domingo, 25 de agosto de 2019

“Dialéctica de la Ilustración”, 1944. Horkheimer y Adorno

  Este libro un tanto extraño (en realidad, una compilación de ensayos, artículos y conferencias) es una mezcla de erudición literaria, especulación filosófica y utopismo políticos propios de su tiempo. Es de ese “tiempo” de lo que mejor puede hablarnos.

   En 1944, la segunda guerra mundial estaba finalizando con el resultado claro de la derrota del nazismo y la victoria del comunismo soviético. Los profesores Max Horkheimer y Theodor Adorno son dos intelectuales alemanes y judíos exiliados en la capitalista América. ¿Qué es lo que ven del futuro? ¿Cómo juzgan los sucesos del pasado reciente?

El primer objeto que debíamos analizar: la autodestrucción de la Ilustración. No albergamos la menor duda —y ésta es nuestra petitio principa— de que la libertad en la sociedad es inseparable del pensamiento ilustrado. Pero creemos haber descubierto con igual claridad que el concepto de este mismo pensamiento, no menos que las formas históricas concretas y las instituciones sociales en que se halla inmerso, contiene ya el germen de aquella regresión que hoy se verifica por doquier. Si la Ilustración no asume en sí misma la reflexión sobre este momento regresivo, firma su propia condena.  (p. 53)

      La Ilustración conlleva el germen de la regresión

La Ilustración es totalitaria como ningún otro sistema. Su falsedad no radica en aquello que siempre le han reprochado sus enemigos románticos: método analítico, reducción a los elementos, descomposición mediante la reflexión, sino en que para ella el proceso está decidido de antemano. Cuando en el procedimiento matemático lo desconocido se convierte en la incógnita de una ecuación, queda caracterizado con ello como archiconocido aun antes de que se le haya asignado un valor (p. 78)

  No es algo muy diferente de lo que por la misma época especulaba Karl Popper (otro judío alemán exiliado durante la guerra) que señalaba la tendencia al totalitarismo de toda ideología utópica (o de toda ideología en general...). Ilustración, liberalismo y derechos humanos, en teoría, los vencedores de la guerra contra el nazismo, resultan muy insuficientes y, a la larga, contraproducentes para las aspiraciones humanistas porque la ideología aspira al total control del escenario y establece una supremacía sobre cualquier pensamiento opuesto. Esto parece evidente para Horkheimer y Adorno en su crítica al materialismo propio de la sociedad capitalista, consecuencia (¿o causa?) del liberalismo ilustrado.

Una vez que se puede garantizar el sustento vital de los que aún son empleados en el manejo de las máquinas con una parte mínima del tiempo de trabajo que está a disposición de los señores de la sociedad, el resto superfluo, la inmensa masa de la población es instruida ahora como guardia adicional para el sistema, para servir hoy y mañana de material a sus grandes planes. (p. 91)

  El individuo queda entonces al servicio del sistema. Y esto sería coherente con la Ilustración porque es racional. El Homo economicus está en función lógica de una organización capitalista implacable. Todo enunciado racional, en tanto que enunciado basado en una lógica supuestamente irrefutable, impone su verdad y puede degenerar en totalitarismo. El capitalismo burgués es un enunciado que se justifica por sus resultados de avance económico… pero su justificación racional es manifiestamente deficiente ya que el objetivo del capitalismo no es el bienestar de la humanidad, sino el mantenimiento del sistema económico mismo. Por eso una Ilustración que da por sentado el capitalismo es intrínsecamente incoherente y tendente al totalitarismo.

El sentido de los derechos humanos consistía en prometer felicidad incluso allí donde no hay poder. Pero dado que las masas engañadas sienten que esa promesa, en cuanto universal, sigue siendo una mentira mientras existan clases, su furor resulta provocado: se sienten burladas. (p. 217)

  El nazismo no habría sido, entonces, más que una consecuencia inevitable de la aceptación de esta Ilustración incoherente (es la tesis habitual del marxismo de la posguerra: los nazis eran una forma particular de reacción capitalista frente a los movimientos de la lucha de clases).

  Por otra parte, muchos críticos del nazismo llegaron a considerar –Horkheimer y Adorno parecen también llegar a esto- que los totalitarismos modernos en general -es decir, los derivados de la Ilustración- no eran más que la consecuencia de un proceso de maquinización del individuo. Hasta el filósofo Heidegger, él mismo nazi, después del fracaso de aquella revolución de los espíritus en la que parece que puso grandes esperanzas, llegó a decir que las fábricas de la muerte de Auschwitz eran la última consecuencia de ese mismo proceso de maquinización.

   Tenemos por tanto una crítica al capitalismo desde el punto de vista social (opresión de una clase por otra) y otra desde el punto de vista filosófico (capitalismo como reificación o maquinización de la humanidad).

La racionalidad técnica es hoy la racionalidad del dominio mismo. Es el carácter coactivo de la sociedad alienada de sí misma. Los automóviles, las bombas y el cine mantienen unido el todo social, hasta que su elemento nivelador muestra su fuerza en la injusticia misma a la que servía. (p. 166)

Con la previa identificación del mundo enteramente pensado, matematizado, con la verdad, la Ilustración se cree segura frente al retorno de lo mítico. Identifica el pensamiento con las matemáticas. (p. 78)

   Horkheimer y Adorno, filósofos de la “escuela de Frankfurt”, llegaron a conclusiones diferentes de las de Popper o Heidegger a partir del mismo problema (el totalitarismo de toda ideología). “Dialéctica de la Ilustración” fue un libro que pasó desapercibido al principio, pero que hacia la década de 1960 recibió bastante atención en los medios intelectuales europeos. Quedó vinculado a la llamada “Teoría Crítica” y se lo puede considerar dentro del mismo movimiento al que pertenecen obras como “Eros y Civilización”, de Herbert Marcuse.

Se trata de que la Ilustración reflexione sobre sí misma, si se quiere que los hombres no sean traicionados por entero. No se trata de conservar el pasado, sino de cumplir sus esperanzas. (p. 55)

  Las críticas al capitalismo, al nazismo, al consumismo y materialismo de la sociedad industrial burguesa buscan retrotraerse a una tendencia instintiva de las clases superiores para imponer su sistema de vida. Los principios burgueses estarían ya sugeridos en la lejanísima “Odisea” de Homero. Y aquí ya se halla presente la amenaza de la Ilustración.

El astuto peregrino solitario es ya el homo economicus a quien todos los dotados de razón se asemejan: por eso es la Odisea ya una robinsonada. Los dos náufragos ejemplares hacen de su debilidad —de la del individuo mismo que se separa de la colectividad— su fuerza social. Abandonados al azar de las olas, aislados sin posibilidad de ayuda, su mismo aislamiento les obliga a perseguir sin miramientos su propio interés aislado. (p. 113)

   En “Dialéctica de la Ilustración” no hay ninguna crítica al totalitarismo soviético que en esa época aparecía como el claro vencedor militar de la guerra (y que probablemente no dominó Europa entera solo por la casualidad de que los norteamericanos fueron los primeros en inventar la bomba atómica). Es obvio por qué estos autores no señalan las brutalidades del régimen soviético: para los intelectuales exiliados que residían cómodamente en California, solo el marxismo podía rescatar a la Ilustración de sí misma, si bien muchos han interpretado –después, claro- que la crítica al totalitarismo que es consecuencia del vicio racionalista de la Ilustración –y la mención al terror, que también encontramos aquí- tiene que incluir el rechazo al proyecto totalitario soviético. En cualquier caso, este libro fue leído a partir de la década de 1960, cuando el marxismo, al que se unía ahora el tratamiento psicoanalítico, se consideraba vigente pero necesario de reforma.

Los nazis sabían que la radio daba forma a su causa, lo mismo que la imprenta se la dio a la Reforma. El carisma metafísico del Führer inventado por la sociología de la religión ha revelado ser al fin como la simple omnipresencia de sus discursos en la radio, que parodia demoníacamente la omnipresencia del espíritu divino. (p. 204)

  Esto se habría podido aplicar igualmente a Stalin y al sistema de propaganda comunista…

   Pero al fin y al cabo, la visión filosófica de “Dialéctica de la Ilustración” aún es valiosa cuando identifica la sociedad humana vinculada por el mito como integrada en la naturaleza, y cómo la Ilustración supone, por un lado, la rebelión contra la naturaleza e, inevitablemente, su propia corrupción al tender asimismo a crear nuevos mitos.

Para que las prácticas localmente vinculadas del brujo pudieran ser sustituidas por la técnica industrial universalmente aplicable fue antes necesario que los pensamientos se independizasen frente a los objetos, como ocurre en el yo adaptado a la realidad. En cuanto totalidad lingüísticamente desarrollada, cuya pretensión de verdad se impone sobre la antigua fe mítica —la religión popular—, el mito solar, patriarcal, es ya Ilustración. (p. 66)

  La conclusión ha de ser entonces que la Ilustración debería contar con su propia naturaleza racional separada de la tendencia mítica. La sociedad humana es una construcción hasta cierto punto maleable. La racionalidad ilustrada habría de buscar la transformación de la sociedad en una organización centrada en el bienestar humano más allá de los convencionalismos y más allá de la misma naturaleza humana instintiva (pues ya el lejano Odiseo era un “burgués”: el individuo tiende por tanto a aprovechar la injusticia social para su propio beneficio bajo cualquier circunstancia).

  Si la Ilustración no llega hasta ese punto degenera de nuevo al mito, ¿por qué? Porque el mito es la expresión convencional, instintiva de la sociedad (el ser social como integrante de un relato). Si no queremos reiniciar el mito, hemos de llevar la Ilustración hasta sus últimas consecuencias. Quedaría sociedad como mera suma de individuos vinculados por una base cultural y educativa común, pero perdería muchos de sus elementos básicos constitutivos según la concepción convencional: propiamente, la vinculación por elementos simbólicos tan emocionales como irracionales formulados en el inconsciente por la tradición (que es el contenido psicológico del mito).

Lectura de “Dialéctica de la Ilustración” en Editorial Trotta, 1998; traducción de Juan José Sánchez.

jueves, 15 de agosto de 2019

“La red humana”, 2019. Matthew O. Jackson

  Inevitable que nos sintamos inquietos por la abundancia de las modernas “redes sociales”. ¿Se sobrevalora su importancia?, ¿son más sus inconvenientes que sus ventajas? ¿Qué son, en general, las "redes humanas"?

