miércoles, 25 de febrero de 2026

“Altruismo”, 2007. Scott y Seglow

   Una sociedad basada en principios altruistas sería perfecta y feliz: cada uno procuraría el bienestar de los demás, y lógicamente se beneficiaría también de esta pauta de conducta generalizada.

  Las objeciones a este ideal resultan bastante endebles.

Un mundo de perfectos altruistas sería incoherente y una contradicción en sí misma. Cada uno se preocuparía exclusivamente de los intereses de otros, dejando a los individuos sin interés por sí mismos (Dos altruistas discutiendo sobre quien debería ocupar el último asiento de un bus: es para ti –no, es para ti) (p. 91)

  Lógicamente, los perfectos altruistas no van a favorecer discusiones bizantinas contraproducentes para su fin de benevolencia: si no hay un razonamiento práctico adecuado sobre un tema de poca importancia como sería el de quién se queda con el último asiento, se echa a suertes en lugar de perder un tiempo que puede aprovecharse mejor en continuar favoreciendo la felicidad de nuestros semejantes.

  Pero el caso es que, tal como nos muestran los filósofos Niall Scott y Jonathan Seglow en su libro, si aún no vivimos desde luego en una sociedad basada en el altruismo, tampoco vivimos exactamente en una sociedad basada en principios egoístas. El altruismo existe, pero no tanto como nos convendría.

   A la hora de estudiar la naturaleza y las posibilidades del altruismo en humanos, el primer paso es reconocer que el altruismo tiene un origen natural.

Darwin argumentó que se podría explicar el altruismo en términos de selección de grupo [En el libro “La descendencia del hombre”, de 1871] (p. 41)

  Con todo, el mismo Darwin había de reconocer que la selección de grupo tendría una capacidad limitada para promover el altruismo. La teoría parte de que en un grupo donde el altruismo esté más presente alcanzará una cooperación más eficaz, lo que les permitiría imponerse a grupos donde el altruismo se diera menos. Pero una cosa es que eso sea conveniente, y otra el que eso sea posible.

La teoría de selección de grupo (…) ha sido fuertemente criticada (…) [porque] un grupo de altruistas puede fácilmente ser socavado por individuos egoístas dentro de su grupo (p. 43)

   Así que, sobre una base altruista innata que quizá se originase por una cierta “selección de grupo”, se han desarrollado estrategias culturales de fomento de la cooperación. La “selección de grupo” puede haberse generado por múltiples caminos, pero no hasta el punto de que no subsista un poderoso egoísmo y es éste el que tiene que ser de alguna forma controlado para el beneficio común del mayor número de individuos.

La ética evolutiva y la psicología evolutiva han tratado de explicar los orígenes del comportamiento altruista y moral mediante el desarrollo de la idea de estrategias de cooperación (p. 45)

  Estas estrategias se basan sobre todo en la reciprocidad: la obtención de prestaciones altruistas a cambio de otras prestaciones altruistas. Ahora bien: el “yo te doy si tú me das” –tit-for-tat- no solo no es altruismo real –no hay “motivación” genuina de beneficiar a otro, sino un interés exclusivo en el propio beneficio-, sino que además requiere un condicionamiento en cuanto que tienen que existir expectativas reales de que tal beneficio mutuo va a producirse realmente.

El altruismo recíproco (…) es el altruismo que se lleva a cabo con la esperanza de obtener una futura recompensa de la persona a la que se beneficia. No está restringido a los parientes (p. 49)

  El foco debe ponerse en esa “esperanza de obtener una futura recompensa”. La fórmula evolutivamente consistente es que el comportamiento cooperativo sea de tipo instintivo y no mera consecuencia de un deliberado e incierto cálculo de viabilidad. Si contamos con un impulso de actuar con reciprocidad, entonces la motivación sí se parece bastante a un altruismo genuino: el individuo altruista no alberga conscientemente la esperanza de la futura recompensa, sino que actúa de tal modo que es probable que ésta se produzca (igual que una ardilla instintivamente almacena nueces aun careciendo de “imaginación” para saber que eso le permitirá subsistir en invierno). Si este comportamiento altruista instintivo –por el estilo también del que llevamos a cabo cuando nos relaciones altruistamente con nuestros parientes- es lo suficientemente habitual todos acabaremos por beneficiarnos. 

