lunes, 25 de mayo de 2020

“Estímulos supernormales”, 2010. Deirdre Barrett

  La psicologa Deirdre Barret dedica en su libro un necesario espacio a la narración de cómo el Premio Nobel de Medicina Niko Tinbergen realizó la primera descripción de los “estímulos supernormales” en el comportamiento animal. De forma indirecta, se trató también de uno de los mayores descubrimientos acerca de la conducta humana. Los "estímulos supernormales" están en todo momento presentes en nuestra vida... Y precisamente en la forma de vida que más se distancia de nuestra condición animal (en el sentido de vida instintiva o "natural").

Niko Tinbergen acuñó este término tras que su investigación en los animales revelase que los experimentadores pueden crear falsos objetos de atracción instintiva más efectivos que los objetos originales para los cuales el mismo instinto ha evolucionado. Estudió que los pájaros ponían pequeños y pálidos huevos azules con puntitos grises y descubrió que preferían sentarse en unos azules grandes y gigantes con puntos grandes negros [creados a propósito por los experimentadores]. La esencia del estímulo supernormal es que la imitación exagerada puede ejercer un impulso más fuerte que el original. (p. 3)

   Pero los humanos, con su mayor capacidad cognitiva y con las posibilidades que da la cultura para organizar cambios en el entorno social, pueden utilizar este mecanismo biológico con resultados trascendentales para nuestra forma de vida -algunos de los cuales son notablemente nocivos. Muy probablemente, el mecanismo conductual de los “estímulos supernormales” es el que más nos ayudaría también en el progreso moral, en este caso manipulando los instintos para el bien común.

Este libro examina una serie de dilemas humanos desde el punto de vista de los estímulos supernormales, entretejiendo otros conceptos relevantes de las disciplinas evolutivas a fin de señalar un camino para nuestros dilemas modernos  (p. 28)

Los animales y el ser humano son dañados de hecho por lo que desean –especialmente cuando encuentran nuevos estímulos para los cuales la evolución no los ha preparado. Esa es la tesis central de este libro (p. 136)

  Lo que conocemos sobre todo de los estímulos supernormales por nuestra directa experiencia tiene más que ver con diversos abusos contra nuestros propios intereses vitales como resultado de un uso cultural poco reflexivo. El ejemplo más evidente es el de los excesos alimentarios.

Los animales encuentran los estímulos supernormales sobre todo cuando los experimentadores los construyen. Los humanos podemos producirlos por nuestra cuenta: caramelos más dulces que cualquier fruta, animales de peluche con los ojos más grandes que ningún bebé, pornografía, propaganda sobre enemigos que nos amenazan. (p. 4)

  La naturaleza nos diseñó para responder a estímulos por ciertos alimentos escasos y valiosos: la grasa, la sal, los frutos maduros –dulces. Pero ahora estos alimentos pueden ser producidos en enormes cantidades y a bajo precio. El resultado es la “junk food” y la obesidad…

Los instintos humanos fueron diseñados para cazar y recolectar en las sabanas de África hace 10.000 años. Nuestro mundo presente es incompatible con estos instintos debido a los radicales incrementos de población, las invenciones tecnológicas y la polución. La incapacidad de la evolución para ponerse al compás de tales rápidos cambios juega un papel en la mayor parte de los problemas modernos (p. 3)

El aspecto más peligroso de nuestra dieta moderna viene de nuestra habilidad para refinar la comida (p. 78)

  “Refinar” en el sentido de hacer lo dulce más dulce aún; lo grasiento, más grasiento aún; lo salado más salado aún. Con todo, este pequeño inconveniente podemos superarlo. Así como los inconvenientes más graves relacionados con la vida social.

Marx no tuvo en cuenta muchas (…) lecciones de la evolución, etología y sociobiología. Los efectos de la densidad de población, el establecimiento antinatural de la especie nómada y la estimulación supernormal de los instintos de adquisición todos ellos obraron en contra de una redistribución igualitaria de recursos (p. 116)

  Esto se refiere a la desigualdad económica. Es un error pensar que, porque partíamos de un estado original de igualdad económica, la desigualdad es antinatural.

Los humanos siempre han tenido instintos acerca de posesiones personales (p. 113)

  Algo que tanto la arqueología como la etnografía confirman.  El “hombre en estado de naturaleza” sí conocía la propiedad y la desigualdad en alguna medida, solo que el estilo de vida dentro de pequeñas bandas permitía una fiscalización mutua constante. La civilización posteriormente ha “refinado” tales tendencias, lo que permitió desarrollar la propiedad privada, la esclavitud y el lujo suntuario a gran escala.

