lunes, 6 de octubre de 2014

“Selección natural y teoría social”, 2002. Robert Trivers.

  Robert Trivers es un brillante biólogo cuyos estudios acerca del comportamiento animal y la herencia han tenido una influencia notable en la teoría social. En el año 2002 publicó una recopilación comentada de sus trabajos más significativos a lo largo de treinta años bajo el título "Selección natural y teoría social". De entre estos artículos científicos, destacan los que desarrollan tres conceptos novedosos: el “altruismo recíproco”, la “inversión parental” y el “autoengaño”.

  La teoría del altruismo recíproco parte del descubrimiento del principio de la “adaptación inclusiva” entre animales de la misma estirpe

En 1964 Hamilton propuso una teoría general para la forma en la cual se espera que el parentesco afecte al comportamiento social. Esta importante modificación de la teoría de Darwin de la selección natural especificaba las condiciones bajo las cuales un organismo es seleccionado para llevar a cabo actos altruistas que benefician a un individuo con el que está emparentado. De forma similar, también especificó las condiciones bajo las cuales un individuo es seleccionado para renunciar a un acto egoísta debido a las consecuencias negativas del acto para el éxito reproductivo de los parientes. 

El comportamiento altruista puede ser definido como un comportamiento que beneficia a otros organismos (…) y que aparentemente perjudica al organismo que realiza el comportamiento.

  El principio de la “adaptación inclusiva” tiene bastante sentido desde el punto de vista de la herencia genética: puesto que la herencia recibida de los padres por cada uno de los hijos es equivalente, el que un hermano no pueda reproducirse debido a su sacrificio altruista podría ser beneficioso para su estirpe si con ello ha contribuido al éxito reproductivo de los sobrinos, que llevan su misma carga genética. Esto es acorde también con la teoría del “gen egoísta”: lo que "quiere" el gen es propagarse en su propio beneficio, siendo los individuos un mero vehículo de la carga genética. Hamilton señalaba que el sacrificio altruista del individuo dependía del grado de parentesco del beneficiado: más costes y sacrificios se asumen por los hermanos, un poco menos por los sobrinos, aún menos por los primos, y así sucesivamente…

  Como vemos, este fenómeno de la “adaptación inclusiva” tendría lugar solo entre parientes, pero Robert Trivers descubrió y demostró que también se da entre individuos no emparentados (¡incluso entre especies diferentes!) y ello por el mutuo beneficio de cada uno de los individuos. Éste sería el principio del “altruismo recíproco”, aún más relevante para las relaciones sociales complejas que el sacrificio del hermano por el hermano o del tío por el sobrino.

Bajo ciertas condiciones la selección natural favorece los comportamientos altruistas porque a la larga ellos benefician al organismo que los ejecuta.

Un ser humano que salva a otro que no está relacionado con él próximamente y que está a punto de ahogarse en un río, es un ejemplo de altruismo (…) Si el hombre que se está ahogando se comporta de forma recíproca en el futuro, y si las oportunidades de supervivencia son entonces equivalentes, habrá sido un beneficio para cada participante que ha arriesgado su vida por el otro

  Lo que parece lógico entre seres humanos racionales también se da entre los animales irracionales en numerosos casos, lo que demostraría que es instintivo y no fruto del desarrollo cultural de la moralidad. Trivers da unos cuantos ejemplos de altruismo recíproco entre animales:

En muchas especies de pájaros, los individuos que se aperciben de la cercanía de un depredador dan una llamada de alarma a un cierto coste para el individuo que hace la advertencia

  Lo más seguro para el pájaro como individuo sería no hacerse notar al dar la llamada (que el depredador podría oír también), y sin embargo asume el coste para beneficiar a otros, sean o no sus parientes. El instinto le lleva a beneficiar a otros de la misma manera que ese mismo instinto en otros lo beneficiará a él cuando sea otro el que se arriesgue a dar la llamada. Lógicamente, esta ayuda mutua lleva al éxito reproductivo, y de ahí que se herede como instinto entre los descendientes que han actuado de esta forma y que con ello han mejorado sus posibilidades de supervivencia (y, por tanto, de reproducción).

