jueves, 5 de abril de 2018

“La sociedad abierta y sus enemigos”, 1945. Karl R. Popper

   El libro “La sociedad abierta y sus enemigos” ha acabado por convertirse en un clásico del pensamiento democrático y antitotalitario bastantes años más tarde de que el filósofo Karl R Popper comenzara a escribirlo durante la segunda guerra mundial (y cuando el resultado de la guerra aún era incierto).

  La propuesta de Karl Popper frente al totalitarismo es la “sociedad abierta”

La más grande de todas las revoluciones morales y espirituales de la historia [es] (…) la empresa de construir una sociedad abierta que rechace la autoridad absoluta de lo establecido por la mera fuerza del hábito y de la tradición, tratando, por el contrario, de preservar, desarrollar y establecer aquellas tradiciones, viejas o nuevas, que sean compatibles con las normas de la libertad, del sentimiento de humanidad y de la crítica racional.

[Llamamos] sociedad cerrada a la sociedad mágica, tribal o colectivista, y sociedad abierta a aquella en que los individuos deben adoptar decisiones personales.

   La sociedad cerrada sería, por tanto, la del mundo primitivo al igual que la del totalitarismo contemporáneo.

  Algo tan pragmático como el liberalismo político requería de algún tipo de profeta y a Popper le correspondió serlo. Curioso, puesto que precisamente su libro, lúcido y comprometido, se posiciona contra los profetas políticos y su mecanismo razonador habitual: el historicismo.

[Algunos] creen haber descubierto ciertas leyes de la historia que les permiten profetizar el curso de los sucesos históricos. Bajo el nombre de historicismo, he agrupado las diversas teorías sociales que sustentan afirmaciones de este tipo. 

  Aquí, los promotores más señalados del historicismo y su consiguiente totalitarismo son tres grandes filósofos de distintas épocas: Platón, Hegel y Marx.

[Se hace en este libro] la crítica de aquellos sistemas filosóficos sociales que son responsables del difundido prejuicio contra las posibilidades de una reforma democrática

 Surgido de la más profunda Antigüedad, apenas pasado el Neolítico, Platón, el primer gran filósofo, parece ser, a juicio de Karl Popper, la reacción inevitable ante la primera y espectacular oleada democrática de la historia de la humanidad que tuvo lugar más o menos en la Atenas de hace dos mil años y que él denomina la “Gran Generación”

La gran revolución espiritual que condujo al derrumbe del tribalismo y al advenimiento de la democracia no fue sino la emancipación del individuo. (…) Pericles insiste en que (…) [el] individualismo debe hallarse ligado al altruismo: «Se nos ha enseñado a no olvidar nunca que debemos proteger a los débiles” (…) Ese individualismo que no prescinde del altruismo se ha convertido en base de nuestra civilización occidental. Así, constituye la doctrina central del cristianismo

El movimiento ateniense en contra de la esclavitud (…) dice (…): «La ley natural del hombre es la igualdad». (…) «Dios ha hecho libres a todos los hombres; ante la naturaleza ningún hombre es esclavo». (…) «El esplendor que otorga un nacimiento noble es imaginario y sus prerrogativas se basan en una simple palabra». En franca reacción contra ese gran movimiento humanitario —el movimiento de la «Gran Generación”(…), Platón y su discípulo Aristóteles expusieron la teoría de la desigualdad biológica y moral del hombre.

   ¿Era Platón solamente un reaccionario ante los logros humanistas de los miembros de la Gran Generación, como el benévolo y humilde Sócrates, y el sorprendente estadista democrático Pericles? La cuestión es más profunda. Platón cree en la filosofía y esto tiene una importante consecuencia…

Los sabios guían y gobiernan, mientras los ignorantes se limitan a seguirlos

  En efecto, si existe la sabiduría ¿cómo no va a hacerse valer ante la ignorancia? La democracia es el gobierno de las masas, que suelen ser ignorantes. La democracia condenó a Sócrates, el maestro de Platón. De ahí que los sabios platónicos (y los sabios marxistas…) no crean en la democracia.

  Y hay algo más en la oposición de Platón al naciente liberalismo de Atenas

“Se alcanza... la culminación de todo este exceso de libertad —[escribe] Platón— cuando los esclavos, hombres o mujeres, que han sido adquiridos en el mercado se vuelven, en todo punto, tan libres como aquellos de quienes son propiedad... ¿y cuál es el efecto acumulativo de todo esto? Que el corazón de los ciudadanos se torna tan tierno que el mero espectáculo de la esclavitud los irrita y no admiten que nadie se someta a ella, ni siquiera en sus formas más moderadas.» 

