sábado, 5 de mayo de 2018

“El sentido de la vida”, 1935. Alfred Adler

  Al psicólogo Alfred Adler hoy se le recuerda sobre todo por ser uno de los más célebres disidentes del creador del psicoanálisis, Sigmund Freud. Y en este libro, que supone un resumen de sus teorías para el gran público, no olvida esa cuestión.

Al creador del psicoanálisis y a sus discípulos parece producirles gran satisfacción el poder designarme como discípulo de Freud, cosa que hacen con delectación ostensible, por el mero hecho de haber discutido yo mucho con éste en un círculo de psicólogos, pero sin haber asistido jamás ni a una de sus clases. Cuando se trató de hacer jurar a todos los miembros de este círculo de psicólogos la infalibilidad de Freud y de las teorías por él propugnadas, fui el primero en abandonarlo, y no se me podrá negar que he procurado siempre delimitar las fronteras entre el Psicoanálisis y la Psicología individual con más afán que el propio Freud, ni podrá acusárseme tampoco de haberme jamás vanagloriado de mis discusiones de antaño con él.

  Más allá de las rencillas habituales entre eruditos que abordan cuestiones de extraordinario calado, lo importante es que, al plantearse las diferencias, también se definen los conceptos básicos de la entonces naciente psicología. La concepción de Alfred Adler, que alcanzó un gran éxito, es denominada por éste “Psicología individual”

La técnica del Psicoanálisis estaba encaminada a poner de relieve, con paciente energía, la íntima relación de la libido sexual con los movimientos expresivos y los síntomas, y a hacer derivar los actos humanos de un impulso sádico inherente al hombre. Es mérito exclusivo de la Psicología individual el haber puesto en claro que este último fenómeno no es más que el producto artificialmente cultivado del resentimiento de unos niños mimados.

   “Niños mimados” resentidos como causa capital de los problemas psicológicos es un punto de partida que hoy resulta chocante y que se repite a lo largo de todo este libro. Sin embargo, también se podría decir que la concepción básica de la “Psicología individual” es, más bien, la contraposición entre el “sentimiento de comunidad” y el “sentimiento de inferioridad” (y su complemento neurótico, el “complejo de superioridad”).

El sentimiento de inferioridad, la tendencia hacia la superación y el sentimiento de comunidad son los pilares básicos de la investigación psicológico-individual.

  El origen, como siempre, está en la infancia…

Los caminos que más viablemente conducen al conocimiento de la personalidad según las experiencias que hasta hoy me ha sido dado recoger son: una amplia comprensión de los primeros recuerdos de la infancia, la posición que en orden a la edad le corresponde al niño entre sus hermanos, los sueños, las fantasías diurnas, eventuales faltas infantiles, y las características del factor exógeno causante del trastorno.

Las desviaciones de conducta son solamente síntomas que proceden de un complejo de superioridad, derivado a su vez de un especial sentimiento de inferioridad que hay que buscar, y ello en presencia de un factor exógeno que exige más sentimiento de comunidad del que el individuo hizo acopio desde su niñez.

  ¿Por qué este problema con la “superioridad” y la “inferioridad”?

El movimiento histórico de la Humanidad debe ser interpretado como la historia del sentimiento de inferioridad y de los intentos realizados para liberarse de él. Desde que se puso en movimiento, la materia viva siempre se ha esforzado por pasar de una situación de minus a una situación de plus. Este movimiento (…) es el mismo que comprendemos bajo el concepto de evolución

  Así pues, todos nacemos “inferiores” dentro de un entorno hostil y naturalmente poderoso. ¿Y la “superioridad”?

