sábado, 25 de abril de 2020

“Teoría de la disonancia cognitiva”, 1957. Leon Festinger

  Uno de los grandes logros de la psicología ha sido la de crear nuevos conceptos. El que en el lenguaje cotidiano aparezcan hoy términos como “frustración”, “arquetipo” o “autorrealización” permite afrontar la realidad de forma más resolutiva y creativa; incluso podemos decir que los nuevos conceptos “amplían la realidad” en general. La capacidad para la abstracción es nuestra gran ventaja a la hora de construir una vida social única con respecto a los demás animales sociales.

  La más famosa contribución del psicólogo Leon Festinger fue la “reducción de la disonancia cognitiva”. Aunque ya se ha hecho de uso habitual, este concepto no ha terminado de ser bien comprendido. Consonancia, consistencia o coherencia se refieren al desempeño convencional de nuestra racionalidad dentro de la vida social.

Se ha afirmado frecuentemente (…) que el individuo lucha por la consistencia dentro de sí mismo (…) Ciertamente, uno puede encontrar excepciones. Una persona puede pensar que los negros son tan buenos como los blancos pero no querría que ninguno viviese en su barrio (…) Lo que capta nuestra atención son las excepciones a nuestro por lo demás consistente comportamiento (p. 1)

   Un norteamericano blanco culto de 1957 podía descubrir su falta o no de consistencia a la hora de aceptar o no a un vecino de raza negra.

Reemplazaré la palabra “inconsistencia” con un término que tiene menos de connotación lógica, propiamente, disonancia (p. 2)

  De esas cosas trata la psicología: de lo que contradice el sentido común. La lógica humana es imperfecta porque está condicionada por las necesidades sociales, que a su vez son determinadas por los cambios culturales. Yo descubro, por ejemplo, que no soy tan liberal en lo referente a las minorías raciales como hubiera esperado. Descubro que mi juicio inicial sobre la realidad está errado, que mi visión del mundo ya no es coherente. Cada vez que estas cosas suceden, se da una “disonancia cognitiva”. Y es aquí donde empieza la teoría.

Propongo que la disonancia [inconsistencia], esto es, la existencia de relaciones desajustadas entre cogniciones es un factor motivacional por su propio derecho (p. 3)

  Esto quiere decir que nuestra capacidad para resolver problemas –cognición- puede llegar a ser un problema en sí mismo. ¿Cómo reaccionamos ante los problemas? ¿Evaluando la realidad objetivamente en base a nuestros intereses y actuando según nuestras capacidades? En realidad, no siempre. Ante un problema podemos simplemente ignorarlo o falsearlo.  Nuestra cognición busca reducir la disonancia… por cualquier medio a su alcance. Y muchas veces es el autoengaño la salida más fácil. Demasiadas veces nuestra capacidad cognitiva no la utilizamos para resolver el problema porque lo prioritario para nuestra mente no es tanto resolver los problemas como reducir la disonancia… y el resolver el problema es solo un método de lograr esta reducción, entre otros muchos.

[Un fumador preocupado por su salud] podría simplemente cambiar su cognición sobre su comportamiento al cambiar sus acciones, esto es, puede dejar de fumar. Si ya no fuma, entonces su cognición de lo que hace será consonante [coherente] con el conocimiento de que fumar es malo para su salud. [Pero también] podría cambiar su “conocimiento” sobre los efectos de fumar. (…) Podría simplemente acabar creyendo que fumar no tiene efectos nocivos (p. 2)

  Éste es un buen ejemplo, aunque hemos de tener en cuenta que en 1957 la noticia de las desastrosas consecuencias para la salud del tabaquismo era relativamente reciente. El “negacionismo” –otro concepto útil- se vuelve inevitable en muchos casos y, aunque para otros puede parecer absurdo, desde el punto de vista del individuo sometido a la disonancia tiene su lógica.

  Lo que mucha gente común denomina hoy “disonancia cognitiva” en realidad se refiere propiamente a la “reducción de la disonancia cognitiva”. Es decir, al bloqueo de nuestra capacidad racional que se produce con frecuencia ante el fenómeno de la disonancia. Me gusta fumar, luego fumar es bueno para mí; pero fumar es peligroso para mi salud, luego fumar es malo para mí: disonancia.

    Reducción: me esfuerzo en dejar de fumar.
    Reducción: me convenzo a mí mismo de que fumar no es malo para la salud –en contra de lo que otros dicen.
   Reducción: busco pensar en otra cosa cada vez que surja el pensamiento de lo malo que es el tabaco para mi salud.