  Para Platón, y para muchos intelectuales atenienses (¡y modernos!), hay dos cualidades sobresalientes en el alma humana: la inteligencia y el espíritu militar. Así pues, se excluye a los menos inteligentes (necesariamente la mayoría numérica) y a los “tiernos”. Platón, que cree en el valor de la educación, propone que se eduque a los futuros dirigentes para ser, a la vez, sabios y soldados. Aunque él mismo ve un problema en la segunda parte…

La principal dificultad con que tropieza Platón es la de que los guardianes y auxiliares deben estar dotados de un carácter fiero y bondadoso a un tiempo. Es evidente que deben ser educados en la fiereza, puesto que deben hallarse preparados para «enfrentar cualquier peligro con espíritu valiente e inquebrantable». No obstante, «si su naturaleza ha de ser tal, ¿qué hacer para evitar que practiquen la violencia entre sí o contra el resto de los ciudadanos?» (…) [Pero opina Platón que] «los perros de raza no pueden ser más mansos con sus amigos y con las personas conocidas, pese a que con los extraños dan muestras de la mayor bravura»

  Naturalmente, nunca podrá lograrse semejante proeza de domesticación con el comportamiento humano. El modelo platónico, por tanto, no sirve y sin embargo en su momento podía parecer razonable. En cualquier caso, para quienes crean en la superioridad de la inteligencia y de las virtudes viriles propias del soldado, tal vez existieran otros medios –aparte de la mejora eugenésica de la raza- para llegar a la buscada perfección.

  Ya en el siglo XX, Popper se enfrenta al totalitarismo contemporáneo. En el caso de los fascismos, es fácil relacionarlos con una brutalidad emparentada con el viejo Platón y su ideal de sabios-guerreros inspirado por Esparta… pero ya antes de los fascismos había aparecido Marx, y aunque autoritario e historicista también -la lucha de clases sería una necesidad histórica y el triunfo de la clase obrera estaría profetizado por la ciencia social y económica-, en Marx aparecen elementos humanistas que lo convierten en un adversario del liberalismo democrático mucho más considerable desde el punto de vista argumentativo.

Si bien Marx se opuso vehementemente a (…) toda tentativa de justificación moral de los objetivos socialistas, sus escritos contienen, indirectamente, una teoría ética. (…)  La condenación marxista del capitalismo es, en esencia, una condenación moral. (…). Se condena al sistema porque al forzar al explotador a esclavizar a los explotados, les priva a ambos de libertad.

  Pero el marxismo, que profetiza que el futuro es de la sociedad sin clases (no habrá explotados: un gran ideal moral) considera que los medios para alcanzar el fin son indiferentes pues quedan justificados por la historia. Y así llegamos al núcleo de la oposición de Popper al historicismo. Su humanismo liberal –y por tanto democrático- se justifica psicológicamente y por eso rechaza el marxismo:

La explotación no ha de desaparecer necesariamente con la desaparición de la burguesía

  Esto era algo que Freud también había visto… y cualquiera que tuviese una visión pesimista de la naturaleza humana. Paradójicamente, son los optimistas rousseaunianos los que pueden ser más propensos a apoyar el totalitarismo y los más crueles medios para alcanzar los mejores fines, ya que parten de la idea de que el paraíso sí es posible solo con que se destruyan los condicionantes políticos y económicos que establecen hoy la opresión. Una vez eliminadas las estructuras malignas, la bondadosa naturaleza humana se organizará por sí sola. Y esto nos lleva un poco de nuevo a la idea platónica de los “sabios-guerreros”, que son fieros en la defensa de su ideal pero apacibles entre sí.

  Por eso Popper rechaza las utopías y en su lugar prefiere un sistema político democrático que garantice el juego limpio.

Platón vio el problema fundamental de la política en la pregunta: ¿Quienes deben gobernar el Estado? (…) Un nuevo enfoque del problema de la política, pues, nos obliga a reemplazar la pregunta: «¿Quién debe gobernar» por la nueva pregunta: ¿ De qué forma podemos organizar las instituciones políticas a fin de que los gobernantes malos o incapaces no puedan ocasionar demasiado daño? (…) El principio de la política democrática consiste en la decisión de crear, desarrollar y proteger las instituciones políticas que hacen imposible el advenimiento de la tiranía.

