jueves, 25 de diciembre de 2025

“Del signo al símbolo”, 2018. Joseph Newirth

    El psicólogo Joseph Newirth aborda la cuestión de la simbolización a partir del punto de vista del psicoanálisis que, de hecho, en su tratamiento de los símbolos llegó hasta crear su propia mitología. Pero no debemos perder de vista que la interpretación del símbolo como herramienta de integración social es de interés central en todos los ámbitos. La perspectiva del psicoanálisis y la psicoterapia es una forma más de hacérnoslo visible.

Siguiendo los conceptos implícitos y explícitos en (…) múltiples áreas de psicología, neurociencia y psicoanálisis, un modelo contemporáneo de la mente está emergiendo que funciona como un sistema transformacional. La cuestión central que estos diferentes modelos transformacionales intentan responder es: “¿cómo las experiencias internas y externas, los datos, las experiencias sociales se transforman en pensamientos y símbolos significativos más que simples estímulos, signos, que exigen una inmediata respuesta del individuo?” Estos modelos transformacionales están centrados en cómo aprendemos a pensar, y en el desarrollo de estructuras que nos permiten pensar pensamientos. Estas visiones transformacionales reconocen que bajo diferentes condiciones somos incapaces de pensar y responder o reaccionar a la situación inmediata, incluyendo: el congelamiento en la respuesta a la sobreestimulación traumática, el experimentar con absoluta certeza que la otra persona es un objeto persecutorio, el verse afectado por el estado paranoide esquizoide (…), o el reaccionar impulsivamente a fin de descargar un afecto particular. (...) “¿Cuáles son las estructuras neuropsicológicas y de desarrollo que permiten la transformación de sencillas, inmediatas, sensibles y afectivas experiencias en información significativa? ¿Cómo pensamos simbólicamente y generamos narrativas significativas y sistemas procedimentales que organicen nuestro comportamiento en el mundo de las cosas, y en el mundo de las relaciones íntimas?” (p. 130)

  La simbolización tiene, pues, una finalidad esencial: facilitar la asimilación de situaciones nuevas que crean incertidumbre. Simbolizamos para pensar, para interpretar el mundo, transformándolo en un conjunto de fenómenos inteligibles. El mecanismo simbólico es el sistema transformacional.

  En el caso concreto del psicoanálisis, el proceso de simbolización es central a fin de que el paciente se libere de la enigmática opresión que le daña.

Desde el comienzo, el psicoanálisis implicaba la transformación de signos en símbolos, narrativas que daban significado a los misterios de una acción no deseada (p. xii)

   Un símbolo es un signo que representa una idea. De la misma forma que una multiplicación nos ahorra muchas sumas sucesivas, una simbolización nos ahorra muchas evaluaciones por separado. Formular una idea en forma simbólica es un fenómeno del lenguaje y puede hacerse mediante una narrativa, una parábola, un mito, una teoría. Efectuada la simbolización, el nuevo paradigma se interioriza, y se reorganiza el pensamiento de forma que éste se ve transformado hasta el punto de ser asimilable y comprensible.

El pensamiento transformacional es un raro suceso en el cual una metáfora o construcción metafórica altera la organización fundamental del significado para un individuo, como cuando uno cambia la comprensión habitual del uno y el otro, de estructuras relacionales a una nueva comprensión más fluida en la cual las viejas categorías son reemplazadas por nuevas percepciones y expresiones simbólicas (…) El ejemplo de Cristo cambiando de una regla jurídica a un sentido de relación y responsabilidad personal, cuando dijo, a una multitud que iba a apedrear una mujer por cometer adulterio: “el que no haya pecado que tire la primera piedra”. Esta afirmación movió a los oyentes a identificar simétricamente con la mujer y no usar los pensamientos asimétricos de separación y juzgarla. (p. 136)

  Psicoterapia y psicoanálisis son formas muy explícitas de utilizar la simbolización como forma de superar el conflicto humano. Recordemos que ocupan en buena parte el lugar de la antigua sabiduría moralista y que sus aplicaciones podrían ser de mayor alcance aún en el futuro. No conllevan el cambio cultural, pero crean las condiciones para éste.