  En realidad, la capacidad de atracción de los estímulos supernormales es lo que explica que no se pueda llevar a cabo una distinción útil entre lo “natural” y lo “antinatural”. Cualquier rasgo de conducta poco notable en el “estado de naturaleza” humano puede ser desarrollado como estímulo supernormal y dar lugar a cambios sociales enormes. Sucede con el instinto de posesión tanto como con el sesgo endogrupal y con la agresividad.

  Ahora bien, los estímulos supernormales nocivos no son invencibles. No pueden serlo precisamente porque pueden llegar a manifestarse o no dependiendo de circunstancias del entorno muy variadas, y porque podemos también “refinar” instintos contrarios a los que culturalmente designemos como nocivos.

Si hemos sido arrastrados por los estímulos supernormales [con la junk food] necesitamos cambiar nuestros hábitos para evitarlo. La primera etapa a cambiar es comprometer el neocortex prefrontal [racionalidad y elección] y ponderar opciones más sanas. Nos da posibilidades para superar los instintos y costumbres, algo que los otros animales no pueden hacer (p. 93)

    La guerra y el nacionalismo también son distorsiones supernormales de instintos de agresividad intragrupal pero el razonamiento puede salvarnos de este abuso y un elemento importante del razonamiento es considerar, precisamente, el carácter irracional del estímulo.

La tecnología para la guerra nunca va a desaparecer. Una vez la pólvora, la fusión atómica o el ántrax como arma han sido inventados, no pueden ser desinventados. Pero la tecnología de la propaganda –la comunicación de masas que puede alentar la violencia reforzando los límites entre las seudoespecies y creando las versiones supernormales de amenazantes enemigos – tiene el mismo potencial para comunicar similaridades entre grupos, para mostrarnos señales de rendición y la proximidad del sufrimiento de nuestros enemigos  (p. 128)

   La ayuda mutua, la empatía, la compasión o el deseo de paz y fraternidad son también instintos, tanto como la agresividad, la codicia, la competitividad y el sesgo endogrupal. Lo prosocial puede por tanto también “refinarse” haciendo de tales tendencias la base para el desarrollo de nuevos “estímulos supernormales”.

  Una forma ya conocida de hacerlo es exaltar la sociabilidad y la empatía mediante los espectáculos dramáticos.

Un gran novelista construye personajes que actúan en un drama que nos conmueve, nos enseña y nos deja en mejor situación para interactuar [positivamente]  que si hubiésemos pasado el mismo tiempo interactuando con la gente que nos rodea. (p. 139)

  Los personajes dramáticos nos muestran situaciones aisladas –negro sobre blanco- que mueven a la empatía de forma inescapable, diferente a como sucede en la vida real, donde las vicisitudes humanas se muestran de forma más confusa, menos definida. Los arquetipos mitológicos eran una primera formulación de este fenómeno, pero los cambios sociales y políticos de la Ilustración estuvieron sin duda relacionados con una profundización sutil en la introspección empática de la narrativa moderna

  Utilizar los estímulos supernormales para alcanzar fines prosociales deliberadamente razonados es un recurso que hasta ahora se ha llevado a cabo solo irregularmente a lo largo de la azarosa trayectoria de los cambios culturales. Pero podemos actuar de forma aún más efectiva en el futuro simplemente si sabemos con más precisión en qué consiste este mecanismo.

Individualmente, debemos primero identificar los estímulos supernormales. No hemos simplemente de “escuchar a nuestros instintos”, podemos ejercer el libre albedrío –casi una palabra sucia en estos días, pero una habilidad a desarrollar con el fin de ayudarnos en nuestros problemas habituales. Es para eso para lo que fueron diseñados nuestros gigantescos cerebros – superar a nuestros instintos reflejos cuando comienzan a llevarnos por el mal camino (p. 177)

  La admiración que dentro de una pequeña banda de cazadores-recolectores pueda despertar un guerrero hábil es un fenómeno que nace directamente del instinto social, no muy diferente al proceso por el cual, entre mamíferos sociales como los ciervos o los lobos, un macho alfa gana el reconocimiento de los otros machos. Pero sanguinarios tiranos como Gengis Khan y Hitler son, sin duda, estímulos supernormales a partir del mismo fenómeno instintivo. Igualmente, nuestros instintos nos llevan a reconocer y promover comportamientos de benevolencia, empatía y asistencia mutua. Y de forma parecida a como se puede pasar del reconocimiento público al macho alfa a la sumisión al tirano carismático, también se puede pasar del reconocimiento de las seguridades empáticas que nos asegura nuestro pariente o vecino, a las relaciones de total confianza, benevolencia y entrega mutua que nos despierta un santo, un líder espiritual o incluso una concepción social abstracta de absoluta fraternidad.

