Este es un libro con un argumento muy simple: las mujeres no son iguales a los hombres; son superiores en muchas formas, y en la mayor parte de las que contarán en el futuro. No es solo un asunto de cultura o educación, aunque ambas cosas juegan su papel. Es un asunto de biología y del ámbito de nuestros pensamientos y sentimientos influenciados por la biología
No es el primer libro que se escribe acerca de la superioridad femenina en el contexto de nuestra civilización (anterior es "The Natural Superiority of Women", de Montague Francis Ashley-Montagu, de 1953). Para algunos, este tipo de punto de vista resulta un poco humorístico, y sin embargo es también útil a la hora de afrontar la aún difícil tarea de conseguir la igualdad entre sexos (especialmente grave en las llamadas “naciones del tercer mundo”). Otros no lo verán así, pero algunos datos parecen incontrovertibles.
Además de la superioridad de la mujer en juicio, su confianza, fiabilidad, ecuanimidad, el trabajar y jugar limpio con otros, una relativa libertad para desviar sus impulsos sexuales y niveles más bajos de prejuicio, intolerancia y violencia las hacen biológicamente superiores.
En un sentido general, tenemos que admitir que esto es cierto. Si bien se han cometido y se siguen cometiendo bastantes errores a la hora de destacar las pautas de comportamiento innatas que son propias de hombres y mujeres.
Juzgando a partir de recientes metaanálisis –sofisticados sumarios estadísticos de muchos estudios- la mayoría de las “diferencias entre sexos” en las que puede pensar la mayoría de las personas no son siquiera reales, y mucho menos están basadas en la biología. Pero los hallazgos han sido siempre más consistentes en la agresión, el cuidado mutuo y la sexualidad.
Nada más fácil de comprender que el que la cooperación entre los seres humanos es lo que permite la civilización y que, por tanto, la agresividad masculina, sobre todo, supone un estorbo en términos prácticos. La agresión masculina no solo tiene que ver con las reacciones emocionales individuales. También está relacionada con la forma más peligrosa de agresividad humana: la agresión entre grupos, el sesgo endogrupal
Los hombres son más xenófobos y etnocéntricos que las mujeres, más inclinados a deshumanizar a los grupos extraños y a usar palabras animales sobre ellos, y más dispuestos a hacer sacrificios para castigarlos. (…) Los hombres tienen un umbral más bajo que las mujeres para poner en marcha conflictos intergrupales
Y hay más:
Los varones son diferentes. Los dos rasgos [distintivos más notorios] son la violencia y la sexualidad impulsiva.
Aunque la sexualidad impulsiva parezca algo no tan malo como la violencia, también aporta inconvenientes antisociales.
Los hombres han demostrado tener deseos sexuales más intensos y frecuentes que las mujeres, tal como reflejan los pensamientos espontáneos sobre sexo, frecuencia y variedad de las fantasías sexuales, de los deseos frecuentes de relaciones sexuales, del número de parejas deseable, masturbación, gusto por variadas prácticas sexuales, voluntad de tomar la iniciativa en el sexo, de iniciarlo y no de rechazarlo, de hacer sacrificios por sexo y otras medidas. No ha habido estudios con resultados opuestos –ni uno solo que indique mayor motivación sexual en la mujer que en el hombre. En un típico estudio, el 90% de los hombres, pero solo la mitad de las mujeres, sintieron deseo sexual al menos unas cuantas veces por semana
La búsqueda de placer sexual en el hombre es problemática en tanto que suele suponer, lógicamente, una fuerte motivación para comportarse de forma egoísta (por ejemplo, en la violación). El placer propio no se comparte y por ello con frecuencia nos lleva a utilizar al otro como medio para un fin privadísimo e intransferible...
A partir de estos rasgos innatos se han creado tradiciones culturales que los alimentan, de modo que masculinidad y feminidad en un sentido social pueden desarrollarse de forma muy diversa.
Algunas familias [en una población rural poco desarrollada] tenían pocas chicas para hacer las tareas [tradicionales de chicas] y se las encargaban a los chicos. En observaciones estándar, estos chicos mostraban menos agresión y autoritarismo, más altruismo y menos dependencia que los chicos a los que no les habían asignado tareas de chicas, cambiando su comportamiento al de las chicas. En particular, los chicos que habían hecho mucho trabajo cuidando de bebés mostraban mucha menos agresión (…) La biología determina que los chicos sean más agresivos y menos altruistas incluso antes de la pubertad, [pero] estas predisposiciones son en adelante moldeadas por la experiencia, educación y expectativas
Así que podría decirse que, en cierto modo, el cambio evolutivo más prosocial tuvo lugar a lo largo de la historia a medida que “comportamientos femeninos” –o, mejor dicho, no específicamente masculinos- fueron predominando. No parece una mala idea considerar los cambios en la condición social de la mujer a lo largo de la historia como especialmente significativos.
Las mujeres de Atenas no tenían personalidad legal (…)[Mientras que] las mujeres romanas eran oficialmente ciudadanas.
Es revelador considerar la profunda historia de la monogamia, que parece en último término haber mejorado el estatus de la mujer, aunque no automáticamente
El posicionamiento de la cristiandad surgió de la antipoliginia grecorromana, pero a medida que el cristianismo progresó, así lo hizo Europa, y porque Europa conquistó el mundo, la monogamia es ahora la norma en su mayor parte. En otras palabras, ha sido en parte una casualidad histórica
Puede ser discutible que se trate de una casualidad. Más bien parece que la liberación de las mujeres es paralela a otras liberaciones, y que todo ello se debió de articular, probablemente, con la difusión de doctrinas por el estilo de la liberación del alma individual, una e indivisible en cada uno de los seres humanos. Estas ideologías igualitarias, por otra parte, religiosas o no, parecen a su vez haber surgido como consecuencia del aumento de población, la frecuencia de intercambios entre grupos de individuos extraños y el desarrollo económico.
En resumen, Melvin Konner considera que el futuro de un mundo en el que las mujeres tendrán cada vez más responsabilidades parece bastante prometedor. Se recuerda, por ejemplo, que no solo las mujeres cometen menos delitos violentos, sino que incluso, una vez las mujeres han comenzado a tener responsabilidades económicas de todo tipo, también juegan más limpio en tales coyunturas.
Pocas mujeres cometieron fraude independientemente, sacando provecho de sus roles [directivos] en compañías financieras
Se podrían añadir algunas cosas a este análisis. Para empezar, queda por ver si el modelo social y económico en el cual las mujeres están siendo liberadas será aquel que las mujeres preferirán cuando tengan capacidad para elegir sus propios modelos económicos y sociales. Al fin y al cabo, han sido los hombres los que han diseñado nuestra civilización, y no se ve por qué las mujeres tienen que conformarse con ser generosamente invitadas a integrarse en ella cuando es muy posible que sus propias tendencias den lugar a fórmulas sociales diferentes. En el libro, por ejemplo, se habla de la importancia de que las mujeres alcancen puestos ejecutivos en las grandes corporaciones, pero ¿y si resulta que tal sistema económico materialista y competitivo no es el preferido de las mujeres en base a sus peculiaridades de comportamiento?
En el libro tampoco se analiza en profundidad la cuestión de la llamada “plasticidad erótica femenina”, aunque sí se menciona que en las mujeres existe una relativa libertad para desviar sus impulsos sexuales y al hacerlo se especula con algunas posibilidades futuras. Si es cierto que el deseo sexual de la mujer puede ser mucho más fácilmente moldeado –desviado- por el entorno, esto podría representar una amenaza gravísima para el sexo masculino, ya que sería viable la creación de un entorno social autosuficiente y universal diseñado por las mismas mujeres.
¿Podría nuestra evolución futura eliminar a los varones, manteniendo conexiones sexuales solo femeninas?
Encuestas recientes hablan de una escalada que parece imparable en la frecuencia de relaciones lésbicas que se da en las naciones donde las mujeres han tenido mayor acceso a la independencia económica y a la educación, y una psicóloga nada sospechosa de radicalismo, Helen Fisher, escribe nada menos que "Unos dos tercios de mujeres heterosexuales se sienten sexualmente atraídas por otras mujeres". ¿Qué ocurriría entonces si las niñas dejasen de ser educadas en el sentido de que, para integrarse socialmente y hallar la plenitud emocional y sentimental, las mujeres deben mantener exitosas relaciones sexuales y afectivas con hombres? A lo largo de la historia las mujeres han sido educadas o bien para ser castas, o bien para vivir en matrimonios polígamos, o bien para someterse a las decisiones de sus padres a la hora de contraer matrimonio... y estos sistemas han sido bastante estables, lo que en buena parte coincide con el concepto de “plasticidad erótica femenina”. No es disparatado pensar entonces en entornos en los que las niñas y jóvenes puedan ser educadas para conexiones sexuales solo femeninas quizá complementadas con esporádicas relaciones heterosexuales -¿a modo de práctica deportiva ocasional y discrecional, como un “deporte de riesgo”?- y con fórmulas de vida familiar complejas y flexibles más acordes con la vivencia femenina de la maternidad.
Finalmente, a la hora de especular alegremente acerca de un futuro en el que las mujeres pudieran ser autosuficientes por completo (reproducirse a sí mismas, incluso recurriendo a la partenogénesis), habría que plantearse qué interés tendría ese tipo de humanidad en prolongar su existencia, una vez se halle liberada de las constricciones que impone la naturaleza. La continuidad de la especie ha dependido siempre del deseo masculino en mantener relaciones sexuales con las mujeres, lo que hacía inevitable los embarazos, a lo que se sumaba el instintivo amor maternal que permitía que los bebés no murieran por abandono. Ambas fuerzas instintuales también podrían ser neutralizadas y/o reemplazadas en el futuro.
Especular acerca de un mundo en el cual las buenas cualidades prosociales del sexo femenino tendrían el control es también hacer futurismo con todo lo que ello implica. Es posible que una humanidad pacífica y racional decida autoextinguirse apaciblemente si logra satisfacer las necesidades de sus últimos individuos sin que ello implique dar lugar a descendencia alguna. Pero supongamos que la humanidad tuviera una razón para existir, una finalidad o misión a cumplir (¿cuál podría ser?), en tal caso, hay pocas dudas de que la masculinidad sería un lastre para alcanzar tal fin. Así que, si bien lo más probable es que “la humanidad no sirva para nada”, si, en todo caso, sí “sirviera para algo”, sería entonces el varón el que no serviría para nada…
La "sabiduría" fue la primera manifestación del pensamiento de innovación social, muy anterior a la aparición de la filosofía y la ciencia. Implicaba e implica el conocimiento de las contradicciones de la conducta humana (por ejemplo, egoísmo frente a la necesidad de estrecha cooperación) y la reflexión comprometida e informada para superarlas. Este blog reseña, de forma crítica, libros referentes a estas cuestiones.
jueves, 5 de octubre de 2017
lunes, 25 de septiembre de 2017
“Yanomamö”, 1992. Napoleon Chagnon
Como bien afirma Edward O Wilson en el prólogo del libro, este “Yanomamö” del antropólogo Napoleon Chagnon se ha convertido en un clásico (en realidad, se trata de la versión corregida y ampliada de un libro anterior, “The Fierce People”- "el pueblo feroz”).
Es un clásico por varios motivos: por la extensión y minuciosidad del estudio de la sociedad tradicional de los yanomamö a lo largo de casi tres décadas, por lo contundente de sus conclusiones (los yanomamö serían un pueblo cuya cultura está fundamentalmente condicionada por la agresión y la guerra) y por la encendida polémica que ha dado lugar.
Elegí [estudiar] la guerra al comprender que ésta era la principal preocupación de los yanonamö y que afectaba a todo lo que hacían. Mis primeros estudios fueron de naturaleza muy distinta: qué comían y cuánto comían.(…) [Pero] en la zona de mi estudio, al menos una cuarta parte de los varones adultos ha muerto por causas violentas.
Algunos antropólogos culturales no creen que la guerra haya tenido nunca una importancia significativa en nuestro pasado evolutivo (…) De ahí que en determinados casos se vean obligados a ofrecer todo tipo de explicaciones para justificar la violencia o la guerra, la más común de las cuales es que allí donde hay guerra, ésta ha sido introducida por poblaciones foráneas.
Ya desde hace unas décadas nos encontramos con un debate público que va mucho más allá de las controversias académicas de antropólogos y psicólogos sociales, un debate que puede trasladarse a todo tipo de cuestiones humanistas: el debate entre “rousseaunianos” y “hobbesianos”. Los “rousseaunianos” –por ejemplo, los marxistas- consideran que la naturaleza humana es pacífica y armoniosa, y que en el principio existía una especie de paraíso primitivo que fue después corrompido por instituciones extrañas como la religión, la jerarquía y la propiedad privada; los “hobbesianos” –por ejemplo, Napoleon Chagnon… y Sigmund Freud- consideran que la naturaleza humana es agresiva y que precisamente la causa principal de la evolución cultural y civilizatoria es controlar esta agresividad en la medida de lo posible.
Chagnon, desde luego, no olvida señalar al
mito del buen salvaje, esa ingenua visión del hombre primitivo tan querida por los antropólogos moralmente correctos.
E incluso apunta que
la mayoría de los antropólogos aplicados que trabajan con los yanomamö consideran que solo deben recopilarse y publicarse los datos “políticamente correctos” (…) Me parece paternalista esa actitud que postula que las personas inteligentes no sentirán simpatía o desearán ayudar a los yanomamö porque a la postre estos tienen los mismos defectos sociales, emocionales y políticos que nosotros.
El pueblo de los yanomamö se compone de una extensa comunidad de aldeas en las selvas del alto Orinoco, en los territorios más recónditos de las repúblicas sudamericanas de Venezuela y Brasil. Como son bastante numerosos, han sido estudiados por muchos observadores, y Chagnon los considera característicos del “hombre en estado de naturaleza”. Ciertamente, en sus costumbres y forma de vida recuerdan a otros pueblos tradicionales de Nueva Guinea o África Central. Con todo, al lector atento puede sorprenderle que, más que cazadores-recolectores estrictos, sean agricultores semi-sedentarios (trasladan sus poblados y huertos con relativa frecuencia) y que sus poblados pueden superar el “número de Dunbar” –ciento cincuenta individuos como máximo- que se considera propio de la demografía de las hordas de cazadores-recolectores. Pero en lo demás, los hábitos cinegéticos, la simplicidad de tecnología y religión, y la compenetración con la naturaleza, sí que parecen corresponder con bastante aproximación a la imagen clásica del “hombre prehistórico”.
¿Por qué son violentos los yanomamö?
De vez en cuando surgen rencillas entre tribus a partir de conflictos individuales. La sospecha da paso a acusaciones de brujería.
Los niños son invitados a ser fieros, y rara vez se les castiga por pegar a sus padres o a las niñas indefensas de la aldea.
Pegar a una mujer con un garrote es una demostración de poder que no entraña demasiados peligros para el hombre, a menos que la mujer tenga hermanos agresivos en la aldea que acudan en su auxilio. Parecía importante para los hombres demostrar sus dotes violentas maltratando a una mujer, pues con ello enviaban a otros hombres el mensaje de que exigían ser tratados con circunspección, cautela e incluso deferencia.
La mayor parte de las luchas entre aldeas tiene su origen en cuestiones sexuales
La verdad es que en estos párrafos y en otros parecidos encontramos un panorama que no es extraño que indigne a quienes luchan porque el mundo preserve el estilo de vida ancestral de los Yanomamö. Y lo más chocante es que el mismo Chagnon también opine que
los yanonamö (…) son esencialmente como cualquiera de nosotros, pues la condición humana es universal. (…) Los guerreros yanonamö (…) guerrean para proteger y defender a su pueblo. (…) Para casi todo el mundo, incluidos los yanonamö, la guerra es repugnante, y todos preferiríamos que no existiera (…) Si pudiéramos librarnos de la gente mala no habría ninguna guerra.
¿”Gente mala”?, ¿”defender a su pueblo”? Por lo que nos cuenta sobre los yanomamö, siendo la guerra y la agresión su estilo de vida, con rencillas y venganzas que parecen generarse más bien gratuitamente y que se prolongan durante generaciones, la impresión que producen es una dinámica social por el estilo de la teleserie de “Los Soprano”. Porque no parece existir una diferenciación clara entre la guerra y las reyertas personales. El nexo es, claramente, la solidaridad familiar: hermanos, padres e hijos, tíos, sobrinos y primos se ven constantemente implicados en luchas cuyo origen, por lo que parece relatar Chagnon, se encuentra en acciones individuales.
Varios niños murieron en la aldea de los bisaasi-teri. Los chamanes del poblado empezaron a sospechar que sus vecinos lanzaban maleficios en secreto (…) [Un visitante de la tribu vecina es asesinado en el poblado por uno de los bisaasi-teri], varias mujeres llevaron su cadáver hasta su aldea natal. Comenzó así la guerra
Chagnon comenta que se trata de individuos en particular que comienzan la reyerta, sobre todo para ganar prestigio como “fieros”. El grupo respalda al agresor y las sucesivas venganzas ya resultan imparables.
De hecho, no se nos aclara cómo se viven estas situaciones desde el punto de vista del juicio moral, lo que supone una sorprendente laguna en un libro que es obra de alguien que habla la lengua yanomamö a la perfección y ha llegado a intimar mucho con estos hombres. Por ejemplo, cuando enumera las tácticas de agresión entre grupos menciona
[la] traición, conocida como (…) estrategia ruin (…) la máxima modalidad de violencia entre los yanomamö
De hecho, la narración inicial del asesinato –no podría llamarse de otra manera- del invitado cuya tribu era acusada de brujería, es un claro caso de traición. Al visitante se le ofrece comida por hospitalidad, y mientras la consume alguien lo mata atacándolo por la espalda. Lo asombroso –de Chagnon- es que no se hace el menor comentario al respecto sobre si esta acción era merecedora o no de reprensión por parte de los otros hombres de la aldea. Aparentemente no. Entonces ¿cómo puede decirse que la guerra es vista por los yanomamö como indeseable, y causada por culpa de la “gente mala”?
Además, aparte de lo ya mencionado sobre la educación para la ferocidad de los niños y los malos tratos a las mujeres, tenemos importantes apuntes sobre la conducta cotidiana de los hombres yanomamö –las mujeres son menos agresivas-
Me resultó de lo más difícil aprender a convivir con sus incesantes, encendidas y a veces agresivas demandas (…) Los yanonamö no aceptaban un no por respuesta a menos que mi negativa se hiciera con la misma pasión y agresividad (…) Para llevarme bien con los indios tuve que intentar ser como ellos: un poco ladino, agresivo, amenazante y avasallador. (…) Buena parte de su intimidación estaba calculada para determinar mi umbral de tolerancia o desesperación.
Al igual que en las comunidades del hampa (o los cuerpos militares de élite…), los recién llegados parecen ser forzados a pasar por ritos de iniciación que incluyen el afrontar abusos y provocaciones a los que se ha de responder demostrando determinación y capacidad para una “amenaza creíble”; después, para evitar la autodestrucción del grupo de individuos agresivos, se establecen normas de honor, así como ciertas costumbres familiares y tradiciones funcionales de la vida económica y de alianzas de fuerza, pero
muchos yanomamö violan las normas, especialmente aquellas por las que se rigen las relaciones de parentesco y el matrimonio
[Un hombre] no dudaría en violar [las normas] si en algún momento estas se interpusieran en su camino, en el sentido de incluir en la categoría de mujer casadera a quien en realidad no le correspondiera tal lugar (…) En la cultura yanomamö un hombre puede actuar de este modo con éxito y confianza solo si está en condiciones de defender su quebrantamiento de la norma, lo que en buena parte depende de lo creíbles que resulten sus amenazas: de su fiereza.
