viernes, 25 de mayo de 2018

“La mente que corteja”, 2000. Geoffrey Miller

  Geoffrey Miller plantea en su libro –“The Mating Mind”- una variedad de la teoría evolutiva del Homo Sapiens en la que la selección natural de las peculiaridades cognitivas más característicamente humanas –la inteligencia creativa, sobre todo- no habría tenido su origen en la lucha directa por la supervivencia material, sino en los mucho más caprichosos caminos de la selección sexual, es decir, en las estrategias de seducción y cortejo del varón dirigidas a la hembra.

La visión supervivencialista ha parecido la única posibilidad científicamente respetable [acerca de la evolución humana]. Sin embargo, hoy ya no es satisfactoria. Deja demasiados acertijos sin explicar. El lenguaje humano evolucionó hasta llegar a ser mucho más elaborado de lo necesario para nuestras funciones de supervivencia básicas. Desde un punto de vista biológico pragmático, el arte y la música parecen desperdicios de energía sin sentido.

Este libro propone que nuestras mentes evolucionaron no solo como máquinas de supervivencia, sino como máquinas de cortejo. Cada uno de nuestros antepasados luchó no solo para vivir durante un tiempo, sino para convencer al menos a una pareja sexual de que mantuviera con él suficiente sexo como para producir descendencia  

  Naturalmente, la selección sexual no puede contradecir la selección por supervivencia: si las hembras eligen a machos poco capacitados para la supervivencia, al final la especie se extingue porque entonces los más capacitados no tendrían oportunidad de propagar sus genes.

Una de las principales razones por las que la elección de pareja evoluciona es para ayudar a los animales a elegir compañeros sexuales que lleven buenos genes

 El ejemplo clásico de selección sexual en el mundo animal, que viene ya de Darwin, es el de la cola del pavo real.

La cola [del pavo real] no tiene sentido como adaptación para la supervivencia, pero tiene perfecto sentido como una adaptación para el cortejo

  Aunque algunos discuten el ejemplo exacto del pavo real (la cola podría ser adaptativa como camuflaje en la selva de la que este animal es originario) el concepto es comprensible: para tener una hermosa cola el macho debe ser vigoroso y sano, tal como sucede en la vida social humana cuando los más prósperos exhiben bienes costosos para asentar su prestigio. Según la teoría de Miller, la exhibición de cualidades cognitivas propiamente humanas habría servido también de reclamo sexual en la prehistoria.

  De forma que las mujeres Homo Sapiens elegían a los varones que desplegaban habilidades que hoy consideramos propiamente humanas –capacidad verbal, sensibilidad artística, uso de razonamiento complejo- y cuyas otras características además no estaban en contradicción con la supervivencia. El resultado fue una especie que sobrevivía, al igual que otras, pero cuyo peculiar  estilo de vida fue marcado por estos caprichos del cortejo.

Si un individuo te hacía reír, encendía tu interés, contaba buenas historias y te hacía sentir bien cuidado, entonces podría haber estado más dispuesto o dispuesta a emparejarte. Tu placer en su presencia habría sido un buen indicador de su inteligencia, amabilidad, creatividad y humor

  En su largo libro, el profesor Miller no logra convencer de que el acto social del cortejo predominara a nivel selectivo sobre los otros actos sociales propios de la vida en la prehistoria (principalmente, la consecución del liderazgo dentro del grupo) y tampoco resulta convincente cuando compara la capacidad para la elección de pareja de las mujeres del Occidente actual con las de los pueblos cazadores-recolectores, pero eso no es lo más importante, lo más importante es que señala realidades como que

una vez que nuestros antepasados evolucionaron la habilidad de lanzar piedras, manejar antorchas, atacar en grupos y correr largas distancias bajo el sol del mediodía, fueron probablemente los animales más terroríficos de África. Es sorprendente que se preocuparan lo más mínimo por hacer evolucionar más su inteligencia

  Totalmente cierto, y estas habilidades no eran exclusivas de Homo Sapiens: nuestros ancestros Homo Erectus, cuyos cerebros eran de la mitad del tamaño de los nuestros, ya eran capaces de hacer todo eso, así que ¿cómo se llegó hasta donde estamos ahora, si la supervivencia ya estaba garantizada sin necesidad de nuestra “inteligencia superior”?

