viernes, 5 de enero de 2018

“Cerdos para los antepasados”, 1967. Roy A. Rappaport

    Roy A. Rappaport ha sido uno de los más prestigiosos “antropólogos de campo” en la época en que los llamados “pueblos primitivos” abundaban más que hoy y aún no estaban tan aculturados por el contacto con el mundo convencional. Hacia la década de 1960 Rappaport elaboró sus impresiones acerca de los tsembaga, un pueblo de la “nación” maring en las tierras altas de Nueva Guinea. Le interesaban sobre todo sus ritos religiosos y su conexión con la ecología en un sentido social.

El lugar del ritual en la ecología de los tsembaga [es] el objeto del presente estudio

  Al referirse a la ecología, Rappaport se refiere a algo muy específico.

Los tsembaga, a quienes hemos calificado de “población local”, han sido estudiados como una población en el sentido de la ecología animal, es decir, como una unidad compuesta por un agregado de organismos que tienen en común ciertos medios característicos gracias a los cuales mantienen un conjunto de relaciones tróficas [de alimentación] compartidas con otros componentes animados e inanimados de la comunidad biótica en la que subsisten juntos

  Tengamos en cuenta que las sociedades primitivas no se construían en oposición al resto del medio natural como sucede en la civilización. El ser humano no pretendía dominar la naturaleza, sino encajar dentro de ella como una variedad animal más. Los tsembaga, aunque practican cierto tipo de agricultura y ganadería, se limitan a la subsistencia y en ningún momento consideran posible aumentar sus recursos económicos alterando el medio. Ésta es la clave de este estudio acerca de los rituales en los que, entre referencias a antepasados, espíritus y otras entidades inefables, por encima de todo lo que se busca es proveer el bien común.

Podemos decir que el ciclo ritual se podría considerar como un mecanismo que, al responder a los cambios en las relaciones en un sistema, hace volver estas variables a niveles anteriores y más viables

  El sistema peligra por dos factores sobre todo: uno es la excesiva reproducción de sus valiosos animales domésticos, los cerdos, y el otro es la guerra más o menos permanente entre los pueblos vecinos.

    Veamos primero que, cuando se tienen demasiados cerdos, estos suponen un peligro ecológico.

La campaña a favor del kaiko [celebración de sacrificio de cerdos] comienza cuando la relación entre determinados cerdos y sus amos cambia, pasando de ser una relación de apoyo (provisión de proteínas de emergencia, conversión de tubérculos de calidad inferior, etc) a ser una relación de parasitismo 

Los informantes dijeron (…) que querían tener su kaiko pronto, porque los cerdos estaban arruinando los huertos

Los cerdos, por su número, por su contribución a la dieta y por el esfuerzo que requiere su crianza son con mucho los más importantes animales domésticos de los tsembaga. El ritual tsembaga, además, como el de otros muchos pueblos de Melanesia, está íntimamente relacionado con los cerdos. La mayoría de las ocasiones rituales están marcadas por la matanza de cerdos y por el consumo de su carne.

  La guerra también está relacionada con una abundancia costosa e indeseada

Si doblamos el número de los varones solteros y también el de mujeres solteras, se duplican quizá con creces las posibilidades de robos de mujeres y de otros incidentes conflictivos. De este modo se incrementan las fuentes de irritación a un ritmo mayor que el tamaño de la población. Si consideramos que el aumento demográfico es lineal, el incremento de ciertas causas de conflicto, cuando no de conflictos reales, puede ser considerado aproximadamente geométrico.

  Por supuesto, las guerras no se originan directamente por cuestiones ecológicas o demográficas. La motivación evidente, el impulso emocional agresivo, suele ser la venganza.