¿Llevan viviendo así miles de años? Es interesante entonces observar con más detalle los límites a la violencia que existen entre ellos. Que una tercera o una cuarta parte de los varones acaben muriendo en reyertas (y que todos exhiban notorias cicatrices de sus peleas, de las que se muestran muy orgullosos) puede parecer una cifra incluso moderada dado tal estado de cosas. Pero si los yanomamö han perdurado es porque han controlado sus pérdidas hasta cierto punto. Probablemente hubo tiempos aún peores…
Los yanomamö sienten pavor ante la idea de convertirse en caníbales, como si creyeran que los seres humanos tienen una predisposición inherente que puede llevarlos a devorar a otros miembros de su especie, una acción que para ellos es repugnante, pero también una posibilidad muy real que ha de combatirse en todo momento (…) Comer animales que se han convertido en mascotas domésticas (…) equivale para los yanomamö a un acto de canibalismo (…) Nada desagradaba más a los yanomamö que mis comentarios sobre el consumo de animales domésticos, como vacas y ovejas
Algunos controles son de tipo grupal: si una aldea es atacada, entonces tienen que encontrar aliados que impidan a los enemigos destruirlos por completo
Han desarrollado modelos de alianzas destinados a limitar los conflictos (…) [Pero] la mayoría de las alianzas termina por resquebrajarse. La amistad da paso a la hostilidad
Y a nivel individual
Las tres formas de violencia más inocuas –los puñetazos en el pecho, los golpes en el costado y los duelos con garrote- permiten a los contendientes expresar su hostilidad y quedar en términos relativamente pacíficos pasado el combate. La cultura yanomamö fomenta las conductas agresivas, pero también proporciona un marco para mantener esa agresividad bajo control.
Además, tienen jefes, si bien la jefatura carece del autoritarismo jerárquico que a nosotros nos es familiar, lo que, por una parte, parece incluso amable, ya que el jefe
se limita a dar buen ejemplo, y los otros lo siguen si les parece oportuno, aunque también pueden no hacerle caso, pero siempre recurren a él cuando se encuentran en una situación difícil.
Sin embargo, quizá un jefe más enérgico podría evitar los abusos de las normas, limitar la agresión traicionera del que compromete a toda la aldea en una guerra contra los vecinos o tratar de moderar la raíz agresiva del comportamiento cotidiano ¿Sólo la autoridad poderosa puede moderar la violencia de todos contra todos? Eso es lo que pensaba Hobbes…
Un detalle interesante es que Chagnon encontró ciertas diferencias entre los yanomamö que vivían en las montañas –un medio económicamente más pobre- con respecto a los que vivían en el llano
Muy pocos hombres en las montañas son (…) individuos que han participado en la matanza de otros hombres. (…) [Por otra parte,] la vida en estas zonas resulta mucho más dura (…) [Son] refugiados que han huido de comunidades mayores para buscar seguridad en las tierras altas y escarpadas, donde la vida es más difícil pero la estabilidad política es mayor y los conflictos menos frecuentes. Estos grupos son más reducidos, menos violentos y más amables; cuentan con menos guerreros e inferiores porcentajes de poligamia, mujeres secuestradas y muertes violentas
(La mención a la poligamia es importante, pues Chagnon considera probado que el guerrero más agresivo se ve socialmente recompensado al conseguir más mujeres y por tanto más descendencia: éxito reproductivo de los violentos)
Esto contradice la teoría de que es la pobreza la que embrutece a los individuos en la lucha por los recursos. Chagnon asegura –aunque no es del todo convincente- que los yanomamö cuentan con comida más que suficiente, y que incluso apenas dedican tres horas diarias de promedio al trabajo. ¿Cuál sería entonces el origen de la extraordinaria violencia entre los yanomamö, si no tiene que ver con la escasez de recursos? Lo que se insinúa es que, simplemente, los yanomamö son representativos del estado de naturaleza humano y que lo excepcional no es la violencia, sino el control de ésta.
¿Es la vida del hombre en estado de naturaleza una especie de infierno? Tal vez no: desde un punto de vista filosófico, quizá la violencia no sea lo peor de todo. Chagnon encuentra cosas positivas entre los yanomamö desde cualquier punto de vista, como la riqueza de su vida sexual, el contacto con la naturaleza, las fiestas e incluso un rasgo que a todos nos parecerá positivo: el amor a los niños. Pone como ejemplo cierta ocasión en que un hombre iba a acompañarlo en un viaje que parecía interesarle mucho.
[Su hijo pequeño] empezó a llorar y despertó el instinto paternal (…) Cogió en brazos a su hijo “No puedo ir contigo. [Mi hijo] me echará de menos y se pondrá triste”
Esta fuerza del amor filial compensa en parte la ausencia del amor romántico entre hombre y mujer, cuya existencia no consta a Chagnon. Y tampoco parece saberse nada de otras invenciones culturales más modernas, como el perdón, la reconciliación y la amistad y la hospitalidad incondicionales. Esta aparente pobreza de las cualidades que solemos calificar de propiamente “humanas” ¿implica que los yanonamö no solo son “tradicionales”, sino también “primitivos”, en el sentido absoluto del término?
Es un clásico por varios motivos: por la extensión y minuciosidad del estudio de la sociedad tradicional de los yanomamö a lo largo de casi tres décadas, por lo contundente de sus conclusiones (los yanomamö serían un pueblo cuya cultura está fundamentalmente condicionada por la agresión y la guerra) y por la encendida polémica que ha dado lugar.
Elegí [estudiar] la guerra al comprender que ésta era la principal preocupación de los yanonamö y que afectaba a todo lo que hacían. Mis primeros estudios fueron de naturaleza muy distinta: qué comían y cuánto comían.(…) [Pero] en la zona de mi estudio, al menos una cuarta parte de los varones adultos ha muerto por causas violentas.
Algunos antropólogos culturales no creen que la guerra haya tenido nunca una importancia significativa en nuestro pasado evolutivo (…) De ahí que en determinados casos se vean obligados a ofrecer todo tipo de explicaciones para justificar la violencia o la guerra, la más común de las cuales es que allí donde hay guerra, ésta ha sido introducida por poblaciones foráneas.
Ya desde hace unas décadas nos encontramos con un debate público que va mucho más allá de las controversias académicas de antropólogos y psicólogos sociales, un debate que puede trasladarse a todo tipo de cuestiones humanistas: el debate entre “rousseaunianos” y “hobbesianos”. Los “rousseaunianos” –por ejemplo, los marxistas- consideran que la naturaleza humana es pacífica y armoniosa, y que en el principio existía una especie de paraíso primitivo que fue después corrompido por instituciones extrañas como la religión, la jerarquía y la propiedad privada; los “hobbesianos” –por ejemplo, Napoleon Chagnon… y Sigmund Freud- consideran que la naturaleza humana es agresiva y que precisamente la causa principal de la evolución cultural y civilizatoria es controlar esta agresividad en la medida de lo posible.
Chagnon, desde luego, no olvida señalar al
mito del buen salvaje, esa ingenua visión del hombre primitivo tan querida por los antropólogos moralmente correctos.
E incluso apunta que
la mayoría de los antropólogos aplicados que trabajan con los yanomamö consideran que solo deben recopilarse y publicarse los datos “políticamente correctos” (…) Me parece paternalista esa actitud que postula que las personas inteligentes no sentirán simpatía o desearán ayudar a los yanomamö porque a la postre estos tienen los mismos defectos sociales, emocionales y políticos que nosotros.
El pueblo de los yanomamö se compone de una extensa comunidad de aldeas en las selvas del alto Orinoco, en los territorios más recónditos de las repúblicas sudamericanas de Venezuela y Brasil. Como son bastante numerosos, han sido estudiados por muchos observadores, y Chagnon los considera característicos del “hombre en estado de naturaleza”. Ciertamente, en sus costumbres y forma de vida recuerdan a otros pueblos tradicionales de Nueva Guinea o África Central. Con todo, al lector atento puede sorprenderle que, más que cazadores-recolectores estrictos, sean agricultores semi-sedentarios (trasladan sus poblados y huertos con relativa frecuencia) y que sus poblados pueden superar el “número de Dunbar” –ciento cincuenta individuos como máximo- que se considera propio de la demografía de las hordas de cazadores-recolectores. Pero en lo demás, los hábitos cinegéticos, la simplicidad de tecnología y religión, y la compenetración con la naturaleza, sí que parecen corresponder con bastante aproximación a la imagen clásica del “hombre prehistórico”.
¿Por qué son violentos los yanomamö?
De vez en cuando surgen rencillas entre tribus a partir de conflictos individuales. La sospecha da paso a acusaciones de brujería.
Los niños son invitados a ser fieros, y rara vez se les castiga por pegar a sus padres o a las niñas indefensas de la aldea.
Pegar a una mujer con un garrote es una demostración de poder que no entraña demasiados peligros para el hombre, a menos que la mujer tenga hermanos agresivos en la aldea que acudan en su auxilio. Parecía importante para los hombres demostrar sus dotes violentas maltratando a una mujer, pues con ello enviaban a otros hombres el mensaje de que exigían ser tratados con circunspección, cautela e incluso deferencia.
La mayor parte de las luchas entre aldeas tiene su origen en cuestiones sexuales
La verdad es que en estos párrafos y en otros parecidos encontramos un panorama que no es extraño que indigne a quienes luchan porque el mundo preserve el estilo de vida ancestral de los Yanomamö. Y lo más chocante es que el mismo Chagnon también opine que
los yanonamö (…) son esencialmente como cualquiera de nosotros, pues la condición humana es universal. (…) Los guerreros yanonamö (…) guerrean para proteger y defender a su pueblo. (…) Para casi todo el mundo, incluidos los yanonamö, la guerra es repugnante, y todos preferiríamos que no existiera (…) Si pudiéramos librarnos de la gente mala no habría ninguna guerra.
¿”Gente mala”?, ¿”defender a su pueblo”? Por lo que nos cuenta sobre los yanomamö, siendo la guerra y la agresión su estilo de vida, con rencillas y venganzas que parecen generarse más bien gratuitamente y que se prolongan durante generaciones, la impresión que producen es una dinámica social por el estilo de la teleserie de “Los Soprano”. Porque no parece existir una diferenciación clara entre la guerra y las reyertas personales. El nexo es, claramente, la solidaridad familiar: hermanos, padres e hijos, tíos, sobrinos y primos se ven constantemente implicados en luchas cuyo origen, por lo que parece relatar Chagnon, se encuentra en acciones individuales.
Varios niños murieron en la aldea de los bisaasi-teri. Los chamanes del poblado empezaron a sospechar que sus vecinos lanzaban maleficios en secreto (…) [Un visitante de la tribu vecina es asesinado en el poblado por uno de los bisaasi-teri], varias mujeres llevaron su cadáver hasta su aldea natal. Comenzó así la guerra
Chagnon comenta que se trata de individuos en particular que comienzan la reyerta, sobre todo para ganar prestigio como “fieros”. El grupo respalda al agresor y las sucesivas venganzas ya resultan imparables.
De hecho, no se nos aclara cómo se viven estas situaciones desde el punto de vista del juicio moral, lo que supone una sorprendente laguna en un libro que es obra de alguien que habla la lengua yanomamö a la perfección y ha llegado a intimar mucho con estos hombres. Por ejemplo, cuando enumera las tácticas de agresión entre grupos menciona
[la] traición, conocida como (…) estrategia ruin (…) la máxima modalidad de violencia entre los yanomamö
De hecho, la narración inicial del asesinato –no podría llamarse de otra manera- del invitado cuya tribu era acusada de brujería, es un claro caso de traición. Al visitante se le ofrece comida por hospitalidad, y mientras la consume alguien lo mata atacándolo por la espalda. Lo asombroso –de Chagnon- es que no se hace el menor comentario al respecto sobre si esta acción era merecedora o no de reprensión por parte de los otros hombres de la aldea. Aparentemente no. Entonces ¿cómo puede decirse que la guerra es vista por los yanomamö como indeseable, y causada por culpa de la “gente mala”?
Además, aparte de lo ya mencionado sobre la educación para la ferocidad de los niños y los malos tratos a las mujeres, tenemos importantes apuntes sobre la conducta cotidiana de los hombres yanomamö –las mujeres son menos agresivas-
Me resultó de lo más difícil aprender a convivir con sus incesantes, encendidas y a veces agresivas demandas (…) Los yanonamö no aceptaban un no por respuesta a menos que mi negativa se hiciera con la misma pasión y agresividad (…) Para llevarme bien con los indios tuve que intentar ser como ellos: un poco ladino, agresivo, amenazante y avasallador. (…) Buena parte de su intimidación estaba calculada para determinar mi umbral de tolerancia o desesperación.
Al igual que en las comunidades del hampa (o los cuerpos militares de élite…), los recién llegados parecen ser forzados a pasar por ritos de iniciación que incluyen el afrontar abusos y provocaciones a los que se ha de responder demostrando determinación y capacidad para una “amenaza creíble”; después, para evitar la autodestrucción del grupo de individuos agresivos, se establecen normas de honor, así como ciertas costumbres familiares y tradiciones funcionales de la vida económica y de alianzas de fuerza, pero
muchos yanomamö violan las normas, especialmente aquellas por las que se rigen las relaciones de parentesco y el matrimonio
[Un hombre] no dudaría en violar [las normas] si en algún momento estas se interpusieran en su camino, en el sentido de incluir en la categoría de mujer casadera a quien en realidad no le correspondiera tal lugar (…) En la cultura yanomamö un hombre puede actuar de este modo con éxito y confianza solo si está en condiciones de defender su quebrantamiento de la norma, lo que en buena parte depende de lo creíbles que resulten sus amenazas: de su fiereza.
¿Llevan viviendo así miles de años? Es interesante entonces observar con más detalle los límites a la violencia que existen entre ellos. Que una tercera o una cuarta parte de los varones acaben muriendo en reyertas (y que todos exhiban notorias cicatrices de sus peleas, de las que se muestran muy orgullosos) puede parecer una cifra incluso moderada dado tal estado de cosas. Pero si los yanomamö han perdurado es porque han controlado sus pérdidas hasta cierto punto. Probablemente hubo tiempos aún peores…
Los yanomamö sienten pavor ante la idea de convertirse en caníbales, como si creyeran que los seres humanos tienen una predisposición inherente que puede llevarlos a devorar a otros miembros de su especie, una acción que para ellos es repugnante, pero también una posibilidad muy real que ha de combatirse en todo momento (…) Comer animales que se han convertido en mascotas domésticas (…) equivale para los yanomamö a un acto de canibalismo (…) Nada desagradaba más a los yanomamö que mis comentarios sobre el consumo de animales domésticos, como vacas y ovejas
Algunos controles son de tipo grupal: si una aldea es atacada, entonces tienen que encontrar aliados que impidan a los enemigos destruirlos por completo
Han desarrollado modelos de alianzas destinados a limitar los conflictos (…) [Pero] la mayoría de las alianzas termina por resquebrajarse. La amistad da paso a la hostilidad
Y a nivel individual
Las tres formas de violencia más inocuas –los puñetazos en el pecho, los golpes en el costado y los duelos con garrote- permiten a los contendientes expresar su hostilidad y quedar en términos relativamente pacíficos pasado el combate. La cultura yanomamö fomenta las conductas agresivas, pero también proporciona un marco para mantener esa agresividad bajo control.
Además, tienen jefes, si bien la jefatura carece del autoritarismo jerárquico que a nosotros nos es familiar, lo que, por una parte, parece incluso amable, ya que el jefe
se limita a dar buen ejemplo, y los otros lo siguen si les parece oportuno, aunque también pueden no hacerle caso, pero siempre recurren a él cuando se encuentran en una situación difícil.
Sin embargo, quizá un jefe más enérgico podría evitar los abusos de las normas, limitar la agresión traicionera del que compromete a toda la aldea en una guerra contra los vecinos o tratar de moderar la raíz agresiva del comportamiento cotidiano ¿Sólo la autoridad poderosa puede moderar la violencia de todos contra todos? Eso es lo que pensaba Hobbes…
Un detalle interesante es que Chagnon encontró ciertas diferencias entre los yanomamö que vivían en las montañas –un medio económicamente más pobre- con respecto a los que vivían en el llano
Muy pocos hombres en las montañas son (…) individuos que han participado en la matanza de otros hombres. (…) [Por otra parte,] la vida en estas zonas resulta mucho más dura (…) [Son] refugiados que han huido de comunidades mayores para buscar seguridad en las tierras altas y escarpadas, donde la vida es más difícil pero la estabilidad política es mayor y los conflictos menos frecuentes. Estos grupos son más reducidos, menos violentos y más amables; cuentan con menos guerreros e inferiores porcentajes de poligamia, mujeres secuestradas y muertes violentas
(La mención a la poligamia es importante, pues Chagnon considera probado que el guerrero más agresivo se ve socialmente recompensado al conseguir más mujeres y por tanto más descendencia: éxito reproductivo de los violentos)
Esto contradice la teoría de que es la pobreza la que embrutece a los individuos en la lucha por los recursos. Chagnon asegura –aunque no es del todo convincente- que los yanomamö cuentan con comida más que suficiente, y que incluso apenas dedican tres horas diarias de promedio al trabajo. ¿Cuál sería entonces el origen de la extraordinaria violencia entre los yanomamö, si no tiene que ver con la escasez de recursos? Lo que se insinúa es que, simplemente, los yanomamö son representativos del estado de naturaleza humano y que lo excepcional no es la violencia, sino el control de ésta.
¿Es la vida del hombre en estado de naturaleza una especie de infierno? Tal vez no: desde un punto de vista filosófico, quizá la violencia no sea lo peor de todo. Chagnon encuentra cosas positivas entre los yanomamö desde cualquier punto de vista, como la riqueza de su vida sexual, el contacto con la naturaleza, las fiestas e incluso un rasgo que a todos nos parecerá positivo: el amor a los niños. Pone como ejemplo cierta ocasión en que un hombre iba a acompañarlo en un viaje que parecía interesarle mucho.
[Su hijo pequeño] empezó a llorar y despertó el instinto paternal (…) Cogió en brazos a su hijo “No puedo ir contigo. [Mi hijo] me echará de menos y se pondrá triste”
Esta fuerza del amor filial compensa en parte la ausencia del amor romántico entre hombre y mujer, cuya existencia no consta a Chagnon. Y tampoco parece saberse nada de otras invenciones culturales más modernas, como el perdón, la reconciliación y la amistad y la hospitalidad incondicionales. Esta aparente pobreza de las cualidades que solemos calificar de propiamente “humanas” ¿implica que los yanonamö no solo son “tradicionales”, sino también “primitivos”, en el sentido absoluto del término?
viernes, 15 de septiembre de 2017
“La maldición de la autoconsciencia”, 2004. Mark R. Leary
El “yo” se refiere al aparato mental que permite a la gente (y a unas pocas especies de animales) pensar conscientemente sobre sí mismos
Pensamos, luego existimos. Nada es más importante que nuestra propia existencia, y sin embargo, el origen de la existencia del “yo“ autoconsciente en el Homo Sapiens se encontraría en resolver algunos problemas prácticos de la vida cotidiana de nuestros lejanos antepasados cazadores-recolectores y no tanto en realzar el valor de nuestra propia existencia.
Un animal con un “yo” puede crear representaciones mentales de sí mismo, lo que le permite pensar sobre sus propias características y comportamientos
Es posible que la principal función del “yo” sea proporcionar una forma de que la gente supere sus inclinaciones automáticas
Si nuestra existencia consciente es la que da valor a nuestras vidas (porque nosotros mismos somos los que la valoramos), ¿cómo se puede llegar a decir que la autoconsciencia es una “maldición”? ¿No equivale eso a decir que es una maldición el haber nacido? Pero el psicólogo y neurocientífico Mark R Leary se refiere a otra cosa…
Comparados con las metas a corto plazo de nuestros antepasados prehistóricos, muchos de los resultados por los cuales luchamos hoy están situados muy lejos en el futuro (…) Debido a que las condiciones bajo las cuales vive la gente hoy son muy diferentes de aquellas bajo las cuales evolucionó la autoconsciencia, el beneficio que ésta proporciona se encuentra ahora acompañado por numerosos inconvenientes. (…) El “yo” es como los sistemas corporales que controlan la alimentación humana. La inclinación natural por el azúcar y las grasas que facilitaron la supervivencia de los humanos prehistóricos se ha convertido en un detrimento de la salud de las personas que viven en una sociedad que puede fácilmente obtener grandes cantidades de dulces y grasas en el supermercado o en un restaurante barato (…) Este libro es sobre el lado negativo –la maldición- de tener un “yo” autoconsciente en la vida moderna
Los humanos prehistóricos que vivían en un entorno limitado y conocido estaban probablemente menos perturbados por la autorreflexión que la gente de hoy. Con poca razón para mirar más allá de un par de días por delante, nuestros antepasados prehistóricos no se preocupaban mucho por su futuro. (…) Quizá los “yo” autoconscientes de la gente de la prehistoria eran más una bendición y menos una maldición de lo que lo son los de la gente de hoy.