   Convertir de forma deliberada las pautas de los comportamientos prosociales instintivos en “estímulos supernormales” es algo perfectamente a nuestro alcance como cultura y sociedad organizadas. Como civilización.

Lectura de “Supernormal Stimuli” en W W Norton & Company Inc, 2010; traducción de idea21

viernes, 15 de mayo de 2020

“Empatía y desarrollo moral”, 2000. Martin L. Hoffman

  Como la mayoría de los estudiosos de la ética actuales, Martin L Hoffman aborda el comportamiento individual con respecto al bien común desde el punto de vista de la psicología. No se trata tanto de lo que la persona elige ser, sino de aquello que es capaz de elegir a pesar de los condicionamientos del inconsciente.

  El rasgo psicológico clave a la hora de contemplar las actuaciones morales es la empatía.

La empatía se define como una respuesta afectiva que es más apropiada a la situación de otro que a la de uno mismo (p. 4)

La empatía es la chispa de la preocupación humana por los otros, el pegamento que hace posible la vida social. Puede ser frágil pero ha perdurado a lo largo de la evolución y puede continuar mientras exista la humanidad (p. 3)

En este libro, pongo al día mi trabajo previo y lo encuadro en una teoría comprensiva del comportamiento y desarrollo moral prosocial que subraya la contribución de la empatía a la motivación y comportamiento morales pero que también asigna una importancia especial a la cognición. El objetivo es elucidar los procesos que subyacen a la aparición de la empatía y su contribución a la acción prosocial; arrojar luz en el camino que desarrolla la empatía, desde las formas preverbales que pueden haber existido en los primeros humanos y todavía existen en los primates, a las expresiones sofisticadas de preocupación por las emociones humanas complejas y sutiles. Mi meta es también examinar la contribución de la empatía a los principios de la justicia y asistencia altruista para resolver conflictos entre ellas, y para la contribución al juicio moral (p. 3)

  Lo “prosocial” es lo referente a la acción individual que busca el beneficio de nuestros semejantes, de cada uno y del conjunto de todos ellos. No todo acto de ayuda a desconocidos es indiscriminado.

La psicología evolutiva dice que elegimos ayudar a aquellos que comparten nuestros genes; la psicología dice que elegimos ayudar a los de nuestro grupo primario. Pero compartimos más genes con los de nuestro grupo primario (p. 19)

   Es decir, tenemos una tendencia a desarrollar relaciones de apego y benevolencia con quienes son próximos a nosotros, el “grupo primario”, pero cuál sea nuestro “grupo primario” en particular es siempre relativo. En un principio de la evolución de nuestros antepasados, lo componían solo nuestros parientes, quienes compartían nuestros genes. Pero con el desarrollo cultural, a los parientes "de sangre" se añaden parientes "adoptivos", hasta el punto de que se ha llegado a decir que "todos los hombres son hermanos"...

  La clave de la efectividad y extensión del comportamiento moral –prosocial- se halla en que éste no es una elección consciente tanto como una consecuencia de la previa “interiorización” de criterios de actuación.

La estructura moral prosocial de una persona es interiorizada cuando uno acepta y se siente obligado a mantenerse en ella sin preocuparse por las sanciones externas  (p. 9)

  La actuación “interiorizada” solo responde a nuestros propios impulsos, de la misma forma que sucede cuando seguimos un instinto, y esta es la mejor garantía de una actuación moral efectiva y continuada.

