sábado, 5 de noviembre de 2016

“Desarrollo moral en un mundo global”, 2015. Lene A. Jensen (Editora)

Este libro presenta la teoría del desarrollo cultural de la psicología moral(…) La tesis central [de esta teoría] es que los humanos nacemos con una herencia moral compartida y que, a medida que nos desarrollamos desde la infancia, tomamos diversas direcciones [en el comportamiento moral] modeladas por la cultura (…) El enfoque del desarrollo cultural de la moralidad sugiere que el proceso de desarrollo moral no puede ser exactamente comprendido sin examinar tanto el periodo de desarrollo en la vida del individuo como el contexto cultural en el cual se socializa la moralidad

  La profesora Lene Jensen y su equipo de colaboradores intentan averiguar más sobre la psicología de la moralidad al centrarse en la cuestión de las influencias culturales y la predisposición a ser sensible a ellas. En esta investigación utilizan un concepto valioso, propuesto por Richard Shweder (que escribe el prólogo del libro), que es el de las tres éticas de la moralidad.

La visión de desarrollo cultural (…) aborda la intersección de cultura y desarrollo proporcionando un modelo de desarrollo de las tres éticas propuestas por Shweder [Autonomía, Comunidad, Divinidad] para estudiar el desarrollo de la moralidad en diferentes culturas

  Veamos las “tres éticas”:

La ética de Autonomía define el “yo” como un ser autónomo con derechos, necesidades y la libertad de tomar elecciones y proteger intereses individuales. Esta ética incluye virtudes tales como auto-expresión, auto-estima e independencia. La ética de Comunidad contempla el “yo” como miembro de un grupo social, con deberes y obligaciones con respecto al bienestar del grupo. Así, auto-moderación, respeto y lealtad al grupo son importantes virtudes dentro de esta ética. Por último, la ética de la Divinidad se centra en el “yo” como un ser espiritual e implica razonamientos que pertenecen a la ley divina (…). Abarca virtudes como fidelidad, humildad y devoción

El enfoque de desarrollo cultural describe el desarrollo moral en términos de consistencias y cambios en el grado de uso de las tres éticas [Autonomía, Comunidad, Divinidad] a lo largo del curso de la vida. Por ejemplo, ¿el uso de la ética de Comunidad permanece estable, aumenta o fluctua con la edad? También habla de los tipos específicos de razones morales usados dentro de una ética. ¿Los niños usan diferentes razones éticas de Comunidad cuando se los compara con los adolescentes y adultos?

  Esta distinción entre las tres éticas es un poco el leitmotiv del libro

Los capítulos de este volumen sustancian la presencia y diferenciación de las éticas de Autonomía, Comunidad y Divinidad en muestras altamente diversas. Con respecto a edad, las muestras van de los 6 a los 85 años. Asimismo, a lo largo de los capítulos, las muestras se toman de un total de nueve países y cuatro continentes, éstas también varían mucho en religión, estatus socioeconómico y residencia rural frente a la urbana

   El estudio del desarrollo y evolución de las tres éticas, enfrentadas o en confluencia, nos conecta con una cuestión de inmediata relevancia: la identificación por algunos psicólogos sociales de la ética de Autonomía como la más desarrollada en términos generales. La “mejor”.

Las más importantes teorías de desarrollo moral, desde Piaget a Kohlberg y Turiel, han posicionado el razonamiento de Autonomía como el punto culminante del desarrollo moral

La ética de Autonomía define el ”yo” como un individuo autónomo que es libre de hacer elecciones, [pero] viéndose restringido primariamente por cuestiones acerca de hacer daño a otros individuos e invadir sus derechos. El razonamiento moral dentro de esta ética se centra en los derechos, intereses y bienestar de un individuo y en la igualdad entre individuos

  Uno de los estudios incluye un dilema ético que se presenta a un anciano de una sociedad agrícola asiática poco desarrollada. El dilema tiene que ver con un médico al que se solicita que atienda a un hombre cuya vida está en riesgo pero que no puede pagarle. ¿Debe trabajar gratis el médico por el bien de un necesitado? Por supuesto que sí.

El énfasis que la persona ponía en el lugar en la sociedad de los médicos y su papel y responsabilidad para curar a los enfermos estaba codificado como [ética de] Comunidad. (…) Sin embargo, este sujeto continuaba proporcionando una justificación siguiente que invoca “la ley del cielo” y el principio cármico del justo mérito 

  El problema de esta actitud que no invoca la ética de la Autonomía se encuentra en que, al fin y al cabo, si la Comunidad o la Divinidad exigieran dañar a un ser humano y no salvarlo (y todos conocemos casos semejantes), en teoría toda atrocidad queda permitida. Sin embargo, semejante cosa no iba a ser posible desde el punto de vista de la ética de la Autonomía (cuestiones de conciencia).

