jueves, 22 de enero de 2015

“Cómo sentimos”, 2013. Giovanni Frazzetto

  Giovanni Frazzetto es un joven neurólogo que acude a informarnos de las últimas novedades con respecto a lo que se sabe y a lo que se averigua acerca de las emociones humanas. Comencemos recordando que las emociones son determinadas pautas de conducta  que experimentan todos los seres vivos.

Todos los organismos despliegan mecanismos emocionales primordiales innatos que se han conservado y que nos ayudan a sobrevivir. En los extremos opuestos de una escala de estos mecanismos se hallan la aproximación y la evitación, que son estrategias para lograr placer y evitar el dolor, respectivamente

  Ahora bien, solo los seres humanos poseemos mentes autoconscientes capaces de establecer relaciones interpersonales de empatía con otros seres humanos, tan emocionales como nosotros.

El sentimiento es emoción que se ha hecho consciente. Aunque las emociones se desarrollan como procesos biológicos, culminan como experiencias mentales personales (…) La experiencia íntima es el sentimiento, la conciencia personal de aquella emoción (los filósofos llaman fenomenología al estudio de esta experiencia subjetiva)

Mediante las emociones, nuestras respectivas mentes se comunican unas con otras. Son la reproducción más fiable de nuestro mundo interior, que se proyecta al exterior en la expresión del rostro

   En la evolución no hay contradicción entre razón y emoción, ambos mecanismos de comportamiento son interdependientes. En el ser racional la emoción tiene su razón de ser desde el punto de vista evolutivo.

La razón no puede operar sin el persuasivo consejo de las emociones

   Por ejemplo, la fastidiosa emoción de la culpa…

Imaginemos (…) una vida, nuestra vida social e interpersonal, sin ninguna clase de culpa (…) Seguramente ganaríamos con ello mucho tiempo y tranquilidad interior. Sin embargo (…) estaríamos permanentemente cometiendo errores. No habría incentivo  para cambiar o mejorar nuestra conducta. 

   Todo lo que juzgamos valioso en nuestras vidas está relacionado directamente con las emociones. Pero algunas de ellas parecen hacernos más desgraciados de lo que desearíamos

Las emociones negativas son la ira, la culpa, la vergüenza, la añoranza, el miedo y el dolor, todas las cuales implican algo a evitar o de lo que necesitamos defendernos. Las emociones positivas son la empatía, la alegría, la risa, la curiosidad,  y la esperanza, todas las cuales implican la propensión y el deseo de abrirnos al mundo exterior  

  El principal problema con las emociones en la cultura contemporánea  es que la codificación genética de nuestro comportamiento emocional se produjo evolutivamente durante la larga prehistoria, de modo que seguimos teniendo las predisposiciones emocionales de los antiguos cazadores-recolectores que llevaban una forma de vida que al ciudadano de hoy no le parece envidiable. La emoción de la culpa, que existe en todos los seres humanos, se experimenta de forma diferente según la cultura en la que se viva.

En cuanto emoción moral, la culpa es influida por los códigos y las normas de comportamiento de la cultura en la que se da. Las acciones o el orden del uso de la palabra que en una cultura se consideran inapropiados, pueden estar exentos de culpa en otra cultura. 

  Por lo tanto, para vivir bien en nuestra sociedad actual (que la mayoría no cambiaríamos por ninguna otra) debemos evitar la experimentación de las emociones negativas (no hacerlas desaparecer, por supuesto, pues eso nos destruiría como seres humanos) y quedarnos solo con las positivas dentro del marco cultural dado... bien que a veces no nos sentimos satisfechos tampoco con la seguridad del marco cultural dado: las emociones negativas nos atenazan de tal forma que se da una cierta pulsión de inconformismo el cual, muy poco a poco, da lugar a cambios culturales.

   Una conocida tendencia de cambio cultural es la de tratar de desvincularnos emocionalmente de nuestro entorno, de forma que las desdichas no nos afecten. Ésta es la vieja táctica de la sabiduría oriental. La vieja táctica de la sabiduría occidental es compensar el malestar emocional con el bienestar emocional de las experiencias afectivas dentro de las relaciones interpersonales.

De todos los factores que influyen en nuestro bienestar emocional, el más importante, con gran diferencia, es el establecimiento de vínculos sociales y emocionales

  La evolución cultural ha dejado abundantísimo testimonio del resultado del uso de diversas tácticas de control emocional. La ciencia neurológica pone ahora a nuestro servicio nuevos medios muy ingeniosos para hacernos ver cómo operan la voluntad y el entorno a la hora de ejercer este control.

  Por ejemplo:

David Eagleman lo llama “entrenamiento prefrontal” (…) La técnica consistiría en observar en una pantalla la actividad de los circuitos cerebrales cuando se está luchando contra la tentación de dejarse llevar a algo perjudicial para uno mismo, como comer tarta de chocolate (…) Mientras uno se reprime, observa una barra que señala la implicación de los circuitos prefrontales y el logro del control. Si la barra es alta, es necesario trabajar con más ahínco.(…) Aprendemos qué estrategias mentales nos ayudan a bajar la barra, y el circuito cerebral correspondiente se entrenará en el logro de la meta deseada.

  La zona prefrontal del cerebro es donde se halla nuestra parte racional, que intenta reprimir las reacciones emocionales indeseadas (que se generan en partes más “primitivas” del cerebro, estructuras del encéfalo que los animales también poseen, a diferencia del denso neocórtex, donde se encuentra también la zona prefrontal, y que es característico de las especies más desarrolladas, primates y, sobre todo, humanos). Como en el ejemplo de la tarta de chocolate, no se trata tan solo de evitar el sufrimiento ante las desgracias… sino también de evitar actos, aparentemente felices (pero irreflexivos) que a medio o largo plazo nos harán aún más desgraciados.

  Una estrategia que la psicología ha refinado en los últimos tiempos ha sido la de las terapias verbales.

