martes, 25 de agosto de 2026

“San Pablo”, 2015. Karen Armstrong

    Karen Armstrong escribe acerca de la determinante participación de Pablo de Tarso en la elaboración del cristianismo. De Pablo sabemos más que de Jesús. Sabemos, entre otras cosas, que fue el principal teórico del primer cristianismo y que le dio su forma esencial.

Como único intelectual del movimiento, pudo ser capaz de expresar sus ideas de forma convincente y ejercer una considerable influencia sobre Pedro (Capítulo 2)

   Desde un punto de vista moderno, tenemos en Pablo al típico “predicador” o empresario religioso. Judío helenizado de la diáspora, no puede competir en el liderazgo del nuevo movimiento con los nativos de Judea y Galilea, ni mucho menos con los Apóstoles que conocieron a Jesús personalmente. Sin posibilidades, por tanto, para predicar entre los “judíos genuinos”, con dificultades para hacerlo entre el judaísmo de la diáspora… Pablo busca nuevos mercados entre los no judíos, los llamados “gentiles” (de cultura griega helenística), que simpatizan y admiran la religión judía… muy diferente a las demás religiones que compiten dentro del gran Imperio romano, ávido de consuelo espiritual pero cuya religión oficial es decepcionantemente pobre.

La gente vivía la civilización como algo frágil y prefería confiar en las tradiciones que habían soportado la prueba del tiempo. La gran antigüedad del judaísmo se había ganado el respeto de Roma, pero los romanos consideraban las nuevas formas de expresión religiosa como superstitio, algo que temer, porque carecían de la reverencia por la tradición ancestral. (Capítulo 4)

Pablo hablaba ahora a personas con suposiciones y expectativas culturales totalmente distintas y, sin embargo, fue extraordinariamente capaz de adaptar las enseñanzas principales del evangelio a las tradiciones y preocupaciones de sus oyentes y, a medida que lo hacía, la figura de Jesús se fue alterando gradualmente, adoptando una nueva dimensión en cada región. Cuanto más se adentraba en el mundo de los gentiles, más se alejaba el Cristo de Pablo del Jesús histórico, que nunca le había interesado demasiado. Para Pablo, lo realmente importante era la muerte y resurrección de Jesús, los acontecimientos cósmicos que transformaron la historia y cambiaron el destino de todos los pueblos, independientemente de sus creencias o etnicidad. Si imitaban la kénosis de Cristo en su vida cotidiana, prometía él a sus discípulos, experimentarían una resurrección espiritual que traería con ella una nueva libertad. El Mesías, dijo a los gálatas, «dio su vida por nuestros pecados para rescatarnos de este mundo malvado, según la voluntad de nuestro Dios y Padre ( Capítulo 3)

  Los gálatas, los macedonios filipenses, los corintios o los tesalonicenses no tienen nada que ver con los judíos. Si bien Pablo no fue el primer judío que predicó a los no-judíos de la región oriental -de lengua griega- del Imperio Romano, en la versión paulina del cristianismo el distanciamiento era mayor con respecto al judaísmo ortodoxo porque Pablo está dispuesto a hacer más concesiones –como la renuncia a la circuncisión- en consideración a la sensibilidad de los gentiles con el fin de atraerlos a su fe.

   Lo importante es saber si el conocido mensaje cristiano pacifista de absoluta benevolencia y caridad que hoy conocemos formaba parte de la visión de Pablo. Muy probablemente, no formaba parte de la visión de Jesús, al igual que tampoco de la prédica de otros judíos helenizados de la época, como Hilel y Filón. En buena medida el judaísmo moderno era socialmente igualitario y partidario de la inmortalidad del alma, pero la doctrina cristiana, tal como fue evolucionando a partir de Pablo iba más allá de eso al crear una moralidad autónoma de un pacifismo estricto y un apoliticismo benevolente hasta extremos ascéticos y de una espiritualidad intimista que se compartía en una privacidad comparable a la de una familia.

Vivir «en Cristo» no era un asunto privado. Como había insistido siempre, ello se lograba cuando uno ponía las necesidades de los demás por delante de las propias y se vivía en comunidad en el amor. En lugar de considerarse una aristocracia espiritual, los auténticos seguidores de Jesús imitaban su kénosis. (Capítulo 4)

    El éxito del cristianismo suele atribuirse, pues, a que promueve un estilo de vida de benevolencia basado en principios emocionalmente interiorizados. Algo que la filosofía helenística podía lograr solo en casos aislados de personas altamente formadas intelectualmente (filósofos estoicos, cínicos, epicúreos, platónicos…) el cristianismo lo lograría a nivel de masas a través del mito de Jesús, el Dios-hombre que predicaba valores antiagresivos y proporcionaba el consuelo de la afección mutua dentro de una comunidad de benevolencia.

