lunes, 5 de febrero de 2018

"La conspiración contra la especie humana”, 2010. Thomas Ligotti

Estar vivo no está bien: este simple "no" [es] mejor que cualquier lugar común sobre la trágica nobleza de una vida caracterizada por un hartazgo de sufrimiento, frustración y autoengaño. No hay ninguna naturaleza digna de ser reverenciada o de que volvamos a ella; no hay ningún yo que reentronizar como dueño de su propio destino; no hay ningún futuro por el que valga la pena trabajar o esperar. La vida (…) es MALIGNAMENTE INÚTIL.

   El antinatalismo no es un movimiento ideológico muy pujante, no cuenta con filósofos célebres entre sus partidarios (ni siquiera Schopenhauer, según este libro), pero su mensaje es clarísimo, explícito y tremendo: puesto que vivir no está bien, lo mejor es que no nazca nadie más. Aunque filósofos pesimistas hay bastantes, muy pocos llevan su visión maligna de la vida humana hasta el extremo de recomendar que, para prevenir el sufrimiento, hay que cesar con los nacimientos de individuos condenados al padecimiento y la muerte.

Para liberar a nuestra especie del imperativo paradójico de ser y no ser conscientes, mientras nuestros huesos se quiebran poco a poco sobre una rueda de mentiras, debemos dejar de reproducirnos. 

   Thomas Ligotti no es un filósofo, sino un escritor de ficción aficionado a la filosofía. Pero no hace falta ser filósofo para ver coherencia en el antinatalismo

Que alguien haya llegado a la conclusión de que la cantidad de sufrimiento en este mundo es suficiente para que cualquiera estuviera mejor si no hubiera nacido no significa que por fuerza de la lógica o la sinceridad deba matarse. Sólo significa que ha concluido que la cantidad de sufrimiento en este mundo es suficiente para que cualquiera estuviera mejor si no hubiera nacido. 

  De todos los padecimientos humanos, el capital es la conciencia de la proximidad de la propia muerte. 

Ninguna otra forma de vida sabe que está viva, ni sabe que morirá. Ésta es nuestra maldición exclusiva. 

  Hasta ahí, bien. Imaginemos el rostro feliz de los padres primerizos con su bebé en brazos… y entonces que alguien les recuerda que esa nueva vida, para la que se planean regocijos futuros probables o no, acabará en la extinción al cabo de unos pocos años. A primera vista, unos pocos años de dura lucha por la vida no compensan millones de años en la nada. Ya los antiguos escribieron sobre ello.
 
En alguna fase de nuestra evolución [los seres humanos] adquirimos un «excedente abrumador de consciencia».(…) Gracias a la consciencia, madre de todos los horrores, nos volvimos capaces de tener pensamientos que nos resultaban alarmantes y horrendos, pensamientos que nunca han sido compensados equitativamente por los que son serenos y tranquilizadores.

  Y no solo la llegada de la muerte es inevitable, sino que nuestra forma de vida social habría incorporado, como consecuencia de ello, algunas pautas malignas…

En sus estudios e investigaciones clínicas, la TMT [Terror Management Theory] indica que el resorte principal del comportamiento humano es la tanatofobia, y que ese miedo determina el paisaje entero de nuestras vidas. Para calmar nuestra ansiedad ante la muerte nos hemos inventado un mundo que nos permite engañarnos con la creencia de que perviviremos —aunque sólo sea simbólicamente— más allá del colapso de nuestros cuerpos. Conocemos este mundo inventado porque lo vemos a nuestro alrededor cada día, y para perpetuar nuestra cordura lo exaltamos como el mejor de los mundos posibles. (…) A cambio de la inmortalidad personal estamos dispuestos a aceptar la supervivencia de personas e instituciones que consideramos extensiones de nosotros: nuestras familias, nuestros héroes, nuestras religiones, nuestros países

  Esto es el sesgo endogrupal, una auténtica calamidad del Homo Sapiens que implica odio y violencia sistemáticos entre grupos, un instinto maligno heredado de la prehistoria que la cultura intenta controlar, equiparable a la agresividad instintiva y a los desaforados deseos sexuales de los varones.

  Ahora bien, si la muerte ya por sí sola justifica el antinatalismo, ¿por qué insiste Ligotti y sus compañeros de creencia en la infelicidad humana?