  El economista Matthew O Jackson usa la palabra “red” (network) en el sentido del entramado de relaciones entre entidades individuales (personas o no) que determina sus funciones mutuas. El contagio de una enfermedad implica una red. Las relaciones laborales implican una red. Un ecosistema implica diversas redes.

La red humana se caracteriza porque depende de vehículos muy especiales.

El mundo se ha hecho más pequeño muchas veces antes –al aparecer la imprenta, el sistema de correo, viajes ultramarinos, trenes, telégrafo, radio, aviones, televisión y el fax. La tecnología de internet y los medios sociales son el último capítulo en la larga historia de cambios acerca de cómo interactúa la gente, a qué distancia, cómo de rápido y con quién

  Estudiar las redes implica averiguar si la mera estructura puede influir en nuestro destino con independencia del contenido de la interacción entre individuos.

Comprender las redes sociales y la manera en cómo están cambiando, puede ayudarnos a responder muchas preguntas sobre nuestro mundo, tales como: ¿de qué manera determina la posición de una persona en una red su influencia y poder?, ¿qué errores sistemáticos hacemos cuando nos formamos opiniones basadas en lo que aprendemos de nuestros amigos?, ¿cómo funcionan los contagios financieros y por qué son diferentes del contagio de la gripe?, ¿cómo la división en nuestras redes sociales alimenta la desigualdad, la inmovilidad y la polarización?

El tema de este libro es cómo las redes amplían nuestra comprensión de muchos de nuestros comportamientos sociales y económicos

  Para empezar, hay que tener en cuenta que la función de las redes sí depende claramente de sus contenidos y no solo de las estructuras. Pensemos en lo diferente que son las redes financieras y las del contagio de enfermedades.

Tener relaciones con muchos compañeros sexuales incrementa el riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual más que si se hace sexo muchas veces con la misma pareja. En contraste con esto, al dispersar los negocios entre muchas relaciones, las compañías pueden exponerse menos a los choques que pueden golpear una región, mercado o suministrador

  Jackson hace una observación interesante con respecto a la crisis económica del 2008. Según él, las autoridades infravaloraron el poder de las redes al no intervenir para evitar el desplome de ciertas entidades financieras privadas por un prejuicio moralista (¿si son culpables de la crisis, por qué ayudarlos?)

Si las varias ramas del gobierno (incluyendo el Congreso de los Estados Unidos) hubieran tenido una imagen de redes más clara de lo que sucedía en el momento, habrían  actuado de forma muy diferente (…) Las consecuencias de no intervenir aparecieron pronto y fueron de hecho de amplio alcance y catastróficas. Dejar caer a Lehman Brothers, visto hoy, fue un enorme error

   Es decir, en este caso el error estaba en considerar antes el contenido que la estructura.

Nuestro punto de partida es cómo tu posición es una red determina tu poder e influencia

Si uno quiere una receta para que descienda la incidencia de la guerra en África y en Oriente Medio, el mensaje es claro: hay que hacer crecer las economías y las redes de comercio regional, y especialmente promover el comercio entre adversarios potenciales

   Crear una disposición adecuada para el desarrollo de redes y mantenerlas por encima de todo sería un poco la filosofía de este planteamiento. Siempre sin minimizar la importancia de cómo determina el funcionamiento de la red el tipo de individuos conectados y el contenido de su interactuación. En cualquier caso, la abundancia de redes es una riqueza por sí misma.

  Otro hecho cierto: la exposición de una persona a una red de control influye en su comportamiento. Por ejemplo, si se monitoriza a una persona en sus actividades financieras.

Tener un monitor resulta una gran diferencia: incrementa los ahorros en el 35%. La gente ahorraba más trabajando más y bajando sus gastos

   Estudiar las redes es también estudiar los individuos que las forman.

Unos pocos rasgos primarios de las redes nos proporcionan una profunda visión de por qué los humanos se comportan de la forma en que lo hacen

   Pensemos, por ejemplo, en el desarrollo social de los niños.

Por el tiempo en que entran en la escuela, los niños de familias de altos ingresos han oído se estima unas treinta millones de palabras más que los niños de las familias que son atendidas por la beneficencia. (…) Los padres de las familias asistidas hablan aproximadamente 600 palabras por hora a sus bebés, mientras que los padres con profesiones universitarias hablan más de 2000 palabras por hora a sus bebés (…) Esto tiene un impacto. Entre el 86 y el 98% de las palabras que los niños usan derivan del vocabulario de sus padres (…) La interacción temprana tiene un efecto de bola de nieve.

  Lo que el lenguaje hace es capacitar al individuo para desarrollarse en redes… en existir como ser social. Igualmente, las experiencias un tanto polémicas de trasladar a niños procedentes de barriadas “conflictivas” a escuelas en barriadas prósperas, han acabado dando buenos resultados. Los individuos son los mismos, pero cambia la interacción social.

Una persona puede tener pocos amigos o contactos y sin embargo ser muy influyente si estos pocos amigos y contactos son ellos mismos altamente influyentes. Esta clase de alcance indirecto es con frecuencia donde reside el poder, y podemos ver esta clase de influencia con mucha claridad a través de los conceptos de redes.

   Jackson subraya una “paradoja de la amistad” que consiste en que los amigos de las personas que tienen pocos amigos suelen tener muchos amigos. Se trata de una paradoja fácil de comprender desde el punto de vista estadístico: las personas con muchas relaciones sociales es más probable que alcancen incluso a quienes tienen pocas relaciones sociales simplemente por la abundancia de sus contactos.

En cualquier caso, si contamos con medios para establecer redes o participar en ellas, es un error fiar nuestras expectativas en una mera relación cuantitativa. Las redes muchas veces funcionan en base a prejuicios y producen contenidos pobres cuando la estructura predomina.

  La tendencia general de la gente para interactuar con otros que son similares a ellos mismos fue llamada “homofilia”

Al final, las intrincadas redes de información y normas que están formadas por la homofilia [gusto por los que son iguales] reprimen las oportunidades y comportamientos y es por eso que estas fuerzas tras la inmovilidad son primarias –y uno puede ver la desigualdad como resultado y no como la causa. 

   El comportamiento de homofilia es una constante psicológica humana presente en todos los comportamientos de red y es siempre negativo, pues reprime la diversidad y, en la cuestión social, la movilidad es lo más deseable. Nunca se debe perder de vista la inmovilidad que implica la homofilia y nunca se la debe infravalorar.

  Como en todo, los nuevos recursos pueden dar resultados muy diferentes. Como sucedió con la radio y la televisión, las nuevas redes sociales pueden aportarnos cosas buenas y malas. Lo que necesitamos es estudiar con atención el nuevo fenómeno.

  Pensemos, finalmente, en una circunstancia vital: la llegada de nuevas informaciones, particularmente por los medios de comunicación de masas.

Si bien la tecnología [de las redes sociales] es asombrosa en su variedad, volumen y velocidad de la información que proporciona, se está haciendo cada vez más difícil conseguir noticias que son difíciles de producir pero fáciles de reenviar. Se va inclinando la producción de noticias hacia noticias producidas más fácilmente, más cortas, con más garra, y no tanto por las noticias que sirven para promover la democracia, que son costosas y arduas de conseguir

   En este caso, la facilidad de la transmisión por la red favorecería la banalidad de los contenidos. Si el objetivo de participar en redes es interactuar de la forma más provechosa y abundante, entonces se corre el riesgo de que la cantidad predomine sobre la calidad. Y la estandarización sobre la originalidad.

   Quizá los medios de comunicación, las redes sociales y los hábitos de consumo actuales son insuficientes para suplir las inclinaciones genuinas por la innovación e incluso por la prosocialidad (relaciones que favorezcan la armonía social y el bienestar mutuo). Cualquier nueva aportación en este sentido, sin embargo, tendrá ahora a su disposición nuevas oportunidades de difusión. Las nuevas redes sociales, al fin y al cabo, surgieron de la vieja sociedad y tal vez estas nuevas circunstancias ayuden a poner las bases a nuevos contenidos y nuevas fórmulas sociales por el bien común.

lunes, 5 de agosto de 2019

“Biología de los sistemas morales”, 1987. Richard Alexander

Todos los problemas importantes y preocupantes del mundo implican cuestiones morales y éticas

   Charles Darwin en vida ya se temía que su ley de selección natural (“reproducción del más apto”), añadida a la desoladora evidencia de que la especie humana desciende de los monos africanos, acabaría llevando a muchos a poner en duda toda certeza moral. Era inevitable que muchos pensaran que, si somos animales, es claro que actuamos movidos exclusivamente por impulsos egoístas y brutales. Pero no, no es así.

La moralidad como se concibe generalmente, y posiblemente tal como es incluso vista por los idealistas de la filosofía y la teología, no es contraria a la comprensión biológica de la evolución por la selección natural

  Al fin y al cabo, ¿qué es la moralidad?

Los sistemas morales son sociedades con reglas. Las reglas son acuerdos o convenciones sobre lo que se permite y lo que no, sobre qué recompensas y castigos son probables para unos actos específicos, sobre lo que es correcto y erróneo. Si bien las reglas morales son de alguna forma diferentes de las reglas legales, o leyes, las dos están relacionadas y con frecuencia coinciden. El comportamiento moral, en general, consiste en seguir las reglas- en no engañar

   Un comportamiento correcto por el bien común. Y el bien común no es lo mismo que el interés egoísta.

Los problemas y cuestiones morales y éticos existen únicamente debido a los conflictos de interés

Debido a que los grupos sociales humanos no son enormes familias nucleares, como las colonias de insectos sociales, una consecuencia es que la competición y los conflictos de intereses son también diversos y complejos hasta un enorme grado. De ahí deriva nuestra necesidad de sistemas morales

  El biólogo evolutivo Richard Alexander fue de los primeros que abordó de forma valiente y muy documentada la cuestión de la moralidad a la luz de los descubrimientos –o redescubrimientos- de la psicología evolutiva. En la década de 1960 y 1970 tuvieron lugar ciertos cambios en la ciencia social. Se teorizó la “adaptación inclusiva” (o nepotismo) y la “reciprocidad indirecta”. Todo ello en consonancia con el concepto darwiniano de “selección de grupo”.

En la reciprocidad indirecta (…) la contraprestación se espera de alguien diferente del receptor de la beneficencia

   Es decir, A obra el bien para B, con la expectativa de que esta buena acción sea observada y reconocida por C (o por D…), que a su vez hará algo bueno por A, en reciprocidad –indirecta-. Porque con su buena acción A ha conquistado una reputación que merece ser premiada por cualquiera.

