martes, 24 de diciembre de 2013

“En el principio era el sexo”, 2010. Ryan y Jethá

  Christopher Ryan y Cacilda Jethá, los autores de este libro, pretenden clarificar algunas características innatas de la conducta sexual humana. Por supuesto, la conducta sexual tiene mucho que ver no solo con el sexo en sí, sino que estaría conectada con las pautas esenciales del comportamiento humano en su conjunto. En términos generales, Ryan y Jethá consideran que la herencia genética de nuestros antepasados cazadores-recolectores señala que

la sexualidad desinhibida era la norma entre nuestros antepasados prehistóricos.

El Homo erectus pasó de un sistema de apareamiento similar al de los gorilas, en el que un macho alfa luchaba por ganar y conservar un harén de hembras, a otro muy distinto en el que la mayor parte de los machos tenía acceso a las hembras.

  Esto nos lleva a la teoría de que los seres humanos nacemos con una pautas de conducta sexual promiscua y no conflictiva. No conflictiva porque varones y mujeres estarían innatamente predispuestos a participar en una comunidad sexual ilimitada, y no conflictiva porque, previamente al desarrollo social propio de las civilizaciones agrarias, los seres humanos  (cazadores-recolectores) no eran dados a la violencia en general (lo cual implica que tampoco eran dados a la violencia sexual: violación, reyertas pasionales, concubinato forzado…).

El cuerpo que todos habitamos considera “normales”  las tendencias que hemos desarrollado a lo largo de la evolución.

    Esta teoría acerca de una prehistoria armoniosa (en lo social y en lo sexual) apareció por primera vez hace más de cien años; fue el descubrimiento del antropólogo Lewis Henry Morgan, inspirador de muchos reformadores sociales:

Lewis Henry Morgan planteó la hipótesis de un matrimonio comunal primitivo.

Morgan concluye que “un estado de relaciones sexuales promiscuas” era el típico de la época prehistórica.

   Con la observación reciente de los ya célebres y muy simpáticos chimpancés bonobos parecería confirmarse esta visión más bien optimista de nuestra naturaleza hereditaria. Los chimpancés bonobos tienen, según parece, una organización de su vida sexual similar a la que los autores especulan que habría sido la de nuestros antepasados prehistóricos.

Practicar el sexo en todo momento y lugar es una característica exclusiva del bonobo y el ser humano. “Receptividad pasiva” es el término científico para el fenómeno de que la mujer puede ser sexualmente activa a lo largo de todo su ciclo menstrual.

  Muy acertadamente, los autores resaltan que, hasta la aparición de Lewis Henry Morgan, ningún naturalista o estudioso de las ciencias humanas (incluyendo al mismo Darwin) se atrevió a presentar un panorama semejante de las relaciones sexuales en la prehistoria. Muy al contrario, predominaba entre los estudiosos (llevados estos por presiones sociales y los propios prejuicios) la opinión de que la monogamia era la forma natural de vida sexual humana. Más adelante, sin embargo, parece ser que esta posición ha ido corrigiéndose hasta la de postularse para la humanidad prehistórica una moderada poliginia en los varones y una reticencia femenina cuya explicación biológica estaría en la teoría de la “inversión parental”, que supondría que las mujeres se vuelvan exigentes a la hora de reclamar un buen padre para sus hijos y que por eso no copulan con cualquiera, así tan fácilmente.

La inversión paterna se traduciría, en la teoría convencional, en ventajas para los hijos biológicos (…) La elevada inversión paterna hace que la selección sexual funcione en dos sentidos a la vez. No solo los hombres evolucionaron para competir por unos óvulos escasos; las mujeres evolucionaron para competir por una inversión paterna escasa.

La teoría convencional sugiere que ella se casará con un tipo amable, previsible y sincero, pero que luego lo engañará con tipos agresivos muy masculinos, sobre todo cuando está ovulando. (…) Diversos estudios han demostrado que, cuando las mujeres están ovulando, es más probable que engañen a sus maridos. (…) A esto se le llama “estrategia combinada”.

Los investigadores observaron que a las mujeres les torturaba más que sus parejas les fueran emocionalmente infieles, mientras que a los hombres les creaba más ansiedad la infidelidad sexual. (…) Este modelo se suele citar para confirmar el modelo basado en la inversión paterna.

  Este modelo convencional muestra unas relaciones sexuales desiguales y conflictivas, con esposas interesadas en maridos fieles (aunque las esposas mismas tenderían a la infidelidad durante determinados periodos) y con maridos interesados en mantener muchas esposas a la vez que emprenderían, siempre que tuvieran ocasión, aventuras esporádicas, de modo que les resultaría psicológicamente costoso el comportarse como los fieles monógamos que sus esposas demandan.

