lunes, 5 de noviembre de 2018

“Bondad en un mundo cruel”, 2004. Nigel Barber

La bondad existe, pero lucha por mantenerse a flote en un océano de crueldad que es la condición por defecto de los organismos que compiten por la existencia en este planeta

  Entendemos como “bondad” la benevolencia hacia el otro, el desear y actuar por el bienestar ajeno incluso a costa de ciertos sacrificios para uno mismo. Lo hacen los animales, algunos más que otros, en especial los que están más al final de la cadena evolutiva (mamíferos).

   Según nos cuenta el biopsicólogo Nigel Barber en su libro, a lo que nos referimos como altruismo es sobre todo a la intencionalidad coherente del que actúa por el bien ajeno sin ninguna expectativa de recompensa material. Puesto que la bondad es tan productiva en la vida social, vale la pena profundizar en este fenómeno y averiguar todo lo posible sobre cómo se genera, se contrarresta o se expande. Para empezar, hemos de justificar su existencia, porque a primera vista no tiene mucho sentido cuando el objetivo biológico de todo individuo dentro de un ecosistema es la supervivencia propia por encima de cualquier otra cosa.

El egoísmo es de esperar [en el reino animal] porque los individuos egoístas competirían generalmente con más éxito por los recursos y dejarían más descendencia

   El “dejar más descendencia” impone una condición crítica: la selección natural apunta más a la supervivencia de la especie que a la del individuo. Eso quiere decir que, como mínimo, una vez el individuo ha logrado propagar su estirpe genética en la descendencia, la selección natural ya no necesita mucho de él. De ahí que no sean raros, en muchas especies animales, y no solo en el Homo Sapiens, los casos de altruismo entre parientes, incluso a costa de la propia supervivencia. En los mamíferos y en los pájaros, la madre cuida de las crías y, a veces, también el padre coopera en esta asistencia que no recibe contraprestación alguna, que es instintiva. De forma muy excepcional, en los humanos también se da la asistencia a los no parientes, si bien, en origen, esta asistencia tenía lugar dentro de grupos pequeños en los que los no parientes venían a ser individuos asimilados a un grupo de tipo "familia extensa".

En varios grados, la mayor parte de nosotros tiene tendencias altruistas en un sentido puro que nada tiene que ver con favorecer a la propia familia (…) Nuestro altruismo más generalizado es el resultado de la evolución en grupos pequeños compuestos de parientes y no parientes que prosperan dependiendo de su habilidad de llevarse bien juntos

   El reconocimiento del parentesco dentro de grupos pequeños de humanos permitía la confianza y favorecía por tanto el altruismo y la expectativa de reciprocidad, tanto con parientes como con “asimilados” dentro del pequeño grupo. ¿Qué sucede cuando los grupos humanos se hacen mucho más grandes, donde no solo tenemos "no parientes", sino también conciudadanos anónimos? Aquí es donde la cosa se complica, porque ni la adaptación inclusiva (favorecer a los parientes que no son nuestros descendientes) ni la reciprocidad indirecta (obrar generosamente para labrarse una reputación que nos facilite ser correspondidos en un futuro próximo) son útiles más allá de grupos pequeños. Pensemos, por ejemplo, en el acto de ser generoso dando una buena propina en un restaurante al que sabemos que nunca vamos a regresar.

  La solución al dilema es obvia: el altruismo ha de interiorizarse como una especie de instinto. A aquellos que fueron generosos les fue bien cuando vivían en pequeñas sociedades tradicionales, luego ese instinto se ha transmitido por herencia a lo largo de cientos de generaciones… hasta llegar a nosotros, que vivimos en ciudades enormes donde todos somos anónimos. Algunos estudiosos hablan de esta consecuencia derivada de la adaptación inclusiva y reciprocidad indirecta originarias como de un “gran error” (beneficias a quienes consideras intuitivamente que son tus parientes, aunque en realidad no lo son; beneficias a otros para que más adelante te correspondan, aunque en la mayoría de los casos no tendrán siquiera la oportunidad de hacerlo).

   Este “gran error” parece haber sido la fortuna de la civilización: el altruismo actúa como un instinto y podemos utilizar este instinto para desarrollar formas cada vez más complejas de cooperación. Podemos incluso estimularlo mediante estrategias psicológicas culturalmente transmitidas.