   El problema es que también los instintos requieren que se den circunstancias favorables a su expresión. Por ejemplo, si yo soy instintivamente agresivo puedo hacer mucho más daño a otros si dispongo con facilidad de armas de fuego. Con el altruismo sucedería lo mismo.

Ya que el altruismo depende tan crucialmente de la motivación no es algo que podamos fomentar fácilmente. La solución es emplear una aproximación indirecta  (…) y crear nuevas instituciones en las que pueda florecer el altruismo y ser mostrado públicamente  (p. 134)

   Si vivimos en una cultura en la que se incita a cada uno a ser egoísta, es menos probable que el instinto altruista florezca.

    Hoy por hoy, cuando menos en los países liberales y democráticos, está claro que el altruismo en general resulta mayoritariamente atractivo, pero ¿hasta qué punto puede llegar a realizarse?, ¿hacemos lo posible por promoverlo?  

Si el altruismo se asocia con sentimientos agradables tenderá a ser producido socialmente (p. 62)

  Esto sería lo ideal. Lo experimentamos cuando se trata de buscar la felicidad de nuestros seres queridos (afección). ¿Cómo expandir estas emociones de benevolencia a un ámbito universal? El liberalismo compasivo parece ayudar. Pero ¿se puede ir más allá?, ¿podemos aspirar a una sociedad que promueva más aún el altruismo?

Incluso si nos sentimos compelidos a ayudar a los más próximos y más queridos, eso no quiere decir que no podamos educarnos a nosotros mismos para expandir el ámbito de nuestras simpatías morales. Después de todo -tienden a decir los imparcialistas- la motivación es una cosa pero la justificación una muy distinta. Una forma de salir de este dilema es conectar la imparcialidad y el altruismo conceptualmente mediante la idea de que el punto de vista impersonal es un rasgo necesario de las acciones altruistamente motivadas  (p. 37)

  Si justificación y motivación fuesen la misma cosa, el problema estaría resuelto, pero la conexión “conceptual” entre imparcialidad ética –bondad universal- y altruismo –expresión subjetiva de bondad… universal o no- depende de los principios morales: interiorizar emocionalmente –“como un instinto”- los principios morales; ése es el gran truco del progreso civilizatorio.

El altruismo es un tipo especial de emoción (p. 27)

  Una cultura social de principios morales interiorizados de alcance universal –cuyo ideal fuese beneficiar imparcialmente a todos los seres- capaz de promover emociones altruistas gratificantes alcanzaría la absoluta perfección.

  Las religiones, tan importantes en la evolución civilizatoria, tenían su fórmula, apelando a un orden sobrenatural benéfico –“Dios es amor”- de gran poder emocional. Todavía hoy los creyentes en las religiones compasivas suelen ser más activos en lo que a altruismo se refiere.

 La gente religiosa tiende a donar más que lo no religiosos (p. 98)

  Pero como en una civilización basada en principios racionales lo sobrenatural queda ya descartado, es preciso analizar cuál es el poder de cada estrategia para promover el altruismo a fin de hallar fórmulas más viables.

Los sentimientos egoístas que son necesarios para la supervivencia eran vistos por Comte como más fuertes que las capacidades sociales y altruistas más débiles. Estas capacidades más débiles, sin embargo, podían ser fortalecidas mediante la educación (p. 15)

  Para llegar a una sociedad por completo altruista, se hace necesario un complejo proceso de cambio cultural; la “educación” –didactismo- ha demostrado sus limitaciones a estas alturas.

  Aquí aparecen desafíos de todo tipo. Por una parte, el hecho indudable de que hay temperamentos más propensos a la benevolencia que otros, algo que no suele tener en cuenta el didactismo educativo.

