miércoles, 15 de agosto de 2018

“Por qué cooperan los humanos”, 2007. Henrich y Henrich

  Lo sorprendente de la capacidad del ser humano para imponerse a las demás especies de seres vivos –ser los reyes de la Creación- no reside tanto en su inteligencia como en su capacidad para cooperar. La inteligencia humana valdría poco si nuestro comportamiento social fuese similar al del resto de los homínidos. Lo peculiar del ser humano, lo que nos ha llevado del “estado de naturaleza” a la “civilización”, es la compleja forma en que cooperamos. Un buen libro más sobre este tema es el de los psicólogos Natalie y Joseph Henrich.

Este libro es una investigación sobre uno de los grandes acertijos en las ciencias humanas: la evolución de la cooperación y el altruismo en la especie humana

  Sin altruismo no puede haber cooperación, porque es imposible una cooperación eficaz si en cada momento tenemos que recompensar proporcionadamente a cada uno por su esforzada contribución al logro común. No solo tal cálculo es en extremo complejo, sino que es impensable que en cada momento haya siempre disponible una recompensa proporcionada para cada uno. En cambio, si la cooperación material se convierte, en alguna medida, en el hábito de dar a los demás incluso sin recibir nada a cambio, no dependiendo de las compensaciones materiales, entonces siempre contaremos con un comportamiento participativo eficiente.

  Pero ¿cómo puede llegar a darse un número satisfactorio de comportamientos altruistas efectivos que permita que la cooperación sea fructífera? Lo ideal sería disponer de algún tipo de compensaciones inmediatas a la aportación individual al bien común que no sean materiales (es decir, que sean baratas y estén fácilmente disponibles). De esa forma promoveríamos el altruismo para beneficio de todos.

  ¿Y cuándo es posible esto?, ¿cuándo los individuos son capaces de experimentar compensaciones no materiales por los sacrificios materiales que realizamos? ¿Existe, siquiera, algo parecido en la naturaleza?

  Sí que existe: se trata del altruismo entre parientes que se da en todo el reino animal, como es el caso de la maternidad en los mamíferos y las comunidades de abejas y hormigas; este comportamiento altruista llega a trascender la relación de progenitores-descendencia y se hace más complejo dentro del grupo de parentesco mediante el mecanismo de la llamada “adaptación inclusiva” (inclusive fitness) que consiste en que los individuos emparentados (padres, hijos, hermanos, tíos, primos…) se sacrifican los unos por los otros con el fin de que la estirpe, la herencia genética que comparten, logre prosperar al fin. aunque sea indirectamente (favoreciendo, por ejemplo, a sobrinos y primos), dejando el mayor número posible de descendencia y en las mejores condiciones posibles para enfrentarse al medio. Pero en el ser humano, además, este mecanismo altruista se da de una forma peculiar y única.

Como consecuencia de vivir en (…) grupos de parientes [en el estado de naturaleza], los humanos [en las sociedades civilizadas] tienden a asumir que los otros miembros del grupo son parientes próximos. El argumento [de la teoría de la “Gran equivocación”] presenta la hipótesis de que, en las sociedades modernas, donde muchas interacciones son efímeras e implican a no parientes, nuestra psicología de parentesco puede equivocadamente causarnos que asumamos, en algún sentido, que estamos tratando con parientes y extender así algún grado de cooperación [propio de las relaciones entre parientes que a su vez obedece a salvaguardar la estirpe genética]

  Esta “Gran Equivocación” (de la “adaptación inclusiva”) es probablemente uno de los recursos esenciales de la psicología humana que permiten el progreso de la civilización.