   En cualquier caso, tiene sentido que el pensamiento convencional trate siempre de evitar ideas escandalosas, como sería la de una posible herencia genética procedente de un pasado de completa promiscuidad. Aquí los autores señalan que

el proceso psicológico denominado “sesgo de confirmación” consiste en que, una vez que tenemos un modelo mental, es mucho más fácil que apreciemos y recordemos la evidencia que apoya ese modelo que la que lo contradice (de esa forma la teoría convencional sobre la familia se apoya en los modelos propios del entorno al que pertenecen los teóricos). (…) La ciencia tiende a postrarse a los pies del paradigma cultural dominante más a menudo de lo que es deseable.

  En cambio, el modelo que presentan los autores sería, tal como se ha dicho, muy diferente al conflictivo modelo convencional: la promiscuidad armoniosa y no conflictiva que nuestros ancestros habrían practicado durante cientos de miles de años y para el cual nosotros estaríamos genéticamente predispuestos. También confirmaría el estudio acerca de los últimos pueblos cazadores-recolectores que quedan y así como los restos arqueológicos.

Hay sociedades humanas primitivas que comparten la creencia de que el feto se forma por acumulación de semen.(…) Se da el concepto de “paternidad múltiple”. (…) Las mujeres es habitual que procuren copular con una gran diversidad de hombres.

En lugar de ser rechazados por “bastardos”, los hijos de múltiples padres tienen la ventaja de contar con más de un hombre que se interesa especialmente por ellos. Los antropólogos han calculado que sus probabilidad de sobrevivir a la infancia suelen ser significativamente mayores que los de los niños que, en las mismas sociedades, tienen un solo padre reconocido.

Las relaciones sexuales entrecruzadas refuerzan la cohesión del grupo.

Los intercambios socioeróticos (…) forman una red vital y duradera de afecto, afiliación y obligaciones recíprocas.

En determinadas sociedades primitivas, se forman grupos que cuidan mancomunadamente de unos niños cuya paternidad era incierta y compartida.

  La promiscuidad sexual aparece en relación directa con una coexistencia pacífica en términos generales, y esto nos lleva a una cuestión de la mayor importancia: ¿eran violentos y belicosos los hombres prehistóricos? El debate se simplifica en la oposición, entre los estudiosos, de dos visiones de la vida humana: la visión rousseauniana (tomando el nombre del philosophe  Jean-Jacques Rousseau, que creía que la naturaleza del ser humano era buena, pero que resultaba corrompida por la civilización) y la visión hobbesiana (tomando el nombre del tratadista político Thomas Hobbes, que creía que los seres humanos primitivos eran violentos, agresivos y egoístas, viéndose abocados por ello a una vida “solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve”, lastimoso estado que solo puede mejorarse en una civilización autoritaria desarrollada).

  El tema no está nada resuelto, pero los autores de este libro sí que lo tienen muy claro

El bonobo refleja la visión rousseauniana

La vida humana prehistórica era extremadamente social y nada solitaria.

Entre los cazadores-recolectores, cualquier individuo que trate de abusar del sistema es rápidamente descubierto y castigado.

La falta de rastros arqueológicos de guerra sugiere que durante la mayor parte de la prehistoria la guerra no se dio o fue muy rara.

  Y en cuanto a la sociedad actual…

Por lo que a la sexualidad se refiere, la historia parece volver hacia la naturalidad de los cazadores-recolectores

  El origen de la catástrofe, la “pérdida del paraíso prehistórico”, se encontraría en la aparición de la agricultura y, con ella, comunidades humanas demasiado grandes e inmanejables.

El comportamiento agresivo, jerárquico y territorial es una adaptación social que surgió con la agricultura.

Antes de la implantación de la agricultura, lo normal era que las mujeres tuvieran el mismo acceso que los hombres a la comida, la protección y el respaldo del grupo.

Lo que muchos antropólogos llaman “igualitarismo feroz” fue el modelo de organización social predominante en el mundo durante los muchos milenios previos a la aparición de la agricultura.

La propiedad comunal no funciona en sociedades a gran escala.

