lunes, 11 de agosto de 2014

“La civilización empática”, 2009. Jeremy Rifkin.

  Jeremy Rifkin pretende ofrecer con este libro una visión de nuestra naturaleza un tanto optimista:

Descubrimientos recientes en el estudio del cerebro y del desarrollo infantil nos obligan a replantear la antigua creencia de que el ser humano es agresivo, materialista, utilitarista e interesado por naturaleza. La conciencia creciente de que somos una especie esencialmente empática tiene consecuencias trascendentales para la sociedad.

 ¿Y qué es la empatía, propiamente?

Empatía indica que entramos en el estado emocional de otra persona que sufre y que sentimos su dolor como si fuera nuestro.(…) Empatía supone una participación activa: la voluntad del observador de tomar parte en la experiencia de otra persona, de compartir la sensación de esa experiencia.

La empatía es el medio por el que creamos vida social y hacemos que progrese la civilización. 

El altruismo es la expresión de empatía más desarrollada.

   Si se trata de un estado emocional que permite el progreso de la civilización (que favorece la cooperación inteligente) lo primero que tenemos que aprender es por qué hasta ahora no se ha desarrollado tanto como podríamos desear. Puede darnos alguna pista de cómo se produce el desarrollo gradual de la empatía el estudio del comportamiento de las sociedades primitivas (en las que se da menos cooperación inteligente). El neurólogo Alexander Luria se acercó todo lo posible a los pueblos de cultura oral y extrajo algunas conclusiones:

Luria se dio cuenta de que aquellas personas analfabetas no eran capaces de analizar sus sentimientos ni de expresar sus emociones. Carecían del menor sentido de introspección. (…)Los sujetos estudiados por Luria también eran incapaces de pensar en abstracto y de crear símbolos

  Esta falta de habilidad para el desarrollo de la vida emotiva se reflejaba en la vida social

Las culturas orales se basaban en medios de expresión formulistas para garantizar el recuerdo. Las pautas de habla mnemotécnicas y el empleo de tópicos eran esenciales para conservar el conocimiento colectivo. La sociedad sólo podía garantizar un trato social previsible mediante la repetición de unas líneas de pensamiento.

  Uno de los mayores bienes de la civilización, por lo tanto, es el desarrollo de estructuras lógicas de pensamiento que nos permitan profundizar en la experiencia humana individual… la propia y la del semejante.

Los niños que crecen en una cultura basada en la escritura acaban construyendo las frases sin formulismos cuando hablan con otros. El acto mismo de aprender a leer y a escribir enseña a tratar cada frase —oralmente o por medio de imágenes— como una expresión única de una persona única adaptada a una experiencia única. (…)A diferencia de las culturas orales formulistas, donde las personas se comunican mediante tópicos generalizados y se hablan sin conectar entre sí con mucha profundidad —la conversación comunitaria— las culturas basadas en la escritura fomentan la individualización del lenguaje, tanto en el discurso escrito como en el discurso social y, con ello, fomentan una individualidad creciente. 

  En las civilizaciones formadas por los individuos de cultura oral las relaciones de cooperación se limitan a los grupos familiares unidos por lazos de parentesco, más o menos grandes (tribus, hordas, clanes). Esto no permite relaciones de cooperación muy efectivas.

La civilización es la destribalización de los lazos de parentesco y la resocialización de individuos distintos en función de unos lazos de asociación. La extensión empática es el mecanismo psicológico que hace posible este proceso de conversión y transformación. Cuando hablamos de civilizar, queremos decir empatizar.

  Claro que si lo vemos todo como el progreso civilizatorio a modo de medio para un fin (el progreso económico como consecuencia de la cooperación), igual lo estamos viendo de forma equivocada. Por mucho que nos hayan enseñado en la escuela que los pueblos tribales alcanzaron mayores cuotas participativas con el objeto de obtener más bienes económicos (más cosechas, mejores casas) es más que probable que el progreso económico sea un subproducto de otro tipo de ambición social.

La naturaleza humana no se caracteriza por buscar la autonomía —convertirse uno mismo en una isla— sino por buscar compañía, afecto e intimidad.(…) La noción misma de trascendencia significa ir más allá de uno mismo, ser parte de comunidades más amplias, formar parte de unas redes de significado más complejas.