  Está descartado que esto lo predicara el Jesús histórico, ¿fue Pablo realmente el autor principal de esta innovación civilizatoria? Hay un indicio a este respecto en el caso de Marción, una especie de puritano o cuáquero adelantado a su tiempo que atribuía su concepción cristiana a la enseñanza de Pablo.

Marción, un hombre rico y culto que ejerció de naviero en Sínope, un importante puerto del mar Negro, creía que Pablo había sido el único apóstol fiel a las enseñanzas de Jesús. Su movimiento reformista se difundió tan rápidamente que cuando murió en el año 160 el «marcionismo» corría el riesgo de eclipsar a la iglesia principal. Hábilmente compiló un único evangelio, basado en el evangelio de Lucas y en cartas ocasionales de Pablo que ascendió a la categoría de Escrituras. Su Nuevo Testamento se basaba en el rechazo de la Biblia Hebrea (…) No ha sobrevivido ninguna obra de Marción. Sólo tenemos fragmentos citados en los escritos de sus adversarios. Parece ser que Marción no rechazaba toda la Torá, sino que aprobaba su insistencia en el amor a Dios y al prójimo. Pero su énfasis en que Jesús era una revelación completamente nueva significaba que era imposible presentar la visión de Pablo de que Jesús era la realización de la historia judía. Sus comunidades eran ascéticas y algo puritanas: llevaron las prudentes recomendaciones de Pablo sobre la soltería al extremo y practicaban un celibato estricto. (…) Desdeñaban los placeres de la comida y la bebida, hasta el extremo de beber agua en lugar de vino durante la Cena del Señor. Pero Marción comprendía el igualitarismo de Pablo y su preocupación por los pobres y desfavorecidos. La suya fue la primera iglesia en promover el ministerio de las mujeres siguiendo a Pablo; en sus comunidades las mujeres podían curar y enseñar y eran ordenadas obispos y presbíteros. También compartía el vínculo que veía Pablo entre libertad y salvación. (Vida póstuma de Pablo)

  Otra forma de plantear el asunto es desde el punto de vista histórico. Tal vez Jesús y Pablo aspirasen a emular a los macabeos en rechazar el imperialismo de los gentiles (griegos o romanos) para en su lugar crear un reino judío donde se practicaran las virtudes de los patriarcas ancestrales. Eso encaja bastante con las tendencias políticas de la época. Ahora bien, el desastre de la destrucción de Jerusalén en el año 70 habría descartado por completo esa opción para siempre. No es raro que un político fracasado se refugie en la mística y Pablo ya habría fracasado como maestro rabínico en buena medida antes de que Judea fracasase como nación, pues Pablo ni siquiera logró tomar el control de la pequeña secta judía de los cristianos y por ello no tuvo más remedio que predicar a los filipenses, gálatas o corintios no judíos… sin embargo, una vez hundido el nacionalismo judío por siempre… pudo ser el momento en que el pensamiento paulino se expandiera.

 Otra pista:

[Del] evangelio perdido «Q», del alemán Quelle («fuente») (…)  no sabemos exactamente cuándo fue escrito, pero como no hace ninguna referencia a la Guerra de los Judíos, posiblemente fue recopilado en Galilea antes del año 66 y pudo haber sido puesto por escrito en los años 50, mientras Pablo estaba dictando sus propias cartas al escriba. A diferencia de los evangelios canónicos, Q no cuenta la historia de la vida de Jesús, sino que es una recopilación de sus palabras (Introducción)

  Que “Q” no incluya el mito de la pasión de Jesús es de lo más significativo. Aquí Jesús no sería algo muy diferente a otros predicadores judíos helenizados, como los ya mencionados Hillel o Filón.

  Por otra parte, la señora Armstrong hace una interpretación no solo “liberal” sino también “socialista” de la prédica paulina: al hundimiento del nacionalismo judío habría podido seguir una tendencia igualitaria universal.