Los sistemas morales son sistemas de reciprocidad indirecta. Existen debido a las confluencias de interés dentro de grupos que están acostumbrados a tratar con conflictos de interés entre grupos. La reciprocidad indirecta se desarrolla debido a que las interacciones son repetidas o fluyen entre los miembros de una sociedad y porque la información sobre subsecuentes interacciones pueden ser deducidas de observar las interacciones recíprocas de otros. Establecer reglas morales es imponer recompensas y castigos (típicamente asistencia y ostracismo, respectivamente) para controlar los actos sociales que, respectivamente, ayudan o hieren a otros. Para ser considerada como moral, una regla típicamente debe representar una opinión extendida, reflejar el hecho de que debe aplicarse con un cierto grado de neutralidad. Las reglas morales son establecidas y mantenidas primariamente mediante la aplicación del concepto de correcto e incorrecto.

Los sistemas de reciprocidad indirecta, y por tanto los sistemas morales, son sistemas sociales estructurados en torno a la importancia del estatus [o reputación]. 

   La adaptación inclusiva o nepotismo (auxilio a quienes son familia, pero no solo a nuestros parientes directos) fue un concepto que no se le ocurrió a Darwin. Por un lado, es evidente que favorecemos a nuestros hijos porque son portadores de nuestros genes… pero nuestros hermanos, sobrinos y primos también llevan parte de nuestros genes, luego desde el punto de supervivencia de la estirpe genética (que es lo que importa en biología) también estos parientes más alejados merecen cierto favor. Esto coincide con el antiguo concepto de “nepotismo”.

En sus esfuerzos en analizar el autointerés y el altruismo, los filósofos morales han omitido normalmente el nepotismo, y nunca incluyeron más que los aspectos más obvios (asistencia a la familia inmediata de uno). La incapacidad para tratar el nepotismo ha sido una importante fuente de confusión en los esfuerzos para generalizar acerca del altruismo y la moralidad

   La idea equivocada sería que el altruismo consiste en hacer el bien de forma universal, también a los extraños (¡y a los enemigos!), llegando incluso al propio sacrificio. Según Alexander esto no es así: en realidad se trata de nepotismo.

Parece no haber evidencia de que los humanos o cualquier otro organismo haya alguna vez alcanzado el altruismo indiscriminado hacia toda la especie representado en los modelos morales idealizados de la filosofía y la religión

  Para Alexander, el altruismo consiste en auxiliar a otros con el fin de ganarse una reputación de prosocialidad (reciprocidad indirecta) o auxiliar a nuestros parientes más o menos directos por el bien común de nuestro grupo más próximo (nepotismo).

La actividad vital [de los agentes biológicos] es divisible en esfuerzo somático y reproductivo, y después el esfuerzo reproductivo puede ser subdividido, al menos en los humanos, en esfuerzo por aparearse (por la conveniencia de los gametos), esfuerzo parental (por la conveniencia de la descendencia), y esfuerzo nepotista extraparental (por la conveniencia de los parientes no descendientes y de los descendientes que no son hijos)

   Lo que sucede es que a veces Alexander parece ignorar que estos impulsos naturales de búsqueda del estatus y de auxilio a nuestros parientes (incluso los menos directos) pueden verse sometidos –cuando menos en el Homo Sapiens- a una impresionante manipulación cultural a lo largo del avance de las civilizaciones.

La reciprocidad indirecta es más compleja de lo que parece, en parte debido a los beneficios a largo plazo que resultan de los efectos de ser considerado un altruista, y en parte porque uno debe tener en cuenta los beneficios al individuo que se acrecientan por el éxito de su grupo en competición con otros grupos.

   Para que el grupo triunfe sobre los demás grupos podemos necesitar de héroes, santos y líderes carismáticos. Podemos necesitar religiones que nos enseñen el autosacrificio y el civismo. Y lo que Alexander no menciona: pueden sernos muy convenientes sistemas éticos tan psicológicamente complejos que hagan que los individuos interioricen sus impulsos altruistas (nepotistas o de reciprocidad indirecta) hasta el punto del autosacrificio real, no tanto por las recompensas que reciban (materiales o no, directa o indirectamente) sino simplemente porque ya no podemos evitar actuar de esa manera.

Los individuos que se ven motivados altruistamente se convertirán en socios más fiables que los motivados por el interés propio. Por esta misma razón, un conocido donante de sangre puede recibir su “pago” de los miembros de la sociedad que lo aceptan en las interacciones sociales o lo tratan deferentemente comparado con otros conocidos por no ser donantes de sangre.

   Pero un donante de sangre que obra exclusivamente para obtener un trato deferente –es decir, que obra “por cálculo”- siempre será menos generoso que uno que obra altruistamente de forma “instintiva”. Desde el punto de vista del interés social, el donante que se preocupa menos del estatus es mucho más valioso… y por tanto la sociedad haría bien en promover tal tipo de conductas. Se logra esto, sobre todo, con la difusión de sistemas éticos capaces de inculcar ideales morales y hacer reaccionar automáticamente al individuo –como si de un instinto se tratase-. Las religiones son el sistema más conocido de lograr esto. Aunque puede no ser el único.

No dudo de que algunos individuos ocasionales llevan vidas que son verdaderamente altruistas y de autosacrificio. Si bien admirables y deseables desde el punto de vista de otros, ello representa un error evolutivo para el individuo que lo muestra. Esto solo quiere decir que yo no veo probable que tal comportamiento sea inducido generalmente

   Sin embargo, este altruismo “de autosacrificio” es consecuencia de la complejidad cultural de los sistemas éticos y, si bien puede ser un “error evolutivo para el individuo”, se trata de un extraordinario éxito social para la comunidad dentro de la cual el individuo ha sido educado –o condicionado-. Y si es bueno para la comunidad, entonces la comunidad en la que se den ese tipo de "errores evolutivos" contará ventaja sobre aquella en la que no se den (selección de grupo).

   El asunto no parece demasiado difícil de comprender: para facilitar la cooperación dentro del grupo se establecen reglas por el interés común que superan el enfrentamiento entre los intereses particulares. Ahora bien, en un principio el “grupo” no tiene una existencia institucional tal como la conocemos hoy: básicamente se trata de una familia extendida dentro de la cual se protege a los hijos, hermanos… y también a los primos y sobrinos, el “nepotismo extraparental”. Al aumentar el grupo humano hasta las complejas sociedades propias del estado civilizatorio, el “nepotismo extraparental” –primos, sobrinos y cuñados- también puede llegar a convertirse en “nepotismo desplazado” en el que se da consideración de parientes incluso a meros aliados o vecinos, “amigos”. Todo eso puede hacerse mediante manipulación cultural –todos los hombres son hermanos…- y tiene sentido desde el punto de vista biológico puesto que favorece a grupos cada vez mayores, por tanto, cada vez más eficientes a la hora de imponerse a grupos menores y menos complejos.

   Tendremos más donantes de sangre si muchos de ellos ni siquiera se preocupan por el prestigio que ser donantes pueda reportarles. Podemos contar con donantes de las dos clases: de los que se preocupan por el prestigio y de los que no.

  Así, con esta extensión del nepotismo, tenemos una vía incluso para evitar el enfrentamiento entre grupos y para conseguir el altruismo genuino a escala universal.

  El fenómeno psicológico de la interiorización de los valores morales, que Alexander no menciona, es lo que está detrás de que uno dé una buena propina en un restaurante al que sabe que no va a volver nunca, caso en el que no hay opción de “reciprocidad indirecta”, donde no se generan beneficios para el estatus. Digamos que, como consecuencia del hábito adquirido en una sociedad de reciprocidad indirecta, el individuo acaba por realizar cierto número de actos de "nepotismo extraparental” –y desplazado- a modo de “costumbre”. Esto sí es ya altruismo genuino.

Parece existir un sentimiento general de que el comportamiento moral no requiere recompensas y castigos tal como es proporcionado por la ley 

  Esto es por un motivo claro: porque el grupo que cuente con los agentes prosociales más activos (más altruistas) es el que obtendrá una cooperación más eficiente y, por tanto, se impondrá a los demás grupos. Todos lo conocemos de la historia de las civilizaciones: las coaliciones de bandidos podrán ser muy temibles durante un breve periodo de tiempo, pero las inevitables disputas internas siempre acaban debilitándolas.  Y los bandidos no se sacrifican unos por otros. Por eso, a la larga, los “buenos” siempre ganan.

  Por otra parte, Alexander, de pasada, menciona otra de las estrategias más valiosas para desarrollar una moralidad altruista extendida al sistema social

Hay muchas formas no costosas de dar beneficios que sin embargo son de gran valor para otros

   Disponer de beneficios no costosos supone una poderosa estrategia para estimular el comportamiento altruista. Una cultura puede desarrollar el gusto por beneficios no costosos de manera que se disponga de tales recursos como intercambio para los que son más costosos. La forma más simple es conceder una condecoración, al estilo soviético. Pero hay formas a la vez más complejas y más sencillas que conocemos de la vida familiar: un acto afectivo inequívoco, como un abrazo, una palmada en el hombro, una sonrisa o una frase alentadora. Para muchos, cosas que justifican una vida… y que son estímulos emocionales perfectamente explicables para la ciencia.

  Igualmente:

Una larga historia de tales recompensas a la benevolencia ha dado lugar a que evolucionen poderosos sentimientos de bienestar cuando llevamos a cabo actos benevolentes que tienden a que nuestros amigos y asociados se conviertan en nuestros deudores

  Los sentimientos de bienestar no son un mero anticipo de las prestaciones que esperamos de nuestros deudores. Ya suponen de por sí un importante estímulo. El hacer lo correcto, el recibir el afecto y agradecimiento ya son recompensas. No costosas desde el punto de vista material, pero muy valoradas. Por lo menos en nuestra cultura actual.

Pensar que los humanos existan sin conflictos de intereses es asumir situaciones que impliquen o imiten lo que los biólogos han llegado a llamar selección de grupo, en una forma que se opone explícitamente a la noción de los individuos que luchan para maximizar su éxito reproductivo por separado

  Sin duda es antinatural que el éxito reproductivo deje de ser valorado, pero también es antinatural que el éxito sexual no implique hoy éxito reproductivo: hoy en día, las personas fracasadas de la clase social más baja suelen tener más hijos que las personas de éxito de la clase social más alta.

