miércoles, 5 de mayo de 2021

“Pensamiento moral postconvencional”, 1999. Rest, Narvaez, Bebeau y Thoma

  El descubrimiento de Lawrence Kohlberg –tomando como modelo a Piaget- de que se puede describir la evolución moral del individuo en sociedad como una serie de etapas de moralidad “preconvencional”,“convencional” y “postconvencional” (que corresponden básicamente a egoísmo, seguir las normas del momento y desarrollar una ética racional y objetiva) supuso una revolución en la psicología de la moralidad. Los profesores James Rest, Darcia Narvaez, Muriel Bebeau y Stephen J. Thoma, discípulos de Kohlberg, han tratado de perfeccionar el modelo de su maestro.

En este libro reconocemos los particulares problemas filosóficos y psicológicos de la teoría y metodología de Kohlberg, pero proponemos una reformulación, una visión “neo-kohlbergiana”. Empleando las ideas nucleares de la teoría y el método de Kohlberg, la investigación con el Test de Cuestiones Definitorias –DIT- ha producido un gran número de hallazgos (p. vii)

  Kohlberg obtuvo sus apreciaciones de las actitudes morales a partir de entrevistas con numerosos voluntarios que mostraban su actitud moral, particularmente con respecto a dilemas –como el famoso de “Heinz”-, pero los autores de este libro desarrollaron el test DIT que implica un tratamiento más metódico de la actitud individual ante los dilemas morales.

El Test de Cuestiones de Definitorias –DIT- es una tarea de lápiz y papel que presenta a los participantes seis dilemas morales; cada dilema es seguido por doce cuestiones relacionadas con la resolución del dilema. (…) Todas las cuestiones del DIT se basan en lo que los sujetos habían realmente dicho en entrevistas al estilo Kohlberg (p. 48)

  Los dilemas morales son de varios tipos pero todos muy accesibles. Está el de “Heinz” (un hombre roba un medicamento para salvar la vida de su esposa) y otros como el de delatar a la policía a un vecino del que descubrimos que es un fugitivo de la justicia pero que lleva muchos años viviendo como un magnífico ciudadano y amigo. En este segundo caso, por ejemplo, se presentan las siguientes opciones: 

¿Al dejar escapar a alguien de su castigo por un delito, no estamos alentando a que se cometan más delitos?

¿De qué forma se serviría mejor al bien público [delatando al delincuente fugado de la justicia aparentemente rehabilitado o dejándolo en paz]? (p. 49)

  La respuesta a cada dilema puede darse desde diferentes puntos de vista. Desde el convencional, nuestra preocupación sería contravenir o no las normas establecidas –lo que podría conllevar el reproche o el halago por parte del entorno- pero el más importante siempre es el punto de vista postconvencional: ¿qué acción será más contraria al bien común? El ideal de la moralidad postconvencional siempre será el posicionamiento más controvertido: la justicia objetiva, racional e imparcial.

  Usando métodos mejorados, se han obtenido resultados un tanto diferentes.  Por ejemplo, en lugar de “etapas morales” resulta más acertado referirse a “esquemas morales”.

El término esquema se refiere a una estructura de conocimiento general que reside en la memoria a largo plazo que es invocada (o activada) por estímulos actuales de configuraciones que reflejan los estímulos previos. La cognición parte de la observación de que la gente percibe similitudes y recurrencias en sus experiencias y las codifica en su memoria. Las similitudes y recurrencias son la base para construir estructuras cognitivas que son después elaboradas en topologías, sistemas de creencias, teorías y visiones del mundo.  (p. 136)

Describimos el desarrollo en el juicio moral en términos de adquirir esquemas como soluciones para crear un sistema de cooperación a nivel social. El indicador del test DIT [nivel moral] es especialmente sensible al cambio de mantener las normas en el esquema postconvencional. Este cambio [a lo postconvencional] en el esquema moral está acompañado por un cambio en la actitud hacia la autoridad (cambiar del apoyo incuestionable a mantener que las autoridades han de ser puestas en cuestión). Además, hay también un cambio en actitudes acerca de la importancia de mantener las normas sociales establecidas (cambio de apoyar todas las prácticas establecidas a apoyar solo aquellas prácticas que sirven a los ideales morales compartidos por la comunidad). En consecuencia, el desarrollo en el juicio moral se ve acompañado por cambios en actitud política. (p. 111)

El test DIT puede ser visto como un mecanismo de activación de los esquemas morales de la memoria a largo plazo para procesar lo que se encuentra en la memoria de trabajo. Los dilemas y cuestiones sirven para activar esquemas morales si el sujeto los ha desarrollado. Esto es, hasta el punto en que el sujeto ha adquirido los esquemas postconvencionales mediante el desarrollo, el test DIT los activa. (p. 142)

  Éste es uno de los aspectos más innovadores: la mente de quien ejerce el juicio moral se forma cognitivamente -la gente percibe similitudes y recurrencias en sus experiencias y las codifica en su memoria-  dando lugar a esquemas que pueden aplicarse a situaciones nuevas. Tales esquemas son también los que darían lugar a su vez a actitudes “políticas”: apreciaciones morales a nivel social que promueven cambios culturales, de costumbres. Pensemos en la igualdad entre hombres y mujeres, la protección social de los desfavorecidos o los derechos de las minorías. Y todo esto entra dentro de lo “postconvencional”, pues todo cambio supone inconformismo con respecto a lo establecido –lo “convencional”-.   

   En este punto, conviene señalar que los autores hacen una importante distinción de ámbitos de la moralidad.

De la misma forma que en el campo de la economía se hace la distinción entre macroeconomía y microeconomía, también es útil distinguir entre fenómenos de macromoralidad y micromoralidad. La macromoralidad tiene que ver con las estructuras formales de la sociedad que están implicadas en hacer posible la cooperación a nivel social (en el cual no solo los parientes, amigos y conocidos están interrelacionados, sino también los extraños, competidores y diversos clanes, grupos étnicos y religiosos). Ejemplos de estas cuestiones de macromoralidad son los derechos y responsabilidades de la libre expresión, derechos de los acusados, prácticas laborales no discriminatorias, libertad de religión e igualdad económica y en oportunidades de educación. Por otra parte, la micromoralidad se refiere a desarrollar relaciones con otros particulares creando virtudes consistentes en relación con ellos a lo largo de la vida diaria. Ejemplos de micromoralidad son mostrar cortesía y ayuda a aquellos con los cuales uno interactúa personalmente y cuidar las relaciones íntimas (p. 2)

La macromoralidad se centra en las estructuras formales de la sociedad (leyes, roles, instituciones, prácticas generales), mientras que la micromoralidad se centra en los tratos personales diarios cara a cara (p. 15)

  La conclusión de estos autores va en un sentido más “político” que el de Kohlberg. Básicamente, Kohlberg, como Piaget, consideraba que la persona pasa por unas etapas de apreciación de sus relaciones morales paralela al desarrollo biológico: egoísmo en la infancia, sometimiento a los intereses del grupo –el “grupo de pares”- en la adolescencia y posibilidades de madurez personal y moral a partir de entonces –lo “postconvencional”-. Los autores de este libro parecen fijarse más en el entorno social en el sentido político. 

Las características definitorias del pensamiento postconvencional se refieren a que los derechos y deberes se basan en ideales a compartir por quienes organizan la cooperación en sociedad, y que están abiertos a debate y pruebas de su consistencia lógica, experiencia de la comunidad y coherencia con su práctica aceptada (p. 41)

  Los posicionamientos políticos se ven como posicionamientos morales. Hay opciones políticas más morales que otras.

A medida que la gente se desarrolla desde una orientación moral convencional a una postconvencional, cambia en su orientación política. (…) Cambia de una orientación al deber a una orientación a los derechos. La gente no nace simplemente en una cultura que los orienta al deber o a los derechos a lo largo de todas sus vidas. No afirmamos que solo el desarrollo personal afecta a la orientación moral o las actitudes políticas. No negamos otras fuentes de variación, como el impacto de las ideologías de grupo que son diferentes según las diferencias culturales, familiares o de subgrupo (...). De hecho, la literatura sobre la socialización política sugiere que el aprendizaje social juega un importante papel en la adquisición de actitudes políticas. Sin embargo, consideramos que al menos parte de la variación es de desarrollo personal. (p. 92)

  Es decir, hay un desarrollo personal moral, que se produce por determinados factores que inciden en el individuo y que es el que da lugar a los cambios culturales en el sentido moral y que no dependen necesariamente del aprendizaje social. Definir cuál es el factor primero y más influyente para la evolución moral es obviamente lo más importante si queremos promover que esta evolución continúe en el sentido más prosocial posible.

  El posicionamiento político moralmente más avanzado sería el del progresismo: humanitarismo democrático, igualitarismo económico y social, derechos humanos y asistencia mutua.

Comprender el desarrollo del juicio moral es crucial para comprender la gran divisoria ideológica entre ortodoxia y progresismo (p. 7)

  Aunque no se menciona en este libro, está claro que un idealismo político profundamente igualitario puede acabar llevando a disparatados radicalismos del tipo “el fin justifica los medios” (que es, esencialmente, una determinada pauta de soluciones a los dilemas morales). Por lo tanto, de lo que se trata es de descubrir los factores del entorno cuyo desarrollo lleva al avance moral en los individuos que, consecuentemente, se comportan después como progresistas políticos y no tanto de su adhesión a idearios partidistas.

El desarrollo es más un asunto de riqueza de experiencia y experiencias estimulantes que el mero paso de los años (p. 125)

El nivel de educación formal es el predictor más fuerte de los resultados del test DIT  (p. 70)

La experiencia universitaria parece ser muy efectiva en promover el desarrollo del juicio moral, parece que los estudiantes reexaminan sus pensamientos acerca de la base moral de la sociedad y valoran el razonamiento postconvencional cada vez más  (p. 73)

  Se utiliza el término “intervención” al referirnos a las iniciativas que podrían mejorar moralmente al individuo. Recordemos las iniciativas que se llevan a cabo con jóvenes delincuentes a fin de desarrollar su civismo (su mejora moral): en ese caso concreto las intervenciones van desde instarlos a leer novelas de temática social a confrontar a los jóvenes con las víctimas de sus delitos. Pero las “intervenciones” pueden afectarnos a todos e incluso podemos experimentar con ellas. Un sujeto cualquiera puede pasar por una “intervención” en condiciones de laboratorio de psicología y luego tal intervención puede verse reflejada en un test DIT.

El tipo de intervención que tiene de forma consistente el mayor efecto [de expandir la capacidad moral según el test DIT] es la intervención de “discusión de dilemas” (p. 74)

La clase de intervención que mostraba la ganancia más baja en puntuaciones del test DIT era el curso académico tradicional (historia, estudios sociales, literatura) (p. 74)

  Naturalmente, los cambios morales, que en la mayoría de las personas abarcan una vida entera, no se producen tan fácilmente.