Como todos sabemos, la gente suele tener intereses y deseos seriamente discrepantes. Si no fuera así, todos nos llevaríamos bien unos con otros, lo que nunca ha ocurrido y nunca ocurrirá. Nada en nuestra historia ni en nuestra naturaleza sugiere siquiera que alguna vez eliminaremos nuestras diferencias, que pueden ir desde una amable divergencia de opinión hasta un conflicto sobre derechos de propiedad que provoca una guerra. 

  Supongamos que sí pudiéramos hacer  de la existencia humana –lamentablemente breve- algo amable, constructivo y armoniosamente placentero, ¿invalidaría esto el antinatalismo?

Todo el mundo quiere mantener la puerta abierta a la posibilidad de que nuestras vidas no sean MALIGNAMENTE INÚTILES

  Pero si ya estamos vivos, ¿por qué va a ser algo maligno el trabajar en hacer posible algo que deseamos tanto? Teniendo en cuenta los cambios sociales que han sucedido en los últimos siglos y los grandes avances de la tecnología ¿no valdría la pena seguir intentándolo?  Y si se tiene éxito ¿no estaríamos creando las bases de una vida social más feliz para todos, nacidos y por nacer?

  El error fundamental del antinatalismo se encuentra en que, al fin y al cabo, el hecho de la reproducción no tiene por causa el deseo de llenar el mundo con las nuevas criaturas. La realidad es que las traemos al mundo por nuestras propias motivaciones egoístas.

Los niños son sólo un medio para un fin, y ninguno de esos fines es digno de alabanza. Son los fines de la gente que ya existe

  Sí, y puesto que no hay mandato alguno ni para existir ni para dejar de existir, ¿por qué tendría que haber un mandato ético para negarnos a traer más vida a este mundo? Un mundo maligno condenado a la extinción no tiene por qué imponer mandatos éticos a nadie. ¿Qué ganaríamos siendo “éticos” en ese sentido? ¿Éticos con respecto a qué?, ¿en qué contexto? En un mundo sin sentido, ¿quién es el que hace algo “digno de alabanza”?
  
Nuestra autoerradicación de este planeta seguiría siendo un gesto magnífico, una hazaña tan luminosa que haría palidecer al sol. ¿Qué tenemos que perder? Ningún mal acompañaría nuestra partida de este mundo, y los muchos males que hemos conocido se extinguirían con nosotros. Entonces, ¿por qué aplazar lo que sería el golpe maestro más loable de nuestra existencia, y el único?

  ¿Una “hazaña luminosa”?, ¿“gesto magnífico”? Pero ¿ante quienes?, ¿quién juzgaría “loable” nuestro autoexterminio? 

  La única forma de que no fuese absurda la extinción como acto loable, desde este punto de vista que niega el valor de la vida humana, es que para el individuo, que al fin y al cabo es lo único que existe, el posicionamiento ético del autoexterminio fuese confortador. ¿Quizá en base a que la honestidad de nuestro altruismo sería síntoma de que, en el tiempo que nos queda, viviremos en un entorno más sincero y prosocial?

   El caso es que las emociones éticas son importantes y trascendentes. La ideología más liberal es la que permite que muchas naciones desarrolladas estén cambiando racial y culturalmente por su tolerancia a las oleadas de inmigrantes más bien ingratos. Este relativo “autoexterminio "nacional" parece consecuente del abandono parcial (¿progresivo?) del “sesgo endogrupal” en naciones como Francia, Holanda o Alemania, y es paralelo a un mayor desarrollo de la calidad de vida (no es casualidad que alguna crítica al antinatalismo vaya en el sentido de que implica la expectativa del dominio de las ideologías mucho menos desarrolladas de las naciones de las que proceden los inmigrantes)…

  Así que, si el antinatalismo es paralelo al desarrollo cultural propio del incremento de la calidad de vida, ¿no sería entonces un buen síntoma?, ¿no estaría siendo este mismo movimiento ideológico, por tanto, expresión de que la vida puede mejorarse?
 
    Por otra parte, si para algunas de nuestras pequeñas vidas –para algunos individuos-  el traer hijos al mundo es causa de cierta felicidad… ¿por qué no va a ser esto razón suficiente para que sigan llegando al mundo algunas nuevas vidas humanas?