La interiorización moral (…) epitomiza el dilema humano existencial acerca de cómo la gente se enfrenta a los conflictos inevitables entre las necesidades personales y las obligaciones sociales (…) Si bien las normas pueden ser inicialmente externas y con frecuencia divergen de los propios deseos, [con frecuencia] acaban por convertirse en parte de nuestro propio sistema motivacional interno, sobre todo gracias a los esfuerzos de los primeros socializadores, en especial los padres, y ayudan a guiar el comportamiento incluso en ausencia de autoridad externa. Esto es, el control por otros es reemplazado por el autocontrol, y la acción moral se convierte en el intento del individuo por alcanzar un equilibrio aceptable entre los motivos egoístas y morales, residiendo ambos dentro de uno mismo.  (p. 121)

La interiorización sirve a la función de control social por hacer que la conformidad sea gratificante por sí misma (p. 123)

  Hoffman aborda la cuestión de la interiorización moral sobre todo en lo que se refiere a la educación de la infancia, que es el proceso más evidente de interiorización de pautas de comportamiento (morales y de todo tipo). La estructura más eficiente en mejorar el sentido moral de los niños es educándolos mediante la inducción de juicios y criterios prosociales, estimulando el sentido innato de la empatía pero poniéndolo al servicio de una creciente capacidad cognitiva. (Los adultos también pueden “interiorizar” pero este complejo proceso no es abordado apenas en este libro).

La inducción subraya tanto el malestar de la víctima como la acción del niño que la causó (…) Una inducción perceptible que alcanza el nivel cognitivo del niño y pone la presión justa en él para procesar la información de la inducción y considerar las consecuencias de su acción con respecto a la víctima puede llevar al malestar empático y al sentido de culpa (…) La cognición los capacita para comprender las perspectivas de otros, el malestar empático y la culpa  (p. 136)

  La inducción no es la única estrategia. Se señalan otras dos importantes: la aserción de poder y la retirada del amor. Veamos cómo puede llevarse a cabo la "aserción de poder" en combinación con las otras estrategias al tratar de controlar el comportamiento de un niño pequeño:

a) leve aserción de poder no cualificada: no debes tocar los juguetes mientras estoy fuera; b) la misma leve aserción de poder más decir que el adulto se enfadaría mucho si el niño toca los juguetes (moderada aserción de poder más retirada de amor); c) la misma aserción de poder más decir que el adulto estaría muy triste si  el niño toca los juguetes (aserción moderada de poder más inducción) (p. 166)

La investigación ha documentado hace tiempo como más frecuente el poder de aserción y menos frecuente la inducción (y otros razonamientos) en el grupo socioeconómico de más bajo nivel  (p. 281)

   Lógicamente, el grupo socioeconómico de más bajo nivel es el menos sofisticado en el desarrollo  del sentido moral. Hay una relación evidente entre el desarrollo económico y el desarrollo moral. Algunos informes de psicología social nos ilustran relatando el promedio de palabras que utilizan los padres del grupo de bajo nivel al educar a sus hijos en contraste con el de los padres del grupo de alto nivel: Los padres de las familias asistidas [por la Beneficencia] hablan aproximadamente 600 palabras por hora a sus bebés, mientras que los padres con profesiones universitarias hablan más de 2000 palabras por hora a sus bebés.

   Ahora bien, la evidencia de que existe la condición natural –instinto- de la empatía siempre ha sido una gran esperanza para la mejora social de todas las clases socioeconómicas.

La versión británica del utilitarismo representado por David Hume, Adam Smith y otros, para quienes la empatía es un vínculo social necesario, encuentra expresión en la investigación actual sobre la empatía, la compasión y la moralidad del cuidado a otros.(p. 2)

   Pero no basta con que exista. Tenemos que utilizarla de forma correcta, porque muchas veces la empatía no tiene el efecto benévolo que todos desearíamos. Si la empatía, por ejemplo, genera culpa, será mucho más efectiva.

El primer desarrollo narrativo de la culpa vino de Freud. Extrañamente, la culpa de Freud no se debía a que se dañase a nadie, sino a un retroceso hacia el pasado inconsciente de la infancia basándose en la ansiedad ante el castigo o abandono de los padres. Cuando esta ansiedad se activa por sentimientos hostiles, primero hacia los padres y después hacia cualquier otro, se transforma en culpa incluso si los sentimientos hostiles no son expresados  (p. 114)

  La culpa de Freud –y la culpa en general- no son de índole empática ni prosocial. Si uno ha sido educado entre malhechores puede sentirse culpable si, por causa de la empatía, se ha desobedecido la orden, por ejemplo, de agredir a un inocente.

   Sin embargo, estamos más acostumbrados a que sea un comportamiento moral prosocial el que puede generar culpa. Esto puede producirse como consecuencia de determinada preparación moral, por la cual la prosocialidad es el resultado de diferentes condicionamientos cognitivos que generen culpa.

