lunes, 5 de octubre de 2026

“Sufro, luego existo”, 2024. Pascal Bruckner

    El popular filósofo Pascal Brucker compone una especie de diatriba en términos de crítica de actualidad, acerca del uso del “victimismo” por parte del activismo político (aparentemente, el de extrema izquierda).

La ideología victimista (…) con la excusa de proteger a los vulnerables, multiplica en cambio a las falsas víctimas, que eliminan a los auténticos damnificados(…) Se convierte en coartada de asesinos, que se envuelven en esos hábitos para cometer sus fechorías. (Introducción)

En nuestros días, en una época de impaciencia amplificada por las redes sociales, hay un deseo de autocoronarse como mártir (Introducción)

   Este cuestionamiento contra la “ideología victimista” hace pensar un poco en la crítica de Nietzsche al cristianismo.

El cristianismo invierte las jerarquías y da preeminencia a los vencidos sobre los abusones. El lenguaje del vencedor consiste en decir: tengo razón porque soy el más fuerte. El lenguaje de la víctima tiene el enunciado contrario: mi debilidad es mi arma y mi derecho. (Introducción)

  Algo que con Nietzsche no quedaba claro era si él criticaba la apología de la debilidad del victimismo como doctrina errónea o como mera hipocresía. Para Bruckner está claro que es hipocresía, ya que el victimismo actual es muy agresivo.

El victimismo es un belicismo: cuanto más se compadece uno por su caso, más justificado se siente para castigar a quienes se designa como enemigos (Introducción)

  Se lamentan para quejarse, y se quejan para obtener atención democrática.

Los antiguos consideraban indigno de un hombre lamentarse, proferir gritos y gemidos, dejarse vencer por el dolor. Nuestras democracias modernas se caracterizan en cambio por la omnipresencia del lamento, del que los cuadernos de quejas de la Revolución francesa siguen siendo el modelo (Capítulo 4)

   La Revolución francesa fue el triunfo del revanchismo. Las víctimas exigieron justicia.

¿La violación debería ser castigada como un asesinato? Lamento decir esta perogrullada, pero a una violación se puede sobrevivir, jamás a un asesinato. La teología de #MeToo carece de piedad: el perdón ya no existe, el pecador no puede redimirse, aunque cumpla su pena. Es precipitado vivo a la caldera de los condenados. Entre nuestras nuevas investigadoras hay una intransigencia que las vuelve ajenas a dos dimensiones esenciales de los asuntos humanos: la redención y la proporción. (Capítulo 7)

   Por otra parte, recordemos que el cristianismo originario no contaba con más expectativa de justicia que la del Juicio Final. Si eras cristiano y eras víctima, no ponías tu esperanza en que tus quejas fueran escuchadas por las autoridades. Eso cambia totalmente con el victimismo actual.

Vivimos la tragedia de las culturas satisfechas, ineptas para afrontar la adversidad. A lo cual hay que añadir una mutación capital: la judicialización de la vida cotidiana, contemporánea del gran mercado del dolor. Desde hace medio siglo, el derecho se ha convertido, junto a la política, en un modo de regulación de los conflictos. (Capítulo 3)

  Así que ser víctima se entiende hoy como ser agente de resentimiento con expectativa de reparación, pero esto parece diferente a la idea original del cristianismo que quizá se centraba más en la idea de consuelo.

Lo que el cristianismo rechaza es el heroísmo aristocrático, despreciativo con los pobres, y la moral estoica que recomienda aceptar duelos y enfermedades sin una queja. (Capítulo 1)

   Detengámonos en esto: el ideal del mundo grecolatino es el estoicismo, con sus recios héroes. Frente a ello aparece la imaginería cristiana del duelo, el martirio, la Pasión; al héroe lo reemplaza el mártir (la Antigüedad grecolatina conocía ciertos casos de martirio… pero casi siempre eran mujeres, como Antígona, Alcestis o Andrómaca… con la importante excepción del caso de Sócrates). 

La victimización es la versión dolorida del privilegio, permite rehacer una genealogía a partir de una opresión real o imaginaria. Sugiere que la ley se aplica a todos excepto a mi (Capítulo 4)

  El cristianismo se originó a lo largo de un prolongado proceso de evolución. Hasta que el poder político se hizo cristiano, la interiorización del dolor y el sufrimiento no pudo tener salida, ¿todo el resentimiento se almacenaba a la espera del prodigio sobrenatural del Juicio Final?, ¿o más bien el “amor a los enemigos” neutralizaba el deseo de justicia e incrementaba el poder del sistema afectivo de la comunidad basado en el amor mutuo, a modo de consuelo y cooperacion reparadora?

No es de la condición de víctimas de lo que hay que salir, sino de la victimización como mentalidad. En cuanto a las víctimas, su suerte reside entre sus manos. No tenemos ningún derecho a dictarles una conducta ni en el olvido ni en el recuerdo. (Capítulo 12)

La victimización conduce al fatalismo. (Conclusión)

  Así que en Bruckner encontramos un neoestoicismo que rechaza la victimización bajo cualquier circunstancia. No habría una victimización moralmente necesaria porque la “mentalidad” de víctima siempre es negativa. 

   Esta cuestión no es discutida en profundidad porque el texto se fija sobre todo en el victimismo actual, que supondría una formidable organización del resentimiento social que llega a extremos radicales e irracionales en el wokismo.

  El wokismo, para Bruckner, es tremendamente peligroso y llega incluso a promover sentimientos políticos tan primitivos y peligrosos como el racismo (“antisemitismo”).