La convicción de Pablo de que las naciones despreciadas pudieran lograr la misma igualdad que los judíos desafiaba las ideas sociales fundamentales.  Pero a medida que observaban la romanización de su sociedad, algunos gálatas pudieron sentirse atraídos por la perspectiva de afiliarse con Israel, un grupo étnico que había logrado la aprobación del imperio, lo cual les permitiría mantener cierta distancia con Roma (…)  Pablo (…) más tarde les recordaría en su carta que con la cruz las antiguas divisiones étnicas, sociales y culturales que caracterizaban a la presente edad malvada habían sido borradas (Capítulo 3)

Pablo había mostrado a los gálatas un Mesías que voluntariamente se había sometido al azote de la ley en solidaridad con todos aquellos condenados al ostracismo por sistemas legales que degradaban a unos y ensalzaban a otros. A los corintios Pablo había predicado la naturaleza participativa y colectiva de esta salvación, dado que todos los fieles formaban el cuerpo de Cristo. Ahora, ante la congregación romana, presentó a Jesús como un rey que, asombrosamente, se había unido a los rebeldes que infringían la ley (Capítulo 5)

  Pero el igualitarismo no puede ser socialista si carece de capacidad política para imponer mediante la coerción sus criterios de justicia. Si bien hay indicios de reivindicación igualitaria en el pensamiento helenístico, dado el poder abrumador de Roma, que todo lo que garantizaba era –en la medida de lo posible- la Paz armada –y esto no representaba poca innovación para aquellos tiempos-, el igualitarismo tenía más posibilidades en la vida espiritual, comunitaria, de la iglesia, en las prácticas de caridad y compasión.

  Desenredar la originalidad del cristianismo en sus inicios nunca será fácil, pues nos falta documentación suficiente. Con el cristianismo, debemos atenernos como siempre al principio de que es muy difícil encontrar religiones en la historia que estén desvinculadas de los intereses políticos. Pero ¿y si los cambios políticos acaban llevando a ideologías de nuevo tipo, deliberadamente apolíticas… por causa de una represión insalvable?

Si el grito bautismal —«Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos sois uno solo en Cristo Jesús»— debía convertirse en una realidad social, tendría que haber una reevaluación fundamental del concepto de autoridad y de lo que realmente era sagrado. (Capítulo 4)

[La] celosa obediencia a la ley no había acelerado la llegada del Mesías, sino que en realidad la había impedido. La causa no era la ley en sí, sino «la naturaleza pecaminosa que habita en mí». Pero [Pablo] no se estaba quejando de su incapacidad de cumplir la ley, como pensaba Lutero. Para Pablo, el «pecado» que le había hecho perseguir a la comunidad del Mesías era el egoísmo, la voluntad de satisfacer sus propios deseos y elevar su propio estatus a expensas de los demás. Había transformado la ley en un medio para obtener honor para sí mismo y para su grupo. Buscar de esta manera privilegios y distinciones era negar la propia esencia de la ley y aspirar a un estatus divino. (Capítulo 5)

  Una ley que niega la ley: autonomía moral, autoconciencia de la propia virtud en base a la convicción interior; pureza y santidad que solo son posibles en el contexto de la máxima armonía de la comunidad humana… la que excluye toda forma de agresión, de prejuicio, egoísmo o irracionalidad.

Lectura de “San Pablo” en Ediciones Urano S.A.U. 2016; traducción de María Belmonte Barrenechea

sábado, 15 de agosto de 2026

“La restauración del sí-mismo”, 1977. Heinz Kohut

  Heinz Kohut era un psicoanalista de la vieja escuela. Pero su profundización en el modelo clásico de Freud le llevó a importantes descubrimientos que  hoy siguen mereciendo nuestra atención, incluso si muchos consideran que la concepción freudiana de la psicología debe ser revisada a la luz de las nuevas evidencias acerca de la conducta humana.

El psicoanálisis es una psicología de estados mentales complejos que, con la ayuda de la inmersión empático-introspectiva perseverante del observador en la vida interior del hombre, reúne sus datos con el fin de explicarlos. (p. 207)

  La idea del sí-mismo planteada por Kohut tiene que ver con sutiles averiguaciones acerca de lo que Freud consideraba un mero trastorno: el narcisismo.