Defino la estructura moral prosocial de una persona como una red de afectos empáticos, representaciones cognitivas y motivaciones. Ello incluye los principios (uno debería ayudar a otros en problemas, la gente debería ser recompensada por sus esfuerzos), las normas de comportamiento (decir la verdad, guardar promesas, ayudar a otros, no mentir, robar, traicionar, herir, dañar o engañar a otros), reglas (el daño intencional provocado es peor que el daño accidental, no provocado), un sentido del bien y el mal y de cometer infracciones, imágenes de los actos de uno que han herido o ayudado a otros y la autoinculpación asociada. (p. 134)

  Principios, normas de comportamiento, reglas, sentido del bien y el mal, imágenes… y finalmente la culpa por la infracción… o incluso el temor a sentirse culpables. Interiorizar tales procesos a fin de que funcionen como “instintos” no es tarea fácil. Requiere un entorno condicionante muy preciso. Ese entorno suele dárnoslo la cultura, pero también condicionamientos de nuestro entorno más próximo (sobre todo la familia en la infancia).

  Además, Hoffman señala algunos puntos oscuros que tienen que ver con la empatía y la interiorización de pautas de conducta. Entre los más importantes, la sobreexcitación empática, la empatía interesada (discriminando entre individuos por grupos –“grupos primarios”) y los problemas de la aserción y la retirada del amor (estrategias de moralización diferentes a la inducción).

No parece haber una relación consistente entre la orientación moral y la retirada del amor (p. 165)

  Ciertamente, esto funciona de forma parecida al sentido de culpa. Como el caso de las esposas de los delincuentes que, por no perder el amor de sus maridos, cometen todo tipo de actos antisociales en beneficio de ellos.

  La sobreactivación empática, por otra parte, nos impulsa a evitar la proximidad al daño ajeno que nos resulta naturalmente desagradable.

[La] sobreactivación empática [implica] (…) los procesos que subyacen al cambio del malestar empático al malestar personal (p. 201)

   El malestar empático, por otra parte, es imprescindible para disparar el comportamiento prosocial: si la proximidad del daño ajeno no nos afectase, lógicamente vamos a carecer de motivación para remediarlo. Pero la sobreactivación empática puede llegar a alterarnos en exceso, puede llevarnos a querer evitar la proximidad de los que sufren y, por lo tanto, a no actuar de forma prosocial.

  Por eso, el malestar empático debe ser también convenientemente estructurado (al igual que la culpa).

El nivel más avanzado de malestar empático implica distanciamiento: es en parte una respuesta afectiva a una imagen mental de la víctima, no solo su valor inmediato como estímulo  (p. 83)

  Si somos capaces de activar la empatía de forma meramente cognitiva, con el distanciamiento que ello requiere, la acción prosocial será más eficaz.  Esto aparece mucho en los dilemas morales: en un accidente con múltiples víctimas, un médico tiene cerca a un hombre muy gravemente herido, tan grave, que no tiene salvación, pero la empatía nos provoca que su gravedad nos haga darle preferencia, mientras que otras cinco personas heridas un poco más alejadas, cuyos casos son a todas luces más esperanzadores, pueden fallecer por no recibir a tiempo los cuidados. Por eso normalmente los médicos tienen muy asumido el distanciamiento empático. Y esto es porque tienen principios:

Los principios morales pueden reducir el sesgo empático y la sobreactivación empática  (p. 221)

   Ya hemos visto lo que es la sobreactivación empática. En cuanto al sesgo empático:

El sesgo empático puede convertirse en algo malo cuando la gente se ve impulsada a atacar a otros en defensa de su propio grupo (ira empática)  (p. 270)

  Recordemos la cuestión del “grupo primario”. Gracias a la cultura y a nuestro propio desarrollo cognitivo (extrapolaciones) existe una gran flexibilidad a la hora de extender numéricamente el “grupo primario “ (véase, por ejemplo, la teoría del “círculo expansivo”). Eso permitiría eludir el problema del sesgo empático si contamos con un principio moral según el cual nuestro propio grupo abarca todo el género humano

  Un principio moral  puede entenderse también como un criterio de distanciamiento que facilita una ideación cognitiva en un sentido prosocial y puede desactivar tanto el sesgo empático como la sobreactivación empática. En el ejemplo del médico en el accidente múltiple, el principio sería: socorre primero a aquellos que más fácilmente pueden salvarse, sin perder los nervios (sobreactivación empática) ni prestar más atención de la debida al que te afecta más personalmente (lo que abarca también el sesgo en beneficio del propio grupo).