  Una estrategia que ha sido mayoritariamente utilizada a lo largo de la civilización es el desarrollo de la “indignación moral”

La indignación moral puede verse como la garantía detrás del compartir la comida y otros intercambios sociales

    Esta estrategia se apoya pues, en la existencia de cierto tipo de “instintos morales” (y la indignación moral es solo un ejemplo): si vemos un comportamiento antisocial –contrario a la cooperación: egoísta, engañoso, agresivo…- reaccionamos para reprimirlo. Podemos no ser bondadosos, pero sí justicieros o vengativos, y eso coacciona a los demás a comportarse más prosocialmente (otro "instinto moral", del tipo "control inhibitorio", es el de sentir vergüenza por una acción antisocial que hayamos cometido: el temor a la vergüenza nos reprime en muchos casos).

  Hay otra estrategia -diferenciada de los instintos morales- que es más simple aún… y que en la sociedad actual parece la favorita: promover el avance económico que permite la tecnología.

No hay como la escasez para matar el altruismo y promover la competición.

  No hay duda de que las sociedades más pobres son menos dadas a la prosocialidad… lo que supone una especie de círculo vicioso: las sociedades pobres se empobrecen a sí mismas generando actitudes de competición y rapacidad mutua. Solo muy lentamente se ha creado riqueza (sobre todo gracias a la tecnología) y las sociedades se han podido permitir ser más amables. Claro está que la riqueza es también en su mayor parte fruto de la cooperación, y puesto que todos hemos surgido de la pobreza… alguien, en alguna parte, en alguna ocasión, ha tenido que salir del círculo vicioso: alguien ha tenido que confiar primero en los demás, facilitando que otros confíen en él. Aquí han actuado los instintos altruistas de la sociedad prehistórica y los azares del desarrollo civilizatorio, pero, en cualquier caso, una vez alejada la escasez, las prácticas altruistas se hacen gradualmente más fáciles.

    Y tenemos otra opción: la educación y el desarrollo de la inteligencia como forma de preparar a los individuos para que busquen fórmulas cooperativas. El egoísmo es la estrategia más simple mientras que la cooperación exige mayores complejidades. Entre otras cosas, el altruismo y la cooperación exigen pensar a largo plazo. También “ponerse en el lugar del otro” exige un esfuerzo intelectual. Cualquier instrucción que desarrolle la capacidad intelectiva reforzará las posibilidades de desarrollar la cooperación gracias a la confianza que genera el comportamiento altruista.

El altruismo humano se desarrolla claramente en sincronía con la inteligencia

  Tenemos, entonces, por lo menos, tres factores que promueven la prosocialidad: la coerción que surge del instinto justiciero (o vengativo), la riqueza que genera la tecnología y la educación. De los tres se han obtenido buenos resultados

    Ahora bien, el mero altruismo, el comportamiento benévolo surgido de forma espontánea, no bajo coerción y no a partir del cálculo de los posibles beneficios futuros, siempre será más efectivo que cualquiera de los tres factores mencionados porque generará confianza de forma continua y porque posibilitará constantemente la cooperación. La coerción favorece indirectamente el altruismo porque los altruistas tienen menos que temer; la riqueza ayuda al altruismo porque evita dilemas angustiosos que pueden llevar a acciones y actitudes egoístas; la educación permite que los individuos sean más conscientes de la conveniencia del altruismo… pero ninguna de estas estrategias impulsa la capacidad individual para generar comportamiento altruista.

Cuando alguien da sangre o se comporta cortésmente con los extraños en la carretera, está expresando una actitud de ayuda que habría beneficiado a individuos conocidos cuando se expresaba en el pasado evolutivo. [Pero] el altruismo dirigido a extraños es un enigma específicamente humano para el cual no hay auténticos paralelos animales.

   Si existe el altruismo como instinto, entonces debería ser una opción de desarrollo conductual en un sentido parecido a como se busca desarrollar la inteligencia en los estudiantes o la agresividad en los militares. Tanto más hoy, que sabemos que los cambios políticos (es decir, la promoción de la prosocialidad bajo la coerción de las leyes del Estado: indignación moral organizada) tienen límites evidentes, como hemos visto en el fracaso del marxismo; también podemos comprobar que los avances de la tecnología apenas guardan proporción con los avances del altruismo (hay muchísima más riqueza que hace un siglo… y siguen viviéndose absurdas situaciones de precariedad en todas partes);  tampoco los enormes avances educativos (pensemos, sobre todo, en las naciones del Tercer Mundo durante los últimos cincuenta años) han aportado las soluciones definitivas que cabía esperar.