La perspectiva del aprendizaje social [para promover el altruismo] tiende a minimizar las diferencias en el carácter de la gente (p. 63)

  Por otra parte, la construcción de principios morales que puedan ser interiorizados –generar emociones que impulsen la acción altruista- implica considerar factores ideológicos.

Para los altruistas normocéntricos, el sentir la experiencia del sufrimiento de los otros no es suficiente. Este sufrimiento ha de ser también una violación de las normas de un grupo de referencia con el cual se identifican. La persecución de los judíos ofendía los valores de su familia, iglesia o comunidad, y esto era lo que los movía a actuar (p. 78)

  No se da una conclusión definitiva, pero sí indicaciones que pueden ser esclarecedoras a la luz de lo que hemos aprendido hasta hoy sobre el comportamiento social humano. 

   Resumiendo: el objetivo es expandir y explotar racionalmente la “interiorización” del comportamiento altruista. Recordemos que, a cierto nivel menor, el comportamiento altruista ya está interiorizado en muchos casos. El ejemplo más conocido es el del que da una propina en un restaurante al que nunca volverá –una “buena costumbre”-. Pero también implica casos más gravosos, como la donación de sangre u órganos.

El deber interiorizado de los donantes de sangre –que cada uno está en disposición de ayudar a cualquier semejante- podría generalizarse para proporcionar un fundamento moral para un estado de bienestar (p. 106)

  No hay límite en las posibilidades de expansión del altruismo si se consideran todos los factores implicados y se obra en consecuencia de forma organizada. 

Lectura de “Altruism” en Open University Press McGraw-Hill Education  2007; traducción de idea21

domingo, 15 de febrero de 2026

“Convirtiéndose en persona”, 1961. Carl Rogers

   Después de la segunda guerra mundial, en la mitad del mundo ha triunfado la democracia occidental… que coincide con el éxito económico de la sociedad de consumo. Frente a la tiranía comunista, aparece un ideal de libertad y prosperidad. Pero para que todos podamos disfrutar de tal abundancia, necesitamos enriquecer también nuestras vidas, estar en la mejor condición para gozar de la experiencia vital.

Me parece que en el fondo todo el mundo se está preguntando ¿Quién soy, realmente? ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi yo real, que subyace mi comportamiento superficial? ¿Cómo puedo convertirme en mí mismo? (p. 108)

  Carl Rogers formó parte del movimiento fundacional de la psicología humanista o “positiva”. Los psicoanalistas y los grandes maestros pioneros como Adler o Jung trataban de reprimir o programar de forma autoritaria el sentido de la vida. Rogers, Maslow o Montagu quieren que seamos libres, dueños de nuestro propio destino. El terapeuta solo ayuda: no nos tiraniza con su implacable juicio condenatorio.

[Abraham] Maslow sostiene vigorosamente que la naturaleza animal del hombre señala que las emociones antisociales –hostilidad, celos, etc- resultan de la frustración de los impulsos básicos de amor, seguridad y pertenencia que son deseables en sí mismos. Y Montagu igualmente desarrolla la tesis de que la cooperación, más que la lucha, es la ley básica de la vida humana. Pero estas voces solitarias son poco escuchadas (p. 91)

  Las que Rogers ve entonces como voces solitarias poco escuchadas, hoy son, por suerte, un lugar común. Y no se trata solo de los pacientes de los terapeutas. La visión “científica” de la benevolencia terapéutica acaba alcanzándonos a todos.