Mi visión de los sistemas morales en el mundo real (…) es que son sistemas en los cuales los costes y beneficios de acciones específicas son manipulados a fin de producir asociaciones razonablemente armoniosas en las cuales todo el mundo, sin embargo, persigue sus propios intereses (en términos evolutivos). No espero que los argumentos morales y éticos puedan alguna vez ser resueltos debido a que los conflictos de intereses no pueden ser resueltos de forma definitiva. Los contratos y compromisos son entonces (al menos actualmente) las únicas soluciones reales para los actuales conflictos de intereses. Es por esto que las decisiones morales y éticas deben tomarse a partir de las decisiones del colectivo de individuos afectados; no hay una sola fuente del bien y del mal

   Afortunadamente, el mundo real en el sentido biológico estricto ya apenas existe entre los seres humanos. La cultura y la civilización han alcanzado tal complejidad que el mundo biológico ya no es el principal interés. Eso no quiere decir que no sea útil conocer el origen biológico de nuestras formas de vida social civilizada. Todo lo contrario. Mientras más sepamos de la vida instintiva, con más precisión podremos manipularla.

Que la gente simplemente se ame o respete los unos a los otros y no compita con riesgo, requeriría alteraciones del comportamiento humano tan profundas que implicaría que no existiera naturaleza humana en absoluto

   Afirmación tendenciosa aunque con su parte de verdad: si la naturaleza humana se basa en el enfrentamiento entre grupos a fin de que el grupo más eficiente alcance el éxito reproductivo, el mundo actual no obedece a la naturaleza humana: las naciones más prósperas se reproducen menos que las más desdichadas. Ni siquiera podemos descartar hoy que los grupos más eficientes tiendan a su autodestrucción precisamente por el carácter ético de su forma de vida. Hoy por hoy, muchas naciones europeas están viendo amenazada la base de su prosperidad por la tolerancia a la inmigración. Estadísticamente, los núcleos de población de origen inmigrante en Francia o Gran Bretaña son mucho más antisociales que los de origen nativo. Y se reproducen mucho más: esto supone una pérdida económica para la sociedad que va en contra de los intereses particulares de la población nativa. Pero es irremediable porque los imperativos éticos de Francia o Gran Bretaña hacen imposible, por ejemplo, crear campos de concentración o deportar en masa –o exterminar, como se hacía en otras épocas- a todos los inmigrantes. En suma: el comportamiento ético ha ayudado al desarrollo de las sociedades desde el punto de vista civilizatorio, pero al mismo tiempo las ha puesto en peligro desde el punto de vista biológico; la solución la encontraremos en nuevas fórmulas de convivencia siempre en el mismo sentido de desarrollo ético.

   El mismo Richard Alexander se contradice

Incluso la benevolencia indiscriminada puede ser compatible con que los humanos hayan evolucionado mediante el éxito diferencial en la reproducción

   Por supuesto que sí. La benevolencia indiscriminada puede ser una consecuencia necesaria de la evolución de la ética biológicamente determinada. De individuos egoístas en conflicto que solo admiten la reciprocidad directa pasamos a individuos astutos que procuran obtener ventajas mediante la reciprocidad indirecta y el nepotismo extraparental; de ahí pasamos a buenos ciudadanos que practican el “nepotismo desplazado” –consideran “hermanos” a todos sus conciudadanos- e interiorizan el comportamiento cívico, sensibilizándose a compensaciones no materiales a cambio de su buen comportamiento; el paso evolutivo final sería una comunidad planetaria de santos que practicarán la benevolencia indiscriminada. Es esta una visión perfectamente racional.

jueves, 25 de julio de 2019

“El esquema”, 2019. Nicholas Christakis

  “Blueprint” es el título original de este libro del sociólogo Nicholas Christakis que se refiere al esquema o patrón evolutivo que se encontraría impreso en nuestros genes y que determina tendencias fundamentales de nuestra vida social.

Todos llevamos dentro de nosotros un patrón evolutivo que contribuya al funcionamiento de una buena sociedad

  Las costumbres y culturas cambian, sin duda, el aspecto de la vida humana en sociedad, pero  tales condicionantes se hallan limitados a su vez por unas peculiaridades inamovibles. Christakis identifica ciertas reglas innatas para lo que él considera el “juego social” –social suite- que se repite en todas las culturas

En el núcleo de todas las sociedades (...) están las reglas del juego social: 1) capacidad para tener y reconocer una identidad individual; 2) amor por los padres y descendencia; 3) amistad; 4) redes sociales; 5) cooperación; 6) preferencia por el propio grupo (el sesgo endogrupal); 7) moderada jerarquía (esto es, relativo igualitarismo); 8) aprendizaje y enseñanza sociales

No digo que las diferencias entre sociedades están basadas en nuestros genes. Más bien, estoy diciendo que las similitudes entre sociedades –hechas visibles en el juego social- están basadas en nuestros genes

  Las similitudes llegan hasta aspectos que pueden parecer contingentes pero que resultan no serlo.

Estoy centrado en universales que han sido codificados en nuestros genes más que en aquellos que han aparecido (independientemente, en múltiples lugares) simplemente como una respuesta inmediata al entorno en el que se encuentran los humanos (por ejemplo, la potencialmente universal presencia de redes de pesca en culturas que explotan ríos y mares para obtener comida)

  Para ilustrar esta diferencia, pensemos en cómo Peter Watson exploró las similitudes entre la América precolombina y el resto de la humanidad. Recordemos que la América precolombina era prácticamente otro planeta habitado por seres humanos, que en ningún momento entró en contacto cultural con el resto de la humanidad hasta 1492. Y sin embargo, se daban sorprendentes paralelismos. En muchos casos, desde luego, no se trataba meramente de responder a problemas parecidos. Las ruedas hubieran sido útiles para avanzar por las carreteras que estas civilizaciones construían y sin embargo no las utilizaron; tampoco habían llegado a acuñar moneda. En cambio, construir pirámides y hacer momias no tenía utilidad práctica, y se encontraban en América de forma parecida a como las encontramos en Egipto.

Un conjunto relativamente pequeño de rasgos universales sostiene la autoorganización de los humanos en sociedades

Podría haber incluso menos diversidad entre los humanos que viven en diversos lugares de la que esperaríamos porque, en un aspecto importante, todos los humanos experimentamos el mismo entorno (…) [Esto es porque] la mayor amenaza para los humanos, más que los predadores o cualquier exigencia del entorno natural, son los otros humanos(…) La razón para nuestra humanidad común es que siempre hemos vivido entre miembros de nuestra propia especie y hemos evolucionado para afrontar precisamente esa exigencia

   Por otra parte, si lo que tenemos en mente es mejorar la vida social (es decir, mejorar las relaciones entre miembros de nuestra propia especie) tampoco tenemos que considerar la relativamente escasa diversidad como una limitación insalvable. Incluso es viable pensar que el que no existan casos de sociedades del todo pacíficas no implica necesariamente que esto finalmente no pueda llegar a darse. Poseemos la capacidad de elaborar modificaciones culturales por las que resulta factible desarrollar esquemas particulares increíblemente complejos que, hasta cierto punto, cuestionen los instintos ancestrales

Nuestra capacidad para crear cultura es en sí misma una adaptación moldeada por la selección natural. Pocas especies tienen cultura, y aquellas que sí la tienen son las que cuentan con los genes que lo hacen posible

Una vez la transmisión cultural llegó a existir, nuestra especie enfrentó circunstancias que favorecían a los cerebros capaces de aprender y enseñar, así como a los cerebros que podían respetar normas, copiar modelos o transmitir información. A su vez, a medida que los humanos cada vez más eran capaces de confiar en el conocimiento de los demás, se hicieron incluso más amistosos y amables de modo que pudieran interactuar razonablemente en paz dentro de los grupos y así podían aprovechar mejor las instancias sociales a fin de sobrevivir. La cultura construye, y refuerza, nuestra capacidad evolucionada para hacer una buena sociedad.

   Una cultura ideal sería una basada en el mutuo altruismo, lo que permitiría la mayor cooperación posible dentro de entornos sociales de extrema confianza, donde la conflictiva coacción que se ejerce sobre los individuos por conveniencia del bien común ya sería innecesaria. Todos los elementos para hacer posible tal sociedad ya existen, dispersos, en nuestra naturaleza, pero es la elaboración cultural la que permitiría coordinarlos en una forma determinada… y expandir tal modelo cultural a toda la humanidad.

Parece que a lo largo del tiempo evolutivo, los humanos evolucionaron para amar primero a su descendencia, después a sus parejas y después pasaron a sentir afección por sus parientes biológicos, de ahí se pasó a los no biológicos (“políticos”) y después a sus amigos y grupos. Tal vez estemos en medio de una transición a gran escala para convertirnos en una especie que sienta apego por un número mayor de personas

   Por encima de todo, considerar nuestra naturaleza genética común no debe hacernos caer en la falacia naturalista: que seamos en origen una especie de animales sociales agresivos y poco evolucionados culturalmente no tiene por qué limitarnos.

La clase de extremo conflicto intergrupal letal que vemos en los humanos –propiamente, la guerra abierta- es extraordinariamente infrecuente en los animales

 Esto es cierto… como también lo es que ninguna otra sociedad de animales es capaz de obtener tanta cooperación entre individuos no emparentados como sucede con los humanos. Nuestra misma capacidad para la guerra demuestra que somos capaces de coordinar enormes masas de individuos en un fin común. De hecho, quizá los orígenes del altruismo se encuentren también en la violencia entre grupos.

El altruismo implica ayudar a los miembros del intragrupo a coste para uno mismo, y el etnocentrismo (o localismo) es hostilidad hacia los miembros del extragrupo. La escasez periódica de recursos –por ejemplo, debida a sequías o inundaciones- es un predictor clave del conflicto entre los grupos de forrajeros contemporáneos (…) Era útil tener el altruismo al servicio del conflicto extragrupal.

  También en las relaciones privadas. Las familias unidas son más poderosas que aquellas que se disgregan por disputas internas.

La supervivencia preferente de la descendencia de los padres que se sienten vinculados el uno al otro habría favorecido, a lo largo de la evolución, la práctica del apego y modelado la psicología evolucionada de nuestra especie

  Estos éxitos de la competencia entre grupos se basan, pues, en el desarrollo del altruismo: mientras más individuos se sacrifiquen por el bien común, más poderosa es la agrupación de tales individuos. El Homo sapiens cuenta con grandes recursos psicológicos para desarrollar estas agrupaciones. Llamemos “apego” -attachment- a ese recurso psicológico básico. Existe en muchos animales, sobre todo en los mamíferos. Pero es más poderoso en el Homo Sapiens, y a partir de ahí la manipulación cultural hace lo demás para poner en marcha esos grandes grupos competitivos.