Hacia el final el siglo XX aparecieron modelos transformacionales en el psicoanálisis, en la psicología del desarrollo y en la neuropsicología que se centraban en la capacidad individual para representar y simbolizar la experiencia, para hacer significado, más que en el descubrimiento de deseos rechazados y reprimidos, acciones inconscientes o intentos de reparar patrones de relaciones repetitivas y autodestructivas. Estas teorías presentaban modelos similares de la mente que describían el desarrollo de estructuras que permiten al individuo transformar experiencias concretas y orientadas a la acción en complejos símbolos y narrativas. (p. 10)

    Nietzsche utilizaba el término “psicólogo” en lugar del de “filósofo” porque en el siglo XIX la sabiduría filosófica entraba ya en el terreno abandonado por la religión, impotente para hacer frente a la irrupción del conocimiento lógico y científico entronizado por la Ilustración. Y ya no se trataría del mero descubrimiento de los enigmas de la mente humana, sino de ofrecer a la persona sufriente estrategias de sanación.

  La simbolización terapéutica implica una escuela de estrategias cognitivas directamente conectadas con la capacidad humana para afrontar la realidad más allá de lo inmediato. Esto implica acercarnos a la autonomía moral y a la asertividad racional.

[A partir del tratamiento,] el paciente comienza a desarrollar su propia capacidad para simbolizar, contener y afectivamente elaborar experiencias que previamente habían sido extremadamente limitadas debido a [una] historia de trauma (p. 95)

  Por lo tanto, el terapeuta ya es solo un estratega de la capacidad individual de simbolización, y no es él quien elabora la transformación cognitiva del paciente, que por su parte se va haciendo cargo de su propia problemática. El paciente se capacita para un mayor ámbito de acciones.

La relación analítica facilita algo más que la simple resolución del conflicto y dificultad del paciente mediante la introspección o nuevas experiencias analíticas, puesto que es de mayor importancia el que también facilita el desarrollo de la capacidad para la mentalización y el pensamiento autorreflexivo (…) [así como] la capacidad para soñar (…) para reparar (…) o hasta para desarrollar la pantalla del sueño, que permite al paciente generar nuevos y subjetivos significados en sus vidas (p. 85)

  Podemos entender este mecanismo de simbolización como extensivo a todo el proceso civilizatorio. La moralidad, la convivencia, la cooperación eficiente y el éxito social dependen de cómo se elaboren estos procesos mentales compartidos en los que emoción y razón se enlazan completando una existencia rica de subjetividad eficiente y productiva. Se crea significado y se crea cultura, estilo de vida y comunidad.

  En el caso específico de la experiencia terapéutica, el analista y el paciente se hacen imprescindibles el uno para el otro porque conforman la comprensión mutua de la experiencia individual y el criterio científico. Una vida mejor.

Mi concepto de experiencia simbólica simétrica (…) implica otra mente o subjetividad, en relación a la experiencia interna de la persona; estos modelos son intersubjetivos y se centran en la necesidad de una profunda consciencia de lo que sucede dentro de la mente del otro. Este trabajo sugiere que no es simplemente la relación intersubjetiva lo que permite la transformación de las partes del yo del paciente concretas, externalizadas e independientes, sino que esta experiencia intersubjetiva y simbólica debe incluir experiencias de placer en el sistema de relaciones implícito del analista y el paciente (p. 85)

  Así que la relación analista y paciente supone toda una promesa de armonía social.

Lectura de “From Sign to Symbol” en Lexington Books 2018; traducción de idea21

lunes, 15 de diciembre de 2025

“La batalla por la mente”, 1957. William Sargant

   Este libro del psiquiatra William Sargant es uno más de los que se escribieron durante la Guerra Fría contra las estrategias antisociales del totalitarismo. El término “lavado de cerebro” comienza a utilizarse hacia 1950, a partir de las revelaciones sobre el psicologismo de la represión carcelaria del comunismo chino. El asunto llegó a popularizarse hasta el punto de que, inspirado en tales casos, se produjo un gran éxito cinematográfico, “The Manchurian Candidate” en 1962, basado en una novela anterior.

