jueves, 5 de julio de 2018

“Individualidad humana”, 2017. Remo H. Largo

  En este libro, el doctor Largo difunde su concepción del “principio de ajuste”, una estrategia humanista que nos ayudaría a alcanzar la armonía y afrontar los conflictos en la vida social de hoy partiendo de que asumamos una idea no tan universalmente aceptada: la individualidad.

Lo que hace especiales a los seres humanos y me incita a la observación es que solo nosotros —gracias a nuestras facultades mentales, tan extraordinariamente desarrolladas— somos conscientes de nuestra propia individualidad y de nuestras diferencias.

Gracias a la investigación en diversos campos, como la genética y la sociología, estos, cual piezas de un rompecabezas, empezaron a unirse hasta ofrecerme una visión integral. La llamé «el Principio de ajuste» (Fit-Prinzip), que afirma lo siguiente: todo ser humano, con sus necesidades y capacidades intelectuales, aspira a vivir en armonía con el mundo que lo rodea. El Principio de ajuste se fundamenta en una visión integral que asume las diferencias entre los individuos, la singularidad de cada uno y la interacción entre individuo y ambiente como base de la existencia humana.

  En conjunto, resulta bastante parecido a la concepción de la psicología humanista, la de Maslow, el más moderno Seligman y muchos otros autores de libros de autoayuda. El doctor Largo no niega tal parentesco.

Abraham Harold Maslow ha puesto en su obra gran énfasis en la singularidad del individuo como conditio sine qua non, como condición necesaria de la naturaleza humana. Fue cofundador de la psicología transpersonal, con la que, en los años setenta, siendo yo un joven médico, estuve en contacto en la Universidad de California en Los Ángeles. Me impresionó entonces y en particular su pirámide, en la que ordena de modo jerárquico las necesidades humanas.

El Principio de ajuste es una versión ampliada de esta concepción. Trata de abarcar no solo el temperamento y la motivación, sino todos los aspectos primordiales del ser humano, como sus necesidades básicas y los factores ambientales que son esenciales para él.

Desde la perspectiva del Principio de ajuste son seis las exigencias básicas que determinan nuestras vidas. Aparte de satisfacer nuestras necesidades físicas, tenemos un gran un gran deseo de seguridad, así como de reconocimiento social y de una posición social sólida en la familia, entre los amigos, en el mundo laboral y en la sociedad. Si el deseo de seguridad y de reconocimiento se colma, nos sentimos cómodos y aceptados. Pero si nos marginan, nos sentiremos rechazados e inseguros a nivel emocional. Otras dos necesidades básicas son la de desarrollar nuestras capacidades y la de lograr objetivos que se correspondan con ellas. Los niños muestran un deseo particularmente intenso hacia ello y hacia ir adquiriendo nuevas habilidades. Por último, nos impulsa de modo especial la seguridad existencial. Un sueldo regular, la protección personal y tener una propiedad son muy importantes.

  Por lo tanto, lo que más debe llamarnos la atención es lo que este libro pueda tener de original con respecto a las concepciones ya conocidas (en el fondo, bastante convencionales). Destacan dos puntos en particular: la aceptación de nuestras limitaciones y el promover nuevas fórmulas de vida en comunidad.

No es posible ampliar por ningún medio el potencial de una persona. Estas ideas deben tenerlas bien presentes los padres y profesores en su trato con los niños, y no solo estos, sino también las autoridades y los políticos responsables del diseño del sistema educativo. (…)   Lo que es cierto para la estatura, lo es mucho más para las capacidades cognitivas: difieren de forma notable entre los individuos.

  El doctor Largo se ha especializado sobre todo en desarrollo infantil, y su aserto no es de importancia menor: vivimos en una sociedad en la que se presiona a los individuos –y, en particular, a los niños- para que alcancen metas meritorias. Se supone que el que no triunfa es porque no se esfuerza. Y ese planteamiento es peor que un error: es una agresión.

  Más equívoco es el llamado acerca de una vida comunitaria alternativa a la familia nuclear. Se parte de una interpretación ya bastante habitual, y propia de la psicología evolutiva, de que, en origen, los seres humanos somos “tribales”, más habituados a vivir en una comunidad amplia (o “familia extendida”) que en pequeños “hogares” burgueses de papá, mamá y niños. Tanto más que hoy en día ya son habituales las personas que viven en “familias unipersonales”.

En los niños no solo existe el apego a sus padres biológicos, sino también a toda persona adulta que se preocupe lo suficiente por ellos. Este intenso apego es, de todas las relaciones interhumanas, la que entraña el mayor grado de confianza (…) Este apego es, desde hace doscientos mil años, el fundamento de la cohesión familiar.(…) Las comunidades no se libran de los conflictos, al igual que las familias. Sin embargo, sus integrantes viven en la certeza tranquilizadora de que la convivencia con personas conocidas durará largo tiempo. 

En unas pocas generaciones, las comunidades abarcables que ocupaban pequeños espacios dieron paso a la sociedad de masas anónimas. No obstante, lo cierto es que, por nuestra herencia evolutiva, no estamos hechos para semejante entorno. Nuestro bienestar depende de una red de relaciones con personas cercanas.