Es mi sincera esperanza que muchas personas que no tienen un interés particular en el campo del apoyo psicológico y la psicoterapia encontrarán las enseñanzas en este campo fortalecedoras para sus propias vidas  (p. viii)

Hay una razón plena para suponer que las relaciones terapéuticas son solo una instancia de las relaciones interpersonales y que la misma ley gobierna todas las relaciones (p. 37)

   Así que, libertad, independencia, buen juicio, armonía social…

Gradualmente, los clientes aprenden que vivir la experiencia es un recurso favorable, no un enemigo temible (p. 173)

La teoría de la terapia centrada en el cliente mantiene la hipótesis de que los cambios que tienen lugar interiormente en la terapia causarán que el individuo tras la terapia se comportará en forma menos defensiva, más socializada, más aceptante de la realidad dentro de sí mismo y en su entorno social, lo que hará evidente un sistema de valores más socializado.  (p. 36)

La terapia juega un papel extremadamente importante en liberar y facilitar la tendencia del organismo hacia el desarrollo psicológico o madurez cuando esta tendencia ha sido bloqueada (p. 60)

Hemos establecido mediante control externo las condiciones (…) a las que seguirá el control interno del individuo en búsqueda de metas internamente elegidas (p. 397)

El cliente gradualmente aprende a simbolizar un estado total y unificado, en el cual el estado del organismo, en experiencia, sentimiento y cognición puede ser descrito de una manera unificada (p. 205)

   La capacidad de “simbolización” es clave en el avance del individuo en el autocontrol de su propia vivencia, ya que el “símbolo” equivale a una representación inteligible de una realidad compleja que hasta ese momento se nos escapaba. No es poca la ayuda que puede ofrecer el terapeuta en ese campo. La armonía alcanza incluso a una correcta coordinación de afección entre “cliente” –escribe “cliente” y no “paciente”- y terapeuta, con los descubrimientos de la ciencia del comportamiento, que por entonces estaba incluso de moda (B. F. Skinner… y sus excesos).

¿Puede la ciencia ayudarnos en el descubrimiento de formas de vivir ricamente gratificantes?, ¿de modos de relaciones interpersonales más significativas y satisfactorias? ¿Puede la ciencia informarnos de cómo la raza humana puede convertirse en un participante más inteligente de su propia evolución –su evolución social, física y psicológica? ¿Puede la ciencia informarnos de la manera de liberar la capacidad creativa de los individuos, que parece tan necesaria si hemos de sobrevivir en esta fantásticamente expansiva era atómica? (p. 348)

   Aquí se nos enumeran las posibles metas de la vida social sana. Una vida gratificante, con relaciones interpersonales significativas, que desarrolle la inteligencia, el progreso social, la creatividad… Grandes ambiciones que no van a molestar nadie (nada de búsqueda del poder, el éxito económico, el placer sexual o cualquier otra meta que solo puede alcanzarse a costa de otros). 

En mis primeros años profesionales, me preguntaba cómo podía tratar, o cuidar o cambiar a una persona. Ahora plantearía la cuestión de esta forma: ¿cómo puedo establecer una relación con esta persona para que pueda utilizarla para su propio crecimiento personal? (p. 32)

  Pero hay sospechas. Tantos regalos, tantas promesas ¿no pueden generar frustración? ¿No pueden degenerar en competitividad para ser felices, para sentirse realizados, admirados, integrados?

  En teoría se propone una forma de benevolencia garantizada por la honestidad científica.

El consejero o el médico o el administrador que es cálidamente emocional y expresivo, respetuoso de la individualidad de él mismo y del otro, y que exhibe un cuidado no posesivo, probablemente facilita la autorrealización tanto como un padre con estas actitudes. (p. 42)

La mayor barrera a la comunicación interpersonal mutua es nuestra tendencia muy natural a juzgar, a evaluar, a aprobar o desaprobar la opinión declarada de la otra persona o el otro grupo (p. 330)

Parece demasiado peligroso, demasiado potencialmente dañino, experimentar [los sentimientos] libre y plenamente. Pero en la seguridad y la libertad de la relación terapéutica, [los pacientes] pueden experimentar de forma completa y clara el límite de lo que ellos son  (p. 111)

   De esa forma, la autorrealización, el efecto de nuestras potencialidades iría hermanado a un sentimiento de bondad incompatible con la agresión y la competitividad. Observemos que eso implica una visión optimista de la naturaleza humana: liberarnos de las represiones no es dejar libre a la “bestia humana”, el temor que aparece en la famosa novela de Emile Zola:

Si un individuo fuese a convertirse en lo que es realmente, sería soltar una bestia dentro de sí mismo (p. 177)

   Quizá Rogers y los humanistas no se equivocaban mucho, pero sí está claro que han aparecido inconvenientes graves que demuestran que la libertad exige hacer elecciones extraordinarias. En cualquier caso, al descartarse la exigencia hobbesiana –e incluso freudiana- de la represión constante el camino queda más despejado para hallar la sabiduría. 