  Incluso más: la idea de “autoexterminio” como especie, aunque ciertamente no tendría por qué afectarnos emocionalmente (todos nos extinguimos individualmente, con independencia de que la vida siga para otros), tal vez sea inevitable que nos cause cierto desasosiego psicológico: el fracaso de la humanidad… ¿cómo no interpretarlo en alguna medida como un fracaso propio? Este sentimiento de pérdida es cierto que se parece un poco al “sesgo endogrupal,” pero quizá sea algo más profundo y arraigado… (una visión global de la naturaleza humana y, por tanto, de nuestra propia naturaleza individual), difícil de compensar por los sentimientos confortadores derivados de la práctica de una ideología altruista antinatalista. ¿Esta emotividad altruista podrá compensar la tristeza por el fracaso de la humanidad (tal vez sí…)?, ¿y compensaría los muchos beneficios afectivos que supuestamente conlleva la existencia de los niños – de manera especial, para las madres…? 
     
  Y todavía existe una posibilidad que puede arruinar totalmente la visión de los antinatalistas. ¿Y si la muerte pudiese eludirse? Eso es lo que afirma el transhumanismo, que considera que la tecnología podría avanzar hasta la inmortalidad e incluso hasta la resurrección de los muertos…

Los transhumanistas creen que podemos hacernos a nosotros mismos. Pero eso es imposible. Debido a la evolución, fuimos hechos. Nosotros no nos extrajimos del lodo primigenio. Y todo lo que hemos hecho desde que llegamos a ser una especie ha sido consecuencia de haber sido hechos. Hagamos lo que hagamos, será aquello para lo que fuimos hechos, y nada más. Podemos intentar hacer algo de nosotros, pero no podemos dirigir nuestra propia evolución.

  Observemos que ese “no podemos dirigir nuestra propia evolución”  y ese "aquello para lo que fuimos hechos [¡¿por quién?!]” supone una especie de creencia metafísica no muy diferente a la de los teístas.

  Y luego la refutación llega en base a informes escépticos externos

El salto profetizado arrancará impulsado por todo tipo de aparatos e implicará de algún modo a la inteligencia artificial, la nanotecnología, la ingeniería genética y otros ornamentos de la alta tecnología. Estos serán los instrumentos del Nuevo Génesis, el Logos del mañana. O eso dice un grupo desesperado de pensadores científicos. Para un grupo menos desesperado de pensadores científicos, el poshumanismo es una quimera y no ocurrirá

  Llamémoslos desesperados, pero ¿no es la situación de la mortalidad igualmente desesperada? ¿En qué es mejor la alternativa de la resignación que proponen los antinatalistas y los científicos “menos desesperados”? Ellos no proponen solución alguna, por muy improbable que sea…

  Entramos, en suma, en la “apuesta de Pascal”. Aunque Ligotti no la menciona en su libro, está claro que cualquier posibilidad de algo es mejor que la certeza de nada. Los ateos y escépticos en general consideran que la posibilidad sobrenatural es equivalente a cero, pues no hay prueba alguna de lo sobrenatural y bastantes de que los fenómenos que en la Antigüedad han permitido construir las tradiciones de lo sobrenatural han sido ilusiones y fantasías explicables desde el punto de vista de la psicología social. Pero la posibilidad transhumanista es otra cosa, ¿no es cierto acaso que la tecnología de hoy hubiera parecido magia a Aristóteles o Arquímedes?

  El problema del antinatalismo es que, si bien parte de una visión lógica (en efecto: la muerte niega la vida y la despoja de sentido, y la desaparición de la raza humana no tiene por qué ser lamentable), carece también de una justificación ética desde el momento en que parte del presupuesto del sin sentido. 

  Y nadie puede demostrar que la vida humana no pueda llegar a ser benévola e infinitamente cooperativa. De hecho, una vida social benévola, totalmente prosocial y por tanto totalmente cooperativa, conllevaría un desarrollo tecnológico en teoría ilimitado. Vemos entonces que, quizá por casualidad, el ideal de benevolencia puede ir unido al ideal transhumanista.

  Así que algunos podrían considerar el antinatalismo como una útil reducción al absurdo. Otros pensarán que lo que es absurdo es discutir la concepción del antinatalismo. En conclusión, parece evidente que no debe discutirse la necesidad de plantearlo.

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