   Pero el autor inteligentemente retrotrae las estrategias de “lavado de cerebro” a tradiciones religiosas anteriores al psicologismo científico de Charcot o Pavlov, a los que, por otra parte, se hace constante referencia (también Sargant hace referencia a las investigaciones antropológicas de su amigo Robert Graves). Con Pavlov entramos en la crudeza que implica la necesaria conexión entre los padecimientos físicos y el estado mental.

Los experimentos de Pavlov con los perros son tan notoriamente aplicables a ciertos problemas del comportamiento humano que el señalamiento de que “los hombres no son perros” se hace a veces casi irrelevante (p. 47)

   El considerar la influencia del estado fisiológico sobre la mente humana tiene un aspecto positivo: no podemos culpabilizar al sujeto de lo que, bajo el control de un agente antisocial, supone una imposición violenta sobre su cuerpo, perfectamente equiparable a la tortura física.

[Los hombres] están dotados de aprensiones religiosas y políticas, y están dotados con el poder de la razón; pero todas estas facultades están fisiológicamente vinculadas al cerebro (p. 239)

El propósito de este libro [es] discutir los posibles aspectos fisiológicos de la conversión política y religiosa (p. 235)

  Si el sujeto que padece estos fenómenos es una víctima, con más motivo debemos condenar a quien planea y ejecuta el "lavado de cerebro" si lo que hace es violentar nuestra capacidad para juzgar y evaluar racionalmente nuestra propia realidad.

  Sin duda, habremos de tener en cuenta, por la misma causa, que toda cultura nos condiciona en alguna medida, pero el “lavado de cerebro” tiene la peculiaridad de hacer explícito e inequívoco el forzamiento de la mente humana con fines malévolos, no relacionados con el bienestar común, sino simplemente por la búsqueda del poder político o hasta por motivaciones llanamente delincuenciales (normalmente pretextando ideologías religiosas o humanistas).

Este libro no trata acerca de la verdad o falsedad de cualquier religión o creencia religiosa. Su propósito es examinar los mecanismos fisiológicos implicados en la fijación o destrucción de tales creencias en el cerebro humano  (p. 11)

Políticos, sacerdotes y psiquiatras con frecuencia enfrentan el mismo problema: cómo encontrar el medio más rápido y permanente de cambiar las creencias de un hombre  (p. 19)

  Los experimentos de Pavlov con los perros fueron considerados ya entonces inadecuadamente crueles, pues implicaban causar sufrimiento a los animales a fin de averiguar hasta qué punto podían ser intencionadamente condicionados en su comportamiento. Pero los sistemas autoritarios nunca han tenido escrúpulos a la hora de poner en marcha estrategias extremas y con frecuencia dolorosas para permitir el dominio sobre los seres humanos.

Bajo un estrés severo y prolongado, gente de un temperamento fuertemente excitable o débilmente inhibitorio (…) alcanzaría estados de excitación incontrolada o paralizante inhibición (p. 56)

La experimentación animal (…) ha mostrado que cuando el cerebro es estimulado más allá de los límites de su capacidad para tolerar el estrés, la inhibición protectora acaba imponiéndose. Cuando esto sucede, no solo pueden los comportamientos previamente implantados en el cerebro ser suprimidos, sino que las respuestas condicionadas positivas previas pueden volverse negativas y viceversa. (p. 59)

La evidencia (…) sugiere que los mecanismos psicológicos que hacen posible la implantación o remoción de patrones de comportamiento en los hombres y animales son análogos; y que cuando el cerebro colapsa bajo un estrés severo el comportamiento resultante cambia, lo mismo en el hombre o en el animal, dependiendo tanto del temperamento heredado por el individuo como de los patrones de comportamiento condicionado que han sido construidos por una adaptación gradual al entorno (p. 92)

  Aunque la preocupación del momento en que se escribe este libro es el comunismo, se muestra el paralelismo con, por ejemplo, las estrategias religiosas del evangelismo metodista.

John Wesley y sus métodos exigen un estudio particular en el tiempo presente tanto para los políticos como para los clérigos, incluso si su doctrina del fuego del infierno que predicaba pueda parecer anticuada (p. 12)

  Por supuesto, se trata de estrategias cuyo origen es muy anterior a la predicación del señor Wesley, si bien en formas menos sofisticadas. 