Hoy está claro que las terapias  verbales  de todo tipo no son simples intercambios intelectuales, sino un tratamiento biológico que afecta directamente al cerebro (…)  La evocación de recuerdos, su elaboración y la reorganización de la atención hacia nuevas pautas de comportamiento producen cambios biológicos duraderos en el cerebro (…) Cuatro semanas de terapia normalizan la hiperactivación de la amígdala en pacientes que sufren trastorno de pánico. La terapia cognitivo-conductual se basa en el supuesto de que la angustia tiene su origen  en distorsiones cognitivas (…) en pensamientos no realistas o exagerados (…) Los terapeutas nos alientan a emplear la plasticidad de nuestro cerebro (…) La psicoterapia penetra en nuestro cerebro a la misma profundidad que un neurocirujano

Freud formuló la teoría de que (…) un neurótico era una persona que reprimía la descarga de algún tipo de energía psíquica (…) Los síntomas de un paciente desaparecían casi por completo cuando se evocaba el momento de su primera aparición y se recordaban los acontecimientos desagradables o traumáticos relacionados con aquellos síntomas

    Y la sabiduría de la Antigüedad ya impartía enseñanzas “sapienciales” y hábitos prácticos que trataban de apartar al individuo del sufrimiento de dejarse llevar por conductas irreflexivas. Algo tan valioso exigía atención.

De acuerdo con Platón, el alma humana estaba animada por tres tipos de pasiones o energías: la razón, la emoción y los apetitos (…) Las pasiones debían someterse a los dictados de la razón, fueran estos los que fuesen

Es posible evitar la terrible experiencia de angustia si nos entrenamos en la utilización de vías alternativas (…) Podemos aprender a no caer prisioneros de la angustia (…) apartándonos activamente de los pensamientos negativos, emprendiendo actividades placenteras mediante conductas constructivas

  Mientras más sepamos acerca de cómo funcionan los mecanismos emocionales más podremos saber acerca de cómo desenvolvernos en las terapias reparadoras. Las cosas no siempre son lo que parecen y la enseñanza que es consecuencia de la observación resulta de la mayor utilidad. Aquí tenemos dos ejemplos: por un lado, la carga emocional determina sesgadamente nuestros recuerdos...

La mayor parte de los recuerdos de sentimientos o acciones morales positivas se relacionan con el pasado reciente, mientras que la mayoría de los recuerdos ligados a acontecimientos morales negativos se remontan a periodos muy lejanos de la vida. (…) Hay una distorsión interesada (…) Es como si reconociéramos el hecho de que, efectivamente, hemos sido malos, pero preferimos creer que actualmente somos mejores personas que antes

  y, por otro,  se revela la fragilidad de la voluntad frente a las emociones a la hora no solo de activar recuerdos, sino también de llevar a cabo acciones...

Se pedía a los participantes que emplearan su memoria a corto plazo para recordar un número y luego se les solicitaba que escogieran entre un bol de macedonia de frutas y una tarta de chocolate. Los que memorizaron un número de siete dígitos fueron incapaces de resistir a la tentación de preferir la tarta de chocolate a la macedonia de frutas (…) A menor carga cognitiva, mayor disponibilidad de fuerza de voluntad para resistir las tentaciones.

   Las emociones negativas no pueden ser vencidas siempre en la medida en que no queremos renunciar tampoco a los mayores bienes. Precisamente, aquí se presenta la más grave objeción a las enseñanzas de la filosofía oriental acerca de evitar el dolor gracias a desvincularnos emocionalmente de las causas del sufrimiento.

La pena (…) es el precio inevitablemente alto que se paga por el vínculo afectivo con otras personas

   La mayor parte de nuestras emociones subjetivas (las que más valoramos) se originan en la comunicación interpersonal de las propias experiencias emocionales. En estos episodios de comunicación e intercambio suelen producirse fenómenos de ocultación,  fingimiento y manipulación, estrategias propias de la mayor parte de los seres vivos pero que resultan contraproducentes en la vida propiamente humana, dentro de la cual la confianza y la cooperación siempre resultan más provechosas que entre los animales inferiores. La observación y la consecuente enseñanza de la expresión emocional humana nos proporcionan ciertas habilidades que podríamos aprovechar.

Cuando una sonrisa es sinceramente alegre, también se contrae el músculo que rodea los ojos, llamado orbicular (…)  Aunque se pueden alargar y extender voluntariamente los labios para producir una sonrisa que manifieste cortesía (…)  es imposible mover ex profeso el orbicular. De ahí que no se pueda fingir una sonrisa de alegría

  El hecho de que algunas manifestaciones emocionales puedan observarse y no puedan fingirse es extremadamente alentador: supone que podemos contar con algunos indicios viables para asegurarnos de cómo reaccionan nuestros semejantes, y la confianza en las relaciones intersubjetivas es la clave para alcanzar buenas relaciones de cooperación: cuanto más se aprenda con respecto a la fiabilidad de las manifestaciones emocionales, tanta más confianza podremos obtener y tanto más mejorará la cooperación.

  Cualquier estudioso de las emociones humanas y sus repercusiones sociales puede observar que en nuestra cultura actual se pone un énfasis especial en la “empatía”, un concepto psicológico que se define como la

capacidad para reconocer lo que otra persona está pensando o sintiendo, identificarnos con ello y reaccionar con un estado emocional comparable (…) Es la columna vertebral de nuestra vida social (…) Tiene el poder de ayudar a mitigar circunstancias difíciles (…) La ansiedad, la culpa, la tristeza, la desesperación, se ven hasta cierto punto atemperadas si son compartidas con otras personas

  El descubrimiento reciente de las ya famosas “neuronas-espejo” ha servido para respaldar el aparente acierto de la cultura occidental en profundizar en la introspección mutua, de subjetividad a subjetividad, como forma de alcanzar más altos niveles de confianza. Los avances de nuestra cultura en este sentido se han expresado en el arte literario, en las ciencias sociales y en iniciativas sociales como la defensa de los derechos humanos y las libertades.

Las neuronas-espejo (…) solo se activan si el movimiento implica una interacción entre el agente del movimiento y un objeto, no si el movimiento carece de un objetivo o una intención específicos. El simple hecho de mover el brazo sin un propósito no es suficiente (…) La actividad neuronal de observar una acción refleja la actividad de realizar esa misma acción

  Esta fijación en los “propósitos” ajenos implica una identificación de lo más privado de la subjetividad: la voluntad de actuar de otro la percibimos automáticamente como equivalente a la nuestra. Empatizar supone aprender a confiar en el otro como semejante. Es la clave de la confianza y la cooperación.