   Rogers se adhiere a un existencialismo compasivo y prosocial (Kierkegaard) y se opone al totalitarismo ideológico en la buena línea de Karl Popper.

[Mi punto de vista] implica un desarrollo paso a paso basado en una continua elección subjetiva de propósitos, que es implementado por las ciencias del comportamiento. Esto está en la dirección de la “sociedad abierta”, el término definido por Popper (p. 399)

   El liberalismo debe ser comprendido como una preparación para un fin más elevado –la benevolencia universal-. Si se pierde esto de vista, el liberalismo democrático resulta fallido.

Lectura de “On Becoming a Person” en Houghton Mifflin Company 1961; traducción de idea21

jueves, 5 de febrero de 2026

“Origen y meta de la historia”, 1949. Karl Jaspers

 Mi libro quisiera contribuir a elevar nuestra conciencia del presente. (Prólogo)

  Karl Jaspers era un filósofo “de los antiguos”. No era un historiador ni un científico social, pero trataba de ponerse al día. En su libro, que en su título ya nos informa de la ambiciosa temática, incorpora los conocimientos acerca de la vida social humana de la que informaban las ciencias empíricas y busca el punto de vista actualizado y objetivo.

La actitud científica diferencia lo que se sabe convincentemente de lo que no se sabe convincentemente. Además de conocer quiere saber también los métodos (Capítulo 1-II parte)

   Un ejemplo de los datos históricos y arqueológicos que maneja Jaspers en su libro:

La invención de la escritura probablemente se produjo en un solo lugar, desde donde se propagó al resto (Capítulo 1-I parte)

   En realidad, hoy sabemos que la escritura apareció independientemente en diversas culturas muy distantes entre sí y sin contacto alguno. Al redactar su libro poco después del fin de la segunda guerra mundial, Jaspers comete muchos errores por el estilo. Llega a escribir que las civilizaciones precolombinas debieron tener alguna conexión con las civilizaciones de Eurasia, dadas las grandes coincidencias observadas entre ellas. Estos errores –en realidad no suyos, sino de los arqueólogos de entonces- condicionan un poco su visión de los cambios civilizatorios.

Los pasos principales han sido los siguientes (…) La religión profética de los judíos, liberada de magia, de trascendencia real, con un radicalismo que no se ha registrado en ninguna otra parte de la Tierra, aunque solo durante un momento históricamente limitado y para pocos hombres, pero hablando en el Libro para los que después pudieran escuchar (…) Los griegos crearon la claridad de las diferenciaciones, la plástica de las formas, la consecuencia lógica del pensamiento racional como antes no se había alcanzado en ninguna parte (…) El cristianismo realizó la interiorización de la trascendencia más extrema, como también hicieron la India y China, mas con la diferencia de que el cristianismo encerró esta realización en el mundo de la inmanencia, y con ello introdujo una perpetua inquietud en la obra de la configuración cristiana del mundo. Pero la gran ruptura solo se produjo a partir de la última Edad Media. (…) No hubo en absoluto una evolución rectilínea, visible, diáfana. Cuando ya estaba preparada la ciencia moderna en el nominalismo de fines de la Edad Media, de pronto, y simultáneamente, sobrevinieron las orgías de la brujería. Cómo posteriormente se transformó la realidad del hombre mientras adquiría la ciencia y la técnica, dominaba las fuerzas naturales y conquistaba el globo terráqueo, es cosa que está en tremendo contraste con estas realizaciones concretas. Solo en el siglo XIX se dieron los pasos definitivos que separan todo el pasado histórico del futuro, todavía encubierto. (Capítulo 8-I parte)

  En general, aunque muestra un fuerte aprecio por las culturas de Oriente, el autor considera la civilización occidental como la base del desarrollo civilizatorio humano. Occidente habría descubierto la racionalidad práctica de la inteligencia humana aplicada a la condición humana misma.