  De modo que parece que el no vernos insertos en una cultura que potencia la ética de la Autonomía sería un hándicap y una limitación para el desarrollo de una sociedad más benévola y por tanto más cooperativa y eficiente. El condicionamiento cultural puede realmente suponer una limitación, en contra del posicionamiento “políticamente correcto” de igualdad en la diversidad de todas las culturas. No olvidemos que

Cultura es un grupo de individuos que son miembros de una comunidad que comparten un conjunto de creencias y comportamientos nucleares

    Y todo individuo se haya condicionado por esos entornos que determinan creencias y comportamientos nucleares, los cuales operan de forma equivalente o parecida a las ideologías. Pero, aparte de la dificultad de mejorar las ideologías y la resistencia habitual a abandonar las viejas tradiciones, nos queda que la mera enseñanza moral no es la que tiene el mayor efecto, sino que el papel más relevante lo tiene la interactuación social

La moralidad es en parte un proceso en el cual mantenemos diálogos internos con algunos razonamientos privados específicos para sopesar nuestros comportamientos (…) [Pero] la moralidad es también un proceso social en el cual dialogamos, debatimos y argumentamos con otros. Hacemos esto persona a persona

Los individuos que predominantemente usan la ética de Autonomía hacen una distinción entre vinculación universal y cuestiones morales inalterables, por una parte, y cuestiones sociales convencionales y dependientes del contexto por otra. En otras palabras, estos individuos juzgan las cuestiones de acuerdo con la teoría del ámbito [de aplicación de determinados principios morales en uno u otro aspecto de nuestra vida cotidiana]. Sin embargo, los individuos que usan la ética de la Comunidad o la Divinidad no hacen tal distinción. 

    Esta característica de diversidad de ámbitos hace muy compleja la ética de Autonomía porque la enfrenta constantemente al mundo convencional (pensemos en los conocidos “problemas de conciencia”). Aunque la “cultura” –la ideología- nos informa de las creencias relativas a la moralidad, éstas no arraigan en nosotros como tales ideologías, sino como prácticas de nuestra vida interpersonal. Por ejemplo: llevamos a nuestro hijo a ver una película en la que un hombre justo y valeroso se enfrenta a individuos inmorales y violentos. Ideológica, social y convencionalmente, hemos contribuido a la formación moral del niño, pero lo que el niño ha visto es a John Wayne dar muerte brutalmente a docenas de individuos –todos malvados, sin duda- de manera que lo que en realidad ha arraigado un poquito más en su sensible cerebro es el gusto por la disputa violenta en la que el vencedor siempre es justificado… En el ámbito de la legalidad, el comportamiento de John Wayne es perfectamente correcto, pero en el ámbito de la interactuación privada lo que destaca es la ley del más fuerte…

  Ésta es una de las fragilidades de la ética de la Autonomía, que depende en exceso del mundo secreto de las vivencias personales a la hora de asimilar creencias morales que, a diferencia de las de la Comunidad y Divinidad, no nos vienen delimitadas por una fuente externa. Es mucho más cómodo seguir los mandatos de los demás o de un Dios que lo tiene todo muy claro, así que quizá convendría incorporar algunas ventajas de las concepciones éticas más antiguas a la demasiado inexperta ética de la Autonomía.

   De la ética de la Comunidad pocas ventajas podemos extraer: se trata, básicamente, de los convencionalismos del sentido común. Eso nunca va a ser mejor que una ideología ecuánime y racional que apele a la rectitud de la conciencia. Pero existe otra concepción de la ética de Divinidad que va más allá del contenido relacionado con las viejas tradiciones de los seres sobrenaturales. Por encima de todo, la Divinidad, a diferencia de la Comunidad (hay infinitas concepciones sociales), nos ofrece la ventaja de lo inequívoco.

La ética de la Divinidad puede aparecer en términos menos tendenciosos. Las verdades matemáticas y lógicas, por ejemplo, tienen discutiblemente un estatus sobrenatural en el sentido de que son ni materiales ni mentales, y sin embargo son reales

Las personas son capaces de sentir una conexión directa con algún ámbito elevado o dignificante de verdad y valor (un ámbito sagrado, en el sentido de que es incuestionablemente bueno) que es inherentemente una fuente potencial de integridad humana

Uno puede incluso ser un ateo y todavía experimentar el ámbito moral guiado por bienes autorreguladores como limpieza, pureza, contaminación, pecado, salvación y santidad

  Quizá entonces lo que habríamos de buscar es un respaldo “divino” a la ética de la Autonomía

¿Hasta qué punto las definiciones de moralidad y el razonamiento moral dependen de la visión del mundo cultural y religiosa? La psicología del desarrollo cultural se ha centrado en descubrir un ámbito moral universal y razones morales compartidas por todos los seres humanos.