Una vez establecida una situación de enemistad, las exigencias de venganza desempeñan un papel importante en su mantenimiento. Se supone que ha de estar vigente un principio de reciprocidad absoluta: cada muerte a manos de un grupo enemigo exige la muerte de un miembro de ese grupo

  Mientras que la sabrosa carne del cerdo que se comparte en los festines rituales (sobre todo el llamado “kaiko”) parece una alegre consecuencia de la vida en común, la guerra toma la forma de una fatalidad basada en constantes venganzas a partir de incidentes equívocos cuyas consecuencias podrían ser evitables. Sabemos que lo son porque Rappaport y sus colegas se dan cuenta de que el que un incidente cualquiera (por ejemplo, tomar sin permiso alimento de un huerto ajeno) pueda acabar o no en violencia depende no tanto del hecho en sí sino de las antipatías previas entre los grupos a los que pertenecen los actuantes.  El acto “delictivo” que comete un extraño puede llevar a una agresión y la agresión a una venganza, mientras que, si lo comete un pariente o un vecino medio-pariente, todo puede acabar en una reprimenda y posterior reparación y reconciliación. De modo que para los tsembaga la guerra no es algo que se quiera ni se pueda evitar, sino una consecuencia más o menos natural del indeseado contacto entre extraños.

  Con respecto a la guerra, la utilidad del ritual no pretende traer la paz… sino atenuar la violencia inevitable. Por ejemplo, en ciertos casos se da el “combate reducido que

tiene una similitud (…) con las exhibiciones territoriales agonísticas de otras especies animales

  O incluso se puede decir que también guarda similitud con los deportes por equipos de nuestra sociedad convencional: no suele morir nadie. Pero, por desgracia, las cosas no quedan siempre ahí: la guerra puede ser letal y llevar incluso a la aniquilación de los no combatientes.

Se consideran equivalentes, para fines de venganza, todos los hombres, mujeres, niños o bebés, y la mayoría de los episodios bélicos terminan con deudas de sangre pendientes.

  Control de la población y control del territorio. Los pueblos derrotados, si no exterminados, pueden llegar a verse forzados a abandonar la zona…y entonces el entorno retoma su equilibrio.

  Por otra parte, los grandes banquetes “kaiko” cumplen una importante función política en este entorno conflictivo: las posibilidades de victoria en las guerras dependen de las alianzas entre grupos más o menos emparentados.

Parece ser que los contendientes esperaban el día en que sus enemigos se presentasen en el campo de batalla sin el apoyo de sus aliados. El día en que uno de los grupos se encontrase en clara ventaja numérica sobre el enemigo, en vez de continuar con la táctica estática usual atacaría. Cuando la lucha se prolongaba, parece que conservar el apoyo de los aliados se hacía cada vez más difícil.

La ocasión indica cuando un cerdo ha de ser sacrificado y también quién ha de comerlo. Los cerdos sacrificados durante los rituales asociados con el desarrollo real de la guerra son consumidos únicamente por los hombres que participan en la lucha. (…) [En un momento dado de la fiesta]  se ruega a los visitantes que dejen de bailar y que se reúnan para escuchar el discurso de recepción de uno de los hombres responsables de la invitación (…)El hombre rememora las relaciones de ambos grupos: la ayuda mutua en las guerras, el intercambio de mujeres y bienes, y la hospitalidad mutua en tiempos de derrota. Luego señala los montones de comida donados a cada invitado

  La parte positiva de esta coexistencia entre pueblos parecidos pero a la vez diversos es que los grandes banquetes son la ocasión para estrechar alianzas, realizar comercio e incluso concertar matrimonios. Y el cerdo es el gran manjar.

Es muy posible que se gastara más energía en obtener alimento para los cerdos que la que éstos restituyeron en forma de carne.  (…) [Pero] la cria de cerdos entre los melanesios no es antieconómica (…) El simple hecho de que a los cerdos se los alimente con plantas no consumidas por los humanos, hace de ellos, en cierto sentido, almacenes de excedentes vegetales. (…) No es probable que la cantidad de calorías que pueden ser extraídas de la carne de los cerdos criados según los métodos melanesios sea más de una quinta parte de la cantidad de alimentos que se les ha dado (…) La cría de cerdos debe ser considerada como una forma de convertir carbohidratos en proteínas y grasas de alta calidad, más que como un medio de almacenar vegetales.(…) [Por lo demás,] las frutas y las verduras componen aproximadamente el 99% en peso de las comidas diarias usuales de los tsembaga

  No demasiados cerdos, no demasiadas guerras, tener suficiente comercio y suficientes oportunidades para intercambiar esposas y emparentar. Incluso el equilibrio “natural” abarca las cuestiones internas dentro de la población.

