jueves, 5 de noviembre de 2026

“Bondad humana”, 2008. Yi-Fu Tuan

El siglo veinte nos dio Gandhi, Schweitzer y Mandela. Cada uno a su manera nos ofreció una nueva comprensión de la bondad: Gandhi en su uso del pacifismo y protesta pacífica para hacer bueno lo malo; Schweitzer en su atención por todas las formas de vida, lo que le llevó al movimiento moderno del medio ambiente; Mandela en su demostración de que la reconciliación y el perdón no solo son sublimemente morales, sino también son poderosas herramientas políticas (p. 197)

  Yi-Fu Tuan, como muchos pensadores, recurre a los contados ejemplos que tenemos de autoridades morales, de propagadores de la “bondad” (“Goodness”). Esta bondad “de impacto” no obedece a un modelo sistémico, sino a convenciones propias del mundo actual –un poco los modelos de lo que despectivamente se llama “buenismo”- pero que son interpretadas desde el punto de vista de la erudición y, sobre todo, de la experiencia desde diferentes perspectivas. No por casualidad Tuan es geógrafo.

Piensen en cómo la gente de diferentes referentes culturales y sociales podrían aprender el uno del otro y disfrutar de la compañía mutua si se reunieran para contar historias sobre la bondad humana en sus particulares culturas y sociedades. Yo cuento las mías: he proporcionado anécdotas y biografías. Sus relatos de bondad, su selección de gente excepcionalmente buena, seguramente diferirán de los míos. Pero ¿habrá algo importante en común? ¿Qué podría ser? (p. xii)

  Quizá la diferencia principal entre las concepciones de la bondad humana se encuentra en si el bondadoso es el ciudadano ejemplar de acuerdo con las convenciones de la época (un poco como la virtud que describía Aristóteles) o si se trata más bien de intentar la propagación de una bondad rupturista que ni está al alcance de todos ni a la mayoría resulta de momento atractiva (se suele calificar de “exagerada”). ¿Es el seguimiento de la bondad la revelación de un proceso de mejora moral universal?

¿Tiene la historia humana significado? ¿Muestra un progreso direccional? (p. 195)

  Si hay “progreso”, también hay cambio. La persona más virtuosa, por tanto, no puede ser convencional (también según el modelo de Kohlberg). Lo que sí puede haber es convergencia estructural en todas las concepciones de la virtud. El virtuoso que no cambia comparte “lo direccional” con el que cambia para progresar: las cosas no están todo lo bien que debieran pero tal vez mejoren. Lo que ha de mejorarse, supuestamente, es la ayuda incondicional a los que sufren, el juicio evaluativo sin prejuicios y la facilitación de las relaciones humanas de confianza.

   Eso implica también que, hoy por hoy, todos tienen que estar en alguna medida insatisfechos. El que sabiendo que el ideal moral está más adelante, pero no actúa ¿es un hipócrita? Tal vez solo es algo egoísta e indolente; defectos con los que los bondadosos, a su vez, deben mostrarse comprensivos.

  Aunque el relato de Tuan está lleno de anécdotas de celebridades históricas –algunos de ellas más conocidas por sus logros artísticos que por los de tipo moral o filantrópico-, aparecen en él observaciones muy agudas y poco habituales.

Cuando los filósofos consideran la moralidad o bondad humana, raramente se preocupan por la cortesía. Yo sí lo hago porque sin ella –sin un activo cultivo de ella- la vida es una inacabable irritación y un conflicto permanente (p. 12)

  Puede tratarse de la sensibilidad personal del autor, pero la “cortesía” es algo más que un rasgo individual generador de confianza en las relaciones interpersonales… también es una expresión conductual de una pauta interiorizada de la conducta moral. Una moral basada exclusivamente en el seguimiento de principios nos pone en la duda de la autenticidad del compromiso individual en el seguimiento de las pautas morales, mientras que una moral que, aparte de ser coherente con los principios, se expresa de forma constante y segura en la expresión conductual, en el ámbito emocional, no solo es más efectiva sino que también nos garantiza más su autenticidad. Sin esta expresión social de la emotividad moral no se pueden generar relaciones humanas de confianza, lo que supone la base del éxito cooperativo.