Las intervenciones de menos de tres semanas no producen ganancias significativas en el test DIT  (p. 74)

  La transformación moral, como se puede esperar, es un proceso arduo, pero este libro post-kohlbergiano tiene el acierto de describir el avance moral más como un proceso participativo y dinámico que como un mero proceso biológico-evolutivo (infancia, juventud, madurez…) que era un poco como lo veían Piaget y Kohlberg.

Las experiencias cognitivo-intelectuales están muy vinculadas al juicio moral (p. 126)

  ¿Qué experiencias en concreto? Pueden ser de todo tipo, solo hay que encontrar el marco adecuado para desarrollarlas. Una sugerencia: las “intervenciones” podrían verse más como un sistema de organización social –intervenciones sistemáticas, socialmente organizadas- que como un acontecimiento azaroso y puntual en la experiencia de los individuos. En parte, ya es así en la educación académica –en sus diversos grados-, cuya importancia se subraya pero, por ejemplo, no tenemos un mecanismo de educación sistemática en el sentido de ejercitarnos con la “discusión de dilemas” a nivel social. Lo más parecido en el pasado fue la predicación religiosa de las doctrinas más moralistas (con sus proverbios, parábolas y mandamientos...).

Lectura de  “Postconventional Moral Thinking” en Lawrence Erlbaum Associates, Inc  1999; traducción de idea21

domingo, 25 de abril de 2021

“Serpientes con traje”, 2019. Babiak y Hare

  Un psicópata es una persona con ciertas peculiaridades mentales que determinan negativamente su comportamiento social, la interactuación con sus semejantes. A diferencia de los autistas, que también tienen graves problemas en sus relaciones sociales, los psicópatas carecen de empatía y, además, funcionan básicamente como parásitos y depredadores sociales: son individuos antisociales que siguen a rajatabla la lógica de buscar el propio interés (algo que biológicamente parece tener sentido). Básicamente, son “malas personas”.

Lo que hace única a la psicopatía es que sus rasgos y características definitorias llevan a comportamientos que entran en conflicto con las normas y leyes generalmente aceptados de la sociedad (Introducción)

  La primera edición de este libro -Snakes in Suits-  de los psicólogos Paul Babiak y Robert D Hare alcanzó bastante popularidad por informarnos de que, tras realizarse tests psicológicos específicos, se descubrió que entre los ejecutivos de las grandes empresas la proporción de psicópatas cuadriplica el promedio habitual. 

Aproximadamente el 1 % de la población en general y el 15% de los delincuentes encarcelados cumplen los criterios de investigación por psicopatía que se describen en este libro (Capítulo 2)

En nuestra investigación original con 203 ejecutivos con alto potencial (…) encontramos alrededor de un 3.9% que encajaban con el perfil del psicópata tal como lo mide el test (Capítulo 8)

  Con ello, muchos encontraron confirmación de la perversidad del mundo empresarial. A nadie sorprende que la psicopatía aparezca en el 15% de la población penitenciaria, pero una proporción tan alta entre los privilegiados económicos que son los principales responsables de la prosperidad de todos resulta alarmante. Posteriormente –no se menciona en este libro- se detectó un promedio parecido entre nada menos que los agentes de policía.

  Los autores, sin embargo, afirman que, si bien es cierto que los psicópatas son relativamente abundantes en el mundo de los altos ejecutivos, eso no quiere decir que tales individuos lleven a cabo un buen desempeño de sus funciones profesionales. La realidad es que un psicópata es un parásito, no un factor eficiente del mundo empresarial. La paradoja se encuentra en que muchas veces son seleccionados porque se les identifica erróneamente como ejecutivos eficientes sin serlo. Y la conclusión resulta ser que, no siendo eficientes, parecen especialmente dotados para fingir serlo.

La pobreza emocional de los psicópatas –esto es, su incapacidad para sentir emociones humanas normales y su falta de consciencia- puede ser confundida con otras habilidades ejecutivas, específicamente la habilidad de tomar decisiones duras, de mantener las emociones bajo control y permanecer frio bajo el fuego (Capítulo 8)

Hoy sabemos que algunas organizaciones buscan activamente y reclutan individuos con al menos una dosis moderada de rasgos psicopáticos (Capítulo 8)

Los psicópatas –como los grandes líderes- toman graves riesgos (Capítulo 8)

Es muy fácil confundir los rasgos psicopáticos con rasgos específicos de liderazgo (Capítulo 9)

  ¿Y por qué los psicópatas no pueden ser profesionales eficientes? Pues porque, aparte de sus siniestras tendencias antisociales, cuentan con otras características psicológicas que suelen acompañarlas y que resultan muy poco productivas dentro de nuestro sistema económico. 

Los psicópatas típicamente no tienen carreras o metas en la vida a largo plazo (Capítulo 3)

Incluso los psicópatas que eligen una carrera criminal carecen de claras metas y objetivos (…) Esto es un resultado de su impulsividad, escaso control del comportamiento y baja tolerancia de la frustración (Capítulo 3)

Es difícil imaginar que un psicópata trabaje diligentemente de nueve a cinco en la esperanza de convertirse en jefe al cabo de cinco o seis años (Capítulo 5)

La característica más debilitante de incluso el psicópata de mejor comportamiento es la incapacidad para formar un equipo operativo. Esto sucede entre la gente de negocios narcisista y maquiavélica tanto como en los psicópatas (Capítulo 11)

La meta [del psicópata] es conseguir dinero y poder porque se sienten con derecho a ello –no a cambio de trabajo real (Capítulo 11)

  Es decir, son impulsivos, erráticos, impacientes, perezosos y no sirven para trabajar en grupo, de modo que rara vez pueden resultar dirigentes eficaces a pesar de que muchos de ellos son muy inteligentes. Y aun así, se abren paso en el mundo empresarial…

Las organizaciones [empresariales] se han hecho más afines a los psicópatas en los últimos años. Un crecimiento rápido de los negocios, un tamaño en aumento, frecuentes reorganizaciones, fusiones, adquisiciones y joint ventures han inadvertidamente incrementado el número de oportunidades de empleo atractivas para los individuos con personalidades psicopáticas (…) La naturaleza [de los psicópatas] de búsqueda de emociones los lleva a situaciones donde hay muchos estímulos: está sucediendo mucho y está sucediendo rápido. (…) Ellos pueden capitalizar la menor dependencia a políticas y normas firmes, y la creciente necesidad de una libre toma de decisiones que caracterizan las organizaciones en un estado caótico. Y, como buscadores de poder, se aprovechan de los individuos psicológicamente y emocionalmente debilitados debido al caos de formas que no siempre son obvias. En particular, la oportunidad de lograr un liderazgo o una posición de mando es extremadamente atractiva porque estas posiciones ofrecen a los psicópatas una oportunidad para ejercer control sobre la gente y sus recursos, tienden a no requerir implicación en los detalles y permiten obtener salarios por encima del promedio. Debido a que la habilidad de un líder para hacer que la gente haga cosas es con frecuencia más importante que sus capacidades técnicas para hacer tareas, los psicópatas que carecen de experiencia real de trabajo no están en desventaja (…) Lo más importante es que pueden pasar desapercibidos en el caos (Capítulo 7)

Dudamos de que los individuos psicópatas durarían mucho, o serían muy exitosos, en una burocracia tradicional altamente estructurada (…) Los psicópatas son violadores de normas generalizados (Capítulo 5)

  Así que las noticias malas son dos: que los psicópatas están entre nosotros para perjuicio de todos y que el sistema empresarial dominante está creando hábitats afines a este tipo de lamentable subespecie.

  Una solución es cambiar de sistema socio-económico. Si los psicópatas no pueden prosperar en los sistemas más organizados y racionales, entonces promover tal tipo de entornos productivos los dejaría fácilmente al descubierto (al igual que sucede cuando a un delincuente común se le saca del mundo del hampa, otro hábitat bueno para los psicópatas). Pero eso resulta un poco utópico a estas alturas.

  La otra solución, la que promueven los autores, es aprender a detectarlos.

Nuestra intención era construir un instrumento que midiera la psicopatía a través de los comportamientos, juicios y actitudes sutiles y con frecuencia encubiertos de los psicópatas dentro de las corporaciones que escapan a la percepción de los gestores (Capítulo 10)

   A primera vista, los tests que ellos utilizan parecen un poco ingenuos. Ningún psicópata va a delatarse respondiendo afirmativamente a preguntas como “¿tienes sentido grandioso de tu autoestima?”, “¿eres persona mentirosa?”, “¿eres persona estafadora o manipuladora?” Sobre todo porque una característica esencial del comportamiento psicopático es el engaño, la falsedad y la manipulación. 

Las fases que componen el estilo de vida parasitario de muchos psicópatas: evaluación de la utilidad potencial, debilidades y defensas del individuo [al que pueden manipular para su provecho]; el uso del control para congraciarse con el individuo y extraer sus recursos; y el abandono, la fase en la cual el individuo ya no es de utilidad para el psicópata (Capítulo 12)

  Por supuesto, si los tests se hacen de forma anónima entre muchos individuos –que es como obran los autores- entonces es cuando sí hay posibilidades de detectarlos estadísticamente… pero, lógicamente, al ser el estudio anónimo éste no permite identificar al psicópata en cuestión.

  Más podría ayudar en la identificación el determinar algunas características más difíciles de ocultar, que incluso pueden parecer triviales, como tendencia a la promiscuidad sexual, problemas de conducta durante la infancia, falta de objetivos realistas a largo plazo, impulsividad o el abuso de drogas o alcohol. Con todo, todas estos marcadores identificativos son “circunstanciales” –aisladamente pueden darse en cualquier persona no psicópata. Y recuérdese que hoy en día es habitual que las personas célebres presuman de haber sido “niños rebeldes”, o de haber tenido muchas aventuras sexuales en su juventud o incluso haber abusado de drogas o alcohol.

  Hay muchos otros detalles…

Por ejemplo, [los psicópatas] pueden ser conversadores animados, usar muchos movimientos de las manos (quizá como una distracción de lo que están diciendo), expresar lo que parecen sonrisas genuinas y usar lenguaje agresivo para ganar dominio sobre otros (Capítulo 11)

Los psicópatas tienden a sobrerreaccionar en respuesta a insultos personales percibidos o cuando se les da un respeto insuficiente (Capítulo 11) 

Se ha usado un programa informático para medir las variables acústicas en el habla de los psicópatas (…) Los psicópatas ponían el mismo énfasis (amplitud de voz) en las palabras emocionales y neutrales, mientras que otros delincuentes [estos estudios se han hecho SOLO con psicópatas delincuentes] ponían más énfasis en las palabras emocionales que en las neutrales (…) Comparados con otros delincuentes, los psicópatas hacían muchas afirmaciones contradictorias e ilógicas. Con frecuencia desvariaban, saltando de un tema a otro y dando respuestas contradictorias y descabaladas a preguntas simples, particularmente a las que se refieren a sucesos emocionales (…) Comparados con otros delincuentes, los psicópatas usaban más interrupciones (como “umm”, “er”), comodines (“sabes”, “quiero decir”) y pronombres personales, haciendo menos referencias a otras personas (nombres personales, familia) y eran menos emocionalmente expresivos (palabras referentes a ira o ansiedad). Los mejores predictores del test eran una baja frecuencia de palabras relativas a la ansiedad y un uso más frecuente de los pronombres personales (Capítulo 12)

  Este último párrafo referido al uso del lenguaje, sin embargo, está limitado al estudio de psicópatas entre la población penitenciaria.