Comprender cómo el “yo” crea muchos de nuestros problemas puede proporcionarnos importantes perspectivas acerca de la naturaleza de la condición humana y ofrecernos soluciones acerca de cómo podemos contraactuar muchos de los efectos negativos de la condición autoconsciente
Uno de los peores efectos sería el de la “charla interior” cuando alcanza el estado de “rumiación”, cuando gira de forma insistente acerca de hechos lamentables pasados e irremediables… Para algunas personas, esto supone una tortura.
La mayor parte de la charla interior de la gente no le ayuda a anticipar problemas, afrontar dificultades o mejorar la cualidad de sus vidas. Ciertamente, la charla trata sobre todo con problemas del pasado y futuro, pero raramente esta clase de rumiación realmente ayuda a la gente a mejorar sus vidas
La presencia constante de esta voz interna que nos retrotrae al pasado y especula, a veces muy fantasiosamente, acerca de nuestro futuro, es un fenómeno tan característico de nuestra existencia autoconsciente que cierto estudioso ha presentado una atrevida especulación al respecto:
Según [Julian] Jaynes, la gente de antes de 1000 ac [Era Axial] estaba de hecho “hablándose a sí misma” en sus mentes de la misma forma que se hace hoy; pero simplemente no lo sabían. No teniendo la capacidad de darse cuenta de que eran la fuente de las voces que oían en sus cabezas, llegaron a la conclusión razonable de que las instrucciones, ideas y avisos que recibían llegaban de fuentes externas
De esa forma se explicaría en parte las creencias en seres sobrenaturales y su acción en la vida de los individuos, y cómo una percepción diferente habría llevado a innovadoras concepciones introspectivas de la religión (ya no se trataría de aplacar a las voces extrañas en nuestra propia cabeza, sino de comprendernos a nosotros mismos, que es algo muy diferente).
Por todo ello, no ha de sorprendernos que la filosofía oriental haya tratado, por encima de todo, de acallar esta angustiosa inquietud…
Los sabios taoístas y budistas se dieron cuenta de que mucho del sufrimiento humano podía estar originado directamente en el “yo” autoconsciente
Las principales religiones orientales –hinduísmo, budismo y taoísmo- así como muchas religiones indígenas, adoptan un punto de vista diferente [al de las religiones occidentales] para resolver el problema del “yo” autoconsciente. Más que intentar cambiar o controlar el “yo” como hacen las religiones occidentales, estas visiones del mundo intentan reducir los problemas creados por el “yo” al aquietarlo o incluso anularlo.
No vendría mal considerar, en lo que se refiere a estas disciplinas en cierto modo de autoaniquilación, el que también
el masoquismo es, en el fondo, una forma de escapar del “yo” autoconsciente
Sin embargo, la civilización que ha incrementado la capacidad del ser humano para controlar su entorno no ha ido por ese camino. Más bien parece que nos hemos adentrado cada vez más en la introspección: hemos desarrollado la literatura narrativa (novela), la psicología y el humanismo en general. Ciertamente, los males de la autoconsciencia, del “yo”, parecen evidentes –el estado de “flujo”, que tanta satisfacción proporciona, ¿no es una evasión de la autoconsciencia?- pero, al mismo tiempo, renunciar a la existencia autoconsciente nos resulta poco deseable… porque es precisamente lo que nos hace existir.
Si no podemos volver a una época anterior al “yo”, la única salida es hacia delante, a un estado de la mente en el cual usaremos nuestro “yo” cuando lo necesitemos, pero que no nos hará esclavos de cada capricho egocéntrico y egoísta. Podemos ser capaces de ir hacia un estado no egocéntrico al combinar con éxito (…) aquietar el “yo”, promover el ego-escepticismo, reducir el egoísmo y la actitud egodefensiva, y desarrollar un autocontrol óptimo.
Los cambios en cómo la gente intenta tratar el uno al otro [para mejor] reflejan la habilidad del ”yo” para juzgarse a sí mismo, imaginar un futuro mejor y controlar los impulsos más básicos de la gente. Irónicamente, el “yo” puede ser una de nuestras mejores armas contra el “yo”
Entre los problemas que genera el “yo” autoconsciente y que el mismo “yo” autoconsciente podría ayudarnos a resolver tenemos unos cuantos que vale la pena enumerar:
La capacidad para autorreflexionar distorsiona nuestras percepciones del mundo, nos lleva a extraer conclusiones inexactas sobre nosotros mismos y otras personas, y así nos hace tomar malas decisiones basadas en información defectuosa
La solución podría estar en intercambiar perspectivas con otros observadores en un marco de confianza… (Al fin y al cabo, existe también la teoría de que la autoconsciencia surge para lidiar con los problemas entre individuos dentro de una comunidad: aprender a tomar la perspectiva de los otros).
La ansiedad anticipatoria ante la muerte parece ser una característica únicamente humana
Aquí una sugerencia va en el sentido de tratar este problema desde un punto de vista meramente práctico, como una fobia muy generalizada…
Uno debería reconocer lo absurdo de alimentar la propia infelicidad al reflexionar sobre el hecho de que uno no desea estar en un lugar determinado o que estar en otra parte sería mucho mejor
La insatisfacción, al fin y al cabo, es el incentivo que nos permite superar los problemas y el conformismo no es tampoco lo solución. ¿Debemos conformarnos con hallar “el justo medio”? Quizá la solución sería buscar compensaciones a la infelicidad, de entre la gran riqueza de recursos en una sociedad bien organizada.
Visto desde la perspectiva de la teoría de la identidad social, mucho del prejuicio, discriminación y conflicto está basado en procesos por los cuales las personas piensan de ellas mismas como entidades sociales. A medida que la gente desarrolla su concepto de quiénes son, parte de su autodefinición incluye el grupo social y las categorías a las cuales ellos pertenecen. (…) Lo que la gente no llega a apreciar es el grado en el cual las categorías que acostumbran a usar para distinguirse ellos mismos de otras personas son en general irrelevantes y arbitrarias (…) El “yo” autoconsciente convierte diferencias objetivamente triviales en gigantescos abismos de separación
El sesgo endogrupal es, junto con la agresividad y el miedo a la muerte, uno de los grandes problemas de la existencia humana. Pero en cierto modo es una renuncia al “yo”, pues éste debería ser individual y no grupal.
La gente trata a los otros a los que incorporan como parte de sí mismos de forma diferente a aquellos que no ven como parte de su propio “yo”
Lo mismo se puede decir de esta cuestión: desplazar el propio “yo” a la existencia de extraños, vivir "por delegación" en otros, implica, en cierto modo, desdibujar el bien definido “yo” individual…
Las relaciones de la gente se ven afectadas por la preocupación de evaluarse a sí mismos favorablemente. Nuestra elección de amigos y parejas, y cómo reaccionamos al éxito de estos amigos y parejas, se ven afectados por nuestro propio deseo de sentirnos bien con nosotros mismos
Y todo esto forma parte de otro grave problema, muy relacionado con el “yo”, pero no necesariamente con lo esencial de la autoconsciencia, que es el amor propio, y que Leary no aborda en su libro directamente, aunque sí que hace referencia al ego de las personas con “alta autoestima”.
La gente con alta –no baja- autoestima es más probable que se muestre violenta cuando su ego se siente amenazado (…) La agresión es una reacción a una discrepancia entre la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros
Hay algo original e incluso políticamente incorrecto en destacar que los egos violentos proceden de quienes tienen alta autoestima. Quizá no estuvieran entonces tan equivocados los mandatos cristianos acerca de la humildad. ¿Obra el humilde en contra de su existencia como “yo” autoconsciente? Pero el santo cristiano, a diferencia del santo budista o taoísta, no utiliza la humildad para evadirse de su autoconsciencia. Muy al contrario, el santo cristiano, al ser humilde, se centra en la propia percepción de una virtud autosuficiente que se construye a partir de la propia aceptación de su conciencia individual que busca ser objetiva, sin ocultar sus defectos y debilidades. Lo que combate la humildad no es el propio “yo”, sino la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros, es decir, uno de los efectos negativos de la autoconsciencia. Quizá una conclusión que se podría sacar de esto es que el error de la autoconsciencia se encuentra en tratar de exportarla al mundo social. Propiamente, la existencia autoconsciente es un asunto privado, el más privado de todos, y la autoconsciencia solo debería compartirse en un entorno extraordinariamente limitado y controlado que fuese propio de la extrema confianza. Por ejemplo, el entorno que propone el “amor cristiano”… que es accesible solo a los humildes (para los cuales el ego no es socialmente conflictivo). Este tipo de entorno es una propuesta especialmente innovadora para la existencia humana, sobre todo si tenemos en cuenta que el hombre primitivo –el “hombre en estado de naturaleza”- apenas conoce la privacidad, mientras que para el humilde que cultiva su propia virtud prosocial la privacidad lo es todo: en el cristianismo, incluso el esclavo es el único dueño de su propia alma que solo responde ante Dios (una abstracción de la virtud suprema).
Por otra parte, en tanto que nos desarrollamos como individuos en sociedad, nuestra existencia se correlaciona con un rol que se atiene a reglas funcionales dentro de un grupo. Ahí no habría cabida para la autoconsciencia. Es solo en el plano íntimo en el que, desarrollando una idea de virtud simbólicamente expresada, el individuo puede y debe cultivar su existencia autoconsciente y, bajo especiales condiciones culturalmente construidas, darle gradualmente forma dentro de un entorno comunitario que permita la más alta cooperación a todos los niveles. Un ejemplo de ello actual serían las relaciones familiares vinculadas por fuertes lazos afectivos. Quizá el futuro nos permita descubrir formas más extensas y adaptables a la vida social. Conocer los efectos contraproducentes de una autoconsciencia mal expresada puede ayudarnos a ello.
Pensamos, luego existimos. Nada es más importante que nuestra propia existencia, y sin embargo, el origen de la existencia del “yo“ autoconsciente en el Homo Sapiens se encontraría en resolver algunos problemas prácticos de la vida cotidiana de nuestros lejanos antepasados cazadores-recolectores y no tanto en realzar el valor de nuestra propia existencia.
Un animal con un “yo” puede crear representaciones mentales de sí mismo, lo que le permite pensar sobre sus propias características y comportamientos
Es posible que la principal función del “yo” sea proporcionar una forma de que la gente supere sus inclinaciones automáticas
Si nuestra existencia consciente es la que da valor a nuestras vidas (porque nosotros mismos somos los que la valoramos), ¿cómo se puede llegar a decir que la autoconsciencia es una “maldición”? ¿No equivale eso a decir que es una maldición el haber nacido? Pero el psicólogo y neurocientífico Mark R Leary se refiere a otra cosa…
Comparados con las metas a corto plazo de nuestros antepasados prehistóricos, muchos de los resultados por los cuales luchamos hoy están situados muy lejos en el futuro (…) Debido a que las condiciones bajo las cuales vive la gente hoy son muy diferentes de aquellas bajo las cuales evolucionó la autoconsciencia, el beneficio que ésta proporciona se encuentra ahora acompañado por numerosos inconvenientes. (…) El “yo” es como los sistemas corporales que controlan la alimentación humana. La inclinación natural por el azúcar y las grasas que facilitaron la supervivencia de los humanos prehistóricos se ha convertido en un detrimento de la salud de las personas que viven en una sociedad que puede fácilmente obtener grandes cantidades de dulces y grasas en el supermercado o en un restaurante barato (…) Este libro es sobre el lado negativo –la maldición- de tener un “yo” autoconsciente en la vida moderna
Los humanos prehistóricos que vivían en un entorno limitado y conocido estaban probablemente menos perturbados por la autorreflexión que la gente de hoy. Con poca razón para mirar más allá de un par de días por delante, nuestros antepasados prehistóricos no se preocupaban mucho por su futuro. (…) Quizá los “yo” autoconscientes de la gente de la prehistoria eran más una bendición y menos una maldición de lo que lo son los de la gente de hoy.
Comprender cómo el “yo” crea muchos de nuestros problemas puede proporcionarnos importantes perspectivas acerca de la naturaleza de la condición humana y ofrecernos soluciones acerca de cómo podemos contraactuar muchos de los efectos negativos de la condición autoconsciente
Uno de los peores efectos sería el de la “charla interior” cuando alcanza el estado de “rumiación”, cuando gira de forma insistente acerca de hechos lamentables pasados e irremediables… Para algunas personas, esto supone una tortura.
La mayor parte de la charla interior de la gente no le ayuda a anticipar problemas, afrontar dificultades o mejorar la cualidad de sus vidas. Ciertamente, la charla trata sobre todo con problemas del pasado y futuro, pero raramente esta clase de rumiación realmente ayuda a la gente a mejorar sus vidas
La presencia constante de esta voz interna que nos retrotrae al pasado y especula, a veces muy fantasiosamente, acerca de nuestro futuro, es un fenómeno tan característico de nuestra existencia autoconsciente que cierto estudioso ha presentado una atrevida especulación al respecto:
Según [Julian] Jaynes, la gente de antes de 1000 ac [Era Axial] estaba de hecho “hablándose a sí misma” en sus mentes de la misma forma que se hace hoy; pero simplemente no lo sabían. No teniendo la capacidad de darse cuenta de que eran la fuente de las voces que oían en sus cabezas, llegaron a la conclusión razonable de que las instrucciones, ideas y avisos que recibían llegaban de fuentes externas
De esa forma se explicaría en parte las creencias en seres sobrenaturales y su acción en la vida de los individuos, y cómo una percepción diferente habría llevado a innovadoras concepciones introspectivas de la religión (ya no se trataría de aplacar a las voces extrañas en nuestra propia cabeza, sino de comprendernos a nosotros mismos, que es algo muy diferente).
Por todo ello, no ha de sorprendernos que la filosofía oriental haya tratado, por encima de todo, de acallar esta angustiosa inquietud…
Los sabios taoístas y budistas se dieron cuenta de que mucho del sufrimiento humano podía estar originado directamente en el “yo” autoconsciente
Las principales religiones orientales –hinduísmo, budismo y taoísmo- así como muchas religiones indígenas, adoptan un punto de vista diferente [al de las religiones occidentales] para resolver el problema del “yo” autoconsciente. Más que intentar cambiar o controlar el “yo” como hacen las religiones occidentales, estas visiones del mundo intentan reducir los problemas creados por el “yo” al aquietarlo o incluso anularlo.
No vendría mal considerar, en lo que se refiere a estas disciplinas en cierto modo de autoaniquilación, el que también
el masoquismo es, en el fondo, una forma de escapar del “yo” autoconsciente
Sin embargo, la civilización que ha incrementado la capacidad del ser humano para controlar su entorno no ha ido por ese camino. Más bien parece que nos hemos adentrado cada vez más en la introspección: hemos desarrollado la literatura narrativa (novela), la psicología y el humanismo en general. Ciertamente, los males de la autoconsciencia, del “yo”, parecen evidentes –el estado de “flujo”, que tanta satisfacción proporciona, ¿no es una evasión de la autoconsciencia?- pero, al mismo tiempo, renunciar a la existencia autoconsciente nos resulta poco deseable… porque es precisamente lo que nos hace existir.
Si no podemos volver a una época anterior al “yo”, la única salida es hacia delante, a un estado de la mente en el cual usaremos nuestro “yo” cuando lo necesitemos, pero que no nos hará esclavos de cada capricho egocéntrico y egoísta. Podemos ser capaces de ir hacia un estado no egocéntrico al combinar con éxito (…) aquietar el “yo”, promover el ego-escepticismo, reducir el egoísmo y la actitud egodefensiva, y desarrollar un autocontrol óptimo.
Los cambios en cómo la gente intenta tratar el uno al otro [para mejor] reflejan la habilidad del ”yo” para juzgarse a sí mismo, imaginar un futuro mejor y controlar los impulsos más básicos de la gente. Irónicamente, el “yo” puede ser una de nuestras mejores armas contra el “yo”
Entre los problemas que genera el “yo” autoconsciente y que el mismo “yo” autoconsciente podría ayudarnos a resolver tenemos unos cuantos que vale la pena enumerar:
La capacidad para autorreflexionar distorsiona nuestras percepciones del mundo, nos lleva a extraer conclusiones inexactas sobre nosotros mismos y otras personas, y así nos hace tomar malas decisiones basadas en información defectuosa
La solución podría estar en intercambiar perspectivas con otros observadores en un marco de confianza… (Al fin y al cabo, existe también la teoría de que la autoconsciencia surge para lidiar con los problemas entre individuos dentro de una comunidad: aprender a tomar la perspectiva de los otros).
La ansiedad anticipatoria ante la muerte parece ser una característica únicamente humana
Aquí una sugerencia va en el sentido de tratar este problema desde un punto de vista meramente práctico, como una fobia muy generalizada…
Uno debería reconocer lo absurdo de alimentar la propia infelicidad al reflexionar sobre el hecho de que uno no desea estar en un lugar determinado o que estar en otra parte sería mucho mejor
La insatisfacción, al fin y al cabo, es el incentivo que nos permite superar los problemas y el conformismo no es tampoco lo solución. ¿Debemos conformarnos con hallar “el justo medio”? Quizá la solución sería buscar compensaciones a la infelicidad, de entre la gran riqueza de recursos en una sociedad bien organizada.
Visto desde la perspectiva de la teoría de la identidad social, mucho del prejuicio, discriminación y conflicto está basado en procesos por los cuales las personas piensan de ellas mismas como entidades sociales. A medida que la gente desarrolla su concepto de quiénes son, parte de su autodefinición incluye el grupo social y las categorías a las cuales ellos pertenecen. (…) Lo que la gente no llega a apreciar es el grado en el cual las categorías que acostumbran a usar para distinguirse ellos mismos de otras personas son en general irrelevantes y arbitrarias (…) El “yo” autoconsciente convierte diferencias objetivamente triviales en gigantescos abismos de separación
El sesgo endogrupal es, junto con la agresividad y el miedo a la muerte, uno de los grandes problemas de la existencia humana. Pero en cierto modo es una renuncia al “yo”, pues éste debería ser individual y no grupal.
La gente trata a los otros a los que incorporan como parte de sí mismos de forma diferente a aquellos que no ven como parte de su propio “yo”
Lo mismo se puede decir de esta cuestión: desplazar el propio “yo” a la existencia de extraños, vivir "por delegación" en otros, implica, en cierto modo, desdibujar el bien definido “yo” individual…
Las relaciones de la gente se ven afectadas por la preocupación de evaluarse a sí mismos favorablemente. Nuestra elección de amigos y parejas, y cómo reaccionamos al éxito de estos amigos y parejas, se ven afectados por nuestro propio deseo de sentirnos bien con nosotros mismos
Y todo esto forma parte de otro grave problema, muy relacionado con el “yo”, pero no necesariamente con lo esencial de la autoconsciencia, que es el amor propio, y que Leary no aborda en su libro directamente, aunque sí que hace referencia al ego de las personas con “alta autoestima”.
