jueves, 15 de marzo de 2018

“¡Gracias!”, 2007. Robert Emmons

   Robert Emmons es un psicoterapeuta en la línea de la “psicología positiva”. En la psicología positiva (y en la psicología humanista) el psicólogo no es neutral en lo que a la afirmación de los valores nucleares de vida se refiere. Aquí el psicólogo toma partido y alienta al paciente a dar pasos hacia un determinado estilo de vida, naturalmente feliz e inevitablemente convencional. Pero al dar “indicaciones” positivas y no limitarse a paliar la enfermedad o el trastorno, hace uso de la psicología de una forma creativa y a la vez altamente prosocial. En este libro, Emmons se interesa por la “gratitud” como instrumento de prosocialidad.

Descubrimos pruebas científicas de que la gente que se compromete regularmente en el cultivo sistemático de la gratitud experimenta una variedad de beneficios mensurables: psicológicos, físicos e interpersonales. La evidencia sobre la gratitud contradice la visión ampliamente aceptada de que toda la gente tiene un “límite” de felicidad que no puede ser alterada por medio conocido: en algunos casos, la gente ha informado de que la gratitud les ha llevado a cambios en la vida transformadores

  Este foco en la gratitud recuerda otros casos en los que se recurre a la “autocompasión”,  la “comunicación no-violenta”, o al humor o a la evocación activa de recuerdos felices o a la redacción de escritos o diarios. Son aspectos activos de la vida humana que implican una visión amable, optimista, y que dan claves parcialmente eficientes para la prosocialidad, es decir, para la vida cooperativa basada en la benevolencia mutua. Por otra parte, también son elementos aislados que no desafían a una sociedad convencional imperfecta pero que en cualquier caso se refieren a realidades palpables de la interacción social, de la vida afectiva y de las relaciones personales. Aún podrían tener un mejor empleo si se los considerara como parte de un estilo de vida de prosocialidad extrema coherente y alternativo a una sociedad convencional que al fin y al cabo no se basa del todo en valores de benevolencia (sino que incluye también valores de materialismo, irracionalidad ideológica y competitividad por el estatus).

La gratitud es el reconocimiento de la bondad en la propia vida. En la gratitud decimos sí a la vida. (…) La gratitud es el reconocimiento de la fuente de este bien que está al menos en parte fuera de uno mismo (…) Gratitud implica humildad –un reconocimiento de que no podíamos ser quienes somos o estar donde estamos en la vida sin la contribución de otros. (…) [Por otra parte] ser agradecido es un reconocimiento de que hay cosas buenas y agradables en el mundo (…)  Al vincular a la gente en las relaciones de reciprocidad, la gratitud es uno de los bloques de construcción de una sociedad civil y humana

La gratitud puede ser cultivada de una forma positiva, y puede convertirse en un componente crítico de la felicidad humana

  De entrada, si reconocemos en nosotros la actitud propia del agradecimiento (en general) estamos adoptando ya una predisposición al optimismo y la prosocialidad. Esto de por sí no es poco, pero la consideración de la gratitud implica no solo alentar una actitud amable y benévola sino también ciertas acciones concretas.

Pedimos que los participantes que reflexionaran, o bien una vez a la semana o una vez un día a lo largo de dos o tres semanas, sobre a qué tenían que estar agradecidos (…) Esperábamos que esta limitada exigencia tuviese un impacto inmediato en el bienestar. Los resultados que obtuvimos fueron bastante notables

Una de las mejores maneras de cultivar la gratitud es establecer una práctica diaria [guardar un diario de gratitud] en la cual tú recuerdas los dones, gracias, beneficios y cosas buenas que disfrutas 

  Este tipo de prácticas son de las que habitualmente utilizan los psicoterapeutas con sus pacientes y no hay por qué dudar de que dan algunos buenos resultados. Pero lo interesante sería profundizar en por qué estos mecanismos son eficientes. Para algunas personas críticas, resulta absurdo que determinados creyentes religiosos estén dando las gracias a Dios por todo lo que acontece, incluso por cosas que no tienen nada de buenas. También sucede que si estamos siendo agradecidos a alguien nos ponemos en situación de inferioridad con respecto a aquel al que agradecemos y esto no sería bueno para nuestra autoestima. Y muchos consideran que la gratitud, sobre todo la que se expresa en fórmulas cotidianas de buena educación –o de etiqueta-, resulta una obligación ritual un tanto torpe y vacía de significado. Finalmente, la gratitud es algo posterior a los actos. No parece implicar acción en sí misma. Para muchos, decir “gracias” es algo tan barato que realmente no vale nada.

  A estas objeciones se puede contestar argumentando que la importancia de la gratitud tiene más que ver con el efecto psicológico que hace a la hora de afrontar la realidad.