Los sistemas culturales pueden definir el parentesco e influir el comportamiento de forma importante. Por ejemplo, en nuestra propia sociedad, los niños adoptados son tratados de forma indistinguible de los hijos genéticos –si bien los hijos adoptados es sustancialmente más probable que sean víctimas de violencia y homicidio a manos de sus padres no emparentados genéticamente

  En el último caso mencionado, cabe añadir la observación de que, la “forma indistinguible” en que son tratados los hijos adoptados sí que es distinguible desde el punto de vista práctico (por lo dicho de que sea sustancialmente más probable que sean víctimas de violencia y homicidio a manos de sus padres no emparentados genéticamente…) pero no lo es desde el punto de vista de las costumbres sociales… lo cual evidencia una de las habituales contradicciones entre el instinto y la ética transmitida por la cultura (la costumbre ética suele contradecir nuestros impulsos naturales). En cualquier caso, es cierto que, en general, según la ética socialmente aceptada y mayoritariamente interiorizada por los individuos, los hijos adoptivos reciben un trato similar a los emparentados genéticamente, tanto como es cierto que muchas relaciones de amistad son tan o más afectuosas y dignas de confianza que muchas relaciones de parentesco. Esta capacidad para expandir “equivocadamente” el altruismo entre aquellos relacionados genéticamente a los no genéticamente emparentados supone una de las claves de las peculiaridades de la cooperación humana. Pero hay más.

La selección natural favorece a los individuos que pueden usar el comportamiento pasado de otros individuos como un indicador de si ellos son cooperadores o reciprocadores o no.

  Esto se llama también la “reciprocidad indirecta”, es decir, que la atención y memoria humanas son utilizadas para crear “historiales de reputación” con respecto a las personas conocidas: yo quizá no puedo compensarte directamente por el beneficio que he obtenido de tu acción altruista, pero con mi opinión hecha pública (agradecimiento, chismorreo benévolo, declaración solemne…) contribuiré a que un tercero confíe en ti como cooperador fiable y éste muy probablemente será quien te recompense.

  Ahora bien, la reciprocidad indirecta puede ser más efectiva tanto más complejos sean los recursos sociales de un grupo humano…

Variables tales como el tamaño del grupo cooperativo (el número de individuos en cualquier interacción dada), el tamaño de la población (el número de individuos en un conjunto de interactuantes potenciales), la densidad de las conexiones sociales entre individuos en la población y las creencias de las personas acerca de los cotilleos influenciarán fuertemente la efectividad de la reciprocidad indirecta

Cooperar (y hacer una gran exhibición de ello) puede tener un efecto lo suficientemente positivo sobre la reputación de uno en futuras interacciones como para que contrarreste los costes inmediatos de ayudar a otros, incluso a los aprovechados y tramposos. Esta forma de reciprocidad indirecta que sirve para construir una reputación corresponde a otra clase de soluciones evolutivas a la cooperación que se denomina señalamiento costoso. 

  Un importante cambio cultural puede consistir en la elaboración de procesos que permiten que unos cooperadores identifiquen a otros cooperadores potenciales. De esa forma, podemos hacer que el señalamiento sea cada vez menos costoso. Por ejemplo, una persona con un buen currículum de estudios obtiene con ello, además de preparación técnica, una mejor reputación social (“estatus”). Ciertas capacitaciones, ciertas convenciones sociales, permiten que las personas más predispuestas a la cooperación se reconozcan unos a otros más fácilmente.

La cooperación puede evolucionar bajo circunstancias en las cuales la selección se aproveche de una regularidad estable que permita a los cooperadores conceder con preferencia sus beneficios a otros cooperadores: en otras palabras, la cooperación puede evolucionar cuando los cooperadores tienden a cooperar con otros cooperadores.

  Sea por expansión de los instintos altruistas que se dan entre los individuos genéticamente relacionados –“equivocación” de la “adaptación inclusiva”-  o sea por reciprocidad indirecta entre individuos con capacidad para diferenciar y recordar los historiales de comportamiento de otros individuos –creación de reputaciones-, el hecho es que tales estrategias nos permiten, con gran dificultad y por tortuosos caminos de transmisión cultural a lo largo de la historia, superar el gran obstáculo a la cooperación que siempre es el obvio interés propio de cada uno en la búsqueda de satisfacer sus necesidades naturales.

  La cultura puede lentamente hacer evolucionar estos mecanismos de cooperación y la tradición del progreso ético es la representación cultural más evidente a favor de la cooperación.