  Es decir…

Si sólo fuera una cuestión de supervivencia, seguiríamos viviendo como en el Paleolítico, en comunidades mucho más pequeñas (…)Empezamos a vislumbrar la posibilidad de que, después de todo, el periplo humano tenga un propósito, de que la sensación cada vez más profunda de la propia identidad, la extensión de la empatía a otros ámbitos de la realidad más amplios e inclusivos y la expansión de la conciencia humana sea el proceso trascendente por el que exploramos el misterio de la existencia y descubrimos nuevos ámbitos de significado. Más de un darwinista acérrimo se quedará horrorizado ante tal herejía.

  De hecho, algunos descubrimientos arqueológicos han demostrado que los primeros pueblos agrícolas no eran más prósperos que los cazadores-recolectores (comían menos carne y además su dieta vegetal también era más pobre) y se ha demostrado que muchas culturas sedentarias no practicaban la agricultura (podían agruparse en zonas costeras con abundancia de pesca). Es más: los espectaculares cambios culturales que implican la aparición del arte y los enterramientos (vida espiritual) precedieron al sedentarismo y la agricultura, de modo que hay pocas dudas de que primero se han dado los cambios culturales y después de estos han tenido lugar los cambios económicos. Por lo tanto, no ha sido la búsqueda del sustento lo que ha llevado a la civilización.

   Y lo que podría ser válido para la comunidad, también podría ser válido para el desarrollo psicológico del individuo:

«La necesidad innata de compañía» es el medio principal que tiene el niño de garantizar su supervivencia y  constituye el núcleo de la naturaleza humana (…) Suttie está en desacuerdo con Thomas Hobbes y con los posteriores pensadores de la Ilustración, para quienes el interés personal material es la motivación que guía al ser humano. (…) A diferencia de Freud, que veía en la ternura una sublimación débil de la excitación sexual, Suttie la consideraba una fuerza primaria que se manifiesta desde el principio mismo de la vida. (…) Suttie rechaza la idea de que todas las relaciones humanas —incluso entre bebés— estén guiadas por el deseo de tener poder sobre los demás. Aunque es una conducta que manifiestan algunos bebés cuando crecen, en el fondo se trata de un impulso secundario que surge de un déficit de ternura recíproca en la primera relación social con la madre. (…) «La ansiedad, la aversión, la agresividad (que Freud confunde con un instinto primario) y la búsqueda de poder» sólo empiezan a manifestarse cuando la madre rehúsa entregarse al bebé o rechaza sus gestos de afecto o sus obsequios

  Así que tendríamos una formulación de la idea de progreso humano en la que ha primado un desarrollo social como consecuencia del desarrollo cultural en el sentido de extensión y enriquecimiento de la empatía.

En cada etapa de nuestra evolución social la principal tarea de las comunicaciones —desde el acicalamiento mutuo hasta los chismorreos por Internet— ha sido expandir el ámbito empático para que podamos expresar nuestra naturaleza social y nuestro profundo deseo de compañía.

Las culturas orales viven sumidas en una conciencia mitológica; las culturas que poseen escritura dan origen a una conciencia teológica; las culturas con imprenta van acompañadas de una conciencia ideológica; y las culturas con electricidad dan origen a una conciencia psicológica

Los órdenes social y espaciotemporal que se plasman en las etapas de la conciencia —mitológica, teológica, ideológica y psicológica— son muy claros y definidos. Cada una de estas etapas refleja un constructo social más complejo y un mayor ámbito temporal y espacial. 

No hay ningún ejemplo histórico en el que los mercados o los gobiernos hayan precedido a la cultura o existan en su ausencia: los mercados y los gobiernos son extensiones de la cultura, nunca a la inversa. Siempre han sido y siempre serán instituciones secundarias y no primarias en los asuntos de la humanidad, puesto que la cultura crea un manto empático de sociabilidad que permite a las personas relacionarse con confianza con los demás, ya sea en la esfera del mercado o en la gubernamental.

Cuando los antropólogos estudian la historia del intercambio, encuentran que el intercambio social casi siempre precede al comercial.

  Esta realidad no siempre es fácil de observar, y hay que subrayar una lógica fuente de confusión: en general, se considera que la escasez crea situaciones psicológicas y sociales extremas (disputa por los bienes imprescindibles) que en nada favorecen las relaciones personales, y es un hecho que las manifestaciones artísticas más sutiles y valiosas suelen desarrollarse entre las clases sociales más privilegiadas económicamente.