    Nigel Barber en su libro observa numerosas pautas de comportamiento que parecen relacionadas con la generación de comportamiento altruista genuino. El hecho de que hoy podamos sentir afecto y benevolencia por personas casi por completo desconocidas no es una anécdota. Supongamos que podemos desarrollar la maleabilidad de este instinto, surgido en el pasado evolutivo como ayuda entre parientes, no solo para que actúe con algunos extraños –algo que parece ya probado- sino, potencialmente, con todo el género humano (tal como promueven las “religiones compasivas”). ¿Qué pistas tenemos para lograr este desarrollo de una forma sistemática y eficiente?

  Nigel Barber parte de las estrategias de “generación de actitud prosocial” más conocidas, que son las que se utilizan con los niños en el entorno muy preciso del hogar familiar.

Muchos padres alientan a los niños a llevar a cabo actos específicos de consideración por los demás (…) Tales hábitos de comportamiento ejercen una influencia de larga duración en las acciones de las personas. Los padres también apoyan el desarrollo de la empatía al dirigir la atención de sus hijos a lo que es probable que esté sintiendo otra persona

  Esto es, en cierto modo, educación. Educación para el altruismo que también puede darse en los centros de enseñanza. Y aunque parezca poco efectiva, se ha demostrado que produce resultados. De hecho, es lo que más resultados produce.

Los padres que evitan la hostilidad y confían mucho en las explicaciones cuidadosas son más efectivos al promover el comportamiento altruista (...) En contraste con lo que sucede con las recompensas materiales, la alabanza, una recompensa social, es mucho más efectiva en promover acciones amables y reflexivas en los niños (…) La alabanza no socava el sentido de autonomía del niño. El niño no siente que está siendo controlado por la aprobación social de la misma forma que siente que el dinero lo controla. (…) Si las acciones altruistas del niño no son controladas por recompensas materiales, el niño es probable que las vea como motivadas internamente 

Los hijos de padres profesionales reciben treinta y dos [indicaciones] positivas y cinco negativas por hora comparado con las cinco positivas y once negativas de los niños en hogares asistidos por la beneficencia (…) El tono emocional en los hogares pobres era doce veces más negativo que en los hogares ricos

Los hogares pobres se caracterizan (…) por un tono más abrasivo en las relaciones personales tal como se observa en las conversaciones dirigidas por los padres a los niños (…) Tales diferencias en el tono emocional de los hogares como una función de estatus social son consistentes con una teoría evolutiva de la civilización. Según esta teoría, los niños educados en un entorno difícil, altamente competitivo en el cual es un desafío adquirir comida y otros bienes básicos, desarrollan una orientación más egoísta hacia los demás. Es más probable que se cuiden solo de sí mismos. Son menos altruistas en su visión y comportamiento. Son más suspicaces sobre la motivación de los otros. En el lenguaje del dilema del prisionero, es más probable que deserten. En términos concretos, es más probable que lleven a cabo acciones criminales como un medio de conseguir sus necesidades egoístas a expensas de una comunidad más amplia


   Sin embargo, las buenas indicaciones recibidas durante la infancia por los padres no son el único elemento a considerar, ya que entran en juego otras influencias. Para empezar, la misma voluntad de los padres en educar a sus hijos en la empatía y el altruismo tuvo que tener su origen en algo que sucediera a estos cuando eran adultos. De ahí que se ha de considerar también la influencia de los “pares”, aquellos que se hallan en el mismo estatus social que uno mismo: compañeros de escuela o de trabajo….