La gente con alta –no baja- autoestima es más probable que se muestre violenta cuando su ego se siente amenazado (…) La agresión es una reacción a una discrepancia entre la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros
Hay algo original e incluso políticamente incorrecto en destacar que los egos violentos proceden de quienes tienen alta autoestima. Quizá no estuvieran entonces tan equivocados los mandatos cristianos acerca de la humildad. ¿Obra el humilde en contra de su existencia como “yo” autoconsciente? Pero el santo cristiano, a diferencia del santo budista o taoísta, no utiliza la humildad para evadirse de su autoconsciencia. Muy al contrario, el santo cristiano, al ser humilde, se centra en la propia percepción de una virtud autosuficiente que se construye a partir de la propia aceptación de su conciencia individual que busca ser objetiva, sin ocultar sus defectos y debilidades. Lo que combate la humildad no es el propio “yo”, sino la autoimagen más favorable de uno y la visión aparente de uno mismo por parte de otros, es decir, uno de los efectos negativos de la autoconsciencia. Quizá una conclusión que se podría sacar de esto es que el error de la autoconsciencia se encuentra en tratar de exportarla al mundo social. Propiamente, la existencia autoconsciente es un asunto privado, el más privado de todos, y la autoconsciencia solo debería compartirse en un entorno extraordinariamente limitado y controlado que fuese propio de la extrema confianza. Por ejemplo, el entorno que propone el “amor cristiano”… que es accesible solo a los humildes (para los cuales el ego no es socialmente conflictivo). Este tipo de entorno es una propuesta especialmente innovadora para la existencia humana, sobre todo si tenemos en cuenta que el hombre primitivo –el “hombre en estado de naturaleza”- apenas conoce la privacidad, mientras que para el humilde que cultiva su propia virtud prosocial la privacidad lo es todo: en el cristianismo, incluso el esclavo es el único dueño de su propia alma que solo responde ante Dios (una abstracción de la virtud suprema).
Por otra parte, en tanto que nos desarrollamos como individuos en sociedad, nuestra existencia se correlaciona con un rol que se atiene a reglas funcionales dentro de un grupo. Ahí no habría cabida para la autoconsciencia. Es solo en el plano íntimo en el que, desarrollando una idea de virtud simbólicamente expresada, el individuo puede y debe cultivar su existencia autoconsciente y, bajo especiales condiciones culturalmente construidas, darle gradualmente forma dentro de un entorno comunitario que permita la más alta cooperación a todos los niveles. Un ejemplo de ello actual serían las relaciones familiares vinculadas por fuertes lazos afectivos. Quizá el futuro nos permita descubrir formas más extensas y adaptables a la vida social. Conocer los efectos contraproducentes de una autoconsciencia mal expresada puede ayudarnos a ello.
martes, 5 de septiembre de 2017
“Nacidos para ser buenos”, 2009. Dacher Keltner
Dacher Keltner es un psicólogo tan documentado como bien intencionado que defiende las posibilidades del perfeccionamiento moral en el sentido de mejorar la convivencia, siempre teniendo en cuenta los descubrimientos científicos recientes.
“Nacidos para ser buenos” ofrece una nueva respuesta a la pregunta de cómo podemos ser felices. (…) La idea es que ha evolucionado en nosotros un conjunto de emociones que nos capacitan para llevar una vida significativa: emociones tales como gratitud, regocijo, admiración y compasión (la tesis del Romanticismo). La llave a la felicidad es dejar que las emociones surjan, verlas de forma completa en uno mismo y en otros, y entrenar nuestro ojo y nuestra mente en esa práctica.
Se parte de que para mejorar la convivencia humana no hay como extender el comportamiento bondadoso y/o compasivo, y a eso se refieren las emociones mencionadas.
La compasión es una emoción biológicamente constituida que está arraigada en el cerebro de los mamíferos, y está moldeada por quizá las más potentes presiones selectivas para las cuales los humanos se han adaptado por evolución- la necesidad de cuidar de los vulnerables-. La compasión no es ciega, está exactamente afinada a la vulnerabilidad. No es débil; promueve la acción valerosa altruista, con frecuencia a gran coste para el individuo.
El problema es que
ser bueno para los otros tiene muchos costes, y nos expone a ser explotados por otros que son menos generosos. Dados los costes y riesgos de la cooperación, estamos a la caza de sutiles y tácitos signos de integridad, honestidad, bondad y confianza
Casi todo este libro gira en torno a esta simple y contundente verdad: nuestras posibilidades de mantener relaciones humanas bondadosas aumentan a medida que somos capaces de reconocer con acierto la predisposición ajena a la bondad. “Confiar en la bondad de los desconocidos” siempre ha sido arriesgado… pero la naturaleza humana nos ha dado ciertas capacidades para detectar indicios de bondad incluso en los desconocidos o en los poco conocidos. Hay que profundizar en estas capacidades: la predisposición a la bondad o maldad se evidencia sobre todo por las reacciones emocionales.
Las emociones son signos de nuestro compromiso con los otros; las emociones están codificadas en nuestros cuerpos y cerebros; las emociones son nuestra víscera moral, la fuente de nuestras más importantes intuiciones morales.
Para que la cooperación se expanda en grupos, la hipótesis de la bondad contagiosa sugeriría que la simpatía y la gratitud deberían poseer señales evocadoras y fiables, permitiendo a los miembros del grupo discernir de forma pronta la intención cooperativa de otros y que cuando se sientan inclinados a actuar de forma altruista, evoquen las tendencias cooperativas en otros
Detectar la bondad permitiría entonces crear comunidades más o menos eficientes de personas con comportamiento bondadoso. Semejante principio plantea grandes posibilidades, sobre todo si consideramos que la bondad –y también la maldad- son pautas de comportamiento humano contagiosas (en realidad, todas las pautas de comportamiento humano son contagiosas: el pánico, el juego, el trabajo… todo). Pero “recolectar” la bondad existente es solo parte de la tarea. ¿Cómo podemos producir “bondad”?
Estudios científicos recientes están identificando las clases de entorno que cultivan la compasión. Esta emoción moral es cultivada en entornos donde los padres son atentos y juegan y tocan a sus hijos. También sucede así cuando se da un estilo empático que hace que el niño razone acerca del daño. O hacer las tareas, tanto como la presencia de los abuelos. Hacer de la compasión un motivo de las conversaciones a la hora de la cena y de las historias a la hora de ir a dormir cultiva asimismo esta importante emoción.
Por lo tanto, expandir la bondad entra en lo que llamaríamos “trabajo cultural”, crear un determinado estilo cultural.
Este libro ofrece una lente darwiniana acerca de la nueva ciencia de la emoción positiva. Llamaremos a esta nueva ciencia la ciencia “jen”, en honor del concepto confuciano del jen. Jen es la idea central en la enseñanza de Confucio, y se refiere a una compleja mezcla de bondad, humanidad y respeto que transpira entre la gente
Podemos considerar que jen sería algo así como “virtud moral”, como concepto y como práctica gratificante de vida.
El comportamiento virtuoso (o jen, según este autor) tiene un origen emocional y, por tanto, es viable rastrear los indicios de la predisposición a la virtud en el comportamiento relacionado con las emociones. Ése sería el truco. No muy diferente a lo que argumentaba el luteranismo de que las buenas obras del cristiano solo son posibles si el cristiano tiene fe (porque la “fe” sería la fuente psicológica de la caridad cristiana). Probablemente ése es el origen del triunfo humanista de las naciones protestantes: el empeño en profundizar psicológicamente en quiénes son portadores o no de la “fe”, y cómo aprender a cultivarla. Los hombres protestantes de “fe” se convirtieron, con el paso del tiempo, en cuidadosos examinadores del comportamiento mutuo acorde con los ideales de la virtud cristiana, desarrollaron la introspección y el “pensamiento de alto nivel”. A la larga no perderían la virtud cristiana… aunque desarrollarían el pensamiento científico más que la teología y acabarían dando lugar a sociedades predominantemente ateas.
¿Cómo detectaban los protestantes rigurosos que una persona tenía fe? Con su devoción religiosa, naturalmente, pero también con su comportamiento cívico (ser un buen padre de familia, trabajador eficiente y ciudadano comprometido) y, sobre todo, con las manifestaciones virtuosas más reveladoras de su esencia psicológica: honestidad, humildad, modestia, afabilidad, generosidad… En la misma línea, lo que Keltner propone hace referencia sobre todo a las manifestaciones más sutiles que forman los elementos esenciales de la virtud prosocial: las actuaciones emocionales reflejas del lenguaje no verbal.
Espero que ustedes vean el comportamiento humano bajo una nueva luz, las claves sutiles de la turbación, vocalizaciones acordes que dan juego, sentimientos viscerales de compasión, el sentido de gratitud en el toque de otro a tu hombro, que se han formado durante siete millones de años de evolución homínida y que lleva a realizar el bien a los otros. En nuestra búsqueda de la felicidad hemos perdido de vista estas emociones esenciales. Nuestras conversaciones de cada día sobre la felicidad están llenas de referencias al placer sensorial –deliciosos vinos, confortables camas de hotel, buen nivel físico debido a hacer deporte-. Lo que falta es el lenguaje y la práctica de emociones como compasión, gratitud, diversión y admiración.
Cooperación, bondad y virtud están encarnados en actos observables –movimientos de músculos faciales, breves vocalizaciones, formas de mover las manos o posicionar el cuerpo, patrones de actividad en la mirada- [que] son señales detectables al ojo ordinario. Estas señales externas de virtud, tal como aparece a la razón, tienen elementos involuntarios que no pueden ser falseados, y es probable que se pongan en uso a medida que las personas forman intuiciones acerca de en quién deben confiar, a quién deben amar y por quién sacrificarse. Esta premisa central – que para que emerjan la cooperación y la bondad debe haber signos externos de confianza y cooperación- da lugar al mismo diseño de los gestos no verbales de compasión, gratitud y amor. A medida que la ciencia ha comenzado a crear un mapa de las emociones prosociales en el cuerpo, nuevas demostraciones faciales de turbación, vergüenza, compasión, admiración, amor y deseo han sido descubiertos. Estudios de las nuevas modalidades de comunicación, tales como el tocamiento mutuo, han revelado que podemos comunicar gratitud, compasión y amor con un breve toque en el antebrazo. Estamos programados para detectar intenciones benevolentes en otros en el flujo, momento a momento, de las microacciones de nuestra vida diaria.
Es interesante señalar que este tipo de comportamientos están muy lejos de lo que consideramos más valioso en el ser humano, la elaborada racionalidad del lenguaje verbal.
Las palabras son fáciles de manipular. No tanto las demostraciones emotivas. Las demostraciones emotivas proporcionan claves fiables con respecto al compromiso de otros porque son involuntarias, costosas y difíciles de falsear. (…) Las emociones son mecanismos involuntarios para [facilitar] el compromiso que nos vinculan unos a otros en relaciones mutuamente benéficas a largo plazo
Hasta qué punto las estrategias basadas en nuestras pautas de comportamiento emocional innato pueden ser adaptadas a nuestra forma de vida actual, solo se podría llegar a saber mediante prueba y error. Keltner señala, por ejemplo, el valor de las emociones de turbación
Los elementos de la turbación son fugaces manifestaciones que hace el individuo acerca de su respeto por el juicio de otros. La turbación revela cuánto se preocupa el individuo acerca de las reglas que nos ligan los unos a los otros. (…) Las manifestaciones de turbación son signos evanescentes de compromiso moral
La turbación nos avisa de los actos inmorales y nos previene de errores que desarreglan la armonía social. Señala nuestro juicio de obrar mal y nuestro respeto por el juicio de los otros. Provoca actos ordinarios de perdón y reconciliación.
Sin embargo, algunos podemos poner en duda que los tocamientos mutuos, muy efectivos entre los simios, tengan tanta efectividad en nuestro mundo actual.
El viejo lenguaje del tocarse es la columna vertebral de la cooperación, es una fuente de altos porcentajes de “jen” [virtud prosocial]
Como todos sabemos, hay una gran variedad cultural en lo que se refiere a tocamientos mutuos. Los británicos y los japoneses apenas se tocan, mientras que los africanos y latinos lo hacen mucho más. Y el caso es que las sociedades de los primeros están más desarrolladas moralmente…
Y lo mismo podría suceder con lo que en inglés se llama “tease” (burla, provocación), una actitud agresiva pero a la vez afectiva que Keltner ve muy relacionada con las buenas relaciones humanas.
El consenso es que tease es “agresión en broma” (…) Implica un acto que se pretende que provoque emoción para discernir las intenciones y compromisos de otros (…) El tease (…) es como una vacuna social
Bromas y tomaduras de pelo son una representación dramática claramente preferible a la alternativa obvia –confrontaciones violentas sobre el rango y el honor
¿Qué diferencia el tease productivo del dañino? (…) El arte del tease es capacitar la reciprocidad y el intercambio. Un teaser efectivo invita a ser objeto de tease él mismo
Muchas de las conclusiones de Keltner sobre el lenguaje emocional no verbal proceden de su trabajo previo con Paul Ekman. Y cabe preguntarse si no sería un avance social importante el que parte de sus conocimientos pasasen a la cultura cotidiana. Recordemos que Freud hizo sus descubrimientos no para el gran público, sino para sus colegas terapeutas, pero que la generalización del lenguaje y conceptos del psicoanálisis (“frustración”, “catarsis”, “represión”…) han sido de gran ayuda para mejorar la convivencia dentro de nuestra sociedad.
Imaginémonos una cultura en la que, desde el colegio, se nos enseña no solo a identificar los rasgos de emocionalidad más prosocial, sino que se nos alienta a desarrollarlos, familiarizándonos con el “sistema de codificación de acción facial”
[El] sistema de codificación de acción facial [es] un método anatómicamente basado para identificar cada músculo facial visible en el análisis cuadro a cuadro de la expresión facial tal como ocurre en el continuo flujo de interacción social (…) El trabajo de Ekman sobre la expresión facial catalizó un nuevo campo –la ciencia afectiva- y llevó a una comprensión más precisa del lugar de la emoción en el cerebro, el papel de la emoción en la vida social.
Por ejemplo, imaginemos que, igual que hoy estamos familiarizados con conceptos como “frustración”, “autorrealización” o “depresión”, lo estuviéramos con la “sonrisa Duchenne”, que es
un tipo de sonrisa [que] implica el músculo orbicularis oculi, y acompaña a la elevación espiritual y la buena voluntad (…) La firma física de la felicidad humana es la sonrisa D [Duchenne]
Un gran avance civilizatorio fue cuando, a partir de cierto momento en la sociedad europea de la baja edad media previa al renacimiento las clases altas se habituaron a cultivar comportamientos de civismo y caballerosidad (surgieron, por ejemplo, los “manuales de urbanidad”). La gente aprendió a no ser grosera e insensible con sus semejantes, a desarrollar fórmulas de cortesía y amabilidad en el lenguaje y los gestos. ¿Y si, para expandir la virtud y permitir su contagio, desarrolláramos ahora hábitos aún más avanzados, esforzándonos en controlar nuestras sonrisas, contracciones pupilares, la prosodia en nuestro lenguaje y mil y un detalles… a la manera de cómo hacen los que estudian en las escuelas de actuación? Tengamos en cuenta que la “sonrisa Duchenne”, en la que interviene el músculo “orbicularis oculi”, se considera técnicamente uno de esos elementos involuntarios que no pueden ser falseados.
Esta atención a nuestra expresión emocional podría convertirse en un elemento importante de algún nuevo sistema cultural humanista en busca de un cambio permanente para mejor…
“Nacidos para ser buenos” ofrece una nueva respuesta a la pregunta de cómo podemos ser felices. (…) La idea es que ha evolucionado en nosotros un conjunto de emociones que nos capacitan para llevar una vida significativa: emociones tales como gratitud, regocijo, admiración y compasión (la tesis del Romanticismo). La llave a la felicidad es dejar que las emociones surjan, verlas de forma completa en uno mismo y en otros, y entrenar nuestro ojo y nuestra mente en esa práctica.
Se parte de que para mejorar la convivencia humana no hay como extender el comportamiento bondadoso y/o compasivo, y a eso se refieren las emociones mencionadas.
La compasión es una emoción biológicamente constituida que está arraigada en el cerebro de los mamíferos, y está moldeada por quizá las más potentes presiones selectivas para las cuales los humanos se han adaptado por evolución- la necesidad de cuidar de los vulnerables-. La compasión no es ciega, está exactamente afinada a la vulnerabilidad. No es débil; promueve la acción valerosa altruista, con frecuencia a gran coste para el individuo.
El problema es que
ser bueno para los otros tiene muchos costes, y nos expone a ser explotados por otros que son menos generosos. Dados los costes y riesgos de la cooperación, estamos a la caza de sutiles y tácitos signos de integridad, honestidad, bondad y confianza
Casi todo este libro gira en torno a esta simple y contundente verdad: nuestras posibilidades de mantener relaciones humanas bondadosas aumentan a medida que somos capaces de reconocer con acierto la predisposición ajena a la bondad. “Confiar en la bondad de los desconocidos” siempre ha sido arriesgado… pero la naturaleza humana nos ha dado ciertas capacidades para detectar indicios de bondad incluso en los desconocidos o en los poco conocidos. Hay que profundizar en estas capacidades: la predisposición a la bondad o maldad se evidencia sobre todo por las reacciones emocionales.
Las emociones son signos de nuestro compromiso con los otros; las emociones están codificadas en nuestros cuerpos y cerebros; las emociones son nuestra víscera moral, la fuente de nuestras más importantes intuiciones morales.
Para que la cooperación se expanda en grupos, la hipótesis de la bondad contagiosa sugeriría que la simpatía y la gratitud deberían poseer señales evocadoras y fiables, permitiendo a los miembros del grupo discernir de forma pronta la intención cooperativa de otros y que cuando se sientan inclinados a actuar de forma altruista, evoquen las tendencias cooperativas en otros
Detectar la bondad permitiría entonces crear comunidades más o menos eficientes de personas con comportamiento bondadoso. Semejante principio plantea grandes posibilidades, sobre todo si consideramos que la bondad –y también la maldad- son pautas de comportamiento humano contagiosas (en realidad, todas las pautas de comportamiento humano son contagiosas: el pánico, el juego, el trabajo… todo). Pero “recolectar” la bondad existente es solo parte de la tarea. ¿Cómo podemos producir “bondad”?
Estudios científicos recientes están identificando las clases de entorno que cultivan la compasión. Esta emoción moral es cultivada en entornos donde los padres son atentos y juegan y tocan a sus hijos. También sucede así cuando se da un estilo empático que hace que el niño razone acerca del daño. O hacer las tareas, tanto como la presencia de los abuelos. Hacer de la compasión un motivo de las conversaciones a la hora de la cena y de las historias a la hora de ir a dormir cultiva asimismo esta importante emoción.
Por lo tanto, expandir la bondad entra en lo que llamaríamos “trabajo cultural”, crear un determinado estilo cultural.
Este libro ofrece una lente darwiniana acerca de la nueva ciencia de la emoción positiva. Llamaremos a esta nueva ciencia la ciencia “jen”, en honor del concepto confuciano del jen. Jen es la idea central en la enseñanza de Confucio, y se refiere a una compleja mezcla de bondad, humanidad y respeto que transpira entre la gente
Podemos considerar que jen sería algo así como “virtud moral”, como concepto y como práctica gratificante de vida.
El comportamiento virtuoso (o jen, según este autor) tiene un origen emocional y, por tanto, es viable rastrear los indicios de la predisposición a la virtud en el comportamiento relacionado con las emociones. Ése sería el truco. No muy diferente a lo que argumentaba el luteranismo de que las buenas obras del cristiano solo son posibles si el cristiano tiene fe (porque la “fe” sería la fuente psicológica de la caridad cristiana). Probablemente ése es el origen del triunfo humanista de las naciones protestantes: el empeño en profundizar psicológicamente en quiénes son portadores o no de la “fe”, y cómo aprender a cultivarla. Los hombres protestantes de “fe” se convirtieron, con el paso del tiempo, en cuidadosos examinadores del comportamiento mutuo acorde con los ideales de la virtud cristiana, desarrollaron la introspección y el “pensamiento de alto nivel”. A la larga no perderían la virtud cristiana… aunque desarrollarían el pensamiento científico más que la teología y acabarían dando lugar a sociedades predominantemente ateas.
¿Cómo detectaban los protestantes rigurosos que una persona tenía fe? Con su devoción religiosa, naturalmente, pero también con su comportamiento cívico (ser un buen padre de familia, trabajador eficiente y ciudadano comprometido) y, sobre todo, con las manifestaciones virtuosas más reveladoras de su esencia psicológica: honestidad, humildad, modestia, afabilidad, generosidad… En la misma línea, lo que Keltner propone hace referencia sobre todo a las manifestaciones más sutiles que forman los elementos esenciales de la virtud prosocial: las actuaciones emocionales reflejas del lenguaje no verbal.