Para la conciencia del Occidente, Cristo es el eje de la historia. El cristianismo como Iglesia cristiana es, probablemente, la mayor y más alta forma de organización del espíritu humano que hasta ahora ha existido. Del judaísmo proceden los impulsos y los supuestos religiosos. (…). De Grecia procede la amplitud filosófica y la fuerza esclarecedora del pensamiento; de Roma, la energía organizadora y la sabiduría realista. (Capítulo 5-I parte)

El Occidente conoce la idea de la libertad política. En Grecia se desarrolló, aun cuando solo pasajeramente, una libertad que no existió en ninguna otra parte del mundo. (Capítulo 6-I parte)

Lo trágico se hace al mismo tiempo conciencia y realidad. Solo el Occidente conoce la tragedia. (Capítulo 6-I parte)

   Y la tecnología:

El elemento verdaderamente nuevo, fundamentalmente distinto por completo, incomparable con lo asiático, en absoluto independiente, incluso extraño a los griegos, es únicamente la ciencia y técnica europea moderna. (Capítulo 1-II parte)

El conocimiento científico de la naturaleza mediante la teoría matemática, inaugurado por Kepler y Galileo, es la innovación más sorprendente y, por sus consecuencias en la técnica, inauditamente eficaz. (…) El contenido del conocimiento no está cerrado ni se le puede cerrar (en oposición al cosmos griego) (…). De aquí procede el sentido incitante de esta ciencia y después la caída en la pérdida de sentido, pues si la meta nunca puede ser alcanzada y todo trabajo no es más que el peldaño para los que vienen detrás ¿a qué el esfuerzo? (Capítulo 1-II parte)

  Pero previo a las revelaciones de la sabiduría occidental se habrían producido “expansiones sapienciales” en los siglos anteriores en lugares del mundo muy alejados unos de otros. Es en este libro donde aparece la idea de “Era axial” (o “tiempo-eje”, en esta traducción).

Si hubiera un eje de la historia universal (…) este eje estaría allí donde ha germinado lo que desde entonces el hombre puede ser, allí donde ha surgido la fuerza fecunda más potente de transformación y configuración del ser humano (…) Este eje de la historia universal parece estar situado hacia el año 500 antes de Jesucristo (Capítulo 1-I parte)

La novedad de esta época estriba en que en los tres mundos el hombre se eleva a la conciencia de la totalidad del Ser, de sí mismo y de sus límites. Siente la terribilidad del mundo y la propia impotencia. Se formula preguntas radicales. (Capítulo 1-I parte)

    La cronología suele ir desde Zaratustra hasta Aristóteles, pasando por Buda y Confucio. Hoy, los historiadores más cuidadosos consideran que no se trata de un periodo temporal tan preciso como Jaspers quizá pensaba, pero sigue siendo sorprendentemente destacable. El ser humano comienza a hacerse “preguntas radicales”. Si los animales se desenvuelven en el medio, el animal “Homo sapiens” se reconoce a sí mismo como parte del medio…

  ¿Cuál es el sentido (o meta) de la vida según Jaspers?

Se considera como meta de la historia la revelación del Ser en el hombre, el descubrimiento del Ser en su profundidad, es decir, la revelación de la divinidad (Capítulo 3-III parte)

   Esto hoy no nos dice mucho, pero, aparte de la revelación de la divinidad Jaspers también enumera otras tres posibles metas de la historia: unidad política mundial, libertad y grandeza cultural.