El vínculo de pareja y el cuidado conjunto de los niños ponen la base para la cooperación y amistad con individuos no emparentados

De los cinco a los nueve años, los niños centran [la amistad] en actividades compartidas o recompensas superficiales (“me gusta jugar con su colección de Lego”). En torno a los nueve años, los niños hacen una transición hacia una noción más abstracta de amistad, tal como la lealtad y la confianza, y reconocen los deberes y transgresiones de los amigos. En el tercer periodo, durante la adolescencia, las expectativas se pueden hacer todavía más abstractas, centrándose en el compromiso, empatía y afección

  El altruismo tiene otros aspectos prácticos como, por ejemplo, hacer posible el aprendizaje:

Puesto que enseñar es costoso para los maestros y no los beneficia necesariamente, realmente se trata de un tipo de altruismo

   Igualmente, es posible que el origen evolutivo de muchas de otras emociones notables –aparte del apego-, incluso las trascendentes, que son consideradas de las más humanas, sea bastante prosaico

Algunos científicos creen (si bien es difícil de probar) que el sobrecogimiento [awe] es una emoción evolucionada a fin de producir un cambio cognitivo que reduce el egocentrismo y hace a la gente sentirse más conectada con los otros. Responder a fenómenos naturales poderosos –como tormentas o terremotos o vastas expansiones de hielo o desierto – con una pérdida de egoísmo y un incremento en vinculación del grupo podría haber sido valioso para la supervivencia de los antiguos humanos

  Nicholas Christakis dedica bastante atención a un caso notable de manipulación cultural, las extrañas costumbres familiares del pueblo Mosuo (o "Na"), en el sur de la actual República China, que contradicen aparentemente el principio de unidad familiar universal: entre los Mosuo no existen relaciones padre-hijo… solo hay madres, tíos y primos…

Para alcanzar esta extraña forma cultural, los Mosuo explotan uno de los rasgos de nuestra especie, la capacidad para cooperar y compartir, aplicándolo aquí a la búsqueda de pareja. Y se aprovechan de la capacidad humana para inventar formas de vivir y encontrar significado en ellas. Esto es, la capacidad para el aprendizaje social y la transmisión cultural -la cual es parte de las reglas de juego social- es un aspecto crucial de nuestra adaptación como especie y de nuestra capacidad para manifestar muchos patrones maritales que subyacen a un impulso del vínculo de pareja

Muchos han argumentado que la extremadamente inusual práctica sexual de los Mosuo desmiente la ubicuidad del matrimonio, sugiriendo que la monogamia no puede tener base biológica. Pero la existencia de la variación no quiere decir que no haya una tendencia central en nuestra especie.

  Por lo tanto, la tendencia central no nos limita de forma irremediable, pero sí que nos da buenas pistas acerca de cómo podemos manipular esos instintos. Las mujeres y hombres Mosuo podían vivir sin matrimonio, igual que muchos jóvenes educados de Europa Occidental hoy también pueden.

  Pensemos entonces en otras afirmaciones acerca de la vida familiar:

Un examen de datos etnográficos de 69 culturas poligínicas no sororales no logra registrar una sola sociedad donde las relaciones entre coesposas pueda describirse como armoniosa

  De no haberse conocido el caso de los Mosuo, algo parecido se hubiera podido afirmar de que sistemáticamente se críen hijos sin padres. Igualmente, conocemos casos de incesto institucionalizado, que puede sostenerse, sea o no armonioso. Y de no haberse dado el extraño caso de la civilización mexica, probablemente se hubiera dicho que ninguna civilización avanzada puede practicar el canibalismo.

  El incesto entre la aristocracia del antiguo Egipto, el canibalismo mexica y las extrañas familias matrilineales de los Mosuo demuestran que en la complejidad de las funciones sociales innatas del Homo Sapiens pueden darse excepciones. Y, por tanto, también demuestran que si civilizaciones primitivas pudieron llegar tan lejos en sus manipulaciones culturales, tanto más puede conseguir el sofisticado Homo Sapiens socialmente organizado a partir de los cambios de la Ilustración.

  Por ejemplo: la igualdad entre el hombre y la mujer no existe en civilización ancestral alguna (desde luego, no se da entre los Mosuo), pero parece que es ya irreversible en la civilización occidental del siglo XXI. Por ejemplo: no hay precedentes de sociedades sin religión, y sin embargo todo indica que las sociedades más avanzadas de este siglo van camino de erradicar las creencias religiosas.

  No podemos descartar nada. Que exista un “esquema” de reglas de juego social innatas puede más bien orientarnos para manipular tales reglas según nuestra elección más que negar nuestra libertad. En lo más importante, el control de la agresividad y el desarrollo del altruismo, no podemos desechar la posibilidad de que futuras manipulaciones y estrategias culturales den fruto en ese sentido en las generaciones por venir.

lunes, 15 de julio de 2019

“Vivir con los dioses”, 2018. Neil MacGregor

  El libro del historiador Neil MacGregor –con abundantes ilustraciones- a veces parece un hermoso reportaje acerca de las manifestaciones plásticas de las religiones. Intencionadamente busca fijarse en los aspectos más positivos de la religión en el desarrollo de la civilización.

Una sociedad con una creencia en algo situado más allá de sí misma, un relato que vaya más allá de lo inmediato y más allá del yo, parece estar mejor equipada para afrontar las amenazas que pueda sufrir su existencia, para sobrevivir y para prosperar. (…) El sociólogo francés Émile Durkheim afirmaba que, sin ese tipo de historias de carácter integral, lo que él denominaba «una idea que se construye a partir de sí misma», en la práctica no puede haber sociedad.

  Esta visión “durkheimiana” no es aceptada universalmente hoy, pero tampoco resulta un anacronismo desde el punto de vista científico. Y tampoco cierra las posibilidades de un examen atento y lúcido del fenómeno religioso.

Uno de los hechos cruciales de la existencia humana: toda sociedad conocida comparte un conjunto de creencias y de supuestos —una fe, una ideología, una religión— que van mucho más allá de la vida del individuo y forman parte esencial de su identidad común. (…)A veces son de carácter laico: el nacionalismo es el ejemplo más claro; pero a lo largo de la historia han sido sobre todo religiosos, en el sentido más amplio del término. Este libro no es en absoluto una historia de las religiones, ni un alegato a favor de la fe, y aún menos una justificación de cualquier sistema de creencias concreto. Antes bien, se propone investigar, a lo largo de la historia y en toda la extensión del globo, una serie de objetos, lugares y actividades humanas para tratar de entender el posible significado de las creencias religiosas compartidas en la vida pública de una comunidad o nación, cómo estas configuran la relación entre el individuo y el Estado y cómo se han convertido en un factor decisivo a la hora de definir quiénes somos. Y ello porque, al elegir cómo convivimos con nuestros dioses, también elegimos cómo convivimos entre nosotros.

  Hoy sabemos que “sin Dioses” se vive mejor. Pero incluso las sociedades más escépticas y racionalistas tienen problemas a resolver y probablemente, si bien los Dioses no nos aportarán mucho en lo sucesivo, sí seguiremos necesitando de creencias comunes.

Las creencias comunes habrían permitido a las personas relacionarse mediante universos sociales mucho mayores que el grupo local. Compartirían con otras una determinada interpretación del mundo y los símbolos o los rituales que podían utilizarse para articularla. Y eso les proporcionaría una especie de parentesco —un tipo de comunidad— en un área mucho mayor de lo que era posible hasta entonces.

 Algo se puede aprender, por tanto, de cómo se resolvieron algunos problemas en el pasado cuando se desarrollaron creencias específicas capaces de influir emocionalmente a toda una sociedad en su conjunto. Y si la religión fue la más trascendente base de tales creencias, quizá el más importante recurso del progreso civilizatorio, bien vale fijarnos en lo que supusieron entonces para unos seres humanos que, al fin y al cabo, eran iguales a nosotros.

Vivir adecuadamente con otros, convivir con el prójimo, es lo más cerca que podemos estar del cielo.

  De todas formas, MacGregor no parece entusiasmado con las sociedades sin religión.

Creo que el papel cada vez menor de la religión institucional se ha traducido en una grave pérdida de sentimiento comunitario, ya que el practicante religioso ha dado paso a un consumidor cada vez más atomizado. Todas las tradiciones (…) afirman que la vida del individuo se puede vivir mejor en comunidad y todas ellas ofrecen formas de hacer realidad esa afirmación

  Sentimiento comunitario. Tal vez el error esté ahí. Supongamos que sustituimos el sentimiento comunitario, grupal, casi de manada de animal social, por un sentimiento de afección individualista universal (una comunidad que es una suma de afecciones de proximidad). ¿No sería eso más productivo y acorde con los ideales humanistas de la Ilustración? Al fin y al cabo, el comunismo de tipo soviético -¿una religión política?- obtuvo algunos resultados y sentó un precedente de una nueva formulación –no teísta- de las creencias comunitarias, demostrando la riqueza de los cambios que pueden producirse en ese ámbito.

  Incluso en la recopilación de Mac Gregor encontramos algunos indicios al respecto: las creencias religiosas van en un sentido cada vez más individualizador y, por lo tanto, en cierto sentido también menos comunitario (en el sentido de comunidad como cuerpo colectivo que deja al individuo en un segundo plano). Hubo cambios y seguirá habiéndolos.

El hecho de pensar en la existencia de un solo Dios todopoderoso presenta un gran atractivo intelectual y emocional. Si existe una sola voluntad, un solo intelecto que creó y mantiene el universo, en última instancia todo debe estar organizado basándose en principios coherentes y comprensibles.

  Y después…

Tras la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 e. c. (…) el centro de la devoción y la práctica religiosa judías se alejó del ritual y el sacrificio para fijarse en las Escrituras y en una tradición rabínica basada en leer y escuchar, en reflexionar e interpretar el significado de la ley judía

Puede parecer extraño, en un libro que trata de las creencias como un asunto comunitario, que nos centremos aquí en una actividad tan personal como la oración privada, la búsqueda individual y compleja por parte de cada alma (…) La oración puede parecer —al menos desde fuera— una forma de retraimiento social. 