Todos los sistemas autoritarios de éxito, tanto políticos como religiosos, usan ahora condicionamiento de seguimiento y lo extienden desde arriba hasta lo más bajo del movimiento. Las sociedades primitivas también han usado reuniones de grupo periódicas, donde se excitan las emociones mediante tambores y danzas para ayudar a mantener las creencias religiosas y consolidar las actitudes religiosas previamente implantadas (p. 223)

[Un predicador evangélico] había primero de persuadir a un ciudadano americano común y decente de que había llevado una vida pecadora y de que estaba de cierto condenado al fuego del infierno, antes de persuadirlo a aceptar un tipo particular de salvación religiosa. Los especialistas en la conversión política de forma similar hacen confesar a la gente común que han llevado vidas de error plutocrático, que han actuado como bestias fascistas y que, por medio de la expiación, alegremente aceptarán cualquier castigo severo que se les imponga, incluida la muerte (p.158)

  Lo lógico es plantearse si este tipo de principios puede aplicarse a buenos fines. Determinadas realidades del comportamiento grupal humano quedan al descubierto, hay reacciones previsibles, efectos cuantificables…

Este libro no está en principio preocupado con ningún sistema político o ético; su objeto es solo mostrar cómo las creencias, lo mismo buenas que malas, falsas o verdaderas, pueden ser implantadas de forma forzada en el cerebro humano (p. 26)

  Por mucho que algunas creencias sean “verdaderas”, si se trata de forzar al individuo para convertirlo en “creyente”, debemos descartar cualquier aplicación positiva de estos conocimientos en particular. El forzamiento se suele producir induciendo estrés y nos damos cuenta de que hay todo tipo de tácticas psicológicas que se utilizan de forma común en este sentido en todo tipo de relaciones sociales. Por ejemplo, el hostigamiento en la instrucción militar y las novatadas. Y también cuando se fuerza a alguien que ingresa en una congregación religiosa a aprenderse la Biblia de memoria o cualquier otro sometimiento oneroso. El fenómeno de la reducción de la disonancia cognitiva tampoco anda muy lejos de este tipo de tácticas.

  La cuestión abordada en este libro no es tanto cualquier tipo de estrategia para convencer, sino un tipo de estrategias en concreto que utilizan el sufrimiento como condicionante.  

Lectura de “Battle for the Mind” en Doubleday & Company 1957; traducción de idea21

viernes, 5 de diciembre de 2025

“Ensayos sobre largoplacismo”, 2025. Greaves, Barrett y Thorstad [Editores]

Un conjunto de ideas bajo el nombre de “largoplacismo" mantiene que las consideraciones acerca del lejano futuro –escalas de tiempo de miles, millones o miles de millones de años- son altamente significativas para la toma de decisiones [altruistas] actuales  (…) Un episodio dado de sufrimiento [en el futuro] (…) no es menos significativamente importante que un episodio idéntico de sufrimiento presente, simplemente por motivo de su localización temporal (p.1)

  El planteamiento largoplacista por parte de la comunidad humanitaria de “Altruismo Eficaz” -los autores de esta compilación son en su mayoría activistas del movimiento con formación en filosofía-  no carece pues de lógica. En apariencia, esta consideración de la mínima posibilidad actual de auxiliar a un número casi infinito de beneficiarios futuros recuerda un poco, en sus matemáticas, a la “Apuesta de Pascal” (la mínima posibilidad de alcanzar una infinita recompensa). 

  Independientemente de esto, el principal obstáculo para aceptar la lógica de esta concepción del altruismo es la incertidumbre con respecto al mundo futuro y, por tanto, cómo podría verse afectado por las decisiones que tomáramos hoy.

Simplemente no hay muchos datos sobre la exactitud de las predicciones causales, incluso a corto plazo. Esto sugeriría la importancia de la humildad epistémica con respecto al largoplacismo: no tenemos mucha evidencia sólida, a favor o en contra, sobre la exactitud predictiva de los efectos causales a largo plazo (p. 177)

  Por lo tanto, cualquier decisión que se tome al respecto habrá que ponderarla con esta limitación. Pero no en todos los ensayos recopilados en este libro sucede esto.