  La capacidad de percepción, de imitación, de aprendizaje y de desarrollo de las conductas ajenas ofrece posibilidades que aún están por explorar. El doctor Frazzetto es lo suficientemente perspicaz para fijarse en el pequeño descubrimiento del director teatral Stanislavski

Se dio cuenta de que mediante la selección y cuidadosa preparación de unidades clave de acción física coherentes con la lógica del personaje y las circunstancias de la pieza, el actor podía aprender, por reflejo, a expresar en toda su plenitud la experiencia psicológica de la emoción (…) Al trabajar sobre acciones secundarias como por ejemplo cerrar los puños y tensar los músculos del cuello, los actores desencadenan la ira (…) Debían cultivar una fuerte creencia en sus acciones y sus motivos

  Los psicoterapeutas harían descubrimientos parecidos más adelante (y aprovecharían las técnicas de actuación en estrategias terapéuticas como el "role playing") pero las religiones, que Frazzetto apenas menciona, han sido siempre, a lo largo de su desarrollo histórico, compendios de expresión social, de pautas de conducta moral y de modelos emocionales. Los muy contenidos protestantes del norte de Europa han acabado desarrollando las civilizaciones más exitosas en lo social y lo económico, ¿es eso indicativo de la vía a seguir en el desenvolvimiento emocional que pueda ayudar al avance de las civilizaciones?

El descubrimiento de la plasticidad del cerebro tiene una enorme relevancia si pensamos en su significado e importancia en, por ejemplo, la superación de pautas de miedo no deseadas, o incluso el perfeccionamiento de nuestra aproximación al tema del amor

  La educación de las emociones, el uso de la “inteligencia emocional”, es sin duda un camino que coincide con buena parte de las aspiraciones de la Antigüedad a alcanzar la felicidad y la virtud. Los científicos como Frazzetto dan su aprobación a todo este tipo de estrategias. Con nuestro cerebro “plástico” y con medios como la educación, las prácticas de empatía propias de la expresión artística (especialmente la literatura), las terapias verbales (la psicoterapia cognitivo-conductual supone la formulación más moderna en este aspecto) o incluso la meditación, podríamos vivir casi en el paraíso. Podríamos vivir sin miedo, sin ira, abastecidos diariamente de amor y de goces reposados… la ciencia nos lo permite.

    Debemos reflexionar, sin embargo, acerca de que, hoy por hoy, ciertos estados emocionales que causan dolor a uno mismo y a otros (la ira, el desprecio, la crueldad…) no están concebidos en nuestra cultura científica actual como trastornos. Según el famoso Manual Diagnóstico de Trastornos mentales (DSM) de los psiquiatras norteamericanos

para atribuir naturaleza clínica a un estado, éste “no ha de ser solo una respuesta esperable y socialmente aprobada a un acontecimiento particular”

  Esto quiere decir que, por ejemplo, la depresión puede ser considerada un trastorno, pero no la venganza, el amor propio o la mera crueldad, reacciones emocionales terriblemente dañinas para la convivencia. No estando calificadas como delitos ni como enfermedades (los “tipos penales” no se basan en las emociones ni en las “intenciones”... de la misma forma que la determinación de la “naturaleza clínica” de los comportamientos dañinos varía según las épocas) no merecen sino escasa preocupación por parte de quienes estudian el comportamiento humano. De ese modo, las emociones determinan el sufrimiento o la dicha de cada uno, pero la razón humana, que se somete a la cultura del momento, no siempre está en condiciones de intervenir en ellas, aún teniendo esa capacidad.

  Mantengamos cierta esperanza al considerar que, con todo, existe una tendencia civilizatoria a cambiar esto: la manifestación de ciertas emociones negativas (como el insulto, el acoso, la “crueldad mental”) comienzan a ser rechazadas públicamente.

  No son pocos los psiquiatras que se quejan de este “sesgo de negatividad” de la ciencia de las emociones, según la cual solo se clasifican como trastornos los casos más extremos de manifestaciones emocionales dañinas, tanto para el semejante como para el mismo sujeto que sufre. Así, la ira y el desprecio no son, hoy por hoy, un problema médico y solo suponen un problema penal si, como secuela extrema de ellos, se cometen determinados actos… que no tienen por qué ser necesariamente los más dañinos. Igualmente, la angustia y la depresión solo supondrían un trastorno de acuerdo con ciertas convenciones

Una persona en proceso de duelo cuyos síntomas de depresión persistan durante un periodo superior a dos semanas es, en principio, candidata a recibir un diagnóstico de enfermedad mental

  Pero si no sobrepasa ese límite, el especialista no tiene por qué intervenir…

  El desarrollo del conocimiento acerca de las emociones y la importancia fundamental que tienen en nuestra vida real como seres sensibles es algo a lo que le queda mucho camino por delante y, dada la experiencia histórica, es probable que tenga mucho que ver con el desarrollo de lo que llamamos humanismo y civilización.

lunes, 12 de enero de 2015

“La edad de la nada”, 2014. Peter Watson

  A comienzos del siglo XXI se hacía imprescindible una reflexión erudita (y a la vez dirigida al gran público) acerca del hecho de que la cultura y la civilización se desarrollan hoy bajo una circunstancia insólita si se compara con todas las etapas anteriores de la historia: la renuncia al teísmo, a la idea de Dios.

[Este libro] se propone constituirse en un exhaustivo estudio de la obra de todo un conjunto de personas de talento –artistas, novelistas, dramaturgos, poetas, científicos, psicólogos, filósofos- que han abrazado el ateísmo (…) Personas que han descubierto (…) maneras de superar el gran “menoscabo”, el espantoso empobrecimiento en que viene a derivar inevitablemente, según parece pensar tanta gente, la pérdida de la idea de una trascendencia sobrenatural.

