lunes, 10 de marzo de 2014

“¿Qué nos hace humanos?”, 2008. Michael S. Gazzaniga.

Somos los únicos animales que pueden distinguir la realidad de la ficción. 

Separar lo verificable de lo no verificable es un proceso consciente y costoso. (…) Puede ser contraintuitivo (…) se llama pensamiento analítico y es exclusivamente humano.

Somos los únicos animales que razonan sobre fuerzas inobservables.

Hemos desarrollado dos capacidades necesarias para el intercambio social recíproco prolongado: la capacidad para demorar la gratificación y el castigo a los tramposos en el intercambio recíproco. Estas dos capacidades serían exclusivamente humanas.


Los seres humanos son el único animal que se sonroja (…) Los seres humanos son el único animal que llora. (…) Sabes que puedes confiar en lo que te dice alguien que se sonroja fácilmente. 


La capacidad de imitar la acción motora es el fundamento de la comunicación, del lenguaje, del nivel de conciencia humano y de la cultura humana en general (…) Para variar o perfeccionar un movimiento motor hay que ensayar la acción, observar sus consecuencias, recordarlas, y entonces cambiar lo que sea necesario. (…) Los otros animales no lo hacen; no inician y ensayan acciones enteramente por su cuenta con el propósito de pulir su habilidad.


  En realidad, todas estas cualidades que el profesor Gazzaniga considera exclusivamente humanas tampoco son tantas como pudiera parecer, y no sería improbable que más adelante su presunta exclusividad también acabase por ser puesta en cuestión.

  Y, en todo caso, las cualidades que uno consideraría “a primera vista”, como más característicamente humanas, resulta que no parecen serlo, pues siempre tenemos pisándonos los talones en esta competición al fastidioso chimpancé. Esta criatura, que algunos consideran “el Albert Einstein del reino animal”, ha demostrado ya, a lo largo de unos cuantos exhaustivos experimentos, que es capaz de tener conciencia de sí mismo, que es capaz de comprender el lenguaje simbólico y que es capaz de elaborar la llamada “teoría de la mente” 

La teoría de la mente es entender que otros individuos tienen creencias, deseos, intenciones y necesidades. (…)  Parece que es independiente del coeficiente intelectual.

El bonobo Kanzi usaba el lexigrama correspondiente a “pan” para referirse a todos los panes, incluidos los tacos mexicanos: referencia específica que implica manejo de signos de manera simbólica.


   Incluso es capaz de experimentar reacciones emocionales ante los fenómenos naturales y, consecuentemente, aficionarse a producir rudimentos artísticos, como el gusto por pintar.
   
Jane Goodall describe una cascada del parque natural de Gombé en la que ha observado a chimpancés en varias ocasiones distintas. Tras llegar allí, ejecutan una danza salvaje, que incluye balancearse rítmicamente sobre un pie y luego sobre el otro, y luego se sientan y observan cómo cae el agua. Se desconoce lo que ocurre en el cerebro de los chimpancés en ese momento.

Los chimpancés aficionados al dibujo llegan a suplicar lápices y papel cuando ven a su cuidador en posesión de ellos y estallan en una rabieta si se les interrumpe mientras están pintando.


  Independientemente de la anécdota del amor propio de quienes defienden la exclusividad del ser humano en cuanto a producir lenguaje simbólico, obras de arte o experimentar reverencia ante los fenómenos naturales, esta especie de remota continuidad entre el comportamiento animal y el comportamiento más propiamente humano nos puede proporcionar muchas claves a la hora de elegir el camino correcto en el desarrollo humanista.

  Para empezar, hemos de tener en cuenta que, si bien unos cuantos grandes simios cuidadosa e insistentemente entrenados han llegado a demostrar que se reconocen en un espejo, han pasado los tests de la “teoría de la mente”, han pintado mamarrachadas  e incluso Kanzi ha llegado a la proeza de llamar “pan” a todo alimento parecido al pan (y Washoe, otro chimpancé, tampoco le fue mucho a la zaga en habilidades lingüísticas), nada de esto son capaces de hacerlo por sí solos, en su propio medio, sin intervención humana. Algunos de ellos no pueden hacerlo nunca y, desde luego, con ello no obtienen ninguna ventaja para la supervivencia en su medio natural.