Cuando está presente la disonancia [inconsistencia], aparte de intentar reducirla, la persona evitará activamente situaciones e información que podrían incrementarla (p. 3)

 En su libro, Festinger aplica su teoría a una serie de fenómenos sociales, a cual más inquietante. Las creencias sociales, de tipo religioso o político dan muchos ejemplos del fenómeno de la “reducción de la disonancia cognitiva”… casi a cualquier precio.

   Imaginemos una religión cuyo profeta, ya fallecido, anunció antes de su muerte que resucitaría más adelante… y que para cuando esto sucediese aún estarían vivos muchos de sus primeros discípulos. La expectativa del retorno alienta la nueva fe y a la congregación de creyentes. Con independencia de la doctrina metafísica, la congregación de creyentes ya procura apreciables beneficios emocionales e incluso materiales a quienes la integran: todo va bien. Pero finalmente fallece hasta el más longevo de los primeros discípulos y el profeta no ha regresado tal como prometió. Disonancia.

  Una forma de reducirla sería reconocer que el profeta era un falso profeta a la vista de los hechos. Pero entonces perderemos todo lo que hemos invertido en la congregación y todos los beneficios psicológicos de pertenecer a ella. Hay que buscar otra forma de reducir la disonancia. Una forma es encontrar algún tipo de razonamiento que justifique que el profeta no retornase. Otra, por asombroso que parezca dadas las circunstancias de frustración de expectativas, es fomentar el proselitismo: convencer a más creyentes de la bondad de nuestra fe, porque la fe de los otros nos alentará a creer también a nosotros mismos, disipando las dudas surgidas por la disonancia.

Las actividades de proselitismo pueden ser manifestaciones de presión para reducir disonancia (…) Los nuevos conversos o adherentes a la opinión o sistema de creencias introducen consonancia añadida, reduciendo así la disonancia existente dentro del sistema de creencias (p. 200)

  Para mantener la fe, lo importante es apoyar psicológicamente a los creyentes. Mientras más creyentes, más se sostendrá la fe… y se reducirá la disonancia.

Rodeado por compañeros creyentes con la misma disonancia, esta disonancia será reducida (p. 201)

  Esto también explica la ferocidad en la persecución de los herejes: tolerar a los herejes implica fomentar la disonancia. Destruir a los herejes reduce la disonancia. No es cómodo ser creyente rodeado de escépticos.

  Vamos de horror en horror. Otra forma de reducir la disonancia es el “lavado de cerebro”, incluso el “síndrome de Estocolmo”. Hacia 1957 se habían conocido casos de soldados norteamericanos hechos prisioneros por los comunistas chinos en Corea que fueron sometidos a “reeducación”.

El cambio de actitud u opinión se ve facilitado si una persona se ve en la situación en la cual, al mostrar un comportamiento sumiso, se ve comprometido en acciones que son disonantes con sus opiniones privadas (p. 112)

Hay evidencia en los datos de que una vez tiene lugar un cambio en el comportamiento, un cambio en las creencias es probable que también surja  (p. 121)

  Si estás sometido físicamente por alguien todavía puedes ser libre en tu interior. Pero tu dominador puede utilizar recursos para apoderarse también de tu mente. Y utilizará tu tendencia a reducir la disonancia cognitiva. Por ejemplo, pueden obligarte a defender, de palabra o por escrito, ideas políticas o religiosas contrarias a las tuyas. Al principio lo harás mecánicamente, porque te fuerzan ellos, pero después tus opiniones comenzarán a cambiar porque psicológicamente el absurdo –y el peligro- de la situación tenderá a verse reducido. Estos casos también se dan en muchas otras situaciones penosas, por ejemplo, con las esposas e hijos maltratados que acaban justificando a sus verdugos.

  Finalmente, la tendencia a reducir la disonancia también está detrás de la propagación de rumores o bulos

La existencia de disonancia extendida y uniforme en una circunstancia dará lugar a rumores que se extenderán ampliamente y, además, [de acuerdo con de] donde los rumores surjan y [cómo] se extiendan en un intento de reducir disonancia, uno puede predecir ciertos cambios sobre la naturaleza y contenido de los rumores  (p. 197)

  Por ejemplo, los nazis dicen que los judíos son malignos. Un ciudadano alemán de 1936 podía no ver nada de esto en su propia experiencia. Pero los nazis hacen circular bulos acerca de la conspiración judía internacional y de que los capitalistas judíos se llevan el dinero de Alemania a Suiza y Palestina. Para reducir la disonancia (el poder político nazi dice que los judíos son malos, pero mi experiencia personal me dice que son buenos) damos crédito a tales bulos, que inclinan la balanza y hacen desaparecer el conflicto.