  Partiendo de esta desconfianza a los “sabios” que pretenden gobernarnos (y cuya inconsistencia, por lo demás, es fácil de demostrar), Popper opone los inútiles diseños utópicos y/o proféticos a una ingeniería social de tipo pragmático –“gradualista”.

La diferencia entre lo que hemos denominado «Ingeniería Social Gradual» y la «Ingeniería Social Utópica» constituye uno de los temas de estudio principales de este libro (…) La concepción utopista podría describirse de la forma siguiente: todo acto racional debe obedecer a cierto propósito; así, es racional en la misma medida en que persigue su objetivo consciente y consecuentemente y en que determina sus medios de acuerdo con este fin. Lo primero que debemos hacer si queremos actuar racionalmente es, por tanto, elegir el fin (…) [Por el contrario,] el ingeniero gradualista puede aducir en favor de su método que la lucha sistemática contra el sufrimiento, la injusticia y la guerra tiene más probabilidades de recibir el apoyo, la aprobación y el acuerdo de un gran número de personas, que la lucha por el establecimiento de un ideal 

  Muy bien, pero no sobresaliente. Es probable que Popper se equivoque en que, sin utopías, sin una racionalidad aplicada a la totalidad de la condición humana (individual y social), no podemos tomar actitudes mejores a la hora de afrontar el “problema humano”.

El futuro depende de nosotros mismos y nosotros no dependemos de ninguna necesidad histórica 

  Pero el futuro tampoco puede depender de un mero voluntarismo bienintencionado para “salir del paso” en cada momento. Necesitamos criterios.

La idea abstracta de las «causas» que «determinan» las evoluciones sociales es, como tal, perfectamente inofensiva mientras no conduzca al historicismo.

  No solo determinar las causas de las evoluciones sociales es inofensivo, sino que se hace necesario ahondar en esa cuestión por mera inquietud intelectual de cualquier individuo humanista… y es eso lo que el mismo Popper hace en su libro.

  Lo que el fracaso del marxismo nos enseña no es que los fenómenos humanos carecen de causas que dan lugar a efectos que, vistos a posteriori, parecerán necesarios, sino que la teoría marxista (el hombre es bueno por naturaleza y la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción lo devolverá a su bondad originaria) es tan disparatada como lo era la de Platón (el mundo se divide en superiores e inferiores, y los superiores serán siempre los mejores guerreros y los más sabios -en la versión nazi: hay razas superiores e inferiores, y entre las razas superiores habrá armonía una vez sometidos los inferiores).

  Hoy sabemos que la naturaleza social humana, en principio, no es muy diferente a la de otros animales sociales como los chimpancés, los lobos o los ciervos, con su violencia intra y extragrupal, y ahí tenemos el testimonio de los últimos cazadores-recolectores, cuidadosamente estudiados por los antropólogos, para demostrarlo… pero también es cierto que el ser humano cuenta con el recurso de la civilización: la creación, por evolución cultural, de un sistema de estrategias psicológicas que permiten gradualmente controlar la agresividad, la irracionalidad y el egoísmo humanos. Estas pautas de conducta antisocial humanas no pueden negarse ni tampoco eliminarse… pero sí controlarse. Se ha hecho y se puede seguir haciendo. Los diseños utópicos nos muestran posibilidades que han de ser sometidas a prueba. Algunas utopías han resultado peligrosas, es cierto, y toda precaución es poca, pero no es sensato negar su valor.

  El liberalismo que defiende Popper forma parte de esta evolución de estrategias de control social culturalmente heredada y, aparentemente, siempre en progreso.

La teoría humanitaria de la justicia formula tres exigencias principales, a saber (a) el principio igualitario propiamente dicho, es decir, el deseo de eliminar los privilegios «naturales», {b) el principio general del individualismo y (c) el principio de que la tarea y la finalidad del Estado deben consistir en proteger la libertad de los ciudadanos.