El ejemplo que proporcionan los pares puede ser más importante que cualquier esfuerzo de instrucción moral

  Y, nuevamente, tendremos entonces la cuestión de que esos “pares” deben haber evolucionado su cambio de comportamiento de alguna parte, en algún momento… Lo mismo puede decirse del “entorno social” en general:

La perspectiva de alterar el comportamiento criminal gracias a alterar el entorno social puede parecer irremediablemente ingenua. (…) [En cualquier caso,] el cambio del entorno debe ser lo suficientemente potente para rehacer al criminal, y con ello revertir los efectos de los entornos previos, particularmente el de la infancia

  Sorprendentemente, Barber no menciona los éxitos espectaculares de las conversiones religiosas, muy visibles en los casos de delincuentes endurecidos que han sido adoctrinados en las cárceles. En realidad, poquísimos estudiosos han examinado este fenómeno, ¿quizá porque los estudiosos no quieren reconocer el fracaso comparativo que tienen que asumir los “educadores” y psicólogos con formación académica asignados a la misma misión? También “Alcohólicos Anónimos” alcanzó éxitos inéditos en la mejora del comportamiento social y surgió fuera del ámbito de la psicología académica.

   Considerar estas cuestiones nos muestra que más que la educación académica o incluso más que las indicaciones psicológicas recibidas en el entorno familiar durante la infancia, el cambio de comportamiento hacia la prosocialidad depende, en general, de mecanismos psicológicos sutiles, más propios de las relaciones afectivas que en su mayoría conocemos instintivamente por la vida familiar, pero cuyos modelos y estructuras pueden pasar a otros ámbitos, como las congregaciones religiosas (que Barber no menciona) y cuyo origen es complejo y azaroso... como suelen ser siempre los factores evolutivos.

    Las notables diferencias de actitud que se dan en variados entornos permiten además hacer otra importante revelación. Podemos ver parte de ella, por ejemplo, en las sociedades tradicionales.

[En el pueblo Hadza, al participar en el juego del ultimatum] hacían ofertas bajas y muchas de las ofertas mezquinas eran rechazadas, indicando un alto nivel de castigo a los egoístas. Nótese que este patrón es exactamente el opuesto de lo que se predeciría por una interpretación de selección de grupo, donde grupos de altruistas se esperaría que afrontaran los costes del castigo porque favorecería el interés del grupo. En lugar de eso, se encuentran altos niveles de castigo en las sociedades que son bajas en altruismo, exactamente cómo predeciría la interpretación del interés individual, pero contrario al escenario del castigo altruista

En contra a las predicciones de la selección de grupo, el castigo declina en las situaciones altamente altruistas


  Esto último es importante porque supone que los instintos vengativos no llevan necesariamente a la prosocialidad. No generan siempre la actitud de benevolencia adecuada aunque repriman a los antisociales y beneficien indirectamente a los prosociales. Pueden tener efecto a cierto nivel –que coincide con la visión del cambio social político- mediante la coacción y la intimidación, pero no van a la fuente de la conducta prosocial. No generan bondad.

Los investigadores descubrieron que los ejecutivos que engañan en los impuestos de la compañía también es más probable que engañen en sus propios impuestos. Un estudio incluso descubrió que los ejecutivos deshonestos es más probable que engañen en el golf

  El mandato de prosocialidad, por tanto, no se impone por ley, sino que se interioriza por medios psicológicos que proceden del entorno y que desarrollan una predisposición innata. Y eso explica porqué el principio de “el fin justifica los medios” del marxismo fracasó. Un verdugo marxista podía creer teóricamente que eliminando a los enemigos de clase abría paso a una época de justicia y paz social, pero la realidad es que en el curso del proceso de destrucción el idealista se deshumanizaba a sí mismo con consecuencias aún más terribles en su entorno. El resultado no podía ser el paraíso de la prosocialidad buscado. Igualmente, un especulador financiero puede intentar creer que su “ingeniería financiera” –asociada a dramáticas crisis cíclicas del mercado- es el mejor sistema económico posible y que garantiza la prosperidad general a largo plazo, lo que evitará los comportamientos antisociales propios de la precariedad, pero lo que sucede realmente es que su actitud emocional de egoísmo y falta de escrúpulos envenena ese mismo sistema del que forma parte.

    Aún no se ha aceptado que el auténtico cambio social en el sentido de mayor confianza y mayor cooperación habrá de venir por extender procesos que generen una actitud altruista, y no tanto por desarrollar leyes coactivas contra los no altruistas o por crear riqueza o por expandir las instituciones académicas de enseñanza. Por otra parte, los procesos generadores de actitud altruista pueden ser de muchos tipos y pueden desarrollarse en formas muy variadas… ninguna de las cuales está siendo tenida en cuenta, limitándose todo, de momento, a poco más que a la labor educativa de los profesionales de la enseñanza.

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