El creciente bienestar económico dota a las personas de la seguridad que necesitan para confiar más en sus congéneres y ser más cuidadosos con el mundo material. 

Es comprensible que para los más pobres, los valores materialistas tengan prioridad, en la mayoría de las sociedades, sobre los valores propios de la expresión individual.

  Así que podemos deducir el siguiente orden de causas y efectos: un cambio psicológico hereditario (¿una mutación?) hace que los primeros grupos humanos desarrollen la empatía, un mayor interés por las relaciones interpersonales, de lo que es muestra la aparición de la “vida espiritual” (arte, religión). Efecto de este cambio sería la tendencia a la vida sedentaria, más enriquecedora de las relaciones sociales que el nomadismo. De la vida sedentaria surge gradualmente la agricultura, como medio para sustentarla económicamente. Con el sedentarismo y la agricultura, comienza el aumento de población y la civilización urbana. Recordemos que el que esto sea así no contradice el otro hecho de que la dureza de la lucha por la existencia dificulte la expresión empática: a largo plazo, la expresión empática beneficia económicamente, pero a su vez  el bienestar económico facilita el desarrollo cultural, lo que explica la rápida evolución de la expresión empática en los últimos siglos.

La densidad de la población facilitaba el intercambio cultural y el inicio de una actitud cosmopolita. Estos contactos nuevos solían dar origen a conflictos, pero también abrían la puerta a las relaciones con personas que hasta entonces se habían tenido por extrañas.(…) Encontrar lo similar en unos grupos diferentes reforzó la expresión empática y la hizo más profunda, llevándola por primera vez más allá de los lazos de parentesco.

  El desarrollo empático se retroalimenta constantemente. En realidad, es insaciable, y la vida urbana le da las mejores ocasiones… En su libro, Jeremy Rifkin analiza el constante avance de la conciencia empática a lo largo de la historia.  Sin duda, el cristianismo tuvo una gran relevancia en este sentido al ser una religión de masas en la que la afectividad y la introspección del individuo corrían paralelas a la estima de los comportamientos altruistas.

Si hay una característica de las primeras comunidades cristianas urbanas que destaque sobre todas las demás es la intensidad emocional, el afecto y la buena voluntad entre sus miembros.  (…) Las epístolas de Pablo de Tarso abundan en palabras de afecto. Se refiere a los fieles como «hermanos» y «amados». Habla de sí mismo y de los apóstoles diciendo: «Fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos». Tanta efusividad era muy rara en aquella época y no tenía precedentes en la historia

  Con todo, Rifkin señala lo que le parecen ciertos límites del comportamiento empático del Nuevo Testamento:

Hasta la historia del buen samaritano que se nos relata en el Evangelio de Lucas (10,27) está impregnada de la noción del deber de uno para con Dios, no de sentir una identificación empática con un desconocido.

  Puede objetarse que en otros pasajes evangélicos la identificación empática es todavía más manifiesta, pero no deja de ser verdad que los primeros cristianos no pueden prescindir de la autoridad exterior divina:  es Dios quien nos hace iguales, es Dios quien nos exige que obremos con caridad. Por eso parece lógico que a medida que el cristianismo evoluciona las experiencias empáticas se vayan “alejando de Dios” imperceptiblemente en la medida en que la vivencia individual autónoma va ganando todavía más relevancia. Pensemos en las “Confesiones” de Agustín de Hipona…

Que sepamos, fue el primero que escribió un relato detallado del despertar de su conciencia personal. (…) Fue el primero en expresar una evaluación meditada de su propia vida (…) Las Confesiones de Agustín de Hipona fueron un caso singular —el primer intento verdadero de escribir lo que se podría calificar de autobiografía (…) Entre los años 500 y 1400 sólo se escribieron unas diez obras autobiográficas de renombre (…) A mediados del siglo XVII el género autobiográfico experimentó un boom.