  Podemos por tanto seguir admitiendo que el lenguaje simbólico es una característica psicológica propiamente humana, junto con el distinguir la realidad de la ficción, el buscarle explicaciones a todo, el demorar la gratificación, practicar el pensamiento analítico, razonar sobre fuerzas no observables, perfeccionar actos o movimientos… y el sonrojarnos y llorar.

 
Pero, por ejemplo, nuestra mejor cualidad para incrementar la cooperación, que es la moralidad, cuenta con un origen totalmente animal

Tenemos una programación ética innata, fruto de la selección natural. Nacemos con unas cuantas reglas morales abstractas y una disposición a aprender otras, del mismo modo que nacemos con una disposición a adquirir lenguaje. (…) Estas reglas morales abstractas las compartimos con  otras especies sociales, como ser territoriales, poseer estrategias de dominación para proteger el territorio, formar coaliciones para obtener bienes, y la reciprocidad.
 

  Lo que ocurre es que nosotros no utilizamos las pautas de comportamiento animal de la misma forma que los animales lo hacen, porque manejamos las “reglas morales abstractas” culturalmente, es decir, manipulando la preferencia de unas u otras ante situaciones que pueden ser evaluadas de forma diferente. Esta organización de preferencias parte de la evaluación racional que se hace de las emociones.

Las emociones son lo que media entre nuestras intuiciones y nuestra conducta. 

El estado emocional produce una intuición moral.

Las emociones son el catalizador de la moral. 


 
Es decir, la emoción es la forma en que percibimos nuestras intuiciones. Un fenómeno es reconocido de forma intuitiva por nuestros sentidos y entonces surge en nuestra consciencia como emoción, lo que nos empuja a actuar

Es muy fácil enseñar a tener miedo a las serpientes, pero es casi imposible enseñar a tener miedo a las flores.
 

  Hoy consideramos que el miedo a las serpientes es intuitivo (aunque hay quien también discute esto), y por eso nos transmite inmediatamente la emoción del miedo, lo que nos impulsa a actuar para evitar el peligro. Éste es un ejemplo simple, por supuesto, pero todas las contingencias habituales de la vida animal se corresponden con respuestas intuitivas asociadas a estados emocionales.
 
  Sin embargo, en el ser humano, intervienen factores que alteran el efecto emocional de las intuiciones. Michael Gazzaniga en su libro, nos ilustra sobre ello con el fenómeno de la reevaluación, que es no es otra cosa que un uso específico de lo que solemos llamar “razón”.

Una persona emite un juicio de forma razonada, y este juicio invalida su intuición. Esto solo ocurre cuando la intuición inicial es débil y la capacidad analítica es elevada.

Pasamos la mayor parte de nuestra vida en una batalla entre la mente racional y el sistema emocional inconsciente de nuestro cerebro.

  
Así, podemos ver a un individuo abriendo el vientre de una persona indefensa y metiendo sus manos entre sangre y vísceras. La intuición nos comunica emociones de espanto y rechazo. Pero una reevaluación razonada permite que nos demos cuenta de que se trata de un cirujano que está intentando salvar la vida de un paciente.

Esto se consigue haciendo uso de estrategias reevaluadoras 


La reevaluación puede cambiar la respuesta fisiológica; puede reducir el estrés

 
El ejemplo parece muy claro y evidente en el caso del cirujano en el quirófano… pero no era muy diferente cuando un ciudadano azteca contemplaba la ejecución solemne del sacrificio de los cautivos.  Aquí entramos ya en la cuestión cultural: estrategias reevaluadoras socialmente organizadas.

Las virtudes son lo que cada cultura ha definido como moralmente digno de alabanza.