  La cuestión es que todavía las personas que tienen convicciones de tipo religioso –en el sentido habitual de “creencia en una verdad moral suprema de origen sobrenatural”- son preferidas para muchas actividades prosociales y siguen ofreciéndonos mayores garantías de moralidad, como son los casos de los misioneros en las regiones de economía precaria, servicios asistenciales en general e incluso mediaciones políticas por la paz. Parece evidente que la ética de la Autonomía requiere de incorporar algunas características propias de la ética de la Divinidad para alcanzar sus límites.  Un indicio de que esto ha de ser así lo encontramos en que el desarrollo histórico de la ética de la Autonomía tiene como origen una evolución religiosa previa.

Si bien tanto los participantes [en un estudio] judíos y protestantes valoraban como cuestiones morales cosas como deshonrar a los padres, tener una aventura sexual y  hacer daño a un animal, estos grupos diferían en la importancia moral atribuida a pensar sobre cometer tales comportamientos. Los participantes protestantes valoraban más negativamente a una persona que tuviera tales pensamientos que un participante judío. Estas diferencias procedían en parte de las creencias de los protestantes de que los pensamientos de los individuos es probable que te lleven a la acción

Desde la perspectiva de la moralidad, los valores de autodisciplina y autocontrol son contemplados como virtudes morales en las culturas protestantes, pero no en las católicas [según Paul Rozin]

      ¿Puede en conjunto sostenerse por sí sola la ética de la Autonomía, a pesar de su origen religioso (protestantismo)? La estadística demuestra que las sociedades basadas en doctrinas humanistas y seculares han alcanzado la mayor prosocialidad (menos crímenes, más justicia social, más benevolencia, mayor riqueza económica y desarrollo tecnológico) y, si bien nada hace pensar que la desaparición de la anterior fuente inequívoca del humanismo cristiano –las tradiciones de la Divinidad… propiamente del concepto protestante de Divinidad- hará retroceder los avances éticos ya alcanzados, ¿podrán seguir dándose progresos futuros hacia la prosocialidad sin una transformación ética más allá de la ética de la Autonomía tal como la conocemos hoy?

  Otro posible problema de la ética de la Autonomía "tal como la conocemos hoy" es que se basa en diferenciar entre individuos a los que se asignan derechos y a los que se les proporcionan bienes cuantificables de forma igualitaria. La ética de la Autonomía es muy individualista y por ello tiene dificultad en incorporar mandatos por el estilo de “amaos los unos a los otros”, algo que sí era posible en la ética de la Divinidad cristiana. A nivel de prosocialidad, esto supone una desventaja.

   Y recordemos finalmente que la prosocialidad no es otra cosa que el fomento de las condiciones que hacen posible la máxima cooperación entre los individuos, y que un conjunto de individuos que practiquen la ética de la Autonomía "tal como la conocemos hoy" son prosociales porque, al respetar los derechos de los individuos y buscar la igualdad, es poco probable que nos engañen, de modo que merecen la confianza imprescindible para emprender cualquier tarea cooperativa… pero un conjunto de individuos que practicasen una ética de la Autonomía “mejorada”, más allá de la asignación de derechos y deberes, y con rasgos de conducta que demuestren una benevolencia general basada en la empatía y en un ideal de mutua afección, merecerían una confianza superior aún, pues no solo es aún menos probable que nos engañen, sino que además podemos contar con su predisposición psicológica a ayudarnos de forma altruista y a compartir con nosotros sus puntos de vista subjetivos y sus motivaciones privadas en toda oportunidad.

   Todos conocemos la diferencia que existe entre la confianza dentro de una comunidad cívica (un centro de trabajo, un municipio) y la confianza dentro de una unidad familiar, y la mayor prosocialidad se da en el segundo caso, donde se espera algo más que el reconocimiento de los derechos individuales y una distribución igualitaria de recursos. Si hay “amor” contamos con las garantías más productivas a nivel de cooperación efectiva que si hay solo un reparto igualitario de bienes y derechos. Estos comportamientos más prosociales pueden ser promovidos desde la perspectiva inequívoca de una fuente de criterio moral exterior a nosotros y mediante mecanismos de interiorización simbólica de valores, como sucede en el caso de la ética de Divinidad.

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