  Otros posibles marcadores que en este libro ni se mencionan son más discutibles. Algunos han creído observar que una característica psicopática propia es una falta de autoconciencia paralela a la falta de empatía, de modo que un psicópata no desarrollaría actividades referidas a la expresión de emociones y sentimientos introspectivos, como llevar un diario, hacer confidencias o incluso leer novelas (Hitler ni llevaba un diario ni leía novelas ni tenía amigos íntimos, ¿era un psicópata?).

    En conjunto, los psicópatas no solo son una minoría, sino que, puesto que buena parte de su comportamiento puede no tener un origen genético sino ambiental, es de suponer que en una sociedad mejor serán aún más escasos del 1% (casi todos varones, por cierto, pues sus rasgos son bastante coincidentes con la masculinidad extrema). Incluso entonces, los pocos que tengan tales rasgos de conducta innatos podrían ser fácilmente detectados y monitorizados: en una sociedad menos acorde con su estilo de actuación agresivo y egoísta llamarían mucho –y muy desagradablemente- la atención. Hoy, en cambio, muchos rasgos psicopáticos –la audacia, la ambición, el amor propio- son incluso admirados.

  El éxito social de los psicópatas puede ser un referente del éxito o el fracaso de la prosocialidad. En un deseable futuro la psicopatía sería solo un trastorno residual de poca importancia.

Lectura de “Snakes in Suits” en HarperCollins 2019; traducción de idea21

jueves, 15 de abril de 2021

“La psicología del comportamiento religioso”, 1997. Beit-Hallahmi y Argyle

   Los psicólogos Benjamin Beit-Hallahmi y Michael Argyle hacen una descripción del comportamiento religioso centrado particularmente en la religiosidad occidental contemporánea. Si bien el comportamiento religioso tiene orígenes muy remotos, el examen de la religiosidad contemporánea es prioritario puesto que se trata de la religiosidad que tenemos más cerca y que muchos de nosotros hemos vivido. También parece ser la más evolucionada y podría por tanto darnos buenas indicaciones acerca del futuro de la religión.

[Los] ideales de caridad y humildad llevan a continuos milagros de devoción y altruismo. Parece que solo la religión ha sido capaz de producir estos ejemplos de servicio desprendido a los demás (p. 2)

  Estas religiones prosociales –de “servicio desprendido a los demás“- son hoy día la concepción predominante. Pero las religiones primitivas –las del hombre originario- eran más sencillas.

[En las] culturas preliterarias (…) los rituales religiosos son capaces de aumentar la cohesión social entre grupos de hombres que van a emprender misiones peligrosas de caza o pesca, donde ellos van a depender mucho unos de otros  (p. 54)

  Es decir, funcionaban a modo de “desarrollo de espíritu de equipo” –cohesión social- pero no estaban implicadas en la mejora moral.

La principal contribución de la religión a la supervivencia (…) está en la creación de cohesión de grupo y apoyo social  (p. 93)

  Los humanos somos animales sociales. No somos los únicos: los ciervos, los lobos y las hormigas también lo son, y estas criaturas no tienen religión. ¿Por qué el animal social “Homo sapiens” tiene religión y los lobos o las focas no?  Pues porque “Homo sapiens” no solo es animal social, es también animal cultural y se manipula a sí mismo –es decir, a sus propios instintos- mediante estrategias cada vez más complejas transmitidas a lo largo de generaciones, lo que le permite sacar más partido, entre otras cosas, a su capacidad de cohesión social.  Y hay una clara relación entre la mayor capacidad social y la religión.

La religión [es] un importante complejo de control de los instintos (p. 16)

   No se conoce ningún caso de sociedad humana sin religión y es probable que los prehumanos –neanderthales o erectus- ya tuviesen algún comportamiento de este tipo. Tengamos en cuenta que el ritual –tan importante en la religión- tiene precedentes directos en el comportamiento animal (por ejemplo, gesticulaciones de intimidación de macho dominante a dominado o comportamientos tranquilizadores como quitarse parásitos unos a otros).

La herencia humana evolutiva puede incluir rituales que reduzcan la agresión y produzcan sobrecogimiento y subordinación, [ya] observados entre los animales (p. 13)

   Con el desarrollo civilizatorio, la sociedad humana ha incorporado a la religión elementos doctrinales, morales, trascendentes… A nosotros, en concreto, nos interesan las religiones más prosociales: las que impulsan el progreso moral y nos convierten en menos agresivos y más cooperativos hasta el punto de aspirar al “Reino de Dios en la Tierra”.

  Para empezar, la concepción religiosa contemporánea incluye la ideología.

La religión es claramente una ideología, queriendo decir “esa parte de la cultura que está activamente preocupada por el establecimiento y defensa de patrones de creencias” (Geertz) Pero es claramente diferente de todas las ideologías que conocemos  (p. 5)

  Básicamente se trata de una ideología que implica una visión trascendente de la realidad humana con una fuerte carga emocional, con un contenido simbólico y que es puesta al servicio del bien común. Pero no debemos tampoco creer que la visión cristiana –compasiva, intimista, ética- es universal en las religiones civilizadas.

Cuando [musulmanes y judíos de Próximo Oriente] eran preguntados sobre “emoción religiosa” los individuos mencionaban sucesos históricos, colectivos que habían experimentado tales como triunfos militares o grandes desastres. Ninguno informó de tales experiencias en soledad (…) Esto es un claro efecto de las tradiciones culturales. Parece que las tradiciones judías y musulmanas llevan a concepciones y expectativas totalmente diferentes de experiencia religiosa [con respecto a las cristianas].  (p. 96)

[Si nos atenemos a las] experiencias relatadas [por creyentes de determinadas religiones] (…) muchas de ellas (un sentimiento de paz profunda, una certeza de que todas las cosas funcionarán para bien, sentido de mi propia necesidad de contribuir a otros) no serían consideradas religiosas en muchas culturas   (p. 96)

   Parece claro que, en todo caso, en la cultura cristiana contemporánea ser religioso nos beneficia emocionalmente e incluso socialmente.

La religión produce grandes beneficios en términos de felicidad individual (p. 155)

La religión ofrece primero compensación psicológica mediante la fantasía, y después sociabilidad, comunidad y sentimiento de poder, y una experiencia de pertenencia y aceptación, todo lo cual sirve para reducir la frustración  (p. 28)

Los beneficios de la religión para los individuos aparentemente vienen de las creencias que proporcionan paz mental, mandamientos que llevan a una vida más disciplinada y el apoyo explícito a una familia estable (…) El compromiso religioso puede ser una respuesta efectiva a la soledad individual y a la dislocación social  (p. 207)

  Esto es objetivamente algo bueno. Algo que deberíamos preservar. Ahora bien, como sucede con muchas cosas socialmente buenas –el trabajo industrial y los impuestos, por ejemplo-, también implica inconvenientes. Lo inteligente es, pues, quedarnos con lo positivo y prescindir de lo negativo, que es como suele funcionar la evolución cultural. 

  ¿Qué es lo negativo de la religión occidental actual?

La religiosidad está vinculada al etnocentrismo, discriminación, prejuicio e ideas antidemocráticas (p. 243)

A la vez que todas las tradiciones religiosas enfatizan la importancia del libre albedrío y la actuación humana en tomar elecciones libres acerca de los compromisos religiosos, todas se aseguran de crear estructuras que llevan solo a unos resultados en particular, propiamente al compromiso religioso por parte de los hijos nacidos dentro de una tradición (p. 109)

  Y, por encima de todo: una sociedad avanzada que predique la libertad, la inteligencia y el avance tecnológico (económico) no puede sostener creencias en seres sobrenaturales por mucho tiempo. Objetivamente, las creencias religiosas están al nivel de los horóscopos, la ufología y el espiritismo. No hay futuro para la religión.

  Así que es inteligente comprender por separado los elementos que conforman la vida religiosa –que es subjetivamente gratificante y en gran medida prosocial- a fin de poder salvar todo lo salvable y desechar lo contraproducente y lo superfluo. Una “religión” evolucionada, en tanto que innovación cultural, podría proporcionar, además, beneficios sociales notables a una sociedad ilustrada secular.

  Para empezar, en este libro –como en otros muchos que abordan la psicología de la religión- se considera al ritual un elemento básico de todo el comportamiento religioso.

Por rituales se entiende patrones estandarizados de comportamiento social que son simbólicos más que instrumentales; no son actos de comportamiento racional y siempre contienen importantes elementos no verbales (p. 49)

  Rituales no religiosos hay muchos: desde la liturgia en los tribunales de justicia, hasta los desfiles militares pasando por el ocio de masas organizado –un concierto de rock-. Sin embargo, los rituales religiosos tienen un poder especial para afectarnos emocionalmente.

El elemento religioso hace el ritual más poderoso, porque una autoridad religiosa tiene el carisma que induce sentimientos de sobrecogimiento  (p. 51)

   Este “sobrecogimiento” –se deba a la acción de la autoridad religiosa o a otros factores- nos resulta familiar en otro campo de experiencias propiamente humano.

Los efectos de los rituales y creencias religiosos pueden compararse a los efectos del arte (p. 234)

  Y no es casualidad que algunas de las más exquisitas obras de arte se hayan producido en el contexto de la religión.

  Ahora bien: obras de arte de temática no religiosa logran hoy también grandes efectos “de sobrecogimiento”. Esto deberíamos interpretarlo como que quizá se podría también lograr efectos de satisfacción psicológica y prosocialidad similares a los de la religión mediante estrategias ideológicas que no sean las basadas en supersticiones tradicionales.

  Algunos podrán argumentar que las sociedades de hoy más prosociales son las menos religiosas. Sin embargo no parece casualidad que estas sociedades no religiosas más prosociales resulta que todas cuentan con el mismo sustrato religioso básico, el cristianismo reformado. Además, estas sociedades cada vez más ateas ni han alcanzado la perfección buscada ni han progresado mucho en los últimos tiempos ni tampoco han sido capaces de expandir su modelo laico a sociedades con otros antecedentes históricos.

  En suma: nos interesa “rescatar” los elementos positivos de la religiosidad prosocial y entre ellos también los rituales que son sin duda los más llamativos.

