernández Aúz
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