“La edad de la nada” se propone concentrar sus esfuerzos en esas almas que (…) han consagrado su energía creativa a concebir fórmulas para proseguir la andadura en confianza con uno mismo, capacidad inventiva, esperanza, cordura y entusiasmo

  Peter Watson, uno de los más conocidos divulgadores de las vanguardias culturales, comienza su narración a finales del siglo XIX, cuando el filósofo Friedrich Nietzsche alcanza una inaudita popularidad. Se trata del autor que hará conocido en el mundo entero el rotundo “Dios ha muerto”

No hay trascendencia ni existe nada metafísico. Por consiguiente, nos es imposible realizar juicios sobre la existencia que resulten universalmente válidos u objetivos (…) No hay hechos, solo interpretaciones

  Las consecuencias ideológicas de esta situación serían las siguientes:

Nietzsche [dice que existe una] (…) lucha orientada a conseguir dominar el caos (…) que desemboca en una forma de existencia dotada de mayor intensidad, siendo éste el único objetivo que podemos tener en la vida (…) Nuestra actitud ética debiera consistir en materializar esa intensidad a cualquier precio: el único deber que tenemos es el que nos liga a nosotros mismos (…) Muchas de nuestras más imperiosas urgencias son irracionales (…) Esta racionalización de las pasiones que atraviesan nuestra vida constituye la cualidad espiritual de la existencia (…) La enemistad es una de esas pasiones, y es preciso aceptarla

  La consideración de que la falta de Dios se traduce en la aceptación de la irracionalidad de las pasiones e incluso de los impulsos antisociales (enemistad y crueldad) puede parecer que no iba a ayudar mucho a difundir el ateísmo entre las masas en sus primeros tiempos. Se rechazaba a las iglesias teístas (cristianas) por falsas e hipócritas pero la alternativa ofrecida daba una imagen siniestra y casi desesperada. El comienzo del siglo XX, con su desarrollo tecnológico que tantas promesas de bienestar incluía, hacía previsible también un caos de violencia sin precedentes. Una forma diferente de violencia.

Al estallar la guerra en 1914 fueron muchos los que pensaron que se estaba asistiendo a una especie de triunfo del espíritu sobre la materia

La dureza de carácter, la audacia y la férrea voluntad se convirtieron así en la consigna definitoria de la fusión que Lenin, Bujarin y Trotski habían dado en forjar entre el marxismo y el pensamiento nietzscheano. Por consiguiente, la crueldad con los enemigos quedó transformada en un sagrado deber.

Nietzsche era el adalid de una forma de individualidad distinta -la consistente en el logro de la autorrealización  personal en el seno de una comunidad-. A los bolcheviques les gustaba tanto la visión nietzscheana del universo entendido como un ámbito irracional, cuya única constante es la ciega voluntad, como su idea de que la ciencia disminuye al hombre, y muy especialmente, el darwinismo, dado que insiste en la mera supervivencia y no en la creatividad.

  Y después vendrían los nazis, alentados por uno de los más notables filósofos del siglo XX, Martin Heidegger:

Buena parte de la filosofía de Heidegger habría de consagrarse a la idea de la intensificación, esto es, a la noción de que el hecho de vivir la vida con mayor intensidad (…) es lo más cerca de la significación que nos es dado llegar

  Pero detengamos aquí la relación de decepcionantes consecuencias del reconocimiento de la “muerte de Dios”. Reflexionemos, como hace Peter Watson, acerca del hecho de que, al fin y al cabo, este reconocimiento de la inexistencia de Dios es la consecuencia del progreso de la racionalidad humana, de la honestidad científica y de la valerosa búsqueda de la verdad. Aunque estuviéramos todos de acuerdo en que sería más deseable vivir con la certidumbre de que el mundo y el ser humano han sido creados por una Inteligencia superior, todopoderosa y bondadosa que tutela nuestro destino, el hecho es que ya no es posible volver atrás, de que no es factible seguir engañándonos.

  Lo que sí podemos hacer es plantear la nueva situación en su integridad: qué hemos perdido y qué podríamos ganar. Parece claro que si equiparamos la “muerte de Dios” al fin de la religión, sí estaríamos perdiendo algo muy valioso.

Según Habermas, el fundamento racional de la religión es mayor de lo que aciertan a suponer sus críticos laicos (…) Radica en la idea de un “todo moral”, de un mundo de ideales capaces de unirnos colectivamente

La ilustrada vida moderna ha sido incapaz de hallar una alternativa a las fórmulas religiosas

  De lo que se trata es de averiguar

cómo podrá vivirse sin Dios, (…) Hallar significación en un mundo laico

   Podemos considerar que contamos con dos ganancias que no hubiéramos podido hacer sin renunciar a Dios: la ciencia y el progreso moral laico (y nada de esto implica que tengamos que renunciar necesariamente a los beneficios de la religión porque, como veremos, es  factible una religión racional, sin espejismos sobrenaturales).

  La ciencia nos ha llevado y puede llegar a llevarnos a avances tecnológicos de un calibre tal que, quién sabe, podría conseguir incluso convertir a los seres humanos futuros en auténticos dioses (así lo ven los actuales “transhumanistas”, por ejemplo) pero, de momento, la ciencia ya ha hecho algo mucho más importante a nivel de las humanidades: ha proporcionado una visión lúcida y honesta de nuestra propia naturaleza que ha coincidido con un incontestable progreso moral. Los nombres de Darwin y Freud se asocian a los hitos fundamentales de estos descubrimientos y este progreso coincidentes a nivel social con el aumento en las libertades y la disminución de la violencia y la pobreza. La ciencia nos da esperanzas a largo plazo y nos proporciona una visión fiable de la realidad del mundo a corto plazo.

Las tesis de Charles Darwin [consideran] que los seres humanos son una especie biológica surgida por vías enteramente naturales, habiendo evolucionado gradualmente a partir de animales “inferiores”, en un universo que, de manera similar, también ha venido desarrollándose a lo largo de los últimos trece mil millones de años (…) lo cual es a su vez un proceso de ocurrencia natural (…) que algún día alcanzaremos a comprender. Dicho proceso no precisa del concurso de  ninguna entidad sobrenatural. 

Freud es el principal responsable del giro que ha adoptado el pensamiento en la época moderna, que no en vano ha asistido a la sustitución de la comprensión teológica del sentido del género humano por una explicación de orden psicológico.

La ciencia, y en especial la investigación científica, se revelará algún día capaz de generar un conocimiento nuevo llamado a reemplazar el ser por el deber ser. Una vez que se consume esa sustitución, la moralidad tendrá un carácter racional, no religioso.

  Para muchos darwinistas actuales, el problema de la muerte de Dios no es tal problema.

[Según Richard] Dawkins (…) pese a que, presumiblemente, el devenir del cosmos no obedezca a finalidad alguna, lo cierto es que no hay nadie que realmente vincule sus esperanzas personales al destino último del universo. (…) Nuestra vida se rige por toda clase de ambiciones y percepciones de carácter perfectamente humano.