El wokismo, esa «religión universitaria» (Jean-François Braunstein) venida de Estados Unidos, ha designado al hombre y la mujer blancos, judíos incluidos, como los nuevos racistas de nacimiento, sea cuales sean los esfuerzos realizados por librarse de esta fatalidad. A los ojos de esta doctrina, no solo es legítimo, sino recomendable ser antisemita (Capítulo 8)

El hashtag MeToo no es solamente liberación de la palabra y denuncia de las violencias sexistas, también declara sospechoso al deseo masculino. Lo que se llamaba todavía ayer la seducción es en realidad un dominio: la mirada, por ejemplo. No es neutra, es una toma de posesión a veces indebida que se puede transformar en violación por los ojos (eye rape en inglés) (Capítulo 7)

No existe una escala de Richter del sufrimiento, pero ¿no se podría contemplar una graduación que permita evaluar los diferentes delitos? ¿Hay que llegar al nazismo para considerar la agresión sexual y banalizar así el vocabulario del crimen contra la humanidad? Confundir heridas íntimas y situaciones extremas no aclara ni las unas ni las otras. ¿Por qué querer que una persona que ha sido objeto de un intento de violación sea el equivalente de los hombres y las mujeres que sufrieron los suplicios del Holocausto? Esta reductio ad Hitlerum señala la voluntad de hacer de la violación un crimen peor que el asesinato, y de sus víctimas, las representantes del genocidio moderno. (Capítulo 7)

   Sin embargo habría que distinguir entre el radicalismo punitivo y el radicalismo de ruptura cultural. Esto quizá se comprendería mejor si previamente se hubiera hecho una lectura más acertada del victimismo cristiano. Recordemos que el cristianismo cambia el ideal del héroe por el del mártir, y el de la impasibilidad estoica por la caridad. En ningún caso promueve directamente el resentimiento social. Eso es una adaptación posterior.

Los herederos laicos del catolicismo participan con estruendo en el altar del dolor. Nuestras sociedades se creen descristianizadas, pero nuestras pasiones siguen siendo las del cristianismo( Capítulo 1)

   Así que parece que la crítica de los excesos del victimismo revanchista ignora los aspectos positivos de la evolución moral. Reconocer la victimización o la existencia de “microagresiones” demuestra sensibilidad moral y evaluación racional. Otra cosa es desvirtuar ese reconocimiento al desencadenar agresión. Tendría que ser lo opuesto.

 Hoy en día somos todos seres sombríos que caemos fulminados al menor golpe, a la menor observación. De ahí el concepto de las microagresiones (Capítulo 4)

   Las microagresiones son un gran hallazgo moral, pues suponen una profunda introspección psicológica del hecho antisocial. La agresión está en todas partes, más allá de los delitos catalogados en los códigos penales. El error del wokismo es que en lugar de profundizar en el hecho cultural de la agresión, se opta por incrementar los tipos penales de los códigos.

En general, se explica la mitología victimista por el desfase entre las promesas de la modernidad y sus resultados. ¿Y si fuera a la inversa? ¿Si fueran los éxitos incontestables de la ciencia y de la industria los que hubieran exasperado nuestra impaciencia? Se han vencido tantos males, se han abolido tantas injusticias que uno se extraña de que no puedan serlo todos de inmediato (Capítulo 1)

   La impaciencia está justificada pues los avances tecnológicos son hoy de tal magnitud y pueden hasta tal punto aliviar la precariedad humana ancestral que resulta terrible contrastarlos con la enorme cantidad de sufrimiento que la sociedad globalizada tolera y/o provoca. Lo que falla es la reacción al fracaso de esos “éxitos incontestables” a la hora de crear una sociedad humana armoniosa. Debería ser una reacción positiva, creativa, y no resentida y agresiva.

  Finalmente, sorprende los titubeos del autor en la cuestión de condena a los graves abusos de Israel.

Incluso Amnistía Internacional se niega a calificar a Hamás de terrorista: son combatientes (Capítulo 5)

   Amnistía Internacional no utiliza el término “terrorista” para ningún grupo armado de intencionalidad política, de modo que el reproche es disparatado. Y mucho menos es admisible la equiparación de la crítica a los graves abusos del Estado israelí contra la población palestina con el antisemitismo.

Cuanto más se habla del genocidio de los judíos, más se agudizan la rabia contra ellos y las ganas de matarlos de nuevo. (Capítulo 10)

   Hay en la crítica política contemporánea mucho de acierto a la hora de señalar los excesos, pero el valor principal de tales críticas se halla no tanto en el posicionamiento político contemporáneo a favor o en contra de cada opción partidista, como en la manera en que se cuestiona la elaboración actual de los juicios morales: la incapacidad de dar nuevos pasos en el sentido de la evolución moral conduce a la impotencia ante los excesos del nuevo radicalismo, todo ello en una sociedad globalizada cada vez más desarrollada tecnológicamente, educativamente y, por lo tanto, más y más rica… riqueza humanamente improductiva, desperdicio absurdo de recursos por causa de la incompetencia ideológica.

No es inevitable que las democracias, victoriosas en 1989, desaparezcan bajo los ataques violentos de los nuevos oscurantismos, ni que los grandes combates por la emancipación se hundan en el dogmatismo y la acritud. (Conclusión)

Lectura de “Sufro, luego existo” en  Ediciones Siruela 2026 ; traducción de María Belmonte

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