  A propósito de este igualitarismo y de cómo la agresividad y violencia entre grupos habría estallado a partir de la agricultura (que llevó a la formación de grupos humanos a gran escala) se nos ofrece un llamativo descubrimiento: “el número de Dunbar”:

Las tragedias del abuso y explotación de los bienes comunes son inevitables únicamente cuando el tamaño del grupo es excesivo y desborda la capacidad de nuestra especie para tenernos controlados los unos a los otros. (…) Según el “número de Dunbar”, los seres humanos empezamos a perder el hilo de quién le está haciendo qué a quién cuando el tamaño del grupo alcanza aproximadamente los 150 individuos. En palabras de Dunbar, “es el límite impuesto por la capacidad de procesamiento neocortical” (…) 150 es el límite de un grupo orgánicamente operativo.

  Pero el problema de esta teoría acerca de un pasado prehistórico pacífico e incluso próspero (abundancia de recursos económicos, poco trabajo, vida sexual promiscua y no restringida a la procreación) es que los estudiosos que la rechazan (los “hobbesianos”) cuentan con bastantes argumentos para sostener su escepticismo.

  Según los autores del libro:

El hombre tiende a pelear cuando hay algo por lo que merece la pena hacerlo. Pero durante la mayor parte de la Prehistoria, no hubo excedentes de alimentos que ganar o perder, ni territorio base que defender.

El igualitarismo se da en prácticamente todas las sociedades simples de cazadores-recolectores que han sido objeto de estudio en cualquier parte del mundo.

  Pero, para empezar, la afirmación de que los cazadores-recolectores practican el igualitarismo pacífico no es en absoluto tan generalmente reconocida. El mismo Jared Diamond, cuya opinión acerca de que el descubrimiento de la agricultura (por no hablar de la ganadería y las terribles enfermedades infecciosas que derivan de ella) fue una “catástrofe” es recogida por los autores del libro, sostiene al mismo tiempo que las hordas de cazadores-recolectores pre-agrícolas se encontraban enzarzadas en disputas continuas, tanto internas como externas.

  Y en cuanto a esta afirmación:

El comportamiento agresivo, jerárquico y territorial es una adaptación social que surgió con la agricultura.

  Se comienza por reconocer que los mismos chimpancés son fuertemente jerárquicos, mientras que no se informa de que los bosquimanos, cazadores-recolectores nómadas no muy violentos, también son territoriales en lo que se refiere al uso de los territorios de caza (y este reconocimiento de límites al territorio da lugar a complicadas reglas sociales). Asimismo, Levy-Strauss observaba que entre los cazadores-recolectores del Amazonas siempre había un jefe que acaparaba las mujeres (y que podía o no compartirlas). Para otros antropólogos, el rapto de mujeres sería la motivación principal para las guerras prehistóricas.

  Y Ryan y Jethá explícitamente admiten:

La codicia forma parte de la naturaleza humana.

  Lo que sí parece claro es que los diversos pueblos cazadores-recolectores se adaptan a circunstancias ambientales particulares cada uno de una forma particular, lo cual los lleva a desarrollar culturas más o menos agresivas, más o menos jerárquicas, más o menos territoriales, más o menos patriarcales. Algunos críticos a la visión rousseauniana sostienen que no es acertado tampoco distinguir entre la “guerra”, como disputa organizada entre pueblos, y la “agresión” dentro del mismo grupo por cuestiones de poder.

  En cualquier caso, incluso sin campos cultivados ni ganado, se pueden encontrar siempre motivos (que no razones) para pelear. Si se admite la codicia, parece difícil no admitir también una agresividad que, aunque no alcanzara los niveles que algunos antropólogos extraen de las observaciones realizadas en ciertos pueblos de cazadores-recolectores en el siglo XX, siempre superaría el promedio de la forma de vida civilizada. Ryan y Jethá discuten ciertos datos como exagerados (porcentajes de hasta un tercio de varones muertos por homicidio entre pueblos cazadores-recolectores) pero no afirman que entre los cazadores-recolectores se den índices menores de violencia que en la sociedad civilizada.

  Ni siquiera está claro que los seres humanos prehistóricos viviesen por lo general en la abundancia, tal como los autores afirman:

El comportamiento del hombre occidental se entiende partiendo de que tiene asumida la escasez, el comportamiento del cazador-recolector se entiende partiendo de que tiene asumida la abundancia.

  Hay antropólogos que, por el contrario, piensan que el hambre crónica e incluso el canibalismo esporádico formaban parte de las costumbres de la prehistoria. Se sospecha incluso que existen rastros genéticos de una adaptación ancestral al canibalismo. Y no tiene sentido la visión de que el cazador-recolector nómada disponía del mundo entero para desplazarse y encontrar mejores territorios de explotación rehuyendo la competición contra otros grupos: el mundo prehistórico siempre estuvo poblado.