 
El individuo también es capaz de desafiar las convenciones haciendo uso de sus propios recursos intelectuales de reevaluación.

Lo que nos permite reevaluar una situación es la imaginación 


  Por ejemplo: en el caso del cirujano, imaginar la totalidad del proceso de intervención médica y su función social; en el caso del sacrificio, imaginar la grandeza del Dios y la fuerza de las instituciones religiosas que salvaguardan nuestra sociedad… o, si somos capaces de llegar a ello, reevaluar la ceremonia religiosa como una grotesca superstición puesta al servicio de intereses sociales indeseables.

  Un tema de gran interés es que muchas de las estrategias de reevaluación toman formas emocionales fijas, utilizables para neutralizar muchos tipos de circunstancias emocionales opuestas.

El desprecio por otros debilita otras emociones, como la compasión.
 

  Igualmente, un individuo puede ser “endurecido” mediante procesos de aprendizaje emocional, como en un entrenamiento militar en concreto que lleve a un soldado a comportarse de forma despiadada.

  Pero también hay estrategias reevaluadoras fijas (o pautas de manipulación) que parecen mucho más “prosociales”, por ejemplo, el autocontrol:

Autocontrol es la capacidad de inhibir una respuesta impulsiva que va en contra de un compromiso adquirido.

 
Esto es algo que hacen las religiones, sobre todo las más benignas y prosociales (o compasivas): al enseñarse técnicas de autocontrol a partir de compromisos éticos, pueden inhibirse conductas impulsivas antisociales, aunque también, como ya hemos visto, pueden inhibirse conductas impulsivas prosociales, como la compasión o el altruismo, y se trataría igualmente de “autocontrol”. Sin embargo, el autocontrol lo relacionamos habitualmente con la capacidad de inhibir respuestas impulsivas antisociales.

  En cualquier caso, la capacidad para la inhibición de los impulsos es una de las más importantes de la mente humana.

Los seres humanos pueden inhibir las respuestas emocionalmente condicionadas. 


En nuestro cerebro todo está encajado e interconectado. Se han formado bucles de realimentación que permiten la reflexión y la inhibición, y que quizá son la base de nuestras conciencia y autoconciencia. 


En la teoría de la mente, la opción “él cree esto, y es verdadero” (porque todo el que cree obra así en base a que aquello en lo que cree es lo verdadero) es la que normalmente se escoge, y en general es la correcta: lo que las personas creen suele ser verdadero. (…) Para resolver con éxito el problema de la falsa creencia debe inhibirse la opción habitual, y ahí está la dificultad.
 

  Probablemente, la capacidad analítica para la reevaluación emocional y el autocontrol es nuestra mejor oportunidad para la mejora de nuestra vida social. Esta capacidad reevaluadora depende tanto del entorno cultural como de la propia inteligencia individual.
 
Los criminólogos han descubierto que la conducta criminal es inversamente proporcional a la inteligencia (…) El coeficiente intelectual es directamente proporcional a la honestidad. 


La inteligencia es una capacidad mental general que implica la habilidad de pensar en abstracto, de comprender ideas y lenguaje, aprender, planificar, razonar y resolver problemas (…) o (…) capacidad de relacionar de nuevas maneras fragmentos de información distintos y desconectados, y aplicar los resultados de un modo adaptativo.

 
El origen prehistórico de todo esto parece hallarse en una peculiar circunstancia del ser humano como especie animal: mucho más débil físicamente que otros antropoides en un entorno más peligroso que la selva frente a la amenaza de los depredadores (la sabana), el Homo Sapiens tuvo que agruparse en grupos mayores.
 
El aumento del tamaño del grupo social se debió al problema ecológico del riesgo de depredadores. 


El tamaño del grupo social de los chimpancés es de 55, el de los seres humanos, 150.


 
Un grupo social mayor exigía una mayor complejidad de relaciones sociales.

Las facultades intelectuales superiores de los primates han evolucionado como una adaptación a las complejidades de la vida social

La capacidad de predecir y manipular la conducta de los demás procuró una ventaja adaptativa y originó un incremento de la complejidad de la mente. 