  Otro ejemplo, y éste entre especies diferentes, es el de la simbiosis entre el pez grande depredador y el pececillo que lo limpia de parásitos:

El comportamiento altruista que se muestra no puede ser explicado por selección de parentesco, ya que es llevado a cabo por miembros de una especie en beneficio de miembros de otra especie. No se necesita ninguna explicación elaborada para comprender la evolución de la simbiosis de limpieza en sí misma, ya que ésta es mutuamente ventajosa, pero son algunos comportamientos adicionales del pez anfitrión con respecto al limpiador los que requieren una explicación especial, dado que reúnen los criterios  descritos para el comportamiento altruista –es decir, que benefician al limpiador mientras que aparentemente son perjudiciales para el anfitrión.(…) Un pez que necesita ser limpiado parece cumplir varios actos “altruistas”, incluido el de que desista de comerse al limpiador después de que haya terminado la tarea y cuando fácilmente podría hacerlo.

  El lector ingenuo puede opinar: “claro: el pez grande no se come al chico porque entiende que le beneficia la limpieza y quiere que vuelva al día siguiente”. Pero el caso es que los peces no piensan, ni tampoco pueden prevenir lo que va a pasar el día siguiente, puesto que no son racionales. Si el pez grande no se come al chico una vez ha terminado éste de limpiar los parásitos es porque la selección natural ha implantado el instinto de no hacerlo en ese ser irracional. Un instinto objetivamente altruista que le fuerza a contrarrestar otro instinto que es el de alimentarse.  Y si ese tipo de instintos existen en los peces, ¿por qué no van a existir también en nosotros? Al igual que el pez de marras, nosotros somos, pues, naturalmente altruistas al tiempo que también somos naturalmente depredadores. Actuamos de una u otra forma de acuerdo con las circunstancias... cada una de las cuales dispara una pauta de comportamiento diferente (si el pececillo que viene es reconocido instintivamente como "el limpiador", el instinto correspondiente hace que el pez grande no se lo coma; si no es reconocido como tal, entonces sí se lo come).

  Pero la complejidad del comportamiento donde chocan tantos instintos diferentes en direcciones opuestas obliga a que el estudioso reflexione sobre unas cuantas cosas más:

El modelo del comportamiento altruista recíproco muestra cómo la selección puede operar contra el que engaña (el no-reciprocador). 

  La referencia al “engaño” es muy importante, porque aunque está claro que entre animales sociales la ayuda mutua facilita el éxito reproductivo general ("hoy por ti, mañana por mi"), la tendencia del interés individual llevaría a que cada uno quisiera beneficiarse lo más posible de la ayuda mutua, pero poniendo lo menos posible de su parte al fingir el comportamiento altruista recíproco en lugar de realizarlo efectivamente. La naturaleza debería prevenir esto.

  Para averiguar cómo lo hace, primero conviene que examinemos las condiciones específicas bajo las cuales es más plausible la práctica del altruismo recíproco. Éstas no se dan tan fácilmente.

Si una “situación altruista” es definida como cualquiera en la cual un individuo puede dispensar un beneficio a un segundo individuo, siendo este beneficio más grande para el otro que el coste del acto para sí mismo, entonces las posibilidades de selección para el comportamiento altruista (…) son mayores cuando hay muchas situaciones altruistas semejantes en el curso de la vida de los altruistas, o cuando un altruista dado repetidamente inteactúa con el mismo pequeño conjunto de individuos o cuando parejas de altruistas son expuestos “simétricamente” a situaciones altruistas (esto es, de tal manera que los dos son capaces de obtener aproximadamente beneficios equivalentes el uno para el otro a aproximadamente costes equivalentes). 

  Es decir: interactuaciones frecuentes entre individuos, situaciones frecuentes donde el altruismo sea conveniente y oportunidades frecuentes en que quede demostrado de forma inequívoca el beneficio de los actos altruistas. Más claro aún: que los individuos se relacionen habitualmente, que además necesiten con frecuencia de la mutua ayuda y que esto además se haga evidente. Fuera de estas condiciones sería difícil que se desarrollaran pautas de comportamiento altruista a nivel general.

Estas tres condiciones pueden ser elaboradas en un conjunto de parámetros biológicos relevantes que afectan la posibilidad de que el comportamiento altruista recíproco sea seleccionado.

   Así pues, resulta que la idea simple del darwinismo (que no del mismo Darwin, por cierto) como “la lucha de todos contra todos” estaba equivocada: el comportamiento altruista lejos de contradecir la idea del éxito reproductivo del más apto, la refuerza enormemente. El “Homo Sapiens” es, sin duda, el animal social de comportamiento altruista recíproco más complejo y, a su vez (e inevitablemente) el que ha alcanzado el mayor éxito reproductivo.