Se ha argumentado que en la sociedad moderna la falta de rituales ha resultado en anomía  (p. 51)

  ¿Es tan valioso el ritual? En realidad, no, porque lo que consigue el ritual -la estrategia psicológica en la cual consiste- se puede reemplazar por medios más inteligentes y menos relacionados con imitar a las pasadas tradiciones, tal como se ha producido en todas las áreas de conocimiento práctico. Si se pasó de la alquimia a la química y de la astrología a la astronomía, también se puede pasar de la religiosidad tradicional a nuevos tipos de iniciativas por el cambio social mediante estrategias psicosociales más centradas en el cambio moral y de sensibilidad empática. 

Se ha demostrado que la atendencia a los rituales [religiosos] era un factor de protección, reduciendo la probabilidad de delincuencia, uso de drogas y otras disfunciones  (p. 212)

    Aparentemente, se diría que los estímulos del ritual son parecidos a los que logran –entre otras- las prácticas de la programación neurolingüística y la psicoterapia cognitivo-conductual. La psicología nombra numerosos ejemplos de comportamientos aprendidos que nos permiten cambiar en alguna medida determinadas funciones de nuestra mente. 

   Si asistimos a un oficio religioso en que nos arrodillamos en grupo, oímos palabras acerca de benevolencia y armonía, todo ello envuelto en buena música y una ideología tradicional con base mítica y poblada de símbolos está claro que se trata de un agregado de estrategias psicológicas que nos afectan emocionalmente. Un ejemplo notable de una similar reorientación de la conducta –que no procede, por cierto, de la psicología académica- son las actividades de “Alcohólicos Anónimos”–que a veces utilizan también estrategias religiosas-.

   Pero el ritual es solo uno de los elementos que hace funcionar la religión. Cuando menos, tenemos otros dos de importancia capital: la ideología y el sentimiento de comunidad.

  La ideología del cristianismo, con todas sus contradicciones, fomenta la prosocialidad –caridad, justicia social, disciplina social. Aparentemente, nos falta una ideología secular que determine cuales son nuestros objetivos de conducta en prosocialidad. Se ha dicho que el occidente ilustrado cuenta con el ideal de los “Derechos Humanos” como base ideológica… pero esto se limita a determinar cierto ideal de acción política para las autoridades y da una orientación al comportamiento cívico –solo dentro del ámbito de respetar o no las leyes-: no tenemos un equivalente a “Alcohólicos Anónimos” que trabaje psicológicamente en modelar nuestra conducta en el sentido de alcanzar los niveles más altos de prosocialidad (Alcohólicos Anónimos lo tiene mucho más claro porque su ámbito de fomento de cambio de la conducta se limita a dejar las adicciones a narcóticos). Existe, sí, un sistema educativo en el cual nuestra civilización actual pone grandes esperanzas, pero se halla limitado a los menores de edad y ni siquiera con ellos cuenta con una capacidad de intervención emocional comparable a la de la educación religiosa.

  La religión, finalmente, dispone de una comunidad de creyentes que excede en mucho la comunidad cívica de quienes tratan de coexistir pacíficamente mediante el respeto de la ley, el pago de impuestos y el cumplimiento de otras obligaciones legales. Nadie nos exige en la sociedad democrática ilustrada que seamos afectuosos y caritativos como sí puede exigirnos la religión.

   ¿Hay algún precedente de ideología no religiosa pero que haya operado en alguna medida como religión, incluso con rituales incluidos? Sí lo hay: el comunismo, algo que tampoco se aborda en este libro. El comunismo de índole marxista contaba con una ideología sagrada, con un ideal de comportamiento moral, con un contenido simbólico, con un fuerte sentido de comunidad y con rituales que afectaban emocionalmente. Durante algún tiempo dio resultados efectivos en ciertas sociedades, mucho más cerca de la religión en sus efectos psicosociales que el civismo democrático.

   Los bienes que ofrece la religión proceden, pues, de una coordinación de diversos factores que logran un efecto emocional para el cambio de conducta: el ritual, el simbolismo, una ideología trascendente –que lo explica todo-, la ocasional y más o menos valiosa promesa de ciertos prodigios –milagros y vida de ultratumba-, la adhesión a una larga tradición y, por encima de todo, la experiencia de comunidad.

La experiencia de comunidad es la función más importante de la tradición para la mayor parte de la gente. Estar en un grupo en el cual se sienten valorados y aceptados, incluso especiales, simplemente porque pertenecen a él, es profundamente gratificante  (p. 226)

  En este libro no deja de indicarse que algunos objetivos de las religiones no se cumplen tanto como se desearía. La promoción de la prosocialidad, por ejemplo, no es completa. No hay una mejora directa del comportamiento a través de la religión, sino más bien se trata de una mejora de las condiciones sociales.

Cuando se les daba [a personas religiosas practicantes] una oportunidad para engañar o llevar a cabo un acto de ayuda altruista [en un experimento psicológico], no hubo correlación entre su comportamiento real y su nivel de religiosidad (p. 203)

  El religioso no es más altruista como individuo, pero al integrarse socialmente en organizaciones que buscan la popularidad mediante el altruismo, el creyente hace más actos objetivamente altruistas. Esto podría mejorarse: la religión –o su sucedáneo evolucionado- debería poner mayor interés en producir comportamientos intrínsecamente altruistas y no tanto en actuar solo para fortalecer la imagen altruista de la organización religiosa.

Tres factores [cuentan] en el afrontamiento religioso [de sucesos adversos]- colaborativo (tomar a Dios como un aliado, con responsabilidad conjunta), -diferiente (esperar, dejar que Dios decida) y autodirección (Dios nos da libertad para tomar nuestra propia responsabilidad)  (p. 191)

  Todo esto lo pudo hacer también en alguna medida la ideología comunista, el fenómeno social que no se ha mencionado en este libro y que coincide con la religión: se puede actuar de acuerdo con el Partido, se puede esperar a que el Partido decida o se puede actuar por propia responsabilidad siguiendo la guía del pensamiento del Partido. Esto supone un ejemplo, a pesar de todos sus aspectos negativos, de cómo pueden crearse fenómenos sociales afiliativos de índole religiosa sin elementos irracionales ni tradicionales (el comunismo creó su propia tradición… prácticamente de la nada). 

   La parte negativa del comunismo –aparte del "error general” de su ideología política- es que, al igual que sucede con las religiones tradicionales actuales –cristianismo, Islam…-, una de las principales motivaciones de los creyentes era alcanzar el prestigio social al integrarse dentro de una gran organización que trata de alcanzar la supremacía -el individuo elegido participa de la dominancia de la organización-. Por eso, contando con ideología, comunidad y rituales, con frecuencia la mejora ética queda en segundo plano. Prima el interés de la gran organización –Iglesia, Congregación, Partido o Estado comunista- por encima del individuo… cuya principal meta suele ser integrarse en las estructuras de poder de la gran organización (esto no sucede, en cambio, en “Alcohólicos Anónimos”, organización centrada exclusivamente en servir a la estrategia del cambio de conducta de sus integrantes).

  En teoría, no resulta difícil diseñar una “no-religión” que cumpla más eficientemente las metas de prosocialidad que hoy consideramos propias de la religión.

    Para empezar, si el objetivo es mejorar la conducta prosocial en el sentido de promover la benevolencia, el altruismo, la empatía, la afección y la cooperación inteligente entonces su ideología debe limitarse a ese aspecto de la conducta humana y no permitir que ninguna cuestión secundaria estorbe a ello.

    En cuanto a los efectos emocionales del ritual, casi con seguridad se hallarán estrategias más efectivas que la mera imitación de los antiguos rituales, dada la experiencia de los tiempos recientes en la psicoterapia más todo lo que pueda descubrirse mediante “prueba y error” en este sentido. 

   Y en apariencia, el sentimiento de comunidad debe de verse muy potenciado por una ideología basada precisamente en la conducta prosocial. Probablemente la comunidad aparecería como mera suma de afecciones entre individuos dentro de un mismo contexto de cultura prosocial.

   Ahora bien, nos encontramos con una problemática que la diferenciaría de casi todas las religiones conocidas hasta hoy: no tratará de capacitar al individuo para integrarse exitosamente en la sociedad convencional, sino que promoverá su propio ideario –muy probablemente, no convencional- en función de su interés primordial de mejorar la conducta. Si se trata de producir santos –igual que Alcohólicos Anónimos produce abstemios- tenemos que asumir que la sociedad convencional –capitalista, competitiva, coercitiva, politizada y en buena parte tradicional- no está diseñada con ese fin, luego haría falta otro tipo de sociedad. Este fue el camino que llevó al efímero éxito de la ideología –cuasirreligiosa- comunista, que pretendía ser no convencional y de ruptura, con la diferencia, claro está, de que el comunismo nunca fue realmente una ideología de mejora de la conducta, sino que en la práctica se adhirió al ideal maquiavélico de “el fin justifica los medios” y el “fin” del comunismo era que su élite dirigente tomase el poder político… de forma parecida a como las grandes religiones siempre han tenido también como fin el que sus jerarquías logren la mayor influencia política, si no el poder político mismo. Los creyentes en el comunismo, por su parte, esperaban que un cambio político aportara por sí mismo un cambio de comportamiento: el "hombre nuevo" del comunismo. Hasta que el cambio se consumara, sin embargo, solo cabía esperar...

  Una ideología de reforma prosocial genuina tendría que ser, lógicamente, de índole no tradicional, centrada en la reforma del comportamiento y de orientación no política, y por tanto no convencional.

Lectura de “The psychology of religious behaviour, belief and experience” en Routledge 1997; traducción de idea21

lunes, 5 de abril de 2021

“Ensayo sobre el don”, 1924. Marcel Mauss

   Marcel Mauss, uno de los más célebres de entre los antropólogos de principios del siglo XX, coincidió con algunos otros renombrados colegas de su época en alertar acerca de una peculiaridad significativa del “pensamiento del hombre primitivo”: el carácter holístico de su visión del mundo que da lugar al concepto de “fenómenos sociales totales”

En (…) [los llamados] “fenómenos sociales totales” (…) se expresa a la vez y de un golpe todo tipo de instítuciones: religiosas, júrídicas y morales —que, al mismo tiempo, son políticas y familiares—; [y] económicas —y éstas suponen formas particulares de la producción y el consumo o, más bien, de la prestación y la distribución (p. 70)

  En el hombre civilizado tenemos un sujeto individual que actúa con respecto al mundo haciendo uso –o eso cree él- del “libre albedrío” desde el cual toma las decisiones pertinentes, lógicas y razonables, en diversos aspectos: económicos, personales, morales, religiosos, científicos, eruditos… No hay pues “fenómeno social total”, sino una actitud subjetiva ante un mundo social en el que pueden observarse diversos aspectos o categorías, supuestamente, de forma objetiva.

