sábado, 15 de diciembre de 2018

"Estructuras de la mente”, 1993. Howard Gardner

   Howard Gardner ideó hacia 1983 la teoría de las “inteligencias múltiples”, insatisfecho, como muchos otros psicólogos, con la preponderancia que había tomado el extraordinariamente célebre test de coeficiente intelectual –IQ-, también conocido como “test de Stanford-Binet”

La mayoría de los académicos de la psicología, y casi todos fuera del campo, están convencidos de que ha sido excesivo el entusiasmo por las pruebas de inteligencia (…) Las pruebas tienen poder predictivo acerca del éxito en la escuela, pero hasta cierto punto poseen poco poder predictivo fuera del contexto escolar.

  No es poca cosa que el test IQ sea útil en el contexto escolar, pero la mente humana es mucho más compleja de lo que muestran los requerimientos académicos… y no es solo el avance de la ciencia lo que exige una atención más exacta a las “estructuras de la mente”

Descubrir la semblanza intelectual inherente de un individuo, lo cual creo que es posible, no servirá por fuerza como medio para encasillar al individuo o para enviarlo al montón de desperdicios intelectuales; es más bien, ese tipo de descubrimiento que deberá proporcionar una manera de asegurar que todo individuo tenga a su disposición el mayor número de opciones posible al igual que el potencial para lograr competencia en los campos que él y su sociedad consideren importantes.

Afirmo que hay evidencias persuasivas sobre la existencia de varias competencias intelectuales humanas relativamente autónomas, que en lo sucesivo abrevio como «inteligencias humanas». Estas son las «estructuras de la mente» de mi título. 

  Gardner distingue, al menos, siete tipos de inteligencia (otros autores realizan enumeraciones aún más variadas)

Siete inteligencias [son] consideradas: las inteligencias lingüística y logicomatemática que de tantos privilegios gozan en las escuelas hoy en día; la inteligencia musical; la inteligencia espacial; la inteligencia cinestésicocorporal; y dos formas de inteligencia personal, una que se dirige hacia los demás y otra que apunta hacia la propia persona.

  La “logicomatemática” y la lingüística son las del test IQ. Las inteligencias personales parecen relacionadas con lo que se conoce en general como “habilidades sociales” y tienen también mucho que ver con la sociabilidad (la inteligencia lingüística puede confundirse también con un tipo de habilidad social, pues el lenguaje es más un medio de relaciones entre individuos que un sistema para comunicar información).

El principal uso creativo del intelecto humano no está en las áreas tradicionales del arte y la ciencia, sino en mantener unida a la sociedad. (…) Los primates sociales deben ser seres calculadores, que deben tener en cuenta las consecuencias de su propia conducta, que deben calcular la conducta probable de los demás, calcular los beneficios y pérdidas

  Las inteligencias espacial y cinestésicocorporal tienen que ver con las habilidades prácticas por las cuales los Homo Sapiens lograron vencer a todos sus competidores de otras especies (elaboración de herramientas y su utilización). Pero como muy bien señala Gardner, no son el núcleo de la peculiaridad humana. Los humanos tenemos nuestro origen evolutivo más característico en la capacidad social, en poder articular grandes grupos de individuos, cada uno con comportamientos casi imprevisibles. Es de la inteligencia social que surgen, quizá como subproducto, las habilidades manuales que llevarían al desarrollo de la tecnología y con ello al triunfo “militar” de Homo Sapiens sobre todas las demás especies animales (incluidos, por supuesto, los otros homínidos, ya extinguidos por causas obvias).

  La inteligencia musical, en cambio, no parece contar con utilidad. No más que cualquier otra actividad lúdica.

He formulado una definición de lo que denomino una «inteligencia»: la capacidad de resolver problemas, o de crear productos, que sean valiosos en uno o más ambientes culturales.

  Nada puede atemorizar más a un psicólogo que hacer clasificaciones de individuos según su valía. De ahí que el test IQ atemorice: resulta bastante evidente que quienes más alto puntúan en este test acaparan casi todas las ventajas en nuestra cultura actual.

La importancia dada al número no es del todo inapropiada: después de todo, la calificación en una prueba de inteligencia sí predice la capacidad personal para manejar las cuestiones escolares, aunque poco predice acerca del éxito en la vida futura. 

   La reacción inevitable al “condicionamiento clasificatorio” es tratar de asegurar que es posible la actuación sobre las potencialidades del individuo mediante el esfuerzo, el trabajo y un hábil asesoramiento. Lo contrario sería rendirnos a un funesto determinismo… o incluso a la “predestinación”. Por lo menos, en nuestra concepción actual del amor propio, ser “clasificado” como “no destinado al éxito social” (¿fracasado?) resulta abrumador…

En vez de suponer que tenemos una «inteligencia» independiente de la cultura en que nos toca vivir, hoy muchos científicos consideran la inteligencia como el resultado de una interacción, por una parte, de ciertas inclinaciones y potencialidades y, por otra, de las oportunidades y limitaciones que caracterizan un ambiente cultural determinado.

Existe considerable acuerdo en el sentido de que los rasgos físicos son mayormente genéticos, que los aspectos del temperamento también son bastante genéticos; pero cuando uno llega a los aspectos del estilo cognoscitivo o de personalidad, el caso en favor de la alta heredabilidad se vuelve mucho menos convincente.

   Convincente o no, el autor no deja de mencionar en su libro el carácter innato de muchas cualidades muy valoradas.