  Y después…

En la Europa de los siglos XIII y XIV se da un nuevo tipo de interioridad espiritual, no solo en la religión, sino también en la poesía amorosa. Las personas se interesan más en lo que ahora llamaríamos «psicología humana». Esto implica hacer un especial hincapié en el elemento emocional de la religión, cultivado en particular por la orden franciscana, pero inspirado también en personas como san Anselmo y los cistercienses. Este enfoque de la fe se traslada asimismo al mundo seglar, donde las personas exploran una gama más amplia de emociones en su experiencia religiosa. 

   Y después…

En los primeros siglos del cristianismo, la oración era algo completamente físico, como ocurre en los rituales de oración del islam actual. La gente se ponía de pie, se inclinaba, se postraba, se arrodillaba, tal como hacen todavía los musulmanes. Sin embargo, parece que en el siglo XVI la oración se hizo más mental, más abstracta. Los puritanos prohibieron bailar y cantar y perdimos buena parte de ese dinamismo corporal de nuestra oración, que los musulmanes —creo que sabiamente— han conservado

  Y después…

La imagen que cambia la vida es un arma de doble filo. Fue en parte por ello por lo que la mayoría de los reformadores protestantes se mostraron profundamente hostiles hacia ellas. Como muchos otros movimientos religiosos, creían que la única forma fiable de transmitir las verdades de la religión era mediante la palabra: la imagen resultaba un peligro para la verdadera fe y era mejor destruirla.(…) Ha habido muchas personas que creen que las imágenes constituyen, en la práctica, idolatría y que solo la palabra puede conducir a Dios

   Aunque a MacGregor le guste la idea de la oración ritualizada en común de, por ejemplo, los musulmanes, tiene que reconocer que desaparecieron los panteones de Dioses, que aparecieron las doctrinas formadas en abstracciones lógicas –La Palabra-, que vino la oración en soledad, interiorizada, despojada de iconos… ¿No sería la desaparición del mismo Dios como concepto e idea la conclusión final de esta evolución de las creencias hacia la individualización? En cualquier caso, todo observador del fenómeno religioso –o de las creencias- percibe el cambio

Las religiones parecen ser sustanciales y perdurables solo porque cambian constantemente de manera invisible

  Y otra precisión: el rol político de las religiones. Siempre ha existido, lo cual confirma la visión durkheimiana.

Casi toda la teología tiene un cariz político y en el mundo antiguo casi toda la política tiene un cariz religioso; es solo nuestra visión occidental posterior a la Ilustración la que nos hace querer distinguir claramente entre ambas

  ¿Pero no sería más deseable una religión –o sistema de creencias comunes- no político?  Esto excluiría, por supuesto, el experimento –fracasado- de las religiones políticas de los estados totalitarios del siglo XX, pero también la implicación política de las teologías… y las mismas teologías.

  ¿No fue el “Al César lo que es del César” quizá uno de los elementos esenciales del triunfo del cristianismo (y del Budismo)?

  Por supuesto, podría ser que las nuevas creencias comunes no se expresen en el futuro de la forma cohesionada que hoy conocemos, y que las creencias “de sentido común” de la sociedad liberal occidental actual sean todo lo que necesitamos, pero si han de producirse cambios importantes para superar nuestro aparentemente estancamiento civilizatorio –persistencia de la precariedad, la desigualdad, la insatisfacción- es probable que necesitemos nuevas creencias.

  De los cambios que tal vez nos esperan, a la desaparición de los Dioses -las tradiciones de la hoy inadmisible sobrenaturalidad- tal vez se añada la desaparición de las ideologías políticas, en tanto que implican la subordinación de los destinos individuales a duras disciplinas por interés del grupo (grupos que siempre están estratificados, con un visible liderazgo). Una autonomía del individuo dentro de una sociedad en armonía requerirá también de creencias comunes y estas creencias comunes también deberán desarrollarse –no basta, evidentemente, con enunciarlas- en base a estrategias psicológicas que, no siendo ya iguales a los antiguos mitos, rituales o manifestaciones de arte plástico, deberán abarcar todos sus efectos positivos excluyendo los negativos. Parece ese el sentido de los cambios en el pasado y por lo tanto habría de serlo también para los cambios futuros.

viernes, 5 de julio de 2019

“Buenas razones para malas sensaciones”, 2019. Randolph Nesse

La meta de este libro es mostrar que preguntarse por qué la selección natural nos ha dejado tan vulnerables puede ayudarnos a encontrar sentido al desorden mental y hacer el tratamiento [psicológico] más efectivo. Las posibles respuestas sugeridas aquí son ejemplos, no conclusiones; algunas resultarán estar equivocadas

   La enfermedad o el trastorno es algo constante en el ser humano… tanto como lo es en todos los seres vivos. Y sin embargo, las deficiencias son algo que tendría que quedar superado en el proceso evolutivo. La reproducción de los más aptos implica que son los más aptos los que dejan su herencia ¿por qué entonces persisten, por ejemplo, los trastornos o desórdenes mentales?

   El psiquiatra evolutivo Randolph Nesse nos recuerda que, como siempre, hemos de tener en cuenta que la selección natural no se ocupa de la felicidad humana. Solo se ocupa de asegurar la propagación de una estirpe genética. Recordemos, por ejemplo, que los seres humanos querríamos vivir tan prolongadamente como fuera posible, mientras que, desde un punto de vista meramente evolutivo, cuarenta años es suficiente para asegurar la reproducción de la especie: veinte años para engendrar un hijo que, a su vez, al cabo de otros veinte, podrá engendrar otro hijo, con lo que se asegura la continuidad…

El ojo estaría mejor sin un punto ciego. El canal de parto es demasiado estrecho. La protección contra el cáncer es insuficiente como lo es la protección contra la infección.

   Y sabemos también que, desde que se descubre la agricultura, los Homo sapiens somos menos robustos, e incluso con mayores deficiencias nutricionales. Desde luego, no hay muchos motivos para estar agradecidos a la Naturaleza por habernos creado: no lo ha hecho en nuestro interés. Pero nosotros podemos buscar nuestro interés incluso en tales circunstancias

Una variación genética que causa la calcificación de las arterias coronarias que mata a mucha gente a los noventa años puede sin embargo convertirse en universal si también hace que los huesos rotos se curen más rápidamente en la infancia.

  Lo importante es que no es imposible encontrar tratamiento para los problemas coronarios de los ancianos con independencia de que el proceso de calcificación siga siendo útil para los niños.

  Teniendo esto claro, examinemos algunos asuntos desde una perspectiva realista y con la esperanza de que ello pueda ayudarnos a resolver o aliviar algunos problemas. Problemas de las personas, no de la especie… En el caso que ocupa el libro de Nesse, problemas mentales o más propiamente problemas emocionales: depresión, ansiedad, pánico…

En lugar de asumir que la emoción positiva es buena y la negativa es mala, los expertos con una perspectiva evolutiva pueden analizar lo apropiado de una emoción para una situación

  Por ejemplo, nadie quiere pasar por el mal trago de una depresión. Pero la selección natural tiene sus razones para ello…

El estado de ánimo recoloca las inversiones de tiempo, esfuerzo, recursos y toma de riesgos para maximizar la adaptación darwiniana en situaciones de variadas posibilidades. Estados de ánimo alto y bajo ajustan la cognición y el comportamiento para afrontar situaciones propicias o no propicias

  Pongamos por caso –como el autor suele señalar- que estamos deprimidos porque somos objeto de inferioridad social –porque somos esclavos en la Antigüedad, o simplemente porque nos han despedido del trabajo…

Luchar por el estatus social con frecuencia crea metas inalcanzables, pero un estado de ánimo bajo crónico puede también ser útil para aquellos que se encuentran constreñidos a una posición subordinada

  Es útil porque impide que la lucha por una meta inalcanzable nos destruya…

   O el hambre: Homo sapiens en estado de naturaleza (prehistoria…) tenía que estar preparado para situaciones de hambruna

La deprivación calórica [hambre] sucedía en ocasiones en la época de nuestros antepasados, y continúa en muchas partes del mundo. En tales situaciones es sabio evitar las actividades vigorosamente competitivas

  El hambre nos mantiene deprimidos: nos hace ahorrar calorías con nuestra inactividad. Humillados y hambrientos, sufrimos depresión, pero la depresión nos ayuda a mantenernos con vida.

Las emociones no fueron diseñadas; evolucionaron. En lugar de una función, cada emoción tiene muchas (…) Las emociones tienen más sentido cuando las vemos como modos especiales de operación que incrementan la capacidad para afrontar ciertas situaciones

   La ansiedad…

Los individuos con capacidad para la ansiedad es más probable que escapen de situaciones peligrosas en el presente y que las eviten en el futuro

  La represión (también la freudiana, por supuesto)

La represión [del inconsciente] podría simplemente ser una limitación inevitable del sistema cognitivo. (…) Mucho contenido inconsciente no es que no esté disponible; está activamente bloqueado del consciente por mecanismos especializados llamados defensas del ego

  La disonancia cognitiva y el autoengaño…

Disonancia. Una vez se toma una solución, la gente ve todas las razones por las cuales su decisión fue inteligente y por qué las otras elecciones no fueron tan buenas

Robert Trivers (…) argumenta que el autoengaño evolucionó para hacer más fácil engañar a otros (…) Una gran parte del psicoanálisis puede describirse como una teoría del autoengaño

   Nesse hace una larga relación de estas “malas emociones”. Aparecen aquí todo tipo de problemas que dan lugar a desórdenes mentales. También muchas “enfermedades”, aparte de la depresión, como la esquizofrenia, la bipolaridad o el trastorno obsesivo compulsivo. Todo tiene su origen, esclarecido con mayor o menor acierto por el estudioso. En conjunto, la naturaleza nos da elementos de sobra para hacer de nuestras vidas un infierno.

  Sin embargo…

Aquellos que estudian la evolución pueden comprender mejor las motivaciones y las emociones que aparecen en respuesta a las dificultades en perseguir metas. Su comprensión de las relaciones los ayuda a comprender por qué los conflictos son inevitables y cómo reducirlos

El tratamiento de desorden de pánico se mejora si los clínicos reconocen que los ataques de pánico son falsas alarmas en el sistema de lucha-o-huye y (…) explica por qué las falsas alarmas son comunes. El tratamiento de desórdenes de alimentación se mejora por el reconocimiento de que las dietas duras producen mecanismos de protección ante la hambruna que son proclives a iniciar una espiral de feedback [lo que impulsa a comer más]. El tratamiento de la adicción se mejora al reconocer que la adicción es el resultado cuando los mecanismos de aprendizaje encuentran sustancias y rutas de entrega que nuestros antepasados nunca imaginaron

  Como siempre, tan solo el sentirnos conocedores de qué nos lleva por el mal camino ya es una gran ayuda, y no debemos dejarnos llevar por un fatalismo absurdo como si estuviéramos “programados” para la infelicidad al servicio de las tendencias genéticas

La creencia de que hemos sido seleccionados para el egoísmo es socialmente corrosiva. Su expansión haría la vida más solitaria y brutal de lo que ya lo es.