  El desarrollo cristiano de la introspección continuará gradualmente a lo largo de los siglos, y la autoridad más o menos benigna de Dios se irá haciendo menos perceptible en comparación con la autoridad de la propia conciencia…

¿Cómo saber si uno está entre los elegidos o los condenados? Juan Calvino sostenía que hay señales que nos pueden dar una idea de lo que nos espera, incluyendo entre ellas alcanzar el éxito en la vida. (…) Los protestantes se pasaban horas buscando en su conducta, en sus pensamientos y en sus estados de ánimo cualquier señal de bondad o de maldad que pudiera revelar su destino. (…) El cristiano protestante estaba sumido en un estado permanente de autoanálisis. (…) Por ejemplo, si alguien realizaba un acto de bondad, pero en el fondo lo hacía para obtener alguna señal de ser uno de los elegidos, lo único que había hecho era engañarse a sí mismo. Los protestantes de la época empleaban el nuevo recurso literario del diario para anotar cada día todos sus actos con el fin de poderlos repasar y determinar si en sus conductas había alguna señal de que se hallaban entre los escogidos.

  Esta potenciación de la capacidad del individuo para sentir por sí mismo acabará llevando a prescindir del respaldo divino y de la obsesión por la salvación o el castigo.

Ser consciente de uno mismo es ser consciente del estado de separación de uno mismo. El nuevo interés en el individuo autónomo y dueño de sí mismo se reflejó en una nueva transformación histórica de la manera de vivir. La vida que se vivía en público y que había caracterizado las épocas anteriores de la historia empezó a perder peso cuando las personas se retiraron a sus casas y, más adelante, a sus propias habitaciones. La privacidad, un concepto con escaso significado ontológico en la Edad Media, empezó a ser algo que desear hacia el siglo XVI y la burguesía urbana del siglo XVII pasó a considerarla un derecho inalienable.

Una persona no es verdaderamente buena porque se le haya obligado a serlo con la amenaza de un castigo o la promesa de una recompensa, sino porque sentir empatía forma parte de su naturaleza. (…) Ser verdaderamente humano es sentir una empatía universal y dotar de rectitud moral la propia experiencia corpórea.

  Observemos, de paso, que parece haber una relación entre las creencias en lo sobrenatural y la necesidad de expresar la empatía. Podría ser no tanto que el racionalismo científico nos aleje de la creencia en Dios, sino que la profundización empática nos haga prescindible esta ficción (un ser imaginario, una autoridad benévola)  para sustentar nuestra mejora del comportamiento íntimo, que ahora se desarrolla entre seres reales, próximos y accesibles.

  El desarrollo empático también podría explicar por qué en su tiempo surgieron las religiones cuyos dioses ofrecían la vida eterna. Recordemos que no se trata de ninguna gran invención con el fin de engañar a los creyentes porque, en teoría, cualquier charlatán puede inventar tales portentos que nadie puede demostrar… y a pesar de eso, son solo unas cuantas religiones las que apelan a ellos. Si, como predicaban los marxistas, se tratase solo de un truco para engañar a las masas, resulta increíble que tantas religiones no hubieran recurrido a él (por ejemplo, los antiguos judíos y griegos... aunque no los antiguos egipcios) ¿por qué renunciar a un truco tan barato y efectivo? Evidentemente, porque se trataba de algo más que de un truco...

El miedo a la muerte empezó a oscurecer la vida de nuestros antiguos antepasados cuando rompieron el ciclo de la naturaleza y avanzaron lentamente hacia la conciencia histórica. (…)La conciencia prehistórica no era diferente de la de los bebés y los niños pequeños de hasta 5 o 6 años de edad, que tienen una concepción muy vaga de la muerte y de su propia mortalidad. (…) La muerte se tenía por un simple pasaje al otro mundo, donde uno caía en un estado parecido al sueño o a la hibernación.

Nuestra búsqueda espiritual de la inmortalidad empezó a dejar paso a una búsqueda mucho más laica a finales de la Edad Moderna. Los grandes pensadores de la Ilustración plantearon la idea radical del progreso humano con una visión de la inmortalidad terrenal que era totalmente nueva para la civilización occidental

  Al cabo de este viaje por la historia, el libro de Jeremy Rifkin acaba llevándonos, naturalmente, a la época actual y nos plantea qué pasos nos quedan por dar en nuestra búsqueda de un desarrollo empático y altruista superior.