  La “cortesía” supone la evidencia conductual de un ideal moral. Hay diversas motivaciones para ser “cortés”. Una de ellas puede ser, simplemente, seguir los convencionalismos. Pero la cortesía más sensible (desde el punto dramatúrgico: la interpretación más fiel al rol predeterminado) cuenta con el poder para generar la confianza necesaria. Sin expectativas de futuro, los complejos proyectos de cooperación son inviables. La cortesía, como expresión continuada de la benevolencia mutua, alienta estas expectativas, proporciona recompensas emocionales de gran valor a lo largo del trato social (la camaradería, la amistad, la afección, el amor) y crea el entorno más óptimo para emprender con éxito las tareas prácticas de cooperación económica consecuentes… que no pueden ser otras que las derivadas de los principios altruistas.

En uno de mis sueños utópicos yo contemplo un futuro en el cual la cortesía es llevada de las palabras a la acción (p. 22)

  Recordemos finalmente, a este respecto, cómo Norbert Elías señala la importancia de la “cortesía” (incluso de la “etiqueta”) como factor decisivo en el proceso civilizatorio.

  Pero ¿qué supone llevar la cortesía “de las palabras a la acción”?: estaríamos entonces hablando de la benevolencia, un compendio de pautas conductuales que equivalen a la simbolización de un especial estado de ánimo universalmente reconocible. Estamos en la misma dimensión de otros conceptos o simbolizaciones de contenido moral, como los cristianos “Caridad”, “Fe”, “Amor”, “Gracia” o “Espíritu”, pero también otros de tipo “cívico” como “Libertad”, “Honor” o “Dignidad”. Ahora bien, la auténtica “cortesía” llevada a la acción de forma inequívoca equivale a un estado de benevolencia permanente y reconfortante. Tuan atina al describir la bondad como la materialización de algo que esbozamos en un ideal de “cortesía” tan inalcanzable hoy como cualquier ideal religioso. Quizá algún día exista una ideología universal del comportamiento que nos lleve a un estado de cortesía como forma de vida o ethos.

  Veamos también la moralidad en el progreso económico. Sin desarrollo científico, no hay progreso tecnológico de vanguardia. Y sin tecnología no hay mejora económica humana. Los científicos tienen que ser honestos a la hora de evaluar, medir y retratar la realidad física que nos rodea. Pero hay algo más.

Encuentro la personalidad de Charles Darwin atractiva porque, a diferencia de su inteligente amigo Thomas Huxley, cuyo instinto al ver un nuevo libro era atacarlo, la primera lectura de Darwin de casi cualquier libro era simpatética. Su intelecto crítico se comprometía seriamente solo durante la segunda lectura (p. 50)

  La predisposición positiva del excelente señor Darwin no solo era acorde con su honestidad científica… sino que suponía una herramienta de progreso. Las rivalidades entre científicos han dado lugar a penosos episodios que han retrasado importantes avances. Por otra parte, el origen de la ciencia se halla en gran medida no tanto en la búsqueda de los Premios Nobel sino en la curiosidad humana, algo que, cuando se comparte, da lugar a una experiencia social de extraordinaria creatividad y que suele asociarse asimismo a la benevolencia.

  Fue en el siglo XVII cuando los primeros científicos comenzaron a compartir sus hallazgos en publicaciones periódicas. A veces se enzarzaban en polémicas, pero alejadas de la ferocidad de las polémicas teológicas que por entonces eran tristemente conocidas; en general aprendían unos de otros y se sentían todos partícipes en la misma tarea de retomar la brillante empresa común de los primeros “filósofos naturales” de la antigua Grecia. Al culto a la curiosidad del sabio polímata se añadía ahora la laboriosidad del taller del artesano, la monjil meticulosidad del experimentador y el continuo intercambio de información entre amigables eruditos. Y todo esto tiene mucho que ver con la bondad.

Lectura de “Human Goodness” en The University of Wisconsin Press 2008; traducción de idea21

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