  Toda aportación conceptual de la psicología nos ayuda a ser libres. Así sucede cuando aprendemos que nos influye un desconocido “inconsciente” o cuando nos informamos de que una dura experiencia que nos aguarda podrá atormentarnos por siempre al convertirse en “trauma”. Y, por supuesto, cuando nos damos cuenta de que nuestra razón busca, sobre todo, “reducir la disonancia” que nos rodea. Reducirla casi a cualquier precio, sin consideración alguna por nuestra racionalidad ni por nuestros intereses a largo plazo.

Lectura de “A Theory of Cognitive Dissonance” en Stanford University Press 1962; traducción de idea21

miércoles, 15 de abril de 2020

“Terror invencible”, 2008. Robert Dentan

   ¿Es el “hombre en estado de naturaleza” esencialmente pacífico? ¿O hemos heredado genes guerreros de nuestros antepasados? ¿Éramos originariamente pacíficos, pero la civilización nos corrompió?

  A quienes aceptan la naturaleza pacífica del Homo Sapiens originario, pre-civilizado, se les llama a veces “rousseaunianos”, porque ésa era la certeza del philosophe Jean-Jacques Rousseau. Los marxistas, por ejemplo, aceptaban esta concepción y además se basaban para ello no tanto en la pura especulación racional del philosophe del siglo XVIII, sino en informaciones que ellos juzgaban fiables acerca del pacifismo de los hombres primitivos que aún quedaban en algunos lugares remotos. Engels, particularmente, se basó en las observaciones de uno de los primeros antropólogos del siglo XIX, Lewis Henry Morgan.

    En la segunda mitad del siglo XX, Robert Dentan estudió a los semai de Malasia durante cuarenta años. A los semai siempre se les ha señalado como uno de los más claros ejemplos del pacifismo e igualitarismo primitivos.

Los Semai se retrajeron, elaborando una ideología en la que amar a los amigos y vecinos se convirtió en cuestión de supervivencia y disputar en algo potencialmente letal. Emergieron formas de minimizar la violencia y maximizar la cooperación dentro de grupos locales. Normalmente, los semai describen la violencia como ridícula y estúpida. Si bien la gente puede ser violenta cuando la violencia es segura y necesaria o apropiada, prefieren la paz. Merecen su reputación como el pueblo menos violento conocido en la antropología. (p. 3)

Los cazadores-recolectores y algunos agricultores nómadas como los semai aún promueven (…) la igualdad [originaria del Homo Sapiens] (…) El igualitarismo de los semai parece provenir de un rechazo a ser avasallados, un sentimiento que la mayoría de la gente comparte (p. 115)

  Los semai son pacíficos e igualitarios… pero no son propiamente primitivos en el sentido de “originarios”. Eso es lo primero que hay que decir sobre ellos. Los semai, un pueblo seminómada y semiagrícola, adoptaron su peculiar conducta de apaciguamiento en tiempos relativamente modernos. Recordemos, de paso, que Malasia no es Borneo ni el Amazonas, sino un territorio no muy grande, entre países bastante civilizados y colonizados que, eso sí, cuenta con algunas áreas montañosas del interior muy despobladas y selváticas… y es allí donde han vivido los semai. Pero su hábitat no es “selva virgen”.

  En realidad, los semai son los supervivientes de una población aborigen previa a la aparición de los sultanatos musulmanes en esta región del mundo.

La temerosidad de los semai era una respuesta razonable a su brutal entorno político que, especialmente cuando el gobierno colonial británico buscó desarrollar el país después de 1874, implicó un creciente desplazamiento y esclavización por los inmigrantes indonesios “malayos” que no tenían vínculos con los semai y que exterminaron a otros grupos de Orang Asli [etnia a la que pertenecen los semai]. Los esclavistas estaban especialmente interesados en los niños semai, que eran fáciles de raptar y domesticar como esclavos, sobre todo para el trabajo doméstico y el abuso sexual. Como resultado de esto, los semai se hicieron muy temerosos de los forasteros. (p. 2)

Dispersándose en las agrestes montañas selváticas del centro de Malasia, los semai pudieron protegerse del despojo y la ocupación ya que la tierra carecía de valor para los invasores. Breves y esporádicos ataques para robar mujeres y niños, contra los cuales no había protección, mantuvieron la amenaza de la violencia viva en las mentes (…) Los ataques esclavistas, impredecibles y brutales, crearon una visión del mundo en la que todo el cosmos es impredecible y brutal. Como en el caso de los semai, esta situación puede dar lugar a actitudes emocionales en las que el amor y la paz dentro del grupo local son la única seguridad que la gente puede tener (p. 7)

  Los semai sobrevivieron por una suma de motivos. Pero entre ellos estaba la estrategia social de un extremo pacifismo.