Espero que ustedes vean el comportamiento humano bajo una nueva luz, las claves sutiles de la turbación, vocalizaciones acordes que dan juego, sentimientos viscerales de compasión, el sentido de gratitud en el toque de otro a tu hombro, que se han formado durante siete millones de años de evolución homínida y que lleva a realizar el bien a los otros. En nuestra búsqueda de la felicidad hemos perdido de vista estas emociones esenciales. Nuestras conversaciones de cada día sobre la felicidad están llenas de referencias al placer sensorial –deliciosos vinos, confortables camas de hotel, buen nivel físico debido a hacer deporte-. Lo que falta es el lenguaje y la práctica de emociones como compasión, gratitud, diversión y admiración.
Cooperación, bondad y virtud están encarnados en actos observables –movimientos de músculos faciales, breves vocalizaciones, formas de mover las manos o posicionar el cuerpo, patrones de actividad en la mirada- [que] son señales detectables al ojo ordinario. Estas señales externas de virtud, tal como aparece a la razón, tienen elementos involuntarios que no pueden ser falseados, y es probable que se pongan en uso a medida que las personas forman intuiciones acerca de en quién deben confiar, a quién deben amar y por quién sacrificarse. Esta premisa central – que para que emerjan la cooperación y la bondad debe haber signos externos de confianza y cooperación- da lugar al mismo diseño de los gestos no verbales de compasión, gratitud y amor. A medida que la ciencia ha comenzado a crear un mapa de las emociones prosociales en el cuerpo, nuevas demostraciones faciales de turbación, vergüenza, compasión, admiración, amor y deseo han sido descubiertos. Estudios de las nuevas modalidades de comunicación, tales como el tocamiento mutuo, han revelado que podemos comunicar gratitud, compasión y amor con un breve toque en el antebrazo. Estamos programados para detectar intenciones benevolentes en otros en el flujo, momento a momento, de las microacciones de nuestra vida diaria.
Es interesante señalar que este tipo de comportamientos están muy lejos de lo que consideramos más valioso en el ser humano, la elaborada racionalidad del lenguaje verbal.
Las palabras son fáciles de manipular. No tanto las demostraciones emotivas. Las demostraciones emotivas proporcionan claves fiables con respecto al compromiso de otros porque son involuntarias, costosas y difíciles de falsear. (…) Las emociones son mecanismos involuntarios para [facilitar] el compromiso que nos vinculan unos a otros en relaciones mutuamente benéficas a largo plazo
Hasta qué punto las estrategias basadas en nuestras pautas de comportamiento emocional innato pueden ser adaptadas a nuestra forma de vida actual, solo se podría llegar a saber mediante prueba y error. Keltner señala, por ejemplo, el valor de las emociones de turbación
Los elementos de la turbación son fugaces manifestaciones que hace el individuo acerca de su respeto por el juicio de otros. La turbación revela cuánto se preocupa el individuo acerca de las reglas que nos ligan los unos a los otros. (…) Las manifestaciones de turbación son signos evanescentes de compromiso moral
La turbación nos avisa de los actos inmorales y nos previene de errores que desarreglan la armonía social. Señala nuestro juicio de obrar mal y nuestro respeto por el juicio de los otros. Provoca actos ordinarios de perdón y reconciliación.
Sin embargo, algunos podemos poner en duda que los tocamientos mutuos, muy efectivos entre los simios, tengan tanta efectividad en nuestro mundo actual.
El viejo lenguaje del tocarse es la columna vertebral de la cooperación, es una fuente de altos porcentajes de “jen” [virtud prosocial]
Como todos sabemos, hay una gran variedad cultural en lo que se refiere a tocamientos mutuos. Los británicos y los japoneses apenas se tocan, mientras que los africanos y latinos lo hacen mucho más. Y el caso es que las sociedades de los primeros están más desarrolladas moralmente…
Y lo mismo podría suceder con lo que en inglés se llama “tease” (burla, provocación), una actitud agresiva pero a la vez afectiva que Keltner ve muy relacionada con las buenas relaciones humanas.
El consenso es que tease es “agresión en broma” (…) Implica un acto que se pretende que provoque emoción para discernir las intenciones y compromisos de otros (…) El tease (…) es como una vacuna social
Bromas y tomaduras de pelo son una representación dramática claramente preferible a la alternativa obvia –confrontaciones violentas sobre el rango y el honor
¿Qué diferencia el tease productivo del dañino? (…) El arte del tease es capacitar la reciprocidad y el intercambio. Un teaser efectivo invita a ser objeto de tease él mismo
Muchas de las conclusiones de Keltner sobre el lenguaje emocional no verbal proceden de su trabajo previo con Paul Ekman. Y cabe preguntarse si no sería un avance social importante el que parte de sus conocimientos pasasen a la cultura cotidiana. Recordemos que Freud hizo sus descubrimientos no para el gran público, sino para sus colegas terapeutas, pero que la generalización del lenguaje y conceptos del psicoanálisis (“frustración”, “catarsis”, “represión”…) han sido de gran ayuda para mejorar la convivencia dentro de nuestra sociedad.
Imaginémonos una cultura en la que, desde el colegio, se nos enseña no solo a identificar los rasgos de emocionalidad más prosocial, sino que se nos alienta a desarrollarlos, familiarizándonos con el “sistema de codificación de acción facial”
[El] sistema de codificación de acción facial [es] un método anatómicamente basado para identificar cada músculo facial visible en el análisis cuadro a cuadro de la expresión facial tal como ocurre en el continuo flujo de interacción social (…) El trabajo de Ekman sobre la expresión facial catalizó un nuevo campo –la ciencia afectiva- y llevó a una comprensión más precisa del lugar de la emoción en el cerebro, el papel de la emoción en la vida social.
Por ejemplo, imaginemos que, igual que hoy estamos familiarizados con conceptos como “frustración”, “autorrealización” o “depresión”, lo estuviéramos con la “sonrisa Duchenne”, que es
un tipo de sonrisa [que] implica el músculo orbicularis oculi, y acompaña a la elevación espiritual y la buena voluntad (…) La firma física de la felicidad humana es la sonrisa D [Duchenne]
Un gran avance civilizatorio fue cuando, a partir de cierto momento en la sociedad europea de la baja edad media previa al renacimiento las clases altas se habituaron a cultivar comportamientos de civismo y caballerosidad (surgieron, por ejemplo, los “manuales de urbanidad”). La gente aprendió a no ser grosera e insensible con sus semejantes, a desarrollar fórmulas de cortesía y amabilidad en el lenguaje y los gestos. ¿Y si, para expandir la virtud y permitir su contagio, desarrolláramos ahora hábitos aún más avanzados, esforzándonos en controlar nuestras sonrisas, contracciones pupilares, la prosodia en nuestro lenguaje y mil y un detalles… a la manera de cómo hacen los que estudian en las escuelas de actuación? Tengamos en cuenta que la “sonrisa Duchenne”, en la que interviene el músculo “orbicularis oculi”, se considera técnicamente uno de esos elementos involuntarios que no pueden ser falseados.
Esta atención a nuestra expresión emocional podría convertirse en un elemento importante de algún nuevo sistema cultural humanista en busca de un cambio permanente para mejor…
viernes, 25 de agosto de 2017
“Cazadores, campesinos y carbón”, 2015. Ian Morris
Ian Morris es un historiador y arqueólogo que, como algunos otros autores, se ha atrevido a formular una especie de “teoría general de la civilización”.
Mi tesis esencial sostiene que (…) los modos de captura de energía determinan el tamaño y la densidad poblacional, que en gran medida determinan a su vez los sistemas de organización social que mejor funcionan. Eso implica que algunos conjuntos de valores tengan más éxito y resulten más atractivos para la sociedad que otros.
Cuando hablamos de “valores” nos estamos refiriendo a criterios morales generalmente aceptados en una cultura determinada.
Si analizamos la historia del planeta durante los últimos veinte mil años, detectaremos tres grandes sistemas de valores humanos sucesivos. Cada uno está asociado con una forma particular de organización social, y cada una de estas formas viene determinada por una manera concreta de capturar la energía del mundo que nos rodea. (…) Al primero lo denomino “valores de cazadores-recolectores” (…) Los cazadores tienden a valorar la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y toleran la violencia. El segundo sistema es el de “valores agrícolas o campesinos” (…) Los campesinos y granjeros tienden a valorar la jerarquía por encima de la igualdad y no toleran bien la violencia. El tercer sistema [lo] llamo “valores de combustibles fósiles” (…) Los usuarios de combustibles fósiles suelen valorar de manera general la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y no toleran nada bien la violencia.
Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizá se deduzca que (1) los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, están perdiendo el tiempo, y que (2) los valores que nosotros (…) hoy defendemos algún día probablemente –quizá bastante pronto- perderán su utilidad.
Determinismo económico. Hasta cierto punto, como el viejo Don Carlos Marx. Aunque con aplicaciones filosóficas y políticas muy diferentes. Véase cómo se justifica (“necesidad funcional”) la esclavitud en las primeras civilizaciones agrarias que suceden al mundo de los cazadores-recolectores.
El problema básico es que el bajo rendimiento de la mano de obra premoderna significaba que el producto marginal del valor, es decir, el beneficio para el empleador de contratar a un trabajador adicional, a menudo era demasiado reducido como para que el salario fuera atractivo para los trabajadores que tenían otros medios para mantenerse. De ahí el interés por la segunda gran alternativa al parentesco como método de movilización de obreros más allá de la unidad familiar: el trabajo forzado. (…) El trabajo forzado, al igual que el patriarcado, fue una necesidad funcional de las sociedades agrarias que generaban más de 10.000 kilocalorías por persona y día.
El trabajo forzoso fue indispensable para las sociedades agrarias durante miles de años, pero los combustibles fósiles eliminaron esta necesidad en menos de un siglo
Es decir, que para Marx la división en clases (oprimidos y opresores) era una consecuencia de la inmadurez política de las masas (porque los oprimidos se dejaban embaucar por las tradiciones y mitos religiosos que justificaban la explotación por la clase propietaria), mientras que para Morris la división en clases era la única fórmula viable para el progreso económico dada la tecnología de captura de energía de entonces.
Sin embargo, ambos aceptan que los oprimidos se sentían descontentos. Las rebeliones se producían con cierta periodicidad… aunque no implicaban el cuestionamiento del sistema.
A menudo, la rebelión en las sociedades agrarias adopta la forma de los “buenos viejos tiempos” e insiste en que su objetivo solo es restaurar el Viejo Contrato
Es decir, que los desposeídos añoraban –a veces, con ira- los “buenos viejos tiempos” en los que, supuestamente, había buenos amos –el “Viejo Contrato”. Si existieron tales “buenos viejos tiempos” quizá eso explique por qué abandonaron la caza y recolección… y quizá eso quiera decir que no siempre las primeras civilizaciones agrícolas se basaron en la explotación de unos por otros…
Sin embargo, ya hemos visto que el libro que nos ocupa afirma que solo la explotación garantizaba el progreso económico. Porque, según afirma Ian Morris,
cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita
No resulta convincente. Suena panglossiano… No parece cierto que solo fuese rentable el trabajo forzado. Se cuenten como se cuenten las kilocalorías, el hecho es que un agricultor romano podía alimentar con su trabajo a cinco personas, y un agricultor de la Europa Medieval, al doble. Con eso se puede vivir más o menos bien sin necesidad de que un Gran Señor te obligue a trabajar en régimen de esclavitud o servidumbre.
Entre el 4000 ac y el 1 ac (…) la captura de energía se triplicó, pero la desigualdad política y económica quedó fuertemente arraigada
Pues claro. Y así se está reconociendo que el autoritarismo de las sociedades agrarias tradicionales (algunos lo llaman también “violencia sistémica”) no existía tanto en función del rendimiento del trabajo, sino en base a otros factores, igualmente presentes tanto si se duplicaba, como si se triplicaba o cuadruplicaba el rendimiento del trabajo. Por su parte, Marx enseñó que lo que estaba detrás de la aceptación social de la explotación era el poder de la religión/superstición al servicio de los astutos opresores; lo cual tampoco es cierto, tal como demuestra la volubilidad de las creencias religiosas en todas las épocas: cualquier nuevo profeta hubiera podido presentar creencias más conformes a los intereses de los oprimidos.
La solución es más simple y más clara… aunque no es la que prefiere Morris que creamos.
Cada vez más antropólogos reconocen que en el siglo XX el cazador-recolector medio se enfrentaba a una probabilidad del 10%, como mínimo, de sufrir una muerte violenta. (…) Estos niveles de violencia eran también normales en la prehistoria (…) mientras que según mis cálculos, dichas tasas en las sociedades agrarias giran en torno a un 5%
Exacto: para eso servía tener un amo, un rey, un señor feudal. No tanto porque solo pudiera trabajarse a golpe de látigo, sino porque el amo y señor era quien protegía a los siervos de la violencia innata del Homo Sapiens. El monopolio de la fuerza ayudaba a la pacificación. La limitada “violencia sistémica” de la cultura agraria era mejor que la violencia constante e ilimitada del cazador-recolector.
Por otra parte, Ian Morris se enfrenta a otros muchos teóricos imaginativos -como él mismo- que afirmaban que no había justificación lógica para que los cazadores-recolectores abandonasen su forma de vida por una miserable existencia agrícola…
Los esqueletos excavados sugieren que los campesinos de la prehistoria sufrían de lesiones que forzaban sus articulaciones de forma repetida con más frecuencia que los cazadores-recolectores; tenían una pobrísima salud dental, debido a que sus dietas eran muy altas en carbohidratos azucarados; y en cuanto a la estatura (…) descendió ligeramente con los inicios de la agricultura
Sí, estaban subalimentados y trabajaban mucho, pero habían ganado dos cosas. Primero, vivían sometidos a menos violencia que las bandas de cazadores-recolectores, enzarzados en constantes rencillas con otras bandas en busca de territorios de caza o de mujeres, y, segundo, vivían juntos, en poblados, en comarcas agrícolas densamente habitadas y finalmente en ciudades; esta abundancia en relaciones sociales no implicaba solo un medio para “capturar más energía” gracias a la cooperación económica, también satisfacía una demanda natural del “Homo Sapiens”, cuyo desarrollo cognitivo se relaciona directamente con la sociabilidad, que es para nosotros un fin en si mismo. Construir un santuario religioso para dar rienda suelta a las inquietudes espirituales, por ejemplo, era una motivación para el sedentarismo.
Otra posible explicación del origen de la agricultura quizá estuviera en el mero aumento de la población: las mejores condiciones meteorológicas y el desarrollo de mejores armas de caza hizo inevitable este aumento. La caza empezaría a escasear y se habrían buscado otros recursos. Las necesidades de la agricultura habrían exigido medidas pacificadoras, como el monopolio de la fuerza por la clase superior.
Ian Morris tiene la buena idea de incluir textos de algunos de sus críticos en su libro. Varios de ellos plantean la cuestión fundamental: "¿Podemos admitir la idea de un progreso moral, distinguible del material?"
Morris tiene una respuesta tajante:
[La] distinción entre valores morales reales y valores positivos no tiene sentido. (…) Los humanos no pueden tener valores a menos que capturen energía de sus entornos (…) Los valores humanos (…) son por definición valores positivos
Pero el factor esencial de cambio social no es la tecnología (o "sistema de captura de energía"). Entre otras cosas porque la tecnología depende a su vez de otros factores. Morris reconoce –qué remedio- que la tecnología básica de la Revolución Industrial, del siglo XVIII y XIX, ya la conocían los romanos (fuerza del vapor, engranajes, mecánica de fluidos…). Los romanos eran capaces de construir maravillas como el mecanismo de Anticítera y los juguetes de Herón de Alejandría, así que el factor esencial del desarrollo económico no es la tecnología de “captura de energía”, sino la tecnología de la mente, los “valores”, conceptos simbólicos de aplicación a la vida social –por ejemplo: justicia, honor, libertad, dignidad, caridad…- que evolucionan muy muy lentamente a lo largo de siglos.
Véase el caso griego, el “milagro” ateniense:
Atenas (…) carecía de la reducida élite altamente estratificada (…) , separada de una gran masa de campesinos (…) Algunos atenienses eran muy ricos, incluso para los estándares griegos, pero el salario real medio era también inusualmente elevado [Sócrates era albañil] (…) [Sin embargo, ] Atenas contaba con uno de los sistemas de esclavitud más estrictos del que tenemos constancia, con muy bajas tasas de manumisión. (…) Ninguna mujer obtuvo jamás la condición de ciudadana en una ciudad de la Grecia clásica. (…) El milagro de las ciudades-estado consistió en una ampliación de las élites. En la Atenas clásica (…) alrededor de un tercio de la población residente (los varones libres y sus hijos) pertenecía a esta clase dirigente.
Los atenienses se habían hecho ricos gracias al comercio, lo cual permitió aumentar el número de integrantes de la "clase opresora". No fueron los primeros ciudadanos de la Antigüedad que gozaron de esa suerte (pensemos en Troya), pero una serie de circunstancias históricas llevaron a que los atenienses emplearan buena parte de esa riqueza en realizar asombrosos descubrimientos cognitivos en el ámbito de la sociabilidad –la filosofía, la ética, la historia, el razonamiento lógico, el Dios ideal de Platón y la ciencia de Aristóteles. Y ésta fue la tecnología importante que a la larga llevó al cambio definitivo. Con la llegada del cristianismo, mil años más tarde, las ciudades libres del fin de la Edad Media están ya a punto de igualar y superar a Atenas. Estas nuevas “Atenas” cristianas –Florencia, Rotterdam, Ginebra- ya serán imparables. La libertad de las ciudades acabará también generando medios de enriquecimiento ya no tan violentos, ya no tan opresivos.
Así que sí existen “valores morales reales”, ellos son el motor del desarrollo civilizatorio, y permiten, entre otras cosas, que el artesano se convierta en industrial, el comerciante en empresario y el usurero en banquero.
Cabe concluir que el determinismo económico de Morris es casi tan peligroso como el de Marx, y hace bien uno de sus críticos en subrayar que "Supongamos que fuera cierto que, como algunos dicen, el autoritarismo unipartidista de China produzca un mayor crecimiento económico que una democracia liberal (…) La cuestión es que pueden existir buenas razones para defender la idea de que la valoración moral debería aspirar a una mayor independencia de las circunstancias particulares de lo que Morris puede querer permitir".
Marx enseñaba que para conseguir el progreso definitivo del ser humano había que destruir las supersticiones, sobre todo la superstición económica de la propiedad privada de los medios de producción. Los marxistas llevaron a cabo auténticas locuras en su tarea de destrucción a fin de liberar al ser humano “rousseauniano”, “bueno” por naturaleza, de las supersticiones instigadas por la clase opresora. Pero los marxistas no liberaron nada… más que la sempiterna tendencia humana a la violencia que, pese al sueño rousseauniano, persiste en nuestra naturaleza innata, sea quien sea el propietario de los medios de producción...
Morris, con su principio panglossiano de que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita dice a todo que sí, justifica más allá del mero conformismo. Asegura que la democracia funciona porque los países más ricos son democracias. ¿Y China, entonces?
El mayor reto de China para mantener su crecimiento económico en la década de 2010 probablemente radique en cómo hacer frente a su propia liberalización. Es muy posible que la sociedad más democrática de India derive en la obtención de una mayor ventaja frente a China en las próximas décadas.
Eso es, en el mejor de los casos, optimismo injustificado. De momento, la India no lleva camino de alcanzar a China. Y el régimen chino no parece desear una liberalización que los acabe llevando a lo que pasó con la Unión Soviética a partir de 1991. Si no tenemos “valores”, si solo nos preocupamos por el rendimiento económico, los tecnócratas chinos pueden durar mucho tiempo aún…
Además, Morris no solo especula gratuitamente sin base alguna –¡y eso que defiende mucho lo que llama “el sentido común”!-, sino que también falsea el pasado.