En el mundo existen enemigos reales, es decir, otros sí-mismos cuyas necesidades narcisistas se oponen a la supervivencia del propio sí-mismo. (p. 95)

Mis investigaciones contienen cientos de páginas sobre la psicología del sí-mismo, a pesar de lo cual jamás asignan significado inflexible al término sí-mismo, jamás explican cómo debe definirse su esencia. Pero admito este hecho sin contrición ni vergüenza. El si-mismo, sea que se lo conciba dentro del marco de la psicología del sí-mismo en el sentido estrecho, como una estructura específica en el aparato mental o, dentro del marco de la psicología del sí-mismo en el sentido amplio del término, como el centro del universo psicológico del individuo es, como toda realidad-realidad psíquica (los datos sobre el mundo que percibimos a través de nuestros sentidos) o realidad psicológica (los datos sobre el mundo percibido mediante la introspección y la empatía)- incognoscible en su esencia.  (p. 212)

  Si la esencia del sí-mismo no puede ser demostrada, eso quizá le da menor validez como concepción científica, pero no excluye su valor como expresión humanista. De ahí, por ejemplo, la referencia a Proust.

La persona sana deriva de dos fuentes su sentido de unídad e identidad a lo largo del eje temporal: una superficial y otra, profunda. La fuente superficial pertenece a la capacidad (…) de adoptar la posición histórica: de reconocerse a sí mismo en su pasado evocado y de proyectarse hacia un futuro imaginario. Pero esto no basta. A todas luces, si la fuente más profunda de nuestro sentido constante de identidad se seca, todos nuestros esfuerzos por reunir los fragmentos de nuestro sí-mismo partiendo "en busca del tiempo perdido" están destinados al fracaso. Cabría preguntarnos si incluso Proust tuvo éxito en esta tarea. Es cierto que su esfuerzo creativo lo mantuvo integrado durante muchos años luego de la pérdida de sus objetos-del-sí-mismo parentales (sobre todo de su madre) que habían sustentado la cohesión de su sí-mismo. Empero, su monumental novela incluye muchas pruebas de su persistente fragmentación, por ejemplo, la recurrente obsesión del narrador por detalles experienciales aislados tales como el gusto de la magdalena, la percepción del tema por Vinteuil, y la visión de la joven lechera desde el tren a Balbec; su constante preocupación por los procesos del pensamiento y las funciones corporales, y también por los nombres, en particular los nombres de lugares y la etimología de esos nombres, como prueba de su reconsolidación (p. 130)

 Toda esta fijación en la propia existencia dentro de un entorno poco conocido y amenazante, lleva a preguntarse si el "sí mismo" de Kohut se trata de una “versión positiva” del narcisismo, cuya naturaleza maligna parece relacionada con el exceso y la falta de preparación para el desarrollo de la propia personalidad.

La psicopatología nuclear de los trastornos narcisistas de la personalidad (…) consiste en (…) deficiencias, adquiridas en la infancia, en la estructura psicológica del sí-mismo (p. 20)

  El “sí-mismo” sería al narcisismo, lo que el sustento calórico del cuerpo humano sería a la obesidad.

Dentro del marco de la psicología del sí-mismo, definimos la salud mental no sólo como la ausencia de síntomas neuróticos e inhibiciones que interfieren las funciones de un "aparato mental" involucrado en el amor y en el trabajo, sino también como la capacidad de un sí-mismo firme para hacer uso de los talentos y aptitudes (…) que le permiten amar y trabajar con éxito (p. 51)

   De forma parecida a la psicología positiva, no se trata tanto de vivir manteniendo las enfermedades a raya, sino de encontrar significado a la propia existencia. Aquí hay un matiz que busca diferenciarse del punto de vista de Freud, al que se presenta como una especie de estoico.

[En la concepción de] Freud (…) su valor supremo era el valor del realismo valeroso, el de enfrentar la verdad con valentía (p. 59)

  Por otra parte, parece que es la ansiedad por vivir, incluso a partir de un mal comienzo psicológico, lo que crea el trastorno narcisista.

La hipervitalidad excitada del paciente debe entenderse como un intento de contrarrestar, a través de la autoestimulación, un sentimiento de depresión y muerte interior. En su infancia, estos pacientes sufrieron la falta de respuesta emocional (p. 21)

En ausencia del sí-mismo, los impulsos ocupan el centro de la escena psicológica (p. 77)

   Hipervitalidad, impulsividad, narcisismo… La psicología del sí-mismo, entonces, tenemos que verla como una enseñanza para vivir que toma la apariencia de autocontrol, moderación y racionalización; algo que nos hace más humanos, en tanto que seres portadores de una conciencia que nos identifica y nos dignifica, es decir, que nos integra socialmente, y que no es estorbado por los impulsos excesivos y la autoestimulación excitante en lo que respecta a las relaciones interpersonales. La persona es una, pero eso no la aísla ni la atemoriza.