   La gran cuestión de la convivencia humana es darnos a nosotros mismos una sólida base moral que nos garantice un entendimiento armonioso y gratificante. Las pautas de conducta más prosociales han venido dadas hasta ahora por la filosofía religiosa teísta y de ahí su importancia. Ésta era, por lo menos,  una profunda convicción popular, que Dostovievski expresó en su “si Dios no existe, todo está permitido”. De hecho, que la sociedad occidental haya alcanzado altas cotas de moralidad en los últimos años (derechos sociales, libertades) coincidiendo con el auge del ateísmo muchos lo relacionan psicológicamente con la base moral cristiana heredada.

El quid de la cuestión –la de cómo podemos arreglárnoslas para vivir sin Dios- reside en la vida moral

  Pero la ciencia que estudia la naturaleza humana cree que hay esperanza de que hallemos fórmulas coherentes para la convivencia prosocial aún más avanzadas, y que éstas ya podrían desarrollarse en una sociedad en la que estaría ausente la idea de Dios.

Los estudios efectuados dejan particularmente claro que las exigencias del “gen egoísta” hacen que la cooperación resulte tan necesaria como justificada. De este modo, la biología une la ética con la moral

El progreso moral guarda relación con la procura o el logro de una empatía cada vez más amplia “No es posible proponerse como objetivo la perfección moral, pero lo que sí puede hacerse es tratar de tener en cuenta las necesidades de más personas que antes”

El bienestar, la expansión personal y la felicidad son ideas enteramente laicas. Podría decirse que son el equivalente profano de la noción de “salvación”

  Por otra parte, que la ciencia no contradiga las más altas metas en cuanto a la convivencia humana no quiere decir que se haya resuelto la cuestión del desamparo en la búsqueda de trascendencia. La misma ciencia social parece confirmar que la existencia de la religión tiene sentido y que estamos lejos de encontrarle un sustituto desvinculado de las viejas tradiciones

Muchos de los aspectos de la doctrina y el corpus ritual de los credos religiosos son racionales (…) han sido concebidos para aliviar los aprietos propios de la condición humana

A juicio de John Dewey resultaba posible experimentar sentimientos religiosos sin tener que aceptar por ello compromisos metafísicos con ningún tipo de ente sobrenatural. (…) “Toda actividad que se realice en nombre de un ideal, haciendo frente a un conjunto de obstáculos y con independencia de los riesgos de pérdida personal que pueda conllevar, esto es, toda actividad que encuentre su motivación en la convicción de que posee un alto valor a un tiempo general y duradero, es de cualidad religiosa”. “El elemento religioso ha de ser desembarazado de la devoción a lo sobrenatural” (…) “Los valores y los ideales que forman parte de la actitud religiosa no son imaginarios, sino plenamente reales.“ (…) “La religión ha de ser traída al terreno de lo cotidiano, a lo que es común entre nosotros” (…) “Los valores religiosos precisan de una emancipación”

  Si se puede vivir sin Dios, eso no quiere decir que aún podamos vivir sin religión. Al fin y al cabo, siempre ha habido religiones sin Dios (el budismo es el ejemplo más mencionado) pero el problema radica en que desarrollar creencias capaces de unir al género humano, consolar a los individuos y hacer cooperar a la comunidad, si bien parece que ha sido una constante a lo largo del siglo XX, también es cierto que ha tenido aspectos nefastos.

El nacionalismo era en cierto sentido una especie de religión alternativa (…) Venía a coincidir con la búsqueda de un sentimiento de pertenencia a una comunidad

El socialismo [fue] uno de los más estimulantes sucedáneos religiosos de la época, y quizá incluso el sustitutivo de las preocupaciones  confesionales más importantes de todos los tiempos

  Libros como este de Peter Watson son de los que más sugerencias pueden aportarnos a la hora de buscar una respuesta religiosa racional (y, por lo tanto, atea) acorde con el desarrollo civilizatorio que esperamos para el siglo XXI. La capacidad de innovar el pensamiento, la exteriorización de las emociones, las fórmulas y estrategias de convivencia y la creación de simbologías culturales son fenómenos que implican no solo a la religión y la filosofía sino también al arte y la ciencia.  Aquí es donde se revelan oportunas algunas citas de los literatos del siglo XX

Virginia Woolf creía que la literatura había asumido algunas de las funciones propias de la religión (…) [en] exponer claramente las verdades (…) [y los] valores espirituales contrarios a los planteamientos del materialismo dominante

Lo que James Joyce dice es que la vida (…) debe contener relaciones íntimas, el empuje de un deseo creador y la materialización de algún acto de creación efectiva

El espíritu esencial (…) [de] la filosofía fenomenológica (…) gira en torno a la idea de que la vida está compuesta de los “minutes heureuses” que alcancemos a arrancarle

   El planteamiento fenomenológico (la vida como sucesión de instantes independientes pero necesariamente vinculados) hace desaparecer la idea de destino y significación trascendentes de la vida humana en forma narrativa, con su principio, su madurez y su desenlace. Ésta era una idea muy adaptada a la de un Dios que dispone del individuo de acuerdo con sus propios fines, pero ¿no es más lógica y más humana la idea de una sucesión de experiencias individuales que interactúan en un entorno formado por otros individuos y sus correspondientes experiencias? Éste es el mundo de la poesía, la literatura y demás artes. El amor y la empatía se expresan en instantes, vivencias concretas y comunicables, y esta visión es coherente con un mundo sin Dios pero vívidamente humano, trascendente en la medida en que lo subjetivo lo es para cada uno en relación con sus semejantes.

  La psicología, una disciplina racional, terapéutica y casi por completo científica, se ha abierto paso a mediados del siglo XX como un método de ayuda a la convivencia que podría aproximarse mucho a la función prosocial de las religiones.