Ellos no gustan mucho de esa reputación. Saben que la mayor parte de los otros malayos ven su carácter apacible como cobardía, no como un gran logro. (p. 3)

Hay unos pocos [observadores] que los ven con los ojos del movimiento ecologista, como buenos salvajes rousseaunianos, una ilusión que una relación estrecha con ellos hará desaparecer. De su apacibilidad, todos los forasteros lo que ven es la timidez y la debilidad (p. 249)

   Cobardes que sobrevivieron. Y que, acosados por un terror invencible, lograron enseñar a sus hijos a rehuir el combate, escapar, mostrarse inofensivos y cultivar la mayor armonía posible dentro de su propio grupo. Los esclavistas musulmanes pudieron haberlos destruido por completo, pero de alguna forma sobrevivieron –lo cual no sucedió con otros pueblos Orang Asli-, quizá por indiferencia y desprecio, o porque el dominio británico cada vez más presente los salvase en el último momento o por cualquier otra causa. De lo que no hay duda es de que se trata de un pacifismo muy triste. Dentan lo relaciona con el fenómeno psicológico de la “indefensión aprendida”

La frase de la jerga psicológica “indefensión aprendida” se refiere al sentido de generalizada impotencia que sigue a sufrir traumas incontrolables. Las esposas y niños maltratados manifiestan con frecuencia “indefensión aprendida”  (p. 65)

  Podemos también pensar en los típicos documentales de fauna africana: los pacíficos herbívoros que viven continuamente acosados por los carnívoros. Bastante deprimente e incluso horrible, y sin embargo, se trata de un fenotipo que ha perdurado por millones y millones de años.

Los semai pueden ser particularmente sensibles al estrés. La indefensión aprendida puede ser estresante. Es difícil imaginar una experiencia más estresante que ser incapaz de proteger a tus hijos de los abusadores y raptores de niños que son impredecibles e irresistibles  (p. 139)

Pensar en la paz y aprender sobre los semai me hizo idear una teoría de “apacibilidad negativa”, el estilo de vida pacífico que emerge del miedo a la violencia y promueve una “apacibilidad positiva”, una forma de vida pacífica basada en el amor y el mutuo respeto (p. 6)

  ¿El miedo lleva al amor? ¿Y por qué no? Hay neurólogos que lo juzgan probable. Reconocer la propia impotencia ante las catástrofes que llegan es realista y puede incitarnos a actuaciones de consuelo que hagan la vida más llevadera. Paz, afección e igualdad dentro del grupo de desdichados parece una estrategia compensatoria coherente. Muchos romanos, por ejemplo, consideraban el cristianismo una “religión de esclavos”... aunque, desde luego, ni a Gandhi ni a Luther King semejante concepción les hubiera gustado. Y es que ellos eran políticos. No antropólogos, ni filósofos, ni sabios…

  Para el “sabio”, los temerosos semai tienen mucho que enseñar. Por ejemplo, que el pacifismo y el igualitarismo no pueden imponerse por decreto. Mucho menos en una sociedad tan desorganizada como el pobre pueblo semai, una sociedad de agricultura de subsistencia dispersa en las montañas selváticas, el más pobre y despreciado de todos los pueblos de Malasia. Los semai son, por supuesto, analfabetos y carecen de canon doctrinal alguno. Solo cuentan con mitología y costumbres, pero son éstas el vehículo de sus enseñanzas.

La mayor parte del tiempo, las divinidades semai son feas, malvadas y terribles, y causan enfermedades. [Si bien durante la otra] parte del tiempo, también son buenos y bellos; así como seres temerosos que ayudan a curar a la gente enferma.  (p. 109)

Los semai cuentan historias de horror a sus hijos, historias sobre gente que roba niños para esclavizarlos o sacarles los ojos para vendérselos a los ricos (p. 183)

La noción de que Dios es un estafador estúpido, incontinente y violento es (sospecho que inadvertidamente) un contrapeso a la noción malaya de un Alá omnisciente, misericordioso y amante que legitima la hegemonía malaya, el Estado y sus agentes que roban niños (p. 84)

Los sofisticados esquemas conceptuales [de los semai] para impedir la violencia elaboran unos pocos temas básicos: una amplia definición de violencia; la importancia de compartir y el autocontrol; el peligro de los deseos no satisfechos; la importancia de intentar tener las cosas en orden frente a la omnipresente amenaza del caos  (p. 117)