Sólo la experiencia de un sí-mismo nuclear firmemente cohesivo nos lleva a la convicción de que lograremos mantener el sentido de nuestra identidad perdurable, por mucho que cambiemos (p. 131)

[Tenemos por delante] la importantísima tarea de construir y mantener un sí-mismo nuclear cohesivo (con la alegría correlacionada que significa alcanzar esa meta y la inmensa mortificación correlacionada […] que implica no alcanzarla) (p. 158)

Hay personas con un sí-mismo firme y bien definido que, a pesar de algún trastorno neurótico serio - incluso a veces a pesar de su personalidad psicótica (o fronteriza) - llevan vidas valiosas bendecidas por una sensación de realización y alegría. Es la posición central del si-mismo dentro de la personalidad lo que explica su amplia influencia sobre nuestra vida (p. 194)

   Fortalecer nuestra conciencia de nosotros mismos ¿es conflictivo para la convivencia? ¿O más bien nos libera de una existencia de dolorosa subjetividad solitaria? Pensemos en la naturaleza opresiva del “ello” y el “superyó” freudianos.

El ello (sexual y destructivo) y el superyó (inhibidor y prohibitivo) son elementos constitutivos del aparato mental del Hombre Culpable. Las ambiciones y los ideales nucleares son los polos del sí-mismo y entre ellos se extiende el arco de tensión que forma el centro de las actividades del Hombre Trágico (p. 170)

   Para el lector del mundo actual, el psicoanálisis de Freud nos muestra un mundo de supervivencia individual, de acosada soledad, en el que la persona se desarrolla enfrentándose a las constantes amenazas de otros individuos que nos son desconocidos. Da la impresión de que Kohut nos muestra un avance desde ese pesimismo: la construcción de una personalidad vivaz, ya no mera resistente, sino dotada de una madurez que le permite un desarrollo social ágil y lúcido. Con todo, parece faltar aún una compenetración mayor con los semejantes, a los que aún se ve con prevención.

Lectura de “La restauración del sí-mismo” en Paidós, 1999; traducción de Noemí Rosenblatt

miércoles, 5 de agosto de 2026

“Agresión y sus causas”, 1997. John W. Renfrew

La agresión es un comportamiento dirigido por un organismo hacia un objetivo que resulta en un daño (p. 6)

  El psicólogo John W. Renfrew se centra en la agresión física, aquella que, entre los humanos, genera el mayor rechazo social. Pero no ignora que la agresión puede ser también psicológica y tampoco ignora que antes de llegarse a los actos de agresión tipificados en el código penal, existe una previa escalada de actos agresivos de menor entidad. Lo esencial es la intencionalidad de dañar a otro.

  Ahora bien, ¿la agresión puede ser un fin en sí mismo?

Los individuos aprenden a exhibir respuestas agresivas bajo las condiciones motivadoras apropiadas (antecedentes y consecuentes). Sin embargo, no hay evidencia convincente que apoye la existencia de un impulso agresivo (p. 140)

  En realidad, no necesitamos resolver la cuestión de la existencia de un impulso agresivo si lo que nos interesa es neutralizar la agresividad. Lo que sí está claro es que, para conseguir ciertos fines, en muchas ocasiones se utilizan medios agresivos.

La agresión es considerada como positiva (tal como la aserción)  o negativa (como en dañar a otros) (p. 5)

  Esta ambigüedad se revela especialmente problemática por las implicaciones sociales que conlleva fomentar una misma pauta de conducta con tan diferentes consecuencias.

La preocupación por la agresión surge cuando se da en exceso de lo adaptativo o cuando reemplaza un comportamiento alternativo no agresivo (p. 9)

  En ningún momento se plantea una sociedad sin agresión -¿falacia naturalista?- pero sí se señalan muchos de los mecanismos que nos permiten evitar los peores daños procedentes de la agresión.

La hipótesis de catarsis [ha sido] propuesta por la teoría psicoanalítica (…) Sin embargo (…) ninguna evidencia sólida sostiene esa hipótesis (…) Mientras que el modelo de catarsis predeciría que mirar un film agresivo ayudaría a reducir la agresión en los que la ven, los resultados indican que lo incrementará al ofrecer un modelo instigador para ello (p. 135)

  Tan importante como la inexistencia de la catarsis es aceptar cómo somos de influenciables en el comportamiento agresivo.