La estrecha comparación que Liebman establecía entre la religión y la psicoterapia, (…) [que] admitía que ambos conocimientos desempeñan la misma función y colman el mismo vacío, expresaba llanamente una conclusión a la que muchas personas estaban llegando por sí solas 

A juicio de Fromm, la virtud radicaba en la expresión de la “singular individualidad” de cada cual, de modo que la labor de la terapia consistía en fomentar la realización de esa individualidad única –una individualidad cuyo elemento fundamental era el amor (…) Solo quienes se amasen verdaderamente a sí mismos podrían amar realmente a los demás –un amor al prójimo que constituía  la base de la vida en sociedad

El principal interés de Carl Rogers giraba en torno a lo que él denominaba el individuo “autorrealizado” (…) “la persona que se halla inmersa en el proceso de procurar vivir una vida buena” (…) Lo que hacían esos sujetos era observar los procesos de su vida interior (…) [de forma que] logran descubrir (…) que si se muestran abiertos a la experiencia en sí, el hecho de atenerse a aquella conducta que “perciben como adecuada” revela ser una eficaz y fiable orientación conductual que les satisface plenamente

[Según] Matt Ridley (…) los sentimientos morales son dispositivos concebidos para resolver problemas y lograr así que unos seres tan sumamente sociales como los humanos puedan servirse eficazmente de las relaciones interindividuales a fin de garantizarse la supervivencia a largo plazo de sus genes (…) Los genes egoístas hacen de nosotros unas criaturas sociables, fiables y propensas a la cooperación (…) El elemento principal de la cooperación es la confianza (…) Los humanos son los únicos seres vivos que han logrado incrementar de forma constante su calidad de vida (…) Lo que ha determinado que nuestra inteligencia colectiva se desarrollara en beneficio de todos ha sido la realización de intercambios entre individuos no vinculados por relaciones de parentesco

   Asumida la “muerte de Dios”, fracasado el socialismo y contando con la realidad de una tecnología y una ciencia más maduras a la hora de abordar las cuestiones sociales, no es imposible que surjan fórmulas de mejora social expresadas mediante simbologías universales, capaces de alcanzar la transformación emocional (en el sentido antiagresivo, alentador de la confianza mutua y por tanto prosocial) tanto a nivel individual como colectivo y en absoluto contradictorias con la racionalidad.

  Lo que la psicoterapia ha conseguido con el individuo tal vez pueda dar lugar a una nueva formulación para la totalidad de la comunidad humana. Tengamos en cuenta que, en el pasado, algunos mecanismos de control del comportamiento a partir de principios religiosos ya han sido efectivos en la transformación cultural.

La difusión y persistencia de la regla benedictina muestra que, dado un conjunto de circunstancias favorables, las virtudes pueden prosperar 

   El logro del monasticismo, que pudo ser decisivo para la transformación psicológica que llegaría con el Renacimiento, consistía en plantear el control de los instintos antisociales como una metódica tarea racional de represión y estímulo bajo las condiciones de un entorno especialmente diseñado (algo que es también coherente con los descubrimientos de las ciencias sociales referidos a la evolución de todos los seres vivos de acuerdo con la variabilidad del entorno). Fueron los budistas los inventores del monasticismo como metodología para alcanzar la virtud humana a modo de domesticación de los instintos antisociales mediante diversos recursos psicológicos (adoctrinamiento, enseñanza individualizada, meditación, confesión, mortificación, rituales, autodisciplina de la emoción y la gestualidad, artes…). Probablemente el monasticismo cristiano, con su base racional heredada del mundo grecolatino, resultó más creativo que el budista (pues el budismo parece buscar más librar la vida de cada individuo de ataduras pasionales que contribuir a mejorar las relaciones humanas).

  Una sugerencia para el siglo XXI podría ser que la racionalidad y la metodología científicas se pusieran al servicio de la búsqueda de la virtud como antes lo estuvieron las “religiones compasivas” (estas últimas, siempre de acuerdo con sus tradiciones). Hasta ahora, la psicología se ha conformado con servir a los intereses de la sociedad convencional y amoldar el individuo a ella. Igualmente, la literatura ha creado un entorno restringido para la exteriorización de las emociones más privadas. Una alternativa religiosa tan humanista como atea (precisamente más humanista por ser atea) podría fundir ambas fuerzas inconformistas (las ciencias sociales y la literatura) y crear, a la manera del monasticismo, pero sin el lastre de las tradiciones, un cauce de vida trascendente en la cual las cualidades "mejores" del ser humano (la empatía, el altruismo, la inteligencia y la creatividad) fructificasen en una comunidad planetaria armoniosa que en el fondo coincidiría bastante con las antiguas aspiraciones de las viejas religiones compasivas.

  El inconveniente práctico de esto (el desafío) estriba en que necesariamente se revelaría como socialmente rupturista, no compatible con la forma de vida convencional, pues de lo contrario no pasaría de ser lo que ya predican hoy los muy conformistas libros de autoayuda.

  En resumen: una humanidad sin Dios puede igualmente concebir formulaciones de armonía y fusión en el amor a partir de la misma fuente biológica de las viejas tradiciones teístas y compasivas: el ideal originario de la maternidad. La superación de Dios y el hallazgo de la trascendencia en las propias cualidades del ser humano libre y autorresponsable podría ser el desenlace de esa voluntad insatisfecha.

El psicoanalista británico Winnicott [creó] el concepto del objeto “transicional”. Muchos bebés al ser desterrados y empezar a dar sus primeros pasos hacia la independencia, utilizan un “objeto transicional”, como un suave objeto de peluche (…) Este fenómeno es perfectamente saludable (con tal de que no se prolongue demasiado) (…) Samuel Beckett [consideraba a] Dios (…) como una especie de objeto transicional

 De esta forma, partiendo del amor de la maternidad, el ideal originario del mamífero  racional, y ya prescindiendo del “objeto transicional”, sería alcanzable una vida humana plena en comunidad. Si Dios surgió de nuestro propio interior para colmar un vacío, también de nuestro propio interior pueden surgir alternativas más coherentes y efectivas, más propias de nuestra época.

lunes, 5 de enero de 2015

“La fiesta de los herejes”, 1996. Colin Spencer

  Todos estamos familiarizados con los hábitos vegetarianos y, en general, el hábito de no comer carne no debería parecer una característica importante del individuo que hace tal elección: uno puede comer una u otra cosa, vestirse de una u otra manera, o elegir un determinado hobby para su tiempo libre sin que ello revele nada fundamental del individuo en cuanto a pertenencia a un grupo y en cuanto a compromiso con respecto a sus semejantes; y sin embargo, en el caso particular del vegetarianismo, los hábitos nutricionales pueden considerarse más importantes que otros hábitos “accesorios”. Representan algo trascendente, aunque sea de una manera vaga. Algo que merece atención.