Entre los más susceptibles de despertar sospechas secretas pero no generales de brujería, figuran aquellos que tienen numerosas mujeres, objetos de valor, cerdos y plantaciones, pero que no son generosos (…) El temor a brujerías y hechizos, y a ser considerado sospechoso de hechizos y brujerías, es un factor que mantiene la igualdad social y económica característica de la sociedad

   La cuestión es no ir a peor y que cada individuo dentro de la sociedad ejerza una constante vigilancia de sus semejantes (y de los pueblos vecinos) a fin de que haya  suficiente para todos y no demasiado para alguno. Pero esto que el antropólogo ve tan racional y explicable, el pueblo tradicional lo traduce en rituales religiosos. ¿Por qué?: porque la religión es más eficaz a la hora de imponer pautas de conducta.

Dado que los hombres son incapaces de controlar muchos de los acontecimientos y procesos de su entorno que son de crucial importancia para ellos, experimentan una sensación de desamparo. Este desamparo produce ansiedad, temor e inseguridad. La ejecución de los rituales suprime la ansiedad, disipa el temor y proporciona una sensación de seguridad.(…) A falta de un poder que repose en autoridades diferenciadas, el acatamiento de las convenciones queda garantizado, o al menos se ve estimulado, por la sacralización de éstas. Así, entre los maring, la sacralización es una alternativa funcional al poder político, y no hay duda de que lo es también entre otros pueblos  (…) Como quiera que lo sacro  es considerado por los creyentes como algo indiscutiblemente verdadero, los mensajes sagrados tienen más probabilidades de ser aceptados como verdaderos

La función reguladora del ritual entre los tsembaga y otros maring ayuda a conservar un medio ambiente no degradado, limita los conflictos bélicos a frecuencias que no ponen en peligro la existencia de la población de la región, ajusta las relaciones hombre-tierra, facilita el comercio, distribuye los excedentes locales de cerdos en forma de carne entre toda la población y garantiza a la población humana una proteína de alta calidad cuando más la necesita

    El origen de la religión no es probablemente tan pragmático. Sin duda que los individuos, en cualquier sociedad, tienen ocasión de sentirse estremecidos ante lo maravilloso e inexplicable pero precisamente por eso no parece haber mejor recurso disponible que la asignación de la categoría de sagrado a las conductas que más benefician al colectivo.

 En resumen

No sería incorrecto referirnos a los tsembaga y a las demás entidades con las que comparten su territorio como un “ecosistema ritualmente regulado” y a los tsembaga y sus vecinos humanos como una “población ritualmente regulada”

   Hay que recordar, por otra parte, que ni los cerdos han estado presentes siempre en la dieta de los pueblos de las Tierras Altas de Nueva Guinea ni tampoco los maring han sido siempre agricultores. Tampoco los rituales habrán sido siempre los mismos. Ni siquiera son igualmente eficaces siempre.  Pero la fórmula del sacrificio del cerdo (que se sacrifica a los espíritus de los antepasados, pero que se consume por los mortales del aquí y el ahora) es bastante acomodaticia en los casos mencionados y en bastantes más. Por ejemplo, se utilizan para anular los tabúes.

Puede sugerirse que los tabúes sirvieron para definir áreas de comportamiento en las que pudieran ser expresadas la ira y la amargura causadas por los muertos y los heridos y al mismo tiempo permitieron la cooperación en la mayoría de las tareas importantes de la vida. (…) Los tabúes representaban un compromiso entre la necesidad de expresar y de  reprimir sentimientos socialmente peligrosos

La variedad de tabúes que se revocaron [en un ritual dado] fue grande, por lo que es conveniente dividirlos en tres clases: los relacionados con el luto, con los conflictos intralocales y con la guerra (…) [Por ejemplo,] los viudos suelen anunciar (…) que no se casarán ni tendrán relaciones sexuales durante un tiempo indefinido. Tales restricciones quedan (...) abolidas con la matanza del cerdo del tabú

  El ritual marca un equilibrio… y una limitación. Es una fórmula conformista propia de una cultura cuya única meta es la supervivencia.  Da sentido a las cosas y permite aceptar la fatalidad.

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