La historia es la ruta del hombre hacia la libertad por virtud de la disciplina de la creencia. (Capítulo 3-II parte)

La libertad es superación de lo externo que me fuerza y constriñe. (…) Pero libertad es también superación del propio albedrío. La libertad coincide con la necesidad de lo verdadero sentida interiormente como efectiva y actual. (Capítulo 3-II parte)

Llevar la humanidad a la libertad equivale a llevarla al mutuo diálogo entre los hombres. (Capítulo 3-II parte)

Jurídicamente queda al individuo un margen de arbitrio (libertad negativa), por virtud del cual puede cerrarse y aislarse respecto a los demás. Pero moralmente la libertad exige justamente el abrirse a los demás, unos a otros, que puede desarrollarse sin coacción por amor y razón (libertad positiva). (Capítulo 3-II parte)

   La alabanza de la libertad y la creencia contrasta con la crítica a la ideología.

Ideología es un complejo de ideas o representaciones que se presenta al pensador para la interpretación del mundo y de su situación en él, como verdad absoluta; pero de tal manera, que se engaña a sí mismo para justificarse, encubrirse, evadirse y, en algún sentido, para su ventaja presente. La comprensión de un pensamiento como ideología equivale, por tanto, a descubrir el error y desenmascarar el mal. Calificar a un pensamiento de ideología equivale a reprocharle falsedad y mendacidad; es, por tanto, el ataque más vivo. (Capítulo 2-II parte)

El método del conocimiento cada vez más penetrante de la verdad ha acabado en las bajezas del psicoanálisis y del marxismo vulgar. En el pensamiento desenmascarador, que a su vez se ha hecho dogmático, la verdad se ha perdido por completo. Todo es ideología, y esta tesis misma es una ideología. Nada queda. (Capítulo 2-II parte)

   El rechazo a la ideología y la consideración positiva del “pensamiento” hacen referencia a un esquematismo descuidado y manipulador que no debe confundirse con la búsqueda de la verdad genuina. Por eso la libertad se considera una muy probable meta: una libertad que nos lleva a la razón y a la verdad también nos proporcionaría un esquema válido, una visión del mundo comunicable a todos los seres humanos. Si se rechaza la ideología –cuyo origen estaría en un exceso interesado del uso del método del conocimiento- nos queda la sabiduría. 

  Pero cabe preguntarse si la sabiduría, para influir de forma efectiva a la sociedad, tiene otro camino más allá de la ideología. Quizá el problema de la ideología tenga que ver más bien con el contexto social: ideologías políticas o religiosas, a la larga siempre serán nefastas, pero podrían llegar a existir ideologías morales o conductuales que facilitaran la evolución social al difundir paradigmas de cambio para mejor.

  ¿Vendrá una nueva era axial?

Si viene un nuevo tiempo-eje, solo puede estar en el futuro, de la misma manera que el primer tiempo-eje solo mucho más tarde siguió a la Edad Prometeica, en que se descubrieron los fundamentos de la vida humana que diferenciaron definitivamente al hombre de todo el mundo animal. Este nuevo tiempo-eje, acaso próximo, el único que abarcaría el globo entero, está por delante de nosotros sin que podamos representárnoslo. Representarlo en la imaginación equivaldría a crearlo. Pero nadie puede saber lo que traerá consigo. (Capítulo 1-II parte)

Tendría que aparecer algo nuevo, algo originariamente otro, puesto que el hombre no puede dejar de ser hombre. Eso nuevo, inimaginable para nosotros, borraría la religión bíblica hasta dejarla reducida a simple recuerdo, como lo son para nosotros los mitos, e incluso pudiera perderse hasta ese recuerdo (…) Para que pudiera prender en el hombre tendría que surgir algo como el tiempo-eje. Pues entonces la remoción interior del hombre mostraría lo que se desarrolla en la comunicación de la lucha espiritual. (Capítulo 3-II parte)

   Hoy en día, más de medio siglo después de este libro, seguimos esperando la aparición de algo nuevo que pudiera ser decisivo. Ha de ser algo mejor que el desarrollo político –coerción al individuo por el bien común- y ha de ser compatible con la tecnología y la ciencia.

Lectura de “Origen y meta de la historia” en Revista de Occidente 1951 (Editor digital: Titivillus ePub base r2.1 ); traducción de Fernando Vela