Si las buenas cosas son realmente mejor cuando las percibimos como regalos, esta podría ser una manera en que la gratitud contribuya directamente a los estados de felicidad

Cuando nos sentimos agradecidos, es más probable que notemos los aspectos positivos de nuestras vidas, y esto facilita la formación (o codificación) de estas experiencias en la memoria. Si al codificar experimentamos gratitud en respuesta a un beneficio, esto por definición debería incrementar el grado en que pensamos sobre el don, el dador, y aspectos adicionales de la situación

La gratitud inspira reciprocidad prosocial y, por tanto, es uno de los mecanismos psicológicos primarios que se piensa que subyacen al altruismo recíproco

La gratitud nos hace más sensibles a la percepción de la bondad en otros

  En consecuencia

La gente agradecida es menos probable que base su felicidad en las posesiones materiales, que sea menos envidiosa de los demás y que sea menos probable que mida el éxito en términos de ganancia material

  De modo que resulta convincente que la tendencia a agradecer pueda ser buena por sí misma. Incluso si no hay a quien agradecerlo y, probablemente, incluso si no hay nada que agradecer en realidad.

En las perspectivas [de las religiones] orientales, una afirmación positiva de la vida viene de un profundo sentido de gratitud a todas las formas de existencia, una gratitud arraigada en la esencia del ser mismo, la cual es permeable a través del propio pensamiento, palabra y acción

  Observemos que “la vida” a la que se le agradecen sus dones carece de voluntad propia para otorgar nada. En realidad, la vida somos nosotros mismos.

  Así que de lo que se trata es de que

una visión de gratitud no requiere una vida llena de comodidades materiales sino más bien una actitud interior de agradecimiento sin considerar las circunstancias de la vida

La virtud de la gratitud es una disposición o predisposición a responder a las acciones de otros viendo la bondad y benevolencia en ellos, y, consecuentemente, desear devolver muestras de beneficio en reconocimiento.

  Y esta visión, en realidad, no es natural. Surge como consecuencia de una construcción cultural.

En ausencia de esfuerzos conscientes para construir y sostener una visión del mundo agradecida, nos quedamos en los patrones emocionales negativos, incluyendo el tomar la bondad como algo por sentado. Esta tendencia natural por defecto debe ser superada por procesos conscientes.

Los beneficios de la gratitud vienen del cultivo a largo plazo de la disposición de este sentimiento mediante una práctica dedicada (…)Podemos cultivar la gratitud estructurando nuestras vidas, nuestras mentes y nuestras palabras de tal forma que facilitemos la consciencia de experiencias que inducen a la gratitud y las etiquetemos como tales.

  Podemos relacionar esta visión de la gratitud emotivamente funcional con aquella de la compasión en el budismo. Recordemos que en el budismo la compasión no es muy importante como motor de una acción altruista activa, sino que su destino es, sobre todo, producir bienestar emocional en el individuo que la experimenta como un ingrediente más en su búsqueda de la Iluminación personal. Es decir, tanto compasión como gratitud son experiencias emocionales que, si bien parecen haber sido seleccionadas evolutivamente por su fin práctico (la compasión pone en marcha la acción altruista y la gratitud proporciona un estímulo a que se reiteren acciones altruistas), por otra parte proporcionan recompensas emocionales para el que las experimenta (experimentar compasión y experimentar gratitud puede llegar a ser gratificante en sí mismo). Algo parecido puede decirse de la “felicidad” como emoción que no parece obedecer a una satisfacción objetiva de las necesidades materiales propiamente humanas. Una misma circunstancia puede hacer feliz a uno (o agradecido…) e infeliz a otro. La felicidad podemos generarla nosotros con nuestra predisposición o imaginación para beneficiarnos nosotros mismos de su efecto emocional gratificante. Lo mismo sucede con otras emociones, como la gratitud o la compasión, que también están relacionadas con experiencias morales.

  Si lo pensamos bien, esto es por el estilo del caso de los practicantes de deporte de alto riesgo, como el alpinismo, que buscan deliberadamente ponerse en situaciones de gran tensión emocional por la cercanía al peligro. El peligro y el riesgo han sido seleccionados evolutivamente para prevenirnos de no recibir daño, luego es algo que siempre habríamos de evitar y no tendría sentido que lo busquemos. Tampoco tendría sentido que agradezcamos al sol que nos ilumine una hermosa mañana, pues el sol no es agente al que hayamos de estimular para que reitere acciones que nos benefician (aunque no es sorprendente, si tenemos en cuenta esto, el que algunas sociedades primitivas divinizaran al sol y le ofrecieran obsequios-sacrificios). Con todo, la emoción de la gratitud (como la de la compasión, como la alegría de la felicidad) nos proporcionan un cierto bienestar. Y recibir este bienestar además nos predispone al altruismo, pues es natural el deseo de retornar los favores recibidos.

   ¿Compasión sin acción compasiva y gratitud sin nadie a quien agradecer? Puede tener sentido en una consideración lúcida de nuestra propia psicología, como elementos activos que nos permitan manipular nuestras emociones a fin de alcanzar un estado general de predisposición a la prosocialidad. Hay muchas formas de obtener gratificaciones emocionales (hay muchas formas de ser feliz) y tiene mucho sentido que seleccionemos, de entre todas las gratificaciones posibles, las que mejor empleo puedan tener para una convivencia armoniosa.

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