   El mundo primitivo no es así. Es a la vez más complicado y más simple. Cada acto, cada individuo, cada consideración del mundo se encuentra en función de la totalidad del sentido de la vida que abarca por igual a individuos, comunidad, materialidad y espíritu. Esto, desde su punto de vista, simplifica las cosas, pues resulta más fácil tomar decisiones.

  En “Ensayo sobre el don” Mauss aborda en particular las transacciones económicas del mundo primitivo.

    Algo que nosotros relegaríamos al ámbito de las “cuestiones prácticas” (aprovisionamiento de medios necesarios para la subsistencia material) los seres humanos precivilizados lo engloban también en el ámbito de los “fenómenos sociales totales”. El intercambio económico es siempre una cuestión social y espiritual.

En el derecho maorí, el vínculo de derecho, vínculo por las cosas, es un vínculo de almas, pues la cosa misma tiene un alma, es alma. De lo que se deriva que regalarle algo a alguien es regalar una parte de uno mismo. (p. 90)

  Porque los primitivos ni “venden” ni “intercambian”, solo “dan”: lo que los civilizados entendemos como “regalar”… pero se trata de “regalos” que generan obligaciones, lo cual no coincide exactamente con nuestra idea del “regalo”. ¿O tal vez ellos son más sinceros en esto?

La prestación total no sólo comporta la obligación de devolver los regalos recibidos, sino que también supone otras dos de igual importancia: la obligación de hacerlos, por un lado, y la obligación de recibirlos, por otro. (p. 91)

Lo que intercambian no son sólo bienes y riquezas, muebles e inmuebles, cosas económicamente útiles. Intercambian, ante todo, cortesías, festines, ritos, colaboración militar, mujeres, niños, danzas, fiestas, ferias en las que el mercado no es más que uno de los momentos y la circulación de las riquezas no es más que uno de los términos de un contrato mucho más general y mucho más permanente. Por último, esas prestaciones y contraprestaciones se realizan de forma más bien voluntaria, a través de presentes o regalos, aunque en el fondo sean rigurosamente obligatorias, a riesgo de desatarse una guerra privada o pública. Proponemos denominar todo esto sistema de prestaciones totales. (p. 75)

En las economías y los derechos anteriores a los nuestros, nunca se observan, por así decirlo, simples intercambios de bienes, riquezas y productos en un comercio llevado a cabo entre individuos. Ante todo, no son los individuos, sino las colectividades las que se comprometen unas con otras, las que intercambian y asumen contratos. (p. 74)

Siempre se sintieron con el derecho soberano de rechazar el contrato: eso es lo que da una apariencia de generosidad a esa circulación de bienes; pero, por otro lado, por lo general no tenían ni derecho ni interés en un rechazo; y esto es lo que a pesar de todo emparienta a esas lejanas sociedades con las nuestras. (p. 243)

El don implica necesariamente la noción de crédito. La evolución no hizo pasar el derecho de la economía del trueque a la venta y ésta del contrato al plazo. Fue sobre la base de un sistema de regalos hechos con devolución a plazo como se han edificado, por un lado, el trueque —por simplificación, por aproximación de tiempos antes separados—, y, por otro lado, la compra y la venta, ésta a plazo y al contado, y también el préstamo. (p. 146)

Una de las ideas centrales del derecho maorí (…) [Consiste en que] lo que obliga en el regalo recibido, intercambiado, es el hecho de que la cosa recibida no es algo inerte. Aunque el donante la abandone, ésta sigue siendo una cosa propia. A través de ella, tiene poder sobre el beneficiario  (p. 88)

   Se señala aproximadamente el momento histórico en el que este estilo de vida comenzó a quedar superado:

La economía individual y del puro interés que nuestras sociedades han conocido al menos en parte (…) fue hallada por las poblaciones semíticas y griegas (p. 247)

Fueron [los griegos y romanos] quienes, mediante una gran revolución verdadera y venerable, superaron toda esa moralidad envejecida y esa economía del don demasiado azarosa, demasiado dispendiosa y demasiado suntuaría, repleta de consideraciones personales, incompatible con el desarrollo del mercado, del comercio y de la producción y, en el fondo, en su tiempo, antieconómica. (p. 203)

  La idea básica actual es que “el negocio es el negocio”, con independencia de las consideraciones personales y sociales. Una idea ciertamente genial, por el estilo de la aceptación del método científico (“lo dicen los datos”) e incluso por el estilo del descubrimiento de algo mucho más aparentemente simple y sin embargo revolucionario: la aceptación del azar, de la casualidad (el hombre primitivo no cree que nada sea “casual”).

  No podemos entender la condición humana sin considerar estos cambios en las mentes a los que ha dado lugar la evolución cultural.

  Y sin embargo, a principios del siglo XX, Mauss considera que este planteamiento “primitivo” contiene valiosas aportaciones sociales aplicables al mundo moderno

Toda nuestra legislación sobre la seguridad social, ese socialismo de Estado que ya existe, está inspirada en el siguiente principio: el trabajador ha dado su vida y su trabajo a la colectividad, por un lado, y a sus patrones, por el otro, y (…) los que se han beneficiado de sus servicios no han saldado su deuda con él mediante el pago del salario, y el propio Estado, representante de la comunidad, debe ofrecerle, junto con sus patrones y su propia participación, cierta seguridad en la vida, contra el desempleo, contra la enfermedad, contra la vejez, contra la muerte. (p. 233)

  Si bien es cierto que el trabajo en la sociedad industrial queda englobado, en los derechos sociales modernos, dentro del curso total de la vida en sociedad, en la vida social moderna –liberal, democrática, ilustrada- se trata, por encima de todo, de consideraciones de individuo a individuo, de una derivación de la idea en la cual es el “semejante” individual, de existencia subjetiva, el objeto de compasión, consideración y amor mutuo. El auténtico humanismo no consiste tanto en que existan obligaciones colectivas, sino en que todo individuo –por serlo, por sentir, por existir- es merecedor de aprecio, estima y atenciones benévolas por parte de cada uno de los otros individuos.

   Marcel Mauss –que era un socialista francés de la época de la revolución bolchevique- comete el grave error de confundir los derechos sociales humanistas con los derechos sociales colectivistas. La realidad es que estos últimos implican –igual que en el “fenómeno social total” de los primitivos- un compromiso intransferible entre la existencia individual y la colectiva… y esto diluye la valoración del individuo y fue, probablemente, lo que permitió los abusos del marxismo del tipo “el fin justifica los medios”. 

  Incluso hoy podríamos estar equivocados al hablar de “derechos y deberes individuales” pues el enfoque humanista que ve al individuo como generador de deberes y perceptor de derechos obvia la intransferible naturaleza subjetiva compleja del individuo en sociedad. 

   El agudo novelista León Tolstoi ya percibió que una visión meramente legal del humanismo deja fuera la mayor parte de la vivencia humana (la preocupación social por el individuo se limitaría “al ámbito de la ley”). Eso no lo hacía, ciertamente el “fenómeno social total” –que no determina derechos y deberes explícitos- pero el problema de su ancestral sistema consiste en que se reduce la existencia individual misma –falta de libertad- en función del interés de la comunidad en abarcar la totalidad de la experiencia: de esa forma el individuo queda plenamente amparado… aunque muy disminuido en su potencial como persona. Y no hace falta hacer uso del referente de las sociedades cazadoras-recolectoras: es perceptible también en el esquema habitual de la vida en pequeños núcleos rurales, donde todo el mundo se conoce: mientras menos te diferencies de los demás, mejor para ti.

    El camino adecuado tal vez sea una concepción psicológica de la existencia individual no mediatizada ni por la formulación política –el Estado que crea la ley y la hace cumplir- ni mucho menos por un retorno del “fenómeno social total” en el que todo el ámbito existencial del individuo queda limitado por una concepción de vida comunitaria común –sin libertad ni aceptación del diferente-. 

   La existencia totalmente subjetiva en comunidad –comunidad como mera suma de individuos-, sin embargo, solo podría alcanzarse desarrollando al máximo la capacitación prosocial de todos y cada uno de los individuos en sociedad: una sociedad de “santos” –individuos prosocialmente capacitados- respetará al máximo la individualidad, anulará el poder coactivo de las normas sociales, incentivará mediante gratificación psicológica la cooperación armoniosa y abrirá paso a todas las posibilidades del juicio racional. Esto implica un cambio psicológico culturalmente asumido: una mejora del comportamiento social del individuo incentivado por gratificaciones de índole afectiva en un marco ideológico desprovisto de agresividad ni irracionalidad. Tal sería la consecuente conclusión del proceso civilizatorio.

  La comprensión del sistema económico primitivo, de la vida social primitiva, nos muestra principios fuertemente arraigados en nuestro comportamiento –instintuales- que siguen vigentes dentro de nosotros. Comprender la diferencia, y las ventajas y las mejoras que implican para el mundo de hoy nos enriquece y nos hace más capaces de diseñar las reformas que necesitamos para un mundo mejor.

Lectura de “Ensayo sobre el don” en Katz Editores 2009; traducción de Julia Bucci

jueves, 25 de marzo de 2021

“El aprendiz evolucionado”, 2012. Kim Sterelny

Pretendo desarrollar un modelo plausible, próximo, de un chocante fenómeno natural: la evolución de los rasgos distintivos de la cognición humana y de la vida social humana (Prefacio)

   Otros muchos autores se han dedicado a este empeño: determinar aquello que es propio solo del género “Homo” y que nos ha permitido alcanzar el estado civilizado. Porque a medida que se ha estudiado a nuestros parientes biológicos más próximos (los “grandes simios”) se ha descubierto que cuentan con muchas capacidades similares a las nuestras, solo que desarrolladas en menor grado. Entonces, ¿no hay una diferencia “esencial” entre ellos y nosotros que nos caracterice propiamente como “no animales”?

Por ejemplo, en los últimos años, Wrangham ha argumentado que cocinar fue la innovación clave que llevó a las crecientes diferencias con respecto a los otros grandes simios; Hrdy argumentó que esta divergencia fue impulsada por la cooperación reproductiva, especialmente entre hembras (Prefacio)

    El filósofo Kim Sterelny, por su parte, no cree mucho en que haya habido modelos de “innovación clave” de ese tipo. A su parecer, el modelo del “aprendiz evolucionado” se limitó a desarrollar cuantitativamente diversas cualidades psicológicas propias de los precedentes del “Homo sapiens” ("Homo habilis" y "Homo erectus"). Sin embargo, la forma en que esto se hizo sí parece solo al alcance de seres con capacidades cognitivas peculiares.

La modernidad conductual es la capacidad colectiva de retener y aumentar ricos sistemas de técnica e información. Esa capacidad depende de la interacción de las mentes individuales, el entorno de aprendizaje organizado y la estructura de la población (Capítulo 3.1)

  Los rasgos que sí parecen diferentes, y que son importantes también a la hora de transmitir conocimientos prácticos (la tecnología) tienen que ver con las habilidades sociales.