  Ahora bien, las comunidades, familias extendidas o la “vida pueblerina” han dejado hoy un cierto regusto odioso y pocos las echan de menos. La búsqueda del libre desarrollo de la individualidad en el anonimato de las grandes ciudades no ha sido una imposición.

¿Cómo ha de ser una sociedad en la que las personas puedan vivir su individualidad y, sin embargo, la cohesión social esté garantizada?

No podemos invertir la rueda del tiempo, ni tampoco queremos retroceder a las comunidades de otros tiempos. Entonces prevalecían estructuras familiares a menudo muy autoritarias, y en la comunidad rural había un excesivo control social que limitaba el autodesarrollo de sus miembros. (…)Nos hemos acostumbrado a vivir con grandes libertades individuales y escasa responsabilidad interpersonal, y no estamos nada dispuestos a renunciar a ese modo de vida.

 El doctor Largo se limita a señalar sugerencias, aunque resulta llamativo que no mencione a los kibutz, ni tan siquiera como ejemplo de lo que NO debe hacerse…

Es, por tanto, necesario encontrar nuevas formas de vida en las que personas de todas las edades se sientan acogidas, tengan reconocimiento social y mantengan una posición social segura. Solo a través de las relaciones estables y de confianza están los seres humanos dispuestos a aceptar a otros con sus cualidades y sus debilidades, a ayudarse mutuamente en momentos difíciles y a compartir responsabilidades.

Desde la perspectiva del Principio de ajuste, la misión principal de la sociedad es proporcionar espacios habitables en los que las personas pueden llevar una vida plena. Por eso el Estado favorece las nuevas formas de vida familiar y comunitaria mediante la reducción de impuestos a las familias e hipotecas ventajosas para las cooperativas. El Estado crea las condiciones para la planificación de espacios y establece una legislación que facilite la construcción de viviendas comunitarias. (…) La comunidad no es una carga, sino un alivio para el Estado. (…) ¿Requiere una comunidad como la aquí esbozada demasiado control interpersonal y demasiadas obligaciones? Uno es libre de seguir viviendo como hasta ahora, pero todas las personas que deseen cambiar de vida han de tener la oportunidad. (…) Su vida recuperará buena parte del sentido perdido en la sociedad y la economía. Ya no girará solo en torno al propio bienestar, sino que participará del de otros. Estos se alegrarán de que la vida les vaya bien y los consolarán y los apoyarán cuando pasen por un mal momento. 

  Es muy probable que la cuestión de las formas de vida familiar y comunitaria específicas sea menos importante que el contenido psicológico de los valores sociales, y que estos no variarán hasta que se alcancen nuevas cotas de moralidad aplicables al total de las vivencias individuales humanas. Entonces la nueva pauta formará sus propias estructuras familiares (entendiendo como familia algo así como “comunidad de vida en extrema confianza”). Pero el pragmatismo más bien conformista que se defiende en este libro no es muy coherente con un cambio cultural decisivo.

Cada credo, ideología o teoría ha creado su particular imagen ideal del hombre, y sus concepciones llevan emparejadas a menudo grandes exigencias, como la de mejorar al ser humano o transformar el mundo en un paraíso. En el Principio de ajuste no hay cabida para esta clase de ideales. Es un principio que, por el contrario, trata de aproximarse al individuo —sin superestructuras metafísicas o teóricas— en su singularidad y en su esfuerzo por llevar una vida satisfactoria. Este principio descansa en la siguiente premisa básica, que se deriva de nuestra evolución biológica y que determina la vida cotidiana de todos nosotros: Cada ser humano aspira a vivir con sus necesidades y capacidades individuales en armonía con el mundo que lo rodea. Cuanto más lo consiga, tanto mayores serán su bienestar, su autoestima y su autonomía.

  No hay cambio cultural posible sin su dosis de ideales y sus correspondientes formas simbólicas significativas. El individualismo un tanto solipsista que defiende el doctor Largo (autorrealización de potencialidades) parece en contradicción con la búsqueda de plenitud a través de la experiencia de vida en comunidad (¿no parece que “los demás” son un medio para que cada uno se autorrealice y alcance sus potencialidades?). En realidad, las relaciones estables y de confianza son la más difícil conquista psicológica de todas y no pueden organizarse fácilmente a partir de los mismos principios culturales de nuestro insatisfactorio presente. Exigen, más bien, una revolución emocional que en bastante sería equivalente a mejorar al ser humano o transformar el mundo en un paraíso. Lo que a observadores bien documentados como el doctor Largo les falta es darse cuenta de que tales cambios han de hacerse no mediante iniciativas políticas (moderadas como las subvenciones o la rebaja de impuestos, o radicales como las colectivizaciones marxistas) sino mediante iniciativas de cambio psicológico culturalmente transmitidas que cuestionen las actuales pautas íntimas de conducta social (es decir, cómo vivimos emocionalmente nuestras relaciones mutuas, a corta y media distancia). Algo que hasta hoy solo han realizado las religiones.

   De todas formas, las mejoras en la educación y la formulación sistemática de los problemas a superar (de lo cual este libro es un ejemplo) siempre pueden ser de ayuda…

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