¿Quién sabe qué clase de confiscaciones gubernamentales, guerras, revoluciones y colapsos civilizatorios pueden producirse durante el próximo millón de años? (p. 268)

¿Deberían en consecuencia los largoplacistas favorecer más o menos la coordinación o centralización internacional, y de qué tipo? (p. 483)

  Este planteamiento presupone que durante el próximo millón de años habrá gobiernos, “centralización internacional” (naciones, por tanto), luchas políticas y guerras. ¿Es eso razonable? Hace diez mil años no había gobiernos ni naciones ni revoluciones. ¿Y los seguirá habiendo dentro de un millón de años? Cualquier suposición de ese tipo no parece muy predictiva.

  Tanto la tecnología como la organización social pueden transformar el futuro a largo plazo de forma que nos resulte inasequible. Si queremos hacer una apuesta largoplacista –futurológica- es probable que sería mejor hacerlo ateniéndonos a lo que sabemos de la psicología evolutiva, ya que la naturaleza humana no va a variar mucho… en lo que se refiere a las actividades humanas mismas. Y siempre teniendo en cuenta que a muy largo plazo el ser humano puede modificarse a sí mismo utilizando estrategias por completo culturales (tecnológicas) y ya no evolutivas desde el punto de vista biológico.

Hay una oportunidad de que los valores de la humanidad queden establecidos en alguna etapa de nuestro desarrollo, de manera que acciones para mejorar nuestros valores ahora puedan llevarnos a ser guiados por valores mejores durante millones de años (p. 212)

  Aparentemente, el movimiento “Altruismo eficaz” se basa en la oportunidad de continuar el proceso cultural del “círculo expansivo” de la moral. El largoplacismo mismo deriva de esta concepción, ya que el círculo de la empatía no solo llega a personas que viven en lugares lejanos, sino también a quienes vivirán en tiempos lejanos. Si partimos de que siempre habrá un incremento del círculo de la empatía, esto nos dará alguna orientación sobre cuáles deberían ser las tendencias sociales a promover hoy con vistas a un futuro mejor para todos (presentes, futuros… ¿y pasados?).

  Sin embargo, en este volumen resulta chocante que se eluda la consideración de que es la evolución moral humana el principal impulso del cambio social. En ocasiones resulta inevitable que se reconozca de forma implícita… pero nunca figura entre los objetivos principales del pensamiento largoplacista. Nunca expresamente.

El desarrollo hacia una mayor moralidad puede esperarse que continúe en el futuro (p. 269)

El campo de la evolución cultural proporciona un conjunto de herramientas y visiones que pueden informarnos sobre el futuro a largo plazo (p. 238)

  Si esto es así, en tal caso esto tendría que ser una prioridad largoplacista más que cualquier otra. Y se desecha absurdamente haciendo referencia a los cambios políticos, cuando es evidente que la política –el poder coercitivo a cargo de las autoridades- es un medio de orden social del que un estado moral superior –autonomía moral- puede prescindir.

Algunos largoplacistas han argumentado que podemos en gran medida mejorar las expectativas del futuro lejano trabajando en mejorar permanentemente tanto los valores morales de la civilización humana (por ejemplo, mediante la expansión del círculo moral) (…) o mediante la mejor calidad de nuestras instituciones políticas (…) Un gran número de personas motivadas y con talento han estado intentando durante miles de años influir en los valores humanos e instituciones, en centenares de diferentes direcciones. No hay tampoco mecanismos claros para la persistencia a largo plazo de mejoras culturales o institucionales (…) Además, quizá más que cualquier cosa que hayamos considerado hasta ahora, parece casi imposible dar una estimación remotamente objetiva del valor esperado de perseguir tales proyectos (p. 324)

  En todo el pormenorizado libro de colección de ensayos, no hay ninguno que se centre en esta posibilidad, así que nada sabemos de los “largoplacistas” que supuestamente “han argumentado” al respecto de la evolución moral. Nos quedamos sin una seria reflexión documentada a partir de las ciencias sociales y la experiencia histórica acerca de la posibilidad de mejorar los valores morales de la civilización como recurso para constituir hoy los fundamentos de un mundo futuro mejor incluso a muy largo plazo.

  También hay factores predictivos inequívocos más asequibles… aunque menos relevantes.