Si bien el lobby vegetariano no es ya tan abiertamente ridiculizado como antes lo fue, los vegetarianos son todavía identificados con la imagen de los moralmente rígidos y como risibles excéntricos.

   En este libro de Colin Spencer se nos narra de forma atractiva la historia del vegetarianismo que, como mínimo, arranca desde los tiempos de Pitágoras. Se ha podido ser vegetariano por un motivo concreto en particular. O por una suma de motivos. Gandhi fue vegetariano y Hitler también lo fue. En ambos casos, se trató de motivaciones profundas y en ambos casos el vegetarianismo formó parte de un determinado ideario.

  Colin Spencer, siendo un erudito multifacético (pintor, novelista... y autor de libros de cocina), parece dar una especial importancia al posicionamiento moral frente al maltrato a los animales. Un enfoque característico de nuestro tiempo.

La explotación de los animales es una industria floreciente que se hace más diabólica cada día

  Pero a lo largo de la detallada narración de este libro podemos ir sacando nuestras propias conclusiones de cuál ha sido la esencial inquietud impulsora del movimiento vegetariano. Porque está claro que tal movimiento ha existido y existe, con sus titubeos y sus contradicciones.

Las cuestiones que agitan a tantos hoy [tales como] un odio a la matanza innecesaria, el concepto del bienestar animal, nuestra salud física, el equilibrio en la tierra y la ecología habrían sido perfectamente comprendidos en el mundo de la Antigüedad ciertamente tan temprano como en el año 600 antes de Cristo

  Pitágoras, como ya se ha dicho, fue el primer vegetariano conocido, el fundador. Y Pitágoras fue también un sabio único en su tiempo.

Pitágoras fue el primer griego que promulgó un dogma de la existencia del alma (…) El alma era inmortal y podía ser infinitamente transformada en sus criaturas vivas. Todas las formas de vida, en consecuencia, debería ser tratadas como emparentadas 

  La creencia en la reencarnación –metempsicosis- podría haber servido a modo de “coartada sobrenatural” del primer vegetarianismo: si los seres humanos pueden reencarnarse en animales, su maltrato sería entonces equivalente al de otros seres humanos. Pero parece que había algo más, algo que hoy, para quienes no creen en absoluto en este prodigio, también habría sido aceptado:

Según Jámblico, “entre otras razones, Pitágoras practicaba la abstinencia de la carne de los animales porque ello conduce a la paz. Aquellos que están acostumbrados a abominar de matar otros animales, considerándolo algo inicuo y antinatural, pensarán que es todavía más injusto matar un hombre o ir a la guerra”.

   Pitágoras fue un hombre que –algo bastante inusual para la época- tuvo la oportunidad de viajar mucho y conocer así las diversas culturas que hace dos mil seiscientos años coexistían en el Mediterráneo Oriental. Él así pudo constatar que el vegetarianismo contaba con orígenes aún más remotos, tal vez prehistóricos.

En Egipto pudo haber habido sectas de  sacerdocio vegetariano que databan del viejo reino de hace 3200 años ac

El pensamiento órfico en el siglo VI ac mantenía que el sacrificio de animales era un asesinato y comer carne era participar en ese asesinato (…) Dentro de la antigua Roma, el orfismo era una de las religiones mistéricas. La figura de Orfeo era a la vez ascética e intelectual, tenía el poder de endulzar con su música todas las mentes y temperamentos, tanto de hombres como de dioses y animales.

  Por su parte, el vegetarianismo de la India es contemporáneo del del Mediterráneo oriental y en todos los casos parece darse la misma motivación espiritual profunda: el abstenerse de comer carne como medio que coadyuva a obtener la paz social o como consecuencia necesaria de haber alcanzado el estado espiritual necesario para ello.

  Este tipo de planteamientos se expandirán a medida que el ideal purificador y pacificador del vegetarianismo se vaya distanciando de las antiguas tradiciones esotéricas.

Plutarco es el primer autor griego que no relaciona su vegetarianismo con el concepto de transmigración de las almas.(…) Especula acerca de cómo pudo haber comenzado la alimentación con carne e imagina un mundo salvaje de desierto estéril, cuya infertilidad provocaría que la humanidad matase. Pero sus contemporáneos no tenían tal excusa.

  Plutarco ya vive en la época en que el ideal de paz y armonía va superando las viejas tradiciones guerreras y heroicas. Es la Roma imperial, altamente urbanizada, que también idealiza una naturaleza inofensiva, pastoril… órfica.

  En contraste con esta Antigüedad que se cuestiona su relación con la naturaleza y que explora nuevas formas de interactuar con ella incluso en algo tan básico como la alimentación, Colin Spencer hace responsable al cristianismo de los prejuicios contra el vegetarianismo y del maltrato a los animales. La acusación está fundamentada.

Los primeros cristianos estaban en general imbuidos con la sanción dada en el Génesis, creyendo que la carne era una de las bendiciones de Dios dadas a la humanidad para su placer y sostenimiento. Además, las sectas heréticas tendían a ser vegetarianas, de modo que rechazar comer carne atraía sospecha

Agustín cristalizó estos sentimientos: no matar animales, bajo su punto de vista, era la cumbre de la superstición y no había necesidad de comportarse hacia los animales como hacia los humanos.

  El cristianismo, por supuesto, también tenía sus antecedentes

A diferencia de Pitágoras, Platón ve todo el reino animal bajo una luz que anticipa el posterior sentido cristiano de superioridad sobre el mundo viviente. Porque los animales, según Platón, pueden ser anárquicos, henchidos de espíritu irracional y en consecuencia amenazadores: Sócrates creía que los hombres eran más felices que las bestias ya que éstas carecían de habla y no podían percibir la existencia de los dioses. Puesto que el hombre platónico tiene un alma inmortal, es en consecuencia superior a los animales y por tanto puede comerlos.

