viernes, 25 de marzo de 2016

“El efecto Lucifer”, 2007. Philip Zimbardo

  Philip Zimbardo ha sido uno de los más notables psicólogos norteamericanos de finales del siglo XX, llegando a la presidencia de la Asociación Norteamericana de Psicología. Independientemente de su capacidad, erudición y talento, la fama le viene de haber llevado a cabo el llamado "Experimento de la Prisión de Stanford", en el cual unos estudiantes voluntarios adoptaron los roles de presos y guardias de prisiones, lo que dio lugar a sorprendentes (y rapidísimos) cambios de conducta relacionados con la agresividad y la violencia  (Zimbardo en su libro incluso se jacta de que su experimento se ha incorporado a la cultura popular y ha sido llevado al cine). Este caso ha servido de paradigma para muchas explicaciones situacionistas en psicología social. El “situacionismo” implica la maleabilidad del comportamiento humano en una situación social dada.

Una de las principales conclusiones del experimento de la prisión de Stanford es que el poder sutil pero penetrante de una multitud de variables situacionales puede imponerse a la voluntad de resistirse a esta influencia.

   ¿A qué influencia a la que no podemos resistirnos por el poder de las “variables situacionales” se refiere Zimbardo en concreto? En este caso, sin duda a la influencia del “mal”. Por eso le da al fenómeno la denominación de “Efecto Lucifer”.

El efecto Lucifer es mi intento de entender los procesos de transformación que actúan cuando unas personas buenas o normales hacen algo malvado o vil. (…) Trataremos de entender las transformaciones de su carácter cuando se enfrentan al poder de las fuerzas situacionales. 

La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre


  Zimbardo enumera unas cuantos factores situacionales en este sentido maligno (o “antisocial”... en la medida en que se  obstaculiza la confianza mutua que hace posible la cooperación social):

Algunos factores situacionales que impulsan la acción son: presiones de grupo e identidad de grupo, diluir la responsabilidad por la acción, fijación temporal en el momento presente sin considerar las consecuencias de la acción, presencia de modelos sociales y compromiso con una ideología.

  Algunos de estos factores son especialmente significativos (y no siempre sirven tan solo al mal):

La deshumanización es como una catarata en el cerebro que nubla el pensamiento y niega a otras personas su condición de seres humanos. 

  Zimbardo mismo menciona el caso de que, a veces, tal deshumanización es conveniente, como por ejemplo cuando actúa un cirujano abriendo la carne de un paciente en la mesa de operaciones y el médico "deshumaniza" el cuerpo en el que interviene, considerándolo solo un mecanismo fisiológico. Por desgracia, es mucho más frecuente su uso antisocial como cuando se califica a un colectivo específico como “bestias” o “puercos”, con el objeto de facilitar el maltrato o la discriminación.

  La deshumanización, como muchos otros comportamientos poco convencionales, puede tener lugar en condiciones de “compartimentación”.

El mecanismo de autodefensa basado en [la] compartimentación nos permite alojar mentalmente aspectos contradictorios de nuestras creencias y experiencias en cámaras separadas para evitar interferencias. (…) Un buen esposo puede ser un adúltero libre de culpa; un sacerdote piadoso puede ser un pederasta; un agricultor bondadoso puede ser un despiadado esclavista. 

  Otro factor es el anonimato:

Condiciones que nos hacen sentir anónimos, que nos hacen pensar que los demás no nos conocen o que no les importamos, pueden fomentar la conducta antisocial.   

  La asunción de roles:

Algunos roles son muy insidiosos: no son simples guiones que sólo seguimos de vez en cuando; pueden acabar adueñándose de nosotros la mayor parte del tiempo. Los acabamos interiorizando, aunque al principio reconozcamos que son artificiales y temporales y que están ligados a una situación. Y nos convertimos en padre, madre, hijo, hija, vecino, jefe, obrero, ayudante, sanador, mendigo, ladrón, prostituta, soldado y tantas cosas más.