La densidad de población en la época de nuestros ancestros era muy baja

  Podría ser baja para nuestros estándares, pero perfectamente adaptada a los recursos de los cazadores-recolectores que requieren de mucho más territorio. El caso es que en la naturaleza aparecen siempre lugares de especial riqueza que permiten incluso la vida sedentaria pre-agrícola (por ejemplo, zonas de abundancia de pesca o de determinadas plantas que dan mucho fruto). Si existe agresividad y codicia, ya tenemos aquí un buen motivo para pelear, sobre todo si la densidad de población es solo la justa para la explotación adecuada de los amplios territorios que requieren los nómadas.

  Finalmente, quizá toda esta disputa erudita acerca de la visión rousseauniana y la visión hobbesiana sea menos importante de lo que parece

El cuerpo humano puede experimentar cambios evolutivos rápidos (…) como la resistencia a la malaria, la coloración azul de los ojos y la tolerancia a la lactosa, ejemplos de cambios evolutivos posteriores a la implantación de la agricultura.

  Si esto es así, bien sería posible que, cualquiera que hubiera sido la naturaleza de nuestros antepasados prehistóricos, en los últimos diez mil años se hayan dado también cambios evolutivos no solo en ámbitos por el estilo de la tolerancia a la lactosa, sino asimismo en el comportamiento social.

  Para finalizar, lo más preocupante del libro (con todo su acierto de desafiar el convencionalismo de muchos estudiosos que pretenden encontrar en la naturaleza humana justificantes de nuestra cultura actual) es que no parece coherente su teoría de que en el futuro próximo nos será posible  recuperar un supuesto estado de feliz satisfacción sexual al volver a practicar la promiscuidad a la manera de los bonobos, porque  esta teoría implicaría que los varones podrán ser felices inseminando una gran diversidad de hembras al tiempo que estas hembras gozarán asimismo del placer de ser inseminadas abundantemente por los correspondientes varones. El problema es que, se dé la inversión parental o no, no todos los varones y todas las hembras son atractivos "igualitariamente", ni tampoco todos poseen los mismos tipos de gusto sexual, de modo que las preferencias pueden seguir dando lugar a disputas (y este tema ni se menciona en el libro).

  Y lo que es peor: por un lado se afirma que, debido al fenómeno de la “competencia espermática” (existente en algunas especies animales y que podría haberse dado también en el ser humano prehistórico), las mujeres encontrarían plena satisfacción en ser objeto de abundantes inseminaciones:

La mujer (y en última instancia su hijo) podría haberse beneficiado de “probar muchos hombres” y dejar que sea su cuerpo el que decida de quién será el esperma que la fertilice. (…) La adecuación de nuestros antepasados prehistóricos machos no se decidía en el mundo social exterior, donde, según las teorías convencionales, los hombres competían por el estatus y la riqueza material. (…) Nuestro cuerpo sugiere que para nuestros ancestros el panorama era totalmente distinto

   Pero al final del libro se reconoce, en cambio, que todos los experimentos realizados sobre conducta sexual instintiva en humanos muestran el sorprendentemente fenómeno de la “plasticidad sexual femenina":

Por regla general, el comportamiento sexual de la hembra humana es mucho más maleable que el del macho.  La mayor plasticidad erótica de la mujer le permite experimentar más variantes sexuales que el común de los hombres, y su comportamiento sexual es mucho más receptivo a la presión social. Esa mayor plasticidad podría manifestarse en cambios en el objeto de su deseo, cambios en la intensidad de su deseo, y cambios en el modo de expresar su deseo.

Entre los hombres, tanto gais como heterosexuales, cuanto mayor es el impulso sexual, mayor es también la especificidad de su deseo. (…) Pero entre las mujeres –o al menos entre las mujeres declaradamente heterosexuales- ocurre lo contrario: cuanto mayor es su impulso sexual, más fácil resulta que se sientan atraídas tanto por hombres como por mujeres. (…) Quizás esto explique por qué hay casi el doble de mujeres que se consideran bisexuales que de hombres.

  Es decir, que si bien el deseo masculino (¡y el de los hombres homosexuales!) está perfectamente definido (mujeres atractivas en abundancia, y que haya variedad, en el caso heterosexual, y apuestos varones para lo mismo en el caso homosexual), el deseo femenino no lo está en absoluto (¿un cambio evolutivo reciente?) y eso supone que los varones deseosos de formar “grupos multimacho-grupos multihembra” al estilo bonobo pueden verse gravemente frustrados por no encontrar (por lo menos hoy en día) una respuesta semejante de la mujer. No sería posible, por tanto, el retorno al pasado, y habría que hallar otra solución.

No hay comentarios:

Publicar un comentario