Debiera ser posible identificar el perfil (o inclinaciones) intelectual de un individuo a una edad temprana, y luego utilizar este conocimiento para mejorar sus oportunidades y opciones de educación. Uno podría canalizar a individuos con talentos poco comunes hacia programas especiales, incluso, de igual modo como uno podría diseñar protética y programas de enriquecimiento especial para individuos con semblanza atípica o disfuncional de las competencias intelectuales.

Las invocaciones de «no hay límites al aprendizaje» tienen poca utilidad: no sólo es falso pensar que un ser humano puede hacer cualquier cosa, sino que, en donde todo es posible, no existen lineamientos acerca de lo que debiera intentarse y lo que no. Mis siete formas de inteligencia «medular» son un esfuerzo por establecer siete regiones intelectuales en las que la mayoría de los seres humanos tienen el potencial para el avance sólido

  Gardner, pues, no pretende más que ayudar a que la psicología ayude a las personas, sobre todo en cuestiones educativas. Evaluar correctamente las capacidades de un individuo puede evitar muchas situaciones lamentables de fracaso, frustración y dolor.

Me interesan las maneras en que se puede emplear la teoría de las inteligencias múltiples para informar, y quizá para alterar, las políticas implantadas por las personas que son responsables de la educación, cuidado infantil y desarrollo humano.

¿Todavía tiene sentido agrupar toda la lógica y las matemáticas, como una forma de inteligencia, y diferenciarla en forma marcada de las demás? Sólo el tiempo podrá decir si el agrupamiento que he propuesto aquí tiene validez a largo plazo. (…)Cada inteligencia tiene sus propios mecanismos de ordenación, y por la manera en la que se desempeña una inteligencia su ordenación refleja sus propios principios y medios preferidos. Quizá en Bali alguna de las facultades estéticas ocupe los mismos privilegios aparentes de dar órdenes de la clase superior que en Occidente tendemos a atribuir, en forma casi refleja, a las habilidades que muestra un matemático o un lógico.

Creo que debiera ser posible obtener un cuadro razonablemente exacto del perfil intelectual de un individuo —ya sea que tenga tres o que tenga trece años— en el curso de más o menos un mes, en tanto que ese individuo está aplicado en actividades regulares en el salón de clases. El tiempo total invertido pudiera ser de cinco a diez horas de observación

  Pero con las inteligencias múltiples nos llega también un mensaje constructivo más allá de lo que se beneficie a la educación y el encaje económico de los individuos en una sociedad compleja, y ese mensaje es que la riqueza “modular” de la mente humana nos ofrece un panorama nada aburrido, donde el desarrollo del potencial humano, con independencia de las exigencias de la cultura en la que vivamos, abre caminos de expansión humana enriquecedores, productivos y creativos.

   Por otra parte, si la inteligencia lógico-matemática y lingüística no tienen una relevancia especial con respecto a las otras potencialidades, ¿ofrece Gardner alguna alternativa interesante que pueda ayudarnos a sacar el mejor partido posible a nuestra capacidad mental? ¿Algo que, por ejemplo, nos ayude directamente a mejorar nuestra vida en sociedad?

Una forma todavía más general de inteligencia, algo relacionada con la metaforización, pero más amplia, se ha llamado indistintamente poder sintetizador general o, incluso, sabiduría. (…) Individuos que tienen alguna combinación de  (…) considerable sentido común y originalidad en uno o más dominios, junto con una capacidad madurada para metaforizar o hacer analogías.  (…) Cualquier explicación que pueda darse para el sentido común, originalidad, y capacidad para metaforizar debiera sugerir los constituyentes de la sabiduría última. 

   Sentido común y originalidad no suelen casar muy bien (¡de ahí la importancia de dominar tal arte!) pero, en cualquier caso, la sabiduría no está entre las siete “inteligencias”. Quizá las inteligencias intrapersonal e interpersonal son de utilidad a este respecto pero ¿no se trata de habilidades que, en muchos casos, sirven para manipular el comportamiento ajeno en nuestro provecho?

La inteligencia intrapersonal está involucrada principalmente en el examen y conocimiento de un individuo de sus propios sentimientos, en tanto que la inteligencia interpersonal mira hacia afuera, hacia la conducta, sentimientos y motivaciones de los demás

   De momento, alcanzar la sabiduría no parece una cuestión relevante para los psicólogos que investigan la estructura de la mente. Lástima, porque si minimizamos la importancia del IQ como criterio intelectual unificador corremos el riesgo de quedar en un cierto relativismo con respecto a las diversas culturas, cada una con su propio criterio, mientras que el humanismo, la visión del ser humano en la que el individuo se valora por encima de sus circunstancias, requiere algún referente unificador. La idea del “alma” y las virtudes espirituales que le hacen referencia fueron vitales para el desarrollo de la civilización liberal y democrática que predomina hoy en día. Si el criterio no es la inteligencia logicomatemática y lingüística –el IQ-, entonces quizá podría serlo esa combinación de “sentido común” y “originalidad”. Queda para más adelante que algún otro erudito nos guíe a la hora de precisar la sabiduría, la capacidad para mostrar un considerable sentido común y originalidad en uno o más dominios, junto con una capacidad madurada para metaforizar o hacer analogías  porque esta facultad creativa, vinculada aparentemente a la “inteligencia social” (el “sentido común”, en tanto que no quiera decir conformismo con la cultura en la que uno se desarrolla) es la que nos puede proponer innovaciones para la mejora cultural. No es tan difícil distinguir entre una cultura “mejor” y otra “peor”, pero se requiere una especial capacidad para formular propuestas constructivas sensatas y a la vez no convencionales (es decir, contrarias, en ocasiones, a las costumbres de un momento dado).   

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