Si el malestar empático impulsado por la situación de la víctima es intenso, un malestar empático menos intenso promovido por el principio [moral] disminuirá el malestar empático general del observador. Si el malestar empático impulsado por la víctima es débil, un malestar empático más intenso del observador impulsado por el principio [moral] intensificará el malestar empático general del observador. En otras palabras, cuando un principio moral cargado con afecto empático es activado, tiene un efecto estabilizador de elevar o bajar la intensidad del afecto empático del observador. La respuesta empática del observador es así menos dependiente de las variaciones de intensidad y lo marcado de la angustia de la víctima y la sobre-activación empática (o infraactivación) es menos probable.  (p. 239)

  Otra cuestión que aborda Hoffman es la culpa virtual, que parece un gran problema, pero no lo es tanto.

Sentirse culpable en cualquier momento en que se piense que se ha cometido una transgresión, incluso cuando no ha sido así. Llamo a esto culpa virtual, y el acto dañino presumido, transgresión virtual. En las transgresiones virtuales uno no ha causado el daño ajeno, al menos no conscientemente, pero se culpa a sí mismo igualmente  (p. 175)                         

  La parte buena es que la “culpa virtual” tiene como origen una fuerte predisposición empática. Nos dolemos y sentimos culpables de no haber ayudado a quien, de todas formas, no hubiéramos podido ayudar: así es como se suelen sentir las “buenas personas” en tales casos. Lo contrario nos estaría diciendo algo sobre la menor sensibilidad empática del que se muestra hasta cierto punto indiferente.

  Lectura de “Empathy and Moral Development” en Cambridge University Press, 2000; traducción de idea21

martes, 5 de mayo de 2020

“Las trampas del deseo”, 2008. Daniel Ariely

[Un] viaje a través de las diversas formas en las que todos nosotros somos irracionales constituye (…) el asunto del que trata este libro. Y la disciplina que me permite abordar el tema se denomina economía conductual. (Introducción)

  El libro del  psicólogo Daniel Ariely –cuyo título original es Predictably irrational-  quiere ayudarnos a descubrir nuestra irracionalidad, las contradicciones entre nuestro pensamiento consciente y nuestras acciones reales, y enfrentarnos a los males que nos atenazan en lo emocional. Esto forma la base de toda psicología, pero lo que, en particular, hace la economía conductual es señalar lo que todo esto tiene que ver con el trabajo y la adquisición de bienes. Propiamente, en nuestra sociedad contemporánea. Porque, recordemos, el “hombre en estado de naturaleza” llevaba una vida económica muy diferente. Por ejemplo, en este libro se nos narra lo ofensivo que resulta a veces el ofrecimiento o la mera exhibición o mención del dinero en el curso de las relaciones sociales.

Vivimos simultáneamente en dos mundos distintos: uno en el que prevalecen las normas sociales, y otro donde son las normas mercantiles las que marcan la pauta. (…) No tenemos maridos (o mujeres) que lleguen a casa pidiendo 50 euros por un polvete, ni prostitutas que pidan amor eterno. (capítulo 4)

 En cambio, se valoran socialmente los regalos.

Nadie se siente ofendido por un pequeño regalo, puesto que aun los regalos más pequeños nos mantienen en el mundo del intercambio social y apartados de las normas mercantiles. (capítulo 4)

  Pero en las culturas tradicionales –también llamadas “primitivas”-, donde no existe el dinero, el uso de los “regalos” implica obligaciones y responsabilidades semejantes a las del dinero en nuestra sociedad actual… sin contradecir para nada las normas sociales. Margaret Mead relataba cómo las muchachas samoanas valoraban más al novio rico que al pobre, sin comprender que esto pudiera contradecir la atracción romántica. También en Shakespeare encontramos menciones a la “gran fortuna” como mérito añadido a las cualidades del caballero que pretende a la dama, si bien para Shakespeare es solo un mero añadido porque el surgimiento del prejuicio contra la “mercantilización” estaba ya produciéndose. El cambio progresivo ha llevado a que hoy el dinero no resulte valorado como marcador de reputación social… o, si acaso, que lo sea de forma encubierta.