Mientras que los niños pequeños encuentran las actividades colaborativas intrínsecamente gratificantes, los chimpancés jóvenes no. Los chimpancés están dispuestos a emprender acciones conjuntas, pero solo con fines instrumentales  (Capítulo 8.1)

Una significativa diferencia entre la especie de los chimpancés y los humanos es que desde una edad muy temprana, los niños señalan demostrativamente para indicar a su audiencia un asunto de interés mutuo. Los chimpancés señalan adquisitivamente para indicar algo que quieren. Pero no señalan demostrativamente y encuentran difícil aprender a aprovechar el señalamiento humano demostrativo.  (Capítulo 8.1)

    Esto va en un sentido parecido a las investigaciones de Tomasello o Dunbar, y revelaría quizá un complejo de peculiaridades cognitivas innatas de los Homo Sapiens cuya función básica en origen sería mejorar la cooperación dentro del grupo pero que tendría consecuencias en muchos otros aspectos.

  La teoría de Sterelny en cierto modo da por supuesto que estas peculiaridades, junto con el mayor tamaño del cerebro (particularmente el neocortex, con su capacidad para imaginar, la teoría de la mente y la previsión del futuro), son las que permiten el desarrollo de una cultura tecnológica.

A mi parecer, la expansión del aprendizaje cultural a lo largo de generaciones en el linaje humano es una causa nuclear del incremento de las diferencias fenotípicas entre los humanos (antiguos y modernos) y los grandes simios (Prefacio)

  El aprendizaje cultural habría llegado a existir gracias a lo que se califica aquí de “entorno organizado”, a modo de estímulo para la aparición del que se denomina aquí el “aprendiz evolucionado” –evolved apprentice.

El papel central de un aprendizaje del entorno organizado [explica] nuestras competencias cognitivas (Prefacio)

Las instituciones educacionales formales y la enseñanza explícita no son partes prominentes de la sociedad tradicional. Pero muchas sociedades de recolectores organizan y amplían la participación de los niños en la actividad económica y esta actitud apoya la transmisión de habilidades artesanales individuales (Capítulo 2.3)

  Por supuesto, en el principio no existió la enseñanza. La enseñanza es un paso evolutivo de gran importancia, pero necesariamente tardío, por el estilo del descubrimiento de la agricultura, la rueda o la escritura. Requiere una gran capacidad de abstracción. 

Una demostración con propósito de enseñanza raramente es idéntica a un desempeño utilitario. Las demostraciones se ralentizan y exageran, a veces se repiten elementos cruciales  (Capítulo 6.3)

   En el origen, todo parece indicar, pues, que los jóvenes Homo sapiens “aprendían solos”… pero ciertas características del grupo humano les facilitaban las cosas. Solos… pero no tanto.

Una transmisión fiable de habilidades puede comenzar como un efecto colateral de la actividad adulta, sin enseñanza del adulto y sin adaptaciones para el aprendizaje social del joven. Una vez establecida, entonces conlleva la selección para los cambios sociales y cognitivos que incrementan la fiabilidad o reducen los costes del aprendizaje  (Capítulo 2.3)

  El aprendiz puede comenzar sus actividades productivas como un juego, o como un proceso de imitación. En cualquier caso, hace falta una activa tolerancia por parte de los adultos.

El sistema del aprendiz depende de adaptaciones cognitivas individuales para el aprendizaje social pero depende también de unos entornos de aprendizaje adaptativamente estructurados  (Capítulo 2.3)

La imagen general es que mucho del aprendizaje de habilidades en la sociedad de recolectores se lleva a cabo por prueba y error, pero una prueba y error supervisados y organizados  (Capítulo 2.3)

  Produce un cierto vértigo pensar en cómo los primeros Homo, por sí mismos, por “prueba y error” a lo largo de cientos de generaciones, fueron capaces de idear y construir sus primeras armas de piedra que les dieron una extraordinaria supremacía sobre todos los demás animales de su entorno, incluida la impresionante megafauna del Pleistoceno. Cada pequeña modificación fue transmitida culturalmente y preservada generación tras generación, acumulándose junto con otros comportamientos innovadores.

La evolución de un aprendizaje social acumulativo fue un factor causal central en la evolución de lo que hace único a los humanos  (Capítulo 2.1)

Las características culturales de aprendizaje de la transición del Alto Paleolítico y periodos posteriores de la cultura humana –transmisión social con una gran amplitud y suficiente exactitud para el incremento de mejoras- requiere adaptaciones cognitivas individuales para el aprendizaje cultural, entornos de aprendizaje altamente estructurados y estructuras de población que puedan apoyar de forma efectiva los recursos y apoyar una especialización suficiente para generar un suministro de innovación  (Capítulo 3.4)

   Desde el momento en que podían producirse innovaciones que eran almacenadas y transmitidas, el avance del Homo Sapiens fue imparable, como demuestra la evidencia arqueológica de la desaparición de la megafauna y, más importante aún, de todas las demás subespecies de homininos que “se quedaron atrás”. El salto evolutivo se especula que lo dieron los “Homo Habilis” y más adelante los “Homo erectus”, que habrían realizado el logro extraordinario de dominar el fuego y cocinar la carne. Con todo, fue la elaboración de las herramientas de caza y su utilización por grupos humanos organizados lo que nos hizo más poderosos que los mamuts o los dientes de sable.

  Ahora bien, no parece que el desarrollo tecnológico fuese el origen del desarrollo propiamente humano. Todo hace pensar que fue el desarrollo social lo que incrementó la capacidad cognitiva y que el desarrollo tecnológico fue una consecuencia colateral que, por sus espectaculares consecuencias, acabaría cambiando todo el entorno humano… lo que a su vez llevaría también a más cambios en la cognición y el comportamiento.

Los homininos comenzaron a parecerse a los humanos con la evolución, hace 1.8 millones de años del Homo erectus (…) Era con estos homininos que la cooperación reproductiva y la cooperación en general se hizo central en nuestra estirpe  (Capítulo 4.1)

  La cooperación reproductiva es la crianza de los frágiles bebés humanos por todo el grupo, no solo por los padres. Un factor de cambio de comportamiento –innato- de enorme importancia y que tendría consecuencias mucho más allá de la crianza de los bebés.

  Esta cooperación no solo fue crucial, sino que está relacionada con un comportamiento cooperativo general.

Los humanos son cooperativos en parte porque encontramos gratificante la actividad colectiva (Capítulo 5.5)

  Así nos vemos en el escenario de una especie cooperativa, que desarrolla el lenguaje, la imaginación y la capacidad de previsión. La interactuación entre los miembros del grupo supone el señalamiento de pautas de confianza que facilitan la cooperación efectiva. Y estas pautas de confianza, de tan gran utilidad práctica, para que se desarrollen, exigen un incentivo emocional inmediato (lo gratificante).

[Disponemos de] capacidades comunicativas complejas. Para chismorrear de una forma efectiva, tengo que ser capaz de contar una historia, de representar lo que otros dicen y hacen en otros lugares, momento y circunstancia. (Capítulo 6.3)

    Ahí tendríamos el origen, si no el hecho distintivo esencial: una especie de primates que desarrollaron al máximo sus capacidades de interacción social acabaron desarrollando capacidades cognitivas únicas –comparar, imaginar, relatar-. Unos primates precarios, en un principio carroñeros y forrajeros, se convierten en temibles cazadores, en imbatibles depredadores, dominando el planeta rapidísimamente.

  Y aquí llegamos al punto crucial: una característica psicológica propiamente humana –básica también en el “sistema del aprendiz”- es el “reconocimiento de patrones”. Es propiamente humana porque a veces se contradice con la lógica (tal como sucede, por ejemplo, en las supersticiones y los prejuicios), lo que la diferencia de la inteligencia artificial que hoy conocemos (pero que también está progresando hacia tal “reconocimiento de patrones”). Esta cualidad puede estar especialmente relacionada con los sistemas de aprendizaje previos al descubrimiento de la enseñanza.

La información explícita, articulada, separable coexiste e interactúa con las capacidades de reconocimiento de patrones; las costumbres bien afinadas; la información que puede hacerse explícita, pero solo con los estímulos correctos; el cómo hacerlo. Con frecuencia los principios explícitos lleva tiempo que se integren fácilmente con la práctica fluida; con frecuencia pueden solo ser parcialmente extraídos de esa práctica; la distinción entre lo explícito y lo tácito no es nítida. (Capítulo 7.6)

  El autor pone un buen ejemplo que no tiene que ver con el mero desarrollo de la tecnología, sino con las capacidades sociales que están, precisamente y aunque a primera vista no lo parezca, muy directamente implicadas en el desarrollo tecnológico

Cuando formé parte de una secta política de ultraizquierda, aprendí los modismos, gestos, actitudes, rituales y marcadores públicos de mi tribu trotskista por inmersión, no por instrucción de un mentor individualizado (Capítulo 6.3)

  Algo parecido puede decirse también, por ejemplo, de los sacerdotes católicos (“habla como un cura, camina como un cura, tiene cara de cura…”) y entra bastante dentro de las peculiaridades sociales del mundo de la delincuencia, donde, viviéndose en un entorno de extrema desconfianza, el reconocimiento de los marcadores públicos es una capacidad muy cultivada. Este tipo de características cognitivas son probablemente las que están en el origen de la capacidad del “aprendiz evolucionado” para asimilar las habilidades desempeñadas por otros sin que sea necesario recurrir al sistema de enseñanza explícita y sin que se trate tampoco de una mera conducta de imitación.

   El mundo primitivo -cazadores-recolectores- que todavía subsiste hoy y que los etnógrafos y antropólogos registran funciona bastante de esta forma, de manera que el aprendizaje, la asimilación y la integración del individuo en el grupo se desarrolla mediante un reconocimiento de patrones complejo donde se entremezcla lo explícito y lo tácito.

     Podemos concluir que, partiendo de los avances llevados a cabo por el “aprendiz evolucionado”, el desarrollo posterior de la civilización hasta hoy ha consistido en irnos gradualmente separando de la inteligencia intuitiva o inconsciente del “reconocimiento de patrones” hasta mayores grados de conocimiento explícito y abstracto; lo que incluye la enseñanza, el adoctrinamiento, la ciencia, la literatura, la sabiduría. Y aún no hemos racionalizado lo suficiente estas peculiaridades. La psicología, precisamente, busca el esclarecimiento de tales patrones que, demasiadas veces, escapan a nuestro propio control. 

Lectura de “The Evolved Apprentice” en The MIT Press 2012; traducción de idea21

lunes, 15 de marzo de 2021

“El cerebro moral”, 2011. Patricia S. Churchland

    La neurología tiene mucho que decir acerca de todas las cuestiones humanas. La neurofilósofa Patricia S. Churchland ha escrito un libro que aborda la mejor estrategia del Homo Sapiens para sacar partido a su inteligencia: el comportamiento moral, que posibilita la cooperación eficiente.