La tacañería [al no compartir los bienes entre todos] puede llevar a una reunión del poblado, si bien normalmente la única consecuencia sería una avalancha de escandaloso y malicioso chismorreo (p. 123)

   Nadie espere noticias de una comunidad de filósofos del paleolítico, de la sabiduría ancestral del paraíso perdido preservada en una selva remota. No, para los semai el mundo es más bien horrible, con sus dioses malvados y sus cuentos de horror para los niños, pero la supervivencia les permite cierto espacio para la cotidianidad universal, en la que cada individuo busca en comunidad un poco de respeto, amor, alegría y felicidad. En una vida mortal, ellos no tienen mucho menos que la mayoría de hombres y mujeres.

   Incluso su pacifismo es relativo. A veces se dan “crímenes pasionales” entre ellos y hace más de medio siglo los colonizadores británicos enrolaron a algunos varones semai en su ejército, donde no fueron peores soldados que otros. Algunos etnógrafos han considerado que, teniendo en cuenta su escaso número, la criminalidad que se da en sus poblados no es menor que la que se da en las urbes de Occidente. Pero eso no cambia el hecho fundamental de que son los más pacíficos de entre los pueblos primitivos, y que son un ejemplo de que controlar la violencia y la desigualdad es posible, incluso para una cultura tan pobre como la de los semai.

Nadie tiene derecho a coaccionar a otro. Cuando un niño se niega a seguir la orden de su padre, el padre debe aceptarlo. Intentar coaccionar niños los dañaría espiritualmente, incluso los mataría, dicen los adultos (p. 4)

Los semai no pretenden educar niños no violentos de forma consciente; solo quieren que los niños sepan que están seguros con sus parientes y vecinos –con nadie más (p. 192)

El éxito [de la asamblea semai para resolver disputas] depende de la vergüenza, el sentimiento que acompaña la desconexión emocional, o el miedo a sufrir tal rechazo (p. 144)

Es cortés no ser explícito sobre tus demandas porque las demandas son presión social  (p. 124)

   La conclusión, pues, es sensata y, sobre todo, muy capaz de hacernos pensar. El pacifismo político fracasó igual que el socialismo, pero los mecanismos de psicología social de los pueblos primitivos son efectivos por la claridad de sus propósitos.

Cualquiera que sea el origen de la apacibilidad de los semai, su mantenimiento dependía de un continuado igualitarismo que era posible solo en el grado en que los semai podían mantenerse alejados de los extraños y los extraños estaban dispuestos a permitírselo. La gente puede –y probablemente debería- crear enclaves apacibles automarginados en los cuales el igualitarismo pudiese florecer en la medida en que no amenazara los intereses del Estado o financieros. (p. 246)

Lectura de “Overwhelming Terror” en Rowman & Littlefield Publishers, Inc. 2008; traducción de idea21

domingo, 5 de abril de 2020

“Técnica y civilización”, 1934. Lewis Mumford

   En plena Era Industrial, los estudiosos contaban ya con suficiente material histórico para investigar acerca de lo que había sucedido. Cambios nunca imaginados: riqueza, energía, mejora de la vida material y nuevos problemas sociales. Algo tan prosaico como el uso de las máquinas estaba cambiando la apariencia del mundo. Probablemente estaba cambiando también a los seres humanos. ¿Qué origen tenía todo esto y adónde podría llevarnos?

Durante los últimos mil años la base material y las formas culturales de la civilización occidental han sido profundamente modificadas por el desarrollo de la máquina. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Dónde ocurrió? ¿Cuáles fueron los principales motivos que alentaron esta transformación radical del medio ambiente y la rutina de la vida; cuales fueron los fines emprendidos; cuáles fueron los medios y los métodos; qué valores inesperados surgieron en el proceso? Estas son algunas de las preguntas que el presente estudio trata de contestar. (p. 21)

  Lewis Mumford era un erudito singular -filósofo, sociólogo, urbanista...- cuyas conclusiones son características de su época. Mumford no aborda directamente la cuestión crucial de por qué Roma, la gran civilización políticamente estable, no descubrió el poder económico de las máquinas, pero ahonda en cuestiones fundamentales que se suelen señalar a ese respecto.