Durante el Pleistoceno, y probablemente antes, una especie de homínidos habría reunido las precondiciones para la evolución del altruismo recíproco: largo periodo de vida, baja tasa de dispersión y vida en pequeños grupos sociales mutuamente dependientes y estables.

   Y añadiríamos: una gran inteligencia que le permite darse cuenta de los beneficios del altruismo (la capacidad de recordar los favores hechos, por ejemplo), lo cual reforzaría culturalmente sus instintos a este respecto.

  Pero también su gran inteligencia le permite llevar a cabo el engaño (fingir comportamiento altruista para beneficiarse de la interacción altruista con otros a muy bajo coste). Veamos ahora más de cerca este importante asunto:

Cada individuo humano es visto como que posee tendencias altruistas y de engaño, la expresión de las cuales es sensible a variables de desarrollo que son seleccionadas para poner las tendencias en un equilibrio apropiado para el entorno social y ecológico local.

  Y veamos cómo la naturaleza trata de contrarrestar la inevitable tendencia al engaño…

La selección discriminará contra el que engaña si engañar tiene más adelante efectos adversos.(…) Esto puede suceder si el altruista responde al que engaña negándole todos los posibles actos altruistas en el futuro al individuo transgresor. Asumiendo que los beneficios de estos actos altruistas perdidos sobrepasan los costes que implica el comportamiento recíproco, el que engaña será contra-seleccionado en relación a aquellos individuos que, a causa de que nunca engañan, intercambian muchos actos altruistas.

    El instinto opera también en la mente del individuo creando controles psicológicos que le dificultan ejecutar el engaño. Por ejemplo:

Parece plausible que la emoción de culpa ha sido seleccionada para los humanos en parte a fin de motivar al que engaña para que compense su mala acción y se comporte de forma recíproca en el futuro y así impedir la ruptura de las relaciones de reciprocidad.

  Y también harán falta controles psicológicos que eviten actitudes que favorezcan el ser engañados:

La agresión e indignación moralistas en los humanos han sido seleccionadas a fin de contrarrestar la tendencia altruista de continuar la realización de actos en beneficio de otros por sus recompensas emocionales incluso en la ausencia de cualquier tipo de reciprocidad.

  Es muy importante el tema de las “recompensas emocionales”. La naturaleza (selección natural) puede desarrollar en la psicología del individuo, como instinto, este tipo de recompensa de muy escaso valor material (es decir, muy barata: pedir perdón o dar una palmadita de consuelo en el hombro no cuestan casi nada) de manera que refuercen el comportamiento altruista efectivo. Encontramos entonces que podríamos obtener comida o defensa de los depredadores gracias al comportamiento de un sacrificado altruista simplemente al coste de una sonrisa o una palmadita en el hombro oportunamente proporcionada a un individuo altruista muy sensible a tal tipo de “recompensas emocionales”. Esto, a la larga, parece que sería desastroso, pues convertiría a los “no reciprocadores” (los aprovechados) en un lastre para la comunidad donde se practica un altruismo que se esperaría que fuese recíproco por el bien común.  El beneficio que obtendrían estos “aprovechados” sería tan grande que parecería inevitable que prosperasen y se reprodujesen mucho más que los que se conforman con las “recompensas emocionales”, de modo que, a la larga, la herencia genética de los menos cooperativos acabaría prevaleciendo.

    Quizá lo más importante de todo esto sea considerar cómo un biólogo muy dado al trabajo empírico como Robert Trivers admite la existencia y funcionalidad de este mecanismo de “recompensas emocionales”: que la selección natural ha creado en el ser humano un recurso extraordinariamente barato de obtención de estímulos para la acción altruista (o pro-social).

   Uno puede pensar que, como hemos visto, las compensaciones emocionales desprovistas de compensaciones materiales serían un desastre incluso si hubiera muy pocos “aprovechados”: nos pasaríamos el tiempo sonriéndonos y diciéndonos cortesías para obtener compensaciones psicológicas  y no haríamos nada de provecho (sería como vivir drogados por nuestra propia bioquímica emocional), pero en cualquier caso, estos estímulos instintivos de tipo psicológico están ahí, son naturales, la selección evolutiva nos los ha proporcionado, y podemos hacer uso de ellos de la misma forma que podemos hacer uso de la tecnología, el lenguaje escrito o el razonamiento abstracto. La cultura es la que tendría que encargarse de hacer un buen uso de un recurso tan rico. Recordemos que la tecnología puede también llevarnos a la destrucción y no por eso renunciamos a ella.