Los valores morales sirven de fundamento a una vida social. En la raíz de las prácticas morales humanas están los deseos sociales, básicamente estos deseos implican apego a los miembros de nuestra propia familia, atención a nuestras amistades, y la necesidad de pertenencia a un grupo. Motivados por estos valores, tanto a nivel individual como colectivo tratamos de resolver los problemas que pueden causar tristeza e inestabilidad y que amenazan la supervivencia. Puesto que nuestros cerebros están organizados para valorar el bienestar propio así como el de nuestra progenie, suelen producirse conflictos entre las propias necesidades y las de los demás. (p. 23)

  Básicamente, la moralidad es el diseño del comportamiento capaz de proporcionar la confianza necesaria que permite a los individuos cooperar por el bien común.

Nuestra conducta moral, aunque es más compleja que la conducta social de otros animales, es parecida en tanto en cuanto representa nuestro intento por conducirnos adecuadamente en la ecología social existente.  (p. 18)

  Si la conducta moral es esencialmente animal, entonces la racionalidad no cuenta gran cosa en ella, pues en cuanto a racionalidad los humanos somos la excepción y no la regla. Lo más que se puede esperar es que la naturaleza utilice algún instinto o impulso animal en los humanos que favorezca el comportamiento de confianza y al que luego nosotros le agregamos la racionalidad. 

  Este impulso animal –notable en los mamíferos- es doble: el apego en la crianza (apego de la cría al cuidador y viceversa) y la cooperación en la crianza (entre varios cuidadores).

Los antropólogos proponen que existe una relación entre la evolución de la disposición humana a participar de una conducta cooperativa, por un lado, y el largo periodo de dependencia de las crías humanas y la necesidad de que los parientes (parejas, familiares y amigos) ayuden en el cuidado de los jóvenes, por otro.  (p. 104)

La hipótesis principal de este libro, que la moralidad se origina en la neurobiología del apego y los vínculos afectivos, depende de la idea de que la red de oxitocina-vasopresina en los mamíferos puede modificarse para permitir el cuidado a terceros más allá de la propia prole o camada  (p. 85)

  El comportamiento de apego y afectivo, y la asistencia altruista a las crías que no son genéticamente nuestras (alocría) es la gran oportunidad de Homo Sapiens para desarrollar relaciones mutuas de confianza que faciliten la cooperación efectiva mucho más allá de la cuestión del cuidado de los niños pequeños. Aquí –en los comportamiento de apego y cooperación- es donde ya hace tiempo se descubrió el importante papel que juegan determinados neurotransmisores: la oxitocina y la vasopresina. Ambas sustancias son activadoras de las funciones parentales pero tienen importantes repercusiones en todas las funciones afectivas.

La idea es que el apego -refrendado por el dolor de la separación y el placer de la compañía y gestionado por  complejos circuitos neuronales y sustancias bioquímicas- constituye la plataforma neurológica de la moralidad  (p. 27)

Ampliar nuestro cuidado a los bebés dependientes, y luego a las parejas, a la prole y a los sujetos afiliados a ésta determina el cambio crucial que nos convierte en seres sociales.  En el centro de esta compleja red de conexiones neurales se encuentra la oxitocina (OXT), un poderoso péptido que en los mamíferos se encarga de organizar el cerebro de modo que el cuidado y la atención a uno mismo se extienda a los bebés, y de ahí a un círculo cada vez más amplio de relaciones de cuidado. La oxitocina se ha relacionado con la confianza, debido en gran parte a que eleva el umbral de tolerancia a los demás y reduce el miedo y las respuestas de evitación. En condiciones de seguridad, cuando el animal se encuentra entre amigos y familiares y los niveles de OXT son elevados, los miembros de la pareja se cuidan entre sí, se acarician y se relajan. (p. 77)

  Naturalmente, se han hecho experimentos sobre todo con la oxitocina, descubriéndose que una manipulación de los niveles de esta sustancia facilita las actitudes prosociales. Esto se ha comprobado particularmente en la realización de juegos psicológicos de microeconomía del tipo de “bienes comunes”.

[Los individuos que recibieron] tratamiento intranasal con OXT [oxitocina] eran significativamente más cooperativos (de media, aportaban más al grupo interno que los individuos de los grupos de control), pero la hostilidad hacia los miembros externos al grupo seguía siendo la misma. (p. 89)

  La descripción de los efectos es bastante similar a la que se obtiene de observar el comportamiento animal: vínculos fortalecidos dentro del grupo a la vez que actitudes agresivas hacia los extraños. La afección corresponde a la agresión porque el interés evolutivo es favorecer al grupo donde se inserta el individuo y que se halla en constante competencia por los recursos con todos los demás grupos. Se trata de una conducta necesariamente compleja de afección y agresión simultáneas que no coincide con los ideales éticos de la civilización.

Muchos filósofos morales [buscan] normas de aplicación universal que no conlleven excepciones. Se supone que estas normas se aplican a todo el mundo, en cualquier circunstancia, independientemente de las contingencias de la situación concreta.   (p. 186)

Al igual que Confucio, Aristóteles entendía la moralidad no como una cuestión divina o mágica, sino como un tema esencialmente práctico. Él consideraba que aprobar buenas leyes y crear instituciones óptimas eran tareas cooperativas que requerían inteligencia y comprensión, así como el conocimiento y la comprensión de los hechos relevantes. No pensó ni por un momento que la moralidad fuera una simple ilusión (p. 219)

  En realidad, la moralidad no es una ilusión, pero tampoco es innata más allá del hecho de que parte de la adaptación de las peculiaridades del apego generador de conductas de máxima confianza entre miembros de la familia. A partir de esa única “materia prima” –apego familiar- la manipulación cultural ha desarrollado pautas de moralidad cada vez más prosociales –es decir, expandiendo el apego y la benevolencia mucho más allá de la familia próxima.

La placa base de la confianza sigue siendo la familia, y los lazos de confianza se extienden poco o mucho a otros familiares o amigos  (p. 16)

  Uno de los primeros filósofos en abordar la ética teniendo en cuenta la biología fue Peter Singer, un "utilitarista” o “consecuencialista”.

Según los principios de Singer, parece ser que estoy obligada a no enviar a mi hijo a un colegio privado si por el mismo precio puedo enviarle a él y a dos niños thai a un colegio público, y además estoy obligada a no pagar un tratamiento de ortodoncia para mi hijo si con ese dinero puedo proporcionar servicios dentales básicos a cinco niños haitianos. Aunque haga donativos a distintas causas, Singer me instaría siempre a dar más desprendiéndome de algunos lujos como comprar un ordenador nuevo o irme de vacaciones, etcétera. El consecuencialismo de Singer es mucho más exigente, y mucho más entrometido, que el moralmente moderado. que es el que yo considero razonable. A veces las prerrogativas de los ardientes partidarios del utilitarismo me alarman del mismo modo que lo hacen las de las personas bienintencionadas pero entrometidas. No sólo porque vulneren mi libertad sino porque entran en conflicto con lo que habitualmente entendemos como sentido común.  (p. 196)

  En realidad, el problema de Churchland es atenerse ella al “sentido común” que no es otra cosa que un mero convencionalismo (el “sentido común” hoy no es el de hace un siglo; ni el “sentido común” de Pakistán es el de Noruega). Cualquier pretensión de una ética universal y plenamente prosocial tendrá que ser entrometida y anticonvencional desde determinados puntos de vista. Y, en el fondo, Churchland acepta esta plasticidad de un fenómeno natural tan complejo.

Podemos considerar la moralidad como un fenómeno natural: limitado por las fuerzas de la selección natural, arraigado en la neurobiología, moldeado por la ecología local y modificado por los avances culturales. (p. 209)

  Los avances culturales no se van a detener en las costumbres del medio social de la señora Churchland, igual que no se detuvieron en las convenciones sociales de la aristocracia griega en tiempos de Aristóteles.

Deberíamos mostrarnos abiertos a la posibilidad de que una comprensión más profunda de la naturaleza de nuestra sociabilidad pueda esclarecer algunas de nuestras prácticas e instituciones, y motivarnos a considerarlas desde una perspectiva más sabia.  (p. 208)

  Es mucho lo que puede aportar la ciencia a ese necesario esclarecimiento, pero quizá una de las primeras aportaciones –no de “sentido común”, sino de pura lógica, que es algo diferente- debería ser comprender que lo convencional y lo anticonvencional tienen que coexistir en sus respectivos ámbitos: lo convencional como la realidad social del aquí y del ahora –el buen nivel de vida acorde con su estatus que la señora Churchland considera justo en su caso- que puede cambiarse con tiempo y esfuerzo; y lo anticonvencional –Paraíso en la Tierra de altruismo y benevolencia-  como la condición inevitable del ideal a alcanzar en el futuro a partir de nuestra época actual que habría de dar por supuestos los dilemas y cambios a lo largo del tiempo.

   Por otra parte, es cierto que los avances morales deben ir paralelos a los avances científicos. La ciencia no es otra cosa que el uso de la lógica y la objetividad en la evaluación de la realidad.

Lectura de “El cerebro moral” en Espasa Libros S.L.U. 2012; traducción de Carme Font Paz

viernes, 5 de marzo de 2021

“Motivación, altruismo, personalidad y psicología social”, 2013. Michael Babula

   El doctor Michael Babula (psicólogo y economista) es un experto en estadística social y, por lo tanto, sabe lo que dice cuando afirma que -cuando menos en Occidente- en los últimos años han mejorado mucho las inclinaciones prosociales (altruismo, empatía e idealismo compasivo).

La valoración del altruismo exocéntrico puede predecirse a partir de la valoración postmaterialista (p. 127)

  Lo postmaterialista es lo que se refiere a la búsqueda de metas personales no vinculadas con el prestigio social ni con la acumulación de bienes materiales sino con la realización personal individual –autorrealización-. Valores postmaterialistas son, por ejemplo, libertad personal, autoexpresión y calidad de vida. El término “altruismo exocéntrico”, por otra parte, equivale a “altruismo puro”, en el sentido de que se obra por el bien ajeno sin segundas intenciones.

Aproximadamente el 51% de la muestra [estadística entre estudiantes universitarios estadounidenses del año 2004] refirieron valores postmaterialistas (…) Es más del doble que el porcentaje de participantes que seleccionaron valores postmaterialistas en el estudio de 1972  (p. 124)

  Un mundo postmaterialista se ve mucho más inclinado al altruismo pues se da por sentado que la actuación por el bienestar ajeno va aparejada de compensaciones emocionales de alto nivel (calidad de vida).