A partir del siglo VI el feudalismo militar en Europa occidental había compartido el poder con los pacíficos monasterios, que constituían un pilar importante del sistema social: desde el siglo XII los señores feudales habían sido refrenados y mantenidos en su lugar por las ciudades libres.  (p. 116)

  Es decir, durante la Edad Media surgen dos concepciones sociales completamente nuevas: los monasterios y las ciudades libres, que coexisten con el feudalismo (caudillaje militar y territorial hereditario). Esto es una singular condición que coincide con el desarrollo de las máquinas previo a la Revolución Industrial. Mumford subraya la invención más fundamental de todas en esta época: el reloj, que condicionaba toda la actividad humana a una abstracción mecánica más allá del curso del sol y las estaciones.

El reloj no es simplemente un medio para mantener las huellas de las horas, sino también para la sincronización de las acciones de los hombres. (p. 30)

  Hubo muchas más invenciones procedentes del clero medieval, como los anteojos, la escritura musical, los libros (en lugar de los incómodos rollos) o los vidrios y espejos modernos.

  ¿Fueron los monasterios medievales el principal factor del cambio? En tal caso, pudo tener que ver con un profundo cambio psicológico previo, porque el monasticismo creaba una realidad social alternativa al mundo convencional: en lugar de una familia de consanguíneos, se vivía en una comunidad electiva de individuos regidos por una organización racional y preestablecida a partir de textos escritos.

Dentro de los muros del monasterio estaba lo sagrado: bajo la regla de la orden quedaban fuera la sorpresa y la duda, el capricho y la irregularidad. Opuesta a las fluctuaciones erráticas y a los latidos de la vida mundana se hallaba la férrea disciplina de la regla. (p. 30)

Como la máquina, el monasterio era incapaz de propia perpetuación excepto por renovación desde fuera. (p. 50)

Al odiar el cuerpo, las mentes ortodoxas de aquellas edades estaban preparadas para violentarlo. En lugar de resentirse contra las máquinas que podían simular esta o aquella acción del cuerpo, podían darles la bienvenida  (p. 51)

El triunfo específico de la imaginación técnica residió en el ingenio para disociar el poder elevador del brazo y crear la grúa, para disociar el trabajo de la acción de los hombres y los animales y crear el molino hidráulico, para disociar la luz de la combustión de la madera y crear la lámpara eléctrica. (p. 48)

  En cuanto a las ciudades comerciales (capitalismo)…

Desde el punto de vista de la técnica, esta estructura tiene sus orígenes en las ciudades del norte de Italia, particularmente Florencia y Venecia, en el siglo XIV (…) Fue el comercio —ayudado por la guerra— el que desarrolló las empresas en gran escala y la capacidad administrativa y el método que hizo posible crear el sistema industrial como un todo uniendo sus diferentes partes  (p. 39)

El desarrollo del capitalismo trajo los nuevos hábitos de abstracción y cálculo a las vidas de los hombres de las ciudades. (p. 39)

  Las ciudades comerciales era donde hombres pacíficos de baja cuna –no guerreros, no nobles- competían por la mayor calidad de vida y un mayor estatus social. Haciendo dinero se conseguían ambas cosas.

Es extremadamente dudoso que las máquinas se hubieran inventado tan rápidamente y hubieran penetrado con tanta fuerza sin el incentivo adicional de beneficio  (p. 42)

  Mumford señala otro interesantísimo factor: la magia

Nadie puede señalar cuándo la magia se convirtió en ciencia, cuándo el empirismo se hizo experimentación, cuándo la alquimia se convirtió en química y la astrología en astronomía (p. 54)

La fuente de autoridad para los magos dejó de ser Aristóteles y los Padres de la Iglesia. Confiaron en lo que sus manos podían hacer y sus ojos podían ver, con ayuda del mortero, del almirez y del horno. (…)En resumen, la magia dirigió la mente de los hombres hacia el mundo externo: sugirió la necesidad de manipularlo. Ayudó a crear los instrumentos para conseguirlo, y afinó la observación en cuanto a sus resultados.  (p. 55)

  Este desarrollo de los monasterios, el capitalismo comercial y la magia tiene probablemente un origen común: la condescendencia de los poderosos. Con indudables dificultades, comerciantes, monasterios, artesanos y alquimistas podían desarrollar sus actividades en la Europa Occidental de una forma que ni en los imperios romano y chino fue posible. ¿Quizá porque el cristianismo era más benévolo?  En otras épocas, al hombre emprendedor de la clase baja el adquirir bienes –dinero- para mejorar su estatus le hubiera supuesto un riesgo mucho mayor: eso lo exponía a convertirse en víctima del saqueo por parte de la casta guerrera superior –aristocracia. Sin embargo, eso fue cambiando a medida que la diferencia de clases se hizo menos notable.