   Los conocimientos también proporcionan métodos prácticos para afrontar nuestros problemas. Aquí se hace inevitable recordar al doctor Freud, que hace ya tanto tiempo, con el psicoanálisis, ofreció una explicación a la que podíamos atenernos. Incluso si esa explicación no siempre era exacta nos aportaba certezas que ayudaban a buscar soluciones en general.

Freud estaba convencido de que el miedo a salir a la calle era el resultado de impulsos sexuales inconscientes para convertirnos en un buscador [de oportunidades sexuales] (…) Pero hay una explicación más fácil para la asociación de la agorafobia con los ataques de pánico. Imagínese que usted es un cazador-recolector que ayer por poco escapó al ataque de un león. ¿Qué sería lo más inteligente de hacer hoy? Quedarse en el campamento si es posible. Si hay que salir, no ir lejos y no ir solo. Evitar espacios abiertos y espacios sin salida, donde se sería especialmente vulnerable al predador.

  Habrá quien opine que pensar en términos del cerebro del hombre prehistórico no nos ayuda mucho. Pero si la consideración de los traumas sexuales a los que Freud atribuía tantos problemas ayudó a algunos, también considerar sensatamente nuestras tendencias antisociales desde el punto de vista de la evolución del Homo sapiens "en estado de naturaleza" puede hacerlo.

Los hombres que carecen de celos tienden a tener menos hijos que los hombres cuyos celos –por muy detestable, peligroso y repelente que esto sea para todos y para la sociedad- hacen los embarazos más probables

   De modo que es normal tener celos. Eso no quiere decir que tener celos sea algo bueno –eso sería la “falacia naturalista”-, pero sí que no debemos inquietarnos excesivamente por ello. Y podemos también estar molestos porque, a pesar de nuestras convicciones ecológicas e incluso vegetarianas, nos sintamos constantemente tentados por alimentarnos de carne asada: no es tan grave, porque Homo sapiens es un cazador-recolector carnívoro y al consumo de carne asada le debemos muy probablemente incluso el desarrollo fisiológico de nuestros cerebros, de modo que tal inclinación ha de estar forzosamente arraigada en nuestros genes –como siempre, en menor o mayor medida dependiendo del individuo-. Si sabemos a qué nos enfrentamos podemos combatirlo mejor.

  Finalmente, una visión evolutiva del comportamiento humano también nos da indicaciones optimistas acerca de cómo desarrollar una vida más prosocial, de mutua ayuda. Por ejemplo, en el caso de asociación por selección.

Los humanos tienen tendencias extremadamente prosociales que necesitan explicaciones adicionales. Proporcionarlas es un importante desafío académico que está haciendo progresos. La clave para una solución general viene de reconocer que los altruistas que se asocian selectivamente con otros altruistas obtienen ventajas en comparación con los que meramente intercambian favores con otros encontrados al azar. La simple proximidad geográfica es el mecanismo más simple; la descendencia de los altruistas presumiblemente vivirá en la proximidad de otros altruistas.

  Es difícil difundir la prosocialidad, ya que el altruismo y la benevolencia son muy costosos para el individuo, lo cual explica que tales tendencias tan beneficiosas para la vida en sociedad se extiendan tan lentamente, pero la asociación por selección nos da una buena pista acerca de cómo la prosocialidad va, poco a poco, avanzando: los altruistas que se asocian selectivamente con otros altruistas obtienen ventajas en comparación con los que meramente intercambian favores con otros encontrados al azar. Parece obvio, pero no lo es. Muy al contrario, la tendencia suele ser que la sociedad alienta a los altruistas a distribuir su influencia benéfica equitativamente entre el conjunto de individuos de la sociedad: no alienta la asociación entre altruistas, sino todo lo contrario. Pero eso va en detrimento de la promoción del altruismo, ya que si dejamos que se desarrolle la tendencia de asociación por selección (de afinidad) lo que estamos es potenciando enormemente el altruismo: éste es fácilmente promovido, difundido y potenciado en un entorno donde los altruistas cada vez se ven menos decepcionados. Este desarrollo y expansión del altruismo tendría lugar solo dentro de entornos localizados –donde sucede la asociación entre altruistas-. Ahora bien, en un mundo globalizado, como el nuestro, la sociedad convencional –donde el altruismo es excepcional y no mayoritario- no puede ser indiferente a los fenómenos sociales que tendrían lugar dentro del entorno en concreto donde tiene lugar la asociación de altruistas. Al producirse fenómenos de altruismo a gran escala se daría lugar a nuevas formas culturales, logros económicos y enunciados ideológicos todos ellos derivados de la interacción entre altruistas: el altruismo aportaría innovaciones sociales para el conjunto de la sociedad que no podría mostrarse indiferente a su existencia.

   Es decir, en lugar de desperdiciar a nuestros altruistas haciéndolos participar, por ejemplo, en ONGs u otros proyectos convencionales que está comprobado que producen beneficios prosociales limitados y muy escasos cambios culturales en el sentido prosocial, lo inteligente sería agruparlos por afinidad (asociación por selección) a la manera de las órdenes monásticas. Esto, a medio plazo, produciría enormes beneficios prosociales y grandes expectativas de cambios culturales también para la sociedad convencional en tanto que introduciría nuevas pautas en las relaciones humanas, todas ellas derivadas del desarrollo de tendencias prosociales por la convivencia estrecha entre altruistas.

martes, 25 de junio de 2019

“La Ilustración”, 2013. Anthony Pagden

  Somos hijos de la Ilustración. El historiador Anthony Pagden nos proporciona un extenso y valioso retrato del fenómeno de la “Ilustración”, que intuitivamente situamos entre las clases cultas de la Francia del siglo XVIII y los famosos “Philosophes”. Sus protagonistas, que como nosotros eran conscientes de la idea de posteridad, estaban seguros de que se trataba de un comienzo que marcaba un avance armonioso hacia un futuro mejor. Pero naturalmente no pudieron prever algunos problemas graves.

La Ilustración —periodo de la historia europea que se extiende aproximadamente desde la última década del siglo XVII hasta la primera del siglo XIX— ejerció una influencia mucho más profunda y constante en la formación del mundo moderno que las anteriores convulsiones de signo intelectual. Aunque el Renacimiento y la Reforma transformaron también de un modo irreversible primero las culturas europeas y posteriormente todo el orbe cristiano, para la mayoría de nosotros no dejan de ser simples períodos históricos. No ocurre lo mismo con la Ilustración. Si nos consideramos modernos, progresistas, tolerantes y, en general, de mentalidad abierta, si no nos asusta la investigación de las células madre y sí las creencias religiosas fundamentalistas, tendemos a considerarnos «ilustrados». Con tal convencimiento nos declaramos de hecho herederos —aunque herederos distantes— de un movimiento intelectual y cultural concreto.

La Ilustración se identifica con una idea elevada del raciocinio y de la bondad de los seres humanos y con una confianza —mesurada y a veces escéptica— en el progreso y en la capacidad humana de superación. Por regla general, se la identifica con la idea de que todos los individuos tienen derecho a definir sus objetivos y a no dejar que otros lo hagan en su lugar y —lo que viene a ser lo mismo— a vivir su vida de la mejor forma posible sin la ayuda o los impedimentos que impongan los decretos divinos. 

[La Ilustración] fue una época que quiso destronar toda premisa intelectual, todo dogma, todo «prejuicio» (una de las palabras favoritas) que previamente hubieran ejercido alguna influencia en el espíritu humano.(…) [Según] Immanuel Kant: [La nuestra] es una auténtica época crítica y a la crítica ha de someterse todo. (…)[Hemos de] separar lo verdadero de lo falso, desenredar lo que está enredado, dividir lo complejo en sus componentes sencillos y luego seguirlos hasta sus orígenes. 

   El triunfo de la razón no es otra cosa que el triunfo de la idea de una verdad objetiva, de un juicio que dé lugar a la certeza: inteligencia y honestidad. Exige sentido crítico y exige selección de medios para la verificación de los hechos. El pensamiento ilustrado hubo de vencer primero a una anterior concepción prejuiciosa de la sabiduría (porque la sabiduría precede lógicamente a la ciencia y la Ilustración) propia del pensamiento religioso, que en Occidente en particular se relacionaba con el conocimiento escolástico.

El método de los escolásticos se basaba principalmente en la llamada «hermenéutica». Esto es, su ciencia consistía en una concienzuda lectura y relectura del canon de unos textos supuestamente autorizados, que a la altura del siglo XVI habían sobrepasado la Biblia para incluir la obra de los primeros teólogos griegos y latinos

   En apariencia, el racionalismo ilustrado es algo fácilmente accesible para cualquier persona educada y culta.

Si la Ilustración (…) no hubiera hecho otra cosa que «promover la razón autónoma y conceder a la ciencia un estatus privilegiado en comparación con las restantes formas de pensamiento», seguramente habría fracasado (…) Pero (…) fue mucho más. Se trató de crear un mundo de valores morales, sociales y políticos basados en una forma escrupulosa e imparcial de entender —hasta donde la mente humana es capaz— lo que significa ser humano. 

   Sin embargo, el principal problema de la Ilustración fue el posicionamiento moral más allá de la impecable racionalidad científica. Al fin y al cabo, el mundo cristiano previo a la Ilustración (con su intelectualismo “escolástico”) contaba con un mensaje moral bien prefijado, mientras que los ilustrados tenían que establecer su modelo de moralidad a partir de cero, tal como es propio del procedimiento científico. Y eso resultaba arriesgado.

  Por otra parte, el origen de la Ilustración es discutible y despierta ciertas dudas (¿por qué no surgió antes?). Los mismos ilustrados realizaron la genealogía clásica que, más o menos, se sigue respetando hoy.

La genealogía más repetida de la Ilustración: el Renacimiento había preparado el terreno a la Reforma, sin la cual no habría podido darse la revolución científica del siglo posterior [siglo XVII], que sentó las bases del «Siglo de la Filosofía». 

  Pagden no da mucho valor a la Reforma protestante. A diferencia de otros, no cree que el cristianismo reformado se tratase de una religión más racional que la católica.