   En suma, el entramado de comportamientos psicológicos dentro de una sociedad donde se practica el altruismo recíproco tiene que ser mucho más complejo que en los demás seres vivos, lo que explicaría, en el ser humano, tanto el sentimiento de culpa, como la venganza, como la defensa contra los tramposos y la detección del engaño... como las compensaciones emocionales para los altruistas.

En cualquier caso, lo que sabemos de la evolución hasta ahora nos muestra que la selección favorecerá que se guste de aquellos que son ellos mismos altruistas.

  La detección de los tramposos beneficiaría a todos, y la obtención de recompensas emocionales sería el mecanismo más práctico para conseguir comportamiento altruista (funcionaría al modo del crédito: yo te sonrío hoy como garantía de que actuaré en tu beneficio mañana… siempre y cuando tú sepas distinguir entre una sonrisa sincera y una que busca engañar). Por tanto, la disposición psicológica al altruismo habría de ser detectada de la forma más exacta posible de modo que la sociedad en general mostrara su preferencia por los individuos altruistas genuinos, y no por los que engañan. Eso explica que la sociedad guarde memoria de los héroes, mártires y santos que se han sacrificado por el bien común, y que las tendencias imitadoras innatas del ser humano (y de casi todos los animales) ayuden a propagar estas pautas de conducta.  Los altruistas han de generar confianza y ser tomados como modelo. En qué medida y hasta qué punto, eso es algo que dependerá, en el mundo de los seres humanos de hoy, de la evolución cultural más que de la evolución biológica.

  Veamos ahora, entre las otras ideas y teorías de Robert Trivers, el concepto de “inversión parental”

Inversión parental: cualquier inversión hecha por el padre en un descendiente individual que incrementa la posibilidad de la descendencia de sobrevivir (y, en consecuencia, de éxito reproductivo) al coste de la capacidad del progenitor para invertir en otra descendencia.(…) Los individuos del sexo que invierte menos competirán entre ellos para aparearse con miembros del sexo que invierte más.(…) La competición por emparejarse caracteriza a los machos porque los machos normalmente no invierten casi nada en su descendencia.

  Esta desigualdad en la inversión parental es determinante en el comportamiento sexual. También en el de los seres humanos… los cuales somos, esencialmente, una variedad de la gran familia de los simios. Aparece aquí la importante cuestión de la dominación masculina…

En una tropa de monos, la preferencia de una hembra por un macho menos dominante puede que no conduzca nunca a la relación sexual si la pareja es bruscamente rota y atacada por machos más dominantes. La aparente aquiescencia femenina a los resultados de la competición entre machos puede reflejar este factor tanto como una plausible preferencia femenina por el macho victorioso.

  La inversión parental de la hembra (“inversión maternal”) es siempre, entre los simios, y por tanto también entre los humanos, mucho más alta que la del macho. La existencia de la hembra gira en torno al cuidado de la cría, aunque en esta tarea puede ser ayudada por el macho en mayor o menor medida. Sin embargo, la selección natural sigue unas pautas que no siempre resultan tan evidentes.

Es asumido comúnmente que, puesto que dos individuos pueden criar más descendientes juntos que uno solo, la selección natural favorecerá la inversión parental masculina tanto como la femenina, una asunción que no tiene en cuenta ni los efectos de la competición entre machos ni la elección femenina.

  Así que la selección natural obliga a la hembra –a la mujer- a desarrollar dos pautas de comportamiento que parecen paradójicas: por una parte, la hembra tiene que demostrar una intensa iniciativa e inteligencia para que sus esfuerzos en cuidar de la cría den fruto seleccionando al macho más cooperativo para el bienestar de la prole, pero, al mismo tiempo, tiene que someterse al macho dominante que, al invertir poco en el cuidado de la cría, lo compensa compitiendo contra los otros machos por conseguir la hembra cuyas características propias sean las que correspondan a la inversión maternal más alta... y con frecuencia, el macho más dominante no es el más cooperativo con la hembra en el cuidado de la prole. Éste podría ser el origen de muchísimos de los problemas “conyugales” del Homo Sapiens.

   Nunca sabemos muy bien si la preferencia de la hembra –y de la mujer- apunta al macho dominante (¿diríamos más bien que se resigna a ser tomada por él?) o al macho cooperativo. Pretender encontrar ambas cualidades en el macho viene a ser un poco la típica búsqueda del "príncipe azul", ya que las preferencias que nos parecen, así explicadas, como meramente "utilitarias", en realidad, por efecto de la selección natural, están psicológicamente camufladas en forma de emociones de atracción erótica (un hombre "cariñoso" viene a equivaler a "cooperativo", un hombre "masculino", viene a equivaler a "dominante"). Estos conflictos y la competitividad agresiva entre los machos son los que podrían estar detrás de los conflictos "pasionales" que se observan tanto en las sociedades desarrolladas como en las de cazadores-recolectores.