 
De ese modo, la inteligencia humana se ha convertido en la cualidad más importante a desarrollar por el Homo Sapiens, aunque en un principio esta inteligencia no tenía tanto que ver con el desarrollo tecnológico y económico (como se piensa comúnmente) sino con la creciente complejidad de las relaciones sociales. Y esto ha tenido todo tipo de derivaciones que conforman nuestra forma de vida.

Cuando percibimos algo que procesamos fácilmente tenemos una sensación positiva

Distintas experiencias pueden aumentar la fluidez de procesamiento en nuevas áreas

 
Por ejemplo, el arte:

La conducta de crear arte aumenta la cohesión grupal y por tanto resulta ventajosa en lo que respecta a la supervivencia

El arte es como la cola del pavo real: un indicador de eficacia biológica.

Las clases de música en la infancia están asociadas a pequeños pero duraderos aumentos del cociente intelectual.  


  En tanto que el arte permite desarrollar el procesamiento de pautas de orden, estimula la inteligencia. Es incorrecto, por tanto, considerar que el arte no tiene aplicación práctica, de la misma forma que la cola del pavo real parece no tener utilidad pero sí que la tiene: un pavo real macho con una hermosa cola está anunciando a las hembras que es buen partido para aparearse porque está sano y es vigoroso, y de la misma forma, una civilización que da lugar a grandes creaciones artísticas está anunciando a propios y extraños la capacidad intelectiva avanzada de sus élites gobernantes.

 
En suma, el comportamiento intuitivo humano es cuidadosamente manipulado y reevaluado por la capacidad racional del individuo, normalmente de acuerdo con las estrategias culturales del entorno social al que pertenece, si bien esta razón que actúa sobre la intuición no puede sustituirla. La razón no tiene sentido si no opera sobre la intuición.

Un mundo enteramente racional sería insostenible, ¿por qué dejar propina en un restaurante al que no se va a volver jamás? (…) Un individuo racional jamás se asociaría a otro debido a la elevada posibilidad de que el otro individuo racional le engañase.

 
 Así, puesto que todos somos sujetos que buscan crecer y reproducirse, no tendría sentido, desde un punto de vista racional, obrar de otra forma que no fuese exclusivamente egoísta (como hacen los psicópatas), pero estamos "poblados" por intuiciones emocionalmente expresadas, lo que da un resultado diferente. Y es la selección cultural la que nos permite explotar la propensión humana a practicar el altruismo, que es tan instintiva como la propensión humana (compartida por los animales) de buscar el provecho propio.

La evolución de las sociedades humanas fue una especie de autodomesticación que seleccionó sistemas de control de la reactividad emocional. 

 
El origen de estas estrategias es muy difícil de averiguar. Probablemente aparezcan como consecuencia de la “exaptación” de conductas inocuas y aparentemente inútiles, como los juegos infantiles (la exaptación es el aprovechamiento evolutivo de rasgos propios de un ser con fines que no son los mismos que tenían en origen: en un principio, los antepasados de los pájaros usaban las plumas a modo de protección de la piel antes de que les dieran uso para volar).

Una de las cosas que guardan correlación con el tamaño cerebral es la cantidad de juego. (...) Bailar es divertido, de modo que bailamos. Esto ocurre cuando el precio externo de la conducta no es demasiado elevado y no estamos enfrascados en la competencia por la comida, el sexo o la necesidad de hallar refugio. Estas circunstancias se dan más a menudo en la infancia. (…) La selección natural nos seduce para que dediquemos nuestro tiempo libre a estas actividades beneficiosas haciendo que sean gratificantes. 


 
Con todo, aunque la capacidad del ser humano de autocontrolar sus impulsos instintivos de acuerdo con estrategias reevaluadoras es en general muy ventajosa, sucede que la misma complejidad de la mente humana conlleva ciertos inconvenientes.

