Los trabajos reunidos en este volumen, editado por los psicólogos Carolyn Zahn-Waxler, E. Mark Cummings y Ronald Iannoti, se centran, como suele ser habitual cuando los psicólogos tratan el tema de la agresión, en el control de la agresividad en la infancia. En realidad, esto no es muy práctico, pues siempre influirá primordialmente en los niños el comportamiento de los adultos y debería ser prioritario, por tanto, la mejora del comportamiento adulto como mejor medio de formar socialmente al niño. Sin embargo, también se pueden descubrir por este camino –menos ideológicamente comprometido, quizá- muchas cosas sobre el control de la agresión en los adultos.
Ha llegado el tiempo para desarrollar teorías e investigación de la conducta que consideren conjuntamente los elementos centrales y más básicos de la conducta moral: agresión y altruismo. ¿Cómo son determinados tales comportamientos? ¿Qué influencias contribuyen a su ocurrencia? ¿Cómo se desarrollan las características personales que hacen que su ocurrencia sea más o menos probable? (p. 135)
El mero hecho de considerar como los elementos centrales y más básicos de la conducta moral la agresión y altruismo ya supone un enorme avance pues nos proporciona una referencia muy práctica para trabajar la mejora del comportamiento.
Las orientaciones de valor moral y el potencial empático, las fuentes de la motivación altruista de una persona, probablemente disminuyen la hostilidad o su expresión en el comportamiento (p. 147)
De esta forma tenemos una concepción dual de altruismo-agresión. El comportamiento altruista contradice la agresión y esto puede ser especialmente importante, porque el comportamiento altruista puede medirse y calcularse de modo que nos dé una indicación de hasta qué punto estamos obrando en la dirección correcta para corregir los comportamientos agresivos.
El altruismo es la quintaesencia del comportamiento prosocial (…) Promover el altruismo es presumiblemente un objetivo capital de la socialización (p. 190)
Además, los autores hacen otra importante observación: asocian el “comportamiento asertivo”, que es objeto de cierta predilección por los comentaristas, con un conjunto de “tendencias asertivo-agresivas” (p. 33). ¿Es la asertividad una forma de agresividad?
Si fuéramos a regular y controlar la agresión mediante un adiestramiento por la empatía ¿inintencionadamente inhibiríamos los comportamientos asertivos correlacionados? (…) La agresión es valorada negativamente y la aserción es valorada positivamente (p. 210)
Sin menoscabo de que pueda implicarse la “aserción” en ello, es útil plantear que la vida agresiva es básicamente una organización mental a partir de una evaluación del medio prejuiciosa.
[Consideremos] el ejemplo de dos niños que están jugando a un juego de mesa. La meta del niño puede ser ganar el juego, mejorar en el juego o mejorar la amistad con el otro niño. Estas metas variadas tienen implicaciones en el comportamiento del niño durante el juego (p. 284)
Así pues, estos estudios sobre altruismo-agresión también avalan el juicio de que poseemos medios cognitivos, racionales que, desde una perspectiva ilustrada, pueden permitirnos condicionar culturalmente el comportamiento social humano restringiendo la agresión y expandiendo el altruismo, siendo este proceso dual un mecanismo asequible y, por lo demás, fácilmente comprensible en nuestra cultura actual, tan necesitada de perfeccionamiento y mejora. Un niño ya puede plantearse un juego como una competición o como una forma de hacer amigos.
Por otra parte, en este libro se abordan otros factores que señalan la prosocialidad. No está claro si el altruismo es una acción deseada directamente por el sujeto y que lo aparta de los comportamientos agresivos, o si el altruismo es consecuencia de otras actitudes innatas o transmitidas por el entorno cultural. Provisionalmente podríamos atribuir el altruismo a una actitud de benevolencia que a su vez podría descomponerse en otros elementos o factores que serían primero innatos y después objeto de selección cultural de modo que predominen sobre los impulsos agresivos o abusivamente egoístas.
Así, tenemos los comportamientos prosociales derivados del apego, cuyos orígenes innatos hemos heredado de los animales. Los comportamientos de apego están determinados biológicamente por el parentesco… pero en la vida social más elaborada, particularmente en el Homo sapiens, parecen no depender de los factores genéticos propios de las relaciones parentales.
[En cuanto a] cómo el cerebro elabora el reconocimiento del parentesco (…) la identificación de los parientes genéticos puede tener débiles componentes innatos (…) [Sin embargo] parece probable que la mayor parte del reconocimiento de parentesco al menos entre especies de aves y mamíferos surja de los sistemas emocionales del cerebro que median el vínculo social (p. 21)
Otro factor parece ser el de la empatía, un desarrollo característicamente humano.
La empatía y el comportamiento prosocial, si bien compatibles y sincrónicos, no están vinculados automática o inevitablemente. La hipótesis de una relación inversa entre empatía y agresión si parece confirmarse más consistentemente. (…) La empatía parece ser un ingrediente importante del desarrollo prosocial. (p. 196)
Lo prosocial (lo que promueve la cooperación humana efectiva), si se origina de nuestra tendencia al apego y la empatía, puede entonces tomar forma como voluntad, como propósito consciente de benevolencia a partir de una percepción diferente y cognitivamente elaborada de la mera perspectiva del propio interés. Estamos así señalando mecanismos fácilmente perceptibles por cualquier individuo al mantener una interacción cotidiana con sus semejantes, sean conocidos o extraños.
Usamos una variedad de tests para determinar la orientación prosocial (…) Estos tests alcanzan tres ámbitos interrelacionados: un valor o evaluación positiva de los seres humanos; preocupación y valoración del bienestar ajeno y un sentimiento de responsabilidad por el bienestar en otros. Cuando (…) los individuos se enfrentan con la necesidad de otras personas, aquellos con una orientación prosocial más fuerte responden de forma altruista al malestar físico o psicológico de otros (p. 138)
Finalmente, el mecanismo de interiorización moral es el que nos permitiría, en un futuro esperanzador, organizar nuestra conducta en base a la prosocialidad. Este mecanismo es bastante asequible en los niños… pero ¿cómo utilizamos estas técnicas en los padres que han de educarlos?
Los niños que ven su comportamiento coercionado (como sucede por miedo al castigo o por la expectativa de una recompensa material) los atribuirán a fuerzas externas y es improbable que vuelvan a reprimirse en ausencia de tal fuerza externa. Cuando ese comportamiento es menos obviamente forzado, sin embargo, como cuando los padres usan el razonamiento para conseguir el acuerdo, no puede ser fácilmente atribuido a presión externa y así [la sensación es de que] debe de haber sido el resultado de un deseo externo. Así se interioriza (p. 219)
Un sistema cultural basado en el altruismo equivale a la misma situación en la que el niño no es forzado a adoptar una pauta de conducta sino que la asume como propia, como principio por defecto. Uno, niño o adulto, puede adoptar esta pauta no como impuesta por una coacción externa si se dan los condicionamientos adecuados. Es lo que todos hacemos en nuestro estilo de vida… que no es hoy, desde luego, de tipo altruista, sin embargo. ¿Es, por ejemplo, la preferencia por modelos “asertivos” un obstáculo para desarrollar un estilo de vida altruista?
Lectura de “Altruism and Aggression” en the Press Syndicate of the University of Cambridge 1986; traducción de idea21
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