  Para empezar, señala lo que parecen ciertos límites insuperables:

Si todo el mundo sintiera ansiedad empática y actuara de una manera altruista a cada instante, no podría atender lo suficiente a sus propias necesidades de bienestar emocional, cognitivo y físico. Nuestra fisiología parece entender esto y establece unos umbrales mínimos y unos límites máximos a nuestra respuesta empática.

   Por supuesto que atender a nuestro bienestar emocional, cognitivo y físico depende en buena parte de los medios materiales de los que dispongamos para ello, pero el caso es que hoy la tecnología nos permite la práctica masiva del altruismo no solo a nivel económico, sino también a nivel emocional y cognitivo (medios de comunicación, almacenamiento de información, profesionalización y especialización de las atenciones mutuas de apoyo psicológico), así que, en realidad, no podemos poner límite a la expansión empática en la misma medida en que no podemos ponerlo al desarrollo intelectual y tecnológico.

  Veamos más cosas en lo que se refiere a la expresión empática que pueden sernos útiles…

Aunque es probable que para la mayoría de las personas la empatía sea una respuesta emocional y cognitiva al sufrimiento ajeno (…) también se puede sentir empatía con la alegría ajena.

   Esto sería un buen incentivo para que la empatía se retroalimente, ya que si la alegría de otros contribuye a nuestra propia alegría, nosotros también podemos contribuir de la misma forma a la alegría de nuestros semejantes… Claro que cabe preguntarse si este feliz fenómeno puede generalizarse hasta tal punto, si no dependerá mucho de la sensibilidad del temperamento innato de cada uno.

Cada bebé nace con unos ritmos y unas predisposiciones conductuales innatas que influyen en su posterior conducta de apego (…) Tanto lo innato como lo adquirido intervienen en la formación del apego

  Esto supone otro conocimiento muy importante: que las relaciones empáticas entre individuos dependen también de cierta capacitación innata, y no solo de los logros de la cultura que exista en nuestro entorno. Recordemos la existencia de una pequeña minoría de psicópatas (personas sin o con muy poca empatía)… y a la vez no olvidemos tampoco que necesariamente han de darse personas con predisposiciones conductuales en el sentido opuesto (personas con mucha empatía). Esta diferente predisposición innata a la expresión emocional es lo que se llama "temperamento" o personalidad. El carácter de las culturas suele darse por la selección de determinados rasgos del temperamento (por ejemplo, empatía, agresión, hedonismo...).

  Jeremy Rifkin hace otra observación muy valiosa: la de que podríamos encontrarnos en una nueva etapa de desarrollo cultural, el de la conciencia dramatúrgica…

La conciencia mitológica, la conciencia teológica, la conciencia ideológica, la conciencia psicológica y ahora la conciencia dramatúrgica marcan el paso evolutivo de la psique humana. Con cada sucesiva reorientación, la sensibilidad empática ha alcanzado nuevas cimas. 

   Veamos primero lo que se llama “la conciencia psicológica

La nueva conciencia psicológica dominaría el siglo XX (…)Con la conciencia psicológica, la gente comenzó a hablar de sus propios sentimientos e ideas, así como de los ajenos, en formas jamás imaginables con anterioridad. Se convirtieron en los exploradores y analistas psíquicos de la mente humana. (…) Ambas fuerzas (los cambios tecnológicos y los avances culturales) surgieron en una relación simbiótica desde el principio, en la que los primeros afectaron a los segundos y viceversa, y que en el proceso alumbraron una conciencia psicológica embrionaria que se desarrollaría y maduraría durante la segunda mitad del siglo XX.

  La psicología, que en un principio existió como hermética disciplina solo para unos cuantos iniciados, llegaría a las masas bastante pronto, y precisamente como consecuencia del deseo empático de ayudar a nuestros semejantes como medio para ayudarnos a nosotros mismos…

La terapia de grupo no comenzó gracias a psicólogos o psiquiatras, sino en  (…) Alcohólicos Anónimos, el primer grupo de autoayuda (…) Un entorno íntimo, de compartir sus historias y ayudarse mutuamente en su recuperación (…)  El proceso de rehabilitación evolucionó con el tiempo hasta convertirse en un programa de doce pasos (…) El programa en doce pasos contenía elementos del acondicionamiento conductista.