La motivación altruista puede identificarse como la fuente interna más importante para el desarrollo de la personalidad, lo que no solo nos ha llevado al avance de nuestra especie en este planeta, sino también a equiparnos con la capacidad de ir más allá de nuestros propios significantes más elevados (p. 14)

Que la gente ayude a otros da un resultado positivo tanto para el que ayuda como para el que es ayudado. Cuando se ayuda a otro, incluso durante un breve periodo, nos vemos liberados de los pensamientos autointeresados y las cogniciones fallidas que contribuyen a la depresión y la ansiedad  (p. 175)

   Ahora bien, la cuestión es que tales cambios personales no parecen necesariamente conectados con los equivalentes cambios sociales.  La población habría evolucionado moralmente en el sentido “postmaterial” pero esto no se daría en la misma proporción en el caso de las instituciones y estructuras socio-políticas.

Nunca antes en la historia ha habido tantos autorrealizados y altruistas exocéntricos entre las poblaciones occidentales, y sin embargo la gente se malogra en la gratificación de necesidades de alto y medio nivel con sistemas de gobierno que buscan satisfacer preocupaciones de seguridad, promover recompensas extrínsecas y abogan por un brutal individualismo.  (p. 143)

[Hay una] incompatibilidad entre los sistemas de gobierno con los avances psicológicos [de la población occidental] (p. 144)

    Quizá entonces necesitamos gobiernos mejores. En los estados democráticos, los gobiernos los elige el pueblo, ¿se votará cada vez más a alternativas políticas más favorables al altruismo exocéntrico?

Se argumenta en este libro que estamos intrínsecamente motivados para hacer el bien y, actualmente, ha emergido una apreciable minoría de personas que han progresado más allá de la búsqueda de sus necesidades del propio interés, que han negado el interés propio y que muestran una actitud puramente altruista. Intenten imaginar qué sucedería si tal fenómeno comienza a hacer bola de nieve a lo largo de los próximos 10-30 años. Imagínese un nuevo orden económico y gubernamental establecido sobre el autocontrol y la cooperación, donde los recursos son ilimitados y las necesidades de la humanidad no solo están cubiertas, sino que incluso se exceden. Más que “querer más”, estamos a punto de enfrentarnos a “convertirnos en más” cuando impulsamos un desarrollo motivacional de la mente humana que aún no se ha descrito (p. xii)

   Por una parte se señala que el altruismo sigue siendo minoritario –aunque “apreciable”- y, por otra, que vale la pena imaginar un nuevo orden económico y gubernamental por venir. Pero también se ven implicados otros cambios por venir, no exclusivamente desde el ámbito político de los gobiernos y que, por lógica, habrían de preceder a los cambios políticos.

Dejemos formar sistemas intencionales que promuevan nuestra motivación intrínseca para cooperar. Esto se haría desarrollando propósitos prosociales claros y concisos para tales sistemas que usen el método científico para asegurar que están cumpliendo su propósito (p. 68)

  Puede parecer esta última una afirmación vaga, pero se agradece el que se resalte el valor de señalar cambios psicológicos prosociales y su expresión científica como motor de cambios sociales reales.

El objetivo de la revolución ha de ser definido exactamente según nuestro conocimiento del desarrollo psicológico humano acerca de cómo promover nuestro desarrollo intrínseco para ser altruistas (p. 68)

  El altruismo es un rasgo de conducta muy excepcional en los seres vivos. En los mamíferos superiores se da especialmente durante la maternidad y todo parece indicar que su desarrollo extensivo es paralelo al incremento de capacidad para enfrentarse al medio (más altruismo, más éxito reproductivo). Es una afirmación lúcida la de que desarrollando el altruismo, centrando el desarrollo socio-cultural en el altruismo, estamos poniendo los medios para el máximo desarrollo humano.

   Aquí, Babula hace otra mención digna de mérito: si bien el postmaterialismo supone un gran avance hacia la prosocialidad en comparación con el materialismo, el en su momento muy innovador criterio de Maslow, hoy tan popular, de la autorrealización humana como meta en lugar de la mera consecución de bienes materiales y logros sociales convencionales, también tiene sus inconvenientes.

Mi desvío de Maslow se encuentra en que las preocupaciones por la autoestima y la autorrealización pueden convertirse en frustrantes de una forma diferente a como sucede con las necesidades de bajo orden. La frustración de las necesidades de bajo orden es probable que cause patología en forma de violencia contra otros, mientras que la frustración que viene directamente de la persecución de altos significados y propósitos, y la autogratificación pueden llevar al aburrimiento, apatía y autodestrucción. (p. 113)

  El fomento de la autoestima y la experimentación de logros individuales (incluso los postmateriales) puede llevar a una especie de narcisismo o sobregratificación (una concepción hedonista de la “calidad de vida”, por ejemplo). Ese “mimarse a uno mismo” (quiero autorrealizarme, quiero calidad de vida…) acaba llevando al egoísmo e incluso al supremacismo si degenera en una sociedad consumista que nos impulsa a la sobregratificación elitista.

Necesitamos asistir a los autorrealizadores para construir su uso de la imaginación mucho antes de que sus habilidades comiencen a declinar en caso de que queden encallados en la sobregratificación (p. 128)

La evidencia de la investigación experimental muestra (…) [que] el puro altruismo supone una negación de la autorrealización  (p. 162)

  Porque la benevolencia desprendida del altruismo es contraria al interés extremo en el propio individuo que caracteriza al que busca “autorrealizarse”. Autorrealizarnos sí, pero en un sentido altruista.

  Por otra parte, Babula también se opone a la visión pesimista del situacionismo, según la cual uno puede obrar bien o mal dependiendo de la circunstancia personal en la que uno se encuentra (y no siempre por voluntad propia). Así se dieron los famosos casos de criminales de guerra que se limitaron a “obedecer órdenes”, pero esto sería solo un caso extremo: el condicionamiento situacional se daría de forma menos espectacular en la vida cotidiana. O tal vez no.

Lleva largo tiempo de inhibición y amenaza a la gratificación de las necesidades de la gente hasta que esta se vea afectada negativamente por las influencias del entorno (p. 77)

  Siempre será discutible hasta qué punto las influencias malignas del entorno resultan efectivas, pero de todas formas, el situacionismo no es incompatible con una visión positiva del altruismo a gran escala, porque, al fin y al cabo, crear condiciones alternativas para el altruismo sería la respuesta adecuada a que se creen condiciones para el comportamiento antisocial. No es fácil formar una voluntad altruista con independencia del entorno y por lo tanto es una buena actitud la de fomentar entornos que ayuden a los individuos –por instigación, imitación o inspiración- a obrar de una forma altruista y empática que sea poco habitual en el mundo convencional de hoy. Los marcos situacionales pueden ayudar tanto a lo antisocial como a lo prosocial.

  Tiene sentido, entonces, desarrollar, por encima de la cúspide de la autorrealización más o menos egoísta (sobregratificación), una cultura del altruismo como forma de lograr el desarrollo más elevado tanto del individuo como de la sociedad en su conjunto.

La meta de los psicólogos motivacionales no es llevar a la gente a la sobregratificación de las necesidades humanas sino crear sistemas intencionales que ayuden a nuestra motivación intrínseca para ser altruistas (p. 83)

  Lo importante es no caer en el pesimismo de que un marco situacional de tipo antisocial crea una condición irremediable. Hay datos que demuestran que la constitución psíquica humana no responde exactamente al mito del “hombre lobo para el hombre”.

  Por otra parte, por el estilo de cómo los marxistas dividían la sociedad en clases, Michael Babula la divide en pautas de comportamiento individual: pautas materialistas, postmaterialistas (autorrealizadoras), altruistas… y el nada anecdótico caso de la psicopatía.

Existe una minoría de individuos psicopáticos, individuos que, debido a la estructura de su cerebro, podrían ser clasificados como malignos y que a lo largo de la historia (…) han operado para impedir que la mayoría de la gente logre el desarrollo del altruismo exocéntrico (…) Los psicópatas no se transforman en malignos a partir de factores ambientales. Son malignos desde el principio (p. 93)

   Los psicópatas podrán ser una minoría –un uno por ciento- pero es muy verosímil que hagan un daño a la sociedad desproporcionado a su número. Y esto tiene una explicación simple:

Los psicópatas pueden sentirse atraídos por posiciones de autoridad (p. 55)

  Es una innovación no señalar tanto a los “sistemas” o estructuras sociales –las clases sociales, por ejemplo- como a pautas psicológicas de comportamiento individual. En lugar de lucha de clases tendríamos la alternativa de la terapia y la prevención. Impulsar el comportamiento prosocial identificando los factores de progreso social con los rasgos psicológicos podría suponer un cambio revolucionario del desarrollo social.

Lo que requerimos es conseguir que nuestros sistemas institucionales sirvan al avance psicológico de la población (p. 128)

  Tenemos ya un conocimiento cierto de que, igual que existe la psicopatía y resto de disfunciones antisociales, también existe una base humana para promover los comportamientos prosociales. Podemos seleccionar individuos prosociales, podemos definir metas comunitarias prosociales –sistemas institucionales-… lo que nos falta es una fórmula de acción prosocial a gran escala que permita a los individuos motivados hacer todo lo posible para alcanzar las metas definidas para beneficio de todos.

   El problema con la propuesta del profesor Babula es que no se plantea una ruptura con lo convencional pues parece que por “sistemas institucionales” se está aludiendo a sistemas políticos; es decir, a mejores gobiernos -¿gobiernos socialistas?-.

Al reconocer nuestra auténtica motivación intrínseca para ser buenos, y revolucionar nuestros sistemas en base a tal concepto podremos poner en marcha un orden nuevo –una era de altruismo-  (p. xv)

[Existen] sistemas de gobierno, educativos y terapéuticos que podrían ser usados por los científicos sociales para recrear una nueva cultura de cooperación que resulte en gratificación de las necesidades y progreso hasta el altruismo exocéntrico  (p. 81)

  Pero todo gobierno se basa en fórmulas de coerción –por muy bienintencionadas que éstas sean- y la coerción no es compatible con un fomento directo de la empatía, el altruismo y la bondad (que, en su versión más coherente implican no-violencia, pacifismo y comunidad no autoritaria). Por otra parte, está demostrado que un sistema social embrionario –una familia, una comunidad de extrema confianza- puede organizarse sin coerción. ¿No sería entonces el empeño de la ciencia social el ayudar a organizar ese tipo de sociedades… hoy inexistentes pero extremadamente necesarias? ¿No sería ese el objetivo coherente del cambio social revolucionario en el sentido del altruismo?

La visión adoptada a lo largo de este libro es que el bien último es vivir por el bien de los otros sin esperar nada a cambio. (p. 10)

  Bueno, algo sí recibiremos a cambio: los beneficios afectivos de un estilo de vida basado en el altruismo, la empatía y la benevolencia.

Lectura de “Motivation, Altruism, Personality, and Social Psychology” en Palgrave MacMillan  2013; traducción de idea21