  Ahora bien, el fundamento compasivo que subyace entre quienes se oponen al maltrato a los animales, que es profundamente racional, no es rechazado por la lógica cristiana, y esto es importante:

Tomás de Aquino consideraba que los animales no tenían almas racionales, eran por tanto imperfectos y no podían ser inmortales, podían, en consecuencia, ser matados y comidos (…) El único punto a favor de ser amable con los animales, pensaba Aquino, era una especie de entrenamiento en caridad: “si un hombre practica una afección piadosa por los animales, está también más dispuesto a ser piadoso con sus semejantes”

   Y, por otra parte, si respetamos a los animales y los consideramos nuestros iguales en tanto que viven y tienen sensibilidad para sufrir, no debemos ignorar tampoco que ellos, de hecho, ya se matan entre sí. Si un lobo puede comerse una oveja ¿por qué un hombre no puede hacerlo? Eso quizá explicaría lo que el autor de este libro considera una incoherencia de San Francisco de Asís.

San Francisco, el arquetipo cristiano del amante de los animales, aunque predicaba a los pájaros y su “Cántico del sol” exhortaba a los pájaros a glorificar a Dios, aún se los comía.

  La respuesta de los autores modernos a la cuestión de la violencia entre los animales es que lo que es natural en el depredador, como el lobo o el águila, no lo es en un animal de otra clase, un no carnívoro. El ser humano sería uno de estos.

Matar no es natural en los humanos, no corresponde ni a su naturaleza física ni a su dieta

Los humanos como carnívoros solo llegaron a la madurez una vez que la carne pudo ser cocinada

  Pero este punto de vista es muy problemático: aunque se considera que, como el chimpancé, el ser humano más primitivo era casi -casi- totalmente vegetariano, no se puede negar que las especies humanas más modernas (Neandertales y Homo Sapiens) eran cazadores que, en efecto, recurrían (por lo menos desde hace medio millón de años) a cocinar la carne para hacerla más digerible y, por lo tanto, hubiesen vivido como hubiesen vivido los Homo Erectus y Austrolopitecos hace un millón o más de años, no cabe duda de que el Homo Sapiens es un omnívoro y también un depredador, como lo son los osos. Y que lo ha sido durante miles de generaciones, de modo que la caza y consumo de carne sí ha acabado por ser natural.

  Así, el vegetarianismo no tendría su fundamento ético en un reconocimiento más propio de nuestra naturaleza originaria (en la cual, al fin y al cabo, seríamos carnívoros) sino en un ideal culturalmente construido, tan “antinatural” como muchas otras pautas de comportamiento civilizado que son únicas en nuestra especie: todo en el origen del vegetarianismo parece girar en torno a un deseo de desarrollar una forma de vida con menos agresión. Fijémonos en que, junto con la idea de que matar animales puede suponer un aliento a la agresividad general del ser humano, aparece también la de que

la carne es vinculada en Tertuliano, quizá por primera vez, con la lujuria y los deseos carnales.

  Y es un hecho que las órdenes monásticas cristianas, aunque siempre sospecharan del vegetarianismo como rasgo herético, ellas mismas limitaban drásticamente la alimentación carnívora, en línea con la tradición de la cuaresma.

En círculos monásticos heterodoxos en la iglesia oriental la regla prohibía comer carne, en la creencia de que incitaba la lujuria

El problema para los fundadores de las comunidades religiosas era conseguir un correcto equilibrio dietético. Tendría que haber bastante comida para satisfacer el hambre, bastante para capacitar a los monjes para trabajar duro en los campos y huertos, pero no bastante para despertar la sensualidad.

   Se da, pues, en el vegetarianismo, ya desde la Antigüedad, una confluencia de motivaciones: desde la creencia en la metempsicosis, hasta el ascetismo, pasando por la idea de que la carne incita a la lujuria y la agresión. Un factor más prosaico parece, además, apoyar a los vegetarianos actuales: el hecho constatable de que una dieta vegetariana favorece la salud. Y, puesto que también favorece la salud el abstenerse de beber en exceso y el llevar a cabo ejercicio físico (o trabajo manual), no fue difícil que un cierto ideal de “vida sana” se abriera paso.

  Finalmente, el vegetarianismo tal como hoy lo conocemos se consolida durante la época victoriana en Inglaterra, cuando se funda la Sociedad vegetariana.

En 1847, se mantuvo una reunión en Ramsgate, de la cual emergió la Sociedad Vegetariana (…) El término “vegetariano” era corriente en la década de 1840, pero se hizo oficial con el nacimiento de la sociedad.

Uno de las creencias más ampliamente apoyadas [por la Sociedad Vegetariana] fue la de que la matanza brutalizaba a la gente, por lo que todos los carniceros eran brutos, y que comer carne provocaba agresión

  En el vegetarianismo actual continúa, más que nunca, la mezcla heterogénea de intereses humanistas, pero sin distanciarse mucho de las conductas  purificadoras y perfeccionistas de la Antigüedad

No solo la matanza de animales tienen un efecto embrutecedor sobre el carácter humano, sino que el consumo de carne es malo para la salud, fisiológicamente antinatural, hace a los hombres crueles y feroces e inflige incontable sufrimiento a muchas criaturas no humanas. Al final del siglo XIX estos argumentos habían sido reforzados por uno de tipo económico: el mantenimiento del ganado es un desperdicio de la agricultura comparado con el labrado de tierras, que produce más alimentos por superficie

  Podemos quizá concluir que el vegetarianismo siempre será una buena costumbre. Aunque no está demostrado que los carniceros y trabajadores de los mataderos sean individuos de comportamiento más brutal que el término medio, y aunque parece que los depredadores tienen tanto derecho a cazar como el agricultor tiene derecho a defender sus huertos de las plagas de conejos y jabalíes, y aunque tampoco es tan seguro como Colin Spencer afirma en su libro que una dieta vegetariana pueda llegar a ser tan completa como una que incluya cierta cantidad de carne y pescado. E incluso aunque es posible que el mucho amor a los animales pueda hacer que algunas personas eludan comprometerse en el más complejo y exigente amor a otros seres humanos, no cabe duda de que el fundamento último del vegetarianismo se encuentra en el rechazo a la violencia gratuita contra otros seres vivos, y, por lo tanto, el vegetarianismo es un hábito humanista merecedor de atenta evaluación.

¿Habría estado acertado Leonardo de Vinci cuando dijo que con el tiempo los hombres verían el asesinato de animales como hoy vemos el asesinato de hombres?

  Pueda parecer esta equiparación algo exagerada o no, resulta en cualquier caso difícil de imaginar una humanidad futura que, habiendo superado las situaciones de violencia, precariedad e ignorancia, todavía mantenga el hábito de criar animales para después darles muerte y así aprovechar su carne.