Los actos agresivos de otros, observados o bien directamente o simbólicamente, pueden influenciar la agresión del observador (p. 135)

Los hombres normales se excitan sexualmente por los medios audiovisuales que muestran violaciones tanto como cuando se muestra sexo consensual  (p. 207)

  En este último caso, incluso se menciona en este libro la teoría de que la violación puede estar justificada evolutivamente como medio para la procreación (esto sería algo equivalente a afirmar que sí existe un impulso agresivo).

   Pero incluso si contamos los posibles factores hereditarios, es el condicionamiento emocional del entorno el que resulta decisivo para la conducta agresiva.

   Se ha descrito, por ejemplo, el “afecto negativo”:

[Se ha observado la] relación entre un estado emocional llamado “afecto negativo” (como incomodidad asociada con ira o entorno aversivo) y la cantidad de agresión que muestra una persona (p. 109)

   Este “afecto negativo” sería no un impulso innato, sino la consecuencia sensible de un condicionamiento múltiple del entorno que sería más o menos fatal dependiendo de la vulnerabilidad del temperamento de la persona.

  Y, por supuesto, se han señalado los factores sociales.

Un ejemplo histórico común de los efectos de la frustración en una sociedad es la supuesta relación entre los precios bajos del algodón en el viejo Sur y el número de linchamientos de negros (p. 116)

  Cuanto más se puede aplicar a la frustración de quienes viven en entornos desfavorecidos, como los ghettos raciales.

   Ahora bien, si somos condicionados para la agresión, también podemos hacer uso de las estrategias desensibilizadoras, que pueden aplicarse a contracondicionar nuestras respuestas agresivas.

El contracondicionamiento ha sido usado con mucho éxito en casos de respuestas a medios condicionantes, incapacitantes, o fobias. (…) La técnica más ampliamente empleada, llamada desensibilización sistemática, (…) usualmente incluye instigar a un paciente a relajarse mientras que es expuesto al estímulo temido (…) En una aproximación de la aplicación de la sensibilización sistemática con gente en una comunidad perturbada, las asociaciones anteriores de la policía con la violencia podían ser revertidas al asociar a la policía con actividades positivas (p. 138)

  Aunque todos tenemos la impresión de que es mucho más fácil incitar a la agresión que el controlar ésta, las estrategias antiagresivas nos parecen a todos razonables. Lo que falta es su uso generalizado para prevenir la agresión de raíz.

Un estudio sugiere la posibilidad de que usar empatía, humor o sexo podría ser explorado en intentos de controlar la agresión (…) Por ejemplo, una persona con una historia de brotes de ira en el puesto de trabajo podría ser enseñada a imaginar actividades sexualmente placenteras durante tales situaciones a fin de contraactuar su impulso agresivo. (p. 151)

  En cambio, la organización del castigo para reprimir la agresión –agresión y contraagresión- sí que es de sobra conocida y se haya apoyada por todo el sistema legal. Y sin embargo, sabemos que supone un remedio bastante provisorio.

Mientras que [el castigo] puede proporcionar una forma relativamente rápida de controlar la agresión, el comportamiento puede retornar, incluso a un nivel incrementado, cuando la contingencia del castigo desaparece (p. 138)

  La cognición, que lleva a percibir la situación del entorno de forma más propia, puede llevarnos a la mejor solución, y ésta no sería represiva, como lo es la aplicación del castigo.

Mientras que la frustración puede producir agresión, esto solo sucederá si la fuerza frustrante se percibe como que es controlable mediante la agresión; de lo contrario, una respuesta que resuelva el problema servirá para eliminar la situación frustrante (p. 143)

La interpretación cognitiva  de los actos agresivos puede funcionar para reducir las respuestas agresivas a estos (p. 149)

   Uno puede verse frustrado por cualquier tipo de situación aversiva, pero racionalizar que una reacción de resentimiento e ira no va a mejorar nuestra situación puede llevarnos a tomar soluciones realistas… para las cuales lo agresivo solo sería un estorbo. Que lo cognitivo predomine sobre lo emocional ha sido siempre una enseñanza de la sabiduría de todos los tiempos.

   Por otra parte, si consideramos que la agresión no es en general instintiva, esto nos alienta a considerar que podemos trabajar sobre los impulsos agresivos mediante la racionalización y las estrategias de control emocional derivadas de ésta hasta el punto de erradicarlos de una vida social que no los necesita. Aunque para ello nada ayuda la consideración de que existe una especie de “agresión” buena llamada “asertividad”.

Lectura de “Aggression and its causes” en Oxford University Press 1997; traducción de idea21