sábado, 24 de marzo de 2018

“Mapas de significado”, 1999. Jordan B. Peterson

   El psicólogo y divulgador Jordan Peterson escribió este libro siguiendo un poco la huella de célebres eruditos como Joseph Campbell y Carl Jung. Se trata, nada menos, que de explicar los mecanismos inconscientes y simbólicos del proceso civilizatorio.

La capacidad para crear nuevos comportamientos y categorías de interpretación en respuesta a la emergencia de lo desconocido podría ser considerado como el rasgo distintivo primario de la consciencia humana

  El Homo Sapiens tiene una capacidad única para enfrentarse a lo desconocido. Para empezar, sabe que existe “lo desconocido” y puede recordar el pasado y especular acerca del futuro. Eso le permite hallar respuestas, y estas respuestas son el significado de las cosas que, en su forma más sutil y trascendente, es transmitido al conjunto de la sociedad mediante contenidos simbólicos, y eso son los “mapas de significado” a los que Peterson se refiere en el título de su libro (recordemos que un símbolo es “un signo que representa una idea”). Este novedoso y complejo mecanismo de adaptación al medio propio del Homo Sapiens tiene lugar en buena parte de forma inconsciente y se transmite culturalmente a lo largo de las generaciones. No es un camino fácil.

Nuestros mapas de la “parte del mundo comprensible” son en gran parte mapas de patrones de acciones –de comportamientos establecidos como consecuencia de la exploración creativa, y modificados en el curso de interacciones sociales infinitas (…)He escrito mi libro en un intento de explicar el significado psicológico de la historia

  Y está claro, ésa es la evidencia, que este significado psicológico de la historia se ha transmitido esencialmente a través de las religiones en sus muy diversas formas. Consideramos aquí religión a las creencias colectivas simbólicamente expresadas que implican las emociones privadas en lo que concierne a nuestro propio destino personal y social. O algo así. Religión y psicología tienen mucho que ver.

La psicología de la religion (…) es un aspecto fundamental de la psicología y cultura humanas

  Los “mapas de significado” se muestran sobre todo en la larga trayectoria de narraciones míticas de la humanidad ancestral. Los mitos –que en su nivel más alto son narraciones religiosas- evolucionarán y darán lugar a nuevas formas colectivas de interpretación de la realidad. Este camino de explicar la realidad era el único conocido en el pasado remoto, pero aún no nos hemos desprendido del todo de él.

El mito es la esencia destilada de las historias que nos contamos a nosotros mismos acerca de los patrones de nuestros propios comportamientos

  Hay que decir que las historias míticas muchas veces son ambiguas y que esta ambigüedad es lo que suele hacerlas atractivas. Lo importante era que contuvieran suficiente contenido emocional para conmovernos, fijarse en nuestra memoria y asegurar que perduraran a lo largo de las generaciones. Así, sin ser del todo comprendidas, influían en nuestro comportamiento a lo largo de las épocas. Y a medida que trataban de ser interpretadas con mayor profundidad, evolucionaban.

Todos estamos imitando una historia que no comprendemos

  ¿Cuál es el contenido nuclear de esa evolución de mapas de significado, esa simbología que en el principio era contenida únicamente en los mitos? Se trata de la moralidad.

El significado quiere decir implicación en el resultado conductual; lógicamente, por ello, el mito presenta información relevante a los problemas morales más fundamentales

La estructura moral, codificada en el comportamiento, es demasiado compleja para ser formulada de forma completamente consciente. Sin embargo, esa estructura sigue siendo un sistema integrado

Una filosofía moral, que es un patrón para el comportamiento y la interpretación, es dependiente para su existencia de una mitología, que es una colección de imágenes de comportamientos que emergen, a su vez, como consecuencia de la interacción social (cooperación y competición) diseñada para cumplir con exigencias emocionales

   Esencialmente, la evolución de la civilización es la evolución de la moralidad. En la sociedad primitiva, por ejemplo, el extranjero era como un animal más. Se le podía matar impunemente, estaba “bien” hacerlo. Ello llevaba al aislamiento de los grupos y a la guerra constante entre ellos, y, de hecho, así viven, más o menos, todos los animales sociales. Pero en las civilizaciones agrarias las poblaciones se hacían más grandes, más cooperativas, unidas por religiones y por reyes, ya no por el contacto físico cotidiano (o por referencias de parentesco, en el mejor de los casos). Matar al extranjero no estaba “bien” en todos los casos, y aquí tenemos un cambio fundamental de la moralidad. Uno entre muchos. Pero vinieron más cambios. Por ejemplo, el mito cristiano nos revela que todos los individuos, hasta los extranjeros, mujeres, niños, esclavos y eunucos tienen alma inmortal. Que son de igual valor. Otro cambio moral.