Ser inteligente no es necesariamente ser más sabio
 

  El principal problema que todos podemos constatar es la agresividad mutua, que estorba a la cooperación y dificulta la obtención de gratificaciones para la gran mayoría.

La causa de la agresión es la dificultad de alcanzar la posición de macho alfa. (…) El éxito social  se traduce en un mayor éxito reproductor.
 

 Y, de momento, las estrategias reevaluadoras de autocontrol no han logrado acabar definitivamente con esta pulsión primitiva y antisocial que aún no puede ser compensada por el desarrollo de nuestras capacidades prosociales.

Nuestro cerebro es una máquina diseñada para cazadores-recolectores que vivían en grupos pequeños, repletos de módulos intuitivos que reaccionan de ciertos modos y que todavía no está adaptada a la vida en grandes sociedades.
 

  La agresividad no se limita a la intimidación violenta, sino que incluye la capacidad para el engaño… por mucho que racional y analíticamente sepamos que no engañar, al permitirnos una cooperación más efectiva, puede proporcionarnos más gratificaciones para todos (en conjunto... pero no necesariamente para cada uno).

El engaño requiere cierta capacidad intelectual, rara entre los animales.
 
Para poder engañar a otro individuo, un animal tiene que pensar  que otro animal cree algo. 


   Pero más capacidad intelectual requiere el evitar ser engañado

La capacidad mental de las personas para detectar a los mentirosos es bastante limitada.
 

  Esto condiciona nuestra conducta en un sentido bastante negativo

Somos mejores leyendo las emociones negativas que las positivas en otras personas (…) Tenemos mayor número de emociones negativas que positivas, y más palabras para las sensaciones dolorosas

  Y por si la agresividad individual no fuese suficiente problema, tenemos también el de la agresividad intergrupal

La competencia intergrupal tiene su origen en que los seres humanos se habían hecho tan dominantes en sentido ecológico, que ellos mismos se convirtieron de hecho en su principal fuerza natural hostil.

La lealtad y hostilidad grupal es el (…) llamado “sesgo endogrupo-exogrupo”.
 

  Hoy por hoy, la competencia intergrupal ya no tiene utilidad práctica si se compara con las posibilidades de la plena cooperación (lo mismo que sucede con la agresividad individual).

  Tampoco sirve hoy para mucho la pulsión innata que nos conduce a volvernos supersticiosos y a crear un mundo de entidades sobrenaturales, cuyo origen parece ser también una especie de subproducto de nuestra mayor capacidad intelectual.

Existe una tendencia humana a generar explicaciones de las cosas (…) Cuando no hay una explicación obvia, generamos una. (…) Se trata de un mecanismo muy poderoso: una vez que se ha observado te lleva a preguntarte cuán a menudo somos víctimas de correlaciones espurias entre lo emocional y lo cognitivo.

Las personas atribuyen deseos e intenciones incluso a formas geométricas. (…) El pensamiento teleológico explica un fenómeno invocando un diseño intencionado (…) A la gente le resulta muy fácil pensar teleológicamente. (…) Según el pensamiento teleológico tiene que haber un diseño intencional

  Por tanto, poseemos ya suficientes conocimientos con respecto a cómo deberíamos gobernarnos a nosotros mismos. Sin embargo, la cultura actual aún no ha llegado a las últimas consecuencias de algo que la ciencia parece encontrar obvio: una cultura humana totalmente prosocial y cooperativa debería erradicar toda forma de agresividad individual, toda forma de agresividad intergrupal y toda forma de superstición. El problema no es tanto cómo hacerlo (hay tenemos la experiencia de las estrategias reevaluadoras y de autocontrol), sino que, simplemente, las élites que nos enseñan y gobiernan en sociedad no se lo han planteado siquiera como meta a largo plazo. En lugar de eso, solo se promueve disminuir la agresividad individual e intergrupal que convencionalmente se juzga excesiva, y se pasa por alto, por ejemplo, que todavía se enseñan supersticiones en las escuelas. Queda mucho por hacer.

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