  Esta teoría humanitaria de la justicia social es tan determinista e incluso historicista como las ideas de Platón o de Marx, solo que parece más acertada. Sin embargo, ¿por qué Popper da por sentado que el Estado es el mejor método para proteger la libertad de los ciudadanos? Hoy por hoy, en pleno siglo XXI, seguimos decepcionados con la democracia social –“intervencionista” la llama Popper, opuesta al capitalismo salvaje que dio lugar a la crítica socialista-. A pesar del prodigioso avance tecnológico, no se da aún la igualdad social mínimamente proporcional a tal avance y por tanto –y entre otras cosas- los individuos aún no son tan libres como sería lógico desear.

  Creer en la necesidad inamovible de mantener la autoridad del Estado no es muy diferente a lo que era en el siglo XVIII creer en la necesidad de la división de la sociedad en clases… o, en otro contexto, en la necesidad de las divisiones raciales. Si el inmovilismo de esas creencias fue rechazado por el pensamiento ilustrado que llegó después, ¿por qué no puede serlo también el inmovilismo de que siempre necesitaremos la autoridad estatal y que el intervencionismo democrático del capitalismo es todo a lo que podemos aspirar?

No cabe ninguna duda de que todos somos víctimas de nuestro propio sistema de prejuicios (o «ideologías totales» si se prefiere esta expresión).

  Popper es un teórico, y su teoría queda incompleta, muy probablemente, por dependencia de los convencionalismos… de su propia “ideología total”.

La tensión [social surgió] por el esfuerzo que nos exige permanentemente la vida en una sociedad abierta y parcialmente abstracta, por el afán de ser racionales, de superar por lo menos algunas de nuestras necesidades sociales emocionales, de cuidarnos nosotros solos y de aceptar responsabilidades. (…) Es el precio que debemos pagar para ser humanos.

   Pero la política, que presupone la necesidad de la coacción de unos por otros para alcanzar el bien común –ésta es la “tensión”-, no es la única forma en la que los seres humanos nos relacionamos socialmente. ¿Podemos trasladar modelos sociales no conflictivos, como el de las relaciones de extrema confianza que se dan en familias u otros grupos muy pequeños e íntimos, al ámbito universal? Popper piensa que no.

Cuanto mayor sea el amor, mayor será el conflicto. Sólo hay dos soluciones posibles: una, el uso de los sentimientos y, en última instancia, de la violencia; y la otra, el de la razón, de la imparcialidad, de la transacción razonable.

  La idea –o falacia…- de que el amor lleva siempre al conflicto (supuestamente, porque quienes se aman rivalizarán en demostrarse mutuamente su amor… hasta llegar a la violencia) no es muy diferente a la de Marx de que las mejoras en tecnología llevarán a la pobreza y no a la riqueza… por causa de la necesidad del capitalista de gastar en inversiones tecnológicas (por eso la mejora moral de los capitalistas no ayudaría a los obreros, pues el sistema económico siempre los obligaría a explotarlos cada vez más para compensar el dinero gastado en las inversiones).

   Marx despreciaba los cambios morales que hoy sabemos que son básicos en el proceso civilizatorio. Amor y caridad serían futilidades ante la inflexibilidad de los modelos económicos y políticos.

[Marx consideraba] (…) que los explotados deben emanciparse en lugar de esperar dócilmente los actos de caridad de los explotadores

  En realidad, fue la caridad de la opinión pública burguesa de la sociedad industrial la que conllevó el declive de la explotación. ¿Cómo los proletarios de Manchester lograron lo que Espartaco no pudo si no fue porque los explotadores de Manchester no quisieron ser tan despiadados como los de la antigua Roma sí fueron?

  No hay conflicto en las relaciones amorosas perfectas y ni siquiera hay ningún misterio especial en tal perfección, que consiste tan solo en que determinados modelos de comportamiento moral pueden ser interiorizados a partir de condicionamientos culturales que hasta ahora han sido transmitidos sobre todo por la religión, la ideología y ciertas expresiones artísticas. Los límites de tales cambios morales aún nos son desconocidos, pero su tendencia “unidireccional” puede ser observada en el curso de la historia (¿”historicismo”?).

  El conflicto lo crea el prejuicio de la “ideología total” que pretende cerrar el camino a nuevas ideas. Y sobre eso Popper nos da una buena lección con su libro acerca del autoritarismo. El autoritarismo es un exceso de autoridad política a partir de una visión falaz de la naturaleza humana, y también una visión más lúcida de la naturaleza humana podría hacer innecesaria la misma autoridad política y la “tensión” social que la desencadena.

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