Cuando Stalin revirtió la Nueva Política Económica de Lenin unos años después [de la muerte del primer líder soviético] en nombre del verdadero socialismo, los resultados fueron catastróficos
Desde un punto de vista de valores éticos, las atrocidades de Stalin sin duda fueron una catástrofe, pero desde un punto de vista meramente económico, la desaparición de la “Nueva Política Económica” de Lenin –un episodio breve en el tiempo- sí que fue un éxito. Stalin logró poner en marcha una infraestructura de industria pesada impresionante que fue capaz de derrotar a Hitler en la segunda guerra mundial, y que más adelante pondría al primer hombre en el espacio. Sin libertades, sin libre empresa, sin incentivos económicos, sin libre mercado y sin nada más que el viejo principio autoritario de las civilizaciones de la Antigüedad: pura violencia sistémica.
Decir que la democracia es buena porque los países ricos –hoy- son democracias es arriesgarnos a que cualquier tiranía tecnocrática pueda un día decir: “mi sistema es bueno porque gracias a él somos ricos”. Hitler pudo ganar la segunda guerra mundial y apoderarse de medio mundo, construyendo un imperio tecnocrático riquísimo con racismo, genocidios y esclavitud, ¿no hubiera eso llevado a muchos intelectuales influyentes a escribir entonces que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita?
Mi tesis esencial sostiene que (…) los modos de captura de energía determinan el tamaño y la densidad poblacional, que en gran medida determinan a su vez los sistemas de organización social que mejor funcionan. Eso implica que algunos conjuntos de valores tengan más éxito y resulten más atractivos para la sociedad que otros.
Cuando hablamos de “valores” nos estamos refiriendo a criterios morales generalmente aceptados en una cultura determinada.
Si analizamos la historia del planeta durante los últimos veinte mil años, detectaremos tres grandes sistemas de valores humanos sucesivos. Cada uno está asociado con una forma particular de organización social, y cada una de estas formas viene determinada por una manera concreta de capturar la energía del mundo que nos rodea. (…) Al primero lo denomino “valores de cazadores-recolectores” (…) Los cazadores tienden a valorar la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y toleran la violencia. El segundo sistema es el de “valores agrícolas o campesinos” (…) Los campesinos y granjeros tienden a valorar la jerarquía por encima de la igualdad y no toleran bien la violencia. El tercer sistema [lo] llamo “valores de combustibles fósiles” (…) Los usuarios de combustibles fósiles suelen valorar de manera general la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y no toleran nada bien la violencia.
Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizá se deduzca que (1) los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, están perdiendo el tiempo, y que (2) los valores que nosotros (…) hoy defendemos algún día probablemente –quizá bastante pronto- perderán su utilidad.
Determinismo económico. Hasta cierto punto, como el viejo Don Carlos Marx. Aunque con aplicaciones filosóficas y políticas muy diferentes. Véase cómo se justifica (“necesidad funcional”) la esclavitud en las primeras civilizaciones agrarias que suceden al mundo de los cazadores-recolectores.
El problema básico es que el bajo rendimiento de la mano de obra premoderna significaba que el producto marginal del valor, es decir, el beneficio para el empleador de contratar a un trabajador adicional, a menudo era demasiado reducido como para que el salario fuera atractivo para los trabajadores que tenían otros medios para mantenerse. De ahí el interés por la segunda gran alternativa al parentesco como método de movilización de obreros más allá de la unidad familiar: el trabajo forzado. (…) El trabajo forzado, al igual que el patriarcado, fue una necesidad funcional de las sociedades agrarias que generaban más de 10.000 kilocalorías por persona y día.
El trabajo forzoso fue indispensable para las sociedades agrarias durante miles de años, pero los combustibles fósiles eliminaron esta necesidad en menos de un siglo
Es decir, que para Marx la división en clases (oprimidos y opresores) era una consecuencia de la inmadurez política de las masas (porque los oprimidos se dejaban embaucar por las tradiciones y mitos religiosos que justificaban la explotación por la clase propietaria), mientras que para Morris la división en clases era la única fórmula viable para el progreso económico dada la tecnología de captura de energía de entonces.
Sin embargo, ambos aceptan que los oprimidos se sentían descontentos. Las rebeliones se producían con cierta periodicidad… aunque no implicaban el cuestionamiento del sistema.
A menudo, la rebelión en las sociedades agrarias adopta la forma de los “buenos viejos tiempos” e insiste en que su objetivo solo es restaurar el Viejo Contrato
Es decir, que los desposeídos añoraban –a veces, con ira- los “buenos viejos tiempos” en los que, supuestamente, había buenos amos –el “Viejo Contrato”. Si existieron tales “buenos viejos tiempos” quizá eso explique por qué abandonaron la caza y recolección… y quizá eso quiera decir que no siempre las primeras civilizaciones agrícolas se basaron en la explotación de unos por otros…
Sin embargo, ya hemos visto que el libro que nos ocupa afirma que solo la explotación garantizaba el progreso económico. Porque, según afirma Ian Morris,
cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita
No resulta convincente. Suena panglossiano… No parece cierto que solo fuese rentable el trabajo forzado. Se cuenten como se cuenten las kilocalorías, el hecho es que un agricultor romano podía alimentar con su trabajo a cinco personas, y un agricultor de la Europa Medieval, al doble. Con eso se puede vivir más o menos bien sin necesidad de que un Gran Señor te obligue a trabajar en régimen de esclavitud o servidumbre.
Entre el 4000 ac y el 1 ac (…) la captura de energía se triplicó, pero la desigualdad política y económica quedó fuertemente arraigada
Pues claro. Y así se está reconociendo que el autoritarismo de las sociedades agrarias tradicionales (algunos lo llaman también “violencia sistémica”) no existía tanto en función del rendimiento del trabajo, sino en base a otros factores, igualmente presentes tanto si se duplicaba, como si se triplicaba o cuadruplicaba el rendimiento del trabajo. Por su parte, Marx enseñó que lo que estaba detrás de la aceptación social de la explotación era el poder de la religión/superstición al servicio de los astutos opresores; lo cual tampoco es cierto, tal como demuestra la volubilidad de las creencias religiosas en todas las épocas: cualquier nuevo profeta hubiera podido presentar creencias más conformes a los intereses de los oprimidos.
La solución es más simple y más clara… aunque no es la que prefiere Morris que creamos.
Cada vez más antropólogos reconocen que en el siglo XX el cazador-recolector medio se enfrentaba a una probabilidad del 10%, como mínimo, de sufrir una muerte violenta. (…) Estos niveles de violencia eran también normales en la prehistoria (…) mientras que según mis cálculos, dichas tasas en las sociedades agrarias giran en torno a un 5%
Exacto: para eso servía tener un amo, un rey, un señor feudal. No tanto porque solo pudiera trabajarse a golpe de látigo, sino porque el amo y señor era quien protegía a los siervos de la violencia innata del Homo Sapiens. El monopolio de la fuerza ayudaba a la pacificación. La limitada “violencia sistémica” de la cultura agraria era mejor que la violencia constante e ilimitada del cazador-recolector.
Por otra parte, Ian Morris se enfrenta a otros muchos teóricos imaginativos -como él mismo- que afirmaban que no había justificación lógica para que los cazadores-recolectores abandonasen su forma de vida por una miserable existencia agrícola…
Los esqueletos excavados sugieren que los campesinos de la prehistoria sufrían de lesiones que forzaban sus articulaciones de forma repetida con más frecuencia que los cazadores-recolectores; tenían una pobrísima salud dental, debido a que sus dietas eran muy altas en carbohidratos azucarados; y en cuanto a la estatura (…) descendió ligeramente con los inicios de la agricultura
Sí, estaban subalimentados y trabajaban mucho, pero habían ganado dos cosas. Primero, vivían sometidos a menos violencia que las bandas de cazadores-recolectores, enzarzados en constantes rencillas con otras bandas en busca de territorios de caza o de mujeres, y, segundo, vivían juntos, en poblados, en comarcas agrícolas densamente habitadas y finalmente en ciudades; esta abundancia en relaciones sociales no implicaba solo un medio para “capturar más energía” gracias a la cooperación económica, también satisfacía una demanda natural del “Homo Sapiens”, cuyo desarrollo cognitivo se relaciona directamente con la sociabilidad, que es para nosotros un fin en si mismo. Construir un santuario religioso para dar rienda suelta a las inquietudes espirituales, por ejemplo, era una motivación para el sedentarismo.
Otra posible explicación del origen de la agricultura quizá estuviera en el mero aumento de la población: las mejores condiciones meteorológicas y el desarrollo de mejores armas de caza hizo inevitable este aumento. La caza empezaría a escasear y se habrían buscado otros recursos. Las necesidades de la agricultura habrían exigido medidas pacificadoras, como el monopolio de la fuerza por la clase superior.
Ian Morris tiene la buena idea de incluir textos de algunos de sus críticos en su libro. Varios de ellos plantean la cuestión fundamental: "¿Podemos admitir la idea de un progreso moral, distinguible del material?"
Morris tiene una respuesta tajante:
[La] distinción entre valores morales reales y valores positivos no tiene sentido. (…) Los humanos no pueden tener valores a menos que capturen energía de sus entornos (…) Los valores humanos (…) son por definición valores positivos
Pero el factor esencial de cambio social no es la tecnología (o "sistema de captura de energía"). Entre otras cosas porque la tecnología depende a su vez de otros factores. Morris reconoce –qué remedio- que la tecnología básica de la Revolución Industrial, del siglo XVIII y XIX, ya la conocían los romanos (fuerza del vapor, engranajes, mecánica de fluidos…). Los romanos eran capaces de construir maravillas como el mecanismo de Anticítera y los juguetes de Herón de Alejandría, así que el factor esencial del desarrollo económico no es la tecnología de “captura de energía”, sino la tecnología de la mente, los “valores”, conceptos simbólicos de aplicación a la vida social –por ejemplo: justicia, honor, libertad, dignidad, caridad…- que evolucionan muy muy lentamente a lo largo de siglos.
Véase el caso griego, el “milagro” ateniense:
Atenas (…) carecía de la reducida élite altamente estratificada (…) , separada de una gran masa de campesinos (…) Algunos atenienses eran muy ricos, incluso para los estándares griegos, pero el salario real medio era también inusualmente elevado [Sócrates era albañil] (…) [Sin embargo, ] Atenas contaba con uno de los sistemas de esclavitud más estrictos del que tenemos constancia, con muy bajas tasas de manumisión. (…) Ninguna mujer obtuvo jamás la condición de ciudadana en una ciudad de la Grecia clásica. (…) El milagro de las ciudades-estado consistió en una ampliación de las élites. En la Atenas clásica (…) alrededor de un tercio de la población residente (los varones libres y sus hijos) pertenecía a esta clase dirigente.
Los atenienses se habían hecho ricos gracias al comercio, lo cual permitió aumentar el número de integrantes de la "clase opresora". No fueron los primeros ciudadanos de la Antigüedad que gozaron de esa suerte (pensemos en Troya), pero una serie de circunstancias históricas llevaron a que los atenienses emplearan buena parte de esa riqueza en realizar asombrosos descubrimientos cognitivos en el ámbito de la sociabilidad –la filosofía, la ética, la historia, el razonamiento lógico, el Dios ideal de Platón y la ciencia de Aristóteles. Y ésta fue la tecnología importante que a la larga llevó al cambio definitivo. Con la llegada del cristianismo, mil años más tarde, las ciudades libres del fin de la Edad Media están ya a punto de igualar y superar a Atenas. Estas nuevas “Atenas” cristianas –Florencia, Rotterdam, Ginebra- ya serán imparables. La libertad de las ciudades acabará también generando medios de enriquecimiento ya no tan violentos, ya no tan opresivos.
Así que sí existen “valores morales reales”, ellos son el motor del desarrollo civilizatorio, y permiten, entre otras cosas, que el artesano se convierta en industrial, el comerciante en empresario y el usurero en banquero.
Cabe concluir que el determinismo económico de Morris es casi tan peligroso como el de Marx, y hace bien uno de sus críticos en subrayar que "Supongamos que fuera cierto que, como algunos dicen, el autoritarismo unipartidista de China produzca un mayor crecimiento económico que una democracia liberal (…) La cuestión es que pueden existir buenas razones para defender la idea de que la valoración moral debería aspirar a una mayor independencia de las circunstancias particulares de lo que Morris puede querer permitir".
Marx enseñaba que para conseguir el progreso definitivo del ser humano había que destruir las supersticiones, sobre todo la superstición económica de la propiedad privada de los medios de producción. Los marxistas llevaron a cabo auténticas locuras en su tarea de destrucción a fin de liberar al ser humano “rousseauniano”, “bueno” por naturaleza, de las supersticiones instigadas por la clase opresora. Pero los marxistas no liberaron nada… más que la sempiterna tendencia humana a la violencia que, pese al sueño rousseauniano, persiste en nuestra naturaleza innata, sea quien sea el propietario de los medios de producción...
Morris, con su principio panglossiano de que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita dice a todo que sí, justifica más allá del mero conformismo. Asegura que la democracia funciona porque los países más ricos son democracias. ¿Y China, entonces?
El mayor reto de China para mantener su crecimiento económico en la década de 2010 probablemente radique en cómo hacer frente a su propia liberalización. Es muy posible que la sociedad más democrática de India derive en la obtención de una mayor ventaja frente a China en las próximas décadas.
Eso es, en el mejor de los casos, optimismo injustificado. De momento, la India no lleva camino de alcanzar a China. Y el régimen chino no parece desear una liberalización que los acabe llevando a lo que pasó con la Unión Soviética a partir de 1991. Si no tenemos “valores”, si solo nos preocupamos por el rendimiento económico, los tecnócratas chinos pueden durar mucho tiempo aún…
Además, Morris no solo especula gratuitamente sin base alguna –¡y eso que defiende mucho lo que llama “el sentido común”!-, sino que también falsea el pasado.
Cuando Stalin revirtió la Nueva Política Económica de Lenin unos años después [de la muerte del primer líder soviético] en nombre del verdadero socialismo, los resultados fueron catastróficos
Desde un punto de vista de valores éticos, las atrocidades de Stalin sin duda fueron una catástrofe, pero desde un punto de vista meramente económico, la desaparición de la “Nueva Política Económica” de Lenin –un episodio breve en el tiempo- sí que fue un éxito. Stalin logró poner en marcha una infraestructura de industria pesada impresionante que fue capaz de derrotar a Hitler en la segunda guerra mundial, y que más adelante pondría al primer hombre en el espacio. Sin libertades, sin libre empresa, sin incentivos económicos, sin libre mercado y sin nada más que el viejo principio autoritario de las civilizaciones de la Antigüedad: pura violencia sistémica.
Decir que la democracia es buena porque los países ricos –hoy- son democracias es arriesgarnos a que cualquier tiranía tecnocrática pueda un día decir: “mi sistema es bueno porque gracias a él somos ricos”. Hitler pudo ganar la segunda guerra mundial y apoderarse de medio mundo, construyendo un imperio tecnocrático riquísimo con racismo, genocidios y esclavitud, ¿no hubiera eso llevado a muchos intelectuales influyentes a escribir entonces que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita?
lunes, 14 de agosto de 2017
“Psicoterapia espiritualmente integrada”, 2007. Kenneth I. Pargament
El psicoterapeuta Kenneth Pargament ha escrito un libro no acerca de la relevancia psicológica de la espiritualidad en el comportamiento humano, sino más bien acerca de cómo abordar la cuestión espiritual en la práctica de la psicoterapia.
La psicoterapia espiritualmente integrada es una visión del tratamiento que reconoce y se refiere a la espiritualidad del cliente, la espiritualidad del terapeuta y el proceso de cambio (…) Descansa en la asunción de que la espiritualidad es una dimensión vital para muchos clientes.
Pero la visión práctica de este terapeuta tiene un interés mayor, dado que, si bien la mayoría de los pacientes “espirituales” que acuden al terapeuta desarrollan vivencias de “espiritualidad convencional” (la que es de esperar en los fieles de iglesias cristianas), cuando el psicólogo aborda la cuestión, muchas más características propias de la “existencia espiritual” salen a la luz.
Podemos encontrar lo espiritual en una pieza de música, la sonrisa de un extraño que pasa, el color del cielo al oscurecer, o una oración diaria de gratitud al despertar (…) Somos más que seres psicológicos, sociales y físicos, somos también seres espirituales (…) ¿Cómo el terapeuta comprende la espiritualidad? ¿Cómo se dirige el terapeuta a la dimensión espiritual en la psicoterapia? Estas cuestiones son el centro de este libro.
También es cierto que la dimensión espiritual abarca demasiadas cosas como para limitarla a una serie de estrategias prácticas en el desempeño de la psicoterapia, pero el autor sabe que escribir sobre la naturaleza de la espiritualidad y su futuro sería una tarea de una amplitud colosal.
Durante buena parte de mi carrera, he estado buscando el equivalente de una teoría del campo unificado en la psicología de la religión, una perspectiva que pudiera proporcionar unidad a la teoría, investigación y práctica clínica
Baste con saber que existe esta pretensión.
La espiritualidad habla a lo mejor de la naturaleza humana (…) Gran número de estudios empíricos e informes clínicos señalan la misma conclusión: la espiritualidad juega un papel positivo en las vidas de mucha gente (…) Las expresiones de espiritualidad reflejan un deseo natural humano: el deseo de conocer algo trascendente, algo ilimitado, y algo de valor y verdad definitivos.
La espiritualidad habla de las asunciones más fundamentales de la vida, las creencias más profundas y los asuntos más sagrados.
Las cualidades de trascendencia, de carencia de límites y de lo definitivo son normalmente asignadas a lo divino, pero pueden también ser vistos dentro de otros aspectos de la vida.
Decir que la espiritualidad se refiere a las “asunciones más fundamentales” quiere decir que
los símbolos de fe no pueden ser reemplazados por otros símbolos, tales como los artísticos, y no pueden ser desplazados por el criticismo científico. Tienen una posición propia en la mente humana, de la misma forma que la tienen la ciencia y el arte
Aquí aparece una cuestión que interesa especialmente al terapeuta que se enfrenta a los problemas de conducta humanos. Si lo espiritual es lo definitivo, la razón última, ¿implica la solución a toda la problemática humana?
Por una parte:
La espiritualidad con más frecuencia está implicada en resolver problemas psicológicos que en producirlos.
Pero también:
“Espiritualidad” no es un sinónimo por “bondad”. A lo largo de la historia, la gente ha justificado las conversiones forzadas, los suicidios, tortura y genocidio en el nombre de cualquier cosa que se mantuviera como sagrada
La investigación muestra que la espiritualidad es generalmente beneficiosa, pero no invariablemente
La espiritualidad puede ser una fuente de problemas tanto como de soluciones; no es inherentemente positiva
Pero ¿debería seguir siendo así? Pargament cree que hay “espiritualidades erróneas”, la espiritualidad “no integrada”. Por ejemplo, cuando menciona los “dioses pequeños”
Los dioses más pequeños representan un problema porque no logran aportar luz a los más profundos dilemas de la vida
Entendemos por “dioses pequeños”, por ejemplo, a aquellos que se limitan a imponer mandatos y prohibiciones a cambio de favores materiales, pero Pargament podría también haber mencionado las imperfectas ideologías que pretenden crear alternativas a la religión, como el marxismo, también “un pequeño Dios”.
Diría que la espiritualidad más efectiva es una espiritualidad bien integrada, una cuyas partes componentes funcionan juntas en sincronía las unas con las otras.
Estas partes componentes en sincronía suponen que los beneficios de hallar la razón última, la guía moral y el refuerzo emocional correspondiente no implicarían, como en muchos casos sucede, sacrificios terribles en la vida social.
En conjunto, visto desde la perspectiva del “desarrollo civilizatorio”, se diría que la espiritualidad ha impulsado el progreso moral (y por tanto social) de la humanidad, pero que no todas las manifestaciones espirituales han sido siempre efectivas. Por otra parte, Pargament no plantea la cuestión de si puede hacerse una buena vida sin componente espiritual. Aparentemente, sí: uno puede mantener buenas relaciones privadas y públicas en el ámbito humano sin preocuparse mucho por las respuestas últimas, por las asunciones más fundamentales de la vida, las creencias más profundas y los asuntos más sagrados. Pero no parece que esto pueda ser la norma general. Hasta el momento no parece haberlo sido.