  Este rechazo “social” del dinero tiene una base cierta en lo que respecta a las prestaciones mutuas más valoradas en sociedad.

La gente no está dispuesta a morir por dinero. Los agentes de policía, bomberos, soldados… no van a morir por su paga mensual. Son las normas sociales –el orgullo de su profesión y su sentido del deber– las que les motivarán a dar la vida y jugarse su salud. (capítulo 4)

El dinero resulta ser con mucha frecuencia la forma más cara de motivar a la gente. Las normas sociales no sólo son más baratas, sino que a menudo resultan también mas efectivas. (capítulo 4)

  Sin embargo, los agentes de policía no cumplirían su honorable obligación sin recibir sueldos “dignos”. Y aunque no pagamos porque las prostitutas nos den amor, a las enfermeras que cuidan de nuestros niños enfermos sí se lo exigimos.

  Por otra parte, el poder del dinero es muy superior en otros aspectos.

Una vez que los salarios pasaron a convertirse en una información pública, los medios de comunicación empezaron a publicar regularmente listas de clasificación de directores generales según sus ingresos. Lejos de suprimir los beneficios de los ejecutivos, aquella publicidad llevó a los directores generales de Estados Unidos a comparar su paga con la de los demás. Y como respuesta, los sueldos de los ejecutivos se dispararon. (capítulo 1)

  Ariely se fija en muchas otras cuestiones relacionadas con nuestra irracionalidad en la vida económica.

Su agencia de viajes le ofrece un viaje organizado para cada ciudad, que incluye el avión, el alojamiento en el hotel, visitas guiadas y un desayuno de bufé libre cada mañana. ¿Cuál elegiría usted?  Para la mayoría de las personas, la decisión entre una semana en Roma y una semana en París no resulta nada fácil. (…) Suponga, sin embargo, que le ofrecen una tercera opción: Roma, pero sin el desayuno pagado (llamémosla «–Roma», o el señuelo). Si considerara las tres opciones (París, Roma y –Roma), reconocería de inmediato que, mientras que Roma con el desayuno pagado resulta más o menos tan apetecible como París con el desayuno pagado, la opción inferior, Roma sin el desayuno pagado, representa una pérdida. La comparación con la opción claramente inferior (–Roma) hace que Roma con el desayuno pagado parezca aún mejor (capítulo 1)

  Éste es uno de los muchos trucos de vendedores: en este caso, instar a hacer primero una elección fácil desactiva una el que se haga una posterior elección más difícil. Otro truco conocido –también usado en la manipulación psicoterapéutica- es el del “anclaje”: presentar una proporción inicial –el precio inicial de una mercancía, por muy absurdo que sea- que condiciona la medición posterior que creemos autónoma.

El problema de la relatividad: consideramos nuestras decisiones de forma relativa, y las comparamos a escala local según las alternativas disponibles (capítulo 1)

  Muchos de estos trucos se basan en una estrategia psicológica general mucho más importante: el primado, que es el condicionamiento del comportamiento mediante una preparación previa. El primado es básico en la educación y en el condicionamiento cultural, y aunque puede utilizarse para casi cualquier cosa, entre sus usos está el de que puede ayudar a hacernos más prosociales. Ariely da el importante ejemplo de un experimento de psicología social.

Hicieron que los participantes reordenaran una serie de palabras sueltas para formar frases cabales (…). En el caso de algunos de los participantes, la tarea se basaba en palabras como agresivo, rudo, molesto o importunar. En el de otros, se partía de palabras como honrar, considerado, cortés o sensible. El objetivo de utilizar las dos listas era predisponer a los participantes a pensar en la cortesía o la rudeza como resultado de construir frases a partir de esos términos (…) Los que habían trabajado con el conjunto de palabras «amables» aguardaron pacientemente alrededor de 9,3 minutos antes de interrumpir, mientras que los que habían trabajado con el conjunto de palabras «rudas» sólo esperaron alrededor de 5,5 minutos antes de interrumpir al experimentador. (capítulo 9)

  Ariely no menciona que, en el adiestramiento militar, a lo “Full Metal Jacket”, la brusquedad, hostigamiento, desconsideración e incluso brutalidad también sirven para estimular todo lo contrario a la amabilidad y convertir a los jóvenes en “máquinas de matar”. Pueden llegar a serlo, pero no porque sean “born to kill”, sino por condicionamiento previo –primado.