La principal causa de luchas fatales entre los cazadores-recolectores es el adulterio o sospecha de adulterio. (…) [Incluso cuando] la lucha es relativamente rara (la agresión intergrupal organizada es poco frecuente), el porcentaje de asesinatos puede ser relativamente alto. Al examinarlo, el asesino y la posible víctima son habitualmente un marido y el amante real o sospechoso de la esposa.

   Las observaciones de Trivers sobre cómo influye la inversión parental en las diferentes funciones sociales es mucho más amplia, pero la clave se encuentra en la problemática específica de los mamíferos. Un mamífero es un animal con una infancia complicada, extraordinariamente vulnerable durante este periodo en comparación con lo que sucede en las demás especies, lo cual exige una gran inversión parental cuyo peso suele llevar sobre todo la hembra.

   Superar las dificultades que presenta la cría de mamíferos acabó por dar lugar a la peculiar sociabilidad humana, y a la especial diferencia entre sexos. La selección natural exige machos competitivos que luchen para seleccionar hembras sacrificadas.

  Finalmente, en cuanto a la teoría de Robert Trivers sobre el autoengaño, partimos de que el mecanismo psicológico del autoengaño hace tiempo que fue descubierto por los científicos sociales; consiste, básicamente, en que el razonamiento queda interrumpido y subvertido por el inconsciente del individuo que se niega a hacer uso de su capacidad racional ante unas expectativas negativas:  ¿vamos a quedarnos sin empleo como parece indicar la constante sucesión de despidos dentro de la fábrica donde trabajamos?, ¡por supuesto que no!: conmigo van a hacer una excepción (autoengaño).

  Pero Robert Trivers consideró que este comportamiento irracional ha tenido que tener también un origen adaptativo dentro del mecanismo universal de la selección natural.

Cuando aprendí teoría evolutiva, los mecanismos de autoengaño me parecieron contraintuitivos, cuando menos. ¿Cómo podía la selección natural favorecer simultáneamente la deformación de la información de los más refinados órganos sensoriales y de percepción  una vez llegada ésta al cerebro?

  Trivers elaboró una teoría al respecto, basada sobre todo en la conveniencia de engañar a otros. El autoengaño podría ser una especie de refuerzo inconsciente a la actitud de engaño, puesto que sería

el mejor recurso para ocultar el propio engaño de ser detectado por otros

  Si quieres engañar a otros y resultar convincente, lo mejor es que primero te engañes a ti mismo al respecto... Claro que hay más teorías al respecto:

El autoengaño puede también ser el resultado de representaciones internas de las voces de otros que son significativos, incluyendo los padres, y puede provenir de un conflicto genético interno

Otra importante posibilidad es que el autoengaño tiene beneficios intrínsecos para el organismo que lo desarrolla, bastante independientes de cualquier posibilidad mejorada de engañar a oros. En los pasados veinte años ha aparecido una importante literatura que parece demostrar que hay beneficios intrínsecos en tener (…) un punto de vista más optimista del futuro de lo que los hechos parecen justificar.(…) Se racionaliza la elección como la mejor posible, se imagina a uno mismo que tiene más control sobre los sucesos futuros del que en verdad se tiene, y se perciben más posibles resultados que parecen justificarlo. Parece claro que así se ganan beneficios directos en la actuación. (…) La existencia del efecto placebo es otro ejemplo de este principio.

  Ténganse en cuenta todas estas posibles explicaciones. Pero no se olvide nunca que la tendencia al autoengaño es instintiva y omnipresente. No podemos considerarla algo excepcional y que se cura fácilmente con un poco de cultura y buena educación. El autoengaño actúa incluso en intelectos muy bien desarrollados y también opera así en el comportamiento de grupos (alucinaciones e histeria colectivas).

  Pero, al igual que lo comentado acerca del altruismo recíproco y sus problemas, y acerca de las consecuencias derivadas de los instintos relacionados con la inversión parental, el autoengaño tampoco es invulnerable a la presión de la cultura. Hoy por hoy, contamos ya con numerosos ejemplos de sociedades donde el autoengaño se da con menos frecuencia que en otras.

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