Lo que al final acabó con el poder y el crédito de la Iglesia católica y de todas las iglesias no fue la Reforma, sino las terribles guerras de religión que se prolongaron desde mediados del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII y el enfrentamiento por las diferencias teológicas que trajeron consigo

  En cualquier caso, lo interesante es ir más atrás y averiguar qué diferenciaba a los ilustrados de los sabios racionalistas de la Antigüedad greco-latina, especialmente de los humanitarios estoicos.

[Los estoicos consideraban el] apego natural a todo lo que es apropiado o semejante a uno mismo. Mis parientes, mi familia, mis hijos son en este sentido «apropiados», y por tanto yo los quiero de un modo inevitable. Y los quiero no sólo por mí, ya que son la única garantía de mi continuidad, sino también porque me identifico con ellos. Debido a esta circunstancia, las personas sabias aman por encima de todo a su familia y amigos, en segundo lugar a los miembros de su sociedad o nación y, finalmente, a la humanidad entera.(…) Era el elemento estoico lo que proporcionaba la base del conocimiento de la sociedad humana, y fue el estoicismo lo que condujo primero a la formación de una ciencia del hombre y después a la aparición del cosmopolitismo

  El conocido principio moral de Immanuel Kant, según el cual todos tenemos el deber de tratar a los demás seres humanos como un fin en sí mismos, y no como medios, presenta una clara afinidad con la noción estoica de virtud.

  Quizá lo que faltaba en el estoicismo –al igual que en el budismo, su inspirador- era el elemento activo y afectivo que más adelante habría proporcionado el cristianismo. Observemos que la afectividad que da lugar a la benevolencia cívica en el estoicismo tiene un origen conservador, en los lazos familiares. La afectividad cristiana es puramente psicológica y nace de la esencia del ser humano: todos somos hermanos y dignos de amar y ser amados. Esto lo fundamentaban en la voluntad de Dios, mientras que los estoicos, con Dios menos presente, solo podían basarse en la familia y la tradición.

   ¿Sucedió algo parecido con los ilustrados? Los ilustrados eran marcadamente anticristianos ¿era esta actitud, esta animosidad, quizá la responsable del mismo defecto principal de la Ilustración (una afectividad limitada e incluso una perceptible tendencia a la inhumanidad racionalista)?

  Al fin y al cabo, los principales inspiradores de la Ilustración, de entre los precursores intelectuales del siglo XVII, eran gente como Hobbes o Mandeville, terribles escépticos acerca de la condición humana…

Según una de las memorables frases de Hobbes, la «tendencia general de la humanidad es un deseo incesante de poder y más poder que sólo se apaga con la muerte». No existe un «bien último», como sostenían los aristotélicos, porque los deseos que mueven a la humanidad nunca se satisfacen.(…) Los seres humanos tienen una tendencia manifiesta a hacer el mal a sus semejantes (…) En la idea de Grocio, no muy diferente, los «preceptos» primarios de la ley natural no son ya los mandamientos «Ama a tu prójimo como a ti mismo» o «No quieras para los demás lo que no quieres para ti», sino: «Será lícito defender la propia vida y evitar todo aquello que pueda resultar peligroso para ella»; y también: «Será lícito adquirir y conservar para uno mismo todas las cosas sin las cuales no puede pasarse la vida cómodamente». (…)Para acabar con esa situación, con esa «guerra de todos contra todos», el hombre primitivo llegó a la conclusión de que era «necesario ceder el derecho a tener todas las cosas y contentarse con la misma libertad, frente a los otros hombres, que les sea concedida a los demás con respecto a él mismo». Para conseguirlo, aquellos hombres primitivos establecieron un contrato (…)En consecuencia, la sociedad no es natural, sino inevitablemente artificial.

  David Hume, ya en el siglo XVIII, era más optimista. Consideraba que existía la bondad humana a modo de instinto, la “simpatía”…

“No existe una cualidad humana más extraordinaria, tanto por sí misma como por sus consecuencias (…), que nuestra propensión a simpatizar con los demás y a recibir a través de la comunicación sus inclinaciones y sentimientos por muy distintos e incluso contrarios que sean a los nuestros»

   Pero el problema de la “simpatía” es su contingencia: solo podemos saber de su existencia “a posteriori”, y nadie garantiza cuál es su efectividad. En lugar de una benevolencia que se da por sentada, pues viene de Dios y es universal, como en el cristianismo, la benevolencia de los ilustrados nadie la garantiza porque no sabemos bajo qué circunstancias puede darse la “simpatía”.

  En cualquier caso, hacemos bien en posicionarnos en contra del prejuicio, en juzgar la realidad en base a criterios semejantes a los de la ciencia y en mostrarnos escépticos, pero precisamente por eso no podemos olvidar que el materialismo racionalista equivalente al aséptico trabajo científico acabaría llevando a las brutalidades del Terror... el de Robespierre y más tarde el de Stalin. ¿Qué pasó con la “simpatía” de Hume?

El único objetivo de la Ilustración consistió en someter el universo humano a la tiranía de la «razón». No puede negarse que ser un «ilustrado» significa superar lo que en términos generales se calificó de «prejuicio», para lo cual era necesario ser crítico, circunstancia que requiere el uso de la razón. (…) Pero si la Ilustración se hubiera quedado en eso no habría sido más que una prolongación en el tiempo del empirismo de la denominada «Revolución Científica» del siglo XVII. En esta obra he sostenido que el proyecto filosófico ilustrado, al contrario que la ciencia del siglo XVII, convencida de que todo conocimiento derivaba de la interacción de los sentidos con el mundo exterior, atribuyó el conocimiento al «sentimiento», como se llamó en la época, especialmente al más importante de todos: la «simpatía» (o «empatía», como diríamos hoy). 

   Doscientos años después, los ilustrados, los que condenaron a la religión y sus prejuicios, son sin duda responsables de bastantes errores y decepciones. Cada cual está a tiempo de enumerar su idea acerca de cuál es el error de la Ilustración. Identificarlo hoy supondría su perfección para el mañana.

La razón fue una forma específicamente europea de tiranía.

   Los regímenes políticos totalitarios basados en el racionalismo partían de un principio totalmente lógico derivado de un mecanicismo impecable: el fin justifica los medios. Si Kant decía que la persona no podía ser “medio” para un fin, el pensamiento político respondía que, al fin y al cabo, el fin de la política ilustrada era el bienestar del mayor número posible de personas. En consecuencia, destruir los prejuicios del pasado podía exigir medidas implacables en lo político (y también en el pensamiento).

  El error de la Ilustración es, con todo, superable por la experiencia histórica: el fin justificará los medios… solo si los medios son proporcionados al fin, pues de lo contrario lo desvirtuarán. Los ilustrados desconocían la dimensión psicológica de las relaciones sociales, el hecho de que toda acción humana futura se ve condicionada por las consecuencias de la acción pasada sobre el inconsciente del que actúa. Por eso la demanda de “fraternidad” (o de “simpatía”) resultaba inoperante frente a la implacabilidad de una acción política que no tenía en cuenta las reacciones psicológicas: teóricamente es posible masacrar La Vendée o a los campesinos de Ucrania en nombre de la benevolencia universal, pero psicológicamente es imposible.

  Al mismo tiempo, infravaloraban la capacidad de la religión –en la que todo es psicología- para cambiar el comportamiento humano. Al considerar la sociedad humana como un fenómeno objeto de estudio científico (del que excluían la aún inexistente psicología) los ilustrados eran incapaces de elaborar una visión ética previa, algo que la benevolencia cristiana sí hacía porque, intuitivamente, el cristianismo sabe que el mensaje es capaz de crear el propio significado (predicar la bondad cristiana puede hacer cambiar la conducta convencional, mientras que la Ilustración predicaba un comportamiento cívico en nada diferente al del caballero pre-Ilustrado).

  Así, una humanidad igualitaria es una humanidad proclive al conflicto porque el igualitarismo da pie a una competencia por la superioridad (el igualitarismo lo que hace no es generar benevolencia mutua… sino simplemente poner el marcador a cero). Una humanidad cristiana –basada en un ideal de afectividad benevolente, que no es igualitaria, sino compasiva- sí da una oportunidad a una convivencia eternamente no conflictiva, pero, por otra parte, el inconveniente terrible del cristianismo tal como lo conocemos fue que se sometió a la superstición y las estructuras de poder de la tradición en la época en que surgió sin ser capaz de elaborar su propia alternativa social: la Iglesia no se limitaba a predicar el amor de Dios, sino que, paradójicamente, utilizaba su ética superior para influir en política.

  El racionalismo debería haber desarrollado la ética cristiana en un modelo social contra el prejuicio de la tradición dentro de la que había surgido, en lugar de rechazar un modelo de perfeccionismo moral que es, probablemente, el más adecuado al desarrollo psicológico racional: el cristianismo identifica correctamente la fuente de la “simpatía” e intuye una acción social no política para promover la benevolencia mutua.

   No basta la razón –a la que el cristianismo, por cierto, también apela- para prefijar la acción, se requiere primero actuar sobre la complejidad psicológica del actuante: la “simpatía” no es una constante dada, sino que es manipulable por los procedimientos psicológicos –religiosos- de condicionamiento. Puede aumentarse la “simpatía” haciendo un uso sistemático de técnicas psicológicas de manipulación emocional, de las cuales las religiones siempre han dispuesto un amplio repertorio y que los ilustrados siempre desdeñaron, considerando que sería suficiente con la educación académica y la guía de los líderes políticos, siempre dentro de un modelo “cívico”, equiparable al de la Antigüedad clásica (los ilustrados admiraban la República romana), con sus héroes, guerreros y otras figuras nobles y viriles.

  Por otra parte, la Ilustración, al idealizar la naturaleza, condenaba en cierto modo a la desesperanza, un poco a lo Hobbes. El cristianismo, en cambio, rechaza la naturaleza, idealizando los instintos de benevolencia por encima de todos los demás. El cristianismo promovía la existencia de “santos”, mientras que la Ilustración elegía promover el ideal de “ciudadanos” (cuando no de “héroes”).

   Lo que le faltaba al cristianismo era una visión realista –racionalista- de sus aspiraciones (cómo “producir santos”) y lo que le faltaba a la Ilustración era una concepción psicológica tan benevolente como crítica de la actitud racionalista ante la naturaleza: la naturaleza no es inocente, y el ciudadano ilustrado ni podía ni quería romper con las tradiciones agresivas y conflictivas de nuestro pasado.