Son como actores del método Stanislavski, que siguen metidos en su papel cuando no están en el escenario ni delante de la cámara, y su papel ha acabado devorando su identidad.

    (En este último caso Zimbardo se está refiriendo en concreto a lo sucedido en el Experimento de la Prisión de Standord y a la toma de roles de los voluntarios como “prisioneros” y “guardias”.)

  Otro factor siniestro que, afortunadamente, comienza a ser conocido por el gran público: la disonancia cognitiva, la capacidad para justificar lo injustificable con cualquier pretexto:

Esta disonancia es un estado de tensión que puede provocar un cambio en la conducta pública de la persona o en sus creencias privadas en un intento de reducir esa tensión. La persona hace todo lo que puede para dar alguna forma de coherencia funcional a estas conductas y creencias contradictorias. (…) El efecto de la disonancia es mayor cuanto menor es la justificación para estas conductas. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se lleva a cabo un acto repugnante por poco dinero, sin ninguna amenaza o con una justificación inadecuada o mínimamente suficiente.

   La necesidad de aprobación o respaldo social:

La necesidad de gustar, de ser aceptado y respetado, de parecer normal, de integrarse, es tan poderosa, que estamos dispuestos a realizar las conductas más ridículas y extravagantes si un desconocido nos dice que ésa es la forma correcta de actuar. 

  La relación de factores psicológicos capaces de contribuir a la extensión de los comportamientos antisociales aún podría prolongarse mucho. 
 
  Tras enumerar todos estos horrores acerca de la maleabilidad moral de la condición humana ¿qué nos dice Zimbardo acerca de cómo podemos contrarrestar los condicionamientos situacionales?

  En primer lugar, reconociendo su existencia, no cayendo en el error común de atribuir lo situacional a lo disposicional (o “personal”)…

Al explicar una conducta otorgamos demasiada importancia a la personalidad y le damos muy poca a las influencias situacionales.
 
  Es decir, que debemos asumir que existe una tendencia humana a “culpabilizar” a los individuos de lo que son claramente situaciones impuestas de coacción que nosotros también sufriríamos en su caso. Tendemos a pensar que la culpa es de la disposición del individuo, no del peso de las circunstancias. Y que nosotros, en su caso, no habríamos obrado así…
 
Todos queremos creer en nuestro poder interior, en nuestra capacidad de resistirnos a fuerzas situacionales

   Tenemos que considerar que las fuerzas situacionales que desencadenan el “efecto Lucifer” no son tan excepcionales como hacen pensar los siniestros experimentos psicológicos o algunos terribles episodios de la historia reciente. Autoritarismo, asunción de roles, desinviduación, compartimentación y disonancia cognitiva se dan constantemente en las jerarquías del mundo laboral y familiar,  en profesiones con roles muy específicos y en irracionalismos políticos culturalmente asumidos.
 
  Fijémonos ahora en el antídoto del “Efecto Lucifer” que supone la idea de Zimbardo de la “banalidad del heroísmo” (opuesta a la famosa "banalidad del mal" que interpretó la filósofa Hanna Arendt… y que fue la inspiración de los posteriores experimentos psicológicos situacionistas de Milgram y Zimbardo)
 
Frente al concepto de la «banalidad del mal», frente al hecho de que gente normal y corriente pueda cometer los más viles actos de crueldad y degradación, propongo el concepto de la «banalidad del heroísmo» para describir a los muchos hombres y mujeres corrientes que responden con heroísmo a la llamada del deber

Para que un acto se considere heroico debe cumplir cuatro criterios básicos: a) se debe hacer voluntariamente; b) debe suponer algún riesgo o sacrificio potencial, como amenaza de muerte, amenaza inmediata para la integridad física, amenaza a largo plazo para la salud, o degradación grave de la calidad de vida; c) se debe realizar al servicio de una o más personas o de la comunidad en general; y d) no se debe haber previsto de antemano ningún beneficio.