Con la debilitación de las fronteras de clase y el desarrollo del individualismo burgués el ritual del gasto llamativo se extendió rápidamente por el resto de la sociedad: justificó las abstracciones de los acumuladores de dinero y amplió los usos del progreso técnico de los inventores  (p. 122)

   Habría, por tanto, dos posibles causas. Por una parte, una cierta complicidad –o tolerancia- del poder político y, por la otra, cambios psicológicos por parte de los actores –inventores, empresarios, teóricos.

La disciplina había aparecido una vez más en el monasterio, en el ejército y en la oficina antes de que se manifestara en la fábrica. Detrás de todos los grandes inventos materiales del último siglo y medio no había sólo un largo desarrollo de la técnica; había también un cambio de mentalidad. Antes de que pudieran afirmarse en gran escala los nuevos procedimientos industriales era necesaria una nueva orientación de los deseos, las costumbres, las ideas y las metas.  (p. 22)

   Los cambios culturales conllevaron creaciones más notables incluso que las máquinas, pero cuya raíz era la misma.

Las principales invenciones mecánicas del reloj y de la prensa de imprenta fueron acompañadas por invenciones sociales que fueron casi igualmente importantes: la Universidad, empezando con Bolonia en 1100 (…) una organización cooperativa de conocimiento sobre una base internacional. (p. 154)

Debe añadirse una institución más, el laboratorio. Aquí se creó un nuevo tipo de ambiente, combinando los recursos de la celda, el estudio, la biblioteca y el taller. (p. 155)

  El resultado, fue el desarrollo de la máquina. Es decir, el esfuerzo humano organizado.

La diferencia entre las herramientas y las máquinas reside principalmente en el grado de automatismo que han alcanzado (p. 27)

  La Paz Romana, y también el Imperio Chino, fueron situaciones de estabilidad política y social que hubieran podido permitir el desarrollo técnico, motivado, simplemente, por el deseo de todo trabajador y todo propietario de obtener un mayor rendimiento del esfuerzo humano. Este deseo por supuesto que existía, pero en aquel periodo no fue posible hacer grandes progresos. Por ejemplo:

La introducción de la herradura de hierro, probablemente en el siglo IX, [era] un artificio que aumentó el radio de acción del caballo, adaptándole a otras regiones que los prados, y acrecentó su efectivo poder de tracción dando a sus cascos mayor capacidad de adhesión. (…) [También] hacia el siglo X la moderna forma de arnés, con la que la tracción se hace desde el hombro en vez de hacerla con el pescuezo, fue nuevamente inventada en Europa occidental —había existido en China desde el año 200 antes de nuestra era (p. 131)

  Resulta increíble que nadie en Roma se interesara por sacar más rendimiento del esfuerzo de los valorados caballos. Entre otras cosas porque eran importantísimos en la guerra. Desde luego que todo el mundo se apresuró a utilizar los carros de guerra hace tres mil años, y algunos siglos después, las armas de hierro desplazaron a las de bronce. Pero no se mejoró la capacidad del caballo. Tampoco se descubrieron las armas de fuego. Tampoco se descubrió la agricultura por rotación de cultivos.

  Todos esos descubrimientos (muchos de ellos, importados de China o la India), y otros más igualmente valiosos, aparecieron durante la “oscura” Edad Media.

   Mumford habla de tres fases de la tecnología:

[Existen] tres fases sucesivas pero que se superponen y se interpenetran: eotécnica, paleotécnica y neotécnica  (…) Llamaré al primer período la fase eotécnica: la edad auroral de la técnica moderna.(…) Considérense los varios tipos de plumas de escribir. La pluma de ave, tallada por el usuario, es un producto eotécnico típico: indica la base artesana de la industria y la estrecha relación con la agricultura. Económicamente es barata; técnicamente es basta, pero fácilmente adaptada al estilo de quien la usa. La pluma de acero simboliza igualmente la fase paleotécnica: barata y uniforme, si no duradera, es un producto típico de la mina, de la fábrica de acero y de la producción en masa. Técnicamente, en un perfeccionamiento respecto de la pluma de ave; pero para disponer de la misma adaptabilidad deben fabricarse media docena de tipos y puntas estándar diferentes. Y finalmente la pluma estilográfica —aunque inventada ya en el siglo XVII— es un producto neotécnico típico. Con su tubo de caucho o de resina sintética, con su pluma de oro, su acción automática apunta hacia la más pura economía neotécnica: y en su uso de la punta duradera de iridio la estilográfica alarga de manera característica el servicio de la punta y disminuye la necesidad de sustitución (p. 128)

  En el momento en que el autor escribe su libro, los cambios se reconocen como asombrosos, pues aún son relativamente recientes. El progreso para el bien común es evidente, aunque también lo son los perjuicios sociales de esta nueva realidad que se ha generado a sí misma dentro del sistema industrial capitalista.