La ciencia ha pasado más de un siglo intentando explicar la evolución de la mente mediante la selección natural para beneficios de supervivencia. Ha explicado muchas habilidades humanas tales como la preferencia por comida o el miedo a las serpientes, pero ha fallado consistentemente en explicar otras habilidades para el arte decorativo, virtud moral y conversación humorística. Parece razonable preguntar si la selección sexual por beneficios de reproducción podría dar cuenta de estos restos sobrantes. 

  Todas las especies se las arreglan para sobrevivir (si no, no existirían…), lo interesante es cómo evolucionan en el entorno las peculiaridades de sus diversas estrategias de supervivencia… más allá de lo que las hace adecuadas para la supervivencia, porque es de este juego de peculiaridades un tanto aleatorias de donde resultan las estrategias que al cabo permiten que una especie se imponga a otras en la constante competencia ecológica.

   Hace entre cincuenta y cien mil años que el género Homo Sapiens, con sus extravagancias, adquirió los medios de dominio del planeta. Entre otras cosas, eliminó a todos sus competidores del género “Homo” y ya antes de la invención de la agricultura había descubierto nuevas armas y medios de organización económica, logrando aumentar su población. Pero la cuestión es que antes de este éxito planetario, Homo Sapiens había dado lugar a las sorprendentes creaciones del arte rupestre y las solemnidades funerarias: tales cosas no eran útiles para la supervivencia, de modo que el desarrollo económico habría sido una especie de efecto colateral, subsidiario de los hábitos en apariencia superfluos que fueron heredados y gradualmente transformados por la cultura.

La innovación tecnológica estuvo detenida durante la mayor parte de la evolución de nuestro cerebro. Solo mucho después de que nuestro cerebro dejara de crecer se desarrolló una tradición de progreso tecnológico acumulativo (…) ¿Cómo pudo la evolución favorecer la expansión de un órgano tan costoso como el cerebro sin que se hiciera aparente ningún beneficio importante para la supervivencia hasta mucho después de que el órgano dejara de expandirse?

  La explicación de Miller, como ya hemos visto, es el comportamiento de cortejo. Igual que el pajarito macho luce hermosas plumas y canta hermosas canciones para atraer a la hembra, el Homo Erectus y el Homo Sapiens habrían desarrollado el lenguaje hablado, el arte y la moralidad para atraer a su pareja.

[Los logros  artísticos y humanistas] no son efectos secundarios de tener grandes cerebros que pueden aprenderlo todo, sino de tener mentes llenas de adaptaciones de cortejo que pueden ser reentrenadas y redirigidas para inventar nuevas ideas cuando no estamos enamorados.

  Sin embargo, hay un hecho incuestionable: requisito imprescindible para que un “hombre primitivo” tenga éxito con el sexo opuesto es que también tenga éxito social, es decir, que lo tenga dentro del numeroso grupo social dentro del cual vive el Homo Sapiens prehistórico – cazador-recolector-… y es interesante remarcar que el grupo humano siempre ha sido relativamente grande, de entre cien y ciento cincuenta individuos –el número de Dunbar-. Los chimpancés nunca han reunido grupos tan grandes… y sabemos que tampoco se daban entre los Neandertales, así que tiene sentido considerar que las cualidades cognitivas propiamente humanas sirvan sobre todo para el desarrollo de las relaciones sociales dentro del grupo –desmesuradamente grande- y que secundariamente se relacionen con el éxito en el cortejo: es la norma que a la mujer no le atrae el fracasado y que al varón, siempre en búsqueda del éxito social, no le gusta fracasar. Por otra parte, la subordinación de la mujer al hombre es un hecho en el mundo primitivo y aunque esto varía de cultura a cultura, en general está claro que la mujer no tiene en esta situación tantas opciones para elegir  varón como sucede en la cultura occidental moderna.