La espiritualidad ayuda a la gente a afrontar las limitaciones humanas. Ofrece soluciones a los problemas que no son meramente sustitutos de las soluciones seculares
Aparentemente, un enfoque espiritual de la problemática humana, en tanto que se refiere a las “causas últimas”, a aquello que no puede ser sustituido por nada, a lo “sagrado” (aquello que instintivamente nos dirige hacia el bien o nos lleva a evitar el mal), tendría la ventaja de lo inequívoco. E incluso otra probable ventaja: el razonamiento de las “causas últimas” ("pensamiento de alto nivel") parece estar relacionado con la mejora de las habilidades cognitivas en general.
Recurriendo a la dimensión espiritual en el proceso de ayuda, los psicoterapeutas podrían aumentar su capacidad para la esperanza y las soluciones a los problemas más profundos de la vida
“Lenguaje psicoespiritual” [se refiere a] conceptos psicológicamente significativos que portan connotaciones ricas, emocionalmente poderosas, que invitan a la exploración espiritual (…) Palabras que contienen cualidades sagradas tales como “paz”, “valor”, “solaz”, “sostenimiento”, “devoción”, “fe”, “esperanza”, “amor”, “dejarse ir”, “perdón”, “lamentación”, “desesperación” y “sufrimiento”. Incluso si bien ninguno de estos términos es explícitamente religioso, algunos especialistas clínicos pueden encontrar esta clase de indagaciones acientíficas y meramente sentimentales.
Ahora bien, Pargament, como terapeuta, solo atiende las cuestiones espirituales si sus clientes así lo solicitan. El terapeuta no debe afrontar toda cuestión desde el punto de vista espiritual (eso sí lo hace el sacerdote), sino que debe estar dispuesto a ser receptivo al enfoque espiritual que le plantea la persona necesitada.
Una psicoterapia espiritualmente integrada asume que los clientes con frecuencia traerán cuestiones espirituales a la consulta, y anima a los clientes a dar voz a lo que puede ser difícil de expresar
Otra cosa sería si existiera una visión de la espiritualidad propia de la psicoterapia misma, un recurso de ayuda puramente psicológico y expresado desde la característica honestidad de la ciencia. Pero ese tipo de espiritualidad basada en la racionalidad altruista no existe hoy aún. La espiritualidad de la que disponemos hoy tiene orígenes tradicionales, heterogéneos… y reveladores.
El afrontamiento espiritual de la problemática vital parece ayudar particularmente a la gente con menos recursos personales y sociales. Los mayores beneficios del afrontamiento espiritual han sido descubiertos en los miembros de los grupos minoritarios, los ancianos, la gente menos educada y más pobre
Los más humildes y los que más sufren son los más necesitados de “consuelo espiritual” (también son los que más difícilmente pueden pagarse un psicoterapeuta). ¿Eso quiere decir que los más inteligentes, afortunados y capacitados pueden llevar una vida superficial y materialista con más comodidad?
Sin embargo, resulta curioso que las sociedades más prósperas, donde más abundan las personas ateas y aparentemente sin preocupaciones espirituales, sean también las sociedades donde se da una mayor preocupación moral en beneficio de los desfavorecidos. Esto podría quedar explicado si nos fijamos en que en todas estas naciones coincide el mismo origen histórico de ser sociedades donde hace un par de siglos prosperó una determinada tradición espiritual (el cristianismo reformado). Así, resulta que las sociedades parecen alcanzar la riqueza, y con ella el distanciamiento de las tradiciones espirituales, a partir de su propia evolución espiritual. Y que es el consuelo a los desfavorecidos la marca característica determinante.
Sea por el consuelo psicológico alcanzado gracias a las tradiciones a las que recurren los que carecen de bienes materiales, sea por el consuelo que las sociedades que han absorbido la pasada tradición espiritual proporcionan materialmente a los más desfavorecidos, la cuestión es que en el progreso moral (y material) se ve implicada la naturaleza espiritual del ser humano. Todos los desposeídos suelen recurrir al consuelo de la espiritualidad, pero solo ciertos tipos de espiritualidad (¿”integrada”?) llevan a la mejora moral (y material)… y con ella a un claro distanciamiento de las tradiciones espirituales más antiguas.
Y la estrategia general de la psicoterapia coincide con la de la espiritualidad “compasiva”, de las religiones moralistas aparecidas desde hace tres mil años en adelante
La narrativa religiosa da forma al significado y, para muchos, es la influencia cognitivo-afectiva predominante que organiza la experiencia, influencia la emoción, construye el significado y gobierna el comportamiento
Cambiar las imágenes y significados de los sucesos traumáticos al reexperimentarlos en un contexto más benevolente es una parte central de la terapia cognitivo-conductual
Quedémonos al final con la evocación de una curiosa experiencia en la psicoterapia: un cliente acude preocupado porque su esposa no comprende la dimensión espiritual de una afición tan sencilla como el gusto de un hombre adulto por entrenar a niños a jugar al fútbol.
El fútbol era parte de la belleza, no solo un juego sino una forma de poesía que lo conmovía al nivel más profundo. Recordaba jugar como un niño y los momentos que entonces experimentaba de pura alegría, como si hubiera dejado que sus pies lo transportaran al cielo. El podía a veces volver a experimentar estos sentimientos cuando su equipo del colegio [que el sujeto analizado entrenaba] jugaba bien conjuntado. Al enseñar a jugar a otros niños, él creía que estaba pasando un don que se le había dado. Resultaba que tanto [el entrenador como su esposa] estaban hablando el lenguaje de lo sagrado, si bien no mencionaban a Dios (…) Era un conflicto espiritual, una lucha sobre diferencias con respecto a sus sueños sagrados. Este reconocimiento fue un punto crucial en la terapia. Su conflicto de pareja [esposa y marido, acerca de la pasión de él por el futbol] había crecido como un problema espiritual, y eso llevaba a una solución espiritualmente sensible.
La psicoterapia espiritualmente integrada es una visión del tratamiento que reconoce y se refiere a la espiritualidad del cliente, la espiritualidad del terapeuta y el proceso de cambio (…) Descansa en la asunción de que la espiritualidad es una dimensión vital para muchos clientes.
Pero la visión práctica de este terapeuta tiene un interés mayor, dado que, si bien la mayoría de los pacientes “espirituales” que acuden al terapeuta desarrollan vivencias de “espiritualidad convencional” (la que es de esperar en los fieles de iglesias cristianas), cuando el psicólogo aborda la cuestión, muchas más características propias de la “existencia espiritual” salen a la luz.
Podemos encontrar lo espiritual en una pieza de música, la sonrisa de un extraño que pasa, el color del cielo al oscurecer, o una oración diaria de gratitud al despertar (…) Somos más que seres psicológicos, sociales y físicos, somos también seres espirituales (…) ¿Cómo el terapeuta comprende la espiritualidad? ¿Cómo se dirige el terapeuta a la dimensión espiritual en la psicoterapia? Estas cuestiones son el centro de este libro.
También es cierto que la dimensión espiritual abarca demasiadas cosas como para limitarla a una serie de estrategias prácticas en el desempeño de la psicoterapia, pero el autor sabe que escribir sobre la naturaleza de la espiritualidad y su futuro sería una tarea de una amplitud colosal.
Durante buena parte de mi carrera, he estado buscando el equivalente de una teoría del campo unificado en la psicología de la religión, una perspectiva que pudiera proporcionar unidad a la teoría, investigación y práctica clínica
Baste con saber que existe esta pretensión.
La espiritualidad habla a lo mejor de la naturaleza humana (…) Gran número de estudios empíricos e informes clínicos señalan la misma conclusión: la espiritualidad juega un papel positivo en las vidas de mucha gente (…) Las expresiones de espiritualidad reflejan un deseo natural humano: el deseo de conocer algo trascendente, algo ilimitado, y algo de valor y verdad definitivos.
La espiritualidad habla de las asunciones más fundamentales de la vida, las creencias más profundas y los asuntos más sagrados.
Las cualidades de trascendencia, de carencia de límites y de lo definitivo son normalmente asignadas a lo divino, pero pueden también ser vistos dentro de otros aspectos de la vida.
Decir que la espiritualidad se refiere a las “asunciones más fundamentales” quiere decir que
los símbolos de fe no pueden ser reemplazados por otros símbolos, tales como los artísticos, y no pueden ser desplazados por el criticismo científico. Tienen una posición propia en la mente humana, de la misma forma que la tienen la ciencia y el arte
Aquí aparece una cuestión que interesa especialmente al terapeuta que se enfrenta a los problemas de conducta humanos. Si lo espiritual es lo definitivo, la razón última, ¿implica la solución a toda la problemática humana?
Por una parte:
La espiritualidad con más frecuencia está implicada en resolver problemas psicológicos que en producirlos.
Pero también:
“Espiritualidad” no es un sinónimo por “bondad”. A lo largo de la historia, la gente ha justificado las conversiones forzadas, los suicidios, tortura y genocidio en el nombre de cualquier cosa que se mantuviera como sagrada
La investigación muestra que la espiritualidad es generalmente beneficiosa, pero no invariablemente
La espiritualidad puede ser una fuente de problemas tanto como de soluciones; no es inherentemente positiva
Pero ¿debería seguir siendo así? Pargament cree que hay “espiritualidades erróneas”, la espiritualidad “no integrada”. Por ejemplo, cuando menciona los “dioses pequeños”
Los dioses más pequeños representan un problema porque no logran aportar luz a los más profundos dilemas de la vida
Entendemos por “dioses pequeños”, por ejemplo, a aquellos que se limitan a imponer mandatos y prohibiciones a cambio de favores materiales, pero Pargament podría también haber mencionado las imperfectas ideologías que pretenden crear alternativas a la religión, como el marxismo, también “un pequeño Dios”.
Diría que la espiritualidad más efectiva es una espiritualidad bien integrada, una cuyas partes componentes funcionan juntas en sincronía las unas con las otras.
Estas partes componentes en sincronía suponen que los beneficios de hallar la razón última, la guía moral y el refuerzo emocional correspondiente no implicarían, como en muchos casos sucede, sacrificios terribles en la vida social.
En conjunto, visto desde la perspectiva del “desarrollo civilizatorio”, se diría que la espiritualidad ha impulsado el progreso moral (y por tanto social) de la humanidad, pero que no todas las manifestaciones espirituales han sido siempre efectivas. Por otra parte, Pargament no plantea la cuestión de si puede hacerse una buena vida sin componente espiritual. Aparentemente, sí: uno puede mantener buenas relaciones privadas y públicas en el ámbito humano sin preocuparse mucho por las respuestas últimas, por las asunciones más fundamentales de la vida, las creencias más profundas y los asuntos más sagrados. Pero no parece que esto pueda ser la norma general. Hasta el momento no parece haberlo sido.
La espiritualidad ayuda a la gente a afrontar las limitaciones humanas. Ofrece soluciones a los problemas que no son meramente sustitutos de las soluciones seculares
Aparentemente, un enfoque espiritual de la problemática humana, en tanto que se refiere a las “causas últimas”, a aquello que no puede ser sustituido por nada, a lo “sagrado” (aquello que instintivamente nos dirige hacia el bien o nos lleva a evitar el mal), tendría la ventaja de lo inequívoco. E incluso otra probable ventaja: el razonamiento de las “causas últimas” ("pensamiento de alto nivel") parece estar relacionado con la mejora de las habilidades cognitivas en general.
Recurriendo a la dimensión espiritual en el proceso de ayuda, los psicoterapeutas podrían aumentar su capacidad para la esperanza y las soluciones a los problemas más profundos de la vida
“Lenguaje psicoespiritual” [se refiere a] conceptos psicológicamente significativos que portan connotaciones ricas, emocionalmente poderosas, que invitan a la exploración espiritual (…) Palabras que contienen cualidades sagradas tales como “paz”, “valor”, “solaz”, “sostenimiento”, “devoción”, “fe”, “esperanza”, “amor”, “dejarse ir”, “perdón”, “lamentación”, “desesperación” y “sufrimiento”. Incluso si bien ninguno de estos términos es explícitamente religioso, algunos especialistas clínicos pueden encontrar esta clase de indagaciones acientíficas y meramente sentimentales.
Ahora bien, Pargament, como terapeuta, solo atiende las cuestiones espirituales si sus clientes así lo solicitan. El terapeuta no debe afrontar toda cuestión desde el punto de vista espiritual (eso sí lo hace el sacerdote), sino que debe estar dispuesto a ser receptivo al enfoque espiritual que le plantea la persona necesitada.
Una psicoterapia espiritualmente integrada asume que los clientes con frecuencia traerán cuestiones espirituales a la consulta, y anima a los clientes a dar voz a lo que puede ser difícil de expresar
Otra cosa sería si existiera una visión de la espiritualidad propia de la psicoterapia misma, un recurso de ayuda puramente psicológico y expresado desde la característica honestidad de la ciencia. Pero ese tipo de espiritualidad basada en la racionalidad altruista no existe hoy aún. La espiritualidad de la que disponemos hoy tiene orígenes tradicionales, heterogéneos… y reveladores.
El afrontamiento espiritual de la problemática vital parece ayudar particularmente a la gente con menos recursos personales y sociales. Los mayores beneficios del afrontamiento espiritual han sido descubiertos en los miembros de los grupos minoritarios, los ancianos, la gente menos educada y más pobre
Los más humildes y los que más sufren son los más necesitados de “consuelo espiritual” (también son los que más difícilmente pueden pagarse un psicoterapeuta). ¿Eso quiere decir que los más inteligentes, afortunados y capacitados pueden llevar una vida superficial y materialista con más comodidad?
Sin embargo, resulta curioso que las sociedades más prósperas, donde más abundan las personas ateas y aparentemente sin preocupaciones espirituales, sean también las sociedades donde se da una mayor preocupación moral en beneficio de los desfavorecidos. Esto podría quedar explicado si nos fijamos en que en todas estas naciones coincide el mismo origen histórico de ser sociedades donde hace un par de siglos prosperó una determinada tradición espiritual (el cristianismo reformado). Así, resulta que las sociedades parecen alcanzar la riqueza, y con ella el distanciamiento de las tradiciones espirituales, a partir de su propia evolución espiritual. Y que es el consuelo a los desfavorecidos la marca característica determinante.
Sea por el consuelo psicológico alcanzado gracias a las tradiciones a las que recurren los que carecen de bienes materiales, sea por el consuelo que las sociedades que han absorbido la pasada tradición espiritual proporcionan materialmente a los más desfavorecidos, la cuestión es que en el progreso moral (y material) se ve implicada la naturaleza espiritual del ser humano. Todos los desposeídos suelen recurrir al consuelo de la espiritualidad, pero solo ciertos tipos de espiritualidad (¿”integrada”?) llevan a la mejora moral (y material)… y con ella a un claro distanciamiento de las tradiciones espirituales más antiguas.
Y la estrategia general de la psicoterapia coincide con la de la espiritualidad “compasiva”, de las religiones moralistas aparecidas desde hace tres mil años en adelante
La narrativa religiosa da forma al significado y, para muchos, es la influencia cognitivo-afectiva predominante que organiza la experiencia, influencia la emoción, construye el significado y gobierna el comportamiento
Cambiar las imágenes y significados de los sucesos traumáticos al reexperimentarlos en un contexto más benevolente es una parte central de la terapia cognitivo-conductual
Quedémonos al final con la evocación de una curiosa experiencia en la psicoterapia: un cliente acude preocupado porque su esposa no comprende la dimensión espiritual de una afición tan sencilla como el gusto de un hombre adulto por entrenar a niños a jugar al fútbol.
El fútbol era parte de la belleza, no solo un juego sino una forma de poesía que lo conmovía al nivel más profundo. Recordaba jugar como un niño y los momentos que entonces experimentaba de pura alegría, como si hubiera dejado que sus pies lo transportaran al cielo. El podía a veces volver a experimentar estos sentimientos cuando su equipo del colegio [que el sujeto analizado entrenaba] jugaba bien conjuntado. Al enseñar a jugar a otros niños, él creía que estaba pasando un don que se le había dado. Resultaba que tanto [el entrenador como su esposa] estaban hablando el lenguaje de lo sagrado, si bien no mencionaban a Dios (…) Era un conflicto espiritual, una lucha sobre diferencias con respecto a sus sueños sagrados. Este reconocimiento fue un punto crucial en la terapia. Su conflicto de pareja [esposa y marido, acerca de la pasión de él por el futbol] había crecido como un problema espiritual, y eso llevaba a una solución espiritualmente sensible.
viernes, 4 de agosto de 2017
“La vida que florece”, 2011. Martin E. P. Seligman
Martin Seligman es uno de los psicólogos más prestigiosos que se ha dedicado a profundizar en la “psicología positiva”, visión de la psicoterapia y de la misma vida cotidiana que ha recibido muchas críticas por sus supuestas exageraciones.
La psicología positiva hace más felices a las personas. (…) Los elementos de la misma –felicidad, fluir, sentido, amor gratitud, logros, crecimiento, mejora de las relaciones- constituyen la base del crecimiento personal.
En el momento de escribir este libro para el gran público, Seligman quería corregirse un poco a sí mismo, pues antes propugnaba la teoría de la “auténtica felicidad” y ahora sostiene la del “bienestar” o “crecimiento personal”. El error en la búsqueda de la felicidad (“auténtica” o no) estaría en la habitual complicación de la ética utilitarista (“el mayor bien para el mayor número”).
La visión de la felicidad basada en el estado de ánimo relega al 50 % de la población mundial que tiene “afectividad con baja positividad” al infierno de la infelicidad (…) La decisión de construir un circo en vez de una biblioteca basándose en la felicidad que puede proporcionar tiene más en cuenta a quienes son capaces de disfrutar de un estado de ánimo alegre que a quienes no lo son tanto.
La “afectividad con baja positividad” no es una enfermedad, y lo que se mantiene en toda visión de la “psicología positiva” es la intención de utilizar los conocimientos de la ya más que centenaria psicología académica para ayudar a todas las personas.
Este libro le ayudará a crecer a nivel personal. Ya está, por fin lo he dicho. En el ejercicio de mi profesión me he pasado la vida evitando hacer promesas imprudentes como ésta.
Nada que objetar a tan magnífica intención viniendo además de alguien que ha llegado a ser presidente de la Asociación Estadounidense de Psicología. E igual que el buen médico nos recomienda alimentarnos bien, hacernos nuestras revisiones y practicar un poco de deporte, lo que propone Seligman es que, a fin de alcanzar el crecimiento personal y el bienestar, tengamos en cuenta
los cinco elementos [que] son la emoción positiva, la entrega [flujo], el sentido, las relaciones positivas y los logros
Estos elementos pueden agruparse en el acrónimo inglés “P-E-R-M-A” (Positivethinking-Engagement-Relationship-Meaning-Accomplishment):
A esto se suman las veinticuatro “fortalezas” (algo así como “virtudes”) que apuntalan los cinco elementos.
Una fortaleza personal presenta las siguientes características: -la sensación de que se trata de algo propio y auténtico; -la sensación de emoción al mostrarla (…); -una curva de aprendizaje rápida cuando la fortaleza se practica por primera vez; -el anhelo de encontrar nuevas formas de utilizarla; -la sensación de inevitabilidad para emplear esa fortaleza(…); -al utilizar la fortaleza se siente más enérgico en vez de agotado; -la creación y búsqueda de proyectos personales que giran a su alrededor; -alegría, emoción, entusiasmo, incluso éxtasis al utilizarla
La relación de las “veinticuatro fortalezas”:
Curiosidad/ Amor por el conocimiento/Pensamiento crítico/Originalidad/Inteligencia emocional/ Perspectiva/ Valor y valentía/ Laboriosidad/ Honestidad/Bondad y generosidad/ Amar y dejarse amar /Lealtad/ Imparcialidad y equidad/ Liderazgo/ Autocontrol/ Prudencia/ Humildad y modestia/ Disfrute de la belleza y la excelencia/ Gratitud /Optimismo/ Espiritualidad/ Perdón y clemencia/ Sentido del humor /Entusiasmo
Todo esto parece complicado a primera vista (y recuerda un poco a las clasificaciones de las virtudes aristotélicas), pero se complica mucho más a la hora de emprender una tarea concienzuda de ejercitación psicológica en busca del bienestar.