  En otro experimento, a unos estudiantes se les pone en situación de hacer trampas en una prueba de la que pueden obtener beneficios económicos. Pero antes se les prima con material didáctico. A unos cuantos se les hace escribir sobre los “Diez mandamientos”.

Los estudiantes a quienes se había pedido que recordaran los Diez Mandamientos no habían hecho trampas en absoluto. (…) Lo que me impresionó especialmente del experimento con los Diez Mandamientos fue que los estudiantes que sólo fueron capaces de recordar uno o dos se vieron tan influidos por ellos como los que casi recordaron los diez. Ello indicaba que no eran los propios mandamientos en sí mismos los que alentaban la honestidad, sino la mera contemplación de alguna clase de pauta moral. (capítulo 11)

  Ya antes se mencionó el valor del honor por encima del dinero. En un experimento, la mera invocación del honor fue efectiva… incluso cuando se refería a un código de honor (el de la universidad MIT) que ni siquiera existía.

Resulta sorprendente, pues, el efecto de firmar una declaración relativa a un código de honor; máxime si tenemos en cuenta que el MIT no tiene código de honor alguno.(…) Una vez que empiezan a pensar en la honestidad –ya sea recordando los Diez Mandamientos, ya sea firmando una sencilla declaración–, dejan completamente de hacer trampas (capítulo 11)

  Y, finalmente, merece la pena mencionar los límites del autocontrol. Un profesor da opciones diferentes a sus alumnos a la hora de presentar sus trabajos. Entre las opciones, está la de que las fechas de entrega las impone el profesor o las elige el alumno a su propio criterio.

La clase con las tres fechas tope inamovibles fue la que obtuvo mejores notas, y la clase en la que no establecí ninguna fecha tope (salvo la del último día) la que las obtuvo peores (capítulo 6)

  Es decir, la libertad resultaba inconveniente. Obtenían mejores resultados si se les situaba en una situación de sometimiento a la autoridad. Piénsese en el sorprendente fenómeno de los matrimonios homosexuales: por un lado, la minoría homosexual, que ha sido brutalmente reprimida en los entornos de costumbres conservadoras, es una partidaria acérrima de la libertad personal… pero por el otro, su reivindicación de que sus relaciones sentimentales sean refrendadas por el vínculo matrimonial no es meramente simbólica, sino que obedece a que ellos saben que la obligatoriedad del vínculo les ayuda –igual que a los heterosexuales- a mantener relaciones afectivas más estables. Una separación de amantes libres es mucho menos complicada que un divorcio, y esa facilidad lleva a la ruptura con mucha más frecuencia. La confianza en el autocontrol que va implícita en promesas como “te amaré siempre” no parece tener mucho que ver con la realidad.

Resistir la tentación e infundir el autocontrol son propósitos humanos generales, y el hecho de fracasar repetidamente a la hora de conseguirlos es origen de una gran infelicidad.  (capítulo 6)

  La lección a aprender es que debemos ser conscientes de cómo de frágiles somos. El mero enunciado de un propósito no sirve a los amantes para garantizar su fidelidad y devoción, ni a los soldados para garantizar su valor en el combate, ni a la persona con sobrepeso para mantener su constancia en seguir la dieta.

Es difícil imaginar un estado emocional cuando se está en otro. (…) Para tomar decisiones informadas necesitamos experimentar y conocer de algún modo el estado emocional en el que estaremos cuando nos hallemos en la otra cara de la experiencia. (capítulo 5)

Quizá el mero hecho de ser conscientes de nuestra tendencia a tomar las decisiones erróneas cuando nos dejamos llevar por una emoción intensa pueda ayudarnos (capítulo 5)

  En resumen:

En lo que se refiere a nuestra vida personal, podemos mejorar activamente nuestros comportamientos irracionales. Para ello, podemos empezar por hacernos conscientes de nuestras vulnerabilidades.  (capítulo 2)

Nuestros comportamientos irracionales no son ni aleatorios ni insensatos; lejos de ello, son sistemáticos y previsibles. Todos cometemos los mismos tipos de errores una y otra vez, debido a la estructura básica de nuestro cerebro.  (capítulo 13)

  El realismo no debe desalentarnos. Al contrario, tomar decisiones realistas es lo que más puede garantizarnos vencer nuestras debilidades. Podemos enfrentarnos racionalmente a lo irracional que hay en nosotros.

Lectura de “Las trampas del deseo” en Ariel Editorial, 2016; traducción de Francisco Ramos