  Lo importante de todo esto es que el concepto de “humanismo” podría estar acertado en el sentido de que cultivar las cualidades más propiamente humanas, que bien pueden parecer de poco valor práctico, a la larga siempre nos beneficia también a nivel práctico. Leer libros de ficción, en apariencia no sirve para nada… pero las sociedades donde la gente es más aficionada a leerlos resultan también ser las más prósperas económicamente.

Quizás es mejor considerar la mente humana como un sistema de entretenimiento que evolucionó para estimular los cerebros de otros –cerebros que sucedía que tenían ciertos sesgos sensoriales y sistemas de placer. A nivel psicológico, podríamos ver que la mente humana ha evolucionado para encarnar el conjunto de preferencias psicológicas que tenían nuestros antepasados (…) Las preferencias pueden haber sido sociales, intelectuales y morales, no solo sensoriales.

  La creatividad es un buen indicador de inteligencia general

  Finalmente, en lo que se refiere a lo que escribe el profesor Geoffrey Miller en particular, algunas afirmaciones parecen discutibles.

Una mujer ancestral habría estado mucho más segura en un grupo de una docena de hermanas, tías y amigas que con un solo varón en una familia nuclear. Las hembras humanas estaban entre los primates más grandes que han evolucionado y entre los más fuertes omnívoros de África. No necesitaban necesariamente ninguna ayuda de unos novios que solo eran un 10% más altos que ellas mismas

  Con esto se pretende argumentar que la mujer prehistórica elegía libremente a su pareja (igual que una mujer profesional en la Norteamérica de hoy) pero resulta poco creíble… sobre todo si se afirma que no había superioridad física notable del varón sobre la mujer, ya que, si bien es cierto que los varones Homo Sapiens solo son un 10% más altos que las mujeres, también es cierto que son un 100% más fuertes en los brazos, y en una constitución bípeda éste es el dato fundamental que permite la dominación física. Además, también sabemos que las mujeres son menos agresivas, de modo que en el Homo Sapiens se dan suficientes características de dimorfismo (aunque no tantas como en el caso de los inmensos gorilas con sus harenes de hembras más pequeñas) para hacer pensar que en “estado de naturaleza” eran bastante poligínicos y que las mujeres estaban expuestas a violencias como rapto, violación y otras condiciones que son aún tristemente frecuentes. Por otra parte, eso no niega que existiera un cierto nivel de cortejo.

 Y

Si los homínidos varones han preferido bajas proporciones de cadera-cintura durante muchas generaciones, esto puede explicar porqué las hembras humanas tienen cinturas tan estrechas, tales amplias caderas y tales nalgas carnosas.

  Con esto se está dando por sentado que es el varón el que elige a la mujer y no al revés. Las características físicas del varón preferidas por las hembras, por lo demás, son las mismas que permiten la superioridad física: los hombres buscan mujeres hermosas… y las mujeres buscan hombres fuertes y dominantes (o “de carácter fuerte”… como algunos gustan de decir).

  ¿Qué conclusiones podemos sacar de esto, mirando al futuro?

  Ante todo, que lo más inteligente sería preocuparnos menos directamente por el progreso económico. Hemos visto que el origen de éste probablemente se encontraba en el cultivo de las peculiaridades cognitivas humanas que al principio no tuvieron relación directa con la obtención de recursos materiales de supervivencia. Lo mismo sucede en la evolución de la cultura: fueron los cambios intelectuales los que llevaron al progreso económico, tanto en la Edad Media, cuando los reyes prefirieron cobrar impuestos a las ciudades libres más que explotar el sistema feudal, como cuando la Ilustración acabó por desembocar en la Revolución Industrial: el progreso económico es un subproducto del progreso humanista.

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