  La “banalidad del heroísmo”, sin embargo, para ser tan “banal” como su equivalente maligno habría de estar igualmente sometida a condiciones situacionales. Los ejemplos que da Zimbardo en su libro parecen referirse más bien a personas que hacen el bien “por impulso” en una situación dada que no condiciona de esa forma a la mayoría de las personas (por eso los señalamos como "héroes"). Pero Zimbardo también señala “un programa”, más bien de tipo educativo, que puede ayudar a obrar el bien pese a los condicionantes situacionales del “Efecto Lucifer”. Esto ya no sería tan banal…

Este programa (…)  no es más que un punto de partida para desarrollar la resistencia individual y colectiva contra las influencias no deseadas y los intentos ilegítimos de persuasión

  Entre otras cosas…

Impulsemos prácticas que hagan que los demás se sientan especiales para que también adquieran un sentido de valor personal y de amor propio. No permitamos ni practiquemos nunca estereotipos negativos; las palabras, las etiquetas y las bromas pueden ser destructivas si rebajan a los demás.

Intentemos no caer en pecados veniales o pequeñas transgresiones, como engañar, mentir, chismorrear, propagar rumores, reírnos de chistes racistas o sexistas, intimidar a otros o burlarnos de ellos. Estos actos pueden ser peldaños hacia pecados más graves. Las grandes maldades siempre empiezan con pasos pequeños que parecen triviales, pero recordemos que la maldad es una pendiente muy resbaladiza. Cuando empezamos a andar por ella, es muy fácil deslizarse hasta el fondo.

 
  Resumiendo, se trata de un programa educativo con la meta fijada en obtener una serie de cambios conductuales: reconocer errores, estar atentos e informados (entre otras cosas, de la existencia del tal “Efecto Lucifer”), no descargar la responsabilidad en otros, no desindividualizarnos, ser críticos con las autoridades, resistir el deseo de ser aceptados, desconfiar del poder de las formulaciones manipuladoras, tener en cuenta nuestro pasado y futuro en lugar de solo el presente, no obsesionarnos con la seguridad.

Lo esencial es descubrir cómo limitar o evitar las fuerzas situacionales y sistémicas que impulsan a algunos de nosotros hacia la patología social. Pero igualmente importante es que toda sociedad fomente una «imaginación heroica» entre sus ciudadanos. Para ello es necesario transmitir el mensaje de que cualquier persona es un héroe en potencia que optará por hacer lo correcto cuando llegue el momento de decidir. 
 
  Un problema, sin embargo, es cómo sostener todo este programa con algo más que educación y voluntarismo. Sin duda la educación cívica supone una ayuda, pero las fuerzas del Maligno son extraordinariamente poderosas (la manzana podrida arruina todo el cesto, y nunca al revés) como bien saben, por ejemplo, los demagogos políticos. Si, además, los “héroes” no esperan recompensa alguna por sus buenas acciones parecerán algo escasos de motivación, mientras que los malvados dispondrán de grandes recompensas.

  Quizá el posicionamiento situacionista podría dar lugar a respuestas prosociales más originales y constructivas que aún no se han puesto a prueba…

Kurt Lewin, uno de los grandes pioneros de la teoría y la investigación en el campo de la psicología social, abogó hace decenios por una ciencia experimental de la psicología social. Lewin decía que, desde el punto de vista conceptual y práctico, es posible abstraer aspectos importantes del mundo real y someterlos a prueba en el laboratorio. Creía que, mediante unos estudios bien diseñados y una manipulación cuidadosa de las variables independientes (los factores antecedentes que se usan para pronosticar la conducta), se podían establecer ciertas relaciones causales de una forma que no era posible con los estudios de campo o por medio de la observación. Sin embargo, Lewin fue más allá y abogó por el uso de estos conocimientos para provocar el cambio social, usando los datos obtenidos mediante la investigación para entender al ser humano y a la sociedad, y para intentar cambiarlos y mejorarlos

  Recordemos que las organizaciones criminales y también muchos centros de formación militares ya utilizan estrategias psicológicas para promover la maldad entre sus asociados. Estas instituciones ya utilizan datos obtenidos mediante la investigación para entender al ser humano y a la sociedad, y para intentar cambiarlos, aunque no, desde luego, para “mejorarlos”.