Escriba tres cosas que salieron bien durante ese día [en el que se realiza un ejercicio para mejorar el bienestar] y por qué fue así.(…) Al lado de cada acontecimiento positivo, responda a la pregunta “¿por qué se ha producido?” (…) Lo más probable es que se deprima menos, esté más contento y acabe siendo adicto al ejercicio en el plazo de seis meses.
Dedique un momento concreto para ejercitar una o más de sus fortalezas personales de una forma nueva, ya sea en el trabajo, en casa o en su tiempo libre (…) Por ejemplo: -si su fortaleza personal [más asequible] es la creatividad, una noche podría dedicar dos horas para empezar a trabajar en un guión; (…) –si considera que el autocontrol es una de sus fortalezas, podría ejercitarse en el gimnasio algún día por la tarde en vez de ver la tele
Esto son solo ejemplos. Uno puede emprender, con la ayuda del terapeuta, toda una organización personal de actividades centrada en el desarrollo de sus “fortalezas” y los elementos del bienestar.
Y no hay porqué dudar de que se obtengan buenos resultados…
[En] el estudio de “Consumer Reports” (1995) sobre la eficacia de la psicoterapia (…) empleando herramientas estadísticas complejas en un estudio multitudinario, [se] llegó a la conclusión de que la psicoterapia daba buenos resultados en general pero que, sorprendentemente, los beneficios no eran específicos de un tipo de terapia concreto ni de un tipo de trastorno especial.
Así que casi todo vale, lo cual explica por qué coexisten tantos sistemas diferentes de terapia e incluso por qué funcionan tan bien muchos sistemas de ayuda psicológica no profesionales (por ejemplo, Alcohólicos Anónimos… o las congregaciones religiosas). Y a lo mejor Seligman es el mejor, pero desde luego no es el único que puede ayudarnos a buscar el bienestar.
Sin embargo, Seligman ha sido atacado por fomentar en exceso el optimismo del “pensamiento positivo”, al que se atribuirían demasiados beneficios, por ejemplo, sobre la salud y el éxito social.
¿Hasta qué punto (…) el optimismo predice la mortalidad general, las enfermedades cardiovasculares, la función inmune y el cáncer? (…) Las personas más optimistas tienen mejores resultados, con un nivel de contraste sólido. (…) El pesimismo y la hostilidad cínica fueron indicadores importantes de cáncer.
Esto ha sido muy criticado, por ejemplo, por Barbara Ehrenreich. El peligro sería que se atribuyesen demasiados beneficios al optimismo y muchas personas descuidaran otros controles de su salud más efectivos.
Y no podría tampoco quedar sin crítica la opinión de Seligman sobre la inesperada crisis económica del 2008, que se atribuyó a un exceso de optimismo ante el imparable crecimiento económico (la burbuja que luego habría estallado).
La afirmación de que el optimismo ha causado la crisis es una sandez. Lo que ha ocurrido es todo lo contrario (…) El pesimismo vírico provocó la crisis económica
En cualquier caso, el éxito comercial de autores como Seligman (y otros de muchísimo menor prestigio profesional) se hace inevitable porque todos queremos ser felices o, cuando menos, mejorar nuestro “bienestar”. En su libro, se nos ofrecen algunas visiones del comportamiento humano en sociedad que parecen útiles para mejorar nuestra vida. Sobre todo lo parecen porque se relacionan con tendencias ya conocidas en otros tiempos.
Hay cuatro formas básicas de reacción, y solo una fortalece las relaciones (…) Activa y constructiva (…) Pasiva y constructiva (…) Activa y destructiva (…) Pasiva y destructiva
La buena es, claro, la “activa y constructiva”
Reaccionar de forma activa y constructiva (…) [consiste en que, por ejemplo,] escuche con atención cada vez que una persona que le importe le cuente algo bueno que le haya sucedido. Desvíese de su camino para reaccionar de forma activa y constructiva. Pida a la persona que reviva el acontecimiento con usted (…) Dedique mucho tiempo a reaccionar (ser lacónico es malo) (…) Si descubre que no se le da demasiado bien, planifíquelo con antelación
Las empresas con una ratio superior a 2,9:1 entre las frases positivas y negativas experimentan crecimiento económico. (…) [Por ejemplo,] los abogados [se pasan] el día peleando. Seguro que [sus] ratios son muy negativos, quizá de 1:3. Forma parte intrínseca de los litigios. (…) La abogacía es la profesión con los índices más elevados de depresión, suicidio y divorcio. (…) Las mismas estadísticas escuchando conversaciones de parejas durante fines de semana entero [dan los resultados de que] un 2,9: 1 significa que están abocadas al divorcio. Se necesita una ratio de 5:1 para predecir un matrimonio sólido
Ya existían manuales de urbanidad de hace varios siglos (de inspiración cristiana, impensables, por ejemplo, en el pensamiento grecolatino) que se referían a actuar de forma receptiva a las emociones ajenas (desarrollando el “ama a tu semejante como a ti mismo”). Quizá sea difícil controlar conscientemente la “ratio” que se refiere a las frases positivas y negativas (llamada “ratio de Losada”, y que ha sido objeto de fuertes críticas por otros especialistas), pero cualquiera puede observar estos fenómenos como síntomas evidentes de prosocialidad o antisocialidad (los vemos, por ejemplo, en el lenguaje agresivo de los delincuentes y en cómo contrasta con el lenguaje más propio de las personas de amplia cultura y alto cociente intelectual). Y algo que nos descubre la psicología es que el cambiar los “síntomas” afecta al origen de estos. Sonreír, aunque sea forzadamente, ayuda al optimismo. Otra cosa es que sea suficiente para obtener cambios decisivos…
Otra aportación valiosa de este libro es lo que se nos explica sobre la “indefensión aprendida”
Averiguamos que los animales (perros, ratas, ratones e incluso cucarachas) que se han visto indefensos en circunstancias perjudiciales luego se vuelven pasivos y se dan por vencidos en situaciones adversas. (…) Los animales humanos hacen lo mismo (…) En el experimento humano más paradigmático (…) los sujetos se dividen de forma aleatoria en tres grupos (…) Un grupo (el evitable) es víctima en una situación perjudicial pero no dañina, como por ejemplo un ruido ensordecedor. Cuando aprietan un botón que tienen delante el ruido desaparece, con lo cual su propio acto evita el ruido. Un segundo grupo (el inevitable) es impotente [para actuar y evitar el ruido] (…) La indefensión aprendida se define por el hecho de que nuestros actos no cambian la situación. (…) El tercer grupo (el de control) no experimenta esa situación. (…) En la segunda parte [del experimento] los tres grupos se encuentran con una “caja lanzadera”. Cuando una de las personas toca un lado de la caja, el ruido ensordecedor se activa. Si la persona desplaza la mano hasta el otro lado, el ruido se apaga. (…) Las personas del grupo inevitable tienden a permanecer inmóviles. Se quedan quietos y soportan el ruido hasta que se apaga solo. En la primera parte habían aprendido que sus actos no cambiaban la situación así que en la segunda parte, creyendo que sus actos tampoco cambiarían nada, no intentan apagar el ruido.
Este tipo de experimentos los podemos relacionar con la teoría del apego, e incluso con el surgimiento de muchos ritos religiosos, en los cuales el emprender cualquier acto deliberado e intencionado (una oración, un sacrificio, una liturgia) ya proporciona bienestar en el sentido de que se está convencido de que se ejerce control sobre lo que antes parecía incontrolable.
Como anécdota, Seligman menciona que algunas de sus aportaciones sobre este tipo de comportamientos inducidos parece que fueron de aprovechamiento para los psicólogos que asesoraban a los torturadores de Guantánamo. Esto no debe sorprendernos mucho: la psicología es una técnica como otra cualquiera, a pesar de que Seligman parece un poco preocupado por no parecer demasiado conformista.
Impartir cursos de ética a los estudiantes de [economía y finanzas] (…) a quienes lo único que les importa es hacerse ricos rápidamente, no servirá de nada (…) Si se enseñara un curso nuevo (…) sería (…) sobre psicología positiva (…) Si buscamos el bienestar no lo conseguiremos si solo nos interesan los logros
Lo cual no resulta convincente. El ambicioso puede decir que sí que le interesan los valores de crecimiento personal, pero también los logros…
La psicología positiva hace más felices a las personas. (…) Los elementos de la misma –felicidad, fluir, sentido, amor gratitud, logros, crecimiento, mejora de las relaciones- constituyen la base del crecimiento personal.
En el momento de escribir este libro para el gran público, Seligman quería corregirse un poco a sí mismo, pues antes propugnaba la teoría de la “auténtica felicidad” y ahora sostiene la del “bienestar” o “crecimiento personal”. El error en la búsqueda de la felicidad (“auténtica” o no) estaría en la habitual complicación de la ética utilitarista (“el mayor bien para el mayor número”).
La visión de la felicidad basada en el estado de ánimo relega al 50 % de la población mundial que tiene “afectividad con baja positividad” al infierno de la infelicidad (…) La decisión de construir un circo en vez de una biblioteca basándose en la felicidad que puede proporcionar tiene más en cuenta a quienes son capaces de disfrutar de un estado de ánimo alegre que a quienes no lo son tanto.
La “afectividad con baja positividad” no es una enfermedad, y lo que se mantiene en toda visión de la “psicología positiva” es la intención de utilizar los conocimientos de la ya más que centenaria psicología académica para ayudar a todas las personas.
Este libro le ayudará a crecer a nivel personal. Ya está, por fin lo he dicho. En el ejercicio de mi profesión me he pasado la vida evitando hacer promesas imprudentes como ésta.
Nada que objetar a tan magnífica intención viniendo además de alguien que ha llegado a ser presidente de la Asociación Estadounidense de Psicología. E igual que el buen médico nos recomienda alimentarnos bien, hacernos nuestras revisiones y practicar un poco de deporte, lo que propone Seligman es que, a fin de alcanzar el crecimiento personal y el bienestar, tengamos en cuenta
los cinco elementos [que] son la emoción positiva, la entrega [flujo], el sentido, las relaciones positivas y los logros
Estos elementos pueden agruparse en el acrónimo inglés “P-E-R-M-A” (Positivethinking-Engagement-Relationship-Meaning-Accomplishment):
A esto se suman las veinticuatro “fortalezas” (algo así como “virtudes”) que apuntalan los cinco elementos.
Una fortaleza personal presenta las siguientes características: -la sensación de que se trata de algo propio y auténtico; -la sensación de emoción al mostrarla (…); -una curva de aprendizaje rápida cuando la fortaleza se practica por primera vez; -el anhelo de encontrar nuevas formas de utilizarla; -la sensación de inevitabilidad para emplear esa fortaleza(…); -al utilizar la fortaleza se siente más enérgico en vez de agotado; -la creación y búsqueda de proyectos personales que giran a su alrededor; -alegría, emoción, entusiasmo, incluso éxtasis al utilizarla
La relación de las “veinticuatro fortalezas”:
Curiosidad/ Amor por el conocimiento/Pensamiento crítico/Originalidad/Inteligencia emocional/ Perspectiva/ Valor y valentía/ Laboriosidad/ Honestidad/Bondad y generosidad/ Amar y dejarse amar /Lealtad/ Imparcialidad y equidad/ Liderazgo/ Autocontrol/ Prudencia/ Humildad y modestia/ Disfrute de la belleza y la excelencia/ Gratitud /Optimismo/ Espiritualidad/ Perdón y clemencia/ Sentido del humor /Entusiasmo
Todo esto parece complicado a primera vista (y recuerda un poco a las clasificaciones de las virtudes aristotélicas), pero se complica mucho más a la hora de emprender una tarea concienzuda de ejercitación psicológica en busca del bienestar.
Escriba tres cosas que salieron bien durante ese día [en el que se realiza un ejercicio para mejorar el bienestar] y por qué fue así.(…) Al lado de cada acontecimiento positivo, responda a la pregunta “¿por qué se ha producido?” (…) Lo más probable es que se deprima menos, esté más contento y acabe siendo adicto al ejercicio en el plazo de seis meses.
Dedique un momento concreto para ejercitar una o más de sus fortalezas personales de una forma nueva, ya sea en el trabajo, en casa o en su tiempo libre (…) Por ejemplo: -si su fortaleza personal [más asequible] es la creatividad, una noche podría dedicar dos horas para empezar a trabajar en un guión; (…) –si considera que el autocontrol es una de sus fortalezas, podría ejercitarse en el gimnasio algún día por la tarde en vez de ver la tele
Esto son solo ejemplos. Uno puede emprender, con la ayuda del terapeuta, toda una organización personal de actividades centrada en el desarrollo de sus “fortalezas” y los elementos del bienestar.
Y no hay porqué dudar de que se obtengan buenos resultados…
[En] el estudio de “Consumer Reports” (1995) sobre la eficacia de la psicoterapia (…) empleando herramientas estadísticas complejas en un estudio multitudinario, [se] llegó a la conclusión de que la psicoterapia daba buenos resultados en general pero que, sorprendentemente, los beneficios no eran específicos de un tipo de terapia concreto ni de un tipo de trastorno especial.
Así que casi todo vale, lo cual explica por qué coexisten tantos sistemas diferentes de terapia e incluso por qué funcionan tan bien muchos sistemas de ayuda psicológica no profesionales (por ejemplo, Alcohólicos Anónimos… o las congregaciones religiosas). Y a lo mejor Seligman es el mejor, pero desde luego no es el único que puede ayudarnos a buscar el bienestar.
Sin embargo, Seligman ha sido atacado por fomentar en exceso el optimismo del “pensamiento positivo”, al que se atribuirían demasiados beneficios, por ejemplo, sobre la salud y el éxito social.
¿Hasta qué punto (…) el optimismo predice la mortalidad general, las enfermedades cardiovasculares, la función inmune y el cáncer? (…) Las personas más optimistas tienen mejores resultados, con un nivel de contraste sólido. (…) El pesimismo y la hostilidad cínica fueron indicadores importantes de cáncer.
Esto ha sido muy criticado, por ejemplo, por Barbara Ehrenreich. El peligro sería que se atribuyesen demasiados beneficios al optimismo y muchas personas descuidaran otros controles de su salud más efectivos.
Y no podría tampoco quedar sin crítica la opinión de Seligman sobre la inesperada crisis económica del 2008, que se atribuyó a un exceso de optimismo ante el imparable crecimiento económico (la burbuja que luego habría estallado).
La afirmación de que el optimismo ha causado la crisis es una sandez. Lo que ha ocurrido es todo lo contrario (…) El pesimismo vírico provocó la crisis económica
En cualquier caso, el éxito comercial de autores como Seligman (y otros de muchísimo menor prestigio profesional) se hace inevitable porque todos queremos ser felices o, cuando menos, mejorar nuestro “bienestar”. En su libro, se nos ofrecen algunas visiones del comportamiento humano en sociedad que parecen útiles para mejorar nuestra vida. Sobre todo lo parecen porque se relacionan con tendencias ya conocidas en otros tiempos.
Hay cuatro formas básicas de reacción, y solo una fortalece las relaciones (…) Activa y constructiva (…) Pasiva y constructiva (…) Activa y destructiva (…) Pasiva y destructiva
La buena es, claro, la “activa y constructiva”
Reaccionar de forma activa y constructiva (…) [consiste en que, por ejemplo,] escuche con atención cada vez que una persona que le importe le cuente algo bueno que le haya sucedido. Desvíese de su camino para reaccionar de forma activa y constructiva. Pida a la persona que reviva el acontecimiento con usted (…) Dedique mucho tiempo a reaccionar (ser lacónico es malo) (…) Si descubre que no se le da demasiado bien, planifíquelo con antelación
Las empresas con una ratio superior a 2,9:1 entre las frases positivas y negativas experimentan crecimiento económico. (…) [Por ejemplo,] los abogados [se pasan] el día peleando. Seguro que [sus] ratios son muy negativos, quizá de 1:3. Forma parte intrínseca de los litigios. (…) La abogacía es la profesión con los índices más elevados de depresión, suicidio y divorcio. (…) Las mismas estadísticas escuchando conversaciones de parejas durante fines de semana entero [dan los resultados de que] un 2,9: 1 significa que están abocadas al divorcio. Se necesita una ratio de 5:1 para predecir un matrimonio sólido
Ya existían manuales de urbanidad de hace varios siglos (de inspiración cristiana, impensables, por ejemplo, en el pensamiento grecolatino) que se referían a actuar de forma receptiva a las emociones ajenas (desarrollando el “ama a tu semejante como a ti mismo”). Quizá sea difícil controlar conscientemente la “ratio” que se refiere a las frases positivas y negativas (llamada “ratio de Losada”, y que ha sido objeto de fuertes críticas por otros especialistas), pero cualquiera puede observar estos fenómenos como síntomas evidentes de prosocialidad o antisocialidad (los vemos, por ejemplo, en el lenguaje agresivo de los delincuentes y en cómo contrasta con el lenguaje más propio de las personas de amplia cultura y alto cociente intelectual). Y algo que nos descubre la psicología es que el cambiar los “síntomas” afecta al origen de estos. Sonreír, aunque sea forzadamente, ayuda al optimismo. Otra cosa es que sea suficiente para obtener cambios decisivos…
Otra aportación valiosa de este libro es lo que se nos explica sobre la “indefensión aprendida”
Averiguamos que los animales (perros, ratas, ratones e incluso cucarachas) que se han visto indefensos en circunstancias perjudiciales luego se vuelven pasivos y se dan por vencidos en situaciones adversas. (…) Los animales humanos hacen lo mismo (…) En el experimento humano más paradigmático (…) los sujetos se dividen de forma aleatoria en tres grupos (…) Un grupo (el evitable) es víctima en una situación perjudicial pero no dañina, como por ejemplo un ruido ensordecedor. Cuando aprietan un botón que tienen delante el ruido desaparece, con lo cual su propio acto evita el ruido. Un segundo grupo (el inevitable) es impotente [para actuar y evitar el ruido] (…) La indefensión aprendida se define por el hecho de que nuestros actos no cambian la situación. (…) El tercer grupo (el de control) no experimenta esa situación. (…) En la segunda parte [del experimento] los tres grupos se encuentran con una “caja lanzadera”. Cuando una de las personas toca un lado de la caja, el ruido ensordecedor se activa. Si la persona desplaza la mano hasta el otro lado, el ruido se apaga. (…) Las personas del grupo inevitable tienden a permanecer inmóviles. Se quedan quietos y soportan el ruido hasta que se apaga solo. En la primera parte habían aprendido que sus actos no cambiaban la situación así que en la segunda parte, creyendo que sus actos tampoco cambiarían nada, no intentan apagar el ruido.
Este tipo de experimentos los podemos relacionar con la teoría del apego, e incluso con el surgimiento de muchos ritos religiosos, en los cuales el emprender cualquier acto deliberado e intencionado (una oración, un sacrificio, una liturgia) ya proporciona bienestar en el sentido de que se está convencido de que se ejerce control sobre lo que antes parecía incontrolable.
Como anécdota, Seligman menciona que algunas de sus aportaciones sobre este tipo de comportamientos inducidos parece que fueron de aprovechamiento para los psicólogos que asesoraban a los torturadores de Guantánamo. Esto no debe sorprendernos mucho: la psicología es una técnica como otra cualquiera, a pesar de que Seligman parece un poco preocupado por no parecer demasiado conformista.
Impartir cursos de ética a los estudiantes de [economía y finanzas] (…) a quienes lo único que les importa es hacerse ricos rápidamente, no servirá de nada (…) Si se enseñara un curso nuevo (…) sería (…) sobre psicología positiva (…) Si buscamos el bienestar no lo conseguiremos si solo nos interesan los logros
Lo cual no resulta convincente. El ambicioso puede decir que sí que le interesan los valores de crecimiento personal, pero también los logros…
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