Hay factores que, al menos a primera vista, parecen contribuir de forma directa al progreso de la humanidad, incluyendo la financiación de la investigación científica junto con el gasto en mejorar la salud y la alfabetización de la gente (p. 136)

  Investigación científica, cuidados médicos y educación son inequívocos. Pero también debería serlo la promoción de la benevolencia y el altruismo, y el control de la agresión… consecuencias del incremento del círculo expansivo de la empatía. Promover la mejora moral requiere de estrategias hasta ahora inéditas, puesto que habrá que superar las limitaciones de la educación y el cambio político.

   Aclarados estos puntos, algo bueno siempre encontraremos en el largoplacismo, ya que, según ciertas encuestas que se revelan en este libro

La gente está más inclinada a priorizar los intereses de la humanidad en su conjunto cuando consideran cuestiones relacionadas con el futuro más distante (p. 570)

  Esto podemos verlo en el sentido de que, en general, todo debate ideológico imaginativo y en profundidad debe ser favorecido. Roy Baumeister menciona la importancia de diferenciar entre “procesos mentales de alto y de bajo nivel”, y Robert Bellah considera la existencia de una “reflexividad de segundo orden”, la reflexión sobre la misma capacidad de reflexionar. Proyectar nuestro altruismo del presente al lejano futuro es una buena ocasión para cultivar nuestro cuestionamiento de la realidad más allá de las apariencias del convencionalismo. Tanto como leer una buena novela de ciencia-ficción, porque la lectura de novelas también fomenta el desarrollo moral y social

     De hecho, en esta colección de ensayos se abordan todo tipo de cuestiones, incluida la consideración de que el mero hecho de alargar la existencia de la humanidad podría ser cuestionable desde un punto de vista altruista.

Nuestras razones morales para asegurar la supervivencia de la humanidad puede entenderse como de naturaleza conservadora (p. 100)

  No hay argumentos definitivos acerca de la necesidad de prolongar la existencia de la humanidad. Si el altruismo promueve el fin del sufrimiento, la apacible extinción de la humanidad –cesando la reproducción- sería también la extinción del sufrimiento, cuando menos, humano.

  Pero ¿y el sufrimiento no humano? Hay bastante en este libro sobre el bienestar animal. Incluso sobre el bienestar animal en condiciones de vida salvaje (¿es la felicidad un objetivo de la evolución?... probablemente no). Si la humanidad altruista prospera, esto podría entonces ser bueno para todos.

Las acciones para mejorar el bienestar humano pueden ser la prioridad correcta ahora mismo, ya que asegurar el bienestar humano es también la mejor forma de crear un futuro en el que los animales serán cuidados (p. 453)

  Puesto que la sensibilidad del altruismo más extendida se centra en el sufrimiento humano presente, sin embargo, muchos pueden considerar críticamente tanto el énfasis en el bienestar no humano como la preocupación por los seres de un futuro remoto de los que nada podemos conocer hoy.

El largoplacismo ha sido (…) acusado de distraer la atención del sufrimiento actual, y de justificar a las tecnologías y políticas que profundizan las asimetrías de poder entre los detentadores de éste y los pobres y marginados (p. 141)

  Todo lo que no sea centrar el bien en el alivio de los sufrientes que nos son más próximos implica un relativo abandono de estos. Lo mismo se puede decir de quienes promueven dedicar recursos altruistas a cultivar las artes o a la protección del medio ambiente: cada recurso dedicado a tales fines priva necesariamente de ayuda a nuestros semejantes que sufren.  

  Y  una reflexión…

Tanto el sentido común y la investigación sobre la felicidad sugieren que más allá de cierto punto, el continuo progreso económico hace poca diferencia con respecto al bienestar individual (…) [Por ello] parece que acelerar hoy el crecimiento económico no rendiría ganancias exponenciales sobre un futuro indefinido (p. 323)

  Lo mismo podría decirse del avance científico y tecnológico, de la educación y de los cambios políticos. ¿Una vez más se está negando reconocer la realidad de que es el progreso moral el auténtico factor decisivo del progreso en la lucha contra el sufrimiento?

Lectura en “Essays on Longtermism” en Oxford University Press; traducción de idea21