  Estos cambios son lentísimos a lo largo de la historia y se dan de forma encubierta y en apariencia contradictoria, en medio de las enmarañadas narraciones simbólicas que componen el mito… Peterson distingue unas estructuras fundamentales:

El mundo como un forum para la acción está “compuesto” esencialmente de tres elementos constitutivos que tienden a manifestarse en típicos patrones de representación metafórica. El primero es el territorio inexplorado –la Gran Madre, naturaleza, creativa y destructiva, fuente y lugar de descanso de todas las cosas particulares. El segundo es el territorio explorado –el Gran Padre, cultura, protectora y tiránica, sabiduría acumulativa ancestral. El tercero es el proceso que media entre el territorio explorado e inexplorado –el hijo divino, el individuo arquetípico, la “palabra” exploratoria creativa y el adversario vengativo. Estamos adaptados a este mundo de “caracteres divinos” tanto como al “mundo objetivo”.

  Las formas de estos mitos que describen las relaciones con lo inexplorado se hacen más complejas…

En las etapas más tempranas de la representación, las deidades son vistas como pluralistas y como miembros fraccionarios e individualistas de una comunidad supracelestial (traspersonal e inmortal). Más tarde, se estructuran en una jerarquía a medida que la cultura se hace más integrada, más segura acerca de la valoración relativa y sobre la virtud moral –y un solo dios, con una multitud de rasgos relacionados, llega a dominar. El desarrollo del monoteísmo va así paralelo a la integración moral intrapsíquica e intracultural. A medida que el ciudadano promedio se identifica cada vez más claramente con este patrón monoteísta, integrado, su naturaleza ”externa”, como un atributo de los dioses, retrocede. Se hace más claramente un atributo del ser humano per se (…) El proceso solo está comenzando, en abstracción, en Mesopotamia y Egipto(…) Son los antiguos israelitas los que lo traerán más a su desarrollo, con efectos potentes y duraderos  

  Y el proceso sigue, no es tan difícil verlo…

Moisés transforma lo que ha sido previamente costumbre, enmarcada en el comportamiento, representada en el mito, en un código semántico explícito [los Mandamientos de Dios]. Este gran salto hacia delante, emprendido por Moisés, lo sitúa temporalmente en compañía de Dios (…) La traducción de la tradición en Ley hecha verbalmente abstracta que había sido previamente, a lo más, codificada en imagen, hace la moralidad de la cultura y la moral individual “conscientes” por primera vez. Este acto de transformación constituye el acto culminante de siglos de iniciativa abstracta adaptativa y de creciente consciencia

Como Moisés, también Cristo da su más famosa alocución (que se puede interpretar como un largo comentario al Decálogo) en la cima de una montaña (…) La Ley de Moisés se basa en prohibiciones, una descripción de lo que está prohibido (…). Como contraste, el mensaje de Cristo es más una forma de exhortación, una descripción del bien activo (…) Este contraste también sirve como análogo de la relación entre la moralidad adolescente y adulta

  Una cualidad psicológica del mito que es fundamental y que todavía no ha sido asumida, es que el pensamiento mítico supera –de momento- al pensamiento racional en tanto que su contenido es no solo descriptivo y explicativo, sino emocional y motivacional. El mito enseña y guía, no meramente informa. Esta capacidad para enseñar, motivar y guiar es algo de lo que carece, hoy por hoy, el pensamiento racional. El conocimiento y la ciencia no son sabiduría. Probablemente ésta es la pieza que falta en el proceso civilizatorio a día de hoy…

  El valor del mito con respecto al conocimiento racional actual es precisamente que el mito no pretende ser objetivo igual que el chismorreo tampoco lo es… y las narraciones míticas son en buena parte “chismorreos” acerca del mundo de lo sobrenatural o trascendente. Si nos interesa el comportamiento ajeno es porque de él obtenemos enseñanza y criterio. Sabiduría y no mero conocimiento aséptico.

El universo mítico es un lugar para actuar, no un lugar para percibir. El mito describe las cosas en términos de su valencia afectiva única o compartida, su valor, su significación motivacional

 El ser humano moderno aún se nutre de los descubrimientos de la sabiduría mítica y solo por ella, tras una compleja evolución, se ha llegado a los conceptos morales abstractos.