   En realidad, esto a lo que se refiere Zimbardo, viniendo al caso de Kurt Lewin, no sería otra cosa que un “monasticismo científico”, ya que el único precedente que tenemos en la historia civilizada de investigación para entender al ser humano y a la sociedad, y para intentar cambiarlos y mejorarlos es el del monasticismo, consecuencia de la exigente ética de las primeras “religiones compasivas” (el budismo, y después el cristianismo). Un monje no es otra cosa que un voluntario que se somete a un conjunto de  estudios bien diseñados y [a] una manipulación cuidadosa de las variables independientes a fin de lograr que sea capaz de autocontrolar las características más antisociales de su comportamiento y alcanzar la virtud que su religión le indica. Los monasterios medievales funcionaron como laboratorios del comportamiento humano, cuyos resultados acabaron repercutiendo en la vida convencional: ejemplos de ello serían la caballerosidad y la urbanidad.

  Sin duda, producir un bruto es mucho más fácil que producir un santo, pero lo realmente lamentable es que nadie (ningún psicólogo social desde luego) esté trabajando en promover la santidad hoy. Quizá por un motivo: una programación rigurosa del comportamiento prosocial llevaría muy probablemente a pautas culturales no convencionales. Y los científicos sociales pertenecen claramente al mundo convencional (de hecho, gozan de un alto estatus en tanto que profesionales de nivel superior).

   Un experimento como el sugerido no sería sin embargo muy estructuralmente diferente a experiencias de asociaciones de voluntarios como "Alcohólicos Anónimos" (que, sorprendentemente, desarrolló sus primeras terapias para la mejora de la conducta por mero “prueba y error”, sin apoyo alguno de los profesionales de la psicología). Solo que el fin de la nueva experiencia sería mucho más ambicioso que abandonar una adicción en concreto: ahora se trataría de diseñar pautas culturales de comportamiento prosocial de valor universal.

  Consideremos que, básicamente, los monasterios son (o más bien han sido) pequeñas sociedades ("subculturas") en las que se busca generar, mediante la práctica comunitaria de la virtud de la santidad, unos comportamientos de extrema confianza (similares a los propios de las familias: no por casualidad muchos se llaman unos a otros “hermanos”). El asociacionismo es vital para resistir los factores situacionales...                        

[En un experimento donde la presión de unos tramposos pretende hacer creer a un individuo que algo obvio no es así –ver unas líneas más largas que otras, por ejemplo-, lográndose en un porcentaje del 70%] si [se] hacía que el sujeto estuviera acompañado por alguien que expresara un punto de vista coincidente con el suyo, el poder de la mayoría disminuía mucho. Con el apoyo de ese compañero, los errores bajaban hasta una cuarta parte de los cometidos sin él
     
  Y el asociacionismo y las redes sociales de extrema confianza –pseudofamiliares, por tanto- son también incentivos directos para el comportamiento, ya que dan lugar a experiencias afectivas gratificantes. 

  Pero pese a la idea de Kurt Lewin recogida en este libro, nadie aún se ha puesto a hacerlo de una forma explícita y razonada. Que nadie diga, por tanto, que en cuestiones de cambio social y mejora del comportamiento prosocial “todo ya se ha intentado”…  En cualquier caso, si se emprendieran este tipo de iniciativas de promoción del “heroísmo” (o “santidad”), nadie iba a poder decir que serían “banales”.

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