  Aquí los beneficios:

El beneficio principal que el uso racional de la máquina promete no es ciertamente la eliminación del trabajo: lo que promete es algo bastante diferente, la eliminación del trabajo servil o esclavitud: estos tipos de trabajo que deforman el cuerpo, que entumecen la mente y matan el espíritu. La explotación de las máquinas es la alternativa a aquella explotación de los hombres degradados que se practicó durante la antigüedad (p. 438)

   Y aquí los perjuicios:

El primer requisito pues para el sistema de la fábrica era la castración de la pericia. El segundo, la disciplina de la miseria. El tercero, el cierre a toda ocupación alternativa mediante el monopolio de la tierra y la deseducación. (…) Reducido a la función de una rueda, el nuevo trabajador no podía funcionar sin estar unido a la máquina  (p. 192)

Fijar como meta para un esfuerzo económico universal, o al menos poner como cebo, el imbécil nivel de gastos adoptado por los ricos y los poderosos es simplemente hacer bailar una zanahoria de madera ante el hocico del burro; no puede alcanzar la zanahoria, y si pudiera, ésta no podría alimentarle (p. 419)

    El equilibrio debe llegar gracias a la correcta comprensión del valor de la ciencia y la tecnología

Nuestra capacidad para ir más allá de la máquina depende de nuestro poder para asimilarla. Hasta que no hayamos aprendido las lecciones de objetividad, impersonalidad y neutralidad, las lecciones de nuestro reino mecánico, no podemos ir más allá en nuestro desarrollo hacia lo más ricamente orgánico, lo más profundamente humano. (p. 384)

La vida creadora en todas sus manifestaciones, es necesariamente un producto social. (…) Tratar dicha actividad como un goce egoísta o como una propiedad es simplemente imprimirle un sello de trivialidad, pues el hecho es que la actividad creadora constituye el único negocio importante de la humanidad, la justificación principal y el fruto más duradero de su esencia en el planeta. (p. 434)

  Y Mumford ve una solución: el comunismo

En una economía científica, la cantidad de cereales, frutas, leche, textiles, metales y materias primas, así como el número de casas necesarias anualmente para la sustitución y para el incremento demográfico, puede calcularse aproximadamente con anticipo a la producción. (p. 428)

Los fundamentos de este sistema de distribución (…) ya existen. Las escuelas, las bibliotecas, los hospitales, las universidades, los museos, los baños, ciertas residencias, los gimnasios, están sostenidos en cualquier centro de importancia a expensas de la comunidad en conjunto. La policía y los servicios contra incendios, de forma análoga, se proporcionan sobre la base de las necesidades, en vez de sobre la capacidad para pagar (p. 428)

Unos ingenieros han calculado cuidadosamente que todo el volumen de trabajo de la comunidad existente podría realizarse con menos de veinte horas de trabajo por semana para cada trabajador. Con una racionalización completa en toda la línea, y con la eliminación de duplicaciones y de parasitismos, probablemente bastarían menos de veinte horas para producir una cantidad mucho mayor de bienes que actualmente. (p. 428)

    En la década de 1930, el experimento comunista de la Unión Soviética está en auge: Stalin ha llegado a acuerdos con Ford y otros emporios capitalistas para instalar en suelo ruso enormes factorías de industria pesada.

La nueva economía de necesidades, sustituyendo a la economía de adquisición capitalista, colocará a las corporaciones limitadas y a las comunidades de la vieja economía en una base socializada más amplia y más inteligente, pero en el fondo echará mano y canalizará impulsos análogos. A pesar de sus altibajos y sus contradicciones internas, esta es quizá hasta la fecha la principal promesa mantenida por la Rusia Soviética. (p.436)

   ¿Sabía Mumford que, mientras él escribía su libro, cientos de miles de campesinos de la Unión Soviética se estaban muriendo de hambre? Había información sobre ello en Occidente -¿”altibajos”?- igual que en la antigua Roma había información acerca de la máquina de vapor y otros ingenios mecánicos que se usaban como juguetes u otras tareas no relacionadas con mejorar la economía. Quizá Lewis Mumford eligió no creer en las informaciones espantosas que llegaban desde la URSS de forma parecida a cómo los antiguos romanos “eligieron” no inventar las locomotoras, la rotación de cultivos o las herraduras de los caballos…

Lectura de “Técnica y civilización” en Alianza Editorial, 1992; traducción de Constantino Aznar de Acevedo