La moralidad occidental, el comportamiento occidental, se expresa por la asunción de que cada individuo es sagrado. Esta creencia ya existía en forma embrionaria entre los antiguos egipcios, y proporciona la piedra de toque de la civilización judeo-cristiana

  El conocimiento racional es el que permite la abstracción y esto, a  su vez, nos da la opción a hacer grandes avances en nuestras concepciones morales. Nuestra época está superando, gracias a ello, la etapa mítica del proceso civilizatorio. Pero lo hace gradualmente.

La abstracción facilita la comunicación de la moralidad (instrucción acerca de cómo comportarse), al hacer innecesario esperar hasta ver que algo importante –que vale la pena de ver y recordar- sucede en realidad. [Ahí está] el uso del drama, por ejemplo

Una palabra bien elegida puede cambiarlo todo (“cada uno según su capacidad…”). La palabra, en un contexto particular (…) tiene un significado variable 

Podemos cambiar nuestros comportamientos porque cambiamos cómo pensamos

  Superar las estructuras morales míticas por completo solo sería posible si contáramos con una moralidad plenamente racional, construida solo con conceptos abstractos de contenido moral. Y eso parece aún difícil de lograr.

Carecemos de un proceso de verificación, en el ámbito moral, que sea tan poderoso o tan universalmente aceptable como el método experimental (empírico), en el ámbito de la descripción   
  La capacidad del mito para motivar al individuo sigue siendo, en muchos aspectos, superior aún a la de la razón descriptiva. El contenido motivacional de nuestros actos sigue siendo ocupado, por defecto, por los elementos míticos (que en buena parte constituyen “prejuicios”). Tenemos un ejemplo extremo de ello en cómo los predicadores religiosos, con métodos psicológicos artesanales (charlatanería…), son capaces de lograr regularmente la hazaña de convertir a muchos delincuentes violentos de antisociales en prosociales gracias a la conversión religiosa. Recordemos cuánto dinero se gasta la administración estatal en intentar lograr el mismo resultado con la ayuda de jueces, psicólogos y funcionarios, y qué poco éxito obtienen apelando al razonamiento de cuidadosos argumentos abstractos a favor de la conducta cívica.

  Y esto es solo un ejemplo extremo, porque la realidad es que todavía hoy seguimos atados a prejuicios culturales que la racionalidad no puede vencer. No tanto porque la racionalidad cívica y liberal imperante no sea capaz, en teoría, de desarrollar una expresión mítica (pensemos en el comunismo soviético, que sí la desarrolló) sino porque no hemos aplicado correctamente los recursos racionales y a la vez emocionales a la hora de determinar la “significación motivacional” de nuestra cultura.

  Si el progreso civilizatorio no tiene en cuenta los elementos emocionales del cambio cultural una racionalidad humanista seguirá teniendo grandes dificultades para imponerse. Debemos empezar por aceptar que la motivación emocional sí puede ser comprendida racionalmente y que los sentimientos religiosos no solo son naturales en el ser humano,sino que son también la base más sólida para el progreso civilizatorio. Hay que plantearse seriamente la posibilidad de poner en marcha una religión racional –y, desde luego, no mítica- que por ser racional no deje de contar con todos los elementos emocionales motivacionales  propios de la religión. Ha de ser posible prescindir de las estructuras narrativas de los mitos y, con ello, de los prejuicios y las creencias irracionales propias de las tradiciones de la Antigüedad. Lo que se ha de hacer es determinar los mecanismos psicológicos para la motivación emocional y estructurarlos de forma tal que sea posible la interiorización de las pautas morales propias de la más extrema prosocialidad. Y tenemos algunos ejemplos al respecto que pueden ayudarnos a especular cómo esto podría hacerse.

  De forma similar a como el adicto a sustancias estupefacientes acude voluntaria y conscientemente a “Alcohólicos Anónimos” en busca de integrarse en una comunidad de ayuda mutua con el fin de controlar su adicción, el ciudadano puede también voluntaria y conscientemente integrarse en comunidades de perfeccionamiento moral que alcancen niveles de prosocialidad superiores al del místico cristiano más devoto.  Que la racionalidad implique una motivación emocional puede lograrse si, entre otras cosas, destilamos las estrategias psicológicas adecuadas de nuestras tradiciones religiosas. Podríamos por este camino incluso prescindir de los elementos políticos en el cambio social. Una religión racional que utilice la moralidad abstracta como elemento de motivación emocional para la vida plenamente prosocial puede lograrse, paso a paso, si se logra la expresión cultural adecuada.

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