     Y una vez se ha abierto paso la comprensión psicológica (el poder racionalizar las emociones de nuestros semejantes tanto como las nuestras, el que hoy estemos familiarizados, en la lengua coloquial, con expresiones como "frustración", "libido", "autorrealización"...), quedaría la opción de utilizar esta comprensión para actuar sobre nosotros mismos mediante la representación abstracta de las relaciones interpersonales. Eso nos sitúa en la ya mencionada “conciencia dramatúrgica

Todo comportamiento social intencional es dramatúrgico por naturaleza.(…) La conciencia dramatúrgica se torna prácticamente necesaria en una civilización compleja e interconectada (…) El dramatismo parte de la premisa de que por un lado los seres humanos no podemos sino comunicarnos a través de símbolos, y por otro no podemos sino ser conscientes de que las personas que nos rodean están interpretando el mundo que las rodea. El mundo consiste en hechos u objetos sociales merecedores de ser comunicados, que se desarrollan de forma dramatúrgica y presentan un tema. (…)La conciencia dramatúrgica suscita la problemática cuestión de la autenticidad. 

Aun cuando el engaño es algo universalmente desacreditado, la imaginación activa es alabada como algo esencial a la hora de crear un sentido de la propia personalidad y del mundo que nos rodea y de formar vínculos empáticos maduros. Los teóricos del teatro como Constantin Stanislavski hablan de una interpretación superficial frente a una profunda. La primera depende del arte del engaño; la segunda, del arte de la imaginación.(…) La verdadera interpretación, que Stanislavski bautiza con el nombre de interpretación «del método», surge cuando el actor se adentra en su propio subconsciente y su memoria semiconsciente y busca una experiencia emocional análoga de su pasado en la que pueda inspirarse, que le permita sentir como si estuviera experimentando el estado emocional del personaje al que interpreta.

El método de interpretación de Stanislavski aplicado en el mundo real puede tener consecuencias empáticas reales.(…)  A los orientadores se los animaba a pensar en otro sentimiento pasado que pudiera dar un giro emocional positivo a la situación que tenían entre manos. (…)Una azafata señaló que, cuando tiene que tratar con algún pasajero que ha bebido demasiado o que se pone pesado: Intento recordar que si está bebiendo demasiado, es probable que tenga miedo a volar. Me digo: «Es como un niño pequeño». (…)Cuando la interpretación profunda se utiliza con los fines prosociales adecuados, estamos ante una potente herramienta mental que permite estimular los sentimientos empáticos. 

  Sin embargo, no profundizamos aún en esta gran verdad en nuestra vida cotidiana. Si comprendiéramos que la vida social es una actuación estaríamos quizá más capacitados para afrontarla.

Podemos llegar a ser más empáticos interiorizando el estado emocional de otra persona o bien comparando su estado emocional con experiencias emocionales de nuestro pasado.

  En cuanto a las cuestiones de autenticidad y engaño, no hay en verdad tanta diferencia entre lo que vemos del semejante y lo que éste es, porque todo lo que existe en nuestro entorno lo conocemos únicamente por nuestra experiencia sensorial. Si fuésemos más conscientes de esto es probable que nos capacitásemos para ver y percibir cuanto más mejor, lo cual enriquecería tanto nuestra sensibilidad como nuestra capacidad de respuesta. Un buen espectador es un buen crítico, tanto como un buen actor no es lo mismo que un histrión…

Extremar nuestra capacidad para comprender el comportamiento ajeno estimularía a los individuos a perfeccionar su actuación. Si somos capaces de encontrar placer en los espectáculos dramáticos, también podríamos encontrarlo en ser nosotros los propios actores de nuestras vidas tanto como espectadores críticos de la de los otros. Nos exigiría precisar nuestros objetivos dramáticos y no limitarnos a ocupar un estatus y unas funciones sociales que descuidan nuestra vida sensible. 

  Observemos que la actuación es doblemente valiosa. Por un lado, nos clarifica nuestro desenvolvimiento en la vida social, pero es que también puede ayudarnos a mejorar el comportamiento que hemos previamente analizado. Actuar no es necesariamente  fingir, también es una forma de lograr el desarrollo de experiencias auténticas. Pensemos en la

importancia del componente fisiológico para inducir un estado emocional. (…) «Nos sentimos apenados porque lloramos, enfadados porque golpeamos y asustados porque temblamos». Este fenómeno recibe el nombre de «retroalimentación aferente»

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