  Desde luego, aunque algunos animales no humanos pueden contar con sus mecanismos culturales (algunos pájaros, que aprenden canciones unos de otros, y algunos simios que se ha comprobado que imitan de otros ciertos hábitos alimentarios innovadores…), solo en el ser humano estos mecanismos de transmisión de información implican fórmulas de cooperación provechosa para el grupo social y solo en los humanos tales rasgos culturales de gran valor práctico evolucionan y se acumulan a lo largo del tiempo.

  Los autores de este libro han observado que el comportamiento moral (no es otra cosa el conjunto de criterios para asignar sistemáticamente reputaciones), aunque parte de una base innata universal, evoluciona de forma muy diferente según las culturas.

Fuentes históricas muestran que la escala de cooperación en muchas sociedades se ha incrementado por órdenes de magnitud en tiempos históricos, indicando con ello la presencia de un proceso evolutivo no genético que ha estado acelerando la escalada de la cooperación (un proceso que no ha sido observado en otras especies)

  La cultura no solo enuncia normas morales (es decir, codifica los criterios de reputación) sino que también tiene la capacidad de hacer que, mediante complejos procesos simbólicos activos ya en la primera infancia, los individuos interioricen pautas morales diferentes.

La mayor parte de las teorías predicen que las ofertas deberían disminuir en el Juego del Dictador con relación al Juego del Ultimátum porque se asume que al menos algunas de las ofertas del Ultimátum podrían tener lugar por miedo al rechazo y que estos jugadores bajarían sus ofertas en el Juego del Dictador. Pero cuando (…) [algunos pueblos] han aprendido culturalmente reglas de contexto específico sobre cooperación y competición [la predicción no se da]. (…) El juego de Ultimátum, con competición explícita en la forma de la capacidad de rechazar la oferta, parece encajar en un modelo de negocios competitivo, y los jugadores actuaban según esto intentando conseguir un poco más para ellos mismos. En contraste, el juego del Dictador, que carece de competición explícita al dejar a la otra parte como un mero receptor, accionaba un robusto modelo social de caridad.(…) La gente, al menos en algunas culturas, cooperan más en entornos caritativos

  Tenemos, por tanto, como conclusión, que los planteamientos cooperativos están directamente relacionados con el altruismo y que éste opera en el individuo como consecuencia de haber sido inculcado socialmente a partir de una cierta base instintiva. Por lo tanto, las personas acaban por no ser, de promedio, igual de altruistas o cooperativas en todas las culturas y, en cualquier caso, una importante limitación al comportamiento altruista tiene que ver con lo referente a los entornos caritativos, lo que quiere decir que tales comportamientos se hallan delimitados no solo por las culturas determinadas (la cultura islámica, la cultura confuciana; la cultura sueca, la cultura nigeriana; la cultura de la clase alta, la cultura de las minorías marginadas…) sino por los ámbitos de actuación social propios de cada cultura específica. De esa forma,  un mismo individuo puede llevar a cabo comportamientos muy caritativos  en un entorno, al mismo tiempo que puede llevar a cabo otros comportamientos muy egoístas y competitivos en un ámbito diferente: un mercader corrupto, por ejemplo, puede dar mucho a obras de caridad relacionadas con la religión, o un trabajador irresponsable puede ser un vecino generoso. 

  Este conocimiento hace ver que no hay límites aparentes a las posibilidades futuras de la cooperación, dada la maleabilidad cultural aparente de los comportamientos más cooperativos. Es la cultura humana la que aumenta las posibilidades de cooperación. Pueden crearse, por ejemplo, nuevas estructuras de elaboración de reputaciones, o pueden crearse nuevas estructuras culturales que permitan inculcar en los individuos el comportamiento altruista a partir de nuestra capacidad innata –grande o pequeña- para el altruismo entre parientes, o pueden elaborarse, finalmente, sistemas de comunicación simbólica de trascendencia emocional, que transmitan valores y concepciones favorecedores del altruismo, algo que en los últimos siglos ha sido llevado a cabo por las religiones éticas o por el estilo de vida secular ilustrado…

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