miércoles, 5 de agosto de 2026

“Agresión y sus causas”, 1997. John W. Renfrew

La agresión es un comportamiento dirigido por un organismo hacia un objetivo que resulta en un daño (p. 6)

  El psicólogo John W. Renfrew se centra en la agresión física, aquella que, entre los humanos, genera el mayor rechazo social. Pero no ignora que la agresión puede ser también psicológica y tampoco ignora que antes de llegarse a los actos de agresión tipificados en el código penal, existe una previa escalada de actos agresivos de menor entidad. Lo esencial es la intencionalidad de dañar a otro.

  Ahora bien, ¿la agresión puede ser un fin en sí mismo?

Los individuos aprenden a exhibir respuestas agresivas bajo las condiciones motivadoras apropiadas (antecedentes y consecuentes). Sin embargo, no hay evidencia convincente que apoye la existencia de un impulso agresivo (p. 140)

  En realidad, no necesitamos resolver la cuestión de la existencia de un impulso agresivo si lo que nos interesa es neutralizar la agresividad. Lo que sí está claro es que, para conseguir ciertos fines, en muchas ocasiones se utilizan medios agresivos.

La agresión es considerada como positiva (tal como la aserción)  o negativa (como en dañar a otros) (p. 5)

  Esta ambigüedad se revela especialmente problemática por las implicaciones sociales que conlleva fomentar una misma pauta de conducta con tan diferentes consecuencias.

La preocupación por la agresión surge cuando se da en exceso de lo adaptativo o cuando reemplaza un comportamiento alternativo no agresivo (p. 9)

  En ningún momento se plantea una sociedad sin agresión -¿falacia naturalista?- pero sí se señalan muchos de los mecanismos que nos permiten evitar los peores daños procedentes de la agresión.

La hipótesis de catarsis [ha sido] propuesta por la teoría psicoanalítica (…) Sin embargo (…) ninguna evidencia sólida sostiene esa hipótesis (…) Mientras que el modelo de catarsis predeciría que mirar un film agresivo ayudaría a reducir la agresión en los que la ven, los resultados indican que lo incrementará al ofrecer un modelo instigador para ello (p. 135)

  Tan importante como la inexistencia de la catarsis es aceptar cómo somos de influenciables en el comportamiento agresivo.

Los actos agresivos de otros, observados o bien directamente o simbólicamente, pueden influenciar la agresión del observador (p. 135)

Los hombres normales se excitan sexualmente por los medios audiovisuales que muestran violaciones tanto como cuando se muestra sexo consensual  (p. 207)

  En este último caso, incluso se menciona en este libro la teoría de que la violación podría estar justificada evolutivamente como medio para la procreación (esto sería algo equivalente a afirmar que sí existe un impulso agresivo).

   Pero incluso si contamos los posibles factores hereditarios, es el condicionamiento emocional del entorno el que resulta decisivo para la conducta agresiva.

   Se ha descrito, por ejemplo, el “afecto negativo”:

[Se ha observado la] relación entre un estado emocional llamado “afecto negativo” (como incomodidad asociada con ira o entorno aversivo) y la cantidad de agresión que muestra una persona (p. 109)

   Este “afecto negativo” sería no un impulso innato, sino la consecuencia sensible de un condicionamiento múltiple del entorno que sería más o menos fatal dependiendo de la vulnerabilidad del temperamento de la persona.

  Y, por supuesto, se han señalado los factores sociales.

Un ejemplo histórico común de los efectos de la frustración en una sociedad es la supuesta relación entre los precios bajos del algodón en el viejo Sur y el número de linchamientos de negros (p. 116)

  Cuanto más se puede aplicar a la frustración de quienes viven en entornos desfavorecidos, como los ghettos raciales.

   Ahora bien, si somos condicionados para la agresión, también podemos hacer uso de las estrategias desensibilizadoras, que pueden aplicarse a contracondicionar nuestras respuestas agresivas.

El contracondicionamiento ha sido usado con mucho éxito en casos de respuestas a medios condicionantes, incapacitantes, o fobias. (…) La técnica más ampliamente empleada, llamada desensibilización sistemática, (…) usualmente incluye instigar a un paciente a relajarse mientras que es expuesto al estímulo temido (…) En una aproximación de la aplicación de la sensibilización sistemática con gente en una comunidad perturbada, las asociaciones anteriores de la policía con la violencia podían ser revertidas al asociar a la policía con actividades positivas (p. 138)

  Aunque todos tenemos la impresión de que es mucho más fácil incitar a la agresión que el controlar ésta, las estrategias antiagresivas nos parecen a todos razonables. Lo que falta es su uso generalizado para prevenir la agresión de raíz.

Un estudio sugiere la posibilidad de que usar empatía, humor o sexo podría ser explorado en intentos de controlar la agresión (…) Por ejemplo, una persona con una historia de brotes de ira en el puesto de trabajo podría ser enseñada a imaginar actividades sexualmente placenteras durante tales situaciones a fin de contraactuar su impulso agresivo. (p. 151)

  En cambio, la organización del castigo para reprimir la agresión –agresión y contraagresión- sí que es de sobra conocida y se haya apoyada por todo el sistema legal. Y sin embargo, sabemos que supone un remedio bastante provisorio.

Mientras que [el castigo] puede proporcionar una forma relativamente rápida de controlar la agresión, el comportamiento puede retornar, incluso a un nivel incrementado, cuando la contingencia del castigo desaparece (p. 138)

  La cognición, que lleva a percibir la situación del entorno de forma más propia, puede llevarnos a la mejor solución, y ésta no sería represiva, como lo es la aplicación del castigo.

Mientras que la frustración puede producir agresión, esto solo sucederá si la fuerza frustrante se percibe como que es controlable mediante la agresión; de lo contrario, una respuesta que resuelva el problema servirá para eliminar la situación frustrante (p. 143)

La interpretación cognitiva  de los actos agresivos puede funcionar para reducir las respuestas agresivas a estos (p. 149)

   Uno puede verse frustrado por cualquier tipo de situación aversiva, pero racionalizar que una reacción de resentimiento e ira no va a mejorar nuestra situación puede llevarnos a tomar soluciones realistas… para las cuales lo agresivo solo sería un estorbo. Que lo cognitivo predomine sobre lo emocional ha sido siempre una enseñanza de la sabiduría de todos los tiempos.

   Por otra parte, si consideramos que la agresión no es en general instintiva, esto nos alienta a considerar que podemos trabajar sobre los impulsos agresivos mediante la racionalización y las estrategias de control emocional derivadas de ésta hasta el punto de erradicarlos de una vida social que no los necesita. Aunque para ello nada ayuda la consideración de que existe una especie de “agresión” buena llamada “asertividad”.

Lectura de “Aggression and its causes” en Oxford University Press 1997; traducción de idea21