El complejo de inferioridad (…) es (…) el fenómeno permanente de las consecuencias del sentimiento de inferioridad, y la fijación de éste, se explica por una exagerada carencia del sentimiento de comunidad.(…) El incansable afán de superioridad trata de disimular este complejo [de inferioridad] mediante el complejo de superioridad, que aspira a una superioridad personal aparente, siempre prescindiendo del sentimiento de comunidad

   De modo que el “sentimiento de comunidad” sería la actitud positiva que permite la cooperación eficiente. La inferioridad es, por su parte, una consecuencia lógica del reconocimiento de la situación real en el entorno. Lo malo es cuando el sentimiento de inferioridad se convierte en un “complejo”, una construcción neurótica. Y del complejo de inferioridad se pasa al de superioridad: no hay “sentimiento de superioridad”, toda experiencia de superioridad supone un complejo derivado del otro sentimiento que sí existe, el de inferioridad. Así que tenemos que la superioridad siempre es buscada, la insatisfacción siempre está garantizada y el “sentimiento de comunidad” es el paliativo. Hay que evitar que la natural insatisfacción lleve a la neurosis porque no resulte viable el paliativo del sentimiento de comunidad en un individuo en concreto.

Para ser breves, podemos decir que la neurosis es la utilización de las vivencias de shock en defensa del prestigio amenazado. o, para ser más breves todavía, la tonalidad afectiva del neurótico se condensa en el sí... pero. El sí contiene el reconocimiento del sentimiento de comunidad, el pero, la retirada con todos sus mecanismos de aseguramiento.

  Por todo esto, se hace evidente que la descripción que Alfred Adler hace del “sentido de la vida” es bastante convencional

Vida social, trabajo y amor. (…). Nuestra conducta ante estos tres problemas es la respuesta que les damos según nuestro estilo de vida.

 Aunque hay un punto que deja cierto margen a la imaginación: el cultivo del “sentimiento de comunidad”, que es en buena parte dependiente de la evolución cultural.

Tenemos derecho a esperar que en una etapa posterior, cuando la humanidad haya recorrido otro período de su evolución, la fuerza del sentimiento de comunidad llegue a vencer todos los obstáculos que actualmente le cierran el paso. Entonces, el hombre exteriorizará su sentimiento de comunidad con la misma naturalidad con que respiramos. Mientras esto no ocurra, solamente nos queda el recurso de intentar comprender y aclarar este ineludible curso de las cosas.

La Psicología individual no exige la represión de los deseos justificados ni de los injustificados, hace ver, sin embargo, que los deseos injustificados deben ser reconocidos como contrarios al sentimiento de comunidad y suprimidos, pero no reprimidos, mediante la producción de un máximo de intereses sociales.

   El convencionalismo de Adler tampoco permite que se dé un papel preeminente al psicólogo, como sí parece que era en el caso de Freud, en el que el psicólogo se erigía en intérprete de la cultura. Para Adler, la sociedad en su conjunto ya está dotada para evitar los males mayores.

La tarea del educador, del maestro, del médico y del sacerdote está aquí rigurosamente indicada: fortalecer el sentimiento de comunidad y levantar así el estado de ánimo, mediante la demostración de las verdaderas causas del error, el descubrimiento de la opinión equivocada y del sentido erróneo que el individuo llegó a dar a la vida, acercándole, en cambio, a aquel otro sentido que la vida misma le señala al hombre.

  A nivel práctico, el mecanismo de la neurosis, según esta visión particular, suele encontrarse en una infancia mal llevada:

Todo el arte de la comprensión de la particularidad humana consiste en descubrir el estilo de vida que cada individuo se crea durante su infancia

Cada individuo tiene su opinión acerca de sí mismo y acerca de las tareas de la vida; de que obedece a un plan de vida y a una determinada ley de movimiento, sin que él mismo se dé cuenta de ello. Esta ley de movimiento se origina en el ámbito limitadísimo de la niñez

  Y quizá lo que más destaca es el empeño que pone Adler, tal como hemos visto ya, en el exceso de mimo en la infancia. Semejante énfasis ahora podría parecer peligroso. Veamos cómo se plantea el “mimo” según esta “Psicología individual”:

Si la madre se excede visiblemente en su cariño, imbuyendo en el niño la idea de que es superflua su colaboración tanto en su conducta como en su pensar, tanto de obra como de palabra, ese niño mostrará más propensión a desarrollarse en un sentido de parasitismo (explotación), para esperarlo todo del prójimo. Tratará siempre de constituirse en el centro del interés de los demás y deseará poner a todo el mundo a su servicio. Desarrollará tendencias egoístas y considerará como un legítimo derecho oprimir a los que le rodean, verse constantemente mimado por ellos y recibir siempre sin dar nunca nada. Uno o dos años de entrenamiento en tal sentido bastan para poner fin al desarrollo del sentido de comunidad y para anular toda inclinación a colaborar.

No hay peor mal que el de mimar a nuestros hijos

   Quizá eso tenga algo que ver con los pacientes que hubo de tratar Adler en particular, pero conviene pensar en que el mismo autor reconoce que, en entornos de dureza en la infancia, las consecuencias son aún más terribles

El hecho de que al investigar las causas de la criminalidad en los individuos topemos a menudo con el pésimo ambiente que rodeaba al niño y de que la mayoría de los crímenes se cometan en cada ciudad en determinados distritos, no nos autoriza a sacar la conclusión de que la causa de la criminalidad es la miseria. En cambio, es fácil comprender que sería extraño que en tales condiciones se desarrollase normalmente el sentimiento de comunidad. No debe olvidarse tampoco cuán insuficiente suele ser la preparación del niño para su madurez, si desde muy temprano crece en medio de necesidades y escaseces, en una actitud, por así decirlo, de protesta contra la existencia, viendo a diario la buena vida que se dan no pocos de los que le rodean, y sin que nadie intente estimular su sentimiento de comunidad.

  La realidad es que para los padres siempre ha sido mucho más cómodo tratar a los niños con dureza que con “mimo”. Y si, encima, aparece un sabio doctor que nos advierte gravemente de que lo peor de todo es mimar a los niños… la salida fácil es, evidentemente, tratarlos con severidad y desapego, ya que hallar el término medio siempre resultará más difícil.

  Algunos años después de que Adler publicara este libro, John Bowlby comenzaría una campaña en sentido contrario de la que todavía hoy estamos extrayendo resultados positivos. En cambio, quienes, como Adler, prevenían contra el exceso contrario, nos han legado bastantes apreciaciones hoy del todo descartadas:

Las perversiones sexuales son un producto artificial infiltrado a través de la educación sin que el interesado se dé cuenta de ello (…) La homosexualidad no depende de las hormonas para nada. (…) Los invertidos sexuales suelen ser niños mimados, con frecuencia mantenidos en la incertidumbre sobre su verdadero papel sexual, y siempre he descubierto en ellos un anhelo exagerado de reconocimiento social, de éxito inmediato y un ansia voraz de superioridad personal

  Sin duda era necesaria una reacción al más bien siniestro mundo freudiano de los impulsos inconfesables, pero el doctor Freud, pese al convencionalismo en su visión de las cuestiones sociales, era coherentemente subversivo y su mitología propia entroncaba con la mitología ancestral. El convencionalismo del doctor Adler es mucho más decepcionante. Aquí, la psicología no parece revelar contradicción alguna en la existencia humana

Tres problemas se le plantean a todo ser humano: la actitud frente al prójimo, la profesión y el amor.

  Y entonces, ¿cómo explicar que, con nuestra enorme riqueza tecnológica y económica sea tan grande también nuestra insatisfacción? Reducir la problemática humana a una insuficiente corrección de errores individuales en el desarrollo infantil del “sentimiento de comunidad” no nos ayuda nada a afrontar una naturaleza humana que es demostradamente mucho más compleja que eso.

El alma humana aspira a la superación, a la perfección, a la seguridad y a la superioridad.

  Superación, superioridad, seguridad y perfección… ¿con respecto a qué?

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